IX.

D. Dimas:

¡Esto es un sacrilegio! Mi amigo Luis derrocha el caudal que reunísteis grano á grano.

Vuestra avaricia ha engendrado su prodigalidad.

¡Qué abnegación la vuestra, D. Dimas!—Vivísteis en bohardilla por ahorrar dinero, y este dinero paga hoy un cuarto principal en que habita vuestro sobrino.

Vos comíais arenques: él come salmón.

Vos no fuísteis nunca al teatro: él va todas las noches.

Y vuestro oro, vuestro amarillo, vuestro reluciente, vuestro querido oro, vuestras rancias peluconas, corren que es un portento de garito en garito, de lupanar en lupanar.

¿Cómo no resucitáis, D. Dimas, y recogéis vuestro dinero, y os coméis á vuestro sobrino?