SEXTA VISITA.
CUMPLEAÑOS DE LA MARQUESA.—UN PERIÓDICO REDACTADO POR MUJERES.—EXCELENCIAS DEL «GIGOTE».—CONCIERTO EN CASA DE LA CONDESA DEL MONTIJO.—MESA REVUELTA. VERDADERO VALOR DE 30.000.000 DE DUROS.—EL PROFETA EN SU TIERRA.
—¡Perdón, Marquesa, perdón!
—¡Quítese V. de mi vista!
—¡Marquesa, le juro á V...!
—Va V. á perjurar.—¡Cómo! Prometernos ir á la quinta y no parecer por allí!... Quisiéramos saber qué poderosas razones le han asistido para ello...
—¡Que no hable!
—¡No hay palabra!
—¡Que se le juzgue sin formación de causa!...
—Pues bien: espero mi castigo.
—Ya lo lleva V. en el mismo pecado. Hemos pasado un día delicioso: hemos bailado, cantado, jugado al tute... En fín, no nos hemos acordado de V.
—¡Ah! Matilde... Ese es demasiado rigor.
—Pues hay más: Morón ha pronunciado un discurso; Güell y Renté ha improvisado un coro; el Barón ha hecho juegos de manos; Fernando Pérez ha recitado versos, y nosotras lo hemos coronado de violetas...
—¡Ah traidor! ¡Después de lo que ha dicho de la Marquesa en su Revista de El Estado!
—¡Cómo! ¿Qué ha dicho?
—No puedo contarlo.—Vds. me han retirado el uso de la palabra.
—¡Ah! V. quiere indisponernos. ¡Pues sepa V. que Fernando Pérez me ama, á pesar de mis sesenta años!
—¿Cómo, Marquesa? ¿V. tiene sesenta años?
—¡Sesenta años de relój! Hoy los he cumplido...—Hasta aquí me he estado quitando diez.
—¡Y los ha celebrado V. con un día de campo! ¡Qué magnanimidad!
—¡Justo!—Gradúe V. ahora toda la extensión de su desaire.
—¡Oh! estoy desesperado... ¡Castíguenme ustedes, por compasión!
—¡Sí: que se le castigue! Obliguémosle á escribir en La Epoca un artículo en que proclame todo lo que convenga á nuestros intereses.
—¡Ah! señoras!... Respeten Vds. el ente moral periódico...
—¡No hay escape! Apunte V. en su cartera.—Primeramente...
—Primeramente (repitió Matilde), diga usted que todos los hombres son unos necios...
—¡Señorita, respete V. las instituciones! ¡Yo no puedo decir eso!
—Diga V. que no nos gusta que lleven el pantalón tan ancho...
—Que, con crinolina y todo, valemos más que ellos...
—Que es una impertinencia eso de dejar de bailar tan luego como echan bigote.
—Que es una majadería... un insulto... un desacato... una...
—Señoras: ¡Por lo más sagrado! ¿Cómo he de decir yo eso? ¡Perezca la nación...; pero sálvense los principios!
—Diga V. que el gigote de casa de Riquelme es la ambrosía del siglo XIX...
—¡Que no vamos allí por Vds., sino por el gigote!
—Y dígalo de esta manera:
Máscara, para mí dulce y sabrosa
más que el «gigote» del festín ajeno...
—¡Ah! si estuviera aquí Fernando Pérez, pediría la palabra para defender á una ausente!... Ya sabemos quien es esa máscara.
—¡No ha habido ofensa! Sólo ha habido alusión... Y, á propósito: diga V. en La Época que ya es tiempo de que acaben los hombres necesarios en política y las mujeres necesarias en amor...—¡No más ídolos! ¡No más fetichismo! ¡No más señorita B. y señorita H.!
—¡Yo no puedo decir eso en un periódico ministerial!...
—Pues diga V. al Gobierno que ya es hora de desamortizar á las mujeres...
—¡Cuidado con el fiscal, señoras!
—Que no queremos residir en manos muertas...
—Matilde, en nombre del concilio de Trento, le quito á V. la palabra.
—Que estamos cansadas de ser bienes de propios.
—Eso no es exacto. Yo sé de algunas que son males de ajenos.
—Que queremos que se nos devuelvan las garantías constitucionales.
—Señoras, la constitución de Vds. no ofrece garantías...
—¡Ofrece algo más! Nosotras fuimos las primeras en ejercer el derecho de insurrección.—Eva fué vicalvarista...
—¡Vds. van á lograr que denuncien á La Época!
—¡Abajo los hombres! ¡Guerra al sexo barbudo! ¡Muera el pantalón!
—¡Pedimos que las elecciones se hagan con entera independencia!
—El mal está en Vds., que nunca eligen al candidato natural.
—¡La culpa es de nuestros padres, que nos niegan el dote, siempre que tratamos de hacer nuestro gusto!
—¡Pedimos que se rectifiquen las listas electorales, y que se nos dé voto en Cortes!
—¡Que se nos haga á un mismo tiempo electoras y elegibles, como lo son Vds.!
—¡Que nos regalen turrón á las pobres, á fín de que podamos casarnos con quien nos parezca!
—¡Que se den á nuestro sexo tres carteras en cada combinación ministerial!
—La de Estado, á fín de oirlo todo...
—¡No! la de Gracia y Justicia, para ver.
—Mejor es la de Guerra, para tocar.
—Yo quiero la de Gobernación, para oler.
—Pues yo prefiero la de Hacienda, para gustar.
—Faltan dos sentidos para la de Marina y la de Fomento.
—Decía bien Fernando Pérez la otra noche: necesitamos más sentidos.
—¡Non bastan cinque!
—El de Fomento y el de Marina pueden reducirse á uno solo...
—¡Se suspende esta discusión!
—Pues pasemos á otro asunto. Diga V. en La Epoca que nosotras cuatro somos las muchachas más bonitas de Madrid...
—Las más elegantes...
—Las más graciosas...
—¡Misericordia! Me sacarán los ojos las demás.
—Usted no lo dice por todas las demás: V. lo dice solamente por el Angel de la aureola.
—¡Que se escriban esas palabras!—Yo no conozco á ningún angel.
—El Angel de la aureola es una niña que lleva al rededor de la frente un cerco de cabellos de oro, como la luna en el estío.—Son palabras de V. en cierto folletín.
—Lunaque nocturnos alta regebat equos.
—Seamos formales: de lo que debe V. hablar largamente en su artículo es del concierto que hubo el jueves en casa de la condesa del Montijo.
—Eso es entrar en razón. ¡Diré todo lo que ustedes quieran, y todo me parecerá poco!
—Pues bien: describa V. en primer lugar el aspecto fantástico de aquella galería, en el instante supremo en que la señora de Prendergast cantaba el aria de Norma. Dibújela V. tan hermosa y sublime como estaba sobre el estrado que sostenía el piano: elogie V. su dulce y melodiosa voz, su inspirada actitud, su exquisito sentimiento, y sobre todo aquella expresiva fisonomía que tanto hablaba al corazón.—Las paredes cubiertas de enredaderas, las columnas árabes, los agimeces, las lámparas morunas, las flores, la brillante concurrencia, la hermosura y elegancia de las coristas, la afinación y el gusto con que cantaron el coro de la Casta diva y el de la Sonnámbula, y, por último, lo bien que acompañaron y dirigieron los Sres. Inzenga é Iradier, son cosas..., digo personas..., digo...
—¡Bien por Matilde! ¡Eso se llama dirigir un periódico! Me ha dado V. el artículo hecho.
—Además, puede añadir algunas pinceladas que retraten á sus beldades favoritas..., la discreción de la una, la gracia de la otra, el talento de ésta, la impenetrabilidad de aquella...
—¡No!... ¡no!... ¡nada de personalidades!
—¡Pues bien! hable V. entonces del baile que en aquel mismo edén se dió el domingo.
—Eso es otra cosa.
—Amoneste V. á los actores del Teatro Francés para que se vistan mejor. ¡Todos parecen criados!
—Quéjese V. de que hace tres días que no tenemos ópera.
—Truene V. de camino contra la economía de gas que se advierte en el teatro del señor Urríes; economía que no nos permite lucir nuestros encantos...
—Anuncie V. el baile de máscaras que mañana se da en el Teatro Real á beneficio de los pobres, y al cual vamos á asistir todas las damas inofensivas de la corte.
—Advierta V. al Sr. Salas, que en los Conciertos Religiosos de esta Cuaresma no olvide el Miserere de nuestro ilustre compatriota el maestro Palacios, composición célebre en toda Europa y desconocida en Madrid.
—Anuncie V. la llegada de la Guy-Stephan.
—Proteste V. contra ese empréstito de 30 millones de duros que piensan votar los yankees para comprarnos la isla de Cuba. ¡Diga V. que si esa cantidad se repartiera entre todos los actuales poseedores de la perla de los mares, nos corresponderían dos napoleones por cabeza, y que aquí no sabemos de ningún español que venda tan baratos á millón y medio de hermanos suyos!
—Hable V. del Circo Gallístico, que tan animado está los domingos y los jueves...
—Describa V. el magnífico espectáculo que ofrecía la otra tarde El Ariel, donde lo mejor de Madrid presenció la gran partida de pelota entre Visimodu y los hermanos Pello.
—Y diga V. que Madrid entero... que toda España... ha soltado una carcajada homérica al saber que los granadinos han silbado el Cid de Fernández y González, drama aplaudido en todos los teatros de la Península, representado treinta noches en Madrid y elogiado por trescientos periódicos. Haga V. notar que Granada es la patria de Fernández y González, y que, por consiguiente, han sido sus amigos, sus compañeros de la infancia, los que han protestado contra una gloria tan legítima, contra un triunfo tan indisputable. Pregunte usted á aquel público si se cree más literato y mejor crítico que los demás públicos de España, ó si sólo tuvo presente aquella noche la frase de Jesucristo: nadie es profeta en su tierra. Dígales V. que este rasgo de malignidad lugareña, que esta calumnia de vecindad, que esta conjuración de comadres es indigna de un pueblo culto,—así como propia de gentes degradadas y ociosas, sin ambición ni porvenir, impotentes y nulas para todo lo grande y generoso. Dé V. las gracias, en fín, á los periódicos de aquella desventurada ciudad, por la nobleza con que se han alzado contra semejante miseria y mezquino proceder, y añada V., por mi parte, que muchos granadinos nobles é ilustrados me han escrito llenos de vergüenza y de indignación, pidiendo que su voto conste con el de la minoría.
—¡Gracias Vizconde; gracias por esos arranques de corazón!—Ahora, con permiso de ustedes, me retiro á mi casa, á fín de poner en orden todos los materiales que me han dado.—Beso las manos á las señoras, y que me besen los piés los caballeros.—He aquí mi saludo y mi programa.
1859.
EL COMETA NUEVO.
(ENSAYO ASTRONÓMICO-POLÍTICO.)
ihil novum sub sole...
Esto es una verdad, al menos para mí, y hoy sobre todo.
¡Nada... Nada hay nuevo bajo el sol!...
Créolo á puño cerrado por dos razones: primera, porque la noticia está en latín (y sabido es que, así en sermones como en discursos académicos, no hay argumento más convincente que un texto de los Santos Padres ó de los filósofos de la antigüedad, máxime si el latín es tan enrevesado que nadie lo comprenda); y segunda, porque hoy quisiera regalar á mis lectores algunas noticias frescas sobre artes, literatura, tauromaquia, prestidigitación ó pirotécnia, y nada nuevo ocurre en tales ramos.
Pero consolémonos de la certeza del dicho que encabeza estos renglones con la certeza de este otro que yo acabo de inventar:
Aliquid novum super solem.—¡Sobre el sol, hay algo nuevo![4]
Este algo es un cometa.
¿Qué nos trae el recienvenido? ¿Cuál es su historia? ¿Qué se propone hacer en las elevadas regiones por donde arrastra su luminoso apéndice?
He aquí lo que me propongo investigar de la mejor manera posible.
Empezaré declarando, con permiso del señor fiscal de imprenta, que á nada mejor puede compararse la numerosa serie de cometas conocidos, que á la serie no menos numerosa de Ministerios del reinado de Doña Isabel II.