XII.

¡Duermes al fín!...—¡Ah! sí, descansa, descansa en paz!

¡Ya eres más dichosa que yo!

Cuando mi aparente dicha hería como un sarcasmo tu infortunio;

Cuando tus desventuras me vengaban;

Cuando un prematuro otoño te brindaba frutos enfermizos, que no eran la cosecha de la vida, sino los esqueletos de sus flores;

Cuando, sin fé, sin amor, sin esperanza, era tu porvenir una maldición, tu pasado un remordimiento, tu presente un páramo de horribles decepciones;

Cuando, perdida la juventud del alma y la frescura del cuerpo, te mirabas y no te conocías, me mirabas y llegabas á conocerme, y á temblar, y á arrepentirte;

Cuando el mundo se desprendía de ti, como de una hoja seca;

Cuando yo mismo apartaba los ojos de tu belleza profanada, y confiaba en olvidarte, y ponía hacia otras regiones el rumbo de mis días, y te dejaba sola en tu desesperación,—como quien abandona una isla desierta;

Cuando tú te convenciste dolorosamente de que yo (tu primero y último amigo, el más fiel, el más generoso), también te desahuciaba, también te huía...

¡Ah! ¿qué te restaba sino morir?

Moriste á tiempo.—Los ojos de la Misericordia se han vuelto hacia el último instante de tu vida, y lágrimas y flores y bendiciones te han acompañado á la tumba!

¡Has sabido morir!—¡Duerme en paz! ¡Reposa, reposa, al fin, después de tan deshechas tempestades!

Ya estás redimida: tu sepulcro es tu pedestal,—y, por la vez primera después de muchos años en que el orgullo me ha servido de mordaza, puedo decirte sin sonrojarme esta verdad, única de tu vida, que tanto te hubiera consolado en la hora de tu muerte:

¡Nunca dejé de amarte!

Madrid 1855.


LO QUE SE VE
CON UN ANTEOJO.