II
Pedí, pues, dos meses de licencia y me los concedieron... gracias a ti. ¡Nunca me hubieras hecho aquel favor!
Mis relaciones con Blanca no fueron amor; fueron delirio, locura, fanatismo.
Lejos de atemperarse mi frenesí con la posesión de aquella mujer extraordinaria, se exacerbó más y más: cada día que pasaba descubría yo nuevas afinidades entre nosotros, nuevos tesoros de ventura, nuevos manantiales de felicidad.
Pero en mi alma, como en la suya, brotaban al propio tiempo misteriosos temores.
¡Temíamos perdernos!... Esta era la fórmula de nuestra inquietud.
Los amores vulgares necesitan el miedo para alimentarse, para no decaer. Por eso se ha dicho que toda relación ilegítima es más vehemente que el matrimonio. Pero un amor como el nuestro hallaba recónditos pesares en su precario porvenir, en su inestabilidad, en su carencia de lazos indisolubles.
Blanca me decía:
—Nunca esperé ser amada por un hombre como tú; y, después de ti, no veo amor ni dicha posibles para mi corazón. Joaquín, un amor como el tuyo era la necesidad de mi vida: moría ya sin él; sin él moriría mañana... Dime que nunca me olvidarás.
—¡Casémonos, Blanca! —respondía yo.
Y Blanca inclinaba la cabeza con angustia.
—¡Sí, casémonos! —volvía yo a decir, sin comprender aquella muda desesperación.
—¡Cuánto me amas! —replicaba ella—. Otro hombre en tu lugar rechazaría esa idea si yo se la propusiese. Tú, por el contrario...
—Yo, Blanca, estoy orgulloso de ti; quiero ostentarte a los ojos del mundo; quiero perder toda zozobra acerca del tiempo que vendrá; quiero saber que eres mía para siempre. Además, tú conoces mi carácter, sabes que nunca transijo en materias de honra... Pues bien; la sociedad en que vivimos llama crimen a nuestra dicha... ¿Por qué no hemos de redimirnos al pie del altar? ¡Te quiero pura, te quiero noble, te quiero santa! ¡Te amaré entonces más que hoy! ¡Acepta mi mano!
—¡No puedo! —respondía aquella mujer incomprensible.
Y este debate se reprodujo mil veces.
Un día que yo peroré largo rato contra el adulterio y contra toda inmoralidad, Blanca se conmovió extraordinariamente; lloró, me dio las gracias, y repitió lo de costumbre:
—¡Cuánto me amas! ¡Qué bueno, qué grande, qué noble eres!
A todo esto expiraba la prórroga de mi licencia.
Érame necesario volver a mi destino, y así se lo anuncié a Blanca.
—¡Separarnos! —gritó con infinita angustia.
—¡Tú lo has querido! —contesté.
—¡Eso es imposible!... Yo te idolatro, Joaquín.
—Blanca, yo te adoro.
—Abandona tu carrera... Yo soy rica... ¡Viviremos juntos!... —exclamó, tapándome la boca para que no replicara.
La besé la mano y respondí:
—De mi esposa aceptaría esa oferta, haciendo todavía un sacrificio... Pero de ti...
—¡De mí! —respondió llorando—. ¡De la madre de tu hijo!
—¿Quién? ¡Tú! ¡Blanca!...
—Sí... Dios acaba de decirme que soy madre... ¡Madre por primera vez! Tú has completado mi vida, Joaquín; y, no bien gusto la fruición de esta bienaventuranza absoluta, quieres desgajar el árbol de mi dicha. ¡Me das un hijo, y me abandonas tú!...
—¡Sé mi esposa, Blanca! —fue mi única contestación—. Labremos la felicidad de ese ángel que llama a las puertas de la vida.
Blanca permaneció mucho tiempo silenciosa.
Luego levantó la cabeza con una tranquilidad indefinible, y murmuró:
—Seré tu esposa.
—¡Gracias! ¡Gracias, Blanca mía!
—Escucha —dijo al poco rato—, no quiero que abandones tu carrera...
—¡Ah! ¡Mujer sublime!
—Vete a tu Juzgado... ¿Cuánto tiempo tardarás en arreglar allí tus asuntos, solicitar del Gobierno más licencia y volver a Sevilla?
—Un mes.
—Un mes... —repuso Blanca—. ¡Bien! Aquí te espero. Vuelve dentro de un mes, y seré tu esposa. Hoy somos 15 de abril... ¡El 15 de mayo sin falta!
—Sin falta.
—¿Me lo juras?
— Te lo juro.
—¡Aún otra vez! —replicó Blanca.
—Te lo juro.
—¿Me amas?
—Con toda mi vida.
—Pues vete y ¡vuelve! Adiós...
Dijo y me suplicó que la dejara y que partiese sin perder momento.
Despedime de ella, y partí a *** aquel mismo día.