I.—Vicisitudes de la crítica calderoniana.
Calderon, de igual suerte que Lope, no obtuvo en su tiempo más que alabanzas, ni hay ejemplo de popularidad igual á la suya, como no sea la del Fénix de los ingenios. Y áun me atrevo á decir que fué más honda y sobre todo más duradera la de Calderon, como que á los erráticos vuelos y facilidad abandonada del padre de nuestro teatro sustituyó una concepcion dramática, si ménos ámplia y rica, más una y consistente, y asimismo más española, aunque más estrecha: tan española y tan del tiempo en que floreció, como que Calderon vino á ser el poeta nacional por excelencia: lauro honrosísimo, aunque se compre á costa de un poco de personalidad, y lauro tal que sólo suelen alcanzarle los autores de las primitivas epopeyas ó los ingenios afortunados que, como Dante, cogen una sociedad y una lengua en mantillas, y modelan á su gusto la literatura y la lengua. Pero el hacerse poeta popular cuando ya se ha fijado la lengua, y cuando la literatura de un pueblo ha llegado al punto culminante de su desarrollo, sólo suele alcanzarse por medio de la dramática; y como en el mundo andan siempre revueltos los bienes con los males, trae consigo (por lo general) á la vez que cierta abdicacion del sentir y del pensar propios, una triste sujecion á las formas convencionales y á los gustos del público, lo cual si hace al poeta personaje semi-sagrado entre los de su tiempo y raza, suele perjudicarle para lo futuro, sobre todo en el concepto de los extraños, y áun hacerle ininteligible, quitándole esa universalidad que da vida y juventud perenne á Shakespeare y á Cervántes, por ejemplo. Algo de esta fatalidad pesa sobre Calderon, pero no del todo, puesto que de él se admiran por la crítica de todos los países las concepciones y los asuntos (indicio seguro de vigorosísimo entendimiento), aunque logre ménos aplauso la ejecucion, que así en los aciertos como en los lunares, es muy española y muy del siglo XVII, ya decadente.
Como quiera, repito que nuestro poeta fué gala, entusiasmo y regocijo de su siglo, no sólo durante su vida larga, quieta, serena y siempre honestamente ocupada, sino despues de su muerte, que produjo un verdadero duelo nacional, siquiera tomase éste formas más solemnes y graves que las que sirvieron para honrar la memoria de Lope. La escuela de éste áun habia experimentado lucha y contradicciones; pero en tiempo de Calderon la victoria del sistema dramático independiente, español y revolucionario podia juzgarse completa. Hasta los clásicos más recalcitrantes habian cedido, y con alto espíritu estético buscaban en la Poética del Stagirita defensa y justificacion para las audacias de nuestros dramáticos, y ensalzaban el teatro español en el concepto de arte naturalista, puesto que, entendido rectamente el principio de la imitacion ó mimesis, que sirve de fundamento á las enseñanzas de Aristóteles, claro es que implica no la mecánica imitacion de los modelos, sino la reproduccion de la naturaleza humana con toda la variedad y riqueza de contrastes y con la alternativa de lágrimas y de risas que ella en sí tiene, y que en la vida se muestra y desarrolla. De donde inferian que, siendo la comedia espejo de la vida humana, cumplian á maravilla con su objeto nuestros dramáticos, fieles pintores de la realidad histórica que sus ojos veian, y hábiles al par que valientes en la mezcla de los efectos cómicos y trágicos. Tal es, en sustancia, la doctrina que en modo muy dialéctico y bien trabado expusieron el catedrático complutense Alonso Sanchez de la Ballesta, grande apologista de Lope de Vega contra las detracciones de Pedro de Torres Ramila, el licenciado Francisco de la Barreda en uno de los discursos que sirven de exornacion al Panegírico de Plinio (traido por él á nuestra lengua), y así otros muchos que fuera largo enumerar.
Sólo reparos morales pusieron algunos escrupulosos á las comedias de Calderon, como ántes á las de Lope y Tirso. Porque si es verdad que el autor de La vida es sueño y de El Príncipe constante, y de tantas otras joyas de la inspiracion cristiana, fué por lo general el más católico de todos los dramáticos del mundo, y aunque sea cierto de igual modo que áun en sus comedias de costumbres se abstuvo cuerdamente de las liviandades y desenfados que el fraile de la Merced habia consentido á su apicarada musa, tambien lo es que en esas mismas comedias y en sus dramas trágicos pagó largo tributo Calderon á las preocupaciones de su tiempo y de su sangre, y sobre todo á esa moral del honor, moral social y relativa, en muchas cosas opuesta á la moral cristiana y absoluta. De aquí no sólo tésis radicalmente inmorales como la de A secreto agravio secreta venganza, sino una lastimosa exageracion del espíritu vindicativo, duelista y de punto de honra. Cierto que pueden traerse circunstancias atenuantes. Así, verbi gracia, el sangriento castigo del adulterio muestra por su misma dureza y ferocidad la rareza de las infracciones, el espíritu patriarcal que aún imperaba en la familia castellana, y el dominio de la ley ética en la mayor parte de los corazones.
Pero es lo cierto que el teatro de Calderon promovió ya en sus dias los escrúpulos de algunos varones timoratos, y él mismo hubo de defenderse en un papel dirigido al Patriarca de las Indias, alegando el mandato del Rey, que le hacía escribir para sus fiestas. Despues de su muerte, la aprobacion dada á la Verdadera Quinta Parte de sus comedias por el trinitario fray Manuel de Guerra y Ribera, aficionadísimo, como otros frailes de su tiempo, á los espectáculos dramáticos, promovió contestaciones y clamores, que en vano quiso acallar el mismo aprobante con su Apelacion al tribunal de los doctos, ocasion de nueva pelamesa, en que al fin vino á quedar por los calderonianos la victoria.
Censuras literarias no se hicieron de Calderon hasta el siglo XVIII. Iniciólas Luzan en su célebre Poética (1737), tenida generalmente por código del gusto frances, aunque debe más á los italianos, cuyas interpretaciones sutiles y menudas de Aristóteles aceptó por completo. Luzan anduvo harto duro con el teatro español, no tanto, sin embargo, como sus discípulos. Por lo comun, acierta en la parte negativa, y no hay más remedio que darle la razon cuando censura, por ejemplo, los anacronismos y los errores geográficos de los dramas históricos, ó cuando tilda en las comedias de capa y espada el abuso de unos mismos é inverosímiles recursos, los escondidos y las tapadas, las casas con dos puertas, las riñas y cuchilladas, y aquello de no tener las voces humanas acento propio y distintivo; ó bien cuando reprueba en todo el teatro calderoniano el vicioso lujo y pompa desconcertada de diccion, el hacinamiento de incoherentes alegorías y metáforas, y la intemperancia lírica que á lo sumo, y en los momentos en que el mal gusto de la época no le vicia del todo, no pasa de elegantissima luxuries. De otros reparos de Luzan no se hable, y téngase por dicho que no dejó de sacar á plaza contra Calderon las famosas unidades de lugar y tiempo, de la primera de las cuales ni rastro hay en la Poética de Aristóteles (como quiera que la extrema sencillez del drama griego excluia casi las mutaciones escénicas, ó, mejor dicho, tenía una escena tan ideal como el drama mismo), refiriéndose sólo de pasada, y no como precepto sino como recuerdo histórico, á la segunda, cuando dice que «la tragedia suele encerrarse en un período de sol ó le traspasa poco.»
Los amigos y los discípulos de Luzan insistieron en la parte más endeble de su crítica, olvidando las amplísimas concesiones que una y otra vez hace al alto ingenio y soberana fantasía del poeta. Por el contrario, para Nasarre, Montiano y Velazquez, para el mismo Moratin el padre, ingenio español de tan buena ley, Calderon no fué más que el segundo corruptor del teatro, un salvaje delirante, digno sólo de ser aplaudido por un pueblo de bárbaros. Y no pararon aquí sus diatribas y desdenes, sino que hallando eco en las regiones oficiales, lograron en 1763 la prohibicion de los Autos sacramentales, como ultraje á la religion y al buen gusto. ¡Y esto lo decian los ministros de Cárlos III y los abates volterianos, saturados de las heces de la Enciclopedia! Ni es de admirar que para los sectarios de una poética semi-mecánica y de una filosofía rastreramente sensualista fuesen letra muerta, y áun pudiesen equipararse con el apocalíptico libro de los siete sellos, las extrañas composiciones lirico-dramáticas con que nuestros vates ensalzaron el adorable misterio de la Eucaristía.
La intolerancia doctrinal se extendió hasta á las composiciones profanas, y, con asombro mezclado de risa, leemos hoy que el despotismo administrativo de aquellos leguleyos vedó severamente, á fines del siglo XVIII, la representacion de La vida es sueño (quizá por haber en ella una rebelion triunfadora), la del Príncipe Constante, apoteósis del mártir D. Fernando, y El Gran Príncipe de Fez, compuesta en glorificacion de la Compañía de Jesus, motivo bastante para que la mirasen de reojo los que inicuamente habian expulsado á los hijos de San Ignacio.
Ni áun los críticos de más larga vista entre los de siglo pasado, D. Pedro Estala, por ejemplo, que en los discursos preliminares á sus traducciones, harto olvidadas, del Edipo Tirano de Sófocles, y del Pluto de Aristófanes, tan perfectamente atinó con el verdadero carácter de la tragedia y de la comedia griegas, y declaró aquel teatro admirable pero no imitable, por corresponder á un estado social y á una concepcion religiosa tan diversos de los nuestros, no acertó á desprenderse de los resabios de preceptista en sus juicios acerca de nuestro teatro, ni á hacer más alto elogio de Calderon que el de estimarle como felicísimo constructor de intrigas dramáticas, hábil en la trama y en el enredo hasta el punto de empeñar poderosamente (aunque con interes algo pueril, semejante al que resulta de descifrar un enigma ó una charada) la atencion de los espectadores. Y con crítica todavía ménos elevada y frase que raya con lo ridículo, habló del travieso Calderon nuestro eximio latinista Sanchez Barbero. ¡Y áun creeria pecar de tolerante aplicando la categoría de travesura al sublime ingenio que acertó á vestir de forma dramática el problema de la razon y del libre albedrío, los triunfos de la fe y de la gracia, los furores y desatada tempestad de los celos!
Pero miéntras esto pasaba en España, una reaccion profundísima, y guerra declarada contra el sistema dramático frances, se habia iniciado en Alemania con la Dramaturgia de Lessing, y la victoria iba quedando por los innovadores, de quienes vino á ser poderoso auxiliar aquel renacimiento de toda conciencia nacional que respondió, como protesta, á las conquistas napoleónicas. Comenzaron á ponerse en boga las literaturas indígenas, populares y espontáneas, y tanto más, cuanto más radicalmente se apartaban del arte convencional, académico y ceremonioso de los franceses. Tras de Lessing, con sus nuevas interpretaciones de la Poética de Aristóteles y sus ideas de tragedia realista y bourgeoise, vino Herder popularizando las canciones nacionales de muy diversos tiempos y países. Traspasó los límites de Inglaterra la devocion shakespiriana, y los dramas históricos del gran poeta inglés, sus crónicas en verso, con toda su animacion, movimiento y lujo de episodios, revivieron gloriosamente en el Goetz de Berlichingen, vigorosísima pintura rústica y familiar de los últimos dias de la Edad Media, y en el Campamento de Vallenstein de Schiller. Hizo Guillermo Schlegel el paralelo entre el Hipólito de Eurípides, y la Fedra de Racine, mostrando cuánto difiere la casta sencillez de la tragedia antigua (aunque se la considere en el último y más retórico de sus modelos, en el que más tributo pagó al sentimentalismo enervador y á los recursos patéticos) del arte peinado y relamido de los salones de Versalles.
Así nació el romanticismo aleman, cuyo poeta fué Tieck, y cuyos legisladores son los dos Schlegel, á quienes nos complacemos en citar, á pesar del amargo dejo que en los ánimos de nuestra generacion han dejado las humorísticas chanzas de Henrique Heine. Pero nunca las chanzas fueron argumentos, ni es el humorismo sistema crítico, sino estado subjetivo, fisiológico y á veces patológico, del espíritu que ve las cosas por un sólo aspecto, y hace víctima de sus caprichos de un dia al objeto del conocimiento. Y diga lo que quiera Heine (cegado además por su odio á todo género de restauracion católica), áun está por escribirse el libro que pueda sustituir, ni en la alteza de miras, ni en lo delicado del sentimiento estético, á las Lecciones de literatura dramática de Guillermo Schlegel. Miéntras otros le zahieren (sin perjuicio de saquearle), séanos lícito tenerle por una de las piedras angulares de la crítica moderna. Hoy son vulgaridades muchos de los principios que allí por primera vez se consignaron. ¿Qué triunfo más glorioso para un libro de crítica?
Todo el Curso de Schlegel está encaminado á la glorificacion de Calderon; aunque sólo en el último capítulo se trata de él ex-professo. Pero el autor no le olvida nunca, ni al hablar de la tragedia griega, ni al discurrir acerca de Shakespeare, ni al maltratar á Molière. Todas las formas dramáticas le parecen imperfectas y una como preparacion para aquella forma más alta, en que se resuelve de un modo firme y sereno el enigma de la vida humana. Al coronar con ella su edificio histórico, abandona Schlegel el tono de la crítica y prorrumpe en el más entusiasta ditirambo.
¿Era fundada del todo esta admiracion? En primer lugar, Guillermo Schlegel, y lo mismo su hermano Federico, que con ménos elocuencia desarrolló las mismas ideas en su Historia de la literatura antigua y moderna, desconocia casi en absoluto todo el teatro español anterior á Calderon y contemporáneo de él. De aquí el mirarle como un solitario coloso, y atribuirle todas las perfecciones y excelencias de una escuela, y poner en su cabeza la gloria de toda una literatura. Además, lo que Schlegel admira, sobre todo, en Calderon es el vigor sintético del ingenio, la grandeza de las concepciones, el espiritualismo cristiano vivo y prepotente, lo recto y justiciero del sentido moral, cualidades que en mucha parte debió Calderon á haber nacido español y católico y en el siglo XVII. Pero ¿cómo se le habia de ocultar á Schlegel que, así el sereno idealismo de Sófocles como el ardiente naturalismo shakespiriano, puntos extremos, é igualmente admirables, del arte, vencen al drama calderoniano en lo perfecto de la ejecucion, en lo eterno y universal de las situaciones y de los caracteres, en la intensidad y en lo verdadero de los afectos; viniendo á ser nuestro teatro (y especialmente el de Calderon) dentro del drama romántico é independiente, algo parecido á lo que es dentro del teatro clásico la tragedia francesa, mutatis mutandis et servatis servandis, es decir, con la ventaja en el nuestro del poderoso aliento nacional que le informa y da vida, haciendo olvidar, cuando se le mira de léjos, faltas y aberraciones de gusto, ligerezas de ejecucion, y aquella poética menuda y caprichosa, que todo lo reglamentaba no ménos arbitrariamente que la de las tres unidades?
Ni fué sólo de los románticos el entusiasmo por Calderon. Sintióle el mismo Goethe, que llegó á ensalzar no sólo las bellezas sino los desaciertos del gran poeta, y tuvo palabras de encomio hasta para la Hija del aire, verdadero monstruo dramático, en que nada hay bueno sino el carácter ideal y fantástico de la protagonista, cuyo carácter se quedó en gérmen como otros muchos de Calderon. Ni hemos de olvidar tampoco que uno de los más grandes poetas ingleses, émulo de Byron, corifeo de la escuela satánica, cantor de la victoria de Demogorgon contra Júpiter, tradujo en hermosos versos ingleses (¡rara eleccion de original para un poeta ateo!) las mejores escenas de El Mágico prodigioso.
En Alemania se multiplicaron las versiones, dando el ejemplo con las suyas, ménos literales que poéticas, Guillermo Schlegel. Hasta en la cristiandad protestante logró fervorosos admiradores el más católico é inquisitorial de los poetas. La devocion de la Cruz, que extasiaba á Hoffman, llegó á hacerse drama popular entre los devotos. Y al mismo tiempo, los sectarios de escuelas filosóficas no poco reñidas con la ortodoxia, verbi gracia, los hegelianos, diéronse á estudiar profundamente á Calderon á título de poeta simbólico, que en sus obras habia encarnado y manifestado peregrinas y encumbradas ideas. A esta escuela crítica, que tanto exageró el predominio de la idea sobre la forma, corresponde el estudio de Cárlos Rosenkranz acerca de El Mágico prodigioso, monografía hoy mismo estimable, aunque el autor extrema las semejanzas entre la obra que analiza y el primer Fausto de Goethe.
De Alemania han salido tambien los dos mejores trabajos históricos acerca de Calderon: el de Schack en su Historia del teatro español, y sobre todo el de Federico Guillermo v. Schmidt, publicado en 1857 (en Elberfield) por su hijo Leopoldo. En esta obra se examinan una por una, y con muy loable escrupulosidad, todas las comedias de Calderon y algunos de sus autos.
En España ni siquiera se ha traducido este libro, cuanto más hacer otro mejor. Pero aunque tarde, hemos caido en la cuenta de que Calderon era un gran poeta, cuando ya toda Europa le tenía por tal.
Con todo eso, y á despecho de los menosprecios de la crítica, habian conservado intacta su reputacion, y eran representados, con universal aplauso de nuestros padres, dramas de Calderon tan románticos como El Tetrarca de Jerusalem. Los mismos críticos de la escuela dominante acabaron por dar cuartel á las comedias de capa y espada, y de ellas se insertó razonable número (acompañadas de discretas observaciones) en la Coleccion general de comedias escogidas, impresa en Madrid por los años de 1827, y en que entendieron, con criterio bastante moderado y ecléctico, Gorostiza, García Suelto y algunos más.
Por otra parte, la revolucion romántica que iniciaron Böhl de Faber en Cádiz, y Aribau y Lopez Soler en Barcelona, y á la cual con más timidez ayudó D. Alberto Lista (en sus Lecciones de literatura dramática pronunciadas en el Ateneo de Madrid, y luégo en los artículos sueltos coleccionados hoy con el título de Ensayos literarios) contribuyó á restaurar en España los altares de Calderon, y á popularizar, aunque de un modo poco científico, algunos de los resultados de la crítica de los Schlegel. Desde entónces sonó el nombre de Calderon, como nombre de batalla, entre los románticos, y algunos le imitaron, no infelizmente, en el teatro; pero á esto y á panegíricos vagos se redujo todo el incienso que España quemó en sus aras. Gracias á la diligencia del Sr. Hartzenbusch, poseemos, coleccionado en cuatro volúmenes de la Biblioteca de Autores Españoles, el teatro de Calderon, si bien este texto no ha de darse por definitivo ni está exento de reparos. Quizá el Sr. Hartzenbusch no acertó siempre en dejarse guiar por el texto de Vera Tássis, reproducido por Apontes y por Keil, sobre todo cuando existian manuscritos ó ediciones hechas en vida del poeta, que nos pueden dar, si no la letra primitiva del drama, á lo ménos una leccion no tan alterada por ignorantes histriones y famélicos impresores. El prólogo que el Sr. Hartzenbusch puso á su edicion es elegante é ingenioso, pero algo tímido en las conclusiones. En las notas hay cosas útiles, sobre todo para la cuestion cronológica: el resto está tomado de otros comentadores.
De los Autos sacramentales disertó admirablemente D. Eduardo Gonzalez Pedroso, nombre de dulce recuerdo entre los católicos españoles; y más adelante dijo algo el Sr. Canalejas, aunque con ciertos resabios panteísticos, que hubieran escandalizado no poco al reverendo y cristiano poeta, si por dicha hubiese acertado á levantar la cabeza.
Trató de las tres ideas fundamentales del teatro calderoniano el Sr. D. Adelardo Lopez de Ayala en su discurso de recepcion en la Academia Española, y lo hizo por modo fácil y brillante, pero sin descender á pormenores. Tampoco puede sacarse mucho jugo de las ilustraciones del Sr. Escosura á la edicion académica de Calderon, y no porque les falte lucidez y órden, sino porque el editor apénas puso nada de su cosecha, limitándose á reproducir las ideas que en el vulgo literario corren acerca de Calderon.
Tratemos nosotros de aprovechar brevísimamente los resultados de toda esta labor crítica.