JORNADA PRIMERA.


A un lado monte fragoso y al otro una torre cuya planta baja sirve de prision á Segismundo. La puerta, que da frente al espectador, está entreabierta. La accion principia al anochecer.

ESCENA PRIMERA.

ROSAURA, CLARIN.

(Rosaura vestida de hombre aparece en lo alto de las peñas, y baja á lo llano; tras ella viene Clarin.)

Rosaura.

Hipogrifo violento

Que corriste parejas con el viento,

¿Dónde rayo sin llama,

Pájaro sin matiz, pez sin escama,

Y bruto sin instinto

Natural, al confuso laberinto

Destas desnudas peñas

Te desbocas, arrastras y despeñas?

Quédate en este monte,

Donde tengan los brutos su Faetonte;

Que yo, sin más camino

Que el que me dan las leyes del destino.

Ciega y desesperada

Bajaré la aspereza enmarañada

Deste monte eminente,

Que arruga al sol el ceño de su frente.

Mal, Polonia, recibes

A un extranjero, pues con sangre escribes

Su entrada en tus arenas,

Y apénas llega, cuando llega á penas.

Bien mi suerte lo dice;

¿Mas dónde halló piedad un infelice?

Clarin.

Dí dos, y no me dejes

En la posada á mí cuando te quejes;

Que si dos hemos sido

Los que de nuestra patria hemos salido

A probar aventuras,

Dos los que entre desdichas y locuras

Aquí habemos llegado,

Y dos los que del monte hemos rodado,

¿No es razon que yo sienta

Meterme en el pesar, y no en la cuenta?

Rosaura.

No te quiero dar parte

En mis quejas, Clarin, por no quitarte,

Llorando tu desvelo,

El derecho que tienes tú al consuelo.

Que tanto gusto habia

En quejarse, un filósofo decia,

Que, á trueco de quejarse,

Habian las desdichas de buscarse.

Clarin.

El filósofo era

Un borracho barbon: ¡oh! ¡quién le diera

Más de mil bofetadas!

Quejárase despues de muy bien dadas.

¿Mas qué haremos, señora,

A pié, solos, perdidos y á esta hora

En un desierto monte,

Cuando se parte el sol á otro horizonte?

Rosaura.

¡Quién ha visto sucesos tan extraños!

Mas si la vista no padece engaños

Que hace la fantasía,

A la medrosa luz que áun tiene el dia,

Me parece que veo

Un edificio.

Clarin.

Ó miente mi deseo,

Ó termino las señas.

Rosaura.

Rústico nace entre desnudas peñas

Un palacio tan breve,

Que al sol apénas á mirar se atreve:

Con tan rudo artificio

La arquitectura está de su edificio,

Que parece, á las plantas

De tantas rocas y de peñas tantas

Que al sol tocan la lumbre,

Peñasco que ha rodado de la cumbre.

Clarin.

Vámonos acercando;

Que este es mucho mirar, señora, cuando

Es mejor que la gente

Que habita en ella, generosamente

Nos admita.

Rosaura.

La puerta

(Mejor diré funesta boca) abierta

Está, y desde su centro

Nace la noche, pues la engendra dentro.

(Suenan dentro cadenas.)

Clarin.

¡Qué es lo que escucho, cielo!

Rosaura.

Inmóvil bulto soy de fuego y hielo.

Clarin.

¿Cadenita hay que suena?

Mátenme, si no es galeote en pena:

Bien mi temor lo dice.

ESCENA II.

SEGISMUNDO, en la torre.—ROSAURA, CLARIN.

Segism.

(Dentro.) ¡Ay mísero de mí! ¡Ay infelice!

Rosaura.

¡Qué triste voz escucho!

Con nuevas penas y tormentos lucho.

Clarin.

Yo con nuevos temores.

Rosaura.

Clarin...

Clarin.

Señora...

Rosaura.

Huyamos los rigores

Desta encantada torre.

Clarin.

Yo áun no tengo

Ánimo para huir, cuando á eso vengo.

Rosaura.

¿No es breve luz aquella

Caduca exhalacion, pálida estrella,

Que en trémulos desmayos,

Pulsando ardores y latiendo rayos,

Hace más tenebrosa

La oscura habitacion con luz dudosa?

Sí, pues á sus reflejos

Puedo determinar (aunque de léjos)

Una prision oscura,

Que es de un vivo cadáver sepultura;

Y porque más me asombre,

En el traje de fiera yace un hombre

De prisiones cargado,

Y sólo de una luz acompañado.

Pues huir no podemos,

Desde aquí sus desdichas escuchemos:

Sepamos lo que dice.

(Abrense las hojas de la puerta, y descúbrese Segismundo con una cadena y vestido de pieles. Hay luz en la torre.)

Segism.

¡Ay mísero de mí! ¡Ay infelice!

Apurar, cielos, pretendo,

Ya que me tratais así,

Qué delito cometí

Contra vosotros naciendo:

Aunque si nací, ya entiendo

Qué delito he cometido:

Bastante causa ha tenido

Vuestra justicia y rigor,

Pues el delito mayor

Del hombre es haber nacido.

Solo quisiera saber

Para apurar mis desvelos

(Dejando á una parte, cielos,

El delito del nacer),

¿Qué más os pude ofender,

Para castigarme más?

¿No nacieron los demas?

Pues si los demas nacieron,

¿Qué privilegios tuvieron

Que yo no gocé jamás?

Nace el ave, y con las galas

Que le dan belleza suma,

Apénas es flor de pluma,

Ó ramillete con alas,

Cuando las etéreas alas

Corta con velocidad,

Negándose á la piedad

Del nido que deja en calma:

¿Y teniendo yo más alma,

Tengo ménos libertad?

Nace el bruto, y con la piel

Que dibujan manchas bellas,

Apénas signo es de estrellas

(Gracias al docto pincel),

Cuando atrevido y cruel,

La humana[1] necesidad

Le enseña á tener crueldad,

Monstruo de su laberinto:

¿Y yo con mejor instinto

Tengo ménos libertad?

Nace el pez, que no respira,

Aborto de ovas y lamas,

Y apénas bajel de escamas

Sobre las ondas se mira,

Cuando á todas partes gira,

Midiendo la inmensidad

De tanta capacidad

Como le da el centro frio:

¿Y yo con más albedrío

Tengo ménos libertad?

Nace el arroyo, culebra

Que entre flores se desata,

Y apénas, sierpe de plata,

Entre las flores se quiebra,

Cuando músico celebra

De las flores la piedad,

Que le da la majestad

Del campo abierto á su huida:

¿Y teniendo yo más vida

Tengo ménos libertad?

En llegando á esta pasion,

Un volcan, un Etna hecho,

Quisiera arrancar del pecho

Pedazos del corazon:

¿Qué ley, justicia ó razon

Negar á los hombres sabe

Privilegio tan süave,

Excepcion tan principal,

Que Dios le ha dado á un cristal,

Á un pez, á un bruto y á un ave?

Rosaura.

Temor y piedad en mí

Sus razones han causado.

Segism.

¿Quién mis voces ha escuchado?

¿Es Clotaldo?

Clarin.

(Ap. á su amo.) Dí que sí.

Rosaura.

No es sino un triste (¡ay de mí!)

Que en estas bóvedas frias

Oyó tus melancolías.

Segism.

Pues muerte aquí te daré,

Porque no sepas que sé (Ásela.)

Que sabes flaquezas mias.

Sólo porque me has oido,

Entre mis membrudos brazos

Te tengo de hacer pedazos.

Clarin.

Yo soy sordo, y no he podido

Escucharte.

Rosaura.

Si has nacido

Humano, baste el postrarme

Á tus piés para librarme.

Segism.

Tu voz pudo enternecerme,

Tu presencia suspenderme

Y tu respeto turbarme.

¿Quién eres? que aunque yo aquí

Tan poco del mundo sé,

Que cuna y sepulcro fué

Esta torre para mí:

Y aunque desde que nací

(Si esto es nacer) sólo advierto

Este rústico desierto,

Donde miserable vivo,

Siendo un esqueleto vivo,

Siendo un animado muerto:

Y aunque nunca ví ni hablé,

Sino á un hombre solamente

Que aquí mis desdichas siente,

Por quien las noticias sé

De cielo y tierra, y aunque

Aquí, porque más te asombres

Y monstruo humano me nombres,

Entre asombros y quimeras,

Soy un hombre de las fieras,

Y una fiera de los hombres:

Y aunque en desdichas tan graves

La política he estudiado,

De los brutos enseñado,

Advertido de las aves,

Y de los astros süaves

Los círculos he medido;

Tú sólo, tú has suspendido

La pasion á mis enojos,

La suspension á mis ojos,

La admiracion á mi oido.

Con cada vez que te veo

Nueva admiracion me das,

Y cuando te miro más,

Aun más mirarte deseo.

Ojos hidrópicos creo

Que mis ojos deben ser;

Pues cuando es muerte el beber,

Beben más, y desta suerte,

Viendo que el ver me da muerte,

Estoy muriendo por ver.

Pero véate yo y muera;

Que no sé, rendido ya.

Si el verte muerte me da,

El no verte qué me diera.

Fuera, más que muerte fiera.

Ira, rabia y dolor fuerte;

Fuera muerte: desta suerte

Su rigor he ponderado.

Pues dar vida á un desdichado

Es dar á un dichoso muerte.

Rosaura.

Con asombro de mirarte.

Con admiracion de oirte,

Ni sé qué pueda decirte.

Ni qué pueda preguntarte:

Sólo diré que á esta parte

Hoy el cielo me ha guiado

Para haberme consolado,

Si consuelo puede ser

Del que es desdichado, ver

Otro que es más desdichado.

Cuentan de un sabio, que un dia

Tan pobre y mísero estaba,

Que sólo se sustentaba

De unas yerbas que cogia.

¿Habrá otro (entre sí decia)

Más pobre y triste que yo?

Y cuando el rostro volvió,

Halló la respuesta, viendo

Que iba otro sabio cogiendo

Las hojas que él arrojó.

Quejoso de la fortuna

Yo en este mundo vivia,

Y cuando entre mí decia:

¿Habrá otra persona alguna

De suerte más importuna?

Piadoso me has respondido;

Pues volviendo en mi sentido.

Hallo que las penas mias,

Para hacerlas tú alegrías

Las hubieras recogido.

Y por si acaso mis penas

Pueden en algo aliviarte,

Óyelas atento, y toma

Las que dellas me sobraren.

Yo soy...

ESCENA III.

CLOTALDO, SOLDADOS.—SEGISMUNDO, ROSAURA, CLARIN.

Clotal.

(Dentro.) Guardas desta torre,

Que, dormidas ó cobardes,

Dísteis paso á dos personas

Que han quebrantado la cárcel...

Rosaura.

Nueva confusion padezco.

Segism.

Este es Clotaldo, mi alcaide.

¿Aun no acaban mis desdichas?

Clotal.

(Dentro.) Acudid, y vigilantes,

Sin que puedan defenderse,

Ó prendedles, ó matadles.

Voces.

(Dentro.) ¡Traicion!

Clarin.

Guardas desta torre.

Que entrar aquí nos dejasteis.

Pues que nos dais á escoger.

El prendernos es más fácil.

(Salen Clotaldo y los soldados: él con una pistola, y todos con los rostros cubiertos.)

Clotal.

(Aparte á los soldados al salir.)

Todos os cubrid los rostros;

Que es diligencia importante

Miéntras estamos aquí

Que no nos conozca nadie.

Clarin.

¿Enmascaraditos hay?

Clotal.

Oh vosotros que ignorantes,

De aqueste vedado sitio

Coto y término pasasteis

Contra el decreto del Rey,

Que manda que no ose nadie

Examinar el prodigio

Que entre esos peñascos yace,

Rendid las armas y vidas,

Ó aquesta pistola, áspid

De metal, escupirá

El veneno penetrante

De dos balas, cuyo fuego

Será escándalo del aire.

Segism.

Primero, tirano dueño,

Que los ofendas ni agravies,

Será mi vida despojo

Destos lazos miserables;

Pues en ellos, vive Dios,

Tengo de despedazarme

Con las manos, con los dientes,

Entre aquestas peñas, ántes

Que su desdicha consienta

Y que llore sus ultrajes.

Clotal.

Si sabes que tus desdichas,

Segismundo, son tan grandes,

Que ántes de nacer moriste

Por ley del cielo; si sabes

Que aquestas prisiones son

De tus furias arrogantes

Un freno que las detenga

Y una rueda que las pare,

¿Por qué blasonas? La puerta (A los soldados.)

Cerrad de esa estrecha cárcel;

Escondedle en ella.

Segism.

¡Ah, cielos,

Qué bien haceis en quitarme

La libertad! porque fuera

Contra vosotros gigante,

Que para quebrar al sol

Esos vidrios y cristales,

Sobre cimientos de piedra

Pusiera montes de jaspe.

Clotal.

Quizá, porque no los pongas,

Hoy padeces tantos males.

(Llévanse algunos soldados á Segismundo y enciérranle en su prision.)

ESCENA IV.

ROSAURA, CLOTALDO, CLARIN, SOLDADOS.

Rosaura.

Ya que ví que la soberbia

Te ofendió tanto, ignorante

Fuera en no pedirte humilde

Vida que á tus plantas yace.

Muévate en mí la piedad;

Que será rigor notable,

Que no hallen favor en tí

Ni soberbias ni humildades.

Clarin.

Y si humildad ni soberbia

No te obligan, personajes

Que han movido y removido

Mil autos sacramentales,

Yo, ni humilde ni soberbio,

Sino entre las dos mitades

Entreverado, te pido

Que nos remedies y ampares.

Clotal.

¡Hola!

Soldado.

Señor...

Clotal.

A los dos

Quitad las armas, y atadles

Los ojos, porque no vean

Cómo ni de dónde salen.

Rosaura.

Mi espada es esta, que á tí

Solamente ha de entregarse,

Porque al fin, de todos eres

El principal, y no sabe

Rendirse á ménos valor.

Clarin.

La mia es tal, que puede darse

Al más rüin: tomadla vos. (A un soldado.)

Rosaura.

Y si he de morir, dejarte

Quiero, en fe desta piedad,

Prenda que pudo estimarse

Por el dueño que algun dia

Se la ciñó: que la guardes

Te encargo, porque aunque yo

No sé qué secreto alcance,

Sé que esta dorada espada

Encierra misterios grandes,

Pues solo fiado en ella

Vengo á Polonia á vengarme

De un agravio.

Clotal.

(Aparte.) ¡Santos cielos!

¡Qué es esto! ya son más graves

Mis penas y confusiones,

Mis ánsias y mis pesares.

¿Quién te la dió?

Rosaura.

Una mujer.

Clotal.

¿Cómo se llama?

Rosaura.

Que calle

Su nombre es fuerza.

Clotal.

¿De qué

Infieres ahora, ó sabes,

Que hay secreto en esta espada?

Rosaura.

Quien me la dió, dijo: «Parte

A Polonia, y solicita

Con ingenio, estudio ó arte,

Que te vean esa espada

Los nobles y principales,

Que yo sé que alguno dellos

Te favorezca y ampare;»

Que por si acaso era muerto,

No quiso entónces nombrarle.

Clotal.

(Ap.) ¡Válgame el cielo, qué escucho!

Aun no sé determinarme

Si tales sucesos son

Ilusiones ó verdades.

Esta es la espada que yo

Dejé á la hermosa Violante.

Por señas que el que ceñida

La trajera, habia de hallarme

Amoroso como hijo,

Y piadoso como padre.

Pues ¿qué he de hacer (¡ay de mi!)

En confusion semejante,

Si quien la trae por favor,

Para su muerte la trae,

Pues que sentenciado á muerte

Llega á mis piés? ¡Qué notable

Confusion! ¡Qué triste hado!

¡Qué suerte tan inconstante!

Este es mi hijo, y las señas

Dicen bien con las señales

Del corazon, que por verlo

Llama al pecho, y en él bate

Las alas, y no pudiendo

Romper los candados, hace

Lo que aquel que está encerrado,

Y oyendo ruido en la calle

Se asoma por la ventana:

El así, como no sabe

Lo que pasa, y oye el ruido,

Va á los ojos á asomarse,

Que son ventanas del pecho

Por donde en lágrimas sale.

¿Qué he de hacer? (¡Valedme, cielos!)

¿Qué he de hacer? Porque llevarle

Al Rey, es llevarle (¡ay triste!)

A morir. Pues ocultarle

Al Rey no puedo, conforme

A la ley del homenaje.

De una parte el amor proprio,

Y la lealtad de otra parte

Me rinden. Pero ¿qué dudo?

La lealtad del Rey ¿no es ántes

Que la vida y que el honor?

Pues ella viva y él falte.

Fuera de que si ahora atiendo

A que dijo que á vengarse

Viene de un agravio, hombre

Que está agraviado, es infame.—

No es mi hijo, no es mi hijo,

Ni tiene mi noble sangre.

Pero si ya ha sucedido

Un peligro, de quien nadie

Se libró, porque el honor

Es de materia tan frágil

Que con una accion se quiebra

Ó se mancha con un aire,

¿Qué más puede hacer, qué más,

El que es noble, de su parte,

Que á costa de tantos riesgos

Haber venido á buscarle?

Mi hijo es, mi sangre tiene,

Pues tiene valor tan grande;

Y así, entre una y otra duda,

El medio más importante

Es irme al Rey, y decirle

Que es mi hijo, y que le mate.

Quizá la misma piedad

De mi honor podrá obligarle;

Y si le merezco vivo,

Yo le ayudaré á vengarse

De su agravio; mas si el Rey,

En sus rigores constante,

Le da muerte, morirá

Sin saber que soy su padre.—

Venid conmigo, extranjeros,

(A Rosaura y Clarin.)

No temais, no, de que os falte

Compañía en las desdichas,

Pues en duda semejante

De vivir ó de morir,

No sé cuáles son más grandes. (Vanse.)


Salon del Palacio Real en la corte[2].

ESCENA V.

ASTOLFO y soldados, que salen por un lado, y por el otro la INFANTA ESTRELLA y damas. Música militar dentro y salvas.

Astolfo.

Bien al ver los excelentes

Rayos, que fueron cometas,

Mezclan salvas diferentes

Las cajas y las trompetas,

Los pájaros y las fuentes:

Siendo con música igual,

Y con maravilla suma,

A tu vista celestial

Unos, clarines de pluma,

Y otras, aves de metal;

Y así os saludan, señora,

Como á su reina las balas,

Los pájaros como Aurora,

Las trompetas como á Pálas

Y las flores como á Flora;

Porque sois, burlando el dia

Que ya la noche destierra,

Aurora en el alegría,

Flora en paz, Pálas en guerra,

Y reina en el alma mia.

Estrel.

Si la voz se ha de medir

Con las acciones humanas,

Mal habeis hecho en decir

Finezas tan cortesanas,

Donde os pueda desmentir

Todo ese marcial trofeo

Con quien ya atrevida lucho;

Pues no dicen, segun creo,

Las lisonjas que os escucho,

Con los rigores que veo.

Y advertid que es baja accion,

Que sólo á una fiera toca,

Madre de engaño y traicion,

El halagar con la boca

Y matar con la intencion.

Astolfo.

Muy mal informada estais,

Estrella, pues que la fe

De mis finezas dudais,

Y os suplico que me oigais

La causa, á ver si la sé.

Falleció Eustorgio tercero,

Rey de Polonia, y quedó

Basilio por heredero,

Y dos hijas, de quien yo

Y vos nacimos.—No quiero

Cansaros con lo que tiene

Lugar aquí.—Clorilene,

Vuestra madre y mi señora,

Que en mejor imperio ahora

Dosel de luceros tiene,

Fué la mayor, de quien vos

Sois hija; fué la segunda,

Madre y tia de los dos,

La gallarda Recisunda,

Que guarde mil años Dios;

Casó en Moscovia, de quien

Nací yo. Volver ahora

Al otro principio es bien.

Basilio, que ya, señora,

Se rinde al comun desden

Del tiempo, más inclinado

A los estudios que dado

A mujeres, enviudó

Sin hijos, y vos y yo

Aspiramos á este Estado.

Vos alegais que habeis sido

Hija de hermana mayor;

Yo, que varon he nacido,

Y aunque de hermana menor,

Os debo ser preferido.

Vuestra intencion y la mia

A nuestro tio contamos:

Él respondió que queria

Componernos, y aplazamos

Este puesto y este dia.

Con esta intencion salí

De Moscovia y de su tierra;

Con esta llegué hasta aquí,

En vez de haceros yo guerra,

A que me la hagais á mí.

¡Oh! quiera Amor, sabio dios,

Que el vulgo, astrólogo cierto,

Hoy lo sea con los dos,

Y que pare este concierto

En que seais Reina vos,

Pero Reina en mi albedrío,

Dándôs, para más honor,

Su corona nuestro tio,

Sus triunfos vuestro valor

Y su imperio el amor mio.

Estrel.

A tan cortés bizarría

Ménos mi pecho no muestra,

Pues la imperial monarquía

Para sólo hacerla vuestra

Me holgara que fuera mia;

Aunque no está satisfecho

Mi amor de que sois ingrato,

Si en cuanto decís, sospecho

Que os desmiente ese retrato

Que está pendiente del pecho.

Astolfo.

Satisfaceros intento

Con él... Mas lugar no da

Tanto sonoro instrumento, (Tocan cajas.)

Que avisa que sale ya

El Rey con su parlamento.

ESCENA VI.

EL REY BASILIO, acompañamiento.—ASTOLFO, ESTRELLA, damas, soldados.

Estrel.

Sabio Táles...

Astolfo.

Docto Euclídes...

Estrel.

Que entre signos...

Astolfo.

Que entre estrellas...

Estrel.

Hoy gobiernas...

Astolfo.

Hoy resides...

Estrel.

Y sus caminos...

Astolfo.

Sus huellas...

Estrel.

Describes...

Astolfo.

Tasas y mides...

Estrel.

Deja que en humildes lazos...

Astolfo.

Deja que en tiernos abrazos...

Estrel.

Hiedra dese tronco sea.

Astolfo.

Rendido á tus piés me vea.

Basilio.

Sobrinos, dadme los brazos,

Y creed, pues que leales

Á mi precepto amoroso

Venís con afectos tales,

Que á nadie deje quejoso

Y los dos quedeis iguales:

Y así, cuando me confieso

Rendido al prolijo peso,

Sólo os pido en la ocasion

Silencio, que admiracion

Ha de pedirla el suceso.

Ya sabeis (estadme atentos,

Amados sobrinos mios,

Corte ilustre de Polonia,

Vasallos, deudos y amigos),

Ya sabeis que yo en el mundo

Por mi ciencia he merecido

El sobrenombre de docto,

Pues, contra el tiempo y olvido,

Los pinceles de Timantes,

Los mármoles de Lisipo,

En el ámbito del orbe

Me aclaman el gran Basilio.

Ya sabeis que son las ciencias

Que más curso y más estimo,

Matemáticas sutiles,

Por quien al tiempo le quito,

Por quien á la fama rompo

La jurisdiccion y oficio

De enseñar más cada dia;

Pues cuando en mis tablas miro

Presentes las novedades

De los venideros siglos,

Le gano al tiempo las gracias

De contar lo que yo he dicho.

Esos círculos de nieve,

Esos doseles de vidrio

Que el sol ilumina á rayos,

Que parte la luna á giros;

Esos orbes de diamantes,

Esos globos cristalinos

Que las estrellas adornan

Y que campean los signos,

Son el estudio mayor

De mis años, son los libros

Donde en papel de diamante,

En cuadernos de zafiro,

Escribe con líneas de oro,

En caracteres distintos,

El cielo nuestros sucesos,

Ya adversos ó ya benignos.

Estos leo tan veloz,

Que con mi espíritu sigo

Sus rápidos movimientos

Por rumbos y por caminos.

¡Pluguiera al cielo, primero

Que mi ingenio hubiera sido

De sus márgenes comento,

Y de sus hojas registro,

Hubiera sido mi vida

El primero desperdicio

De sus iras, y que en ellas

Mi tragedia hubiera sido,

Porque de los infelices

Aun el mérito es cuchillo,

Que á quien le daña el saber,

Homicida es de sí mismo!

Dígalo yo, aunque mejor

Lo dirán sucesos mios,

Para cuya admiracion

Otra vez silencio os pido.

En Clorilene, mi esposa,

Tuve un infelice hijo,

En cuyo parto los cielos

Se agotaron de prodigios.

Ántes que á la luz hermosa

Le diese el sepulcro vivo

De un vientre (porque el nacer

Y el morir son parecidos),

Su madre infinitas veces,

Entre ideas y delirios

Del sueño, vió que rompia

Sus entrañas atrevido

Un monstruo en forma de hombre,

Y entre su sangre teñido,

La daba muerte, naciendo

Víbora humana del siglo.

Llegó de su parto el dia,

Y los presagios cumplidos

(Porque tarde ó nunca son

Mentirosos los impíos),

Nació en horóscopo tal,

Que el sol, en su sangre tinto,

Entraba sañudamente

Con la luna en desafío;

Y siendo valla la tierra,

Los dos faroles divinos

A luz entera luchaban,

Ya que no á brazo partido.

El mayor, el más horrendo

Eclipse que ha padecido

El sol, despues que con sangre

Lloró la muerte de Cristo,

Este fué, porque anegado

El orbe en incendios vivos,

Presumió que padecia

El último parasismo:

Los cielos se oscurecieron,

Temblaron los edificios,

Llovieron piedras las nubes,

Corrieron sangre los rios.

En aqueste, pues, del sol

Ya frenesí, ó ya delirio,

Nació Segismundo, dando

De su condicion indicios,

Pues dió la muerte á su madre,

Con cuya fiereza dijo:

Hombre soy, pues que ya empiezo

A pagar mal beneficios.

Yo, acudiendo á mis estudios,

En ellos y en todo miro

Que Segismundo sería

El hombre más atrevido,

El príncipe más cruel

Y el monarca más impío,

Por quien su reino vendria

A ser parcial y diviso,

Escuela de las traiciones

Y academia de los vicios;

Y él, de su furor llevado,

Entre asombros y delitos,

Habia de poner en mí

Las plantas, y yo rendido

A sus piés me habia de ver,

(¡Con qué vergüenza lo digo!)

Siendo alfombra de sus plantas

Las canas del rostro mio.

¿Quién no da crédito al daño,

Y más al daño que ha visto

En su estudio, donde hace

El amor proprio su oficio?

Pues dando crédito yo

Á los hados, que divinos

Me pronosticaban daños

En fatales vaticinios,

Determiné de encerrar

La fiera que habia nacido,

Por ver si el sabio tenía

En las estrellas dominio.

Publicóse que el infante

Nació muerto, y prevenido

Hice labrar una torre

Entre las peñas y riscos

De esos montes, donde apénas

La luz ha hallado camino,

Por defenderle la entrada

Sus rústicos obeliscos.

Las graves penas y leyes,

Que con públicos edictos

Declararon que ninguno

Entrase á un vedado sitio

Del monte, se ocasionaron

De las causas que os he dicho.

Allí Segismundo vive

Mísero, pobre y cautivo,

Adonde sólo Clotaldo

Le ha hablado, tratado y visto.

Este le ha enseñado ciencias;

Este en la ley le ha instruido

Católica, siendo sólo

De sus miserias testigo.

Aquí hay tres cosas: la una

Que yo, Polonia, os estimo

Tanto, que os quiero librar

De la opresion y servicio

De un rey tirano, porque

No fuera señor benigno

El que á su patria y su imperio

Pusiera en tanto peligro.

La otra es considerar

Que si á mi sangre le quito

El derecho que le dieron

Humano fuero y divino,

No es cristiana caridad;

Pues ninguna ley ha dicho

Que por reservar yo á otro

De tirano y de atrevido,

Pueda yo serlo, supuesto

Que si es tirano mi hijo,

Porque él delitos no haga,

Vengo yo á hacer los delitos.

Es la última y tercera

El ver cuánto yerro ha sido

Dar crédito fácilmente

Á los sucesos previstos;

Pues aunque su inclinacion

Le dicte sus precipicios,

Quizá no le vencerán,

Porque el hado más esquivo,

La inclinacion más violenta,

El planeta más impío,

Sólo el albedrío inclinan,

No fuerzan el albedrío.

Y así, entre una y otra causa,

Vacilante y discursivo,

Previne un remedio tal,

Que os suspenda los sentidos.

Yo he de ponerle mañana,

Sin que él sepa que es mi hijo

Y Rey vuestro, á Segismundo

(Que aqueste su nombre ha sido)

En mi dosel, en mi silla,

Y en fin, en el lugar mio,

Donde os gobierne y os mande,

Y donde todos rendidos

La obediencia le jureis;

Pues con aquesto consigo

Tres cosas, con que respondo

Á las otras tres que he dicho.

Es la primera, que siendo

Prudente, cuerdo y benigno,

Desmintiendo en todo al hado

Que dél tantas cosas dijo,

Gozaréis el natural

Príncipe vuestro, que ha sido

Cortesano de unos montes

Y de sus fieras vecino.

Es la segunda, que si él

Soberbio, osado, atrevido

Y cruel, con rienda suelta

Corre el campo de sus vicios,

Habré yo piadoso entónces

Con mi obligacion cumplido;

Y luégo en desposeerle

Haré como Rey invicto,

Siendo el volverle á la cárcel

No crueldad, sino castigo.

Es la tercera, que siendo

El príncipe como os digo,

Por lo que os amo, vasallos,

Os daré reyes más dignos

De la corona y el cetro;

Pues serán mis dos sobrinos,

Que junto en uno el derecho

De los dos, y convenidos

Con la fe del matrimonio,

Tendrán lo que han merecido.

Esto como rey os mando,

Esto como padre os pido,

Esto como sabio os ruego,

Esto como anciano os digo;

Y si el Séneca español,

Que era humilde esclavo, dijo,

De su república un rey,

Como esclavo os lo suplico.

Astolfo.

Si á mí el responder me toca,

Como el que en efecto ha sido

Aquí el más interesado,

En nombre de todos digo

Que Segismundo parezca,

Pues le basta ser tu hijo.

Todos.

Dános al príncipe nuestro,

Que ya por rey le pedimos.

Basilio.

Vasallos, esa fineza

Os agradezco y estimo.

Acompañad á sus cuartos

A los dos atlantes mios,

Que mañana le vereis.

Todos.

¡Viva el grande rey Basilio!

(Éntranse todos acompañando á Estrella y á Astolfo: quédase el Rey.)

ESCENA VII.

CLOTALDO, ROSAURA, CLARIN.—BASILIO.

Clotal.

¿Podréte hablar? (Al Rey.)

Basilio.

¡Oh Clotaldo!

Tú seas muy bien venido.

Clotal.

Aunque viniendo á tus plantas

Era fuerza haberlo sido,

Esta vez rompe, señor,

El hado triste y esquivo

El privilegio á la ley

Y á la costumbre el estilo.

Basilio.

¿Qué tienes?

Clotal.

Una desdicha,

Señor, que me ha sucedido,

Cuando pudiera tenerla

Por el mayor regocijo.

Basilio.

Prosigue.

Clotal.

Este bello jóven,

Osado ó inadvertido,

Entró en la torre, señor,

Adonde al Príncipe ha visto,

Y es...

Basilio.

No os aflijais, Clotaldo:

Si otro dia hubiera sido,

Confieso que lo sintiera;

Pero ya el secreto he dicho,

Y no importa que él lo sepa,

Supuesto que yo lo digo.

Vedme despues, porque tengo

Muchas cosas que advertiros

Y muchas que hagais por mí;

Que habeis de ser, os aviso,

Instrumento del mayor

Suceso que el mundo ha visto:

Y á esos presos, porque al fin

No presumais que castigo

Descuidos vuestros, perdono. (Vase.)

Clotal.

¡Vivas, gran señor, mil siglos!

ESCENA VIII.

CLOTALDO, ROSAURA, CLARIN.

Clotal.

(Ap. Mejoró el cielo la suerte:

Ya no diré que es mi hijo,

Pues que lo puedo excusar.)

Extranjeros peregrinos,

Libres estais.

Rosaura.

Tus piés beso

Mil veces.

Clarin.

Y yo los viso,

Que una letra más ó ménos

No reparan dos amigos.

Rosaura.

La vida, señor, me has dado;

Y pues á tu cuenta vivo,

Eternamente seré

Esclavo tuyo.

Clotal.

No ha sido

Vida la que yo te he dado,

Porque un hombre bien nacido,

Si está agraviado, no vive;

Y supuesto que has venido

Á vengarte de un agravio,

Segun tú proprio me has dicho,

No te he dado vida yo,

Porque tú no la has traido,

Que vida infame no es vida.

(Ap. Bien con aquesto le animo.)

Rosaura.

Confieso que no la tengo,

Aunque de tí la recibo;

Pero yo con la venganza

Dejaré mi honor tan limpio,

Que pueda mi vida luego,

Atropellando peligros,

Parecer dádiva tuya.

Clotal.

Toma el acero bruñido

Que trajiste; que yo sé

Que él baste, en sangre teñida

De tu enemigo, á vengarte;

Porque acero que fué mio

(Digo este instante, este rato

Que en mi poder le he tenido),

Sabrá vengarte.

Rosaura.

En tu nombre

Segunda vez me le ciño,

Y en él juro mi venganza,

Aunque fuese mi enemigo

Más poderoso.

Clotal.

¿Eslo mucho?

Rosaura.

Tanto, que no te lo digo,

No porque de tu prudencia

Mayores cosas no fío,

Sino porque no se vuelva

Contra mí el favor que admiro

En tu piedad.

Clotal.

Ántes fuera

Ganarme á mí con decirlo;

Pues fuera cerrarme el paso

De ayudar á tu enemigo.

(Ap. ¡Oh si supiera quién es!)

Rosaura.

Porque no pienses que estimo

Tan poco esa confianza,

Sabe que el contrario ha sido

No ménos que Astolfo, duque

De Moscovia.

Clotal.

(Ap. Mal resisto

El dolor, porque es más grave,

Que fué imaginado, visto.

Apuremos más el caso.)

Si moscovita has nacido,

El que es natural señor,

Mal agraviarte ha podido:

Vuélvete á tu patria, pues,

Y deja el ardiente brío

Que te despeña.

Rosaura.

Yo sé,

Que aunque mi príncipe ha sido,

Pudo agraviarme.

Clotal.

No pudo,

Aunque pusiera atrevido

La mano en tu rostro. (Ap. ¡Ay cielos!)

Rosaura.

Mayor fué el agravio mio.

Clotal.

Dílo ya, pues que no puedes

Decir más que yo imagino.

Rosaura.

Sí dijera; mas no sé

Con qué respeto te miro,

Con qué afecto te venero,

Con qué estimacion te asisto,

Que no me atrevo á decirte

Que es este exterior vestido

Enigma, pues no es de quien

Parece: juzga advertido,

Si no soy lo que parezco,

Y Astolfo á casarse vino

Con Estrella, si podrá

Agraviarme. Harto te he dicho.

(Vanse Rosaura y Clarin.)

Clotal.

¡Escucha, aguarda, detente!

¿Qué confuso laberinto

Es este, donde no puede

Hallar la razon el hilo?

Mi honor es el agraviado,

Poderoso el enemigo,

Yo vasallo, ella mujer:

Descubra el cielo camino;

Aunque no sé si podrá,

Cuando en tan confuso abismo

Es todo el cielo un presagio,

Y es todo el mundo un prodigio.