JORNADA SEGUNDA.


Sierra de la Alpujarra.—Cercanías de Galera.

ESCENA PRIMERA.

Tocan cajas y trompetas, y salen soldados, DON JUAN DE MENDOZA y EL SEÑOR DON JUAN DE AUSTRIA.

D. Juan.

Rebelada montaña,

Cuya inculta aspereza, cuya extraña

Altura, cuya fábrica eminente,

Con el peso, la máquina y la frente

Fatiga todo el suelo,

Estrecha el aire y embaraza el cielo:

Infame ladronera,

Que de abortados rayos de tu esfera

Das, preñados de escándalos tus senos,

Aquí la voz y en Africa los truenos.

Hoy es, hoy es el dia

Fatal de tu pasada alevosía,

Porque vienen conmigo

Juntos hoy mi venganza y tu castigo;

Si bien corridos vienen

De ver el poco aplauso que previenen

Los cielos á mi fama;

Que esto matar y no vencer se llama,

Porque no son blasones

A mi honor merecidos

Postrar una canalla de ladrones

Ni sujetar un bando de bandidos:

Y así, encargue á los tiempos mi memoria

Que la llamo castigo y no vitoria.

Saber deseo el orígen deste ardiente

Fiero motin.

Mendoza.

Pues oye atentamente.

Esta, austral águila heroica,

Es el Alpujarra, esta

Es la rústica muralla,

Es la bárbara defensa

De los moriscos, que hoy,

Mal amparados en ella,

Africanos montañeses,

Restaurar á España intentan.

Es por su altura difícil,

Fragosa por su aspereza,

Por su sitio inexpugnable

É invencible por sus fuerzas.

Catorce leguas en torno

Tiene, y en catorce leguas

Más de cincuenta que añade

La distancia de las quiebras,

Porque entre puntas y puntas

Hay valles que la hermosean,

Campos que la fertilizan,

Jardines que la deleitan.

Toda ella está poblada

De villajes y de aldeas;

Tal, que cuando el sol se pone,

A las vislumbres que deja,

Parecen riscos nacidos

Cóncavos entre las breñas,

Que rodaron de la cumbre,

Aunque á la falda no llegan.

De todas las tres mejores

Son Berja, Gavia y Galera,

Plazas de armas de los tres

Que hoy á los demas gobiernan.

Es capaz de treinta mil

Moriscos que están en ella,

Sin las mujeres y niños,

Y tienen donde apacientan

Gran cantidad de ganados;

Si bien los más se sustentan,

Más que de carnes, de frutas

Ya silvestres ó ya secas,

O de plantas que cultivan;

Porque no sólo á la tierra,

Pero á los peñascos hacen

Tributarios de la yerba;

Que en la agricultura tienen

Del estudio, tal destreza,

Que á preñeces de su azada

Hacen fecundas las piedras.

La causa del rebelion,

Por si tuve parte en ella,

Te suplico que en silencio

La permitas á mi lengua.

Aunque mejor es decir

Que fuí la causa primera,

Que no decir que lo fueron

Las pragmáticas severas

Que tanto los apretaron,

Que decir esto me es fuerza:

Si uno ha de tener la culpa,

Más vale que yo la tenga.

En fin, sea aquel desaire

La ocasion, señor, ó sea

Que á Válor al otro dia

Que sucedió mi pendencia,

Llegó el alguacil mayor

Dél, y le quitó á la puerta

Del ayuntamiento una

Daga que traia encubierta;

O sea que ya oprimidos

De ver cuánto los aprietan

Órdenes que cada dia

Aquí de la corte llegan,

Los desesperó de suerte,

Que amotinarse conciertan:

Para cuyo efecto fueron,

Sin que ninguno lo entienda,

Retirando á la Alpujarra

Bastimento, armas y hacienda

Tres años tuvo en silencio

Esta traicion encubierta

Tanto número de gentes:

Cosa que admira y eleva,

Que en más de treinta mil hombres

Convocados para hacerla,

No hubiera uno que jamás

Revelara ni dijera

Secreto de tantos dias.

¡Cuánto ignora, cuánto yerra

El que dice que un secreto

Peligra en tres que le sepan!

Que en treinta mil no peligra,

Como á todos les convenga.

El primer trueno que dió

Este rayo que en la esfera

Desos peñascos forjaban

La traicion y la soberbia,

Fueron hurtos, fueron muertes,

Robos de muchas iglesias,

Insultos y sacrilegios

Y traiciones, de manera

Que Granada, dando al cielo

Bañada en sangre las quejas,

Fué miserable teatro

De desdichas y tragedias.

Preciso acudió al remedio

La justicia; pero apénas

Se vió atropellada, cuando

Toda se puso en defensa:

Trocó la vara en acero,

Trocó el respeto en la fuerza,

Y acabó en civil batalla

Lo que empezó en resistencia.

Al Corregidor mataron:

La ciudad, al daño atenta,

Tocó al arma, convocando

La milicia de la tierra.

No bastó; que siempre estuvo

(Tanto novedades precia)

De su parte la fortuna:

De suerte, que todo era

Desdichas para nosotros.

¡Qué pesadas y qué necias

Son, pues en cuanto porfían,

Nunca ha quedado por ellas!

Creció el cuidado en nosotros,

Creció en ellos la soberbia

Y creció en todos el daño,

Porque se sabe que esperan

Socorro de África, y ya

Se ve si el socorro llega,

Que el defenderle la entrada

Es divertirnos la fuerza:

Además, que si una vez

Pujantes se consideran,

Harán los demas moriscos

Del acaso consecuencia;

Pues los de la Extremadura

Los de Castilla y Valencia,

Para declararse aguardan

Cualquier victoria que tengan.

Y para que veais que son

Gente, aunque osada y resuelta,

De políticos estudios,

Oid cómo se gobiernan;

Que esto lo habemos sabido

De algunas espías presas.

Lo primero que trataron

Fué elegir una cabeza;

Y aunque sobre esta eleccion

Hubo algunas competencias

Entre Don Fernando Válor

Y otro hombre de igual nobleza,

Don Álvaro Tuzaní;

Don Juan Malec los concierta

Con que Don Fernando reine,

Casándose con la bella

Doña Isabel Tuzaní,

Su hermana. (Ap. ¡Oh cuánto me pesa

De traer á la memoria

El Tuzaní, á quien respetan,

Ya que á él no le hicieron rey,

Haciendo á su hermana reina!)

Coronado pues el Válor,

La primer cosa que ordena,

Fué, por oponerse en todo

A las pragmáticas nuestras,

O por tener por las suyas

A su gente más contenta,

Que ninguno se llamara

Nombre cristiano, ni hiciera

Ceremonia de cristiano:

Y porque su ejemplo fuera

El primero, se firmó

El nombre de Abenhumeya,

Apellido de los reyes

De Córdoba, á quien hereda.

Que ninguno hablar pudiese,

Sino en arábiga lengua;

Vestir sino traje moro,

Ni guardar sino la secta

De Mahoma: despues desto,

Fué repartiendo las fuerzas.

Galera, que es esa villa

Que estás mirando primera,

Cuyas murallas y fosos

Labró la naturaleza,

Tan singularmente docta,

Que no es posible que pueda

Ganarse sin mucha sangre,

La dió á Malec en tenencia;

A Malec, padre de Clara,

Que ya se llama Maleca.

Al Tuzaní le dió á Gavia

La Alta, y él se quedó en Berja,

Corazon que vivifica

Ese gigante de piedra.

Esa es la disposicion

Que desde aquí se penetra;

Y esa, señor, la Alpujarra,

Cuya bárbara eminencia,

Para postrarse á tus piés,

Parece que se despeña.

D. Juan.

Don Juan, vuestras prevenciones

Son de Mendoza y son vuestras,

Que es ser dos veces leales.—

(Tocan dentro.)

Pero ¿qué cajas son estas?

Mendoza.

La gente que va llegando,

Pasando, señor, la muestra.

D. Juan.

¿Qué tropa es esa?

Mendoza.

Esta es

De Granada, y cuanto riega

El Genil.

D. Juan.

¿Y quién la trae?

Mendoza.

Tráela el marqués de Mondéjar,

Que es el conde de Tendilla,

De su Alhambra y de su tierra

Perpetuo alcaide.

D. Juan.

Su nombre

El moro en África tiembla.—(Tocan.)

¿Cuál es esta?

Mendoza.

La de Murcia:

D. Juan.

¿Y quién es quien la gobierna?

Mendoza.

El gran marqués de los Vélez.

D. Juan.

Su fama y sus hechos sean

Corónicas de su nombre. (Tocan.)

Mendoza.

Estos son los de Baeza,

Y viene por cabo suyo

Un soldado, á quien debiera

Hacer estatuas la fama,

Como su memoria eterna,

Sancho de Ávila, señor.

D. Juan.

Por mucho que se encarezca,

Será poco, si no dice

La voz que alabarle intenta,

Que es discípulo del duque

De Alba, enseñado en su escuela

A vencer, no á ser vencido. (Tocan.)

Mendoza.

Aqueste que ahora llega,

El tercio viejo de Flándes

Es, que ha bajado á esta empresa

Desde el Mosa hasta el Genil,

Trocando perlas á perlas.

D. Juan.

¿Quién viene con él?

Mendoza.

Un monstruo

Del valor y la nobleza,

Don Lope de Figueroa.

D. Juan.

Notables cosas me cuentan

De su gran resolucion

Y de su poca paciencia.

Mendoza.

Impedido de la gota,

Impacientemente lleva

El no poder acudir

Al servicio de la guerra.

D. Juan.

Yo deseo conocerle.

ESCENA II.

DON LOPE DE FIGUEROA.—Dichos.

D. Lope.

Voto á Dios, que no me lleva

En aqueso de ventaja

Un átomo vuestra Alteza,

Porque hasta verme á sus piés,

Sólo he sufrido á mis piernas.

D. Juan.

¿Cómo llegais?

D. Lope.

Como quien,

Señor, á serviros llega

De Flándes á Andalucía;

Y no es mala diligencia,

Pues vos á Flándes no vais,

Que Flándes á vos se venga.

D. Juan.

Cúmplame el cielo esa dicha.

¿Traeis buena gente?

P. Lope.

Y tan buena,

Que si fuera el Alpujarra

El infierno, y estuviera

Mahoma por alcaide suyo,

Entraran, señor, en ella...

Si no es los que tienen gota,

Que no trepan por las peñas,

Porque vienen...

ESCENA III.

Un soldado, GARCÉS, ALCUZCUZ.—Dichos.

Un sold.

(Dentro.)Detenéos.

Garcés.

(Dentro.) Tengo de llegar: afuera.

(Sale Garcés con Alcuzcuz á cuestas.)

D. Juan.

¿Qué es esto?

Garcés.

De posta estaba

A la falda desa sierra,

Sentí ruido entre unas ramas,

Páreme hasta ver quién era,

Y ví este galgo que estaba

Acechando detras dellas,

Que sin duda era su espía.

Maniatéle con la cuerda

Del mosquete, y porque ladre

Qué hay allá, le traigo á cuestas.

D. Lope.

¡Buen soldado, vive Dios!

¿Esto hay acá?

Garcés.

¡Pues! ¿qué piensa

Vueseñoría que todo

Está en Flándes?

Alcuzc.

(Ap.)¡Malo es esta!

Alcuzcuz, á esparto olelde

El nuez del gaznato vuestra.

D. Juan.

Ya os conozco: no me cogen

Estas hazañas de nuevas.

Garcés.

¡Oh cómo premian sin costa

Príncipes que honrando premian!

D. Juan.

Venid acá.

Alcuzc.

¿A mé decilde?

D. Juan.

Sí.

Alcuzc.

Ser gran favor tan cerca.

Bien estalde aquí.

D. Juan.

¿Quién sois?

Alcuzc.

(Ap. Aquí importar el cautela.)

Alcuzcuz, un morisquilio,

A quien lievaron por fuerza

Al Ampujarro; que mé

Ser crestiano en me conciencia,

Saber la trina crestiana,

El Credo, la Salve Reina,

El pan nostro, y el catorce

Mandamientos de la Iglesia.

Por decir que ser crestiano,

Darme otros el muerte intentan;

Yo correr, é hoyendo, dalde

En manos de quien me prenda.

Si me dar el vida, yo

Decilde cuanto allá piensan,

Y lievaros donde entreis

Sin alguna resistencia.

D. Juan.

(Ap. á Mendoza.) Como presumo que miente,

Tambien puede ser que sea

Verdad.

Mendoza.

¿Quién duda que hay muchos

Que ser cristianos profesan?

Yo sé una dama que está

Retirada allá por fuerza.

D. Juan.

Pues ni todo lo creamos

Ni dudemos.—Garcés, tenga

Ese morisco por preso...

Garcés.

Yo, yo tendré con él cuenta.

D. Juan.

Que en lo que luégo dijere,

Veremos si acierta ó yerra.

Y ahora vamos, Don Lope,

Dando á los cuarteles vuelta,

Y á consultar por qué sitio

Se ha de empezar.

Mendoza.

Vuestra Alteza

Lo mire bien, porque aunque

Parece poca la empresa,

Importa mucho; que hay cosas,

Mayormente como estas,

Que no dan honor ganadas,

Y perdidas dan afrenta:

Y así, se debe poner

Mayor atencion en ellas,

No tanto para ganarlas,

Cuanto para no perderlas.

(Vanse Don Juan de Austria, Don Juan de Mendoza, Don Lope y soldados.)

ESCENA IV.

GARCÉS, ALCUZCUZ.

Garcés.

Vos ¿cómo os llamais?

Alcuzc.

Arroz;

Que si entre moriscos era

Alcuzcuz, entre crestianos

Seré arroz, porque se entienda

Que menestra mora pasa

A ser crestiana menestra.

Garcés.

Alcuzcuz, ya sois mi esclavo:

Decid verdad.

Alcuzc.

Norabuena.

Garcés.

Vos dijisteis al señor

Don Juan de Austria...

Alcuzc.

¿Que aquél era?

Garcés.

Que le llevariais por donde

Entrada tiene esa sierra.

Alcuzc.

Sí, mi amo.

Garcés.

Aunque es verdad

Que él á sujetaros venga

Con el marqués de los Vélez,

Con el marqués de Mondéjar,

Sancho de Avila y Don Lope

De Figueroa, quisiera,

Yo que la entrada á estos montes

Solo á mí se me debiera:

Llévame allá, porque quiero

Mirarla y reconocerla.

Alcuzc.

(Ap. Engañifa á este crestiano

He de hacerle, é dar la vuelta

Al Alpujarra.) Venilde

Conmigo.

Garcés.

Detente, espera;

Que en este cuerpo de guardia

Dejé mi comida puesta

Cuando salí á hacer la posta,

Y quiero volver por ella;

Que en una alforja podré

(Porque el tiempo no se pierda)

Llevarla, para ir comiendo

Por el camino.

Alcuzc.

Así sea.

Garcés.

Vamos pues.

Alcuzc.

(Ap.)Santo Mahoma,

Pues tú selde mi profeta,

Lievarme, é á Meca iré,

Aunque ande de ceca en meca.

(Vanse.)


Jardin en Berja.

ESCENA V.

Moriscos y músicos; y detras, DON FERNANDO VÁLOR y DOÑA ISABEL TUZANÍ.

Válor.

A la falda lisonjera

Dese risco coronado,

Donde sin duda ha llamado

A córtes la primavera,

Porque entre tantos colores

De su república hermosa

Quede jurada la rosa

Por la reina de las flores,

Puedes, bella esposa mia,

Sentarte. Cantad, á ver

Si la música vencer

Sabe la melancolía.

D.ª Isab.

Abenhumeya valiente,

A cuya altivez bizarra,

No el roble del Alpujarra

Dé corona solamente,

Sino el sagrado laurel,

Arbol ingrato del sol,

Cuando llore el español

Su cautiverio cruel:

No es desprecio de la dicha

Deste amor, desta grandeza,

Mi repetida tristeza,

Sino pension ó desdicha

De la suerte; porque es tal

De la fortuna el desden,

Que apénas nos hace un bien,

Cuando le desquita un mal.

No nace de causa alguna

Esta pena, (Ap. ¡A Dios pluguiera!)

Sino sólo desta fiera

Condicion de la fortuna.

Y si ella es tan envidiosa,

¿Cómo puedo yo este miedo

Perder al mal, si no puedo

Dejar de ser tan dichosa?

Válor.

Si la causa de mirarte

Triste tu dicha ha de ser,

Pésame de no poder,

Mi Lidora, consolarte;

Que habrá tu melancolía

De ser cada dia mayor,

Pues que tu imperio y mi amor

Son mayores cada dia.

Cantad, cantad, su belleza

Celebrad, pues bien halladas,

Siempre traen paces juradas

La música y la tristeza.

(Música.)

No es menester que digais

Cúyas sois, mis alegrías;

Que bien se ve que sois mias

En lo poco que durais.

ESCENA VI.

MALEC, que llega á hablar á DON FERNANDO, hincada la rodilla; y á los lados, DON ÁLVARO y DOÑA CLARA, que salen en traje de moros y se quedan á las puertas; BEATRIZ.—Dichos.

D.ª Clar.

(Ap.) «No es menester que digais

Cúyas sois, mis alegrías...»

D. Álv.

(Ap.) «Que bien se ve que sois mias

En lo poco que durais.»

(Siempre suenan los instrumentos, aunque se represente.)

D.ª Clar.

(Ap.) ¡Cuánto siendo haber oido

Ahora aquesta cancion!

D. Álv.

(Ap.) ¡Qué notable confusion

La voz en mí ha introducido!

D.ª Clar.

(Ap.) Pues cuando mi casamiento

A tratar mi padre viene...

D. Álv.

(Ap.) Pues cuando dichas previene

Amor, á mi amor atento...

D.ª Clar.

(Ap.) Glorias mias, escuchais...

D. Álv.

(Ap.) Escuchais mis fantasías...

(Música.)

Ellos.

(Ap.) Que bien se ve que sois mias

En lo poco que durais.

Malec.

Señor, pues entre el estruendo

De Marte el amor se ve

Tan hallado, bien podré

Decirte cómo pretendo

Dar á Maleca marido.

Válor.

Quién fué tan feliz, me dí.

Malec.

Tu cuñado Tuzaní.

Válor.

Muy cuerda eleccion ha sido,

Pues uno y otro fïel

A preceptos de su estrella,

Él no viviera sin ella,

Y ella muriera sin él.

¿Adónde están?

(Llegan Don Álvaro y Doña Clara.)

D.ª Clar.

A tus piés

Alegre llego.

D. Álv.

Y yo ufano,

Para que nos des tu mano.

Válor.

Mil brazos tomad, y pues

En nuestro docto alcoran,

Ley que ya todos guardamos,

Más ceremonias no usamos

Que las prendas que se dan

Dos, déle á Maleca divina

Sus arras el Tuzaní.

D. Álv.

Todo es poco para tí,

A cuya luz peregrina

Se rinde el mayor farol;

Y así temo, porque arguyo

Que es darle al sol lo que es suyo,

Darle diamantes al sol.

Aqueste un Cupido es,

De sus flechas guarnecido;

Que áun de diamantes Cupido,

Viene á postrarse á tus piés.

Esta una sarta de perlas,

De quien duda quien ignora

Que las llorara el aurora,

Si tú habias de cogerlas.

Esta es un águila bella,

Del color de mi esperanza;

Que sólo un águila alcanza

Ver el sol que mira ella.

Un clavo para el tocado

Es este hermoso rubí,

Que ya no me sirve á mí,

Pues mi fortuna ha parado.

Estas memorias... Mas no

Las tomes; que en tales glorias,

Quiero que tengas memorias

Tú, sin traértelas yo.

D.ª Clar.

Las arras, Tuzaní, aceto,

Y á tu amor agradecida,

Traerlas toda mi vida

En tu nombre te prometo.

D.ª Isab.

Y yo os doy el parabien

De aqueste lazo inmortal,

(Ap. Que ha de ser para mi mal.)

Malec.

Ea, pues, las manos den

Albricias al alma.

D. Álv.

Puesto

A tus piés estoy.

D.ª Clar.

Los brazos

Conformen eternos lazos.

Los dos.

Yo soy feliz...

(Al darse las manos, tocan cajas dentro.)

Todos.

Mas ¿qué es esto?

Malec.

Cajas españolas son

Las que atruenan estos riscos,

Que no tambores moriscos.

D. Álv.

¿Quién vió mayor confusion?

Válor.

Cese la boda, hasta ver

Qué novedad causa ha sido...

D. Álv.

¿Ya, señor, no lo has sabido?

¿Qué más novedad que ser

Dichoso yo? Pues el sol

Mira apénas mi ventura,

Cuando eclipsan su luz pura

Las armas del español.

(Vuelven á tocar.)

ESCENA VII.

ALCUZCUZ, con unas alforjas al hombro.—Dichos.

Alcuzc.

¡Gracias á Mahoma y Alá,

Que á tus piés haber llegado!

D. Álv.

Alcuzcuz, ¿dónde has estado?

Alcuzc.

Ya todos estar acá.

Válor.

¿Qué te ha sucedido?

Alcuzc.

Yo

Hoy de posta estar, é aposta

Liego aquí, aunque por la posta,

Quien por detras me cogió,

Lievóme con otros dos

A un Don Juan, que ahora es venido;

E crestianilio fingido,

Decirle que crêr en Dios.

No me dió muerte; cativo

Ser del soldado crestiano,

Que no se labará en vano:

A éste apénas le apercibo

Que senda saber por donde

Poder la Alpojarra entrar,

Cuando la querer mirar.

De camaradas se esconde,

E aquesta forja me dando

Donde venir su comida,

Por una parte escondida,

Entrar los dos camenando.

Apénas solo le ver,

Cuando, sin que seguir pueda,

Füí por monte, é se queda

Sin cativo é sin comer;

Porque aunque me seguir quiso,

Una trompa que salir

De moros, le hacer huir:

E yo venir con aviso

De que ya muy cerca dejo

Don Juan de Andustria en campaña,

A quien decir que acompaña

El gran marqués de Mondejo

Con el marqués de Luzbel,

El que fremáticos doma,

Don Lope Figura-roma,

Y Sancho Débil con él:

Todos hoy á la Alpojarra

Venir contra tí.

Válor.

No digas

Más, porque á cólera obligas

Mi altivez siempre bizarra.

D.ª Isab.

Ya desde esa excelsa cumbre

Donde tropezando el sol,

O teme ajar su arrebol

O teme apagar su lumbre,

Ni bien ni mal se divisan

Entre várias confusiones

Los armados escuadrones

Que nuestros términos pisan.

D.ª Clar.

Grande gente ha conducido

Granada á aquesta faccion.

Válor.

Pocos muchos mundos son,

Si á vencerme á mí han venido,

Aunque fuera el que sujeta

Ese hermoso laberinto,

Como hijo de Cárlos Quinto,

Hijo del quinto planeta;

Porque aunque estos horizontes

Cubran de marciales señas,

Serán su pira estas peñas,

Serán su tumba estos montes.

Y pues se viene acercando

Ya la ocasion, advertidos,

No ya desapercibidos

Nos hallen, sino esperando

Todo su poder; y así,

Su puesto ocupe cualquiera.

Malec se vaya á Galera,

Vaya á Gavia Tuzaní,

Que yo en Berja me estaré,

Y á quien Alá deparare

La suerte, que Alá le ampare,

Pues suya la causa fué.

Id á Gavia; que la gloria

Que hoy es de amor interes,

Celebrarémos despues

Que quedemos con victoria.

(Vanse Don Fernando Válor, Doña Isabel, Malec, moriscos y músicos.)

ESCENA VIII.

DON ÁLVARO, DOÑA CLARA; ALCUZCUZ y BEATRIZ, retirados.

D.ª Clar.

(Para sí.) «No es menester que digais

Cúyas sois, mis alegrías...»

D. Álv.

(Para sí.) «Qué bien se ve que sois mias

En lo poco que durais.»

D.ª Clar.

(Para sí.) Alegrías mal logradas,

Antes muertas que nacidas...

D. Álv.

(Para sí.) Rosas sin tiempo cogidas,

Flores sin sazon cortadas...

D.ª Clar.

(Para sí.) Si rendidas, si postradas

A un ligero soplo estais...

D. Álv.

(Para sí.) No digais que el bien gozais...

D.ª Clar.

(Para sí.) Pues siendo para perder,

Que sintais es menester...

D. Álv.

(Para sí.) No es menester que digais.

D.ª Clar.

(Para sí.) Alegrías de un perdido,

Aborto sois de un cuidado,

Puesto que habeis espirado

Primero que habeis nacido.

Si acaso, si yerro ha sido

Hallarme vuestras porfías

Por otra, no esteis baldías

Conmigo un rato pequeño:

Dejadme, y buscad el dueño

Cúyas sois, mis alegrías.

D. Álv.

(Para sí.) Por gran maravilla os toca,

Dichas: luego bien moristeis;

Que si maravillas fuisteis,

Fuerza fué vivir tan poco.

De contento estuve loco,

Y ya de melancolías:

¡Qué bien, qué bien, alegrías,

Se ve que sois de otro á quien

Buscais! Y ¡ay, penas, qué bien,

Qué bien se ve que sois mias!

D.ª Clar.

(Para sí.) Aunque si ser pretendeis

Alegrías, bien hicisteis...

D. Álv.

(Para sí.) Pues que dos veces lo fuisteis,

En una que os deshaceis.

D.ª Clar.

(Para sí.) Dos veces desde hoy sereis

Venturosas.

Los dos.

(Para sí.)Lo mostrais

En la prisa con que os vais

Cuando á mi alivio acudís...

D. Álv.

(Para sí.) En lo tarde que venís...

D.ª Clar.

(Para sí.) En lo poco que durais.

D. Álv.

Hablando estaba conmigo

A solas, porque no sé

Si en tantas penas podré

Hablar, Maleca, contigo.

Cuando era mi amor testigo

Desta victoriosa palma,

Vuelve á suspenderse en calma;

Y así calla, porque es mengua

Que quiera alzarse la lengua

Con los afectos del alma.

D.ª Clar.

El hablar es libre accion,

Pues puede un hombre callar;

El oir no, porque ha de estar

Eso en ajena razon;

Y es tanta mi suspension,

Que ocupada del sentir,

No oiré lo que has de decir:

¿Qué mucho en tanto pesar

Que tú no estés para hablar,

Si yo no estoy para oir?

D. Álv.

El rey á Gavia me envia,

Tú á Galera vas, y amor,

Luchando con el honor,

Se rinde á su tiranía:

Quédate ahí, esposa mia,

Y piadoso el cielo quiera

Que el cerco que nos espera,

Que el poder que nos agravia,

Me vaya á buscar á Gavia,

Porque te deje en Galera.

D.ª Clar.

¿De suerte, que no podré

Verte, hasta ver acabada

Esta guerra de Granada?

D. Álv.

Sí podrás; que yo vendré

Todas las noches, porqué

Dos leguas que hay en rigor

De allí á Gavia, será error

No volarlas mi deseo.

D.ª Clar.

Mayores distancias creo

Que sabe medir amor.

Yo en el postigo estaré

Esperándote del muro.

D. Álv.

Y yo, dese amor seguro,

Cada noche al muro iré.

Dáme los brazos, en fe. (Cajas.)

D.ª Clar.

Cajas vuelven á tocar.

D. Álv.

¡Qué desdicha!

D.ª Clar.

¡Qué pesar!

D. Álv.

¡Qué padecer!

D.ª Clar.

¡Qué sentir!

¿Esto es amar?

D. Álv.

Es morir.

D.ª Clar.

Pues ¿qué más morir que amar?

(Vanse los dos.)

ESCENA IX.

BEATRIZ, ALCUZCUZ.

Beatriz.

Alcuzcuz, llégate aquí,

Pues solos hemos quedado.

Alcuzc.

Zarilia, aquese recado

¿Ser al alforja, ó á mí?

Beatriz.

¡Que siempre has de estar de gorja,

Aunque todo sea tristeza!

Escúchame.

Alcuzc.

Esa fineza

¿Ser á mí, ó ser al alforja?

Beatriz.

A tí es; pero ya que así

Ella mi amor atropella,

Tengo de ver qué hay en ella.

Alcuzc.

Luego ser á elia, é no á mí.

Beatriz.

Esto es tocino... y condeno

(Va sacando lo que dicen los versos.)

Traerlo tú deste modo.

Este es vino. ¡Ay de mí! Todo

Cuanto traes aquí es veneno.

Yo no lo quiero tocar

Ni ver, Alcuzcuz: advierte

Que puede darte la muerte

Si lo llegas á probar. (Vase.)

ESCENA X.

ALCUZCUZ.

¿Todos de voneno llenos

Estar? Sí: ya lo creer,

Pues Zara decir, que ser

Sierpe é saber de vonenos.

Y áun otra razon más clara

Es de que el voneno vió

Zara, que no le probó,

Con ser tan golosa Zara.

El crestianilio sin duda

Matar á Alcuzcuz queria.

¡Ay tan gran beliaquería!

Mahoma librarme pudo,

Porque á Meca le ofrecer

Ir á ver el zancarron. (Cajas.)

Mas cerca escochar el són,

Y ya de divisos ver

En trompas el monte lieno.

Seguir quiero al Tozaní.

¿Haber álguien por ahí

Que querer deste voneno? (Vase.)


Cercanías de Galera.

ESCENA XI.

DON JUAN DE AUSTRIA, DON LOPE DE FIGUEROA, DON JUAN DE MENDOZA, soldados.

Mendoza.

Desde aquí se dejan ver

Mejor las señas, al tiempo

Que ya declinando el sol,

Está pendiente del cielo.

Aquella villa que á mano

Derecha, sobre el cimiento

De una dura roca há tantos

Siglos que se está cayendo,

Es Gavia la alta: y aquella

Que tiene á su lado izquierdo,

De quien las torres y riscos

Están siempre compitiendo,

Es Berja; y Galera es esta,

A quien este nombre dieron

O porque su fundacion

Es así, ó ya porque vemos

Que á piélagos de peñascos

Ondas de flores batiendo,

Sujeta al viento, parece

Que se mueve con el viento.

D. Juan.

Destas dos fuerzas la una

Se ha de sitiar.

D. Lope.

Pues miremos

Cuál tiene disposicion

Más al propósito nuestro,

Y manos á la labor;

Que piés no están para eso.

D. Juan.

Aquel morisco rendido

Me traed, y dél sabremos

Si trata verdad ó no

En lo que fuere diciendo.

¿Dónde está Garcés, á quien

Se le dí por prisionero?

Mendoza.

No le he visto desde entónces.

ESCENA XII.

GARCÉS.—Dichos.

Garcés.

(Dentro.) ¡Ay de mí!

D. Juan.

Mirad qué es eso.

(Sale Garcés herido, cayendo.)

Garcés.

Yo soy; que á tus plantas no

Llegara ménos que muerto.

Mendoza.

Garcés es.

D. Juan.

¿Qué ha sucedido?

Garcés.

Tu Alteza perdone un yerro

Por un aviso.

D. Juan.

Decid.

Garcés.

Aquel morisco, aquel preso

Que me entregaste, te dijo

Que venía con intento

De entregarte el Alpujarra:

Yo, señor, con el deseo

De saber el paso, y ser

El que la entrase el primero

(Que áun la ambicion del honor

No es ambicion de provecho),

Dije que me la enseñara.

Seguíle á solas por esos

Laberintos donde el sol

Aun se pierde por momentos,

Con andarlos cada dia.

Apénas entre dos cerros

Él se vió conmigo, cuando

Por los peñascos subiendo,

Dió voces, y ya á sus voces

O á las que le hurtaba el eco,

Respondieron unas tropas

De moros, que descendiendo,

A la presa se avanzaban

Como quien son, como perros.

Inútil fué la defensa,

Y en fin, en mi sangre envuelto,

Discurrí el monte á ampararme

De las hojas, cuando veo

Debajo de las murallas

De Galera, donde llego,

Abierta una boca, un

Melancólico bostezo

Del peñasco sobre quien

Estriba, que con el peso

Del edificio, sin duda

Gimió, y por quedar gimiendo

Siempre, no volvió á cerrarle,

Y se le dejó entreabierto.

Aquí, pues, me eché, y aquí,

O bien porque no me vieron,

O porque ya sepultado

Me dejaron como muerto,

De aquesta manera estuve

El sitio reconociendo;

Y en fin, Galera minada

De los ardides del tiempo

(Que para sitios de peñas

Es el mejor ingeniero)

Está: y como tú sobre ella

Te pongas, podrás con fuego

Volarla, como esta boca,

Que es muy posible, ganemos,

Sin esperar lo prolijo

De sitiarla; y yo te ofrezco

Hoy por una vida, cuantas

Galera contiene dentro;

Sin que pueda con mi rabia,

Sin que valgan con mi acero,

Ni en los niños la piedad,

Ni la clemencia en los viejos,

Ni el respeto en las mujeres,

Que con esto lo encarezco.

D. Juan.

Retirad ese soldado. (Llévanle.)

Ya tomo por buen agüero,

Don Lope de Figueroa,

Saber de Galera esto;

Que desde que oí que habia

En el Alpujarra pueblo

Que Galera se llamaba,

La quise poner el cerco,

Por ver si, como en el mar,

Dicha en las galeras tengo

En la tierra.

D. Lope.

Pues ¿qué aguardas?

Vamos á ocupar los puestos;

Que esta es la hora mejor,

Pues de noche, sin estruendo

Podremos llegarnos más.—

A Galera marche el tercio.

Un sold.

Pase la palabra.

Otro.

Pase.

Soldads.

A Galera.

D. Juan.

Dadme, cielos,

Fortuna, como en el agua,

En la tierra, porque opuestos

Aquella naval batalla

Y este cerco campal, luégo

Pueda decir que en la tierra

Y en la mar, tuve en un tiempo

Dos victorias, que confusas,

Aun no distinga yo mesmo

De un cerco y una naval,

Cuál fué la naval ó el cerco. (Vanse.)


Muros de Galera.

ESCENA XIII.

DON ÁLVARO, ALCUZCUZ; despues, DOÑA CLARA.

D. Álv.

Vida y honor, Alcuzcuz,

Hoy á tu cuidado dejo;

Pues ya ves que si se sabe

Que falto de Gavia y vengo

A Galera, honor y vida

En sólo un instante pierdo.

Con esa yegua te queda,

Miéntras yo en el jardin entro;

Que luégo salgo, y es fuerza

Que hemos de volvernos luégo

A entrar en Gavia ántes que

En Gavia nos echen ménos.

Alcuzc.

Sempre á te servir me obligo;

Y aunque con tal prisa vengo

Que áun no me diste lugar

De dejalde en mi aposento

Este alforja, sin menear

Aquí haliar en este puesto.

D. Álv.

Si de aquí faltas, la vida

Te he de quitar, vive el cielo.

(Sale Doña Clara por un postigo.)

D.ª Clar.

¿Eres tú?

D. Álv.

Pues ¿quién pudiera

Ser tan fïel?

D.ª Clar.

Entra presto;

No acierten á conocerte,

Si en el muro te detengo. (Vanse.)

ESCENA XIV.

ALCUZCUZ; despues, soldados.

Alcuzc.

¡Vive Alá, que me dormir!

Pesado estar, sonior suenio.

No haber oficio tan malo

Como el de ser alcahuetos,

Porque todos los oficios

Trabajar para sí mesmos,

É alcahueto para el otros.—

Jó, yegua.—A mi cuento vuelvo;

Que vencer el suenio así.

Tal vez se hacer zapatero

Zapatos, tal vez se hacer

El sastre el vestido nuevo,

El cocinero probar

Si estar el guisado bueno,

Hacer el pastel hechizo

É comerle el pastelero:

En fin, alcahueto sólo

No es para sí de provecho,

Pues ni calzar lo que cose

Ni probar lo que está haciendo.

Jó...—¡Que se tomó ¡ay de mé!

El yegua, é se me ir corriendo!

(Éntrase corriendo, y dice dentro.)

Jó, yegua, detente é hacer

Esto que te estar pidiendo;

Que yo hacer por tí otra cosa

Que me pedir tú. No puedo

Alcanzar...—¡Ay, Alcuzcuz! (Sale.)

¡Muy buena hacienda haber hecho!

¿En qué volverse mi amo?

Que él me ha de matar, ser cierto,

Pues ser forzoso que á Gavia

No poder liegar á tiempo.

Hé aquí que sale é decir:

«Dar el yegua.—No le tengo.—

¿Qué le hacer?—Fuéseme el yegua.—

¿Por dónde?—Por esos cerros.—

Mataréte.» ¡Zas!... é dame

Con el daga por el pecho.

Pues si habemos de morer,

Alcuzcuz, con el acero,

Y hay mortes en que escoger,

Murámonos de voneno;

Que es morte mas dolce. Vaya,

Pus que ya el vida aborrezco.

(Saca una bota de la alforja, y bebe.)

Mejor ser morer así,

Pues no morer por el ménos

Bañado un hombre en su sangre:

¿Cómo estar? Bueno me siento:

No ser el voneno fuerte;

E si es que morer pretendo,

Más voneno es menester: (Bebe.)

No ser frio, á lo que bebo,

El voneno, ser caliente:

Sí, pues arder acá dentro.

Más voneno es menester; (Bebe.)

Que muy poco á poco muero.

Ya parece que se enoja,

Pues que ya va haciendo efecto;

Que los ojos se me turbian

E se me traba el cerebro,

El lengua ponerse gorda

E saber el boca á herro.

Ya que muero, no dejar (Bebe.)

Para otro matar voneno,

Será piedad. ¿Dónde estar

Me boca, que no la encuentro?

(Cajas dentro.)

Soldads.

(Dentro.) Centinelas de Galera,

Al arma.

Alcuzc.

¿Qué ser aquesto?

Mas si relámpagos hay,

¿Quién duda que ha de haber truenos?

ESCENA XV.

DON ÁLVARO y DOÑA CLARA, asustados.—ALCUZCUZ.

D.ª Clar.

Las centinelas, señor,

Hacen de las torres fuego.

D. Álv.

Sin duda el campo cristiano

En el nocturno silencio

Amparado de las sombras,

Sobre Galera se ha puesto.

D.ª Clar.

Véte, señor; que ya ves

Todo el castillo revuelto.

D. Álv.

¿Y será gloriosa accion

Que digan de mí que dejo

Sitiada á mi dama...

D.ª Clar.

¡Ay triste!

D. Álv.

Y que las espaldas vuelvo?

D.ª Clar.

Sí, que en defender á Gavia

Está tu honor de por medio,

Y quizá han ido sobre ella:

Tambien es de advertir esto.

D. Álv.

¿Quién vió mayor confusion

Que yo en un punto padezco?

Mi honor y mi amor están

Dándome voces á un tiempo.

D.ª Clar.

Responde á las de tu honor.

D. Álv.

Antes responder pretendo

A las dos.

D.ª Clar.

¿De qué manera?

D. Álv.

En llevarte me resuelvo

Conmigo; que si en dejarte

Y en no dejarte me pierdo,

Corra mi honor y mi amor

Una fortuna y un riesgo.

Vénte conmigo: una yegua,

Veloz injuria del viento,

Nos llevará.

D.ª Clar.

Con mi esposo

Voy: nada aventuro en esto.

Tuya soy.

D. Álv.

¡Hola, Alcuzcuz!

Alcuzc.

¿Quién llama?

D. Álv.

Yo soy, trae presto

La yegua.

Alcuzc.

¿El yegua?

D. Álv.

¿Qué aguardas?

Alcuzc.

Aguardo el yegua, que luégo

Me decir que volvería.

D. Álv.

Pues ¿dónde está?

Alcuzc.

Fuése huyendo;

Mas yegua es de su palabra,

E volver luego al momento.

D. Álv.

¡Viven los cielos, traidor!...

Alcuzc.

No tocar á mé, teneros,

Porque estar avonenado,

E matar con el aliento.

D. Álv.

Que tengo de darte muerte.

D.ª Clar.

Detente. ¡Ay de mí!

(Va á detenerle, y se hiere la mano.)

D. Álv.

¿Qué es eso?

D.ª Clar.

Por detenerte, la mano

Me corté con el acero.

D. Álv.

Cueste esa sangre una vida.

D.ª Clar.

Pues por la mia te ruego

Que no le mates.

D. Álv.

¿Qué en mí

No podrá ese juramento?

¿Es mucha la sangre?

D.ª Clar.

No.

D. Álv.

Apriétate á ella ese lienzo.

D.ª Clar.

Y pues ves que no es posible

Seguirte ya, véte presto:

Que no siéndolo en un dia

Ganar la villa, yo ofrezco

Irme mañana contigo,

Pues nos queda el paso abierto

Siempre por aquesta parte.

D. Álv.

Con esa esperanza acepto

El partido.

D.ª Clar.

Alá te guarde.

D. Álv.

¿Para qué, si yo aborrezco

Vivir ya?

Alcuzc.

Pues aquí haber

Para la perder remedio:

Que á mí me sobrar un poco

De dolcísimo voneno.

D.ª Clar.

Véte pues.

D. Álv.

¡Qué triste voy!

D.ª Clar.

Y yo ¡qué afligida quedo!

D. Álv.

Por saber qué opuesta estrella...

D.ª Clar.

Por saber qué hado severo...

D. Álv.

Es este que entre mi amor...

D.ª Clar.

Es el que entre mis deseos...

D. Álv.

Siempre se pone...

D.ª Clar.

Está siempre...

D. Álv.

A mis desdichas atento.

D.ª Clar.

Puesto que un arma cristiana

Nos estorba por momentos.

Alcuzc.

¿Esto es dormer ó morer?

Mas todo diz que es el mesmo,

Y ser verdad, pues no sé

Si me muero ó si me duermo.