PERSONAS.


El Rey Baltasar.

Idolatría, dama.

Vanidad, dama.

Daniel, viejo.

Pensamiento.

Muerte.

Una Estatua, á caballo.

Músicos.


Jardin magnífico del palacio de Baltasar, con un cenador y un muro al fondo.

ESCENA PRIMERA.

Sale EL PENSAMIENTO, vestido de loco, de muchos colores, y DANIEL, tras él, deteniéndole.

Daniel.

Espera.

Pensam.

¿Qué he de esperar?

Daniel.

Advierte.

Pensam.

¿Qué he de advertir?

Daniel.

Óyeme.

Pensam.

No quiero oir.

Daniel.

Mira.

Pensam.

No quiero mirar.

Daniel.

¿Quién respondió dese modo

Nunca á quien le preguntó?

Pensam.

Yo, que sólo tengo yo

Desvergüenza para todo.

Daniel.

¿Quién eres?

Pensam.

Cuando esto ignores,

Vengo á ser yo el ofendido.

¿No te lo dice el vestido

Ajironado á colores,

Que, como el camaleon,

No se conoce cuál es

La principal causa? Pues

Oye mi difinicion.

Yo, de solos atributos

Que mi sér inmortal pide,

Soy una luz que divide

A los hombres de los brutos.

Soy el primero crisol

En que toca la fortuna,

Más mudable que la luna

Y más ligero que el sol.

No tengo fijo lugar

Donde morir y nacer,

Y ando siempre, sin saber

Dónde tengo de parar.

La adversa suerte ó la altiva

Siempre á su lado me ve;

No hay hombre en quien yo no esté,

Ni mujer en quien no viva.

Soy en el rey el desvelo

De su reino y de su estado;

Soy en el que es su privado

La vigilancia y el celo;

Soy en el reo la justicia,

La culpa en el delincuente,

Virtud en el pretendiente,

Y en el próvido malicia;

En la dama la hermosura,

En el galan el favor,

En el soldado el valor,

En el tahur la ventura,

En el avaro riqueza,

En el mísero agonía,

En el alegre alegría,

Y en el triste soy tristeza;

Y, en fin, inquieto y violento,

Por donde quiera que voy

Soy todo y nada, pues soy

El humano Pensamiento.

Mira si bien me describe

Variedad tan singular,

Pues quien vive sin pensar

No puede decir que vive.

Esto es si en comun me fundo;

Mas hoy en particular

Soy el del rey Baltasar,

Que no cabe en todo el mundo.

Andar de loco vestido

No es porque á solas lo soy,

Sino que en público estoy

A la prudencia rendido;

Pues ningun loco se hallara

Que más incurable fuera,

Si ejecutara y dijera

Un hombre cuanto pensara;

Y así lo parecen pocos,

Siéndolo cuantos encuentro,

Porque, vistos hácia dentro,

Todos somos locos,

Los unos y los otros.

Y en fin, siendo loco yo,

No me he querido parar

A hablarte á tí, por mirar

Que no es compatible, no,

Que estemos juntos los dos;

Que será una lid cruel,

Porque, si tú eres Daniel

(Que es decir Juicio de Dios),

Mal ajustarse procura

Hoy nuestra conversacion,

Si somos, en conclusion,

Tú juicio, y yo locura.

Daniel.

Bien podemos hoy un poco

Hablar los dos con acuerdo,

Tú subiéndote á ser cuerdo,

Sin bajarme yo á ser loco;

Que aunque es tanta la distancia

De acciones locas y cuerdas,

Tomando el punto á dos cuerdas,

Hacen una consonancia.

Pensam.

Responderte á todo intento,

Y es consecuencia perfeta,

Que lo que alcanza un profeta

Se lo diga el Pensamiento.

Daniel.

Díme, ¿de qué es el placer

Que ahora vuelas celebrando?

Pensam.

De la boda estoy pensando,

Que hoy Babilonia ha de ver,

El aplauso superior.

Daniel.

Pues, ¿quién, dí, se ha de casar?

Pensam.

Nuestro rey Baltasar,

De Nabucodonosor

Hijo, en todo descendiente.

Daniel.

¿Quién es la novia feliz?

Pensam.

La gallarda emperatriz

De los reinos del Oriente,

Cuna donde nace el dia.

Daniel.

¿Ella es idólatra?

Pensam.

¡Pues!

Y tan idólatra es,

Que es la misma Idolatría.

Daniel.

¿Él no estaba ya casado

Con la humana Vanidad

De su imperio y majestad?

Pensam.

Su ley licencia le ha dado

De dos mujeres, y áun mil;

Y aunque Vanidad tenía,

Vanidad é Idolatría

Le hacen soberbio y gentil;

Juicio de Dios, ó Daniel,

Que todo es uno; que así

Lo dice el texto.

Daniel.

¡Ay de mí!

Pensam.

¿Habiais de casar con él,

Que tanto lo sentís vos?

(Ap. Mal en decírselo hice.)

Daniel.

¡Ay de tí, reino infelice!

¡Ay de tí, pueblo de Dios!

Pensam.

Si va á decir la verdad,

Vos estais ahora pensando

Que él celebra bodas, cuando

Llorais en cautividad

Vosotros; y es el dolor

De que esta boda no sea

Con la Sinagoga hebrea,

Por quedar libres, y por...

Pero la música suena; (Suenan chirimías.)

Presto á otra cosa pasé.

Miéntras Babilonia ve

Qué recibimiento ordena

A su reina, que los dos

Nos retiremos nos dice.

Daniel.

¡Ay de tí, reino infelice!

¡Ay de tí, pueblo de Dios! (Retíranse.)

ESCENA II.

DANIEL, EL PENSAMIENTO, retraidos.—Tocan chirimías, y salen BALTASAR y LA VANIDAD, y por otra parte LA IDOLATRÍA, bizarra, y acompañamiento.

Baltas.

Corónese tu frente

De los hermosos rayos del Oriente,

Si ya la pompa suya

No es poca luz para diadema tuya,

Gentil Idolatría,

Reina en mi imperio y en el alma mia.

En hora feliz vengas

A la gran Babilonia, donde tengas

En mi augusta grandeza

Dosel debido á tu imperial belleza,

Rindiéndose á tus plantas

Cuantas estatuas, cuantas

Imágenes y bultos

Dan holocaustos, fabrican cultos

A tu aliento bizarro,

En oro, en plata, en bronce, en piedra, en barro.

Idolat.

Baltasar generoso,

Gran rey de Babilonia poderoso,

Cuyo sagrado nombre,

Porque al olvido, porque al tiempo asombre,

El hebreo sentido

Le traduce tesoro, que escondido

Está; la Idolatría,

Emperatriz de la mansion del dia

Y reina del Oriente,

Donde jóven el sol resplandeciente

Más admirado estuvo,

De quien la admiracion principio tuvo,

Hoy á tu imperio viene

Por el derecho que á tus aras tiene;

Pues desde que en abismos sepultado,

Del gran diluvio el mundo salió á nado,

Fué este imperio el primero

Que introdujo, político y severo,

Dando y quitando leyes,

La humana Idolatría de los reyes,

Y la divina luégo

De los dioses en lámparas de fuego.

Nembroth hable adorado,

Y Moloc, en hogueras colocado,

Pues los dos merecieron este extremo,

Nembroth por rey, Moloc por Dios supremo,

De donde se siguieron

Tantos ídolos, cuantos hoy se unieron

A estas bodas propicios,

Pues las ven, en confusos sacrificios,

Treinta mil dioses bárbaros que adoro

En barro, en piedra, en bronce, en plata, en oro.

Pensam.

(Aparte á Daniel.)

Aquesta sí que es vida:

Haya treinta mil dioses, á quien pida

Un hombre, en fin, lo que se le ofreciere,

Porque éste otorgue lo que aquél no diere;

Y no tú, que importuno

Tienes harto con uno,

Que de oillo me espanto.

¿Y un solo Dios puede acudir á tanto

Como tiene que hacer?

Daniel.

(Aparte al Pensamiento.)Cuando lo sea

En más su mano universal se emplea.

Baltas.

Habla á la hermosa Vanidad, que ha sido

Mi esposa; y pues las dos habeis nacido

De un concepto, á las dos unir procura

Mi ambicion. ¡Qué belleza! ¡Qué hermosura!

(Mirando á las dos, y él en medio.)

Idolat.

Dáme, soberbia Vanidad, los brazos.

Vanidad.

Eternos han de ser tan dulces lazos.

Idolat.

Envidia la beldad tuya me diera,

Si lo divino que envidiar tuviera.

Vanidad.

Celos tu luz me diera, por los cielos;

Pero la Vanidad no tiene celos.

Baltas.

(Ap.) Un dia me amanece en otro dia,

Y entre la Vanidad é Idolatría,

La más hermosa, el alma temerosa

Duda; porque cualquiera es más hermosa,

Cuando con el aplauso lisonjero

Rey me apellido y Dios me considero.

Idolat.

¿De qué te has suspendido?

Vanidad.

¿De qué te has divertido?

Baltas.

Tu gran beldad ¡oh Idolatría! me admira;

Tu voz ¡oh Vanidad! dulce me inspira,

Y así, porque divierta mi tristeza,

(A las dos.)

Movido de tu aliento y tu belleza,

Hoy á las dos pretendo

Desvanecer y enamorar, haciendo

La Idolatría alarde de mis glorias,

Cuando la Vanidad de mis victorias.

De aquel soberbio Nabuco,

A cuyo valor y á cuya

Majestad obedecieron

Hado, poder y fortuna;

De aquel rayo de Caldea,

Que, desde la esfera suya

Flechado, Jerusalen

Llora su abrasada injuria;

De aquel que á cautividad

Redujo la sangre justa

De Israel, transmigracion

Que hoy en Babilonia dura;

De aquel que robó del templo

Vasos y riquezas sumas,

Despojo sagrado ya

De mi majestad augusta;

De aquel, en fin, que á los campos

Pació la esmeralda bruta,

Medio hombre, medio fiera,

Monstruo de vello y de pluma,

Hijo soy, deidades bellas;

Y porque le sostituya,

Como en el reino, en la fama,

Como en la fama, en la furia,

Los altos dioses que adoro

De tal condicion me ilustran,

Que no dudo que en mi pecho

O se repita ó se infunda

Su espíritu, y que heredada

El alma, tambien se infunda

En mi cuerpo, si es que dos

Pudieron vivir con una.

No el sér, pues, rey soberano

De cuanto el Tígris circunda,

De cuanto el Eufrates baña

Y de cuanto el sol alumbra

Por tantas provincias, que

A sólo verlas madruga

(Porque no se cumpla el dia

Sin que la tarea se cumpla),

La sed de tanta ambicion

O satisface ó apura;

Y sólo me desvanece,

Sea valor ó sea locura,

Tener sobre aquestos montes

Jurisdiccion absoluta,

Porque éstos son de Senar

Aquella campaña ruda

Que entre la tierra y el cielo

Vió tan estupenda lucha,

Cuando los hombres osados,

Con valor y sin cordura,

Armaron contra los dioses

Fábricas que al sol encumbran.

Y para que sepas tú,

Vanidad, de cuánto triunfas,

Y cuánto tú, Idolatría,

Vienes á mandar, escucha:

Estaba el mundo gozando

En tranquila edad segura

La pompa de su armonía,

La paz de su compostura,

Considerando entre sí

Que de una masa confusa

(Que ha llamado la Poesía

Cáos, y nada la Escritura)

Salió á ver la faz serena

De esta azul campaña pura

Del cielo, desenvolviendo,

Con lid rigurosa y dura,

De las luces y las sombras

La vanidad con que se aunan,

De la tierra y de las aguas

El nudo con que anudan,

Dividiendo y apartando

Las cosas, que cada una

Son un mucho de por sí,

Y eran nada todas juntas.

Consideraba que halló

La tierra, que ántes inculta

É informe estuvo, cubierta

De flores que la dibujan;

El vago viento poblado

De las aves que le cruzan;

El agua hermosa habitada

De los peces que la surcan;

Y el fuego con estas dos

Antorchas, el sol y luna,

Lámparas del dia y la noche,

Ya solar, y ya nocturna;

Que se halló, en fin, con el hombre,

Que es de las bellas criaturas

Que Dios, por mayor milagro,

Hizo á semejanza suya.

Con esta hermosura vano,

No hay ley á que le reduzca:

¡Tan antiguo es en el mundo

El ser vana la hermosura!

Vano y hermoso, en efecto,

Eterna mansion se juzga,

Sin parecerle que haya,

Por castigo de sus culpas,

Guardado un universal

Diluvio que le destruya;

Y con esta confianza,

En solo vicios se ocupan

Los hombres, mal poseidos

De la soberbia y la gula,

De la envidia y la avaricia,

Ira, pereza y lujuria.

Enojados, pues, los dioses,

A quien nada hay que se encubra,

Trataron de deshacer

El mundo, como á su hechura.

No á diluvios, pues, de rayos

Se vió la cólera suya

Fiada, á incendios sí de agua,

Porque la majestad suma

Tal vez con nieve fulmina,

Y tal vez con fuego inunda.

Cubrióse el cielo de nubes

Densas, opacas y turbias;

Que como estaba enojado,

Por no revocar la justa

Sentencia, no quiso ver

De su venganza sañuda

Su mismo rigor; y así,

Entre tinieblas se oculta,

Entre nubes se enmaraña,

Porque áun Dios, con ser Dios, busca,

Para mostrar su rigor,

Ocasion, si no disculpa.

El principio fué un rocío

De los que á la aurora enjuga

Con cendales de oro el sol;

Luego una apacible lluvia

De las que á la tierra dan

El riego con que se pula;

Luego fueron lanzas de agua,

Que nubes y montes juntan,

Teniendo el cuento en los montes,

Cuando en las nubes las puntas;

Luego fueron desatados

Arroyos; creció la furia;

Luego fueron rios; luégo

Mares de mares. ¡Oh suma

Sabiduría, tú sabes

Los castigos que procuras!

Bebiendo sin sed el orbe,

Hecho balsas y lagunas,

Padeció tormento de agua

Por bocas y por roturas;

Los bostezos de la tierra,

Que por entre abiertas grutas

Suspiran, cerrado ya

En prision ciega y oscura

Tuvieron al aire; y él,

Que por dónde salir busca,

Brama encerrado, y al fiero

Latido que dentro pulsa,

Las montañas se estremecen

Y los peñascos caducan.

Aqueste freno de arena,

Que pára á raya la furia

De ese marino caballo,

Siempre argentado de espuma,

Le soltó todas las riendas,

Y él, desbocado, procura,

Corriendo alentado siempre,

No parar cobarde nunca.

Las fieras, desalojadas

De sus estancias incultas,

Ya en las regiones del aire,

No es mucho que se presuman

Aves; las aves, nadando,

No es mucho que se introduzcan

A ser peces; y los peces,

Viviendo las espeluncas,

No es mucho que piensen ser

Fieras, porque se confundan

Las especies; de manera

Que en la deshecha fortuna,

Entre dos aguas (que así

Se dice que está el que duda),

El pez, el bruto y el ave

Discurren, sin que discurran,

Dónde tiene su mansion

La piel, la escama y la pluma.

Ya al último parasismo

El mundo se desahucia,

Y en fragmentos desatados

Se parte y se descoyunta;

Y como aquel que se ahoga,

A brazo partido lucha

Con las ondas, y ellas hacen

Que aquí salga, allí se hunda;

Así el mundo, agonizando,

Entre sus ánsias se ayuda.

Aquí un edificio postra,

Allí descubre una punta,

Hasta que rendido ya

Entre lástimas y angustias,

De cuarenta codos de agua

No hay parte que no se cubra,

Siendo á su inmenso cadáver

Todo el mar pequeña tumba.

Cuarenta auroras á mal

Echó el sol, porque se enlutan

Las nubes y luz, á exequias

Desta máquina difunta.

Sólo aquella primer nave,

A todo embate segura,

Elevada sobre el agua,

A todas partes fluctúa,

Tan vecina á las estrellas,

Y á los luceros tan junta,

Que fué alguno su farol,

Y su linterna fué alguna.

En ésta, pues, las reliquias

Del mundo salvó la industria

De Noé, depositando

Todas sus especies juntas;

Hasta que el mar reducido

A la obediencia que jura,

Se vió otra vez, y otra vez

La tierra pálida y mustia,

Desmelenada la greña,

Llena de grietas y arrugas,

La faz de la luz apénas

Tocada, pero no enjuta,

Asomó entre ovas y lamas

La disforme catadura,

Y en retórico silencio,

Agradecida, saluda

Del arco de paz la seña,

Pajiza, leonada y rubia.

Segundo Adan de los hombres,

Con generacion segunda,

El mundo volvió á poblar

De animales y criaturas.

Nembroth, hijo de Canaan,

Que las maldiciones suyas

Heredó (estirpe, en efecto,

Aborrecida y injusta),

Las provincias de Caldea

Con sus familias ocupa

Y sus hijos, cada uno

De tan disforme estatura,

Que era un monte organizado

De miembros y de medulas.

Estos, pues, viendo que un arca

Al mundo salvó, procuran

Con fábrica más heroica

Con máquina más segura,

Hacer contra los enojos

Del cielo una fuerza, cuya

Majestad en los diluvios

Los guarde y los restituya.

Ya para la excelsa torre

Montes sobre montes juntan.

Y la cerviz de la tierra,

De tan pesada coyunda

Oprimida, la hacen que

Tanta pesadumbre sufra,

Bien que con el peso gima,

Bien que con la carga cruja.

Crece la máquina, y crece

La admiracion, que la ayuda

A ser dos veces mayor,

Pues no hay gentes que no acudan

A su edificio, hasta ver

Que la inmensa torre suba

A ser támbico pilar,

A ser dórica columna,

Embarazo de los vientos

Y lisonja de la luna.

Ya con la empinada frente

La esfera abolla cerúlea,

Y con el cuerpo en el aire,

Tanto estorba como abulta;

Pero en medio desta pompa,

Deste aplauso, esta ventura,

La cortó el cielo los pasos,

Porque el mirar le disgusta

Escalar de sus esferas

La sagrada arquitectura;

Y porque no por asalto

Ganarle el hombre presuma,

Quiere que en los que la labran

Tal variedad se introduzca

De lenguas, que nadie entienda

Aun lo mismo que articula.

Suenan en todos á un tiempo

Destempladas y confusas

Voces, que el sentido humano

Hasta entónces no oyó nunca.

Ni este sabe lo que dice,

Ni aquel sabe lo que escucha;

Porque desta suerte el órden,

O se pierda, ó se confunda.

Setenta y dos lenguas fueron

Las que los hombres pronuncian

En un instante, que tantas

Quiere el cielo que se infundan.

En setenta y dos idiomas

Repetido se divulga

El eco, y desesperados

Los hombres ya, sin que arguyan

La causa, huyen de sí mismos,

Si hay álguien que de sí huya.

Cesa el asalto, porque

No quede memoria alguna

De tan glorioso edificio,

De fábrica tan augusta.

Preñada nube á este tiempo,

Para que más le confunda,

Hace herida, que su vientre

Humo exhale y fuego escupa,

Siendo de su atrevimiento

Ella misma sepultura,

Haciendo de sus ruïnas

Pira, monumento y urna.

Yo, pues, viendo que mi pecho

La fama á Nembroth le hurta,

Creo que quedar entónces

Tantas cenizas caducas,

Fué porque yo la acabase,

Pues en mí á un tiempo se juntan

Vanidad y Idolatría,

Con que á tantos rayos luzca.

Pues si tú me das aliento

Con que al imperio suba,

Si tú me aplacas los dioses,

Si tú, Vanidad, me ayudas,

Si tú, Idolatría, me amparas,

¿Quién duda, decid, quién duda

Que atrevido, y no postrado,

Tan grande promesa cumpla?

Y así quiero que las dos

Reineis en mi pecho juntas:

Idólatra á tu belleza,

Y vano con tu hermosura,

Sacrificando á tus dioses,

Mereciendo tus fortunas,

Adorando tus altares,

Logrando tus aventuras,

En láminas de oro y plata,

Que caracteres esculpan,

Vivirá mi nombre eterno

A las edades futuras.

Idolat.

A tus piés verás que estoy

Siempre firme y siempre amante.

Vanidad.

Siempre, Baltasar, constante

Luz de tus discursos soy.

Idolat.

Y si á los dioses te igualas,

Yo por dios te haré adorar.

Vanidad.

Yo, porque puedas volar

Daré á tu ambicion mis alas.

Idolat.

Sobre la deidad más suma

Coronaré tu arrebol.

Vanidad.

Yo, para subir al sol,

Te haré una escala de pluma.

Idolat.

Estatuas te labraré,

Que repitan tu persona.

Vanidad.

Yo al laurel de tu corona

Más hojas añadiré.

Baltas.

Dadme las manos las dos;

¿Quién de tan dulces abrazos

Podrá las redes y lazos

Romper?

Daniel.

¡La mano de Dios! (Adelantándose.)

Baltas.

¿Quién tan atrevido aquí

A mis voces respondió?

Pensam.

Yo no he sido.

Baltas.

Pues ¿quién?

Daniel.

Yo.

Baltas.

Pues, hebreo, ¿cómo así

Os atreveis vos, que fuisteis

En Jerusalen cautivo?

¿Vos, que humilde y fugitivo

En Babilonia vivisteis...

Vos, mísero y pobre, vos,

Así me turbais? ¿Así?

¿Quién ya libraros de mí

Podrá? (Va á sacar la daga.)

Daniel.

La mano de Dios.

Baltas.

¡Tanto puede una voz, tanto,

Que de oirla me retiro!

De mi paciencia me admiro;

De mi cólera me espanto.

Enigma somos los dos;

Cuando tu muerte pretende

Mi furor, ¿quién te defiende,

Daniel?

Daniel.

La mano de Dios.

Pensam.

¡Lo que en la mano porfía!

Vanidad.

(A Baltasar.) Déjale; que su humildad

Desluce mi vanidad.

Idolat.

Y su fe mi idolatría.

Baltas.

Vida tienes por las dos.—

Y que viva me conviene,

Porque vea que no tiene

Fuerza la mano de Dios.

(Vase con la Vanidad y la Idolatría.)

ESCENA III.

DANIEL, EL PENSAMIENTO.

Pensam.

De buena os habeis librado,

Y yo estimo la leccion,

Pues en cualquiera ocasion

En que me vea apretado,

Sé cómo me he de librar,

Pues sin qué ni para qué,

«La mano de Dios» diré,

Y á todos haré temblar;

Y pues de mano los dos

Solamente nos ganamos,

Mano á mano nos partamos:

Id á la mano de Dios. (Vase.)

ESCENA IV.

DANIEL; luégo LA MUERTE.

Daniel.

¿Quién sufrirá tus inmensas

Injurias, Autor del dia?

Vanidad y Idolatría

Solicitan tus ofensas.

¿Quién podrá, quién (de mi fe

En esta justa esperanza),

Tomar por vos la venganza

Deste agravio?

(Sale la Muerte con espada y daga, de galan, con un manto lleno de muertes.)

Muerte.

Yo podré.

Daniel.

Fuerte aprension, ¿qué me quieres,

Que entre fantasmas y sombras,

Me atemorizas y asombras?

Nunca te he visto; ¿quién eres?

Muerte.

Yo, divino profeta Daniel,

De todo lo nacido soy el fin;

Del pecado y la envidia hijo cruel,

Abortado por áspid de un jardin.

La puerta para el mundo me dió Abel,

Mas quien me abrió la puerta fué Cain,

Donde mi horror introducido ya,

Ministro es de las iras de Jehová.

Del pecado y la envidia, pues, nací,

Porque dos furias en mi pecho estén:

Por la envidia caduca muerte di

A cuantos de la vida la luz ven;

Por el pecado muerte eterna fuí

Del alma, pues que muere ella tambien;

Si de la vida es muerte el espirar,

La muerte, así, del alma es el pecar.

Si Juicio, pues, de Dios tu nombre fué,

Y del juicio de Dios rayo fatal

Soy yo, que á mi furor postrar se ve

Vegetable, sensible y racional,

¿Por qué te asombras tú de mí? ¿Por qué

La porcion se estremece en tí mortal?

Cóbrate, pues, y hagamos hoy los dos,

De Dios tú el juicio, y yo el poder de Dios.

Aunque no es mucho que te asombres, no,

Aun cuando fueras Dios, de verme á mí;

Pues cuando él de la flor de Jericó

Clavel naciera en campos de alhelí,

Al mismo Dios le estremeciera yo

La parte humana, y al rendirse á mí,

Turbaran las estrellas su arrebol,

Su faz la luna y su semblante el sol.

Titubeara esa fábrica infeliz,

Y temblara esa forma inferior;

La tierra desmayara su cerviz,

Luchando piedra á piedra y flor á flor;

A media tarde, jóven infeliz,

Espirara el dia el resplandor,

Y la noche su lóbrego capuz

Vistiera por la muerte de la luz.

Mas hoy sólo me toca obedecer,

A tí, Sabiduría, prevenir;

Manda pues; que no tiene que temer

Matar el que no tiene que morir.

Mio es el brazo, tuyo es el poder;

Mio el obrar, si tuyo es el decir;

Harta de vidas sed tan singular,

Que no apagó la cólera del mar.

El más soberbio alcázar, que ambicion,

Si no lisonja, de los vientos es;

El muro más feliz, que oposicion,

Si no defensa, de las bombas es,

Fáciles triunfos de mis manos son,

Despojos son humildes de mis piés.

Si el alcázar y muro he dicho ya,

¿Qué será la cabaña? ¿Qué será?

La hermosura, el ingenio y el poder

A mi voz no se pueden resistir,

De cuantos empezaron á nacer,

Obligacion me hicieron de morir;

Todas están aquí, ¿cuál ha de ser

La que hoy, juicio de Dios, mandas cumplir?

Que el concepto empezado más veloz

No acabará de articular la voz.

Entre aquella vital respiracion

Que desde el corazon al labio hay,

Pararé el movimiento y el accion,

Al artificio que un suspiro tray;

Cadáver de sí mismo el corazon,

Verás, rotos los ejes, cómo cay,

Sepulcro ya la silla en que era rey,

Justo decreto de precisa ley.

Yo abrasaré los campos de Nembroth,

Yo alteraré las gentes de Babel,

Yo infundiré los sueños de Behemot,

Yo verteré las plagas de Israel,

Yo teñiré la viña de Naboé,

Y humillaré la frente á Jezabel,

Yo mancharé las mesas de Absalon

Con la caliente púrpura de Amon;

Yo postraré la majestad de Acab,

Arrastrado en su carro de rubí;

Yo con las torpes hijas de Moab

Profanaré las tiendas de Zambrí;

Yo tiraré los chuzos de Joab;

Y si mayor aplauso fías de mí,

Yo inundaré los campos de Senar

Con la sangre infeliz de Baltasar.

Daniel.

Severo y justo ministro

De las cóleras de Dios,

Cuya vara de justicia

Es una guadaña atroz;

Ya que el tribunal divino

Representamos los dos,

No quiera, no, que el decreto

Del libro, que es en rigor

De acuerdo, aunque ya en los hombres

Es libro de olvido hoy,

Ejecutes, sin que ántes

Le hagas con piadosa voz

Los justos requirimientos,

Que pide la ejecucion.

Baltasar quiere decir

Tesoro escondido, y yo

Sé que en los hombres las almas

Tesoro escondido son.

Ganarle quiero; y así,

Sólo licencia te doy

Para que á Baltasar hagas

Una notificacion.

Recuérdale que es mortal,

Que la cólera mayor

Antes empuña la espada

Que la desnuda; así yo

Que la empuñes te permito,

Mas que la desnudes, no. (Vase.)

ESCENA V.

LA MUERTE.

Muerte.

¡Ay de mí! ¡Qué grave yugo

Sobre mi cerviz cayó!

Sobre mis manos, ¡qué hielo!

Sobre mis piés, ¡qué prision!

De tus preceptos atado,

¡Oh inmenso Juicio de Dios!

La Muerte está sin aliento,

La cólera sin razon.

Para acordarle no más

Que es mortal, de mi rigor

Sola una vislumbre basta,

De mi mal sola una voz.—

ESCENA VI.

LA MUERTE, EL PENSAMIENTO.

Pensam.

¿Quién me llama?

Muerte.

Yo soy

Quien te llamo.

Pensam.

Y yo

Soy quien quisiera en mi vida

No ser llamado de vos.

Muerte.

Pues ¿qué es lo que tienes?

Pensam.

Miedo.

Muerte.

¿Qué es miedo?

Pensam.

Miedo es temor.

Muerte.

¿Qué es temor?

Pensam.

¿Temor? Espanto.

Muerte.

¿Qué es espanto?

Pensam.

¿Espanto? Horror.

Muerte.

Nada deso sé lo que es;

Que jamás lo tuve yo.

Pensam.

Pues ¿lo que no teneis dais?

Muerte.

Por no tenerle le doy.

¿Adónde está Baltasar?

Pensam.

En un jardin con las dos

Deidades que adora.

Muerte.

Ponme

Con él; llévame veloz

A su presencia.

Pensam.

Sí haré,

Porque no tengo valor

Para negarlo.

Muerte.

¡Qué bien,

Justo precepto de Dios,

A hacerle de mí memoria

En su pensamiento voy! (Vanse los dos.)

ESCENA VII.

Salen BALTASAR, IDOLATRÍA y VANIDAD.

Idolat.

Señor, ¿qué grave tristeza...

Vanidad.

¿Qué grave pena, señor...

Idolat.

Tu discurso desvanece?

Vanidad.

Turba tu imaginacion?

Baltas.

No sé qué pena es la mia...

ESCENA VIII.

Dichos.—EL PENSAMIENTO y LA MUERTE.

Pensam.

(A la Muerte.)

Llega; que allí está.

Baltas.

Que estoy

Pensando en las amenazas

De aquella mano de Dios,

Cuál ha de ser el castigo

Que me ha prometido.

(Vase retirando el Pensamiento, y deja ver tras sí á la Muerte.)

Muerte.

Yo.

Baltas.

¿Qué es esto que miro, cielos?

Sombra, fantasma ó vision,

Que voz y cuerpo me finges,

Sin que tengas cuerpo y voz,

¿Cómo has entrado hasta aquí?

Muerte.

¿Cómo? Si es la luz el sol,

Yo soy la sombra, y si él

La vida del mundo, yo

Del mundo la Muerte. Así,

Entro yo como él entró,

Porque de luces á sombras

Esté igual la posesion.

Idolat.

(Ap.) ¿Quién es este, que el miralle

Le retira de los dos?

Baltas.

¿Cómo á cada paso tuyo

Vuelve atras mi presuncion?

Muerte.

Porque das tú atras los pasos,

Que yo hácia adelante doy.

Pensam.

(Ap.) La culpa tuve en traerle;

Que soy un traidor traedor.

Baltas.

¿Qué me quieres y quién eres,

O luz ó sombra?

Muerte.

Yo soy

Un acreedor tuyo, y quiero

Pedirte como acreedor.

Baltas.

¿Qué te debo? ¿qué te debo?

Muerte.

Aquí está la obligacion,

En un libro de memorias.

(Saca un libro de memorias.)

Baltas.

Éste es engaño, es traicion,

Porque esta memoria es mia;

A mí, á mí se me perdió.

Muerte.

Es verdad, mas las memorias

Que tú pierdes, hallo yo.—

Lee.

Baltas.

«Yo el gran Baltasar,

De Nabucodonosor

Hijo, confieso que el dia

Que el vientre me concibió

De mi madre, fué en pecado,

Y recibí (¡helado estoy!)

Una vida, que á la Muerte

He de pagar (¡qué rigor!)

Cada y cuando que la pida;

Cuya escritura pasó

Ante Moisés, los testigos

Siendo Adan, David y Job.»—

Yo lo confieso, es verdad;

Mas no me ejecutes, no;

Dáme más plazo á la vida.

Muerte.

Liberal contigo soy,

Porque áun no está declarada

Hoy la justicia de Dios;

Y para que se te acuerde

Ser, Baltasar, mi deudor,

De la gran Sabiduría

Este memorial te doy.

(Vase, dándole un papel.)

ESCENA IX.

BALTASAR, LA IDOLATRÍA, LA VANIDAD, EL PENSAMIENTO.

Baltas.

(Abre el papel y lee.)

«Así habla en un proverbio

Del espíritu la voz:

Polvo fuiste, y polvo eres,

Y polvo has de ser.»—¿Yo, yo

Polvo fuí, siendo inmortal?

¿Siendo eterno, polvo soy?

¿Polvo he de ser, siendo inmenso?

Es engaño, es ilusion.

(Anda el Pensamiento alrededor de Baltasar.)

Pensam.

Yo, como loco, en efecto,

Vueltas y más vueltas doy.

Baltas.

¿No es deidad la Idolatría?

Pensam.

(A la Idolatría.) Acá me vengo con vos.

Baltas.

¿La Vanidad no es deidad?

Pensam.

(A la Vanidad.) Ahora con vos estoy.

(Anda alrededor de las dos.)

Baltas.

¡Cuál anda mi pensamiento

Vacilando entre las dos!

Idolat.

(A la Vanidad.)

¿Qué contendrá aquel papel,

Que tanto le divirtió

De nosotras?

(Quítale la Vanidad el memorial.)

Vanidad.

Desta suerte

Lo veremos.

Pensam.

¡Noble accion!

La memoria de la Muerte

La Vanidad le quitó.

Baltas.

¿Qué es lo que pasa por mí?

Vanidad.

Hojas que inútiles son,

El viento juegue con ellas.

(Hace pedazos el papel y lo arroja.)

Baltas.

¿Aquí estábades las dos?

Idolat.

¿Qué ha sido esto?

Baltas.

No lo sé;

Una sombra, una ilusion,

Que ocupó mi fantasía,

Que mi discurso ocupó;

Pero ya se fué la sombra,

Desvaneciendo su horror.

¿Qué mucho que temerosa

La noche huyese, si vió

Que en vuestros ojos divinos

Madrugaba el claro sol?

Y no á los mios, parece

Que solamente salió

Esa luz que me ilumina,

Que me alumbra ese esplendor,

Sino á todo el jardin; pues

Obscuro el rubio arrebol

Del sol estaba hasta veros,

Y viéndoos amaneció

Segunda vez, porque como

Dos soles y auroras sois,

Él no se atrevió á salir

Sin licencia de las dos.

Vanidad.

Sí, soles somos y auroras,

Por su antigua adoracion;

El sol es la Idolatría,

Yo la aurora, que inferior

Soy á los rayos; y así,

A ella debe el resplandor

El valle que goza, pues

Cuando entre sombras durmió,

No la despertó la aurora;

Que otro sol la despertó.

Idolat.

Concedo que aurora seas,

Y concédote que soy

Yo el sol, por rendirme á tí;

Porque al hermoso candor

De la aurora el sol le debe

Todo el primero arrebol;

Y así, siendo la primera,

Su luz, que le iluminó,

La luz del aurora ha sido

Más bella que la del sol,

Pues salió primero al valle,

Y ántes que él amaneció.

Pensam.

La hermosura y el ingenio

Se compiten en las dos,

Y pues convida el jardin

Con la dulce emulacion

De las flores y las fuentes,

Sobre el lecho que tejió

Para sí la primavera

Os sentad. Lisonjas son

Los pájaros y las ramas,

Haciendo blando rumor

Al aire, que travesea

Entre las hojas veloz,

Donde aromas de cristal

Y pastillas de ámbar son

Las fuentecillas risueñas

Y el prado lleno de olor.

(Siéntanse todos, y en medio Baltasar, y la Idolatría le quita el sombrero y con el penacho le hace aire.)

Idolat.

Yo con el bello penacho

De las plumas que tejió

La Vanidad, escogidas

De la rueda del pavon,

Te haré aire.

Pensam.

Pues ¿conmigo

No fuera mucho mejor,

Que soy sutil abanillo

Del pensamiento? Aunque no;

Que más parezco en la cara

Abanillo del Japon.

Vanidad.

Yo con músicos cantando,

Pararé el aire á mi voz.

Baltas.

La música del aurora

No me sonará mejor,

Cuando saludando al dia

Entre uno y otro arrebol

Le daban la bienvenida,

Perla á perla y flor á flor.

Vanidad.

(Cantando.) Ya Baltasar es deidad,

Pues le rinde en este dia

Estatuas la Idolatría,

Y templos la Vanidad.

ESCENA X.

Dichos.—LA MUERTE.

Muerte.

(Ap.) Aquí apacible voz suena,

Donde con trágico estilo

Llora un mortal cocodrilo,

Canta una dulce sirena;

¿Tampoco pudo la pena

De mi memoria, que ha sido

De la Vanidad olvido?

Pues ya mi sombra le asombra,

A ver si puede mi sombra

Lo que mi voz no ha podido.

Con el opio y el beleño

De los montes de la luna

Entorpezca su fortuna

Mi imágen pálida, el sueño.

Sea de su vida dueño

(En que se acuerde de mí)

Un letargo, un frenesí,

Una imágen, un veneno,

Un horror de horrores lleno.

(Quédase dormido Baltasar.)

Vanidad.

¿Parece que duerme?

Idolat.

Sí.

Vanidad.

Pues entre sueños espero,

Porque al despertar se halle

Ufano, representalle

Un aplauso lisonjero. (Vase.)

Idolat.

Yo significarle quiero

Dónde el vuelo ha de llegar

De mi deidad singular. (Vase.)

Pensam.

Mi afan aquí descansó,

Pues sólo descanso yo

Cuando duerme Baltasar. (Échase á dormir.)

ESCENA XI.

BALTASAR y EL PENSAMIENTO, dormidos.—LA MUERTE.

Muerte.

Descanso del sueño hace

El hombre ¡ay Dios! sin que advierta

Que cuando duerme y despierta,

Cada dia muere y nace;

Que vivo cadáver yace

Cada dia, pues (rendida

La vida á un breve homicida)

Que es su descanso, no advierte

Una licion que la Muerte

Le va estudiando á la vida.

Veneno es dulce que, lleno

De lisonjas, desvanece,

Aprisiona y entorpece;

¡Y hay quien beba este veneno!

Olvido es, de luz ajeno,

Que aprisionado ha tenido

En sí uno y otro sentido,

Pues ni oyen, tocan ni ven,

Informes todos; ¡y hay quien

No se acuerda deste olvido!

Frenesí, pues á sí

Várias especies atray,

Que goza inciertas; ¡y hay

Quien ame este frenesí!

Letargo es, á quien le di

De mi imperio todo el cargo,

Y con repetido embargo

Del obrar y el discurrir,

Enseña al hombre á morir;

¡Y hay quien busque este letargo!

Sombra es, que sin luz asombra,

Que es su obscura fantasía

Triste oposicion del dia;

¡Y hay quien descanse á esta sombra!

Imágen, al fin, se nombra

De la Muerte, sin que ultrajen,

Sin que ofendan, sin que atajen

Los hombres su adoracion,

Pues es sola una ilusion;

¡Y hay quien adore esta imágen!...

Pues ya Baltasar durmió,

Ya que el veneno ha bebido

Y ha olvidado aquel olvido,

Ya que el frenesí pasó,

Ya que el letargo sintió,

Ya de horror y asombro lleno

Vió la imágen, pues su seno

Penetra horror, que se nombra

Ilusion, letargo y sombra,

Frenesí, olvido y veneno;

Y pues Baltasar durmió,

Duerma, á nunca despertar,

Sueño eterno Baltasar

De cuerpo y alma.

(Saca la espada y quiere matarle.)

ESCENA XII.

Dichos.—DANIEL.

Daniel.

Eso no.

(Detiene el brazo á la Muerte.)

Muerte.

¿Quién tiene mi mano?

Daniel.

Yo,

Porque el plazo no ha llegado.

Número determinado

Tiene el pecar y el vivir,

Y el número ha de cumplir

Ese aliento, ese pecado.

Muerte.

Llegarán (¡hado cruel!),

Cumpliránse (¡pena fiera!),

Para que algun justo muera,

Tus semanas, Danïel,

Y no un pecador. ¡Oh fiel

Juez de la ejecucion mia!

¿Qué espera? Que si este dia

Logra una temeridad,

Oye allí la Vanidad,

Mira allí la Idolatría

ESCENA XIII.

BALTASAR y EL PENSAMIENTO, dormidos.—LA MUERTE, DANIEL, LA VANIDAD, LA IDOLATRÍA.—UNA ESTATUA.

(Ábrese una apariencia á un lado, y parece una estatua de color de bronce, á caballo, y la Idolatría teniéndole el freno; y al otro lado, sobre una torre, aparece la Vanidad, con muchas plumas, y un instrumento en la mano.)

Idolat.

Baltasar de Babilonia,

Que á las lisonjas del sueño,

Sepulcro tú de tí mismo,

Mueres vivo y vives muerto...

Vanidad.

Baltasar de Babilonia

Que en el verde monumento

De la primavera, eres

Un racional esqueleto...

Baltas.

(Entre sueños.)

¿Quién me llama? ¿Quién me llama?

Mas, si á mis fantasmas creo,

Ya, Vanidad, ya te miro;

Ya, Idolatría, te veo.

Idolat.

Yo, la sacra Idolatría,

Deidad que del sol desciendo,

A consagrarte esta estatua,

Del supremo alcázar vengo,

Porque tenga adoracion

Hoy tu imágen en el suelo.

Vanidad.

Yo, la humana Vanidad,

Que en los abismos me engendro,

Y naciendo entre los hombres,

Tengo por esfera el cielo;

Para colocar la estatua,

Este imaginado templo

Te dedico, que de pluma

He fabricado en el viento.

Baltas.

(Entre sueños.)

¡Qué triunfos tan soberanos!

¡Qué aplausos tan lisonjeros!

Ofréceme, Idolatría,

Altares, aras, inciensos,

Y adórense mis estatuas

Por simulacros excelsos.

Tú, Vanidad, sube, sube

A coronarte al imperio;

Ilústrese una volando,

Ilústrese otra cayendo.

(Baja la estatua y sube la torre, y cantan versos Vanidad é Idolatría.)

Idolat.

(Cantando.)

¡Bajad, estatua, bajad!

A ser adorada id.

Vanidad.

(Cantando.)

¡A ser eterno subid,

Templo de la Vanidad!

Idolat.

¡Corred, bajad!

Vanidad.

¡Subid, volad!

Las dos.

Pues hoy de los vientos fía...

Idolat.

Estatuas la Idolatría...

Vanidad.

Y templo la Vanidad.

Muerte.

Suéltame, Daniel, la mano;

Verás qué osado y soberbio

Acabo, como Sanson,

Con el ídolo y el templo.

Daniel.

Ya yo te la soltaré,

Veloz cometa de fuego,

En siendo tiempo al rigor;

Pero hasta que sea tiempo,

Aquesa estatua de bronce

Le dé otro mental acuerdo,

Que trompeta de metal,

Tocada por mi precepto,

Será trompeta de juicio.

Muerte.

A los dos está bien eso,

Que en tocando la trompeta,

A su voz el universo

Todo espirará; y así,

¡Oh tú, peñasco de acero!

¿Qué espíritu aborrecido

Vive por alma en tu pecho?

Deidad mentida de bronce,

Desengáñate á tí mesmo. (Vase con Daniel.)

ESCENA XIV.

BALTASAR y EL PENSAMIENTO, dormidos.—LA VANIDAD, LA IDOLATRÍA, LA ESTATUA.

Estatua.

¡Baltasar!

Baltas.

¿Qué es lo que quieres,

Ilusion ó fingimiento,

Que me matas, que me afliges?

Estatua.

Oye, y velen á mi aliento

Hoy los sentidos del alma,

Miéntras duermen los del cuerpo;

Que contra la idolatría

Aspid de metal me vuelvo,

Porque como el áspid, yo

Muera á mi mismo veneno;

Y en tanto que el labio duro

Del bronce articula acentos,

Enmudezcan esas voces,

Que son lisonjas del viento.

Yo soy la Estatua que vió

Nabuco, hecha de diversos

Metales, con piés de barro,

A quien una piedra luégo

Deshizo, piedra caída

Del monte del Testamento.

No la adoracion divina

Tiranices á los cielos,

Que yo por verme adorar

De tres jóvenes hebreos,

El horno de Babilonia

Encendí, donde su esfuerzo

Al fuego se acrisoló,

Y no se deshizo al fuego.

Sidrac, Misac y Abdenago

Son vivos testigos desto.

Los dioses que adoras son

De humanas materias hechos;

Bronce adoras en Moloc,

Oro en Astarot, madero

En Baal, barro en Dagon,

Piedra en Baalin, y hierro

En Moab; y hallando en mí

El juicio de Dios inmenso,

A mis voces de metal

Os rendid las dos, rompiendo

Las plumas y las estatuas.

(Sube la estatua y baja la torre.)

Vanidad.

¡Que me abraso!

Idolat.

¡Que me hielo!

Vanidad.

Ya á los rayos de otro sol

He desvanecido el vuelo.

Idolat.

Y yo á la luz de otra fe,

Mis sombras desaparezco.

(Cúbrese la apariencia con la estatua, la Vanidad y la Idolatría.)

ESCENA XV.

BALTASAR, EL PENSAMIENTO.

Baltas.

(Despertándose.)

¡Oye, espera, escucha, aguarda!

¡Oh, no me niegues tan presto

Tal vanidad, tal ventura!

(Despierta el Pensamiento.)

Pensam.

¿De qué das voces? ¿Qué es esto?

Baltas.

¡Ay, Pensamiento! No sé;

Pues cuando deidad me miento,

Pues cuando señor me aclamo

Y de mi engaño recuerdo,

Solas tus locuras hallo,

Solas tus locuras veo.

Pensam.

Pues ¿qué es lo que te ha pasado?

Baltas.

Yo ví en el pálido sueño

Donde estaba descansando

Todo el aplauso que tengo.

Subia mi Vanidad

A dar con su frente al cielo;

Bajaba mi Idolatría

Desde su adorado imperio.

Aquella un templo me daba;

Ésta una estatua, y al tiempo

Que ésta y aquélla tenía

Hecha la estatua y el templo

Una voz de bronce, una

Trompeta, que áun ahora tiemblo,

De aquella abrasó las plumas,

Desta deshizo el intento,

Quedando el templo y la estatua

Por despojos de los vientos...

¡Ay de mí! la Vanidad

Es la breve flor de almendro,

La Idolatría la rosa

Del sol; aquella, al primero

Suspiro, se rinde fácil

A las cóleras del cierzo;

Ésta á la ausencia del dia

Desmaya los rizos crespos;

¡Breve sol y breve rosa

De las injurias del tiempo!

ESCENA XVI.

BALTASAR, EL PENSAMIENTO, LA IDOLATRÍA.

Idolat.

No ha de vencer mis glorias

Una voz, ni un engaño mis victorias;

Triunfe la pompa mia,

En esta noche de la luz del dia.—

Baltasar, soberano

Príncipe, rey divino más que humano,

Miéntras que suspendido

Diste al sueño la paz de tu sentido,

Treguas del pensamiento,

Mi amor, á tus aplausos siempre atento,

Velaba en tus grandezas;

Que no saben dormirse las finezas.

Una opulenta cena,

De las delicias y regalos llena

Que la gula ha ignorado,

Te tiene prevenida mi cuidado,

Adonde los sentidos

Todos hallan sus platos prevenidos.

En los aparadores

La plata y oro brillan resplandores,

Y con ricos despojos

Hartan la hidropesía de los ojos.

Perfumes lisonjeros

Son aromas de flores, en braseros

De verdes esmeraldas,

Que Arabia la feliz cria en sus faldas;

Para tí solo plato,

Que el hambre satisface del olfato.

La música acordada,

Ni bien cerca de tí, ni retirada,

En numeroso acento suspendido,

Brinda á la sed con que nació el oido.

Los cándidos manteles,

Bordados de azucenas y claveles,

A dibujos tan bellos,

Que hace nuevo valor la nieve en ellos,

Son al tacto süave

Curiosidad que lisonjearle sabe.

Néctares y ambrosías,

Frias bebidas (basta decir frias),

Destiladas de rosas y azahares,

Te servirán á tiempo entre manjares,

Porque con salva y aparato justo

Alternen con las copas hoy al gusto;

Y porque aquéstas sean

En las que más tus triunfos hoy se vean,

Los vasos que al gran Dios de Israel sagrados

Trujo Nabucodonosor robados

De aquella gran Jerusalen, el dia

Que al Oriente extendió su monarquía,

Manda, señor, traellos;

Hoy á los dioses brindarás con ellos,

Profanando el tesoro

De tu templo los ídolos que adoro.

Postres serán mis brazos,

Fingiendo redes y inventando lazos,

Cifrando tus grandezas,

Tus pompas, tus trofeos, tus riquezas,

Este maná de amor, donde hacen plato

Olfato, ojos y oidos, gusto y tacto.

Baltas.

En viéndote, me olvido

De cuantos pensamientos he tenido,

Y despierto á tu luz hermosa, creo

Más que lo que imagino, lo que veo;

Sólo tu luz podia

Divertir la fatal melancolía

Que mi pecho ocupaba.

Pensam.

¡Eso sí, vive el cielo! que esperaba,

Segun estás de necio,

Que de tal cena habias de hacer desprecio;

Haya fiesta, haya holgura;

Deja el llanto esta noche: mi locura

A borrachez se pasa...

Pero todo se cae dentro de casa.

Baltas.

Los vasos que sirvieron en el templo,

Eterna maravilla sin ejemplo,

A sacerdotes de Israel, esclavo,

Sírvanme á mí tambien.

Pensam.

Tu gusto alabo.

Baltas.

Vayan por ellos.

ESCENA XVII.

BALTASAR, EL PENSAMIENTO, LA IDOLATRÍA, LA VANIDAD.—Música, acompañamiento.

Vanidad.

Excusado ha sido;

Que ya la Vanidad los ha traido.

Idolat.

Sacad las mesas presto

A aqueste cenador.

Pensam.

¿A mí? ¿Qué es esto?

Vanidad.

Pues ¿quién habla contigo?

Pensam.

¿Quien dice cenador no habla conmigo?

Pues si yo he de cenar, señora, es cierto

Que soy el cenador; y ahora advierto

Que por mí se haría

Aquella antigua copla que decia:

¡Para mí se hicieron cenas,

Para mí, que las tengo por buenas!

¡Para mí, para mí,

Que para cenar nací!

(Sacan la mesa con vasos de plata, y van sirviendo platos de comida á su tiempo.)

Baltas.

Sentáos las dos, y luégo por los lados

Sentáos todos mis deudos y criados;

Que cena donde están por tales modos

Vasos del templo, es cena para todos;

Y las gracias que demos, celebrando

Hoy á los dioses, ha de ser cantando.

Música.

Esta mesa es este dia

Altar de la Idolatría,

De la Vanidad altar;

Pues adornan sin ejemplo

Todos los vasos del templo

La cena de Baltasar.

(Pónense á cenar todos.)

ESCENA XVIII.

Dichos.—LA MUERTE, disfrazada.

Muerte.

(Ap.) A la gran cena del Rey

Disfrazado ahora vengo;

Pues en esta cena estó

Escondido y encubierto,

Entre los criados suyos

Que podré encubrirme creo.

Descuidado á Baltasar

De mis memorias le veo,

Cercado de sus mujeres

Y los grandes de su reino.

Los vasos que Salomon

Consagró al Dios verdadero,

Y donde sus sacerdotes

Los sacrificios hicieron,

Sus aparadores cubren...

¡Oh juicio de Dios eterno!

Suelta ya tu mano, suelta

La mia, porque ya el peso

De sus pecados cumplió

Con tan grande sacrilegio.

Baltas.

Dadme de beber.

(Toma el Pensamiento los platos y come.)

Pensam.

(A la Muerte.)¡Hola, aho,

Camarada! ¿no oís aquello?

Llevad de beber al Rey,

Miéntras que yo estoy comiendo.

Muerte.

(Ap. Por criado me han tenido;

Servirle la copa quiero,

Pues no podrá conocerme

Quien está olvidado y ciego.

Este vaso del altar

La vida contiene, es cierto,

Cuando á la vida le sirve

De bebida y de alimento;

Mas la muerte encierra, como

La vida; que es argumento

De la muerte y de la vida,

Y está su licor compuesto

De néctar y de cicuta,

De triaca y de veneno.)—

Aquí está ya la bebida.

(Llega á dar la bebida al Rey.)

Baltas.

Yo de tu mano la acepto.

¡Qué hermoso vaso!

Muerte.

(Ap.)Ay de tí,

Que no sabes lo que hay dentro.

Idolat.

El Rey bebe; levantáos todos.

(Levántanse todos.)

Baltas.

Glorias de mi imperio,

En este vaso del Dios

De Israel brindo á los nuestros.

¡Moloc, dios de los asirios,

Viva! (Bebe despacio.)

Pensam.

La razon haremos;

Sólo hoy me parecen pocos

Treinta mil dioses, y pienso

Hacer la razon á todos.

Idolat.

Cantad miéntras va bebiendo.

Música.

Esta mesa es este dia

Altar de la Idolatría,

De la Vanidad Altar,

Pues le sirven sin ejemplo

El cáliz, vaso del templo,

En que bebe Baltasar...

(Suena un trueno muy grande.)

Baltas.

¡Qué extraño ruido! ¿Qué asombro

Alborota con estruendo,

Tocando al arma las nubes,

La campaña de los vientos?

Idolat.

Como bebiste, será

Salva que te hacen los cielos

Con su horrible artillería.

Vanidad.

De sombra y de horror cubiertos,

Nos esconden las estrellas.

Muerte.

¡Cuánto las sombras deseo,

Como padre de las sombras!

Baltas.

Caliginosos y espesos

Cometas el aire vano

Cruzan, pájaros de fuego;

Bramidos da de dolor

Preñada nube, gimiendo;

Parece que está de parto,

Y es verdad, pues de su seno

Rompió ya un rayo, abrasado

Embrïon que tuvo dentro;

Y siendo su fruto el rayo,

Ha sido el bramido un trueno.

(Da un gran trueno, y con un cohete de pasada sale una mano, que vendrá á dar á donde habrá en un papel escritas estas letras: Mané, Techél, Farés.)

¿No veis? ¡ay de mí! ¿no veis

Que rasgado, que rompiendo

El aire trémulo, sobre

Mi cabeza está pendiendo

De un hilo que en la pared

Toca? ¡y si su forma advierto,

Una mano es, una mano,

Que la nube al monstruo horrendo

Le va partiendo á pedazos!

¿Quién vió, quién, rayo compuesto

De artérias? No sé, no sé

Lo que escribe con el dedo;

Porque en habiendo dejado

Tres breves rasgos impresos,

Otra vez sube la mano

A juntarse con el cuerpo...

Perdido tengo el color,

Erizado está el cabello,

El corazon palpitando

Y desmayado el aliento.

Los caracteres escritos,

Ni los alcanzo ni entiendo,

Porque hoy es Babel de letras

Lo que de lenguas un tiempo.

Vanidad.

Un monte de fuego soy.

Idolat.

Y yo una estatua de hielo.

Pensam.

Yo no soy monte ni estatua,

Mas tengo muy lindo miedo.

Baltas.

Idolatría, tú sabes

De los dioses los secretos.

¿Qué dicen aquellas letras?

Idolat.

Ninguna de ellas acierto,

Ni áun el carácter conozco.

Baltas.

Tú, Vanidad, cuyo ingenio

Ciencias comprendió profundas

En magos y en agoreros,

¿Qué lees? dí. ¿Qué lees?

Vanidad.

Ninguna

Se da á partido á mi ingenio;

Todas, todas las ignoro.

Baltas.

¿Qué alcanzas tú, Pensamiento?

Pensam.

¡A buen sabio lo preguntas!

Yo soy loco, nada entiendo.

Idolat.

Daniel, un hebreo que ha sido

Quien interpretó los sueños

Del árbol y de la estatua,

Lo dirá.

ESCENA XIX.

Dichos.—DANIEL.

Daniel.

Pues oid atentos:

Mané dice que ya Dios

Ha numerado tu reino;

Techél, y que en él cumpliste

El número, y que en el peso

No cabe una culpa más;

Farés, que será tu reino

Asolado y poseido

De los persas y los medos.

Así la mano de Dios

Tu sentencia con el dedo

Escribió, y esta justicia

La remite por derecho

Al brazo seglar; que Dios

La hace de tí, porque has hecho

Profanidad á los vasos,

Con baldon y con desprecio;

Porque ningun mortal use

Mal de los vasos del templo,

Que son á la ley de gracia

Reservado sacramento,

Cuando se borre la escrita

De las láminas del tiempo.

Y si profanar los vasos

Es delito tan inmenso,

Oid, mortales, oid,

Que hay vida y hay muerte en ellos,

Pues quien comulga en pecado

Profana el vaso del templo.

Baltas.

¿Muerte hay en ellos?

Muerte.

Sí, cuando

Yo los sirvo, que soberbio

Hijo del pecado soy,

A cuyo mortal veneno,

Que bebiste, has de morir.

Baltas.

Yo te creo, yo te creo,

A pesar de mis sentidos,

Que torpes y descompuestos,

Por el oido y la vista,

A tu espanto y á tu estruendo,

Me están penetrando el alma,

Me están traspasando el pecho.—

Ampárame, Idolatría,

Deste rigor.

Idolat.

Yo no puedo,

Porque á la voz temerosa

De aquel futuro misterio

Que has profanado en los vasos

Hoy en rasgos y bosquejos,

Todo el valor he perdido,

Postrado todo el aliento.

Baltas.

Socórreme, Vanidad.

Vanidad.

Yo soy humildad del cielo.

Baltas.

Pensamiento...

Pensam.

Tu mayor

Contrario es tu Pensamiento,

Pues no quisiste creerle

Tantos mortales acuerdos.

Baltas.

Daniel.

Daniel.

Soy juicio de Dios;

Está ya dado el decreto,

Está el número cumplido,

Baltasar.

Pensam.

Nulla est redemptio.

Baltas.

¡Todos, todos me dejais

En el peligro postrero!

¿Quién ampararme podrá

Deste horror, deste portento?

Muerte.

Nadie; que no estás seguro

En el abismo, en el centro

De la tierra.

Baltas.

¡Ay, que me abraso!

Muerte.

Muere, ingrato.

(Saca la espada y dale una estocada, y luégo se abraza con él, como que luchan.)

Baltas.

¡Ay que me muero!

¿El veneno no bastaba,

Que bebí?

Muerte.

No; que el veneno

La muerte ha sido del alma,

Y ésta es la muerte del cuerpo.

Baltas.

Con las ánsias de la muerte,

Triste, confuso y deshecho,

A brazo partido lucho,

El cuerpo y alma muriendo.

¡Oid, mortales, oid

El riguroso proverbio

Del Mané, Techél, Farés,

Del juicio de Dios Supremo!

¡Al que vasos profana

Divinos postra severo,

Y el que comulga en pecado

Profana el vaso del templo!

Éntranse luchando los dos, y tras ellos el Pensamiento.

ESCENA XX.

LA IDOLATRÍA, LA VANIDAD, DANIEL.—Luego LA MUERTE.

Idolat.

De los sueños de mi olvido

Como dormida despierto;

Y pues á la Idolatría

Dios no excepta, segun veo,

En la sábana bordada

De tantos brutos diversos

Como Cristo mandará

Que mate y que coma Pedro,

¡Quién viera la clara luz

De la ley de gracia, cielos,

Que ahora es la ley escrita!

(Sale la Muerte, de galan, con espada y daga, y el manto lleno de muertes.)

Muerte.

Bien puedes verla en bosquejo

En la piel de Gedeon,

En el maná del desierto,

En el panal de la boca

Del leon, en el cordero

Legal, en el pan sagrado

De proposicion.

Daniel.

Y si esto

No lo descubre, descubra

En profecía este tiempo

Esta mesa transformada

En pan y vino; estupendo

Milagro de Dios, en quien

Cifró el mayor Sacramento.

(Descúbrese, con música, una mesa con pié de altar, y en medio un cáliz y una hostia, y dos velas á los lados.)

Idolat.

Yo, que fuí la Idolatría,

Que di adoracion á necios

Ídolos falsos, borrando

Hoy el nombre de mí y de ellos,

Seré Latría, adorando

Este inmenso Sacramento.

Y pues su fiesta celebra

Madrid, al humilde ingenio

De Don Pedro Calderon

Suplid los muchos defectos;

Y perdonad nuestras faltas

Y las suyas, advirtiendo

Que nunca alcanzan las obras

Donde llegan los deseos.