PERSONAS.
El Poder.
La Sabiduría.
El Amor.
La Sombra.
La Luz.
El Príncipe de las tinieblas.
El Hombre.
La Tierra.
El Aire.
El Fuego.
El Entendimiento.
El Albedrío.
Músicos.
MEMORIA DE LAS APARIENCIAS.
El primer carro ha de ser un globo, lo más capaz que pueda dar de sí la fachada del carro. Su primer cuerpo ha de estar pintado de boscajes, y entre ellos varios animales, y el globo lineado como mapa de esfera terrestre, y entre sus líneas cuajado de rosas y flores, lo más hermoso que se pueda. Ha de haber delante dos árboles de recortado, en que descanse á su tiempo el medio globo, que se ha de abrir en dos mitades; y de la que quede fija, ha de salir una mujer, caballera en un leon corpóreo.
El segundo carro ha de ser otro globo, igual en sus tamaños al primero, con diferencia de que su pintura ha de ser en su primer cuerpo de nubarrones y estrellas, y en su globo lineado como esfera celeste, con signos é imágenes del zodiaco, y todo con resplandores. Tambien se ha de abrir á su tiempo, descansando la mitad, que cae en dos columnas de recortado, pintadas como pirámides de fuego, y ha de salir de otra mitad, que queda fija, otra mujer, caballera en una salamandra, tambien corpórea.
El tercer carro ha de ser otro globo igual á los dos, con diferencia de que su pintura sea de color de mar, cuajado entre ondas cerúleas, todo de diversos pescados. Su mitad ha de descansar sobre otros dos piés, pintados de ovas, conchas y corales y demas adornos marinos, y salir dél otra mujer, caballera en un delfin corpóreo.
El cuarto carro, en correspondencia de los tres, ha de ser pintado de color de aire, cuajado de diversas aves. Ha de descansar su medio globo en dos bichas, con dos pájaros en su remate; la mujer que ha de salir de él ha de venir sobre un águila corpórea.
En uno destos globos ha de haber en lo bajo del tablado hecha una gruta, que ha de abrirse á su tiempo, y verse en ella un hombre dormido sobre un peñasco; y porque una mejor con su pintura, podrá ser en el globo terrestre.—D. Pedro Calderon de la Barca.
Region fantástica del universo, recien sacada de la nada.—Se ven las esferas del Aire, del Agua, de la Tierra y del Fuego.
ESCENA PRIMERA.
De sus respectivas esferas salen LA TIERRA, cabalgando en un leon, EL FUEGO en una salamandra. EL AGUA, en un delfin, y EL AIRE en un águila. Apéanse, y asiendo á un tiempo de una corona que habrá en el escenario, luchan en rueda, por llevársela.—Dentro las voces de EL PODER, LA SABIDURÍA y EL AMOR.—Música.
Agua.
¡Mia ha de ser la corona!
Aire.
¡El laurel ha de ser mio!
Tierra.
¡No hará miéntras yo no muero!
Fuego.
¡No será miéntras yo vivo!
Agua.
Este lazo de los cuatro,
Nunca hasta aquí dividido,
No ha de romperse si yo
No reino.
Tierra.
Que en el principio
Dios hizo el cielo y tierra
Se dirá; luego debido
Me es el vasallaje, siendo
La que á los tres me anticipo,
Pues será de fe que á mí
A par del cielo me hizo.
Aire.
Tierra, que árida y vacía
Estás, que así ha de decirlo
La misma letra, si soy
El Aire, á cuyos alivios
Has de beber los alientos,
¿Por qué compites conmigo?
Agua.
El espíritu de Dios,
Inspirado de sí mismo
Sobre las aguas fluctúa,
Que son la faz del abismo;
Luego si sobre las aguas
El Espíritu divino
De Dios es llevado, al Agua
Debeis los demas rendiros.
Fuego.
Un globo y masa confusa,
Que poéticos estilos
Llamarán cáos, y nada
Los profetas, compusimos
Los cuatro; pues ¿por qué, siendo
Hija hermosa de mis visos,
La luz la primera criatura
Con que á todos ilumino,
Quereis que el Fuego no sea
De los cuatro el preferido?
(Luchan los cuatro.)
Tierra.
¿Tú el preferido?—Agua, deja
Libres los términos mios...
Agua.
Déjeme el Aire los brazos
de mis mares y mis rios.
Aire.
En dejándome á mí el Fuego
La presa de mis suspiros.
Fuego.
Cuando me deje la Tierra,
Opaco cuerpo que ciño,
Resplandecer y lucir. (Luchando siempre.)
Tierra.
Con Aire y Agua compito.
Aire.
Yo con el Agua y el Fuego,
Que son los dos con quien lidio.
Agua.
Yo con el Aire y la Tierra.
Fuego.
Yo con la Tierra y contigo.
(Dicen dentro á un mismo tiempo iguales Poder, Sabiduría y Amor los versos que repetirá la música, y los cuatro elementos se suspenden.)
Los tres.
Agua, Tierra, Fuego y Aire...
Música.
Agua, Tierra, Fuego y Aire...
Los tres.
Que contrariamente unidos...
Música.
Que contrariamente unidos...
Los tres.
Y unidamente contrarios...
Música.
Y unidamente contrarios...
Los tres.
En lucha estais, dividíos.
Los cuatro elem.
¿Quién nos lo manda?
ESCENA II.
LOS CUATRO ELEMENTOS. Se desasen, partiendo la corona; y salen EL PODER, anciano venerable, y SABIDURÍA y AMOR, de galanes.
Poder.
El Poder,
Que eternamente infinito
Pudo...
Sabid.
La Sabiduría,
Que supo desde el principio
Disponerlo así.
Amor.
El Amor,
Que de los dos procedido,
Tambien lo quiso.
Agua.
¿De suerte,
Que un mismo Poder...
Aire.
Que un mismo
Saber...
Tierra.
Que un mismo querer...
Fuego.
En tres personas distinto...
Agua.
Y en sola una voluntad...
Aire.
Juntarnos y dividirnos...
Los cuatro elem.
Quiso, supo, pudo?
Los tres.
Sí,
Porque pudo, supo y quiso.
Agua.
A esa voz...
Aire.
A ese precepto...
Tierra.
A ese imperio...
Fuego.
A ese dominio...
Agua.
Yo me humillo.
Aire.
Yo obedezco.
Tierra.
Yo me postro.
Fuego.
Yo me rindo.
Los cuat.
Y de la pasada lid
En la pretension desisto.
Poder.
Oid, que no por eso cesa
Vuestro campal desafío,
Que aunque enemigos no os quiero,
Tampoco no os quiero amigos.
A ser vuestras cualidades
Una, ¿no fuera preciso
Con natural simpatía
Uno en otro convertiros,
Y que os mezclárades juntos
Para no durar distintos?
Y ahora, á contrario, á ser várias
Las cualidades, ¿no es visto
Que tambien habia de hacer
La antipatía lo mismo,
Y os desavinierais para
No conservaros contiguos?
Luego convino que haya
Cualidades en que uniros,
Y que haya cualidades
En que oponeros convino;
Pues en una parte opuestos,
Y en otra parte benignos,
Es fuerza que eslabonados,
Cuando vaya á dividiros
El odio, os tenga el amor;
Y que, amigos y enemigos,
Dureis conformes y opuestos
Lo que duraren los siglos.
Sabidur.
Y ya que el Sumo Poder
A los cuatro ha dividido.
Mantenidos en igual
Balanza, igual equilibrio,
Entre la Sabiduría
A dar los puestos y oficios
Que habeis de tener, vea el orbe
Que si la creacion ha sido
Atribucion del Poder,
Lo es de la ciencia el arbitrio;
Divididas, pues, las aguas
De las aguas, su nativo
Curso en el cielo un hermoso
Firmamento cristalino
Forme, para que elevado
El fuego á eminente sitio,
En él temple sus ardores,
Comunicándose tibio
Al aire; el aire ciñendo
En vagaroso circuito
Al agua, que se quedó
Inferior, haga lo mismo,
Templando sus humedades;
Y ella, en undoso recinto
Componga una agregacion
De cristales, cuyos vidrios,
Siempre inquietos, nunca rompan
De sus márgenes los grillos;
Para que desocupados
De la tierra los distritos,
Los hombros descubra, en quien
Descanse el grave, el prolijo
Peso de tanto eminente
Universal edificio.
Amor.
Y ya que la agregacion
De alegóricos sentidos
Da la creacion al Poder,
Y el órden de sus designios
A la Sabiduría; bien
Dará al Amor el cariño
De verlos con nuevos dones
Ufanos y enriquecidos,
Y así, al Fuego adornen sol
Y luna, estrellas y signos,
Presidiendo al dia y la noche,
Uno en rayos y otro en visos.
Al Aire pueblen las aves,
Hermoseando sus vacíos
Los matices de las alas,
Los cánticos de los picos.
Al Agua habiten los peces,
Primeros bajeles vivos,
Que surquen su esfera á tornos,
Que naden su seno á giros.
Troncos, plantas, frutos, flores,
En vistosos laberintos
La tierra cubran, en quien,
Ya familiares, ya esquivos,
Diversos brutos habiten,
Teniendo para su asilo
Los domésticos las selvas,
Los montaraces los riscos.
Y pues del Poder criados,
Y de la Ciencia instruidos,
Y adornados del Amor
Os veis, sed agradecidos
Al Señor, cuyo Poder,
Ciencia y Amor os bendijo;
Bendecidle, pues, vosotros
En dulces cantos é himnos.
Fuego.
Sí haremos, porque en el dia
Del Señor, los regocijos
Tambien son cultos; y supuesto
Que las cuatro esferas fuimos
Organizadas debajo
De compas métrico y ritmo,
Vaya de música y baile,
Diciendo todas conmigo... (Cantando.)
Cuanto en Fuego, Aire, Agua y Tierra...
Música.
Cuanto en Fuego, Agua, Aire y Tierra...
Fuego.
Vuela, sulca, nada y yerra...
Música.
Vuela, sulca, nada y yerra...
Fuego.
Y en sí las obras encierra...
Música.
Y en sí las obras encierra...
Fuego.
De Poder, Ciencia y Amor...
Música.
De Poder, Ciencia y Amor...
Fuego.
¡Bendecid al Señor!
Música.
¡Bendecid al Señor!
Fuego.
Ángeles, criaturas bellas,
Cielo, sol, luna y estrellas,
Con vuestro hermoso esplendor...
Música.
¡Bendecid al Señor!
Aire.
(Canta.) Nubes de blando rocío,
Primavera, invierno, estío,
Niebla, luz, sombra y albor...
Música.
¡Bendecid al Señor!
Tierra.
(Canta.) Montes, valles y collados,
Y cuanto en selvas y prados
Hay desde el cedro á la flor...
Música.
¡Bendecid al Señor!
Agua.
(Canta.) Mares, rios, balsas, fuentes,
Y cuanto en vuestras corrientes
Vive á merced de su amor...
Música.
¡Bendecid al Señor!
Fuego.
Ya, Señor, que el hacimiento
De gracias abrió el camino
Para que, quebrado el hielo
Del temor, pueda contigo
Ó por ser lenguas el Fuego,
Ó por ser el más activo,
Hablar de parte de todos,
Que me escuches te suplico.
El duelo en que nos hallaste
Fué, no tan sólo nacido
De nuestras contrariedades,
Mas tambien de nuestros bríos;
Procurando cada uno
Ser al otro preferido;
Porque siendo, como es,
Este inferior edificio
De la fábrica del orbe
Un conquistado dominio,
Reino aparte de tu imperio
Y colonia de tu impíreo,
Para mantenerse en paz
Y justicia, le es preciso
Tener uno que prefiera
A los demas; pues no ha sido
Posible que se conserve
Neutral un cetro diviso,
Y no teniendo heredero
Tú, que pueda preferirnos,
Uno de los cuatro es fuerza
Que haya, Señor, de regirnos,
Si no es ya que tus favores,
De nuestra razon movidos,
Nos provean de un virey,
Alcaide, juez ó ministro,
A quien en tu nombre demos
La obediencia; que no es digno
Que alumbre el Fuego, la Tierra
Fructifique, el centro frio
Divida climas, el Aire
Aliente, y todos remisos
No sepamos para quién
Tanto aparato previno,
Beneficios que, no usados,
Dejen de ser beneficios.
Los cuat.
Esto es, Señor, lo que humildes
Todos á tus piés pedimos.
Poder.
Gran corte del universo,
Leales vasallos mios,
Desistid de la contienda
Que los cuatro habeis tenido,
Pues por poneros en paz,
Quiero un secreto deciros,
Que hasta ahora de mi mente
Para ninguno ha salido.
Yo, que sin necesidad
De criaturas, de edificios,
De pompas y majestades,
En principio, sin principio,
Para fin, tambien sin fin,
Dentro estaba de mí mismo,
Por ostentarme criador,
Saqué, con sólo decirlo,
Del ejemplar de mi idea
Las obras que ya habeis visto.
Estando, pues, en mi trono,
Cercado de los ministros
Que más hermosos, más puros
Crié para mi servicio,
Les revelé cómo habia,
Por mostrarme más benigno,
Más liberal, más amable,
Para mi esposa elegido,
Y reina suya, á la humana
Naturaleza, cuyo hijo
Heredero por la gracia
Sería del imperio mio.
Uno, pues, de los vasallos,
El más sabio, hermoso y lindo,
De su ciencia y su hermosura
Soberbio y desvanecido,
Por no jurar vasallaje
A inferior ser, atrevido
Se opuso á mis providencias;
Dispuesto á sus precipicios,
Tocó al arma en mis estados,
Y con opuestos caudillos,
Vinieron á la batalla
Las virtudes y los vicios.
Ya alentado el bronce suena,
Ya responde el parche herido,
Ya cruje armado el acero...
Mas ¿para qué lo repito,
Si en arrastrados despojos,
Es con eterno castigo
El clarin de mi victoria
La trompa de su gemido?
Viendo mi primer cuidado
En esta parte perdido,
Pues la criatura mejor
Oponerse al Criador quiso,
Escarmentando (bien puedo
En esta frase decirlo,
Que no es baja voz que á mí
Me escarmienten los delitos),
Quise, acudiendo á mis ciencias,
Consultarme á mí conmigo,
Si en la segunda criatura,
Sujeto hermoso que elijo
Para mi heredero, habia
De sucederme lo mismo;
A cuyo efecto mi eterna
Sabiduría me dijo...
Sabidur.
Yo, que sé todas las ciencias,
De que son fieles testigos
Los astros (pues que no hay
En todo ese azul zafiro,
Encuadernado volúmen
De quien el sol es registro,
Ninguno que por su nombre
No llame, adverso ó propicio);
Yo, para quien el presente
Tiempo solamente es fijo,
Pues si miro hácia el pasado,
Y si hácia el futuro miro,
Es tiempo presente todo,
Futuro ó pasado siglo;
Habiendo con mi presencia
En ese dorado libro
De once hojas de cristal
Previsto al hombre, he previsto
Que si del lóbrego seno
De la tierra, el duro silo
De sus entrañas, el ciego
Vientre de su obscuro limbo
(Donde sin sér, alma y vida,
Discurso, eleccion ni aviso,
En metáfora de cárcel
Hasta ahora le has tenido),
Le sacas á luz, no ménos
Ingrato y desconocido
Te será el hombre que el ángel,
Poniendo en tan gran conflicto
A todo el género humano,
Que, á sombra de su delito,
Sea el ámbito del orbe
Tan heredad del abismo,
Que nazcan de sus raíces
El pasmo, el susto, el peligro;
El adulterio, el rencor,
El hurto y el homicidio.
Pero ¿qué mucho, si habiendo
Una vez introducido
La palidez de la muerte
Sus últimos parasismos,
Será tan universal
El morir? Pues si yo mismo,
En tu nombre, para enmienda
De sus errores, admito
Humano sér; áun yo...
Poder.
Cesa,
Que el Amor se ha enternecido.
Amor.
Sí; pero no sin consuelo,
Que pueda servir de alivio.
Los amenazados riesgos
No son, Poder, tan precisos,
Que hayan de ser, pues no fueran
Coartando al hombre el arbitrio,
Ni mérito las virtudes,
Ni demérito los vicios.
Si todo este suntuoso
Aparato, en quien admiro
En el Fuego lo brillante,
En el Aire lo lucido,
En el mar lo prodigioso,
Como en la Tierra lo rico,
Para el hombre lo criaste,
Y es él el que te ha debido
La tarea de seis dias,
¿No disuena á un Amor pío
Hacerlo para él, y no
Hacerle á él? y si los cinco
Talentos que le has de dar
Han de ser cinco sentidos,
Si tres potencias los tres,
Y si uno razon y juicio,
Deja que el Entendimiento,
Con el racional instinto
Le advierta del bien y el mal,
Dándole un libre Albedrío
Con que use del mal ó el bien,
Que ya una vez concebido
En tu soberana idea,
No ser el que en ella ha sido,
Dejando de ser, sin ser,
En darle por merecido
El castigo ántes del yerro;
Pues no puede haber castigo,
Como no ser el que fuera.
Y así, como Amor te pido,
Nazca el hombre y sepa el hombre
Que aqueste imperio y tu empíreo
Por sí mismo ha de ganarle,
O perderte por sí mismo.
Poder.
Aquello (vuelvo al discurso)
La Sabiduría me dijo,
Y esto me dijo el Amor,
Cuando me tenía indeciso
Si en la segunda criatura
Me sucediera lo mismo
Que en la primera; con que
De la ciencia prevenido,
Y movido del Amor,
Que aunque en los tres no distingo
Mayor ni menor esmero,
Ni postrero, siempre inclino
Más el Poder al Amor,
A sacar me determino
De la prision del no sér,
A sér este oculto hijo,
Que ya de mi mente ideado
Y de la tierra nacido,
Ha de ser príncipe vuestro.
Y así, sin que haya sabido
Quién es, por dejar abierto
A la experiencia un resquicio,
Hoy del damasceno campo,
A un hermoso alcázar rico,
Que á oposicion de azul cielo,
Será verde paraíso,
Le trasladaré, y en él,
Despues que con mis auxilios
Le haya su luz ilustrado,
Le daré el raro prodigio
De la Gracia por esposa.
Si procediere benigno,
Atento, prudente y cuerdo,
Obedecedlo y servidlo,
Durando en su vasallaje;
Mas si procediere altivo,
Soberbio é inobediente,
No le conozcais dominio,
Arrojadle de vosotros;
Pues, como el Amor ha dicho,
Puesta su suerte en sus manos,
El logro ó el desperdicio,
O por sí le habia ganado,
O por sí le habia perdido.
¿Juraislo así?
Los cuatro elem.
Sí juramos.
Tierra.
Y yo, en fe de que lo admito,
De los limos de la tierra
Con este polvo te sirvo,
Para su formacion.
Agua.
Yo,
Para amasar ese limo,
Te daré el cristal.
Aire.
Yo luégo,
Porque cobre el quebradizo
Barro, en su materia, forma,
Te daré el vital suspiro,
Que hiriendo en su faz le anime.
Fuego.
Y yo, aquel fuego nativo,
Que con natural calor
Siempre le conserve vivo.
Poder.
Venid, pues, y al hombre hagamos.
(Los elementos entre sí.)
Agua.
¿Hagamos, en plural dijo?
Aire.
Sí.
Agua.
Pues ¿cómo, si con solo
Hágase, todo se hizo,
Hágase no dijo al hombre?
Fuego.
Ese es evidente indicio,
Que puso en él más cuidado
Que en todo.
Poder.
¿Qué aguardais? Idos
A esperarle y recibirle
En el alcázar que os digo,
Donde, guiado de la gracia,
Sean aplausos festivos
Su primer salva.
Fuego.
Primero
Iremos, Señor, contigo,
Hasta el damasceno campo,
Volviendo á decir el himno...
Música.
Cuanto en Fuego, Aire, Agua y Tierra.
(La Sombra sale por una parte, y por otra se van; y la Sombra repite lo que cantan.)
Sombra.
Cuanto en Fuego, Aire, Agua y Tierra.
Música.
Vuela, brilla, sulca y yerra...
Sombra.
Vuela, brilla, sulca y yerra...
Música.
Y en sí las sombras encierra...
Sombra.
Y en sí las sombras encierra...
Música.
De Poder, Ciencia y Amor,
¡Bendecid al Señor! (Vanse.)
Sombra.
De Poder, Ciencia y Amor,
¡Bendecid al Señor!
ESCENA III.
LA SOMBRA.
Sombra.
¿Cuándo el acento fué rayo veloz,
Trueno el eco, relámpago la voz,
Flecha el aire, dogal
El suspiro, el anhélito puñal,
Sino hoy, que contra mí
Las cláusulas del cántico que oí,
El relámpago, el rayo, el trueno son
Dogal, flecha y puñal del corazon?
¡Oh qué mal ejemplar
Al áspid mi quebranto ha de dejar;
Pues siendo el áspid yo
Que de la luz huyendo, se escondió,
Resulta ser en él
La música el conjuro más cruel!
Pero miente el dolor,
Que si él se da á partido, no el furor,
La ira, la rabia, el pasmo, el frenesí,
Que ha introducido en mí
Que del no sér pasando el hombre al sér,
Esposo de la luz haya de ser,
Siendo la sombra en tálamo feliz,
A su opuesta, jurada emperatriz
Del universo; pero no haré tal;
¡Oh, máteme el dolor ántes que el mal!
¡Ni del profundo horror,
Cuna del susto y tumba del pavor,
En quien es el vivir,
Morir eterno para no morir!
¡Patria horrible y crüel
Del odio infame, del rencor infiel,
Escuela del penar,
Mansion del llanto, casa del pesar;
Reino de confusion,
Babel del siglo, lóbrega mansion
Del espanto, el asombro y la crueldad!
¡Ah del centro, de cuya obscuridad
La Sombra arrastra el lóbrego capuz!
¡Ah del negado auxilio de la luz,
Línea del mal, antípoda del bien,
Ciudad sin Dios! ¡Ah del abismo!
ESCENA IV.
LA SOMBRA.—Sale EL PRÍNCIPE DE LAS TINIEBLAS.
Príncipe.
¿Quién pudo á su invocacion
Obligarme, rompiendo la prision
De infaustos calabozos, á salir
A perturbar de tanto azul zafir
El puro rosicler,
Pues demudaron, al llegarme á ver,
Desde el mayor hasta el menor farol,
Su faz la luna, y su semblante el sol?
¿Quién, pues, quién me llamó?
Sombra.
¿Quién pudiera, lucero, sino yo,
Que sombra soy, valerme de quien es
Príncipe de tinieblas?
Príncipe.
Díme, pues,
¿Qué es tu intento?
Sombra.
Yo fuí
Pálida tez del cáos...
Príncipe.
Ya lo ví
Cuando en pálida tez
Apagó mi esplendor tu lobreguez.
Sombra.
Nació la luz, con que,
Arrugándome el manto...
Príncipe.
Ya lo sé,
Huyendo de ella, con cobarde ardid
Rodeaste el orbe.
Sombra.
Rota, pues, la lid
Entre los dos, el cuarto dia llegó.
Príncipe.
En que el sol de la luz se apoderó.
Sombra.
Viéndose, pues, con ella iluminar...
Príncipe.
Los ámbitos del Aire, Tierra y Mar...
Sombra.
Se tomó para sí...
Príncipe.
El dia, y te dejó la noche á tí.
Sombra.
No solamente esa disparidad...
Príncipe.
Os tiene en interior enemistad...
Sombra.
Pero causa mayor
Nos tiene en otra enemistad peor.
Príncipe.
Esa es la que no sé.
Sombra.
No me atajes, que yo te la diré.
En la magia que aprendí
En el monte de la luna,
Templo de la noche, una
Proposicion anteví,
En que autoridades sumas
(Que ahora no importa alegar,
Pues su fama ha de volar
Con las alas de sus plumas),
Símbolo á la luz harán
De Gracia, de Culpa á mí.
Mira si con causa aquí
Místicos sentidos dan
A mis rencores disculpa;
Pues la luz, por mi desgracia,
Será imágen de la Gracia,
Y la Sombra de la Culpa.
Este principio asentado
A que Luz y Sombra son
Culpa y Gracia, mi pasion
Pase á segundo cuidado.
Este rey, cuyo Poder,
Cuya Ciencia y cuyo Amor
Le han ostentado señor
De cuanto se llega á ver,
Tiene un hijo. No te asombre,
Que hasta hoy oculto le encierra
En el vientre de la Tierra,
Primera madre del Hombre;
Asómbrete que de todo
Príncipe quiere que sea,
A cuyo efecto su idea
Le está sacando del lodo
En que yace, para hacer
Que, de todo el mundo dueño,
Sea otro mundo pequeño,
Última obra del Poder,
Última obra de la Ciencia,
En alma y vida que cobra,
Del Amor última obra
En la divina asistencia;
Que... mas decirlo no es bien
A quien puede verlo; llega,
Pues á los dos no se niega
Ver lo que espíritus ven.
Mira el seno en que le tuvo,
Despues de haberle formado
En su mente encarcelado.
Mira, despues que le hubo
Dado la materia el limo,
Cómo, informe el embrion,
Quedó sin vital accion.
Mira...
Príncipe.
Pasmo, lloro y gimo
Al verlo.
Sombra.
Cuán liberal,
Despues que la estatua obró,
Y en un suspiro la dió
Vida y alma racional,
Como, en su gracia criado
En original justicia,
Le da contra mi malicia
Luz la luz; con que guiado
Lo traslada á un paraíso,
Adonde cobre, despues
Que haya sabido quién es,
Sobrenatural aviso
De ciencias del mal y el bien.
Príncipe.
¡Oh humana naturaleza!
¡Con qué horror, con qué tristeza
Mis pasadas ruinas ven
Tus dichas ya; y más despues
Que sé que es, por mi desgracia,
La hermosa Luz de la gracia
La primer cosa que ves!
País peñascoso.—Una gruta.
ESCENA V.
EL PRÍNCIPE DE LAS TINIEBLAS y LA SOMBRA, á un lado.—EL HOMBRE, en la gruta, vestido de pieles, y LA LUZ DE LA GRACIA, con un hacha en la mano.
Gracia.
Hombre, imágen de tu Autor,
De esa enorme cárcel dura
Rompe la prision obscura.
A la voz de tu Criador.
Hombre.
¿Qué acento, qué resplandor
Ví, si es esto ver; oí,
Si es oir esto? que, hasta aquí,
Del no sér pasando al sér,
No sé más que no saber
Qué soy, qué seré, ó qué fuí.
Gracia.
Sigue esta luz, y sabrás
De ella lo que fuiste y eres;
Mas de ella saber no esperes
Lo que adelante serás;
Que eso tú solo podrás
Hacer que sea malo ó bueno.
Hombre.
(Sale de la gruta.) De mil confusiones lleno
Te sigo. ¡Oh qué torpe el paso
Primero doy!
Luz.
No es acaso
Que de libertad ajeno
Nazca el hombre.
Hombre.
Pues ¿por qué,
Si ese hermoso luminar
(Que á un tiempo ver y cegar
Hace) otra criatura fué,
Apénas nacer se ve,
Cuando con la majestad
De su hermosa claridad
Azules campos corrió,
Teniendo más alma yo,
Tengo ménos libertad?
¿Por qué, si es que es ave aquella
Que, ramillete de pluma,
Va con ligereza suma
Por esa campaña bella,
Nace apénas, cuando en ella
Con libre velocidad
Discurre la variedad
Del espacio en que nació,
Teniendo más vida yo,
Tengo ménos libertad?
¿Por qué, si es bruto el que á bellas
Manchas salpicó la piel
(Gracias al docto pincel
Que áun puso primor en ellas),
Apénas nace y las huellas
Estampa, cuando á piedad
De bruta capacidad,
Uno y otro laberinto
Corre, yo, con más instinto,
Tengo ménos libertad?
¿Por qué, si es pez el que en frio
Seno nace y vive en él,
Siendo argentado bajel,
Siendo escamado navío,
Con alas que le dan brío
Surca la vaga humedad
De tan grande inmensidad
Como todo un elemento,
Teniendo yo más aliento,
Tengo ménos libertad?
¿Qué mucho, pues, si se ve
Torpe el hombre en su creacion,
Que tropiece la razon
Donde ha tropezado el pié?
Y pues hasta hora no sé
Quién soy, quién seré, quién fuí,
Ni más de que ví y oí,
Vuelva á sepultarme dentro
Ese risco, en cuyo centro
Se duela mi autor de mí.
Luz.
Sí hará, y aunque te han dejado,
A manera de dormido,
Tus sentidos sin sentido,
De mirarte á tí admirado,
De esa suerte transformado
Irás tras mi luz al real
Palacio, donde leal
Aplausos todos te den.
Música.
(Dentro.) ¡Ven, Hombre, ven!
Luz.
Y pues en ventura igual
La Gracia te lleva á que sepas del bien,
No apagues su luz, y sepas del mal.
Música.
Y pues en ventura igual, etc.
ESCENA VI.
EL PRÍNCIPE DE LAS TINIEBLAS, LA SOMBRA.
Sombra.
¿Qué dirás, si el juicio aplicas
A una obra tan superior?
Príncipe.
¿Quién es el Hombre, Señor,
Que tanto le magnificas?
Pues aunque en barro le diste
Primer materia, si toco
Lo inmortal del alma, poco
Ménos que el ángel le hiciste.
Y áun en más le sublimaste,
Pues siguiendo el esplendor
De la Gracia, de tu honor
Y gloria le coronaste,
Vistiendo su desnudez
Rico aparente vestido,
Que en el místico sentido
Significará tal vez
La cándida estola hermosa,
Que, de virtudes tesoro,
Será en el ropaje de oro
Que dé el esposo á la esposa.
¡Y esto en trono soberano,
Donde tan liberal obras,
Que sobre todas las obras
De tu poderosa mano
Rey le constituyes; pues
En su terrenal esfera,
Desde el ave hasta la fiera
Todo se rinde á sus piés!
Música.
(Dentro.) ¡Venid, corred, volad, Elementos,
A dar la obediencia al Príncipe vuestro!
Príncipe.
¡Y tan de balde, ay de mí,
Como que no esté sujeto
A más que á un leve preceto!
Sombra.
¿Precepto dijiste?
Príncipe.
Sí.
Sombra.
Pues contra todo ese sér,
Majestad, pompa y honor
Vuelva á vivir mi dolor,
Si hay precepto que romper;
No en sofistería aparente
Lo fundo.
Príncipe.
Dímelo, pues.
Sombra.
¿La Sombra imágen no es
De la Culpa?
Príncipe.
Es evidente.
Sombra.
La Culpa, si introducida
Se ve, ¡que será, no advierte,
Otra imágen de la muerte!
Príncipe.
Es cierto.
Sombra.
Miéntras la vida
Durare, tambien el sueño
¿De la muerte no será
Otra imágen?
Príncipe.
Claro está.
Sombra.
Luego posible es mi empeño,
Si al hombre en su paz le asombra,
Sueño que de muerte es
Imágen, muerte despues
Que es culpa, y culpa que es sombra;
Confeccionemos, pues, lleno
De opio, beleño y cicuta,
En flor, en planta ó en fruta,
Tal hechizo ó tal veneno,
Que, de sentidos ajeno,
Rompa el precepto, y postrado,
Deshecho y aniquilado,
Duerma letargo tan fiero,
Que inhábil para heredero
Despierte del real estado.
Príncipe.
El veneno ó el hechizo
Fácil á los dos será
De confeccionar; mas ya
Que suponga que se hizo,
¿Cómo ha de lograr su fin?
Sombra.
Si á mí áspid me han de llamar,
Y á tí basilisco, ¿entrar
Quién nos quitará al jardin?
Ven, y el disfraz pensaremos
Que entre sus troncos y flores
Oculte nuestros rencores,
Por más que ahora escuchemos...
Ellos y Música.
Venid, corred, volad, Elementos,
A dar la obediencia al Príncipe vuestro.
(Vanse.)
Jardin.
ESCENA VII.
Salen LOS ELEMENTOS cantando, y sacando en las manos ricos vestidos para EL HOMBRE.—EL ENTENDIMIENTO, EL ALBEDRÍO, LA LUZ, con el hacha, y EL HOMBRE detras, y miéntras cantan le van vistiendo como dicen los versos.
Música.
Venid, corred, volad, Elementos,
A dar la obediencia al Príncipe vuestro.
Tierra.
Flores, sus sendas cubrid;
¡Venid, venid!
Agua.
Fuentes, sus espejos sed;
¡Corred, corred!
Aire.
Auras, su calor templad;
¡Volad, volad!
Fuego.
Rayos, su pompa asistid;
¡Lucid, lucid!
Música y los cuat.
Y en fin, jurándole rey
De alcázar, monte y jardin,
¡Venid, corred, volad, lucid!
Luz.
Ya que en vuestro poder queda,
Donde ántes de confirmarme,
O por sí pueda ganarme,
O por sí perderme pueda,
Servidle hasta ver si atento,
Para rey y esposo mio,
Usa bien de su Albedrío,
O mal de su Entendimiento. (Vase.)
ESCENA VIII.
EL HOMBRE, LOS ELEMENTOS, EL ALBEDRÍO, LA LUZ, EL ENTENDIMIENTO.
Los cuat. elem.
(Cantan.)
Por tí, á su obediencia
Todos le ofrecemos...
Tierra.
La Tierra sus flores.
Agua.
El Agua su espejo.
Aire.
Sus auras el Aire.
Fuego.
Sus luces el Fuego.
Música.
Sirviéndole á un tiempo
Luces, auras, espejos y flores,
El Agua, la Tierra, el Aire y el Fuego.
Hombre.
¡Cielos! ¿qué es eso que veo?
¿Qué es esto, cielos, que miro,
Que si lo dudo me admiro,
Y me admiro si lo creo?
¿Yo de galas adornado,
De músicas aplaudido,
De sentidos guarnecido,
De potencias ilustrado?
¿En este instante no era
Del centro la masa dura
Mi triste prision obscura?
Pues ¿quién me trajo á una esfera
Tan rica, tan suntuosa
Y tan florida, que en ella
La más reluciente estrella
Aun no se atreve á ser rosa?
Otra vez vuelva á dudar,
Y otras mil, quién soy, quién fuí
Ó quién seré.
Entend.
De eso á mí
Me ha tocado el informar:
Polvo fuiste, polvo eres,
Y polvo despues serás.
Albed.
(Al hombre.) Ya que en su servicio estás,
¿Para qué afligirte quieres,
Sin ver cuánto escandaliza
Que pase tu mal humor
El que es Juéves del Señor
A Miércoles de Ceniza?
Si fuiste polvo, ya eres
La más perfecta criatura
Que vió del sol la luz pura;
Y pues á todas prefieres,
No sólo en lo humano, no
Sólo en lo racional, pero
En ser príncipe heredero
Del Rey, que hoy te declaró,
Goza la felicidad,
Sin que te entristezca nada.
Hombre.
Más tu despejo me agrada,
Que aquella severidad.
Saber de los dos intento
Quién sois en servicio mio.
Albed.
Yo soy tu libre Albedrío.
Hombre.
Y tú ¿quién?
Entend.
Tu Entendimiento.
Hombre.
¿Cómo el primer dia tan cano
Estás?
Entend.
Éste es claro indicio
De que las canas del juicio
Amanecen más temprano
Que las del poco saber.
Albed.
Si por mí lo dices, yo
Sé lo que me basta.
Hombre.
No
Más; y pues que mi sér
Sé ya que á todos prefiere,
¿Quién me mete en discurrir?
Dejarme quiero servir,
Y venga lo que viniere.
Cantad.
Entend.
Sea la cancion
Algun verso que le acuerde
Lo que gana ó lo que pierde
En seguir más mi opinion
Que no la del Albedrío.
Hombre.
Tú, miéntras me halaga el canto,
Vuelve á encarecerme cuánto
Es superior el sér mio.
(Vanle vistiendo miéntras cantan.)
ESCENA IX.
Dichos.—Salen LA SOMBRA y EL PRÍNCIPE DE LAS TINIEBLAS, de villanos.
Música.
Sobre áspid y basilisco
Seguro pisará el Hombre,
Si de basilisco y áspid
Los peligros reconoce.
Y atento al precepto,
Mira que se esconden
Infestando flores y frutos,
El uno en los frutos, y el otro en las flores.
Príncipe.
(Aparte.) A mala ocasion venimos,
Pues le avisa en esas voces
Sagaz el Entendimiento
Que si el precepto no rompe...
Él y mús.
Sobre áspid y basilisco
Seguro pisará el hombre.
Sombra.
(Aparte.) Ya que aquí de jardineros
El disfraz nos desconoce,
No nos demos por vencidos
Del Entendimiento noble...
Él y mús.
Sí de basilisco y áspid
Los peligros reconoce.
Sombra.
Pues, villano el Albedrío,
Será posible le informe
Al contrario; y así, ocultos,
Hasta tener ocasiones
De introducir el veneno,
Prosigan nuestros rencores...
Él y mús.
Infestando las flores y frutos,
El uno en los frutos, y el otro en las flores.
Hombre.
En fin, ¿que heredero soy
De este imperio?
Albed.
¿Quién lo duda?
Entend.
Quien sepa que no lo eres
Hasta lograr la ventura
De que, confirmado en Gracia,
Ella sea esposa tuya.
Bien esa letra lo ha dicho,
Pues ha dicho que se ocultan
Basilisco y áspid donde
Puede ser que alguna fruta
Avenenada...
Hombre.
Suspende
La voz. (Ap. ¡Cuánto me disgusta
Su anciano temor!) Y dime (A Albedrío.)
Tú, porque su enfado suplas,
¿Cómo, si príncipe soy,
Un sepulcro fué mi cuna?
Albed.
Si el Albedrío en las penas
No es posible que concurra,
No le toca al Albedrío
Responder á esta pregunta.
Entend.
Al Entendimiento sí,
Que á él le es dado que discurra.
Los justos juicios del Rey,
Tu padre, por causas justas,
Hasta hoy no te declararon;
Y ser las entrañas duras
De la Tierra tu prision,
Fué porque en alta fortuna
Tengas entendido...
Hombre.
¿Qué?
Entend.
Que si á la ley no te ajustas,
Quedó en la cuna labrada
La materia de la tumba.
Hombre.
Ya temia yo que habia
De ser tu respuesta angustia.
No me hables más, que me afliges.—
Y díme tú, que me adulas,
¿Sobre príncipe heredero,
Es verdad que la criatura
Más perfecta soy del orbe?
Albed.
Tú mismo al verte lo juzga.—
Agua, el espejo.
(Va á llegar la Sombra, y al ver el espejo se retira.)
Príncipe.
(Ap. á Sombra.) En él puedes,
Pues basilisco me anuncian
Que es veneno de la vista,
Poner la mortal cicuta.
Sombra.
(Al Príncipe.) Si haré, mas ¡ay infelice!
Príncipe.
(A la Sombra.) ¿De qué te asombras y turbas?
Sombra.
(Al Príncipe.) De haber visto en el cristal
Un rasgo, viso ó figura
De un espejo no manchado,
Cuya siempre intacta luna
No ha de empeñar el aliento
De la Sombra de la Culpa.
(Llega el Agua, y se mira el Hombre al espejo.)
Agua.
En este cuajado vidrio
Del agua que el valle inunda,
Puedes verte al natural
Retratado.
Hombre.
¡Oh sábia, oh suma
Omnipotencia! ¿Yo soy
Aquel que allí se dibuja,
Como aquellos, que hasta aquí
No llegué á mirarlos nunca,
Son los ojos que lo ven,
Los labios que lo pronuncian,
Y así las demas facciones?...
Otra vez repite, y muchas,
Que es verdad que soy la obra
Que la potencia absoluta
Guardó para la postrera.
¡Qué fábrica tan augusta!
Si fuera primera, no
Llegara á tener segunda.
Dices bien: la más perfecta
Criatura soy.
Entend.
Es sin duda,
Supuesto que el Hacedor
Te hizo á semejanza suya;
Pero si de él recibiste
La perfeccion que te ilustra,
¿De qué te glorias, supuesto
Que la gozas sin ser tuya?
Hombre.
Sí es, supuesto que la gozo:
Y no tu vejez caduca
Siempre á mis gustos opuesta
Esté, ó podrá ser que alguna
Vez me halles...
Albed.
Fuego, la espada.
Príncipe.
(Ap. á Sombra.) Pon el veneno en su punta,
Pues áspid de acero es
Cualquiera espada desnuda.
(Va á llegar la Sombra, y se retira al ver la espada.)
Sombra.
(Al Príncipe.) Sí haré. Mas no, no haré tal.
Príncipe.
(A Sombra.) ¿Otra vez al ir te asustas?
Sombra.
(Al Príncipe.) Sí, que está en su guarnicion
Un adorno que la cruza,
De quien es fuerza que yo
Atemorizada huya.
(Llega el Fuego, y cíñele la espada.)
Fuego.
Ésta, señor, es la espada
De aquellos dos córtes, cuya
Cuchilla templada al fuego
Está del alma, tan pura,
Que no hay hierro que no ablande,
No deshaga, no consuma
Y purifique.
Entend.
Sí; pero
Advierte que, si la empuñas,
Se significan en ella
Las cuatro virtudes juntas:
La hoja es la Justicia; el pomo
La Fortaleza, y se aunan
En ser la Templanza el puño,
Y la vaina la Cordura.
Si usas mal de ella, con ella
Te herirás; mas si bien usas,
Vencerás tus enemigos.
Hombre.
¿Qué enemigos? ¿Habrá alguna
Criatura que contra mí,
Ni imagine, ni presuma
Oponerse?
Albed.
Aire, el sombrero.
Príncipe.
(A Sombra.) Puesto que en el Aire triunfas
Del ave, cuando tus sombras
Sus resplandores sepultan,
Y son del aire las aves,
Pon el hechizo en sus plumas.
(Va á llegar, y tambien se retira.)
Sombra.
(Al Príncipe.) Sí haré. Mas tampoco puedo.
Príncipe.
(A Sombra.) ¿Tercera vez te atribulas?
Sombra.
(Al Príncipe.) Sí, que entre las demas aves,
Volar miro al cielo una
Tan remontada, que, llena
De gracia, hasta el sol se encumbra,
Donde no puede alcanzarla
Todo el vuelo de la Culpa.
Aire.
Las plumas que de tu fama
Serán alas con que subas
Al más eminente solio,
El dia que en reales nupcias,
Siendo esposo de la Gracia,
Te corone su hermosura,
Son éstas.
Albed.
¡Qué bien te está
De sus tremoladas plumas
El rizado airon!
Entend.
Alhajas
De Aire adornan, mas no ilustran:
Dígalo el pavon, y toma
Ejemplo en la pompa suya,
No sea su deshecha rueda
La rueda de tu fortuna.
Hombre.
Este sabio Entendimiento
Mucho mi paciencia apura.
Albed.
Pues para que te diviertas,
Sin que su vejez te pudra,
Tierra, llega, llega, y goce
En tus flores la blandura
De sus aromas.
Príncipe.
(A Sombra.)Y en flores,
Que son edades caducas,
¿Pondrás el veneno?
Sombra.
(Al Príncipe.)Sí...
Pero tambien me perturba
Una cándida azucena,
Junto á una rosa purpúrea,
De cuyo vírgen albor
Quiere el cielo se produzca
Un enamorado lirio,
Que en lo cárdeno me ofusca,
Sombra de mi misma sombra.
Príncipe.
(A Sombra.) Si hasta las flores te angustian,
De este prodigioso árbol,
Que á su sombra nos oculta,
Toma esta manzana; en ella
Nuestras iras ejecuta,
Y ya que en la flor no puedas,
Pon el veneno en la fruta.
Sombra.
(Al Príncipe.) Muestra; que nunca más áspid,
Si es que me vale la industria...
Tierra.
En estas flores la Tierra,
Para tu halago tributa
Sus matices, y...
Sombra.
Eso á mí
Toca; que tú, Tierra inculta,
Silvestres flores le dieras,
A no ser mi agricultura
La que diera á sus primores
Arreboles que las pulan.
Y pues te toca el que nazcan,
Y á mí me toca el que luzcan,
Más mias son.
Tierra.
¿Cuándo la Tierra
Rendir sus frutos rehusa?
Hombre.
¿Quién eres, bella zagala,
Que sobre la Tierra triunfas,
Tan dueño de sus caudales,
Que para tí los usurpas,
Sin que ella te los defienda:
Y nueva aurora segunda,
Das á entender que amaneces
En bella oposicion suya,
Compitiendo con las selvas
Donde las flores madrugan?
Sombra.
Soy, no tan sólo en la Tierra
Agricultora, que estudia
Esmerar sus obras; pero
Tan sábia, que en ella apura,
Y en los demas elementos,
Las cualidades ocultas.
Caracteres para mí
En valles, montes y grutas,
Son sus plantas las estrellas,
En su campaña cerúlea,
Mis oráculos de fuego
Son, del Agua las espumas
Mis libros: y porque lea
Lo que sus vuelos anuncian,
Siendo para mí del año
Cualquiera estacion fecunda,
Los pájaros en el viento
Forman abriles de plumas.
Hombre.
¡Qué raro bello prodigio!—
Albedrío; ¿viste nunca
Hermosura más discreta?
Albed.
Yo no entiendo de hermosuras,
Mas para que á mí me agrade
Basta ver que á tí te gusta.
Entend.
Y para que á mí me ofenda,
Ver que tú no lo repugnas.
Advierte, Señor, que anda
Con humano rostro una
Serpiente en estos jardines,
Tan incautamente astuta,
Que Agua, Fuego, Tierra y Aire,
Siendo negra noche obscura,
De su belleza engañados,
Por aurora la saludan.
Teme, pues, que puede ser,
Si la miras, si la escuchas,
Tu culpa escucharla y verla.
Hombre.
¿Qué importará, si en disculpa
De esa culpa, mis sentidos,
Por más que tú los acusas,
En viendo sus bellos ojos,
Quedan vanos de su culpa?
Sombra.
Pues porque tu entendimiento
No cauteloso me arguya
Y la verdad de mis magias
A experiencia se reduzca,
Toma esta dorada poma;
Si una vez su sabor gustas,
Verás que no solamente
En tí mis ciencias infunda,
Pero que inmortal te haga,
Para que no puedas nunca,
Igualándote al poder
Del Rey, perder de esta augusta
Majestad la accion, que hoy
No puedes decir que es tuya.
Del tiempo, que allá en la Tierra
Te ocultó, venga la injuria:
Come, y como el Rey, serás
Eterno edades futuras.
Hombre.
Mucho me ofreces, y mucho
De la poma la dulzura
Brindando está al apetito.
Albed.
Pues ¿qué esperas? pues ¿qué dudas?
Llega, y come de ella.
Entend.
No,
Albedrío, á eso le induzcas;—
Ni tú á tocarle te atrevas. (De rodillas.)
Hombre.
No entre los dos te introduzcas
A embarazarlo tú.
Entend.
Mira
Que quizá en el Aire fundas
Altas torres, y que suelen
Ser soñadas las venturas;
Y podrá ser, si despiertas,
Que entre fantasmas confusas
Todo esto vuelva á la nada.
Hombre.
Ya ése es tema de locura
Más que lealtad: quita, quita,
Villano.
Entend.
Atiende, que usas
Muy mal de tu Entendimiento,
Si atropellado le injurias.
Hombre.
Peor usas tú de tu dueño,
Pues atrevido le luchas,
Sin ver que desde ese muro
Puedo arrojarte á esas duras
Peñas.
Entend.
No podrás, sin que
A tí mismo te destruyas.
Hombre.
¿Cómo que no podré? Pero
Las fuerzas lo dificultan,
No el valor.—Llega, Albedrío;
Tú á despeñarle me ayuda.
Albed.
Sí haré, pues sin mí no puedes.
Agua.
Mira...
Tierra.
Advierte...
Fuego.
Atiende...
Aire.
Escucha...
Hombre.
¡Nadie á mi furia se oponga,
Ó teman todos mi furia!
(Arrójanle entre los dos al vestuario, como precipitado.)
Entend.
(Dentro.) ¡Ay de tí, más que de mí!
Príncipe.
(Ap.) Bien se ha logrado la industria.
Elementos.
¿Qué has hecho, Hombre?
Hombre.
Despeñar
A mi Entendimiento, y una
Vez despeñado, sin él
Comer la vedada fruta.
Muestra. Mas ¿qué es esto? ¡Cielo! (Come.)
(Terremoto.)
Fuego.
Es que mis rayos se anublan.
Tierra.
Que se estremecen mis montes.
Agua.
Que mis cristales se enturbian.
Aire.
Que mis vientos se embravecen.
ESCENA X.
Dichos.—Sale LA LUZ con una hacha encendida.
Luz.
Pues todo el orbe caduca,
Grande daño hay. Elementos,
¿Qué es esto?
Sombra.
¿A quién lo preguntas,
Si mejor de tí podrás
Saberlo, viendo la pura (Apágale el hacha.)
Luz de la Gracia apagada
De la Sombra de la Culpa?
(Vase con el Príncipe.)
ESCENA XI.
EL HOMBRE, EL ALBEDRÍO, LA LUZ, LOS CUATRO ELEMENTOS.
Hombre.
¡Ay de mí infeliz, que todo
El orbe he dejado á escuras!
Luz.
¡Ay dél, pues será tu error
Miserable herencia suya!
Hombre.
Albedrío, ¿dónde (¡ay triste!)
Estás?
Albed.
En vano me buscas,
Que nadie con Albedrío
Padece: él á las holguras
Induce, mas no á las penas. (Vase.)
ESCENA XII.
Dichos, menos EL ALBEDRÍO.
Hombre.
¿Tierra?...
Tierra.
¿Qué es lo que procuras
De mí, si ya son sangrientas
Espinas mis rosas rubias?
Hombre.
¿Agua?...
Agua.
No esperes de mí,
Sino procelosas lluvias,
Que tal vez el mundo aneguen.
Hombre.
¿Fuego, Aire?...
Aire.
En mí no presumas
Más que ráfagas que talen.
Fuego.
Y en mí rayos que destruyan.
Hombre.
Todos ¡ay de mí! sus iras
Sin Albedrío ejecutan;
Mas no sin Entendimiento,
Que áun despeñado me acusa.
¿Qué frenesí, qué letargo,
Qué ira, qué rabia, qué furia,
Se va de mí apoderando?
El áspid era sin duda
El que, con humano rostro,
Bien que inhumana hermosura,
Me dió la hechizada poma;
Pues helado el pecho, muda
La voz, balbuciente el labio,
Turbada la vista, ruda
La razon, ciego el discurso,
Torpe el sentido, confusa
La vida, y suspensa el alma,
Me han dejado la escultura
Del barro no más; pues sólo,
Bronca informe estatua bruta,
Tengo ojos, y no ven;
Tengo oidos, y no escuchan;
Tengo manos, y no tocan;
Tengo labios, y no gustan;
Tengo piés, y no se mueven;
Tengo voz, y no pronuncia;
Y en fin, sin Entendimiento,
Ni Albedrío que me acudan,
Tengo aliento que no alienta,
Y corazon que no pulsa.
Hasta la piadosa llama
Que á estos jardines me alumbra,
A fuer de luz recien muerta,
Ya no arde, sino ahuma.
¿Qué mucho, pues, ¡ay de mí!
Si todos me desahucian,
Que en brazos de letal sueño,
Negra Sombra de la Culpa,
Pues dejó á la muerte viva,
Deje á la vida difunta? (Caése como aletargado.)
Agua.
¡Qué asombro!
Aire.
¡Qué pasmo!
Fuego.
¡Qué ánsia!
Tierra.
¡Qué pena!
Luz.
¡Qué desventura!
ESCENA XIII.
EL HOMBRE, dormido; LA LUZ, LOS CUATRO ELEMENTOS.—Salen PODER, CIENCIA y AMOR.
Poder.
¿De qué son vuestros lamentos?
Luz.
Si á humano modo te ajustas,
A preguntar lo que sabes,
Dígalo esta luz ya obscura.
Fuego.
Dígalo la mia eclipsada.
Tierra.
Díganlo mis flores mustias.
Aire.
Destemplados mis alientos.
Agua.
Mis claras corrientes turbias.
Luz.
Y en fin, dígalo, Señor,
Ver que, deshecha tu hechura...
Los cuat.
Dejando viva á la muerte,
Dejó á la vida difunta.
Poder.
¡Oh eterna Sabiduría,
Bien sus peligros anuncias!
¡Oh eterno Amor, mal el Hombre
De tus beneficios usa!
¿Qué mucho, pues, que tal vez
Digan sacras Escrituras
Que me pesó de haber hecho
Al Hombre? Y pues su fortuna,
Puesta en sus manos, no fué
Bastante á que se reduzca,
Retírate, Gracia, tú. (Hácelo la Luz.)
Vosotros, ya sin ninguna
Obediencia, retiradle (A los Elementos.)
A él tambien; que á la profunda
Tierra de donde salió
Es bien que se restituya.
Dejádsele allí á esa fiera
Poderosa Sombra injusta,
Que contra su Entendimiento
Cautelosamente triunfa.
Sufra, llore, gima y sienta
Cuánto un pecado le muda,
Al ver de un instante á otro
Que el que en su primera cuna
Durmió en brazos de la Gracia,
Despierta en los de la Culpa.
Los cuat.
Sufra, llore, gima, sienta...
Tierra.
El que por su desventura...
Fuego.
Dejando á la muerte viva...
Agua.
Deja á la vida difunta.
Los cuat.
Sufra, sienta, gima y llore...
Aire.
Quien, malogrando fortunas...
Agua.
Vino en brazos de la Gracia,
Y vuelve en los de la Culpa.
Música.
¡Sienta, gima, llore y sufra!
(Vanse los Elementos, llevándose al Hombre.)
ESCENA XIV.
EL PODER, LA SABIDURÍA, EL AMOR.
Poder.
¿Todavía enternecido,
Amor, te muestras?
Amor.
¿Quién duda
Que el Amor siempre es Amor?
Y aunque tu sentencia es justa,
Tambien lo es su apelacion:
Que si en la celeste curia
Decretado está que el Hombre
La falta del Ángel supla,
Capaz está de la enmienda.
Poder.
Es infinita la injuria
Contra infinito Poder,
Y no puede dar ninguna
Satisfaccion infinita
Por sí el Hombre.
Sabid.
Pues es una
La voluntad de los Tres,
Si el Poder pone la suya,
Si la Sabiduría pone
Con la obediencia la industria,
Y el amor pone la obra,
Persona hay que enmiende y supla
La insuficiencia del Hombre;
Pues la humanidad conjunta
A la Sabiduría, como
Hipostáticas se unan,
Satisfaccion infinita
Tendrá la infinita culpa.
Los dos.
¿Qué determinas, pues?
Poder.
Que
Lo decretado se cumpla. (Vase.)
Sabid.
¡Albricias, Hombre, que yo,
Que anteviendo tus fortunas,
Tambien anteví el reparo,
Iré á enmendar tus angustias! (Vase.)
Amor.
¡Albricias, Hombre, que ya
Puedes pensar que se escuchan,
Anticipando sus tiempos
A las edades futuras,
Angélicas voces, que
Den á todas las criaturas,
Con paz al Hombre en la Tierra,
Gloria á Dios en las alturas!
La gruta en que apareció el Hombre al principio.
ESCENA XV.
Salen LOS ELEMENTOS con EL HOMBRE, como primero, vestido de pieles.
Agua.
Aquí le hemos de dejar.
Fuego.
¡Oh humana naturaleza!
Vuelva su sér donde empieza,
Como rio que del mar
Sale, y vuelve al mar despues.
(Pónenle una cadena.)
Tierra.
Bien es, pues salió de mí,
Que á mí se me vuelva.
Aire.
Así
Lo dirá el Eclesiastés. (Vanse.)
ESCENA XVI.
EL HOMBRE, en sueños.
Hombre.
Ya, ya sé quién soy, y aunque
La Tierra fuese mi madre,
Competir puedo á mi padre;
Pues sé sus ciencias, y sé
Que inmortal príncipe soy
Del orbe. Y pues ya me ví
Su dueño... Mas ¡ay de mí (Despierta.)
Infeliz! ¿Adónde estoy?
¿Esta no es de mi fortuna
La primera prision fiera?
¿No es ésta aquella primera
Bóveda que fué mi cuna?
¿No es ésta la desnudez
En que primero me ví?
¿Qué se hicieron ¡ay de mí!
La majestad, la altivez
El obsequio, el aparato,
Las músicas, los olores,
Plumas, cristales y flores,
Y en fin, el sublime ornato
De reales ropas, cercado
De gentes, cuyo desvelo
Me asistió? ¡Válgame el cielo,
Qué de cosas he soñado!...
Pero ¿qué me desconfia
Presumir que sueño fué,
Si por lo ménos saqué
De él, segun mi fantasía,
Saber quién soy? No encerrado
Viva, pues: salga á buscar
El alcázar, y á cobrar,
Pues es mio, el alto estado
En que me ví... Pero ¡cielos!
El orgullo reprimamos,
Por si ahora tambien soñamos:
Mas no, que heroicos anhelos
Me llaman; y así iré. ¡Ay triste!
Que áun es hoy mayor mi pena
De lo que fué. ¿Qué cadena
Es ésta, que me resiste
Que salir pueda? Y áun no
Pára en eso mi fortuna,
Pues no hay criatura ninguna
De que ya no tiemble yo,
Viendo en todas cuatro esferas,
Que afilan contra mí graves
Uñas y picos las aves,
Presas y garras las fieras.
Si miro al sol, me da enojos,
Pues no me alumbra y me abrasa;
Frio el Aire, me traspasa;
Si piso, toda es abrojos
La Tierra; el Agua, que fué
Claro espejo, me retrata
Feo; si la sed me mata,
Turbia está; y si el hambre ve
Frutas, que á ellas no me atreva
Dice, y por partido toma
Que pan de dolores coma,
Y agua de lágrimas beba.
¿Quién me dirá cuál ha sido
En mis mudanzas más cierto,
Lo que allá soñé despierto,
O lo que aquí veo dormido?
¡Oh Luz, cuya llama bella,
Deslumbrado me alumbró!
¿Quién me dirá de tí?
ESCENA XVII.
El HOMBRE.—Sale LA SOMBRA.
Sombra.
Yo,
Que ya estoy en lugar de ella.
Hombre.
¡Horrible aspecto que asombra,
Mira que es contrario asunto,
Que lo que á la Luz pregunte,
Me lo responda la sombra!
¿Quién eres?
Sombra.
¿No me conoces?
Hombre.
No, porque nunca te ví,
Ni áun á lo léjos oí
El sonido de tus voces.
Sombra.
Esa es tu pena más fiera,
Y ésta mi astucia más rara;
Porque ¿qué al Hombre faltara,
Si su culpa conociera?
Hombre.
¿Luego eres mi Culpa?
Sombra.
Sí.
Hombre.
De tí huiré.
Sombra.
¿Cómo podrás,
Si donde quiera que vas,
Se va tu Culpa tras tí?
Ni ¿dónde has de ir, si, aherrojado,
Llevas arrastrando al pié
La cadena que forjé
Del hierro de tu pecado?
Hombre.
Ahora ví, á su yerro atento,
Ser por quien mi desvarío,
Aplaudiendo al Albedrío,
Despeñó al Entendimiento.
Sombra.
Es verdad.
Hombre.
¿Luego no fué
Sueño?
Sombra.
Sí fué; que, pasada,
¿Qué ventura no es soñada?
Hombre.
La que pasó; bien se ve
En la distancia que haber
Suele entre cierto y fingido,
Que uno no ha sido, otro ha sido,
Aunque ha dejado de ser.
Y así, pues sé que es verdad
Que, aunque en este estado estoy,
Príncipe heredero soy,
Y que aquella majestad
No fué sueño, iré á cobralla.
Sombra.
Sueño fué para ese empeño,
Que toda la Vida es Sueño.
Hombre.
Luego ésta lo es: con que se halla
Tu réplica convencida,
Porque si la Vida es
Sueño, ¿no es fuerza despues
Que duerma esta triste vida,
Que á mejor vida despierte?
Sombra.
No, que si para estos lazos
Despertase allá en mis brazos,
Será aquí en los de la muerte.
Hombre.
¿Quién, para pedir aliento
Al Poder que me ha criado,
En tal lucha despeñado
No hubiera á su Entendimiento?
ESCENA XVIII.
EL HOMBRE, LA SOMBRA.—EL ENTENDIMIENTO.
Entend.
¿Qué importa que me despeñes
Tú, para que yo no muera,
Y en cualquier conflicto quiera
Que por mí te desempeñes?
Hombre.
¡Qué lealtad!
Sombra.
Es Vano intento;
Porque ¿qué importa á mi brío,
Si no cobra su Albedrío,
Que cobre á su Entendimiento,
El dia que merecer
Ni desmerecer podrá
Sin él?
Entend.
Llámale, y vendrá.
Hombre.
No me querrá obedecer,
Que es vasallo muy infiel.
Entend.
Aunque no quiera; pues...
Hombre.
Dí.
Entend.
Como él te llevó tras sí,
Tras tí puedes traerle á él;
O yo le traeré arrastrando,
Como tú el afecto des.
Hombre.
Sí doy.
ESCENA XIX.
EL HOMBRE, LA SOMBRA.—Saca EL ENTENDIMIENTO AL ALBEDRÍO como por fuerza.
Entend.
Pues ya está á tus piés.
Albed.
Fuerza es que obedezca, cuando
Trocado tu afecto ví;
Pues del modo que cruel
Puedes despeñarle á él,
Puede él arrastrarme á mí:
¿Qué me quieres, pues?
Entend.
Que apliques
Una vez tu libre accion
Al fuero de la razon.
Hombre.
Que voluntario supliques
Al Poder que me crió,
Que perdone mi delito.
Sombra.
Siendo, como es, infinito,
Pues lo infinito ofendió,
¿Qué satisfaccion podrás
Dar tú, que infinita sea,
Por más que cobrarte vea
Tu Entendimiento, y por más
Que vea que tu Albedrío
Se sujeta á la razon?
Entend.
Ya que dar satisfaccion
No pueda, podrá su pío
Llanto al cielo enternecer,
Para que la dé quien pueda;
Pues poder al Poder queda,
Saber le queda al Saber,
Y amor al Amor, con que
Entera satisfaccion
Le saque de tu prision.
Sombra.
¿Quién ha dicho eso?
Entend.
La Fe.
Sombra.
¿Y cuándo eso será?
Entend.
Cuando
En este valle, que hoy ves,
Que de las lágrimas es,
Logre, gimiendo y llorando,
Que haciendo al abismo guerra,
Digan edades futuras...
Música.
(Dentro.) ¡Gloria á Dios en las alturas,
Y paz al Hombre en la Tierra!
Sombra.
¿Qué lejanas voces ¡cielos!
Tan desde otro siglo suenan
Misteriosas, que áun en éste
Me afligen y me atormentan?
Hombre.
¡Cielos! ¿Qué lejanas voces
Tan misteriosas son estas,
Que áun á vista del peligro
Me alivian y me consuelan?
Sombra.
Si de Sombra pasé á Sueño,
Si de Sueño á Culpa, y de ella
A Muerte, que introducida
Me trajo á matar resuelta...
Hombre.
Si de miserias pasé
A dichas, si luégo de ellas
A las miserias volví...
Sombra.
¿Qué me acobardan suspensas
Unas dulces voces?
Hombre.
Bien
Puede ser de las miserias
Volver á cobrar las dichas,
Pues dulces voces me alientan.
Sombra.
Por más que digan sonoras...
Hombre.
Puesto que repitan tiernas...
Música.
Gloria á Dios, etc.
Sombra.
Y pues él queda seguro
En fe de que mis cadenas
No podrán su Entendimiento
Ni su Albedrío romperlas,
Iré á saber del Lucero,
Pues siempre fueron sus ciencias
Mi oráculo, dónde ó cómo
Se oyen, y quién las alienta. (Vase.)
ESCENA XX.
EL HOMBRE, EL ENTENDIMIENTO, EL ALBEDRÍO.
Hombre.
Pues la Sombra se retira,
Sin proseguir en mi ofensa,
¿Quién duda que nueva aurora
Con nuevo sol amanezca?
Llega, Entendimiento, tú;
Tú, Albedrío, llega, llega;
Desatadme estas prisiones.
Entend.
No es posible deshacerlas,
Por más que los dos pongamos
Él la maña y yo la fuerza.
Hombre.
¡Ay infeliz! ¡Qué venturas,
Que por mí pude perderlas,
Por mí no pueda ganarlas!
Albed.
¿De quién, siendo así, te quejas?
Hombre.
De tí, villano.
Albed.
¿Hice yo
Más que estar á tu obediencia?
Entend.
Sí, pues entre el bien y el mal,
Al mal le inclinaste.
Albed.
Hicieras
Lo que ahora; que el Albedrío
Inclina, pero no fuerza.
Hombre.
Calla, calla, que me afliges.—
Díme tú, que me consuelas,
¿Cúya aquella voz sería?
Entend.
No sé; pero alguna seña,
O viso, ó rasgo, ó bosquejo,
En alegórica idea
Hoy de místico sentido,
Pienso que nos representa
Futuras venturas, pues
Dijo, si bien se me acuerda...
Música.
(Dentro.) Gloria á Dios, etc.
ESCENA XXI.
EL HOMBRE, EL ENTENDIMIENTO, EL ALBEDRÍO.—Fuera de la gruta LA SABIDURÍA, de peregrino.
Pereg.
Gloria á Dios, etc.
Albed.
Oid, que un galan peregrino,
Las incultas asperezas
Penetrando del desierto,
Hácia esta parte atraviesa.
Entend.
Fatigado del camino,
Por estar todas sus sendas
Llenas de abrojos y espinas,
Bien en el cansancio muestra
Que desnudez, hambre y sed
Le afligen.
Hombre.
Si es en las penas
Consuelo, bien que penoso,
Tener compañero en ellas,
Llamadle ambos.
Los dos.
¿Peregrino?
Sabid.
Si las dos voces concuerdan,
A un tiempo, de Entendimiento
Y Albedrío, bien espera
El Hombre que á ellas responda.—
¿Quién me llama?
Hombre.
Quien desea
Valerse de vos en tantas
Desdichas como le cercan.
El Hombre soy, despojado
De la más feliz herencia,
Por sugestion de un delito.
Sabid.
(Ap.) Pues le llora y le confiesa,
¿Qué aguarda mi piedad?
Hombre.
Una
Pálida, triste, funesta,
No sé si Sombra, si Culpa
Ó Muerte, que todo en ella
Concurre, en esta prision,
Amarrado á sus cadenas
Me tiene, sin que Albedrío
Ni Entendimiento romperlas
Puedan; ved si podeis vos;
Porque una vez rota, pueda
Ir en busca de mi patria,
Que su perdida grandeza,
Aunque pasó como sueño,
Como verdad atormenta.
Sabid.
(Quítale la cadena.)
Ya estás libre, que yo solo
Quebrantarlas puedo.
Hombre.
Deja
Que humildemente rendido
Me eche á tus plantas, y en ellas
Confiese que tú rompiste
Las ataduras, que eran
Eslabones de mi Culpa;
Y porque en su recompensa
(Sacrificios de alabanzas)
Tu nombre invocado vea
El mundo, que, en hacimientos
De gracias, gracias te vuelva,
Voto hago... Pero no puedo
Proseguir, porque la negra
Sombra que dije, en mi busca
Vuelve; sal á detenerla
Al paso, miéntras que de estos
Montes la fuga me ausenta,
Donde, en fe de tu piedad,
Su ira de vista me pierda.—
Entendimiento, Albedrío,
Venid, de aquí huyamos.
Albed.
Esa
Palabra gozando está
De Dios.
(Huye con el Hombre y el Entendimiento.)
ESCENA XXII.
SABIDURÍA.
Sabid.
En fin, Hombre, dejas
Tus prisiones en mis manos,
Bien que con la diferencia
De estar en tí como propias,
Y estar en mí como ajenas.
(Pónese la cadena, y recuéstase en la gruta.)
Mas yo las haré tan mias,
Que á la Culpa lo parezcan,
Hallándome en tu lugar:
Sea cabal la fineza,
¡Oh Poder! ¡oh Amor! ya que
Tosca piel y basta jerga
Vistió la Sabiduría
De humana naturaleza.
ESCENA XXIII.
LA SABIDURÍA.—EL PRÍNCIPE DE LAS TINIEBLAS, LA SOMBRA.
Sombra.
En fin, Lucero, ¿no sabes
Quién fuese el dueño de aquellas
Misteriosas voces?
Príncipe.
No,
Que sin duda aquí se encierra
Algun misterio, que Dios
Para sí solo reserva.
Sombra.
Ya que el dueño no me digas,
Díme lo que infieres de ellas.
Príncipe.
Que si al Hombre no le damos
La muerte, ántes que suceda
Su cumplimiento, perdido
Es nuestro rencor.
Sombra.
Pues muera
En su prision, ántes que
Ese socorro le venga.
Príncipe.
Llega, que rendido, ó bien
Al sueño ó á la tristeza,
Allí está.
Sombra.
¿No habia de estar,
Si se forjó la cadena
De su yerro y de su llama?
¿Quién habia de romperla?
Príncipe.
Toma, y pues su culpa fué
De un árbol la fruta, sea
De otro la rama el castigo.
Sombra.
No sé si podré.
Príncipe.
¿Ahora tiemblas?
¡Siempre pronta al daño, y tarda
Siempre á la ejecucion! Llega,
Que contigo estoy.
Sombra.
Si tú
Me influyes, ¿qué aguardo? ¡Muera
En su culpa el Hombre!
(Hiere á la Sabiduría.)
Sabid.
Antes
Será para que sin ella
Viva, siendo en ambos troncos,
Dél la culpa y mia la pena.
Sombra.
¿Qué es esto, cielos? (Terremoto.)
Príncipe.
Mejor,
«¿Qué es esto, abismos?» dijeras;
Pues cielos y abismos, unos
Se obscurecen y otros tiemblan.
¿A quién heriste? (Terremoto.)
Sombra.
No sé;
Engañáronme las señas
De humano traje y prisiones;
Pero bien caro me cuesta,
Pues, muerta la vida, vino
A ser la muerte la muerta.
(Caen á sus piés Sombra y Príncipe de las Tinieblas.)
Príncipe.
Muerta la muerte, el pecado
Con ella morir es fuerza.
ESCENA XXIV.
LA SABIDURÍA.—LA SOMBRA y EL PRÍNCIPE DE LAS TINIEBLAS, á sus piés.—Salen, como asombrados, HOMBRE, ENTENDIMIENTO y ALBEDRÍO.
Hombre.
¿Qué mortal terror ó eclipse
Los Elementos alteran
Segunda vez contra mí?
Entend.
Toda la naturaleza
Sentimiento hace.
Albed.
¡Qué asombro!
Hombre.
Si es porque rompí la fiera
Prision, á ella volveré;
Mas ¿qué es lo que miro en ella?
Albed.
Al Peregrino abrazado
A un cruzado leño, y puesta
La Sombra á sus piés, y el fiero
Príncipe de las Tinieblas.
Hombre.
¿Quién me dirá si teatro
Que á la vista representa
Viva muerte y muerta vida,
Es victoria ó es tragedia?
Sabid.
Victoria y tragedia es, puesto
Que porque no te se siguiera,
Y tú pudieras salvarte,
En tu prision, con tus señas,
Ellos me han dado la muerte,
Y yo á ellos; de manera,
Que es tragedia y es victoria;
Pues que, supliendo tu ausencia,
He dado á infinita culpa
Infinita recompensa.
Sombra.
Ya que sincopado el tiempo,
En representable escena,
El término de tres dias
A sólo un instante abrevias,
Volviendo de mí triunfante
A segunda vida, vuelva
Tambien yo á segunda ira.
Príncipe.
Y yo á segunda soberbia.
¿Cómo su culpa en tu muerte
Pudo quedar satisfecha,
No pudiendo el Hombre en culpa
Merecer satisfacerla?
Sabid.
Pudiendo en Gracia; pues siendo
Verdadero Hombre, á quien ella
Ni llegó, ni llegar pudo
El que hizo propria la ajena,
Bien el Hombre por el Hombre
La deuda pagada deja.
Príncipe.
Si corrompida la masa
De su formacion primera,
Comprende su primer culpa
A toda su descendencia,
¿Cómo, si es deuda pagada,
Queda obligado á la deuda?
Sabid.
Como contra la comun
Mancha de esa triste herencia,
Habrá Elemento que dé
A la Gracia tal materia,
Que en el umbral de la vida
Esté á cobrarla á la puerta.
Sombra.
Si todos los Elementos
Se amotinan y rebelan
Contra él, ¿qué Elemento habrá
Que estar en su favor quiera?
Sabid.
Vuelto él á la Gracia, todos
Volverán á la obediencia.
ESCENA XXV.
Dichos.—LA LUZ, con el hacha encendida.
Luz.
Con que volviendo á vivir
La Luz que dejaste muerta,
Pues ya es materia de Gracia,
Dé la Gracia la respuesta.
El Agua es el Elemento,
Y porque mejor lo veas,
Ella misma lo dirá.—
¡Armonïosa Sirena
De las ondas del Jordan!...
ESCENA XXVI.
Dichos.—Sale EL AGUA con una concha.
Agua.
Esta clara, pura, tersa,
Natural Agua, que yo
Del Jordan en las riberas
En esta concha cogí,
Lave del Hombre la ofensa.
(Canta.)
Pues que santificadas
Sus ondas bellas,
A mejor paraíso
Le abren las puertas.
Príncipe.
Cuando esa primera mancha
Lavarse con Agua pueda,
¿Quién de la culpa actual
Librarle podrá, si es fuerza
Volverle ella á la prision,
Siempre que él á pecar vuelva?
Poder.
Pues es obra del Poder
Dar poder á quien le absuelva,
Como él su culpa confiese,
Elemento habrá que tenga
Materia tambien, en quien
Otro Sacramento sea
Preservacion de este daño,
Dando al espíritu fuerzas;
Con que en aumentos de Gracia,
Pueda durar en la enmienda.
Sombra.
¿Qué materia ó qué Elemento
Puede ser?
ESCENA XXVII.
Dichos.—LA TIERRA.
Tierra.
El de la Tierra,
Que en las espigas y vides
Dará remota materia
Al más alto Sacramento,
Diciendo cuando la ofrezca...
(Canta.)
Creced, vides y espigas,
Pues os espera
La ventura de veros
Viandas eternas.
Príncipe.
¿Qué es ser eterna vianda?
¿Vides y espigas sustentan
Más que al cuerpo?
Sabid.
Sí, que al alma
Sustentan tambien.
Sombra.
¿Cuándo esa
Maravilla será?
ESCENA XXVIII.
Dichos.—EL AIRE.
Aire.
Cuando
Esa remota materia
Sea próxima, y al Aire
Formar y pronunciar veas
Tan misteriosas palabras,
Que el pan en carne convierta;
Y el vino en sangre, la voz
De la Sabiduría inmensa;
El dia que diga...
Sabid.
¡Esto es
Mi Carne, y mi Sangre mesma!
Príncipe.
Que el vino que es vino, el pan
Que es pan, carne y sangre sea,
Es dura proposicion.
Aire.
No es.
Príncipe.
¿Por qué razon?
Aire.
Por ésta.
(Canta.)
¿Qué mucho de una cosa
Que otra hacer pueda,
Voz que de nada hizo
Cielos y tierra?
Sombra.
¿Y quién me dirá en qué forma
Maravilla tan inmensa
Se manifestará?
ESCENA XXIX.
Dichos.—EL FUEGO, EL AMOR.
Fuego.
El Fuego,
Si atiendes, si consideras
Que el Fuego es Amor. (Sale el Amor.)
Amor.
Y Amor
El que hace la fineza,
Puesto que amando hasta el fin,
Dejó ese tesoro en prendas;
Y pues la forma preguntas,
La forma, Sombra, es aquella.
Fuego.
Debajo de cuya blanca
Nube de cándida oblea,
El Fuego de Amor contiene,
Con real divina asistencia,
En carne y sangre, alma y vida;
Porque mires, porque adviertas...
(Canta.)
Si en finezas várias
Amor se muestra,
¿Qué será en la fineza
De las finezas?
Sombra.
De suerte, ¡ay de mí!...
Príncipe.
¡Ay de mí!...
Sombra.
Que en Aire, Agua, Fuego y Tierra...
Príncipe.
Concha, espiga, voz y afecto...
Sombra.
Tiene, goza, incluye y sella...
Príncipe.
Perdon, vénia, amparo, asilo...
Sombra.
Piedad, refugio y clemencia...
Los dos.
¿El Hombre en su culpa?
Todos.
Sí.
Sombra.
Pues ¿qué aguarda?...
Príncipe.
Pues ¿qué espera?...
Sombra.
¡Mi ira!
Príncipe.
¡Mi rabia!
Sombra.
¡Mi furia!
Príncipe.
Que á no mirar no se ausenta...
Los dos.
¿La Luz de la Gracia viva,
Cuando va la Culpa muerta?
(Vanse Sombra y Príncipe.)
ESCENA ÚLTIMA.
EL PODER, LA SABIDURÍA, EL AMOR, LA LUZ, EL HOMBRE, EL ALBEDRÍO, EL ENTENDIMIENTO, LOS ELEMENTOS.
Hombre.
Absorto y confuso estoy,
Gran Poder, Amor y Ciencia;
Si esto tambien es dormir,
A nunca despertar duerma.
Poder.
Hombre que hice á imágen mia,
Yo te saqué de la tierra;
En real alcázar te puse;
Perdióte tu inobediencia;
A la tierra te volví,
Y vuelvo á buscarte en ella,
Donde, cobrado en mi Gracia,
Quiero que tu esposa sea.
Mira, pues, lo que me debes.
Sabid.
Mira lo que á mí me cuestas.
Amor.
Mira lo que yo te amo.
Poder.
Y pues cuanto vives sueñas,
Porque al fin la Vida es Sueño,
No otra vez tanto bien pierdas;
Porque volverás á verte
Aun en prision más estrecha,
Si con culpa en el letal
Último sueño despiertas.
Hombre.
La enmienda ofrezco á tus plantas.
Entend.
Yo, aconsejarle á la enmienda.
Albed.
Yo, inclinarle á lo mejor.
Luz.
Yo, á que siempre en mi Luz tenga
Auxilios que le iluminen.
Fuego.
Pues en feliz norabuena...
Agua.
Porque á todo el universo...
Aire.
Conste en todas cuatro esferas...
Tierra.
Se publique cómo el Hombre...
Las cuat.
(Cantan.)
En Aire, Agua, Fuego y Tierra,
Concha, espiga, voz y afecto,
Tiene, goza, incluye y sella,
Gracia, vénia, amparo, asilo,
Piedad, refugio y clemencia.
Hombre.
Y pues es de perdon dia,
Nuestros defectos le tengan,
Para que puedan mejor
Repetir las voces nuestras.
Música.
¡Gloria á Dios en las alturas,
Y paz al Hombre en la Tierra!
(Tocan chirimías, y cerrándose los carros se da fin al auto.)