I

Los grandes focos eléctricos del teatro Real despedían torrentes de luz sobre las aceras mojadas. Vendedoras de flores y periódicos, curiosos, desocupados y mendigos se atropellaban en la puerta permitiendo a duras penas la entrada del público. Los coches al pasar acortaban un momento su marcha; algunos se detenían para que las personas que los ocupaban se apeasen, y partían de nuevo veloces, quebrando en fragmentos el cristal de los charcos que la lluvia dejó en el arroyo.

En el salón se extendía, compacta, como un solo conjunto, la alegre muchedumbre. Las lámparas eléctricas arrancaban de ella matices vivísimos, tintes de iris; centelleo de escamas al reflejarse sobre los suaves terciopelos, las brillantes sedas, los satinados rasos y los mantones de Manila que, como frescas manchas de paleta, se destacaban del monótono negro de los fracs.

Un movimiento continuo, una agitación incesante, extendíase por todo el salón. Oleadas de gente en corrientes diversas iban y venían de un extremo a otro. Voces, gritos, canciones, chistes y carcajadas. Formábanse corrillos, rinconcitos de intimidad en los que se hablaba en voz baja, cuchicheando, produciendo un ruido semejante al de los gorriones al nacer el día. Arriba, en los palcos, las máscaras se abanicaban lánguidamente contemplando con indiferencia las apreturas de la muchedumbre. Casi todas charlaban y reían. Las menos, con los codos apoyados sobre el terciopelo de las balaustradas, seguían con interés las oscilaciones del salón, mostrando la satinada blancura de su garganta y el brillo de sus ojos más negros todavía que los negros antifaces. Cruzaban de un extremo a otro como raudas saetas frases y serpentinas, y en brillante lluvia caían de los palcos policromos confetti y escalas argentinas de carcajadas.

La agitación y el movimiento crecían cada vez más. Las puertas seguían vomitando oleadas de gente. Las copas en los palcos corrían de mano en mano, tan pronto vacías como coronadas de blanca espuma; chocaban con cristalino tintineo contra el gollete de las botellas, y sonaban cual salvas de alegría los secos taponazos del champagne.

Hacía calor. Las caras comenzaban a enrojecer. Brillaban los ojos detrás de las caretas. La sala entera parecía vacilar excitada por el vértigo del baile, por la locura de la alegría, por la embriaguez del vino y la borrachera del placer. El director de orquesta levantó la batuta: en el aire se esparcieron, vibrando, las locas, las alegres notas de un vals de Chueca.

Manolo Ruiz entró en este momento en el salón. Vio el desfile de cintas, flores, plumas, sedas, adornos y gasas, el armonioso conjunto de mujeres hermosas, hombros desnudos, gargantas incitantes, pupilas que el deseo abrillantaba, labios sangrientos, húmedos y rojos que dejaban ver los dientes chiquitos y blancos. Oyó carcajadas de fiesta, frases de alegría, sintió vibrar en sus oídos las notas del vals, y volviéndose a Luis Gener, que le seguía pausadamente, ladeado el sombrero, alta la cabeza y los pulgares de las manos en las comisuras del chaleco, le dijo entusiasmado, con encantadora ingenuidad:

—¡Muchacho, lo que nos vamos a divertir!

Y como viera que Luis por toda contestación se encogía de hombros, echó a andar de nuevo hacia el centro del salón sin preocuparse ya de él, alegre, satisfecho, repartiendo empujones y codazos, frases y sonrisas, pisotones y requiebros.

—¡Eh, Perico! —exclamó dirigiéndose a un joven que cerca de él bailaba con una muchacha vestida de locura—. ¿Me cedes la pareja? ¡Qué demonio! Alguna vez han de prestar los guapos.

Y antes de que el otro pudiera contestar, le quitó la máscara y se marchó con ella.

Perico se acercó a saludar a Luis.

—¿Tú por aquí?

—¡Pch!, se ha empeñado Manolo en que viniéramos...

—¿Sigue tan loco...?

—Como siempre, ya ves... Genio y figura... Pero ahora me alegra mucho haber venido. Está esto animadísimo.

Un brusco vaivén de la muchedumbre los separó obligándoles a cortar el diálogo. Cuando volvieron a reunirse, dijo Perico:

—Aquí nos van a aplastar. Vámonos al palco.

—¿Ah, pero tienes palco?

—Como si fuera mío; el de Sánchez Cortina; él lo paga todo.

—¿Sánchez Cortina?

—Sí, hombre, el que fue director de Penales.

—Ah, sí...

—¡Claro! Si le conoce todo el mundo. Te presentaré. Es una bellísima persona. Verás.

Subieron. La puerta del palco estaba cerrada. Dentro se oían chillidos agudos, crujir de sedas y risas ahogadas. Perico llamó discretamente con los nudillos.

—¿Quién?

—Abra usted, don Juan, soy yo.

Abriose la puerta y apareció don Juan Sánchez Cortina arrellanado sobre el diván del antepalco, las piernas extendidas, el cabello en desorden, la corbata deshecha y el chaleco desabrochado.

—Entre usted, hombre, entre usted —exclamó sin moverse—; ¿dónde demonios ha ido? Hace media hora que le están a usted echando de menos estas chicas.

Y señalaba a las dos que con él había, un precioso pierrot de dieciocho a veinte años y un bebé blanco de raso y piel, una especie de gatita de Angora. Al divisar a Luis, se puso bruscamente en pie, avergonzado.

—Mi amigo don Luis Gener, periodista y escritor... Don Juan Sánchez Cortina, diputado a Cortes...

—Celebro tanto...

—Tengo mucho gusto...

—Me he tomado la libertad de invitarle.

—Y ha hecho usted perfectamente. Entre usted, señor. Amalia, sirve a este caballero una copa de jerez; de jerez o de champagne; ¿prefiere usted champagne?

Mientras Amalia descorchaba la botella, Luis observaba disimuladamente al diputado. Era este hombre de unos cincuenta años, bajo de estatura, rechoncho de cuerpo, ojos expresivos y grandes bigotes a la borgoñona. Su carrera política no podía ser más brillante. Harto de arrastrar los tacones torcidos de sus botas por las redacciones de los periódicos y los pasillos del Congreso sin conseguir ganar una peseta, fue a parar un día por arte y poder de unas oposiciones a la notaría de un pueblo de la Mancha. Allí logró enamorar a la hija del cacique, una palurda bastante fea, pero cuyo padre era dueño absoluto y despótico de tres distritos. A los veintisiete años le eligieron diputado provincial, a los treinta, diputado a Cortes, a los treinta y cinco, gobernador civil, y a los cuarenta, director de Penales. Asegurábase que Silvela le había prometido una cartera en la primera crisis, cediendo a las imperiosas exigencias del cacique, quien cada vez más entusiasmado con los triunfos de su yerno, había hecho la cuestión de gabinete amenazando marcharse con Montero si no se le nombraba en seguida ministro. Pero esto, después de todo, no eran más que rumores.

El vals había terminado. Las máscaras abandonaban el salón cogidas del brazo de su pareja, materialmente colgadas, arrastrándose, dejándose llevar, fatigadas, sudorosas, con el tocado en desorden y las mejillas encendidas bajo el terciopelo de los antifaces. Los palcos desiertos momentos antes, se llenaron nuevamente de disfraces, alegres colorines que se destacaban en el fondo oscuro como flores en reja andaluza. Volvieron los confetti a caer en lluvia brillante sobre la alfombra y las serpentinas entrelazándose tejieron en el aire dibujos primorosos, frágiles techos que al menor movimiento se quebraban y caían en montones policromos. Se hablaba a gritos, a grandes voces, de grupo a grupo, de extremo a extremo, de palco a palco. La charla era cada vez más animada, los chistes más crudos, las bromas más atrevidas, las carcajadas más sonoras. A pesar de las severas prohibiciones de los carteles profusamente distribuidos en los sitios más visibles, centenares de cigarrillos elevaban sus espirales grises que enrarecían la atmósfera demasiado recargada ya de esencias y perfumes, una atmósfera acre, pesada, calurosa, que asfixiaba los pulmones y secaba las fauces.

De nuevo se escanciaron los vinos, los vinos alegres, los vinos dorados: manzanilla olorosa que quita las penas y montilla que aviva el ingenio y jerez que enciende la sangre y rubio champagne, ese vino que suena con estampido de fiesta al descorcharse y ríe después en las copas con blancas carcajadas de espuma.

—Está bien esto, ¿verdad?

—Sí, muy bien, muy bien, como nunca.

Y reclinándose sobre la barandilla pasearon la mirada curiosa por el salón entero. Las dos muchachas querían saberlo todo, averiguarlo todo, especialmente Petrita, la gatita de Angora, a quien los vistosos trajes de las grandes cocottes, sus peinados llamativos, sus adornos chillones, toda aquella confusión de telas y joyas, de relumbrón y de oropel, fascinaban sobremanera haciéndole abrir con admiración sus grandes ojazos de bebé. Castro contestaba amablemente a sus preguntas con la suficiencia del hombre que conoce de sobra el terreno que pisa, no concretándose a citar nombres y apodos, sino profundizando en intimidades, relatando aventuras, anécdotas e historias. Aquella rubia espléndida de la platea era Lola Guzmán, altiva, soñadora, eterna perseguidora de fantasmas, constante Margarita Gautier. Aparecía y desaparecía bruscamente de la vida galante como foco mal preparado que se enciende y se apaga, viviendo tan pronto en suntuosos hoteles como en altas buhardillas con pájaros y flores y amores tranquilos de poeta romántico, rápidas transiciones de la realidad al idealismo. Aquella otra del mantón de Manila era Paca Rey, cordobesa, bravía, generosa, con sangre moruna en las venas y pasiones de fiera en el alma. Aquella otra delgaducha, menuda de cuerpo, de ademanes nerviosos y actitudes desvergonzadas, que reía como una loca sentada a horcajadas sobre aquel caballero gordo, Rosarito, la hija de la célebre Rose d’Ivern, la que durante dos meses electrizó de terror al público de París, dejándose clavar alrededor de su cuerpo de estatua docena de puñales hasta que una noche al bárbaro de su marido se le fue la mano y le clavó uno de los cuchillos en el cuello, a dos centímetros de la yugular. La mujer tomó desde aquel momento horror al oficio, y aprovechándose de que al artista le habían metido en la cárcel, se fugó convaleciente apenas, con un comisionista alemán de aparatos higiénicos, Herr Schuffter, el mismo que dos años después estableció el magnifico almacén de bicicletas en la calle de Cádiz. Rose estaba también en el teatro, allí arriba en un palco segundo, hermosa todavía a pesar de sus cuarenta años, apetitosa aún con sus redondas carnes de jamona bien conservada y su pelo teñido de rubio. Aquel caballero escuálido y seco, de mirada tristona, que a su lado descorchaba una botella, era su amante, Jerónimo Ulzurrun, un vizcaíno millonario, mitad banquero, mitad prestamista, a quien la fiebre de lucro había aniquilado antes de tiempo, envejeciendo su cuerpo vigoroso y anulando su voluntad de hierro.

Y como Petrilla, siempre curiosa, pidiese más detalles, Castro los dio gustoso. Hasta hace poco tiempo habían vivido juntas madre e hija; pero como aquella observase que el banquero miraba a Rosarito con más que cariñosa complacencia, se deshizo de ella dejándola vivir por cuenta propia.

—¡Pobrecilla! ¿Estará desesperada?

—No, ¿por qué? Ella misma reconoce que es la cosa más natural del mundo. La otra tarde me lo decía. Mamá está ya muy estropeada. Hace muy bien en no querer vivir conmigo; yo en su lugar haría lo propio.

—¡Pero esto es horrible!

—¡Qué quieres! Es la vida.

Y como si, en efecto, fuese aquello la cosa más natural del mundo, Castro cambió de conversación y siguió mostrando a Petrita las cocottes de moda. María Luisa, siempre joven, hermosa y fresca, como madona del Ticiano; Nati, irreflexiva y desenvuelta, graciosa y descarada, como chulilla madrileña. Isabel, la Alegría.

—De esa, Luis te puede dar detalles; ha sido novia suya.

Luis protestó.

—No es cierto; nada más que amiga, amiga nada más.

—Bien, como quieras; no discutamos —dijo Perico sin alterarse.

Y siguió mostrando mujeres. Pepita Cruz, la bella Pepita, la estrella de Romea, la reina de las sevillanas, y Maruja la de los ojos tristes y Julia la de las manos liliales, menudas, cuidadas, divinas, manos de Botticelli. Y en fin, escandalizando una platea, alegres, inquietas, nerviosas, como pájaros en jaula dorada, Mimi Pinson, Liane de Agni, Marie Duval, Lise Juvert, toda la troupe de danseuses, gommeuses, chanteuses, diseuses y demás acabadas en euses del Petit Salon.

—Mirad, mirad —interrumpió bruscamente Amalia mostrando a un muchacho pálido y ojeroso que en medio del salón pisoteaba furiosamente la chistera—. ¡Qué gracioso! Le ha dado la borrachera por proteger al sombrerero.

—¡Toma! Si es Bedmar.

—¿Antoñito?

—El mismo.

—¡Qué borrachera tiene!

—Como siempre.

—¡Pobrecillo!

—¡Qué lástima de hombre!

Todos, incluso Sánchez Cortina, se desataron en frases compasivas. ¡Pobre muchacho! ¡Qué lástima de chico! Hubiera sido el primer poeta de España, de no existir el aguardiente. Pero el maldito vicio le tenía embrutecido, hecho una lástima. Así y todo escribía de cuando en cuando versos hermosísimos. Asegurábase que la culpa de su embrutecimiento la tenía una mujer, una tiple a quien conoció en el teatro de San Fernando, enamorándose tan locamente de ella, que de buenas a primeras resolvió casarse, con el consiguiente escándalo de la buena sociedad gaditana y el natural asombro del almirante Bedmar, padre de Antonio y capitán general del Departamento. El almirante no se anduvo en chiquitas; cogió al muchacho y le metió de grumete en un barco de guerra; pero el chico, que se encontraba en el periodo bruto del amor, a los veinte días de encierro se echó una noche al agua, ganó a nado la costa, y debajo de la banqueta de un coche de ferrocarril se plantó en Madrid, a uno de cuyos teatros había venido a trabajar su adorada. El general tomó la cosa por lo serio, y decidido a no tolerar más disgustos de aquel muñeco, le abandonó a su suerte, cerrándole todas las puertas y negándole toda clase de auxilios. Antoñito, que conocía el carácter de su padre, y sabía que nunca le perdonaría la trastada, se puso a trabajar con verdadero ahínco, y aquel mismo verano, gracias a las imposiciones de la tiple, estrenó en Eldorado una revista que alcanzó gran éxito. Tras la revista vino una zarzuela, tras la zarzuela un juguete en Lara, y tras el juguete un poema, poema en el cual se revelaba Antonio como artista verdaderamente genial, de inspiración y grandes vuelos. Dado el primer paso, los demás fueron serie continuada de triunfos. Todos los españoles aprendieron de memoria sus versos, los recitaron todos los labios, vibraron en todos los oídos. Bruscamente dejó de trabajar. En vano le pedían original, en vano le buscaban los periódicos, en vano le solicitaban los editores. Antoñito Bedmar no trabajaba. Veíasele de taberna en taberna, de colmado en colmado, sucio, desaliñado, borracho perdido. Elenita Samper habíale dejado; y él impotente para desterrarla de su corazón, se embrutecía lentamente buscando en el alcohol la dicha del olvido. De tarde en tarde, cuando el hambre le apretaba mucho, escribía una revista, una zarzuela, cualquier cosa que vendía por veinticinco o treinta duros, a veces para que otro la firmase. Poesías sueltas, escritas con lápiz, al dorso de un anuncio, sobre la mesa de un café; poesías cortas, crudas, nerviosas; esqueléticas, postreras notas de su corazón envenenado.

—¿Y Manolo? —preguntaron a un mismo tiempo Luis y Perico—, ¿dónde estará?

Manolo, por su parte, hacía media hora que andaba por el salón buscando a Luis.

—¿Dónde se habrá metido? Es capaz de haberse marchado —pensaba.

Por fin le divisó arriba, en el palco, al lado de Perico.

—¡Eh! ¡Luis! ¡Castro!

—¡Subeee!

—¿Qué número es?

—Siete, principal.

—¿Tenéis vino?

—Sí.

De pronto, una máscara que detrás de él se había colocado sin que lo advirtiese, le dio con la enguantada mano dos golpecitos en el hombro al propio tiempo que le decía burlonamente:

—¿Tú aquí, Manolito? ¿Desde cuándo te deja mamá salir solo de casa?

Enmudeció Manolo, giró sobre sus talones, y quedó mirando a su interlocutora perplejo e indeciso, azorado y confuso, con esa cara de miedo que ponen los guardias de servicio en el callejón de la plaza cuando un toro salta la barrera. Y como la sorpresa y la emoción le impedían coordinar una frase ingeniosa, contestó sencillamente:

—¡Hola, Luisa! ¿Cómo estás?

Ella no pareció maravillarse mucho de la prontitud con que había sido conocida.

—De seguro —dijo— que en este momento en todo el mundo pensabas menos en mí.

—Sería una tontería negarlo.

—Pues yo soy, hijo, soy yo.

En efecto: era ella. Más alta, más gruesa, más hermosa si es posible, pero la misma. Aquellos ojos negros, grandes como el abismo, que brillaban detrás de la careta, eran los mismos que tres años antes le miraban abrasadores; aquellos brazos de blanquísima carne que veía a través de las mangas de gasa, eran los mismos entre los cuales descansó tantas veces; aquellos labios, rojos y frescos, eran los mismos que tres años antes le habían entusiasmado con sus palabras seductoras, haciéndole soñar con la felicidad que surge de la unión de dos seres. Era la misma, sí, con su aspecto desenvuelto, gracioso y lascivo, que se aparecía nuevamente en su camino para arrebatarle la tranquilidad, para robarle otra vez el albedrío, para volver a atarle con los lazos de un cariño que tantísimo trabajo le costó romper. Cariño aletargado por la ausencia de tres años, y que ahora en su presencia despertaba, más vital que nunca, ansiando reanudar el idilio interrumpido tan bruscamente.

Sin embargo, procuró dominarse. Entre Luisa y él no podía haber ya nada, había terminado todo para siempre. Así que, forzando una sonrisa, le dijo con el tono más indiferente que encontrar pudo.

—¿Qué es de tu vida? ¡Cuánto tiempo sin verte!

—Llegué ayer de Lisboa.

—Ah, vamos, y hoy te pedía el cuerpo alegría, y has venido al baile. No está mal.

—¡Valiente cosa te importa a ti lo que yo haga!

—No, hija, me tiene completamente sin cuidado.

—Gracias. Pues, mira: ¿sabes a qué he venido esta noche? A verte. Sabía que estarías aquí.

—Ya es saber, porque hace dos horas no lo sabía yo.

—Pues ya ves si he acertado.

—Como que tú eres muy lista.

—A mí tus guasas... Necesito hablar contigo. Tengo muchísimas cosas que decirte.

—Y que yo escucharía con muchísimo gusto si me fuera posible, pero no puede ser. Me están esperando en aquel palco.

—Déjalos que esperen; otras veces he esperado yo.

—No, no es posible, te aseguro que no es posible.

—Como gustes. No quiero que por mí te violentes. ¿Cuándo nos veremos?

—Cuando tú quieras.

—¿Mañana? Ve a casa. Vivo sola. ¿A qué hora irás? Ve a las ocho, ¿quieres? Cenaremos juntos. Como otras veces, ¿te acuerdas?

¡Ya lo creo que se acordaba! Por eso precisamente, porque se acordaba no quería ir.

—Te espero, ¿eh?, Ballesta, dieciséis, segundo. ¿Irás?

¡Qué había de ir! Si tenía miedo de sí mismo, de encontrarse a solas con ella y que sus miradas, sus sonrisas, su ideal belleza le hicieran quebrantar el propósito que se había formado de mantenerse firme. ¡Qué había de ir, si comprendía que aún la amaba, si estaba seguro de caer nuevamente en sus brazos!

—No sé, no sé... Si tengo tiempo...

De pronto, ambos palidecieron, se acordaron de lo mismo.

—¿Está buena, verdad? —preguntó él en voz baja, muy baja, llena de emoción.

—Sí, la tiene mi hermana. Está ya muy alta, muy alta...

—¿Sí?

—Muy alta y muy bonita.

—Dale muchos besos de mi parte.

Miráronse un instante cara a cara, y al choque de esas miradas, brillaron los ojos y enrojecieron las mejillas; las manos unidas se estrecharon nerviosas, la sonrisa desapareció de sus labios, una sombra de tristeza pasó por su frente. ¡Aún se querían!

Grande fue la sorpresa de todos al ver entrar en el palco a Manolo Ruiz cabizbajo y mohíno.

—¿Qué te pasa?

Manolo se encaró con Luis, y con tono que podría ser solemne, pero que en aquel instante resultaba espantosamente ridículo, le descerrajó este pistoletazo:

—Dame la chapa del guardarropa.

Todos le miraron sorprendidos.

—¿Dónde vas?

—¿Qué te sucede?

—¿Se ha puesto usted malo?

—¿Has hecho conquista?

—¿Es guapa?

Manolo, por toda contestación, dijo que se iba a casa porque se encontraba aburrido.

¡Pero este demonio de chico estaba loco! ¡Irse cuando la fiesta entraba en su apogeo, cuando se habían marchado las personas decentes! ¡Irse cuando quedaba todavía medio kilo de mortadela, uno de jamón en dulce, tres docenas de emparedados, un salchichón de Vich, cuatro botellas de Montilla, tres de Jerez y dos de Champagne...! Nada, no se le daba la chapa; si quería marcharse, que se fuera... ¡a cuerpo!

—Bueno, pues la verdad; me voy porque he encontrado a Luisa. No me da la gana de estar con ella y no tengo valor para verla en brazos de otro.

¡Pero este Manolo era imposible!

—¿A ti qué te importa, hombre, a ti qué te importa? —le gritaba Castro cogiéndole de las solapas y zarandeándole como si fuera un pelele—. ¿A ti qué te importa? ¿Vas a volver con ella?, ¿no?, pues entonces déjala que baile y triunfe y se divierta; ¿no te diviertes tú? Pues, hombre, estaría bonito que por una coqueta indecente te marchases ahora, mientras ella se quedaba aquí gozando, divirtiéndose y burlándose de ti, pobrecito tonto, que no sabes echarla de tu corazón. Si lo que sobran en el mundo son mujeres. ¿Verdad, chiquillas? Mira, aquí tienes dos; ¿ves qué bonitas? En cuanto tengas veinte duros, se dan de puñaladas por tu cariño.

Manolo continuaba pensativo y triste.

—Vamos, está visto que tú no te animas mientras no se descorche el champagne. Don Juan, con su permiso, voy a ofrecer una copa a este pobre artista loco de remate.

—Sí, vino, vino; el vino disipa las penas.

—Como el sol disipa las nubes.

—Eso, como el sol disipa las nubes. Paso la imagen si me dan una copa.

—En seguida.

—No, nada de champagne; primero a comer; el champagne lo último.

Colocaron los fiambres en los mismos papeles grasientos que los contenían, encima de una silla, alrededor de la cual se sentaron todos. Luis bebía más de lo regular y no le iba en zaga Perico Castro. Sánchez Cortina, colorado como un cangrejo cocido, requebraba y galanteaba a las muchachas con ese atrevido y picante lenguaje de los barrios bajos. Se le había saltado el botón del cuello, y mostraba su pescuezo limpio de vello, blanco como el de una matrona de Rubens. Petrita cantaba tientos y soleares a media voz jaleada por Amalia, en tanto que Manolo Ruiz, borracho ya, se empeñaba en referir a Cortina la historia de sus amores. Viendo que el diputado no le hacía caso, fue a contársela a Perico; pero este, de un salto, se plantó en el otro extremo del palco, gritando horrorizado:

—¡No, a mí no, por Dios!, cuéntasela a Luis.

—¡Ca!, a mí tampoco. Me la sé de memoria: «Paseaba una tarde de junio con Antonio Pezuela, cuando vimos dos chicas muy monas, al parecer modistas». Así empieza; ¿ves cómo la sé? Anda, cuéntasela a Amalia que no la sabe.

Manolo se enfadó y los llamó groseros y mal educados. Después sentose al lado de Amalia, y quieras o no quieras, le espetó la historia:

—«Paseaba una tarde de junio con Antonio Pezuela...».

La tal historia que, referida por cualquiera hubiera sido sencillamente una vulgaridad, en labios de Manolo resultaba una matraca horrible. El pobre muchacho no había conocido más pasión que esta, y la idealizaba en su imaginación de artista, queriendo hacer a todos partícipes de aquellas tonterías que él apellidaba desengaños y traiciones.

Por fin Amalia se enfadó también, y le echó con cajas destempladas.

—¡Pues, señor, vaya una lata! Media hora de conversación para decir que cuando la conoció llevaba la chica dos días sin comer, que la convidó a un pollo con tomate; que agradecida al pollo le hizo caso; que tuvo con ella un chico, y que a los dos años se vio obligado a mandarla a paseo porque se la pegaba siete veces por semana. Pues, hijo, paciencia y aguantarse... Haber tenido dinero. ¿Qué iba a hacer la chica con quince duros al mes?

Todos los presentes asintieron; Amalia tenía razón. ¿Qué iba a hacer la pobre con quince duros?

Petrita fue la única que no estuvo conforme. ¿Qué iba a hacer? Pues sufrir y pasar fatigas. ¿Había o no había cariño? Pues si le había, ¿qué importaba lo demás? Cuando se quiere de veras, las privaciones no se sienten. Lo sabía por experiencia. También ella había pasado con su novio días muy malos, sin tener que comer, y arropándose solo con una manta. Pero ¿y qué? Cuando tenían frío, se pegaban el uno al otro; cuando no había que comer, se comían a besos. Lo principal era el cariño. Aquella Luisa era una mujer sin corazón, indigna de que ninguna persona decente la mirase a la cara. ¡Ah, si ella hubiera encontrado un hombre así! Estaba visto; cuanto peor se portaba una más la querían.

Se habían comido todo el jamón y bebido todo el montilla. Solo quedaban dos o tres emparedados, algunas rajas de salchichón esparcidas sobre los papeles, una botella de champagne y dos de jerez.

Luis, pálido, muy pálido, con la barba apoyada en las manos y los codos en la barandilla, miraba al salón. Sánchez Cortina parecía próximo a sufrir un ataque apoplético. Castro desternillábase de risa al ver las extravagantes muecas de Amalia a quien el champagne se le había introducido por las narices, produciéndole un incómodo cosquilleo que la hacía estornudar estrepitosamente, en tanto que Manolo y Petrita, sentados en un rincón del antepalco, charlaban en voz baja, con la animación de dos personas que empiezan a entenderse.

Al compás de las notas de una habanera las parejas balanceábanse torpemente en el salón sin mover apenas los pies, sin cambiar de sitio, con la torpeza del cansancio, con la pesadez de la fatiga. Desprendíanse marchitas la flores de las cabelleras despeinadas y se desataban las cintas de los antifaces dejando ver las caras borrachas. Era el penúltimo baile, si baile puede llamarse a aquel torpe vaivén de cuerpos al compás de una música lasciva y quejumbrosa. Las máscaras elegantes habían desaparecido. Algunas volvían, con los abrigos puestos, a echar una última ojeada y se quedaban de pie, en las puertas, esperando las primeras notas del pasodoble final para marcharse. Solo se veían bebés de percalina, dominós de satén, pierrots baratos; alguno que otro mantón de Manila que destacaba sus flores brillantes. Los bastoneros paseaban de un lado a otro, retirando con el extremo de sus largos palos montones de serpentinas enlazadas. Ya no llovía confetti, ya no se oían bromas. Las parejas caían fatigadas sobre los sillones. Los hombres charlaban entre sí, graves, serios, formales, con las pecheras arrugadas, la corbata deshecha, el aburrimiento en los ojos. El palco de Rose d’Ivern estaba vacío. Las artistas del Petit Salon se habían marchado. Lola Guzmán oía embelesada la charla de un poeta melenudo con cara de Cristo. Solo Rosarito seguía riendo como una loca, con el caballero gordo, riendo siempre, siempre riendo con francas carcajadas cristalinas.

Fue preciso despertar a Sánchez Cortina, que se había quedado dormido sobre el diván. Entre Luis y Perico tuvieron que llevársele cogido del brazo, como a un niño perezoso y mal criado, después de haberle puesto al cuello la toquilla de Petra para que no se constipase. Castro se marchó con él en un coche de punto. Manolo fue en busca de otro con Petrita y Amalia, y Luis echó calle del Arenal abajo, subido el cuello del gabán, ladeado el sombrero, las manos en los bolsillos, tarareando el pasodoble, indiferente al frío y a la lluvia.