III
Al oír el estrépito, y, más que nada, la ruda interjección de Luis, Boncamí volvió la cabeza.
—¡Eh, cuidado, hombre; que se va usted a lastimar! ¿Qué demonios ha hecho usted?
—Nada, que he metido el pie no sé dónde.
—En un bastidor; lo ha roto usted.
—Creo que sí y por poco más me rompo la cabeza.
—¿Quieren ustedes hacer el favor de callarse? —gritó una voz aguardentosa desde el escenario—. Así no hay ensayo posible. Voy a prohibir terminantemente la entrada. ¡Esto es insoportable!
Los dos amigos, conteniendo la risa a duras penas, volvieron sobre sus pasos y se refugiaron en el ángulo oscuro, detrás del bastidor, desde donde siguieron observando.
—¿Ve usted a Perico?
—Sí, allí está sentado con Cañete, pero cualquiera le llama ahora. Ese animal de Bermúdez sería capaz de echarnos a la calle.
—¿Y qué hacemos?
—¿Qué quiere usted que hagamos...? Esperar.
En la escena el ensayo continuaba. Elena Samper, con el velillo del sombrero recogido en la frente, recitaba monótona, jugando distraída con su boa de piel:
Y últimamente a ti, ¿qué te se importa?
Bermúdez, delante de ella, sin mirarla, continuó:
—No me digas que tú eres madrileña,
Ni que en las venas te circula sangre,
Ni que tienes decoro ni vergüenza...
—Oiga usted —interrumpió de pronto mirando a Castro—. Repito lo que dije ayer; esta escena me pesa mucho. Es preciso cortarla.
Castro se levantó indignado, agitando los brazos en el aire con descompasados movimientos:
—¡Pues no la corto, ea, no me da la gana! He dicho que no la corto, y no la corto. La escena está así bien.
Bermúdez se encogió de hombros.
—Bueno, pues si la patean que la pateen. La culpa la tengo yo por meterme a dar consejos. Después de todo, a mí...
—Eso —interrumpió Elena con cómica entonación—. Últimamente, a ti ¿qué te se importa?
La ocurrencia fue muy celebrada. Todos los presentes, incluso Castro, se echaron a reír.
—Bueno, bueno —exclamó Bermúdez algo amostazado—; estamos perdiendo tiempo; se nos viene la tarde encima. ¿Qué ensayamos ahora? Yo creo que la letra está ya sabida.
—¡Pche!
—Pasemos a la música. ¿Quieren ustedes que ensayemos el dúo?
—Sí, sí, el dúo —dijo a su vez Cañete levantándose también de la silla—. Vamos a ver si sale mejor que ayer. Ayer fue una calamidad. Pero, ¿dónde demonios está la orquesta? ¿Dónde están esos músicos? ¡Eh, maestro! ¡Maestroooo!
Aprovechando la confusión, Gener y Boncamí abandonaron su escondrijo y entraron resueltamente en el escenario. Castro les salió al encuentro.
—Hombre, me alegro muchísimo verte —exclamó dirigiéndose a Luis y tendiéndole la mano—. Precisamente te iba a escribir esta noche citándote. Tengo que hablarte de un asunto de importancia. Mira, haz el favor de bajar a las butacas y esperarme allí; yo iré en seguida, en cuanto termine este lío. Estoy loco, muchachos. Hoy debía haber sido el ensayo general, y ya veis. ¡Os digo que estoy ya más harto! ¡Me están dando unas tentaciones de retirar la obra y mandarlos a todos a escardar cebollinos!
La figura escuálida de Filiberto Pons, el director de orquesta, se destacó por el pasillo de butacas.
—¿Quién me llamaba? —preguntó con su voz gangosa, elevando las inmensas narices por encima de la batería.
—Yo, maestro. ¿Podríamos ensayar el dúo?
—Todo lo que ustedes quieran. A ver —añadió sentándose en el sillón y palmoteando furiosamente—. ¡Caballeros, a trabajar!
Elena se había dejado caer sobre una silla y charlaba en voz baja con Avelino Suárez, el colaborador de Cañete, un músico nuevo en quien se tenía grandes esperanzas. El hombre rompía su primera lanza con esta obra, y a pesar de los ánimos y alientos que sinceramente le daba todo el mundo, permanecía arrinconado sin atreverse a hablar. Únicamente cuando Elena, tratando de halagarle, le dijo sonriendo: «La música de usted es preciosa, maestro; hacía tiempo que no cantaba yo nada tan bonito», el hombre protestó indignado.
—Ah, ¿pero usted cree sinceramente que esta música es buena? ¿Usted cree que yo me he molestado en hacer música buena para Eslava? Pues está usted en un error. El día que yo haga música buena, crea usted que no será seguramente para Eslava ni para una revista, no por Dios, no.
Estaba magnífico, con sus redondos lentes montados triunfalmente en las narices y su negra melena despeinada.
—Vamos maestro, ni tanto ni tan calvo; demasiado sabe usted que el dúo es bonito.
—Bonito..., ¡pche!..., pase lo de bonito. Delicadillo, tierno, pegajoso..., chantilly y huevos hilados, créame usted.
Bermúdez paseaba a grandes zancadas con las manos metidas en los bolsillos de su enorme gabán. En uno de estos paseos tropezó con Antonio Bedmar, que entraba en aquel momento, y cogiéndole bruscamente de un brazo, le dijo al oído con tono misterioso: «¿Ha visto usted en la vida una obra peor que esta? ¡Menuda pateadura nos van a dar!». Bedmar, por toda contestación, se encogió de hombros y siguió andando, buscando con sus ojos miopes a Elenita Samper. En un principio pensó saludarla; pero viéndola tan entretenida con Suárez, a quien no trataba personalmente, cambió de parecer y fue a sentarse al lado de Pedrosa, que en el ángulo oscuro, casi pegado al telón de fondo, repartía amablemente a varias coristas el contenido de dos cafeteras abolladas.
—Hombre, llegas a tiempo de echar un sorbo; únicamente que como no hay más vasos, tendrás que tomarlo en la cafetera.
Los músicos, sentados ya delante de los atriles, afinaban los instrumentos. Todas las conversaciones cesaron. Elenita se levantó y fue a colocarse al lado de Bermúdez. Luis y Boncamí se despidieron de Castro.
—Te esperamos en las butacas, ¿eh?
—Sí, sí, allá iré yo en seguida. Pero ¿dónde vais? Bajad por aquí, por la orquesta; ¿qué necesidad tenéis de dar rodeos?
El dúo comenzó. A las primeras notas, Gener y Boncamí se miraron con extrañeza.
—¡Caramba! ¿Sabe usted que esto es muy bonito?
—Muy bonito.
Y acomodándose en la butaca escucharon con atención. Era un dúo delicado y tierno, de corte finísimo, primorosamente instrumentado con arpegios de violín y trinos de flauta que se deshacían en el aire como blandos suspiros; una música dulce, quejumbrosa, con cadencias de sollozos...
—¡Lástima de música para ese pato de Bermúdez!
—En efecto; en cambio, Elena...
—Sí, ella está bien, canta bien esa chica.
El dúo concluía con una nota larga, perezosa que se iba apagando lentamente, tristemente como un eco vago.
—¡Bravo! ¡Muy bien! ¡Muy bien, maestro!
Todo el mundo felicitó a Suárez y a Elena. Únicamente Bermúdez se permitió hacer observaciones.
—Sí, el dúo es bonito, muy bonito, solo que...
—¿Qué?
—Que no acaba.
—¿Cómo que no acaba? —preguntó Suárez, sorprendido, empinándose como un gallo y afianzándose los lentes—. ¿Cómo que no acaba? ¿Qué quiere usted decir?
—Pues, eso; que no acaba.
Suárez giró sobre sus talones, cogió la partitura y presentándola a Bermúdez le dijo tranquilamente, sin alterarse lo más mínimo:
—¿Ve usted esta nota? Pues aquí empieza el dúo. ¿Ve usted esta otra? Pues aquí acaba. ¿Ve usted cómo sí acaba?
—Bermúdez quiere decir... —intervino Elenita.
—Sí, ya sé lo que quiere decir, que falta un calderón, ¿no es eso? Pues bien, yo creo que no falta, y por eso no lo pongo.
Cañete intervino también. ¿Qué inconveniente había, después de todo, en reformar el dúo? Tenía razón Bermúdez; resultaba un poco lánguido. ¿Por qué no terminar con un efecto? Al fin y al cabo, ¿no es lo que gusta al público?
—Oye, ¿a ti te gustan las ostras?
—Hombre, sí —contestó Cañete, desconcertado por aquella pregunta extemporánea.
—Bueno, pues a mí no —y volviéndole la espalda sin más explicaciones, se sentó de nuevo en la silla.
El ensayo continuó.
Luis, en tanto, explicaba a Boncamí la historia de Suárez. Era gallego. Pensionado en un principio por la Diputación de Orense y abandonado más tarde a sus propios esfuerzos, pudo terminar la carrera en Madrid a fuerza de constancia y sacrificios, ayudándose con lecciones particulares y entreteniendo por las noches con valses y polquitas a los parroquianos del café de San Millán. Allí le descubrió Pedrosa un día en que...
No pudo continuar porque Castro, aproximándose a ellos, le interrumpió:
—Aquí me tienes. Vamos a hablar. No se vaya usted, hombre —agregó reteniendo a Boncamí, que había hecho discretamente ademán de marcharse—. No es ningún secreto, y aunque lo fuera, ¡caramba!, usted siempre podría oírlo. Se trata de lo siguiente: Sánchez Cortina tiene el propósito de fundar un periódico, un gran periódico rotativo, a la moderna, un periódico de lucha y de batalla; muchas noticias, mucha información, mucha independencia, en fin, un gran periódico. Dentro de veinte días se montarán las máquinas, una Marinoni encargada expresamente, y una americana, monísima, de lance, una maravilla que suelta treinta mil ejemplares por hora a tiro forzado. Se quiere que el periódico salga inmediatamente. Yo tengo el encargo de ir buscando bajo cuerda el personal de redacción, y, como es natural, me he acordado en seguida de ti. Supongo que serás de los nuestros.
Luis quedó pensativo.
—Hombre, te diré... —exclamó sorprendido por lo brusco de la proposición—, te diré.
Y como en el momento no se le ocurría decir nada, sacó la petaca, ofreció a cada uno un cigarro, lió él otro, le encendió pausadamente y como hombre que ha tenido ya tiempo de reflexionar, prosiguió:
—Mira, puesto que la cosa después de todo no es inmediata, te agradeceré que me dejes un par de días para pensarlo. La verdad, no me seduce el periodismo. Me revienta la política, me cansa la información, me molesta esa literatura chabacana y grosera hecha de prisa, bajo el apremio del tiempo y de la columna, con ideas ajenas y pensamientos prestados, ese diario trabajo anónimo que no deshonra, pero que embrutece, no te quepa duda, embrutece. Empieza uno por escribir de buena fe, y concluye por convertirse en máquina de sueltos y noticias.
—Hombre, no, eso les pasa solo a los imbéciles. Además, si no te gusta el reporterismo ni la política, puedes dedicarte a otras cosas, por ejemplo, críticas teatrales, crónicas literarias, en fin, lo que tú quieras. Yo creo que con eso no pierdes nada, al contrario. ¡Qué demonio!, siempre es conveniente mover la firma en un gran rotativo. ¡Quién sabe si el día de mañana te será esto útil! Porque hay que tener en cuenta que si el periodismo, como fin, es en España una estupidez, como medio no hay otro mejor. ¡Cuántos adoquines se han elevado sobre sus columnas! ¡Cuántos cerebros huecos se han visto glorificados gracias a los bombos de la prensa!
Boncamí, moviendo la cabeza, asentía en silencio; Luis continuaba pensativo.
—No sé, no sé..., veremos.
En la escena el ensayo continuaba. Las coristas extendidas en abanico delante de Bermúdez, cantaban al unísono balanceando las caderas y moviendo los brazos a compás, como muñecos de resorte. Los demás actores charlaban en voz baja esperando su turno.
Castro insistió todavía.
—Creo que es una ligereza no aceptar; una ligereza de la cual puedes arrepentirte. Es muy difícil que vuelva a presentarse una ocasión tan bonita como esta. Un gran rotativo no se encuentra todos los días. ¡Cuántos muchachos que valen se darían con un canto en los pechos por escribir en él, aun cuando fuera gratis: sí, aun cuando fuera gratis...!
Boncamí era de la misma opinión.
—Indudablemente debe usted aceptar. En todo caso, siempre hay tiempo para dejarlo si no conviene. Aunque yo creo que sí conviene. Hay que trabajar, hay que darse a conocer, que salir de esta atonía, que procurar ser algo... Un hombre debe tener aspiraciones.
Luis no acababa de decidirse.
—No sé, no sé..., veremos...
—Bueno, pues mira, piénsalo —dijo Castro, molesto por tanta terquedad, levantándose de la butaca. Boncamí hizo lo mismo.
—Oiga usted, Castro, un momento; yo también tengo que hablarle a usted.
Enlazose a su brazo y ambos echaron a andar por el pasillo de butacas.
Luis quedó solo. La proposición de Castro le preocupaba. Por un lado, como antes dijera, el periodismo no le seducía. Le encontraba humillante y agotador. Por otro, la idea de tener una tribuna donde exponer libremente sus tendencias le encantaba; un sitio donde desfogar a sus anchas todo el odio que sentía contra los miserables detractores del arte, contra los imbéciles que le falsean, contra los mercachifles que le venden, contra los burgueses que le compran, contra los canallas que le prostituyen, contra todos los que a su costa viven, convirtiéndole en materia de lucro y especulación y escarnio y befa. Sí, eso sí, eso lo haría gustoso. Una crítica fría, razonada, libre de prejuicios y ajena de amistades. Pero esto, ¿podría hacerse? ¿Le asegurarían para ello la suficiente independencia? ¿No vendrían después el director y los accionistas y los mismos compañeros con imposiciones exigentes y molestas recomendaciones? Si era así, renunciaba desde luego. O una absoluta libertad, o nada.
La inesperada presencia de Manolo Ruiz sacole bruscamente de sus meditaciones.
—Me ha dicho Boncamí que estás aquí y vengo a saludarte.
—Ya iba siendo hora. Dichosos los ojos, hombre.
—Estoy allí arriba, en un palco, con Petrita, ya sabes, aquella muchacha del Real.
—Sí, ya sé.
—La he traído a que viera esto, porque como todos creíamos que hoy era el ensayo general...
—Pero, Manolo, ¿te atreves a traer mujeres a estos sitios?
—¿Por qué? ¿Qué tiene eso de particular? No la ve nadie; pero aunque la vieran, ¿qué? Es una muchacha que puede presentarse en cualquier lado. Te advierto que no es la máscara que tú conociste; con el traje de calle está desconocida; tiene un aspecto de mujer honrada, que da un chasco a cualquiera.
—De todos modos, Manolo, de todos modos, no está bien.
—¡Qué hipócritas sois!
—No es hipocresía, Manolo; es corrección.
—Para mí da lo mismo.
—En fin, allá tú. Yo lo que te digo y te repito es que no me parece digno ni decoroso el ir constantemente con esta clase de mujeres.
—¡Bah! ¡Qué quieres! Son las más prácticas. Mira, chico, te voy a ser franco. Yo tengo un temperamento muy especial; no puedo pasarme diez días sin una mujer, y en cuanto la encuentro, no me puedo pasar diez minutos sin idealizarla. Yo tengo la desgracia de idealizar cuanto me rodea. Pues bien; estas mujeres, como tú dices, son las que menos peligro ofrecen a un hombre, porque, como son viles amasijos de carne, la idealización no se realiza nunca; en cuanto te ilusionas un poquito, ¡paf!, viene un jarro de agua y te quedas más fresco que una lechuga. ¿Comprendes?
Luis calló. Él, temiendo que no le hubiera comprendido, redobló sus argumentos.
—Las mujeres honradas tienen muchísimos peligros: el primero de todos, enamorarte; un hombre enamorado es un hombre al agua, porque, ¿qué vas a hacer si te enamoras de una mujer honrada? Casarte, no te queda otro camino. ¡Casarte! ¿Tú sabes lo que en la vida moderna significa esto? ¡Demonio!, pues ahí es nada; casarse, atender a otro, cuando a duras penas puede uno atender a sí mismo. Bueno, y si no te casas, peor; tus relaciones se convierten en el suplicio de Tántalo. Aparte de que con ello no resuelves nada, porque el gran problema, el problema sexual, continúa en pie. ¿Que no te casas y seduces a la chica? Eso es una canallada. Eso sí que lo considero yo infame, ¿ves tú? Y no te quiero hablar de los disgustos con los padres, y con los hermanos, y con tu familia, con todo el mundo. Y mucho menos lo que te ocurre si un día te cansas de esa mujer y quieres dejarla. ¡Te has caído! No te la quitas de en medio ni a tres tirones. Ya puedes decir que te ha salido un grano vitalicio; no hay ungüento que le seque ni cirujano que le extirpe. No hay nada más insoportable que una mujer honrada cuando se enamora, ¡créemelo! No quiero nada con mujeres honradas. No, ¡por Dios!, nada.
Luis le escuchaba sonriendo.
—Hay que convenir, Manolo, en que tienes muchísima gracia.
—¿Gracia? No lo creas; te estoy hablando con el corazón en la mano.
—Toma, pues por eso precisamente tienes gracia.
Los dos amigos callaron un momento. La orquesta preludiaba un vals, un vals flexible, truhanesco, desvergonzado, con alegres escalas que sonaban a risas y notas que parecían retintineo de cristales.
Elena Samper, encantadora, con el velillo recogido en la frente, cantaba:
Anda, chiquilla; anda, chiquilla,
descorcha esa botella de manzanilla.
—¡Qué monísima es esa criatura!, ¿verdad?
—¡Deliciosa! —contestó Manolo, y en seguida, como dominado por una idea fija, preguntó bruscamente:
—Oye, ¿por qué no te arreglas tú con Amalia?
—¿Yo? Porque no tengo dinero para sostener una mujer.
—¡Qué gracioso! Yo tampoco —y reclinándose en la butaca y bajando la voz, le expuso el procedimiento para conseguirla, tratando de convencerle—. Es una chiquilla preciosa; tengo la seguridad de que ha de gustarte; es simpatiquísima. Está deseando tener un amante. Yo creo que os entenderíais en seguida. He hablado del asunto con Petrita, y Petrita está dispuesta a prepararte el terreno cuando tú quieras.
Luis, moviendo la cabeza, decía a todo que no.
—Pues mira, es una lástima, porque íbamos a pasar, los cuatro, ratos deliciosísimos. Pero ¿por qué no quieres, vamos a ver? —agregó intentando todavía convencerle—. A mí no me vengas con remilgos ni con hipocresías. Después de todo, no sería esta la primera: acuérdate de Isabelilla.
Luis protestó.
—Es falso. Yo no me he formalizado jamás con Isabelilla. La conozco, la trato, me gusta, pero nada más. Soy únicamente un amigo suyo, como tú, como este, como aquel, como lo pueda ser cualquiera.
—No mientas; tú has estado loco por esa mujer.
—Cuando yo tenía dinero, ¿por qué negarlo?, me ha gustado mucho convidarla a cenar y llevármela a un baile y marcharme con ella de juerga. Pero nada fijo, ¿eh?, nada de ataduras ni compromisos; yo por mi camino y ella por el suyo.
—Pues mira tú lo que son las cosas; a mí me habían dicho...
—A ti te habrán dicho lo que quieras; pero la verdad es lo que digo yo.
Calló bruscamente. Manolo comprendió que no debía insistir y cambió de conversación.
—¿Quieres subir a saludar a Petrita? Tengo muchas ganas de que la conozcas, para que me des tu opinión. Anda, sube.
—Hombre, el caso es que estoy aguardando a Boncamí.
—¿A Boncamí? No le esperes. En mi presencia se ha citado con Castro para ir juntos no sé adónde. Por cierto que al preguntarle por ti, me ha dado un sablazo de tres duros, los únicos que llevaba encima.
—En ese caso...
Salieron. Petrita esperaba impaciente. A la primera mirada, Luis quedó sorprendido. Manolo tenía razón. Parecía una muchacha honrada, una señorita que acaba de dejar las faldas de mamá para ir con su hermano al teatro. Su carita de virgen pequeña y sonrosada, tenía una dulzura encantadora, un aire de inocencia que atraía. Hasta le pareció a Luis que se ruborizaba cuando Manolo dijo:
—¿Ves tú qué chiquilla más rica?
Los músicos habían tenido que repetir el vals porque Elena no sabía una palabra de la letra. A cada momento se equivocaba, le faltaba la frase, y para no perder el compás seguía tarareando la música. Al fin acabó por confesar que no había tenido tiempo de estudiarle.
—Esta tarde, en casa, lo aprenderé.
—Eso es —protestó Cañete malhumorado—. Y la obra se estrenará el día del juicio.
—No, no, yo le prometo a usted que me le aprendo esta misma tarde; ¡si es sencillísimo!
—Señor Cañete —dijo un portero entrando—, aquí hay un caballero que quiere hablar con usted.
—Bien, dígale que tenga la bondad de esperar un momento. ¿Ensayamos el tercer cuadro? —prosiguió dirigiéndose a Bermúdez.
—Como usted quiera.
—¿Vamos con el terceto?
Carmencita Cruz, la segunda tiple, se aproximó a ellos.
—Maestro, perdóneme usted, pero me es de todo punto imposible cantar; pesqué anoche un catarro y ando muy mal de la garganta.
—¡Pero, mujer, por Dios, haga usted un esfuerzo...!
—Imposible, maestro, imposible; si canto ahora en el ensayo y por la noche en la función y mañana por la tarde vuelvo a cantar, cuando llegue el estreno estaré completamente afónica.
—Señor Cañete, ese caballero que desea verle a usted...
—Que se espere, y si no quiere esperarse que se vaya —exclamó el músico desesperado—. Pues, señor, ¡estamos buenos!
—No se enfade usted, maestro —replicó Carmencita mimosamente—; yo le aseguro a usted que me sé perfectamente la obra: ya lo verá usted la noche del estreno.
—Lo que yo estoy viendo es que esto no se estrena en la vida.
Bermúdez se encogió de hombros. ¿Para qué enfadarse? Siempre sucedía lo mismo.
—No perdamos tiempo —dijo—: puesto que Carmen no puede cantar, ensayemos otra cosa. ¿Qué le parece a usted que ensayemos?
—Lo que a ustedes les dé la gana —contestó Cañete cada vez peor malhumorado—; como si no quieren ensayar... Me da lo mismo.
—Vamos, maestro, un poco de paciencia...
—¿Paciencia? ¡Pero si esto es capaz de acabar con la de Job!
—Señor Cañete, ese caballero...
—¿Otra vez? Dígale usted que pase. Veamos quién es ese caballero que tiene tanta prisa.
Un individuo vestido de negro asomó entre bastidores; avanzó lentamente, cegado por la oscuridad, tropezó en una silla, se encaró con Bermúdez, después con Castro, luego con Boncamí y por fin se quedó parado en medio de la escena, mirando a todas partes. Cañete se acercó a él.
—Usted dirá.
—Ah, perdone usted..., con esta oscuridad... ¿Es usted el señor Cañete? Pues bien, yo soy un admirador de usted, un fervientísimo admirador... Me he enterado de que estrena usted mañana una obra y, la verdad, quisiera ir a aplaudirla.
—Pues apláudala usted —contestó groseramente Cañete—. ¡A mí qué me importa!
El otro no se desconcertó.
—El caso es, ¿sabe usted? —añadió dando vueltas a su sombrero hongo—, que yo lo que quería es que me diera usted una butaca..., perdone usted mi atrevimiento..., soy un ferviente admirador de usted..., desearía ver esta obra..., he visto todas las de usted...
—Pues hijo, lo siento muchísimo; pero no me queda ningún billete.
—Vamos, que alguno le quedará a usted...
—No, señor, no me queda ninguno...
—Bueno, ¡qué le vamos a hacer! Lo siento, lo siento mucho; es el primer estreno de usted al que no asisto.
Iba a retirarse cuando Cañete le retuvo.
—¿Ve usted aquel caballero? Pues es el señor Suárez, el maestro Suárez, mi colaborador, es muy posible que a él le queden butacas, véale usted.
—¡Oh, muchas gracias, señor, muchas gracias...! —replicó atentamente, y se marchó en busca de Suárez.
—Estamos perdiendo tiempo —volvió a insistir Bermúdez—; ¿qué ensayamos?
—¿Qué quiere usted que ensayemos ya? Son cerca de las seis. La Cruz no quiere cantar, la Samper no sabe una letra, los demás están deseando irse a ver las máscaras, y yo mismo, yo mismo estoy ya harto de todos ustedes.
—Entonces, ¿qué hacemos? ¿Se aplaza el estreno?
Castro intervino.
—No, nada de aplazamientos, de ningún modo. Demasiados aplazamientos llevamos ya. Si viene otro, retiro la obra.
Pedrosa fue también de la misma opinión.
—Nada de aplazamientos. La revista se estrena el miércoles. Después de todo, si la han de patear que la pateen cuanto antes.
—Bueno, pues hasta el miércoles; el miércoles, ya lo saben ustedes: ensayo general.
Todos se marcharon. Castro y Boncamí se quedaron en la puerta esperando a Gener. Permanecieron allí largo rato aguardándole; pero cansados de esperar, viendo que no venía, se fueron también.
—Es temprano —dijo Perico—; ¿quiere usted que nos lleguemos a Recoletos a ver las máscaras? Daremos una vuelta y después vendrá usted a cenar conmigo. Cambiaré un billete, y le daré los cuatro duros que le hacen falta.