V
Al volver a casa se encontró Luis con la desagradable noticia de que su tío Tomás estaba enfermo.
—En cuanto te marchaste —le dijo su tía—, le entró un frío muy grande, con temblor en todo el cuerpo y castañeteo de dientes. Le di una taza de flor de malva y llamé al médico.
—Has hecho perfectamente. Y él ¿de qué se queja?
—Dice que le duele mucho el costado y la cabeza. Tiene, además, bastante calentura.
Hasta las nueve y media no vino el doctor Núñez; reconoció detenidamente al enfermo y dijo que padecía un catarro pulmonar.
—La cosa en sí no es de cuidado; pero dada la edad de este caballero, su naturaleza gastada y, sobre todo, su estado, cualquier complicación podría revestir gravedad. No quiere decir esto que hoy exista, nada de eso; pero hay que tener poca confianza, muy poca.
—Bueno, pero en resumen, ¿usted, cómo le encuentra?
—Pues, la verdad...
No se atrevía a anticipar juicio alguno concreto. Recetó varios medicamentos y se despidió hasta el día siguiente.
El tío Tomás se encontraba muy abatido; la respiración era cortada, fatigosa, interrumpida a cada instante por violentos accesos de tos que le obligaban a incorporarse trabajosamente sobre el brazo izquierdo. Debía tener mucha fiebre. No obstante, conservaba íntegras sus facultades mentales.
—¿Por qué no te acuestas? —dijo de pronto al ver a su sobrino sentado en un sillón cerca de él—; debes tener sueño. Anda, vete a la cama; María se quedará cuidándome.
A pesar del tono cariñoso con que estas palabras habían sido dichas, Luis creyó notar en ellas una intención perversa, algo así como deseo de mortificar a su mujer. Ella debió pensar lo mismo, porque amarga sonrisa se dibujó en sus labios; pero recogiéndola en seguida, contestó:
—Sí, Luis, acuéstate. Yo me quedaré.
—Pero, mujer, ¿cómo te vas a quedar toda la noche, con el frío que hace?
—Sí, yo me quedo. Vete tú a la cama. —Y como Luis vacilara, insistió—: Túmbate por lo menos en el sofá. Si haces falta, yo te llamaré.
Y le obligó a acostarse en la chaise longue, después de ponerle una almohada y taparle ella misma con maternal solicitud.
Luis, realmente preocupado, no opuso resistencia. Mil ideas lúgubres se apoderaron de su cerebro en cuanto se vio solo. ¿Qué sería de él si su tío llegaba a morirse? Sin recursos, sin fortuna, sin medios de vida, ¿qué le esperaba?, la miseria, esa miseria horrible que no pueden remediar la caridad ni la limosna. Tan negro vio el porvenir, que, por un momento, le pareció el suicidio la cosa más lógica y natural; pero rechazó en seguida este pensamiento como indigno de un hombre de valor. Un hombre de valor tiene la obligación de luchar por la vida; lucharía hasta donde pudiera. Si triunfaba, ¡qué gran satisfacción para la vanidad! Si sucumbía, ¡qué tranquilidad en la conciencia! ¿Y por qué había de sucumbir? ¿Acaso no tenía tanto talento, bastante más talento que muchísimos que el público aplaudía a diario? Sí, él trabajaría para subir y llegaría, ¿qué duda cabía de eso? Súbitamente recordó las palabras de Boncamí: «si algún día hace usted algo, hágalo grande, no se empequeñezca». Sí, lo haría, lo haría grande, tan grande, que su cerebro, hasta entonces anónimo, se destacara de un golpe cien codos por encima de todos los demás. Ignoraba aún qué cosa sería esta, pero tenía la convicción de realizarla. Los asuntos existen, no hay más que buscarlos —pensó, recordando la frase del pintor—; y se quedó mirando al techo esperando que en él apareciera el glorioso asunto.
En el reloj del gabinete dieron las doce, y como respondiendo a mágico conjuro, la bombilla eléctrica se encendió de pronto iluminando la alcoba. Por la abertura que dejaban los cortinones de terciopelo azul, vio a María acercarse a la cabecera del enfermo y darle una cucharada de medicina. Después, la luz apagose de nuevo y la alcoba volvió a quedar sumida en la oscuridad y en el reposo.
No había más remedio que trabajar, que salir de aquella situación terrible y angustiosa, calmar la fiebre que sentía de amor, de gloria, y, ¿por qué no decirlo?, de dinero.
De pronto tuvo una visión deliciosa. Estrenábase un drama suyo. El público, de pie, pedía entusiasmado el nombre del autor. Díaz de Mendoza, que representaba el papel de protagonista, se adelantaba al proscenio y los aplausos cesaban un instante para volver a sonar otra vez con más fuerza apenas pronunciada la última sílaba de su apellido. ¡Que salga! ¡que salga!, gritaba entusiasmado el público, y él salía entre Mendoza y María Guerrero. El telón subía y bajaba y volvía a subir, siempre en medio de aplausos delirantes, de aclamaciones de entusiasmo. Bruscamente, la visión del teatro desaparecía y solo quedaba un palco, un palco principal, donde una mujer joven y hermosa aplaudía frenéticamente. Después, el palco desaparecía también y la mujer quedaba aplaudiendo, aplaudiendo siempre. Y esta mujer era María, la mujer de su tío.
Trató de rechazar estas ideas y cerró los ojos; pero la visión apareció con más fuerza, aferrándose a su cerebro con la terquedad de una obsesión.
¿Qué la diría si no triunfaba? ¿Con qué cara se presentaría ante ella, él, que soñaba con hacerla suya el día que la muerte rompiese los lazos que la unían a su tío Tomás? ¿Cómo iba a decirle: renuncia a tu viudedad, cásate conmigo, resígnate a ser pobre; cuando todos los tesoros del mundo le parecían pocos para dárselos? Y queriéndola como la quería, con este amor puro, santo, hermoso, ¿iba a descender a proponerle brutal amancebamiento? Ni él osaría jamás proponérselo, ni ella sería capaz de aceptarlo. La conocía; por eso precisamente la adoraba, por eso la quería, porque estaba seguro de que era honrada y buena, porque ahíto de poseer cuerpos, necesitaba la posesión de un alma. ¿Y qué alma más deseable que la de aquella mujer, víctima del deber, esclava de los convencionalismos sociales, de aquella mujer condenada a ocultar sus deseos, a refrenar sus pasiones, a esconder sus afectos, a estar continuamente en lucha con su temperamento y su juventud? ¡Pobre alma ansiosa de luz, de vida y de alegría, condenada a sufrir en silencio las torturas de un amor imposible! Porque ella también le quería, ¿qué duda cabía de eso?; le quería mucho, muchísimo; solo que era tan orgullosa, que antes que reprocharse, no ya ante la sociedad, ante su propia conciencia, de una falta, preferiría morir. Y sufría y callaba y resistía a su pasión, a esa pasión que a veces se presentaba avasalladora e imponente.
Y no pudiendo hacerla su amante ni su esposa, ¿iba a ser tan egoísta que le impidiese la felicidad con otro hombre? ¿Iba a sacrificarla a los estúpidos celos de un amor romántico? No; aquella mujer tenía derecho al amor, al placer, a la maternidad, y no sería él, seguramente, quien se atreviese a negárselo. Pero, por otra parte, ¿iba a ser tan necio, tan estúpido que después de haber estado conteniéndose, reservándose para aquel día, consintiese que otro se la arrebatara? ¿Iba a tolerar que aquellos ojos claros, dulcísimos, serenos se retrataran en los de otro hombre? ¡Imposible! Aquella mujer sería suya; si para poseerla era preciso el matrimonio, se casaría; si para casarse necesitaba dinero, lo tendría; sí, lo tendría todo; dinero para las necesidades de la vida, ternura para las exigencias del alma, gloria para las satisfacciones del orgullo.
La luz eléctrica volvió a encenderse, y por la abertura de los pesados cortinones vio de nuevo a María acercarse a la cabecera del enfermo. No habrían pasado dos minutos, cuando una violenta interjección seguida de un ruido como de loza que se rompe, le hicieron levantarse bruscamente y penetrar en la alcoba.
—¿Qué es eso? ¿qué ha sucedido?
—Nada. Quise darle a tu tío una taza de caldo y la ha estrellado contra la pared —dijo María recogiendo del suelo los cacharros.
—¡El caldo estaba frío, completamente frío... Me vais a matar! —rugía Tomás incorporado en la cama, agitando nerviosamente el único brazo disponible.
—¡Por Dios, Tomás, que te vas a poner peor...!, acuéstate.
—¡No me da la gana! Eres un animal..., vete, vete, no te quiero ver.
María bajó la cabeza y salió de la alcoba.
Luis quedó en ella ayudando a acostar a su tío, después de dar la vuelta a la almohada que se había mojado con el caldo, y de arroparle cuidadosamente. Cuando volvió al gabinete, encontró a María llorando sobre la chaise longue.
—¡Ves qué genio, qué genio...!
—No hagas caso, mujer, ¡si ya le conoces!
—Es muy duro esto, Luis.
—Sí, tienes razón. ¡Pero qué vas a hacer...! Es su carácter..., no hagas caso.
Y siguió dándole consejos, lleno de simpatía hacia aquella mujer víctima de las brutalidades de su tío, escarnecida y ultrajada por el único delito de haber sido buena.
—Vamos, no llores; no llores, María.
Realmente estaba conmovido, poseído de profunda compasión al verla tan buena, tan desgraciada, tan poco comprendida. Sentose a su lado, y oprimiéndole dulcemente la mano, trató de consolarla. Ella, no solo no puso resistencia, sino que llorando, llorando siempre acongojada, se refugió como niño mimado en los brazos de él, que amorosos se abrieron para recibirla. En el silencio augusto de la noche, la fatigosa respiración del tío Tomás sonaba lenta y acompasada como golpe de péndulo. La luz eléctrica de la alcoba había quedado encendida, y por la abertura de los pesados cortinones penetraban sus rayos, iluminando el techo, abrillantando la lámpara central del gabinete, quebrándose en la luna del armario y cayendo, en fin, sobre el terciopelo de la chaise longue, sobre el cuerpo divino de María, haciendo resaltar su cabellera rubia, sus mejillas pálidas, sus labios descoloridos, su garganta de diosa, su pecho turgente, sus anchas caderas, sus manos blanquísimas, hasta el pie que asomaba debajo de la falda, como asoman a los ojos las tentaciones del deseo.
Ella reclinó la cabeza en el hombro de él y así, juntos, unidos, tropezando sus pechos al respirar, mezclándose sus alientos, permanecieron mucho rato, mucho, callados, silenciosos, confundidos por el mismo afán, dominados por el infinito amor que a los dos consumía.
Por la calle pasó una estudiantina tocando una jota. Y a Luis antojósele que aquella música viril, valiente, reflejo fiel de mal contenidas pasiones, de deseos mal saciados, era un insulto a su cortedad, una protesta de la juventud y del amor. Se acordó de que tenía entre los brazos a la mujer a quien amaba, débil, indefensa; que no tenía más que apretarlos un poco para estrecharla contra su corazón, alargar la cabeza para recibir en los labios millones de besos. Y le parecieron ridículos todos los respetos, estúpidas todas las consideraciones. Era demasiado hermosa la felicidad para desperdiciar la ocasión de gozarla. ¡Quién sabe si el día de mañana ya no sería tiempo! Se inclinó sobre ella y la besó en los labios.
Ella se irguió y silenciosamente se marchó a la alcoba.
Luis quedó en la chaise longue, avergonzado. ¡Que siempre había de suceder lo mismo! ¡Siempre el espíritu sucumbiendo a la materia, siempre la carne sobrepujando al alma! Maldito temperamento meridional, que impide estar diez minutos a solas con una mujer sin que aparezcan en seguida accesos sensuales, brutales ansias de posesión. Y sentía odio contra sí mismo, contra esa incapacidad absoluta de sufrir y de contenerse, de convertir en adoración ideal los torpes apetitos de la lujuria. Encontrose a sí mismo despreciable, indigno de su amor, y una inmensa tristeza se apoderó de él al pensar lo que ella podría creer, de qué modo calificaría el arrebato.
Para acabar de desconcertarle, su tío le llamó en aquel momento.
—No te vayas —le dijo—, no me dejes solo. Muerto Carlos, tú eres la única persona a quien quiero en el mundo, el único lazo que a la vida me ata. No te marches. Siéntate aquí, a mi lado, que yo te vea... Eres igual, completamente igual, las mismas ideas, los mismos sentimientos...
Le había cogido la mano y se la oprimía nerviosamente, atrayéndole hacia sí. Y Luis ante la mirada de aquellos ojos negros que brillaban en las profundidades de las órbitas, al contacto de aquella mano pequeña, esquelética, llena de sudor, sentía angustia indecible, una especie de repugnancia moral, digámoslo así. Su mirada se encontró con la de María y la vio estremecerse. Por un momento le pareció que su tío lo sabía todo y se complacía en mantener abierta la herida, importándole, por lo demás, muy poco que fuera o no cierto, lleno de indiferencia, de supremo desdén por todo lo existente; pero pronto se convenció de que no había nada de esto y de que únicamente el recuerdo de Carlos le hacía hablar así.
Y su conciencia rebelose entonces contra estas semejanzas que su tío quería encontrar. No, él no era Carlos, ¡qué había de ser aquel muchacho voluntarioso y antojadizo, para quien lo vedado era lo más sabroso, lo prohibido lo más deseable! ¿Cómo iba a compararse la pasión de Carlos con la suya, aun cuando las dos reconociesen por causa la misma mujer? El amor de Carlos era un amor impuro, mientras que el suyo, ¡ah, el suyo! Carlos se había enamorado de la mujer de anchas caderas, de robusto seno; él de la mujer humillada, escarnecida, de la enferma de amor. Si Carlos había soñado alguna vez con la posesión del alma, fue supeditándola, seguramente, a la del cuerpo. Si a él le acometían accesos sensuales, bien sabe Dios que era siempre contra su voluntad y su razón. Y buena prueba de ello es que a pesar de ser este cariño inmenso, jamás se había atrevido a decírselo. ¡Qué se iba a atrever si le parecía una ofensa! Y ahora era cuando se explicaba la larga resistencia de María, su energía indomable. ¡Pobre mujer! No eran solo el orgullo y la virtud los que le obligaban a mantenerse firme. Es que para sufrir cara a cara los ultrajes de su marido, para resistir los insultos, necesitaba ser honrada.
El tío Tomás se había tranquilizado. La tos era menos frecuente. Cesaron los esputos, la respiración fue menos fatigosa, desapareció la rigidez del rostro y se quedó dormido.
De la calle subía el ruido del mercado de San Ildefonso; rodar de carros, golpear de puertas, pregoneo de mercancías, un ruido infernal de voces y gritos, entre los que descollaban los de un chico vendedor de periódicos, continuos, acompasados como los martillazos de un herrero; ruido inmenso que llenaba la calle, subiendo a lo largo de las fachadas, penetrando en las habitaciones como un himno de vida y de trabajo.
María se dirigió al balcón y abrió las maderas. Por los cristales entró un rayo de sol que llenó el gabinete de luz y de alegría.