XXI
Entró en la redacción con las orejas gachas, convencido de antemano de la regañina que le iban a echar, y desde luego resignado a sufrirla.
—¿No está el director? —preguntó asomando tímidamente la cabeza.
—¿Qué director?
—¿Qué director va a ser? Sánchez Cortina.
Todos le miraron asombrados.
—¡Pero cómo!... ¿no sabes?
—Ni una palabra. ¿Qué ocurre?
—¡Anda Dios! ¡Pues ahí es nada! ¡Friolera!
—Queridos, como no os expliquéis...
—Pues que Sánchez Cortina ya no es director. Al día siguiente de ponerte tú malo, se planteó la crisis, por diferencias en las cifras de los presupuestos, y Sánchez Cortina se calzó la cartera de Agricultura. Se ha llevado a Pedrosa de secretario particular, y Castro se ha encargado de la Dirección. ¿Pero de veras no sabías nada?
—De veras. Estos cuatro días me he permitido el lujo de no leer un solo periódico.
—Pues sí, hijo, sí, todas esas cosas han sucedido, y las que sucederán. Porque te advierto que vamos a hacer grandísimas reformas en El Combate. Desde primero de mes se aumenta el tamaño, tendremos subvención y subirán los sueldos. ¿Eh, qué te parece?
Muy bien, le parecía muy bien; ya lo creo, admirable. «Está visto —pensó— que en este mundo todo es cuestión de rachas. Viene la mala y a morir, viene la buena y todo sale a pedir de boca. Puesto que ahora estoy en la buena, justo es que la aproveche».
Pidió cinco duros adelantados en la Administración, y en cuanto concluyó su tarea se marchó a casa de Isabelilla. Isabelilla le traía loco. No era amor lo que sentía por ella, pero era algo más fuerte y más intenso que el mismo amor; un deseo imperioso y constante de estar siempre en sus brazos, de verse retratado en el fondo de sus pupilas claras, de acariciar su carne de rosa, de jugar con las hebras de su espléndida cabellera de oro, y, sobre todo, de besarla en la boca. He aquí el secreto de su gran pasión: besarla. De todos los encantos de Isabelilla, de todos los atractivos de su espíritu y de su cuerpo, ninguno tan delicioso ni tan enloquecedor como sus labios. No es que fuesen suaves, ni que fuesen frescos, ni que fuesen rojos, ni que su aliento perfumara; es que besaban como no besaban ningunos otros labios en el mundo. Dominaban el beso como un sabio puede dominar la ciencia, más aún, porque el sabio llega un instante en que se detiene indeciso ante las puertas del misterio, y para aquellos labios no existían misterios; besaban de todas maneras; besos sonoros de nodriza; besos suaves, casi imperceptibles; besos rápidos, instantáneos, fuertes como mordiscos; besos largos, infinitos, inacabables...; sabían cómo se besaba en las mejillas, y cómo se besaba en los ojos, y cómo se besaba en la garganta, y sobre todo, sobre todo, cómo se besaba en la boca; uniéndose como imanes, pegándose como compresas, crispando los nervios y haciendo hervir la sangre; labios hechos para reír y para besar; nacidos para la alegría y el amor; sabrosos como dulces; exquisitos como néctar; perfumados como flores; adormecedores como el opio, y mareantes como el vino. Era imposible que el que los gustara una vez, no los deseara ya para toda la vida.
Luis los deseaba, los deseaba con todas las energías de su ser; aquellos labios se habían convertido para él en una necesidad de su persona, eran su pasión, su vicio.
En la calle se acordó de que la había prometido un abanico japonés y entró a comprarle: un abanico muy lindo, con su varillaje de caña y su vitela de pájaros y flores.
—¡Qué contenta se va a poner cuando lo vea! —pensaba, subiendo las escaleras de dos en dos, tan de prisa, que cuando llegó frente a la puerta tuvo que detenerse para tomar aliento. Dentro vibraba la risa de Isabel fresca y sonora.
Súbitamente, al ruido del campanillazo la risa cesó; oyó rumor de faldas y cerrar de puertas; entreabriose el ventanillo, y le dijo la Pepa:
—¿Es usted, señorito Luis? Pues la Isabel no está, ha salido.
—¿Que ha salido?
—Sí, ha salido. ¿Quiere usted que le diga algo cuando vuelva?
Asombrado por lo inaudito de la mentira, no supo qué contestar. Su primer ímpetu fue armar un escándalo, derribar la puerta a patadas y empezar a cachetes con todos los que estuviesen dentro. Afortunadamente, comprendió que esto era una barbaridad, y girando sobre sus talones, se contentó con marcharse por donde había venido, las manos crispadas, mordiéndose los labios de coraje, jurando y perjurando no volver en la vida a mirar a Isabel.
Al llegar a la mitad de la escalera su mano tropezó con el abanico, y cogiéndole con furia le rasgó en pedazos, le mordió, le estrujó, le pisoteó, le hizo trizas, tantas y tan menudas, que ni cien chinos juntos hubieran sido capaces de reconstituirle. Esto le calmó.
«La culpa es solo mía —pensaba—. ¿Quién me manda a mí meterme a idealizar? Tiene razón Manolo. Con estas mujeres no puede idealizarse. En cuanto uno se ilusiona, viene el jarro de agua. Me está bien empleado por tonto; pero no volverá a sucederme, no».
De repente se acordó de María; el recuerdo de Isabel falsa evocó el recuerdo de María constante, de María honrada, cariñosa y buena. Antojósele que la traición de Isabelilla era un castigo, un aviso providencial de que también él tenía la obligación de ser constante. «Si yo por una perdida a quien no quiero —decía— he sufrido tanto un instante, ¿qué no sufrirá mi pobre María si sabe que la engaño?».
Y preocupado con esta idea, arrepentido, verdaderamente arrepentido, cambió de rumbo, y en vez de ir a su casa, se fue a la de María.
Pareciole ver su sombra detrás de las persianas, y alegremente subió las escaleras de dos en dos. Llamó a la puerta, y, como en casa de Isabelilla, la puerta no se abrió. Corriose el ventanillo, y le dijo la criada:
—La señorita no está, ha salido.
—¿Cómo que no está? ¿Usted sabe quién soy yo?
—Sí, el señorito Luis; pero la señorita no está en casa.
—Bueno, pues la esperaré —contestó dispuesto a todo.
—Es inútil; esta noche la señorita no cena en casa.
Cerrose el ventanillo.
Aturdido y desconcertado quedó también ante esta puerta. Fue de nuevo a llamar para pedir explicaciones; pero comprendiendo que la criada no hacía más que obedecer una consigna, temeroso de ponerse todavía más en ridículo, se marchó con la cabeza baja. En la calle volvió a mirar a los balcones. Ya no estaba la sombra detrás de las persianas. La ausencia de la sombra le hizo afirmarse más en que la sombra había existido.
¿Qué significaba aquello? ¿Por qué su tía se negaba a recibirle? ¿Qué motivos podía tener para ello?
Loco de dolor llegó a su casa. Necesitaba distraerse, olvidar. Nada mejor para ello que el trabajo. Excitado y nervioso, extendió sobre la mesa las cuartillas de su obra. Pero las ideas no acudían; los pensamientos no acertaban a desenvolverse; su frente ardía; tuvo que abrir el balcón porque se ahogaba...
Y una ráfaga de aire penetró furiosa por el balcón y aventó las cuartillas.