XXIV
Apurada la taza de café, se disponía tranquilamente a encender un pitillo, cuando violentísimo campanillazo le cortó la acción dejándole suspenso. Y en cuanto abrió la puerta, no repuesto aún de la sorpresa que el campanillazo le causara, se encontró de manos a boca con Elena Samper. Venía nerviosa, agitada, el traje en desorden, los ojos inyectados, con un aspecto tal de excitación que Luis se asustó:
—Mujer, ¿qué es eso? ¿qué te pasa?
—¡Ay, Luisillo, qué desgracia tan grande, qué desgracia tan horrible!
—¿Pero qué ocurre?
—¡Quién lo iba a pensar! ¡Virgen mía del Carmen, qué desgracia!
—Acaba ya.
—Si no puedo..., me ahogo... Toma, lee tú.
Y le alargó un periódico arrugado y sudoso que traía en la mano, esforzándose en vano por querer señalar un punto con sus dedos nerviosos.
«Esta mañana, en la calle de Atocha, ha sufrido un vómito de sangre el joven y distinguido escritor don Antonio Bedmar...».
La impresión fue tan brusca, que a Luis se le cayó el periódico de las manos.
—¡Qué barbaridad!
—Sigue, sigue leyendo —continuó ella con voz ronca, recogiendo el papel y apretujándole entre sus dedos—. Mira: «Después de asistido convenientemente por los médicos de la Casa de Socorro, pasó en grave estado al Hospital Provincial». ¿Lo oyes? Al hospital, está en el hospital. Es necesario ir en seguida. ¡Pobrecito Antonio de mi alma! Yo quiero verle; estará allí en una sala cualquiera; yo quiero llevármelo a casa, cuidarle yo misma, o por lo menos, trasladarle a una cama de pago.
—Sí, sí, tienes razón; es necesario hacer algo.
Pero no se movía, atontado, aplanado por aquella noticia brutal e inesperada.
—Vamos, vamos, no perdamos tiempo —repetía Elena, cada vez más excitada y más nerviosa—. Es necesario ir en seguida. Tengo abajo un coche...
Y le agarraba del brazo y tiraba de él arrastrándole con fuerza hacia el pasillo.
Los porteros del Hospital se negaron a permitirles la entrada. ¿Tienen ustedes permiso? ¿No? Pues sin permiso no es posible entrar, y mucho menos de noche.
Era inútil insistir con aquella gente. Elena lo comprendió así y rompió a llorar con tal desconsuelo, con sollozos tan desgarradores, que uno de los mozos, conmovido (y cuidado si se necesita para conmover a un mozo de hospital), se atrevió a indicar balbuciendo:
—Vean ustedes al señor director... Si él lo autoriza...
—¿Dónde está el director?
—Al final del edificio... Vuelvan ustedes a salir, sigan la acera, a la derecha, hasta llegar a una puertecita pequeña..., allí.
El director acababa de cenar. Los recibió muy atento, pero se negó igualmente a facilitarles la entrada. A aquella hora no era posible; estaba prohibido en absoluto... Los reglamentos, las costumbres del establecimiento..., todo el mundo se hallaba descansando..., sería una perturbación, una verdadera perturbación... Y como la joven, siempre llorando, tratara de insistir, la cogió dulcemente la mano y le dijo con cariñoso acento:
—Vaya, hija mía, tenga usted un poco de paciencia, no se aflija usted... Mañana lo podrá ver todo lo temprano que quiera; yo estoy levantado desde las siete; vengan ustedes mañana, y yo desde luego tendré mucho gusto en facilitarles un pase valedero para todos los días que sea preciso. ¿En qué sala está el enfermo? ¿No lo saben ustedes? Bueno, no importa; lo averiguaremos en seguida y así no tendrán ustedes mañana que perder tiempo en preguntarlo.
Tocó el timbre y apareció un mozo.
—Entérese usted en seguida a qué sala y a qué cama ha sido conducido un enfermo que ha ingresado esta mañana, que se llama..., ¿cómo se llama?
—Antonio Bedmar.
—¡Cómo! ¿Bedmar? ¿el poeta? ¡Caramba, caramba, y yo sin saber nada! Claro, lee uno al cabo del día tantos nombres... Con el permiso de ustedes, voy a tomar café; ¿ustedes gustan? Pero siéntense, el mozo volverá en seguida.
Mientras esto ocurría, Elena expuso al director sus deseos de llevarse a Bedmar, o, cuando menos, trasladarle a una sala de distinguidos.
—Lo que usted guste señora; me tiene usted desde luego a su disposición.
—Y eso, ¿cuándo podría ser?
—Si su estado lo consiente, mañana mismo. ¿Qué, se ha enterado usted ya? —exclamó viendo al mozo que regresaba.
—Sí, señor; ha sido llevado a la sala doce, cama número ocho, solo que...
—¿Qué?
—Que ha muerto.
—¿Que ha muerto?
—A las cinco y media.
Elena dio un grito y cayó desmayada sobre el pavimento. Los tres hombres se lanzaron en su auxilio.
—A ver, esta mujer se ha desmayado..., un poco de agua fría...
Al grito de Elena, la esposa del director se presentó en la estancia. Quedose un momento en el umbral de la puerta, sorprendida y sin saber qué hacer; pero como el director, en dos palabras, le pusiera al corriente de lo ocurrido, acudió también solícita en auxilio de la pobre desmayada, desabrochándole el vestido y abanicándole el rostro. Elena volvió en sí, miró a todos con espantados ojos y rompió a llorar. El director, su mujer y Luis trataban en vano de consolarla. Cuando después de largo rato hubo dado rienda suelta a su dolor, se levantó, y encarándose con el director, le dijo con tono enérgico que no admitía réplica:
—¡Quiero verle!
—Imposible, señorita, imposible de todo punto. A estas horas se encuentra ya en el depósito.
—No importa; iré al depósito; quiero verle.
—No puede ser, señorita, no puede ser. Si se tratara de cualquier otra cosa, tenga usted la seguridad de que yo con muchísimo gusto accedería a ello, aun pasando por encima de todas las consignas y de todos los reglamentos; pero al depósito, ¡oh, imposible! Tenga usted en cuenta que a estas horas debe haber allí diez o doce cadáveres.
—Sí, sí —agregó la mujer del director—, no vaya usted... Es una cosa horrible..., está allí, al final de los patios, en un sitio completamente solo. Es horrible, ¡y de noche!
—¿Y dice usted que habrá allí más muertos?
—Naturalmente, todos los que han fallecido hoy. Acabo de firmar la lista..., diez o doce o catorce, no recuerdo en este momento, pero de seguro pasan de diez.
—¡Dios mío, Dios mío!, ¡qué horrible es todo esto! ¡Y se le llevarán en el furgón!
—Si ustedes quieren hacerle entierro...
—¡Oh, sí, sí, ya lo creo, qué duda cabe! Ahora mismo. ¿Qué hay que hacer?
—Pues nada; avisar a la funeraria. Lo restante es cosa mía.
—¡Oh, muchas gracias, muchas gracias! Luis, ¿quieres encargarte?
El mozo intervino en la conversación:
—Si ustedes quieren, aquí hay una funeraria que lo hace. En cuanto traigan la caja, se puede (si el señor director lo autoriza) trasladarle a la capilla.
—Sí, sí, a la capilla, que le lleven en seguida a la capilla.
El director sonrió y repuso:
—Advierto a usted que la capilla no es tal capilla; quiero decir que el sitio donde van a trasladarle, porque aun cuando el reglamento dispone que estos actos se verifiquen de día, yo no tengo inconveniente, en obsequio a ustedes, en autorizar que se haga ahora mismo, la capilla, digo, es otro depósito más pequeño, destinado para los cadáveres distinguidos, vamos, para aquellos que los reclaman las familias.
—¡Ah, yo creía!...
—De todos modos, es un sitio mucho más decente. Allí estará muy bien.
Esta vez fue Luis el que no pudo por menos de sonreír.
—Y allí ¿le podré ver? —volvió a insistir Elena.
—Mañana.
—¡Mañana, siempre mañana!...
—Hay que tener paciencia, hija mía.
—Bueno, la tendré. ¿De modo —agregó dirigiéndose al mozo— que usted avisará a la funeraria?
—Avisaré al sepulturero, que es el que se encarga de estas cosas.
El sepulturero se presentó en seguida. Era un hombre joven, de aspecto sumamente simpático. Con mucha amabilidad y cortesía, impropias en verdad de tan macabro oficio, convino con la muchacha y con Luis un entierro de segunda clase. Ambos jóvenes, agradecidísimos a las bondades del director, no encontraban palabras para demostrárselo. El director, por su parte, se mostraba cada vez más atento. Y ya en el terreno de las peticiones y de las concesiones, Luis se atrevió a indicar:
—Y a mí, ¿me permitiría usted que le viera?
—A usted sí, es decir, cuando le trasladen a la capilla, porque en el depósito general, la verdad, yo no se lo aconsejo a usted; es un espectáculo demasiado fuerte y demasiado... antihigiénico.
—La caja podrá estar aquí dentro de un cuarto de hora.
—Entonces, si le parece a usted y no le molestamos, esperaremos...
—Lo que ustedes gusten; están ustedes en su casa.
La señora del director había mandado hacer una taza de tila y se la ofrecía con sus propias manos a Elena, que no sabía cómo corresponder a tantísima amabilidad. Luis, sentado delante de la mesa, departía afablemente con el marido, que le relataba detalles curiosísimos de la organización del establecimiento.
—El cargo de director muy molesto. ¿Trabajo? poco, sobre todo trabajo material. Cuatro horas de oficina y el continuo chorreo de firmas y rúbricas. Pero sujeción tremenda. Hay que estar en todo, atender a todo el mundo. Reclamaciones del público, reclamaciones de los enfermos, reclamaciones de los médicos, reclamaciones de las hermanas, ¡qué sé yo! Le aseguro a usted que no tengo diez minutos míos, y eso que me levanto a las siete y me acuesto a las doce. Es un cargo muy penoso, muy penoso... Y luego por si esto era poco, la constante presión del diputado visitador, los oficios del gobernador, los exhortos de los juzgados, las denuncias de la prensa, la lucha diaria con los proveedores... Y a todas horas lástimas y penas y tristezas y sufrimientos y dolores. Crea usted, amigo mío, que no hay compensación.
—El sepulturero me manda decir a ustedes que el cadáver ha sido trasladado a la capilla —exclamó el mozo entrando de nuevo.
—Cuando usted guste, caballero; el mozo le acompañará. Ruego a usted que me perdone si no lo hago yo mismo; yo no voy al depósito más que en caso de estricta necesidad.
—¡No faltaba más!
—Le aconsejo que procure estar el menor tiempo posible. No es sano aquello.
Atravesaron un estrecho pasillo que había a la izquierda, cortado en ángulo recto, y desembocaron en los claustros del Hospital. Una ráfaga de aire fresco y húmedo que les produjo agradable sensación de bienestar, les dio en la cara. Los claustros estaban desiertos. La luna se reflejaba en los árboles del jardín, arrancándoles tonos plateados, manchas confusas, contrastes vivos de luz y sombra, tintes opacos, raros matices de decoración teatral. Al llegar a la puerta de la farmacia, un joven vestido con sombrero de paja y larga blusa de dril, desabrochada, les salió al encuentro. Era Paco Gaitán.
—¿Tú aquí? —exclamó sorprendido al encontrar a Luis.
—He venido a ver al pobre Antoñito Bedmar, que está en el depósito de distinguidos.
—¡Cómo! No sabía nada.
—Le han traído esta mañana gravísimo, tan grave, que ha muerto a las cinco y media.
—¡Pobre muchacho! Era de esperar; estaba tísico perdido. Te acompañaré.
Y los tres hombres siguieron su camino por los inmensos claustros silenciosos.
Al llegar frente a la cocina, el mozo, que iba delante, torció a la izquierda y entró por una puerta pequeña, casi cuadrada, parecida a la de los corrales de las casas de campo. Y realmente, más trazas de corral que de otra cosa tenía el lugar que se presentó ante sus ojos. Árboles esqueléticos, de copas escuálidas, se elevaban a uno y otro lado del camino estrecho y descuidado. La hierba crecía a su antojo por entre las piedras del suelo y las hendiduras de la tapia. Grandes y desiguales caserones se apiñaban a la derecha.
—Es la casa del comisario —dijo Paco Gaitán señalando uno de los edificios.
—En mal sitio vive ese pobre hombre.
—A todo se acostumbra uno.
Los rayos de la luna dibujaban en el fondo del paisaje temerosas figuras y espantosas apariciones. A cada instante se le antojaba a Luis ver fantasmas y espectros. Momento hubo en que necesitó de todo su valor y de toda su cultura para no cogerse del brazo de Gaitán.
Un hombre seguido de dos perros oscuros y largos salió como una sombra de entre los árboles.
—¿Dónde van ustedes? —preguntó con voz bronca—; no se puede pasar, está todo cerrado.
—Estos señores vienen de parte del director —observó el mozo.
La sombra vaciló un momento:
—Bueno, bueno —masculló malhumorado—, vean ustedes al sepulturero.
Y desapareció de nuevo entre los árboles seguido siempre de sus perros oscuros.
El sepulturero esperaba en la puerta del depósito, un gran edificio de ladrillo encarnado con pequeñas ventanas cuadradas, a través de las cuales se veían brillar débilmente las luces de las lámparas. Tenía la entrada por la parte posterior, una estrecha puerta de capilla con su cruz de piedra en el centro. El mozo se quedó allí. Los demás bajaron los escalones con los sombreros en la mano, primero Gaitán, después Luis, luego el sepulturero haciendo sonar el manojo de llaves que chocaban repiqueando con melancólico tono en el silencio solemne de la noche.
—Ahí está —dijo Gaitán.
Sí; allí estaba, tendido en la caja, rígido e inmóvil. Su pálido rostro, sereno y tranquilo, se destacaba con dulce claridad entre los pliegues de la capucha gris. El hábito de San Francisco daba a su cuerpo venerable aspecto de religiosidad. Sus manos descansaban sobre los muslos, pequeñas, cuidadas, delgadas, marfileñas. La tibia luz de la lámpara colgada del techo, fundía en un tono triste los amortiguados matices del portland, los apagados reflejos del estuco, la negra pintura del techo, los dorados sin brillo del zócalo, el negro crucifijo que, en lo alto de la pared del fondo, abría sus brazos amorosos. Un rayo de luna, filtrándose por la abierta ventana, hería con fulgor plateado las alpargatas blancas.
—¡Pobre Bedmar!
—¡Pobre Bedmar!
Allí estaba, muerto para siempre, muerto para la vida y para el arte, tronco caído, luz apagada, idea extinguida. Pobre perseguidor de ideales, alma de niño, rimador de versos, cantor de estrofas, peregrino de otros mundos, constante amador de la verdad y del bien.
—¡Pobre Bedmar!
Los dos amigos, de pie ante el féretro, con los brazos caídos, miraban tristemente los despojos yertos. Ninguno de los dos osaba hablar palabra. ¿Para qué? ¿Qué iban a decir?
El viento, fuera, agitaba las hojas con melancólico susurro. Desaforados ladridos sonaban con horrísono desconcierto allá en la Ronda, al otro lado de la tapia. Un chorro de agua caía continuo con estridente estrépito.
—Vámonos —dijo Gaitán—, está esto muy húmedo.
—Sí, vámonos.
Y como si despertase de un letargo, alzó la vista y contempló la estancia. Era relativamente pequeña, casi cuadrada, alta de techo, con dos pequeñas ventanas enrejadas que daban al jardín. Empotradas en la pared del fondo avanzaban en línea, como camastros de cuerpo de guardia, cinco mesas de portland. Sobre una de ellas descansaba el féretro.
—Está bien esto, ¿verdad? —preguntó el sepulturero al notar la impresión de Luis.
—Sí, muy bien, mejor de lo que yo creía. Y lo que más me extraña es que no se percibe olor alguno.
—Oh, no es posible; ¿no ve usted que hay mucha limpieza? Como el suelo y las mesas son de portland y las paredes de pintura impermeable, en cuanto se llevan los cadáveres empiezan a funcionar las mangas de riego. Además, aquí hay siempre pocos cuerpos. En cambio, allí —añadió señalando al final del pasillo—, allí ya huele algo peor.
—¿Y qué es aquello?
—Aquello es el depósito general. ¿Quiere usted verlo?
Luis avanzó muy decidido, pero al llegar a la puerta se detuvo con respetuoso temor. Había divisado diez o doce cadáveres tendidos en las mesas, entre ellos el de una vieja vestida de negro, allí, en la misma entrada.
—Sí, tiene usted razón —exclamó apartándose bruscamente—; aquí huele bastante mal.
—Y no debería oler tampoco —replicó el sepulturero—, si se cumplieran las cosas como es debido. Pero, ¡qué quiere usted! Los médicos se olvidan a veces de certificar, y el cadáver permanece treinta y a veces hasta cuarenta horas. Si las cosas se hicieran bien, no se notaría olor alguno. Porque el depósito está en admirables condiciones. Uno es un zoquete y no entiende de nada; pero personas instruidas y de mucho talento que lo han visto, han dicho que es el mejor de España; solo tiene un defecto: que está todavía poco profundo.
—¿Y esta escalera? —preguntó Luis señalando una claramente alumbrada que se abría en medio del pasillo y en la cual no se fijó al entrar—. ¿Dónde va?
—Esta escalera es la mía.
—¡Cómo! ¿Usted vive aquí?
—Sí, señor; ahí encima tiene usted su casa.
—Gracias, amigo; pero, la verdad, no me explico cómo vive usted ahí.
—¿Por qué? No hay inconveniente ninguno. Ya ve usted; tengo tres niños pequeños; si pudiera haber algo peligroso, no viviría, puede usted creerlo. En el depósito no hay miasmas. Algo peor es aquel rincón —añadió señalando la esquina del patio—. Aquel vertedero donde van a parar las barreduras de todas las salas, los algodones de las heridas, las gasas, las vendas, todas las porquerías, en fin. Eso sí que es peligroso y antihigiénico; pero los muertos, ¡bah!, los muertos no importa. Todo es cuestión de agua.
El viento seguía agitando las hojas con melancólico susurro. Los perros continuaban ladrando furiosamente. La luna, filtrándose por las escuálidas copas de los árboles, dibujaba en el suelo fantásticas manchas. Extrañas figuras asomaban entre los troncos como espectros y apariciones.
Pero Luis ya no temblaba; ya no era terror lo que sentía; era tristeza, una tristeza honda, un abatimiento profundo que atenazaba su corazón y martirizaba su cerebro.