XXVI

Pancho, ¡qué borracho estás!

¡cuánto aguardiente has bebío!

Tú no vienes al bohío

más que a bebé y a...

—¿Niño, quieres callarte ya? —gritó Amalia, dándole un fuerte abanicazo—. Pues no estás tú poco cargante con la tal guajirita. ¿La has aprendido en viernes?

—¡Toma, pues no sabes lo más gracioso! Que no sé más que el principio.

—Razón de más para que te calles.

—¡Pero si es una guajira preciosa! Se la oí cantar ayer a la cocinera de mi casa y me entusiasmó.

—Pero hijo, si es más antigua que el andar a gatas.

—Lo cual no quita para que a mi me guste. Es típica: sabe a caña. Te advierto que no he de parar hasta que la aprenda.

Petrita intervino.

—Mira, Manolo, si es un antojo yo te la enseñaré, pero con una condición: que no tienes que darnos la lata con ella.

—Prometido.

—Bueno, pues entonces, oye; ahí va.

Tosió dos o tres veces, púsose en jarras, arqueó el cuerpo, y entornando los ojos, comenzó a cantar con voz dulce y tono quejumbroso:

Pancho, ¡qué borracho estás!

¡cuánto aguardiente has bebío!

Tú no vienes al bohío

más que a bebé y a fumá.

Si no quieres trabajá...

El rodar de dos coches de la Peña sobre el húmedo piso del merendero la interrumpió.

—Ya empieza a venir gente.

—Anda, Manolo, vamos a ver quiénes son.

Los carruajes se habían detenido y de ellos se apearon tres mujeres y cuatro hombres; ellas muy vaporosas, con sus vestidos de verano; muy ligeros ellos con sus zapatos de lona y su sombrerito de paja.

—¿Los conoces? —preguntó Petrita, curiosa como siempre.

—Nada más que a uno, a aquel pálido de la camisa de seda. Es el hijo del conde de San Gil. Va mucho a Fornos. Los demás no sé quiénes son.

—¿Y ellas?

Amalia dijo que quería conocerlas.

—Estoy segura de haber visto esas caras en alguna parte, pero en este momento no caigo.

El joven pálido se acercó a Manolo y le saludó con gran familiaridad.

—¿Es usted de los invitados? ¡Hombre, me alegro! Siempre es bueno dar con amigos. ¡Caramba! Las once y media nada más. Me parece que nos hemos anticipado.

—Pues figúrese usted, nosotros, que estamos aquí desde hace hora y media.

Los demás, al ver esta familiaridad, se aproximaron también.

—¡Gracias a Dios! ¡qué ganas tenía de estirar las piernas! —dijo uno de los muchachos; un mocetón alto y fornido, completamente afeitado—: íbamos en el coche como sardinas en banasta.

Ellas se reían, recordando las apreturas, tratando de deshacer las arrugas de sus vestidos.

El joven pálido se creyó en el deber de presentar a sus amigos: «Don Luis de Bernáldez, capitán de caballería; don Enrique de la Escosura, teniente de ingenieros; don Francisco Soler, abogado». De las mujeres no hizo mención alguna. Los caballeros estrecharon la mano de Ruiz y todos se pusieron a charlar como buenos amigos de toda la vida.

—Ha sido una buena idea la de Paco.

—Magnífica. Es un hombre muy listo.

—Oh, muy listo; yo lo he dicho siempre.

—Cuando a mí me expuso la idea por primera vez —exclamó el capitán—, me pareció descabellada y así se lo dije francamente. ¿Un merendero en La Bombilla? ¡Pero tú estás loco! Mira, Paco, déjate de ilusiones y continúa en Fornos sirviendo a tu parroquia sin meterte en dibujos que te pueden salir caros. Pero ahora confieso que me equivoqué. Esto es muy hermoso —agregó, paseando la mirada a su alrededor—. No cabe duda que va a hacer dinero. Es un buen negocio.

—Sí, sí, hay que felicitarle, ¡Paco! ¿Pero dónde se ha metido ese hombre? ¡Paco! ¡Paco!

Paco se acercaba pausadamente, con su sombrero en la mano, sonriendo con aire tranquilo de buen burgués.

—¡Oh, señor conde, señor conde!... ¡cuánto le agradezco a usted que haya venido..., y lo mismo a estos señores!... ¡cuánto honor!...

—¡No faltaba más!

—¡No faltaba otra cosa!

—¿Qué le parece esto?

—¡Magnífico, Paco, magnífico!

—Oh, no, una cosa modesta, lo que se ha podido, nada más.

—¡No, Paco, no! Está muy bien. Es el mejor merendero de La Bombilla.

Todos asintieron. Sí, indudablemente, el mejor merendero. Vas a hacer dinero, Paco.

Él lo creía también. Es decir, contando con que los amigos no le abandonarían. Si se había decidido a emprender este negocio, era contando con que sus antiguos parroquianos le ayudarían concurriendo a menudo.

—¡Oh, sí, ya lo creo!

—¡Qué duda cabe!

—¡Si esto es muy bonito!

—¡Ah! pues los señores no conocen lo mejor. Si los señores quieren acompañarme, se lo enseñaré.

—Sí, hombre, sí, tendremos mucho gusto.

Echaron a andar. Atravesaron los delgados caminos limitados por anchos macizos de boj; pasaron ante los cenadores de entrelazadas cañas, por las cuales trepaban las enredaderas con su fino encaje de verdes colores; ante los veladores de hierro pintados de blanco; ante los sillones de delgadas patas y cómodo respaldo de entretejido alambre.

—He preferido sillones ¿saben ustedes? porque como se está en ellos más a gusto, la gente permanece más tiempo y, como es natural, hace mayor gasto.

Después los llevó a un amplio salón pintado de azul pálido, con una gran mesa cuadrilátera en el centro.

—Es la sala para bodas y bautizos. Aquí comerán ustedes hoy. Ahora, síganme; les voy a enseñar los gabinetes reservados.

Subieron una escalera de madera encerada, con pasamanos relucientes y grandes tiestos de palmeras pegados a la pared, y desembocaron en una espaciosa rotonda alegremente decorada a estilo moderno, con anchas flores de color de rosa sobre fondo claro. En medio una reproducción en escayola de la Venus de Médicis se arrodillaba, pudorosa, sobre un gran puff de terciopelo.

—Pero, ¡Paco, por Dios, te has excedido!

Paco sonreía satisfecho, dando vueltas entre sus manos al ancho sombrero cordobés.

—Pues falta todavía lo mejor; ya verán, ya verán —y abrió la puerta de uno de los gabinetes—. Eh, ¿qué tal?

—Precioso, Paco.

Era un gabinete pequeño, cuadrado; los muebles buenos, de severo gusto; mesas de roble, chiquitas pero sólidas; grandes sillas con asiento de cuero claveteado; las paredes de madera, lo mismo que el suelo.

—Está bien, está bien; solo que me parece que falta algo —añadió el teniente.

Paco sonrió, y abriendo una puertecita disimulada en la pared mostró otra habitación, una alcoba completa, con su cama de Viena, su mesa de noche y su lavabo, también de madera, haciendo juego con la cama.

—¿Ven ustedes como no falta nada?

—Sí, en efecto; eres un hombre práctico.

Las mujeres se habían aproximado y examinaban con gran detención la colcha y las sábanas.

—No son gran cosa, pero en fin, para lo que se quiere, buenas están.

Todos felicitaron cordialmente a Paco.

—Ya lo creo que vendremos. ¡No faltaba más!

En el jardín se encontraban ya más invitados; Ulzurrun, Boncamí, Rose, Rosarito, Jaime Fort, un pintor amigo de Boncamí, y dos hombres más.

Como faltaban todavía tres cuartos de hora para la comida, Paco los obsequió con wermuth y cerveza; pero las mujeres prefirieron esperar la hora bailando. Quitaron la funda del organillo, y el teniente de ingenieros se brindó solícito a mover el manubrio.

Boncamí, que no sabía bailar; el conde, que no tenía gana; una de las amigas del conde, que prefirió la cerveza; Ulzurrun y algunos más continuaron en los cenadores.

—Este Paco es hombre que sabe hacer las cosas —decía el conde.

—¡Toma! ¡Ya lo creo! —agregó la muchacha—. A nosotras nos ha mandado una tarjeta preciosa de invitación, una monada; aquí está —y mostró una delgada cartulina, una fototipia del establecimiento, hecha por Laurent. En una esquina, sujeta por artístico sello de lacre, brillaba una moneda de cinco pesetas, con este letrero sugestivo: Para el coche—. Creo que ha repartido veinticinco.

—Pues le va a salir la fiesta por una friolera.

—Oh, no; tengo entendido que las invitaciones son para el refresco. A la comida solo venimos los íntimos: unos treinta entre hombres y mujeres.

—De todos modos, le va a salir caro.

—¡Bah!, ya sabe él lo que hace.

El ingeniero tocaba el organillo bastante mal, unas veces despacio, otras ligerísimo, como si de repente se hubiera vuelto loco. Todas las parejas protestaron.

—O toca usted mejor, o deja usted el manubrio.

Pero súbito retintineo de colleras les distrajo. Un coche llegaba, un gran break con seis caballos a la jerezana.

—¡Ya están aquí, ya están aquí!

Los seis caballos pararon en seco, haciendo campanillear sus cascabeles. El coche se detuvo y empezó a bajar de él gente conocida: Lola Guzmán, Nati, Paca Rey, Isabelilla, Julia, Maruja, Carmen Arenzana, todas elegantísimas, con sus vestidos vaporosos de tonos claros y sus grandes sombreros de paja, charlando por los codos, riendo a boca llena, respirando alegría y juventud. Tras ellas bajaron los hombres: Luis Gener, Cañete, Avelino Suárez, Alamares el matador de novillos, Paco Gaitán, Filiberto Pons...

—Pero ¡Jesús! ¿cómo venían ustedes? —preguntó Petrita, admirada de que en un solo coche cupiese tanta gente.

—Apretaditos, apretaditos, pero no se iba mal —contestó Gaitán sonriendo, mirando a Paca Rey.

—Claro, usted, sí. Ha ido usted todo el camino materialmente encima de mi falda.

Las mujeres se quitaron los sombreros, y algunos hombres las americanas. ¡Qué demonio! ¿no estaban en el campo? Pues en el campo debe haber confianza. Paco Gaitán se quitó incluso el cuello, porque, según dijo, le ahogaba.

—Estos cuellos altos son insoportables. No sé cómo los resistimos. Debíamos llevarlos todos como el de este —y señalaba la abullonada camisa de Alamares, que a su lado se erguía muy tieso y muy ufano con su traje corto y su faja de seda.

Del gran salón de bodas salía un alegre tintineo de cubiertos y cristales. Paco iba y venía de un lado para otro dictando órdenes y metiendo prisa a los camareros que atravesaban el jardín con grandes cestas de vajilla.

—¡Qué barbaridad! —dijo de pronto Petrita a Manolo—; ¿cuántos dirás que somos?

—¡Qué sé yo, hija! No los he contado.

—Pues yo sí; veintinueve justos: dieciséis hombres y trece mujeres.

—¡Huy, trece, vaya un número feo!

—¡Y tan feo! ¡Dios mío, que vengan más! —exclamó compungida, verdaderamente preocupada.

Iba Manolo a contestar, burlándose de sus supersticiones, cuando el agudo sonar de una bocina arrancó a Petrita un grito de contento.

—¡Mira, mira, un automóvil... con mujeres..., y vienen aquí!

—Sí, es el de Federico Guijarro.

—Y ellas, ¿quiénes son?

—Hija, espera que se quiten el velo; con ese armatoste en la cabeza, cualquiera las conoce.

El automóvil avanzaba despacio y majestuoso con antipático taf..., taf... Dio una pequeña vuelta hasta llegar a los cenadores y se detuvo. Las mujeres se quitaron el velo. Manolo, al reconocer a una de ellas, no pudo ocultar una exclamación de disgusto.

—Luisa... ¡maldita sea!

Petrita se había puesto pálida.

—Cómo, ¿es...?

—Sí, calla.

—Pues mira, ¿sabes lo que te digo? Que para eso, mejor éramos trece.

—Bueno, déjalo; después de todo, a nosotros ¡qué nos importa!

Luisa al ver a Manolo se quedó también, al principio, un poco sorprendida; pero rehaciéndose, adelantó hacia él y le tendió la mano.

—¡Hola, Manolo!, ¿cómo estás?

—Bien, ¿y tú?

—Bien, gracias.

No pasó más. Parecía que se habían separado la víspera.

—Cuando ustedes gusten —gritó Paco desde la puerta del salón.

Todos se precipitaron en él; pero al llegar a la mesa se detuvieron indecisos. Gaitán fue el primero en romper esta indecisión.

—Nada de ceremonias; aquí cada uno se sienta donde puede y donde le da la gana. Yo, por lo pronto, me siento aquí; y usted —añadió, señalando la próxima silla a Paca Rey— aquí, a mi lado.

Los demás, animados por esta franqueza, se acomodaron también a su gusto, respetando únicamente las cabeceras, que quedaron vacías.

—Y ahí, ¿quién va a sentarse?

—¡Toma, pues es verdad!

—Una de ellas le corresponde de derecho a este caballero —dijo el capitán de caballería señalando a Ulzurrun—. Sin que sea llamarle viejo, forzoso es convenir en que es el más respetable de todos nosotros.

Ulzurrun, ante este argumento, no tuvo más remedio que inclinar la frente y aceptar, sonriendo, con gran alegría de Boncamí, que por esta coincidencia se quedó al lado de Rose.

—Bueno, ¿y la otra?

—Eso no se pregunta —gritó el conde—; esa corresponde a Paco.

Paco se acercó. Él no comía; no le era posible; tenía que dar órdenes.

—¡Nada, nada; tú presides la mesa!

—¡Claro que sí!

—¡Pues no faltaba más!

Tuvo que ceder, haciendo que se resistía, pero muy halagado en el fondo, por alternar con todos aquellos caballeros a quienes hacía cuatro meses limpiaba la mesa con su paño mojado.

Manolo Ruiz, para no mirar a Luisa, se puso a leer la lista en alta voz: «Paella a la valenciana. Langostinos a la vinagreta. Solomillo con tomate. Lengua de vaca a la andaluza. Pollo en ensalada. Crema de limón. Postre. Café».

—Hombre, muy bien; he aquí una comida sana.

—He querido —dijo Paco—, hacer una comida española, una comida clásica, de la tierra. Nada de platos extranjeros...

—Eso, muy bien. ¡Viva la cocina nacional!

—¡Viva la independencia culinaria!

Servían ya los mozos la paella, cuando en la puerta del comedor se presentaron dos hombres más. Paco, que no los conocía, se levantó confuso; pero el conde se apresuró a decir:

—Este caballero es mi amigo el señor marqués de Cehegín, a quien me permití invitar anoche.

—Y yo a mi vez me he permitido traer a mi primo.

—¡Ah, muy bien, muy bien! siéntense ustedes, digo, si pueden. Pero, ¡cómo! ¿todavía más gente? —añadió al oír el rodar de un carruaje sobre la arena del jardín.

Eran María Luisa y su hermana Matilde, una criatura encantadora de dieciséis años.

—¿Venís solas?

—Sí, solas. El marqués no ha podido acompañarnos. Puede que venga luego a recogernos.

—Bueno, bueno, sentaos donde podáis.

No había sitio. Los hombres, bromeando, les ofrecían sus rodillas. Por fin pudieron acomodarse, una entre Filiberto Pons y Suárez, la otra entre el marqués de Cehegín y su primo.

Las conversaciones callaron. Todo el mundo tenía hambre y la paella estaba riquísima. Solo se oía el chocar de los tenedores y el golpeo del vino al caer en las copas. Los que no se conocían personalmente, levantaban los ojos de cuando en cuando y se miraban a hurtadillas, especialmente las mujeres. Paco Gaitán, cada vez más entusiasmado con su tocaya, la atendía cuidadosamente como a un niño goloso y mimado, ofreciéndole aceitunas, pepinillos y rajitas de salchichón que ella mordisqueaba sonriendo. Era precisamente lo que más le gustaba. En cambio el arroz...

Luisa no apartaba la vista de Manolo Ruiz, que a su vez continuaba procurando esquivar la de ella. Gener, que lo notó, llamó disimuladamente por encima del hombro del Alamares a Federico Guijarro y le puso en antecedentes.

—Tenga usted cuidado con su parejita, ¿eh?, no vaya a ser que a última hora meta la pata.

—¡Oh, no, qué disparate!

—Por si acaso.

—No tenga usted miedo. En todo caso, yo respondo.

Y, en efecto, inclinándose sobre ella, algo debió decirle, porque Luisa bajó los párpados muy encarnada y no volvió a mirar a Ruiz en toda la comida.

Esta era cada vez más animada. Todos hablaban al mismo tiempo. Únicamente Ulzurrun permanecía indiferente a la alegría general, sonriendo tan solo con su aspecto abatido de hombre cansado, cuando alguno decía un chiste o pronunciaba una frase ingeniosa. Se hablaba de todo, de modas, de toros, de teatros, de arte.

—Oiga usted, Suárez —preguntó en voz alta Filiberto Pons—, ¿qué prepara usted para este invierno?

—¡Oh, muchas cosas! Este invierno me lanzo de lleno. Por lo pronto, estoy terminando un sainete con letra de Castro y Pedrosa, después estrenaré una zarzuela grande en Parish, y si me queda tiempo terminaré una ópera que tengo empezada.

—¡Cómo! ¿Una ópera? ¿Nada menos que una ópera?

—Sí, señores; una ópera en tres actos, una vieja leyenda castellana, un libreto hermosísimo que me entregó, poco antes de morir, Antoñito Bedmar.

—¡Pobre Antoñito!

—¡Valía mucho!

—¡Ya lo creo!

—¡Pobre muchacho!

Y como entristecidos por el recuerdo, la conversación languideció. Hacía calor. La gente, sofocada con las apreturas, se iba alejando poco a poco de la mesa, ensanchando el círculo. Algunas mujeres habían ido a buscar los abanicos y los agitaban con fuerza para que el aire llegase también a los hombres, que a su vez alargaban el cuello agradecidos. A lo lejos, enfrente de la puerta, los macizos de boj resplandecían con tonos de esmeralda. Un hálito asfixiante se escapaba de la arena del jardín, que brillaba a los rayos del sol como salpicada de diamantes. Nadie comía ya. Los postres quedaban intactos en los fruteros y los helados, en los platos, se deshacían liquidándose.

—¡El café!

Federico desapareció del salón y regresó en seguida con dos cajas de cigarros habanos, que entregó a los camareros.

—Me he permitido traer esto. Usted no se ofenderá, Paco. Ya sabe usted que a mí me los regalan.

La atmósfera, con el humo, se hizo más asfixiante todavía. Las mujeres, reclinadas sobre los respaldos, se abanicaban con furia. Todas estaban encarnadas, encendidas, con los ojos brillantes, los labios entreabiertos, mostrando los dientes. El champagne las animaba con su embriaguez nerviosa y alegre, y enardecidas charlaban y reían; tolerando todo género de chistes y aceptando toda clase de bromas. A alguien se le ocurrió tocar el organillo, y todas salieron de pronto corriendo, dando gritos y tirando las sillas. Fue aquello una desbandada, el escape de todo un colegio.

Cuatro o cinco jóvenes penetraron en el merendero; transeúntes atraídos por el ruido de la fiesta, que se determinaban a entrar con la libertad que concede un establecimiento público. Paco, al principio, pensó echarlos, pero luego cambió de parecer. «¡Después de todo, qué más da!». Sin embargo, para que la invasión no continuara, colocó un camarero en la puerta con objeto de no dejar entrar más que a los invitados al refresco.

Estos empezaban ya a llegar. Mujeres bonitas, socios de la Gran Peña y del Casino, noticieros de los grandes periódicos, literatos y artistas. Muchos no traían invitación, pero se anunciaban y Paco los dejaba pasar.

—¡Si yo dejo pasar a todo el mundo! Lo que no quiero es golfería.

El organillo no cesaba. Eran siempre los mismos bailables, los mismos valses, las mismas polcas, las mismas habaneras; pero esto ¡qué importaba! La cuestión era bailar. Y se bailaba sin descanso, con blandos movimientos, bajo la sombra de la tapia que se agrandaba cada vez más con la caída del sol.

Perico Castro, Ricardo Bermejo, Pepe Corcho, Agustín Gordinos, todos los redactores de El Combate se presentaron a última hora.

—No hemos podido venir antes. ¡Qué día! Ni una sola noticia. No hallábamos manera de cerrar el periódico. Y vosotros, ¿qué? ¿os habéis divertido mucho?

—Bastante, ya lo creo. Hemos pasado una tarde deliciosa.

—Y la seguís pasando, porque esto no tiene trazas de concluir.

—Yo no tengo prisa.

—Ni yo tampoco. Pero, por si acaso, voy a aprovechar. ¡Caramba! Allí está sola Lolita Guzmán. Voy a bailar con ella.

El sol, próximo a hundirse en el horizonte, caía lentamente incendiando las nubes, alargando en el suelo las sombras de los árboles. El viento arrancaba de las hojas un murmullo, blando y suave a veces como un suspiro, otras largo, inacabable, como el rumor del Manzanares, que a pocos pasos deslizaba mansamente sus aguas tranquilas. Algunas cabras, indóciles a los ladridos de los perros, triscaban en la ribera, mordisqueando la hierba y ahuyentando a los pájaros con el melancólico tañer de las esquilas.

Petrita había dejado el abanico en el comedor y fue a buscarle. Al regresar encontró en la puerta a Luisa.

—Niña, me alegro de verla a usted. Casualmente la iba yo buscando para decirle un recadito.

Petrita quedó confusa.

—Usted dirá —contestó tímidamente, balbuciendo.

—Pues, nada. Que ese hombre que va con usted es mío, ¿se entera usted?, mío, y, por lo tanto, hoy es el último día que les voy a ver a ustedes juntos. ¿Estamos?

—Ese hombre no tiene nada que ver con usted.

—Mire usted, niña; eso de si tiene o no tiene que ver, es cuenta mía. Lo que yo le digo a usted es que no me da la gana, ¿se entera usted? —agregó recalcando muchísimo la frase—, que no me da la gana de que vaya con usted.

—¡Pues irá, irá, porque me quiere! —dijo Petrita con una energía inexplicable.

La otra la cogió de un brazo y la sacudió brutalmente.

—¿Qué has dicho?

—Suélteme usted, me hace usted daño.

—Como te vuelva a ver con él, te corto la cara.

Petrita palideció y trató de huir, muerta de miedo; pero Luisa la detuvo.

—Ya lo sabes; conque ándate con ojo. Ese hombre es para mí, y ¡ay de aquella que quiera quitármelo!

Había en esta frase tal tono de amenaza, que la infeliz criatura quedó aturdida. Se le saltaron las lágrimas y no supo qué responder.

—Ya lo sabes —añadió Luisa soltándola—. Procura que no se te olvide el recadito. Vete ya.

Petrita no se iba. De pie en el marco de la puerta, permanecía inmóvil, atontada.

—Qué, ¿no lo has entendido? ¿Quieres que te lo repita?

Petrita se echó a llorar, y pataleando con la rabia del chiquillo a quien le quitan un juguete, exclamó de pronto:

—Pues bien, no le dejo. Podrá usted pegarme, podrá usted matarme, pero no le dejo.

Luisa, que no esperaba tal tesón, vaciló un momento. Luego, avanzando hacia ella las manos crispadas, los ojos brillantes y amenazadores, rugió con voz ronca:

—¿Qué has dicho?

—Que no le dejo. Podrá usted pegarme, pero no le dejo.

—¿Que no le dejas? —agregó cada vez más amenazadora, cogiendo de encima de la mesa un cuchillo de finísima hoja—. ¿Que no le dejas?

—No.

—¿No?

—No. Por ese hombre doy yo hasta la vida.

—¡Pues, toma, dala ya! —exclamó Luisa fuera de sí, y levantando el brazo hundió rápidamente el cuchillo en el pecho de la infeliz Petrita.

Esta dio un grito y echó a andar tambaleándose, con las manos en la herida, en dirección a los cenadores; pero a los pocos pasos le faltaron las fuerzas y cayó a la larga.

Luisa, aterrada, huyó por la puerta trasera del comedor.

Al grito de Petrita, dos hombres acudieron.

—¡Socorro, socorro! ¡Aquí hay una mujer herida!

Todos se acercaron. Manolo, loco de dolor, cayó ante ella de rodillas.

—¡Petrita, Petrita de mi alma! —gritaba llorando, besándola apasionadamente, tratando de restañar la sangre que a borbotones enrojecía la blusa de batista.

—¡Un coche, un coche! —gritaron varias personas al mismo tiempo—. Es preciso llevar a esta mujer a la Casa de Socorro.

Gaitán se aproximó.

—Es inútil —dijo fríamente después de reconocerla, sin preocuparse de que ella podía oírle—. No dura diez minutos. ¡Oh, la puñalada iba bien dirigida!

Todos los circunstantes se estremecieron. Rose d’Ivern, Rosarito, Paca Rey y algunos caballeros auxiliaban a Amalia, que se retorcía sobre el suelo presa de un ataque nervioso. Lola Guzmán, sentada en una silla, lloraba desconsoladamente. Castro mordía nervioso la colilla del puro. Boncamí paseaba agitado. Los demás, de pie, formando círculo alrededor de la infeliz Petrita, miraban en silencio, tristemente, dolorosamente, verdaderamente impresionados.

Y el sol seguía cayendo; conforme declinaba, perdía su fulgor; su resplandor se apagaba hasta ser solo una aureola, una corona de lucientes rayos. Las nubes perdían sus vivos matices de púrpura y se deshacían en tonos más suaves, más tenues de rosa y de violeta. Los rumores del campo se hacían más lejanos, el viento apenas movía las hojas, el rumor del agua parecía aún más tranquilo, y hasta el tañido de las esquilas sonaba más melancólico y más dulce. Una campana tocó el Angelus.

Postrado de rodillas contemplaba Manolo amorosamente a Petrita, viendo con terrible angustia cómo la palidez invadía las mejillas, cómo el sudor abrillantaba la frente, cómo se aflojaban los músculos, cómo se secaban los labios, cómo el temblor se apoderaba de su pobre cuerpo.

Ella abrió los párpados; clavó en él sus pupilas, vidriosas ya, le envió en una mirada su alma entera, y con voz dulce como un suspiro, triste como un sollozo:

—Manolo —dijo.

Él, por toda contestación, se inclinó sobre ella y la dio un beso: un beso de amor, de amor sublime, de cariño inmenso, de pasión suprema, de ternura infinita.

Cuando levantó la cabeza, Petrita no existía ya. Sus manos descansaban sobre el pecho, encima de la herida, piadosamente entrelazadas. Sus ojos habían quedado abiertos, clavados en el infinito, como queriendo retratar en las pupilas la majestuosa serenidad del cielo; la crispación de sus labios mentía una sonrisa; las impalpables partículas de polvo, posadas en su desordenada cabellera rubia, brillaron un instante, a los rayos postreros del sol, como un nimbo de oro.