EN LA COSTA CANTÁBRICA

Este libro, comenzado en verano en un valle de los Alpes, voy a terminarlo en otoño, a orillas del Cantábrico.

Estoy en casa de un amigo, en un pueblo de la costa vasca, uno de esos pueblos un poco industrial, un poco pescador, un poco agrícola, con una playa de bañistas. La casa donde vivo da por delante a una callejuela y tiene por detrás una galería que mira al mar. Desde esta galería suelo ver el puerto con sus vaporcitos, sus pailebotes y sus goletas, que cargan cemento y descargan carbón. A la entrada de la ría hay un puente gris, por donde corren raudos los automóviles y pasan coches y bicicletas; más lejos, otro puente, por donde cruza el tren, dejando nubes de humo negro, y estos diversos medios de locomoción, el tren, el auto, los carros, las bicicletas, los vapores y los barcos de vela, dan al paisaje un aire pedagógico e instructivo de lámina de libro de lectura para niños.

Por la mañana paseo en la playa con mi amigo. Los veraneantes se van; las casetas de lona desaparecen; algunos chicos juegan todavía en el arenal haciendo agujeros; el mar se muestra más azul que nunca; el sol, amarillo y templado.

Por las tardes vamos por la carretera que bordea la costa. Es la época del equinoccio. El mar está irritado; las olas se erizan de espuma y rompen en las rocas; los pedregales de la costa resuenan como descargas, en la resaca; las gaviotas revolotean; la espuma espesa va llevada por el viento en copos, no tan blancos como los de la nieve, y, a lo lejos, el cabo de Machichaco, misterioso y fantástico, se destaca en el mar sombrío y hostil.

De noche oigo el rumor lejano de las olas, y cuando no puedo dormir pienso en mis memorias y escribo alguna página de ellas.


I.
MARÍA LUISA DE TABOADA

Al llegar a Bayona me encontré a don Eugenio preocupado; ni García Orejón ni Bertache daban señales de vida.

Aviraneta había pensado enviar un nuevo agente al campo carlista para que observase el carácter de la escisión entre marotistas y partidarios de Arias Teijeiro, y hasta qué punto llegaba el odio entre ellos.

Aviraneta consultó el caso con doña Paca Falcón, y ésta le dijo:

—Un agente no tengo; pero una agente, sí. Conozco a una mujer que creo que sería capaz de ir al campo carlista y hacer con inteligencia la comisión que se le indicara.

—¿Es carlista?

—Sí, carlista, aunque del grupo moderado. Se encuentra, por el momento, en una situación un poco difícil. Yo le hablaré, y, si quiere, le citaré para mañana aquí mismo.

Efectivamente; al día siguiente, doña Paca Falcón estaba en la trastienda con la señorita María Luisa de Taboada.

María Luisa era hija de un abogado, corregidor de Guipúzcoa en 1824, y después, fiscal de la Audiencia de La Coruña. Este señor, al comienzo de la guerra, se declaró por Don Carlos y escribió un folleto atacando con violencia a María Cristina y a Isabel II y haciendo la apología del Pretendiente. El abogado Taboada fué amigo y asesor de Zumalacárregui.

María Luisa, en este momento, servía de señorita de compañía a una familia francesa en una casa de campo de las inmediaciones de Bayona.

María Luisa era muy conocida en el pueblo por su ingenio, su desparpajo y su exaltación carlista. En tiempo de Zumalacárregui había desempeñado algunas misiones diplomáticas en Madrid, Turín y Nápoles, por lo cual se la consideraba como una mujer dotada de sagacidad y de travesura.

María Luisa pertenecía al partido carlista moderado, al grupo de Maroto, Villarreal y el padre Cirilo.

La vi a esta muchacha entrar y salir en la trastienda de la casa de doña Paca.

—He tratado de sondearla y de que pasara a nuestras filas—me dijo don Eugenio—; pero es imposible. Esta muchacha es fanática carlista y pertenece a la Congregación de San Vicente de Paul. Tengo que variar de plan. La he convidado a comer mañana en Bidegañeche, una fonda de San Pedro de Irube. Iremos ella y yo paseando, y luego tú la llevas en el tílburi de Iturri a su casa.

—Muy bien.

—Galantéala un poco.

—Bueno. ¡Vaya un papel que me quiere usted dar!

—No te costará mucho trabajo. Ya sabemos cómo eres.

Fuí con el tílburi a San Pedro de Irube. Hacía un día de invierno, espléndido. Dejé el cochecito en la cuadra de Bidegañeche y subí al comedor pequeño, que estaba empapelado con un papel que representaba un puerto con sus muelles, sus barcos y sus montes a lo lejos.

Aviraneta me presentó a María Luisa de Taboada.

María Luisa era una mujer de mediana estatura, morena, seca. Tenía el óvalo de la cara muy alargado; la nariz, también larga; los ojos, pequeños, brillantes, muy bonitos; el pelo, negro; la piel, curtida por el sol; la boca, un poco incorrecta, que dejaba al descubierto la dentadura, blanca y fuerte. Nadie hubiera dicho que era bonita, pero tenía atractivo. Había en ella algo de la viveza y de la gracia de la cabra. Su cuerpo era esbelto y bien formado; la mano, chiquita y, a pesar de esto, fuerte; el pie, muy pequeño. Se vestía un tanto caprichosamente, aunque siempre de obscuro. Llevaba corbatas de hombre y sombreros de hombre. Tendría unos veinticinco a veintiséis años. Su padre era gallego y su madre castellana. Ella había heredado de su madre su sequedad y su energía.

Hablando, María Luisa era un poco redicha y recalcaba las palabras con cierta complacencia. Se expresaba de una manera coloreada y pintoresca. A veces hacía gala de su erudición, y sacaba a relucir a Santo Tomás o a San Agustín, y entonces resultaba un poco pedante.

Estas observaciones hice mientras Aviraneta y ella charlaban de política en la comida.

Aviraneta se mostró partidario del bando moderado entre los cristinos, y enemigo mortal de los exaltados. Dijo a María Luisa que los moderados de Isabel II y los de Don Carlos pretendían una misma cosa, y que podrían entenderse, pues los puntos que los dividían apenas tenían importancia.

El casamiento del hijo de Don Carlos con Isabel II podría ser la mejor solución y el término de la guerra, y para prevenir dificultades y celos, si se llegaba a un acuerdo, se extrañaría del Reino al infante Don Carlos y a María Cristina. La realeza o suprema autoridad del Estado residiría mancomunadamente en Isabel y Carlos, como en tiempo de los Reyes Católicos. Se convocarían Cortes, y se daría a la nación una Constitución y un régimen moderados. Para conseguir esto era preciso acabar con los corifeos del bando exaltado de ambos campos.

María Luisa, con la pedantería que tienen las mujeres cuando se ocupan de política, barajó aquellos lugares comunes con entusiasmo. Yo, como había oído muchas veces exponer estas y otras teorías parecidas, oía la conversación como el que oye el rumor de las olas.

Después de la comida preparé el tílburi y ayudé a montar a María Luisa.

Fuimos a ver a San Pedro de Irube, el castillo del Petit-Lisague y la gruta en donde el caballero de Belzunce mató a un terrible dragón, tan cándido y buena persona como todos los dragones.

—¿Y usted no se ocupa de política?—me preguntó María Luisa.

—Yo, no; todo eso me aburre profundamente.

—Usted será un señorito rico que no piensa mas que en divertirse.

—¡Le parece a usted poco! Es muy difícil divertirse.

—¡Qué asco! Yo con un hombre como usted no iría a ninguna parte.

—Yo con una mujer como usted iría a algunos sitios.

—¡Bah! ¿Se las va usted a echar de Don Juan?

—¿Por qué no?

—Conmigo no tendrá usted éxito.

—¡Oh, sí! ¡Quién sabe!

—¡Qué estúpido es usted!

—Quizá. Usted también es un poco pedante.

—¡Yo!

—Sí.

El calificativo no le hizo ninguna gracia.

María Luisa tenía una gran seguridad en sí misma. Se creía la ciencia infusa. Tenía una risa clara, despreciativa, una petulancia completamente ibérica.

Dejé a María Luisa en su casa y me volví a la fonda de Iturri a entregar el coche.


II.
PETULANCIA CONTRA PETULANCIA

La señorita de Taboada me hizo efecto, y dispuse emprender su conquista.

Al día siguiente de comer con ella en San Pedro de Irube la volví a ver en casa de la Falcón, y hablamos.

Ella estaba conmigo siempre en guardia.

María Luisa, por lo que me dijo la Falcón, era una mujer original, de una vida poco corriente, con una extraña juventud.

Había vivido en Francia, en Italia y en España; había seguido con su padre a las tropas de Zumalacárregui, montando a caballo, andando entre breñales y descampados, recibiendo la lluvia y el sol; sabía historias libertinas, que las contaba con mucha gracia, y pasaba de contar estas verduras a hablar de sus ideas religiosas, que en ella se hallaban muy arraigadas.

Era muy devota, y al mismo tiempo, en su conversación, muy atrevida, cándida y maliciosa, intrigante y simple, y siempre muy novelera. Bromeé con ella preguntándole acerca de sus amores en Bayona.

Para ella en Francia no había gente que le interesara. Los franceses le parecían muñecos que no le preocupaban; para ella no había mas que los españoles.

Era un caso de arbitrariedad parecido, aunque contrario al de madama D'Aubignac.

Conocí a una de sus amigas, hija de un coronel carlista, que era una solterona fea y rencorosa, que no podía soportar la importancia de María.

—María Luisa es una loca—me dijo—. Se figura que ha de cumplir grandes misiones en el mundo; sueña con ser una Juana de Arco o una Santa Teresa de Jesús.

—¿Es ambiciosa, entonces?

—Sí, pero sin base. Es muy superficial. No tiene talento alguno. Ha aprendido aquí y allá frases de efecto, y las baraja en la conversación.

—Sin embargo, dicen que Zumalacárregui la consultaba a menudo.

—¡Ca! A su padre; a ella, no. En muchas cartas que Zumalacárregui dirigió a su padre, en donde ponía: Querido amigo, ella cambió las oes en aes y puso: Querida amiga.

—Dicen que el general Villarreal la atiende mucho.

—Si ha sido su querida.

—¡Cree usted!

—Eso dice todo el mundo. Es verdad también que han pensado en casarse, pero él está preso y tísico, y no se pueden casar.

La amiga me dió estos detalles con fruición.

Me enteré de la vida de Villarreal. Entonces el caudillo carlista tendría unos treinta y cinco años. Gozaba fama de hombre valiente, recto y de carácter. Se le consideraba como sencillo, modesto y ordenancista. Debía ser, sin embargo, un fanático, a juzgar por la orden de fusilar al viejo médico don Francisco Manzanares, en Escoriaza, sólo porque éste no tenía ideas religiosas.

Aquellos datos me servirían en mi lucha contra María.

A los pocos días de conocerla estaba casi enamorado de María Luisa; tenía por ella una pasión de vanidad, de amor propio y de algo de rencor.

Mis relaciones con madama Laussat habían sido un amor tan físico, que no me dejaron ningún recuerdo en el espíritu; mis amores con la marquesa Radensky fueron una fantasía vaga y corta, como una borrachera de Champaña; a Corito la seguía queriendo, pero su recuerdo me daba la impresión de algo vago, ideal como celeste.

En cambio, por María Luisa tenía una pasión erótica, de malos instintos, un fondo de rencor, una necesidad de dominarla, de humillarla, y una antipatía profunda por sus inclinaciones, sus ideas y sus amistades. Tenía en esta época una petulancia y una impertinencia donjuanesca. Me creía capaz de todo y de vencer cualquier dificultad que se me presentase. Estaba convencido de que vencería y sometería a María Luisa.

Además, me atraía; había en ella algo ardiente y seco que me gustaba. Era como un paisaje castellano tostado por el sol.

Cuando supe que María Luisa, aceptando la peligrosa comisión que le daba Aviraneta, iba a entrar en España, la dije:

—La voy a acompañar a usted.

—¡Ca!

—Ya verá usted. Pienso hacer su conquista. Tengo que quitar la novia al general Villarreal.

—¡Qué ilusión!

—¿Usted me deja acompañarla?

—Bueno. No tengo inconveniente.

—Usted, naturalmente, no me denunciará a los carlistas. Sería una mala acción.

—Yo no le denunciaré. Usted tampoco intentará intervenir en mis asuntos.

—No, señora.

—Ni intentará ninguna violencia contra mí.

—Ninguna.

María Luisa empezaba a tenerme miedo.

—Nada; iremos juntos. Diré que es usted un pariente mío.

Le agarré la mano.

—Tiene usted una mano fuerte, de hierro. Podría usted estrangular a uno.

—¡Vaya un cumplimiento!

—Es una mano que me enamora.

Se la besé.

—¡Qué estúpido es usted!—exclamó ella.

—Es posible; pero usted me llegará a querer.

—Nunca.

—Tengo la mala suerte de que todo lo que quiero, al fin lo consigo.

—¡Qué alabancioso! ¡Qué tonto!

—Usted lo verá.

—Sí, usted es el emperador, su alteza real.

—No se ría usted todavía; al final veremos quién tenía razón.

Cuando Aviraneta supo mis propósitos de acompañar a María me quiso disuadir del proyecto.

—Deje usted—le contesté yo—; yo creo que habrá algo interesante que ver en ese viaje.

Mi vanidad me hacía creer en esta época que vacilar, abandonar una acción cualquiera por pereza o por blandura de espíritu, era una cobardía indigna de un hombre de acción, de un discípulo de Aviraneta, que con el tiempo tenía que eclipsar a su maestro.

Había tomado como norma de conducta no estar en la indecisión, pesando el pro y el contra de las cosas por hacer, sino decidir, y después de decidir, ya no volver sobre mi acuerdo hasta que un obstáculo fuerte me impidiera seguir adelante, y entonces ver de vencerlo o de soslayarlo, según su importancia.

Una de las cosas que podía llamar sobre mí las sospechas en mi viaje era mi aire de juventud.

Para remediarlo fuí a casa del peluquero y le pregunté si no habría medio de pintarse canas. Le chocó mucho la pregunta e hizo algunas pruebas, hasta que eligió un líquido, que me dió en un frasco.

—No creo que el efecto dure mucho tiempo; tendrá usted que darse cada dos o tres días.

Me miré a un espejo.

—Está muy bien—le dije—. Me envejece lo menos diez años.

—Y además le da a usted un aire muy distinguido.

Me preparé para el viaje. No llevaba mas que algunos billetes de Banco cosidos en distintos puntos de la ropa, un gabán y un impermeable. En el bolsillo del pecho guardaba el frasco de narcótico del abate Girovanna.

Aviraneta dió largas instrucciones a María, escritas con tinta simpática, acerca de lo que tenía que hacer y decir al verse con Maroto y con los generales carlistas del bando exaltado. Le dió también diez onzas de oro para el viaje, que María cosió en el corsé.

A final de enero, con los papeles en regla, María Luisa y yo tomamos la diligencia, bajamos en San Juan de Luz, alquilamos dos caballerías, pasamos por Vera, y llegamos por los montes a Oyarzun, donde dormimos.

El segundo día cruzamos las filas carlistas, y el tercero estábamos en Tolosa.

María Luisa escribió desde allí a don Eugenio diciéndole que la mayoría de la gente con quien hablaba era partidaria de los presos ya libertados de Arciniega. Villarreal no tenía mando aún y esperaba, para obtenerlo, el que el padre Cirilo subiese al Poder.

El 3 de febrero llegamos a Vergara y presenciamos la entrada del Pretendiente. Después fuimos a una misa de gala muy decorativa. En la iglesia, en el sitio de honor, estaban Don Carlos y su hijo, vestidos de uniforme; la duquesa de Beira, con traje de cola muy lujoso, y luego la corte, galones, penachos, plumeros, levitas; el general Uranga; doña Jacinta, la Obispa; la camarista señorita de Arce; el obispo de León, etcétera, etc.

Yo me coloqué al lado de María Luisa, que me indicaba cuándo tenía que arrodillarme y levantarme.

—La verdad es que estaría gracioso que ahora me adelantara yo e intentara dirigir todos estos movimientos místicos y ceremoniosos de la etiqueta cortesana—le dije a María.

—Usted está malo de la cabeza—me contestó ella.

—María Luisa me iba tomando cierto respeto; lo que yo consideraba como un buen síntoma para mis propósitos. Mi petulancia antirreligiosa y antimonárquica y mi manía de impiedad le producían a ella verdadero espanto.

Al salir de la iglesia le dije a María Luisa:

—¡Sabe usted que encuentro a su rey cierto aire de carnero!

—No, pues no tiene usted razón; es un hombre guapo.

—Guapo, no. Por mucho fervor monárquico y borbónico que sea el suyo, no puede usted decir que es guapo. ¡Con esa quijada, y ese labio belfo, y ese aire tristón y ridículo! La verdad es que estos Borbones, desde el punto de vista estético, no valen gran cosa.

—¿Y María Cristina, es mejor?—preguntó ella con sorna.

—¡La excelsa Cristina! Es una italiana guapetona, vasta; pero esta brasileña de ustedes es peor. Chata, fea, disciplente, herpética... Eso es un perro de presa. Yo no la tomaría ni de cocinera.

—¡Ah, claro! Usted, no. Usted necesita una hada, una hurí de Mahoma.

—Ya ve usted que usted me gusta y no es usted ninguna hurí.

—Usted tampoco es muy galante.

—Es verdad; nunca lo he sido.

En Vergara, María Luisa fué a visitar a Maroto y le habló. Maroto parece que le dijo que estaba cansado de ver que el rey favorecía a los enemigos suyos, y que iba a tomar una determinación grave y que haría época.

Corrió por Vergara que entre el Pretendiente y su general en jefe se habían cruzado estas palabras:

—Señor—le había dicho el general—: la irresolución de Su Majestad compromete la autoridad que en mí ha depositado. Si Su Majestad no castiga a los generales y palaciegos que trabajan sediciosamente contra mi honor y mi vida, me veré en el caso de fusilarlos.

—¡De fusilarlos! ¿Te atreverías?

—Me atreveré, aunque Su Majestad después tenga el disgusto de mandar separar mi cabeza de los hombros.

—No lo harás—replicó Don Carlos.

—Eso ya lo veremos—murmuró Maroto al cesar la entrevista.

Aquello fué un desafío entre el rey y el general, y todos los palaciegos se mostraron indignados de la soberbia de Maroto.

Antes de salir de Vergara, María Luisa tuvo una segunda conferencia con el general. A mí no me dijo de qué habían tratado; pero debía de ser de algo grave, porque María Luisa volvió muy preocupada.


III.
EN ESTELLA

Dos días después de llegar a Vergara salimos para Estella en un carricoche roto y desvencijado, con un cochero que cantaba alegremente. Este cochero tenía dos motes a falta de uno: le llamaban Cholín Tripatriste, y era hombre alegre como unas castañuelas.

En el camino hacía frío; yo me quité el gabán y se lo puse en las rodillas a María.

—No quiero; de ninguna manera—me dijo ella.

—Entonces deje usted que nos sirva para los dos.

—Bueno; pero no intente usted aprovecharse.

—¿Es que lo he intentado alguna vez?

—No, no. Es verdad. Lo reconozco; y si abandona usted ese ridículo proyecto de que yo me enamore de usted a la fuerza, seremos buenos amigos.

—No, a la fuerza, no. Yo desplegaré mis recursos en línea de batalla; usted se opondrá a su modo.

—¿Y por qué no ser buenos amigos?

—No me basta.

El cochero se puso a cantar:

Yo tengo una cachuchita

sólo para mi recreo.

Luego se dedicaba al estribillo:

Vámonos,

china del alma;

vámonos

a Puerto Rico;

irémonos.

María Luisa y yo hablamos de nuestros amigos y conocidos de Bayona, y ella me contó un sinfín de anécdotas de los carlistas que vivían allí.

El cochero volvió de nuevo a la cachuchita:

Tengo yo una cachuchita

que siempre está suspirando,

y sus ayes y suspiros

se dirigen a Don Carlos.

—Bueno, bueno, Cholín. ¡Basta de cachuchita!—le grité yo con voz estentórea.

—¡Qué bruto es usted!—me dijo María Luisa.

—Gracias.

—Le ha dejado usted al hombre aturdido.

—Es que ese animal no nos dejaba hablar.

Entramos en Estella. Todas las posadas estaban ocupadas. María fué a visitar a la viuda de don Santos Ladrón, que le dió hospedaje, y yo marché, por indicación de Cholín, a la calle de San Nicolás, a casa de una mujer que tenía huéspedes.

La casa de la Martina era una casucha pequeña, con una cuadra, una leñera y la cocina en el piso bajo; una salita y un gabinete, con dos alcobas, en el alto. Este gabinete había sido de un cura y tenía varios armarios llenos de libros religiosos.

En una de las alcobas, en la más grande, dormían un oficial carlista que, según me dijo la dueña, estaba algo enfermo, y un fraile castellano. La alcoba más pequeña me la destinaron a mí.

En el pueblo había una gran agitación. Los soldados de los batallones navarros estaban excitados, y se decía que iba a haber una matanza general de marotistas y de hojalateros.

La plaza solía estar, mañana y tarde, llena de corrillos de apostólicos, a los que llamaban de la vela verde, entre los que se destacaban curas y frailes que peroraban con violencia y con pasión.

Una mañana le vi allí al general Guergué en un grupo de sus partidarios. Era don Juan Antonio Guergué hombre de unos cincuenta años, pequeño, rechoncho, áspero en el hablar. El general Guergué había tenido la humorada de decir a Don Carlos: «Nosotros, los brutos, llevaremos a Su Majestad a Madrid»; y parecía tener empeño en demostrar que no abdicaba de su papel de bruto.

En el corro, al lado de Guergué estaba el oficial de la secretaría de Guerra, don Luis Ibáñez, hombre de confianza de don Juan Antonio, tipo de fanático sombrío, de rostro macilento, con la mirada baja.

El grupo de curas, apostólicos y empleados, escuchaba las palabras de Guergué con gran respeto.

Sonó la oración del mediodía; se descubrieron todos y rezaron.

Luego, un asistente sacó de la posada de la plaza un caballo; montó Guergué y, después de haber lanzado una última bravata, se fué como una exhalación. Iba, según me dijeron, a Legaria, donde vivía.

En estos corros encontré también a Orejón y a Bertache.

Orejón me dijo que existía una conspiración entre los puros, en la que entraban los generales García, Guergué, Sanz y Carmona, el intendente Uriz, el cura de Allegui, don Juan Echeverría; don Ramón Allo, capellán del Estado Mayor General, y otros, todos apostólicos rabiosos y absolutistas puros y netos.

La correspondencia de los generales navarros conjurados con sus amigos del Real pasaba por las manos de dos secretarios del Ministerio de la Guerra, don Florencio Sanz, hermano del general, y don Luis Ibáñez, antiguo secretario de Guergué, que solía aparecer con frecuencia en Estella, y a quien yo había visto días antes.

Entre los generales rebeldes se había pensado en prender a Maroto cuando pasase revista a varias fuerzas destinadas a cruzar el Ebro, y fusilarlo.

—¿Le ha dado a usted instrucciones don Eugenio?—me preguntó Orejón.

—No.

—¡Qué falta!

—Se las ha dado a una señorita que ha venido conmigo, y que se llama María Luisa de Taboada.

—¿Quién es esa señorita?

Le expliqué quién era.

—¿Dónde vive?

—Ha parado en casa de la viuda de don Santos Ladrón.

—Muy bien; la buscaré.

Dejé a Orejón, que me citó para el día siguiente en el mismo sitio, y anduve con Bertache oyendo lo que se decía entre los grupos:

—¡Rediós! No ha de quedar uno de los que quieran transacciones—decía un hombre del pueblo—. A tiros acabaremos con ellos, y no le obedeceremos ni al rey.

—Está probado—saltaba otro—que Maroto es fracmasón; lo ha dicho el general García en el convento de San Francisco.

—Pues otros dicen que Maroto es comunero, que es peor.

—Yo he oído que es carbonario—añadía un tercero—, y esos son los más malos.

Bertache me contó que en el convento de San Francisco de Estella habían andado los frailes a linternazos, después de una disputa en que unos se pusieron a favor y otros en contra de Maroto.

Fuimos a otro grupo.

—Maroto es el protector de todos los pícaros y ateos—decía un viejo apostólico—, un masón más.

Todos suponían que se entendía con los liberales.

Las noticias que pude recoger aquel día eran de la misma índole. Al parecer, el general García tenía comprometidos al batallón de Guías de Navarra, al 5.º y al 9.º, para el movimiento antimarotista.

Los puros, como se decían ellos, tenían gran confianza en su triunfo.

Creían que la trampa que habían preparado para Maroto, y que, según decían, había perfeccionado Carmona, era una maravilla de maquiavelismo y de precisión, y dormían tranquilos.


IV.
LOS CONJURADOS

Al día siguiente me encontré en el mismo sitio con García Orejón, que me indicó que le siguiese de lejos. Fuí tras él a una casa de la calle de la Rúa, donde tenía su alojamiento. Subimos a un cuarto pequeño, cerró bien las puertas, y luego, con mucho misterio, me dijo:

—La cosa anda mal. Estos navarros creen que van a poder contra Maroto, y Maroto es un hombre terrible. Esta gente se dedica a charlar y a decir que va a hacer, y el otro hace. En casa de Pérez Tafalla, de la viuda de Santos Ladrón, y en las demás tertulias del pueblo, se dice que todos los amigos de Maroto y del justo medio van a ser presos. El general García, que está como loco, le pidió hace días un plan a Carmona para sublevar Navarra. Este plan se lo han enviado a Guergué a su casa de Legaria, con un primo de éste, que se llama Lagardón y a quien la gente llama Lagartón. Después de haberlo examinado Guergué, se lo ha vuelto a dar a Carmona, y Carmona ha mandado el proyecto definitivo a García, por intermedio de la amiga de usted, María Luisa de Taboada. María Luisa me lo ha dejado a mí antes, y yo lo he copiado.

—¿Y qué va usted a hacer con el plan?

—Se lo voy a entregar a Maroto.

Me quedé helado.

—¿Va usted a enviar eso por correo?

—No; ahora mismo me voy de Estella. Entregaré yo el plan en persona.

Salimos de su casa; yo, pensando en el peligro que corría María Luisa. Si se descubría que hacía traición a sus amigos, la iban a hacer pedazos.

Por la tarde fuí a visitar a María Luisa a casa de la viuda de don Santos Ladrón. Pensaba advertirla del peligro que corría. María Luisa me presentó en la casa como legitimista de Bayona. Conocí a los generales Sanz y García.

Don Pablo Sanz era el futuro marido de la viuda de don Santos Ladrón. Era un hombre todavía joven, de buen aspecto. Me pareció un tanto vanidoso y petulante. Me dijeron que era borracho y de un carácter desigual, como la mayoría de los alcohólicos.

El general García era más viejo que Sanz, de unos cincuenta años, de cara seria, de malhumor, flaco, de bigote corto. Era brusco, bilioso, de modales toscos, mal hablado, amigo de la clase de tropa más que de los oficiales; enemigo de los forasteros y navarrista furioso. Tenía el aire de un atrabiliario. Habló de una manera muy jactanciosa y fanfarrona, como si despreciara profundamente a Maroto.

Aseguró que Sanz y él lo que querían sobre todo era comenzar las operaciones, cosa a que se oponía Maroto, porque indudablemente estaba de acuerdo con Espartero. Las señoras carlistas se entusiasmaban con los desplantes de García.

—¿Y si viene aquí Maroto?—dijo uno.

—Que venga. El pueblo se levantará contra él, y aquí mismo lo fusilaremos—contestó el general carlista.

Toda aquella gente tenía una tranquilidad y una seguridad un poco absurda.

Como yo no había podido hablar a María Luisa a solas, le dije que al día siguiente fuera a mi casa.

Fué quizá creyendo que le iba a importunar con galanterías; y le expliqué de qué se trataba.

—Creo que debe usted marcharse ya—le dije.

—¿Tiene usted miedo?—me preguntó ella.

—No; tengo miedo por usted.

—Pues yo, ninguno.

—¡No sea usted pedante!

—Me está usted cargando con eso. Váyase usted; no le necesito para nada.

—Bueno, bueno. Está bien.

María Luisa se despidió muy orgullosa de su valor.

Los días siguientes hizo un tiempo muy malo de frío y lluvia. Era poco agradable andar por las calles, llenas de barro. Entré en conversación con el fraile castellano que dormía en la alcoba inmediata y que cuidaba del oficial carlista enfermo. El oficial estaba flaco como un espectro. A cada paso tenía que levantarse de la cama. Habían llamado a un médico militar, y éste contestó que iría cuando pudiera.

En Estella había tifus, como en todos los pueblos donde estaban amontonados los soldados; pero yo no tenía aprensión alguna. En la casa no se tomaban precauciones, ni se separaban los vasos y cucharas que empleaba el enfermo.

El oficial no me pareció que estaba tan grave como decía el fraile, porque hablaba, aunque de noche se ponía ya pesado y empezaba a delirar. El fraile era castellano y marotista.

Me dijo que el proyecto de transacción entre carlistas y cristinos que se atribuía a Maroto era falso, y que lo había inventado el padre capuchino Larraga, para desacreditar al general en jefe.

Me contó cómo el cura Echeverría y el general García prepararon el asesinato del brigadier Cabañas, por castellano y moderado, y que los azuzó Arias Teijeiro.

Me describió a Guergué, que era un bruto violento, arbitrario, a quien movían como a un muñeco los palaciegos desde el Real; al general don Pablo Sanz, otro navarro, violento y voluble, de poco talento y entregado a la bebida; al brigadier Carmona, que era el más listo de todos, y al intendente Ibáñez, que era un fanático, de carácter siniestro, que no disfrutaba mas que haciendo daño, viendo prender o fusilar a alguien.

Escuché las confidencias del fraile, y me ofrecí a él por si necesitaba algo el oficial enfermo.

Le hablé luego yo de los capuchinos del convento de Vera, sobre todo del padre Gregorio, y me dijo que creía que éste se encontraba de oficial en las filas de Don Carlos.


V.
LAS TROPAS DE MAROTO

Llevaba ya una semana en Estella. Un día corrió el rumor de que Maroto se acercaba al pueblo con sus tropas. Me dijo el fraile de mi casa que el general había ido por Lecumberri a buscar Irurzun, y de allí bajaba por Riezu y Abarzuza. La emoción en el vecindario era enorme.

Salí de casa y encontré a Bertache en el puente del Azucarero. Me dijo que la cosa iba mal para los exaltados. Maroto había salido de Tolosa y parecía que venía a Estella dispuesto a pegar de firme.

Se dijo que Maroto había llamado al brigadier don Teodoro Carmona y le había dicho:

—Voy a Estella. Vaya usted primero y advierta usted a sus amigos García, Guergué y Sanz, que se preparen y se defiendan, porque, con sus mismas fuerzas, los voy a fusilar.

Carmona creyó que era una bravata para asustarles, y que, por lo mismo que lo decía, no haría nada.

Maroto estaba ya a las puertas de la ciudad.

—¿Qué pasará?—se preguntaban todos.

A media tarde comenzaron a entrar en Estella los soldados de Maroto. Yo los vi en patrullas desde la ventana de mi cuarto. En casa de mi patrona entraron seis, subieron a la sala y dejaron los fusiles en los rincones, y después las cartucheras y los morrales. Eran mozos castellanos.

—¿Estarán descargados los fusiles?—preguntó la patrona.

—Sí, señora; no tenga usted cuidado.

—Es que vienen los chicos de la vecindad y, jugando, pueden hacer un estropicio...

—Nada; no hay miedo. ¿Cuántas camas tiene usted, patrona?

—Cuatro; pero están ocupadas: una la tiene un oficial enfermo.

—Lo dejaremos tranquilo. En las camas, ¿cuántos colchones hay?

—Dos; y en algunas, tres.

—Bueno, pues se repartirán. ¿Tiene usted guardilla, patrona?

—Sí, señor.

—¿Se puede dormir allí?

—Sí, quitando unos trastos que hay. Ahora, que hará frío.

—Eso no importa; ya estamos acostumbrados. ¡Con tal de que no llueva dentro!

—No, no. Eso, no; no entra agua.

Se oyeron las botas pesadas del cabo y de otros soldados en la escalera, que subieron y luego bajaron, metiendo un ruido como si fueran un regimiento.

—Bueno—dijo el cabo—; tres dormirán en la guardilla; dos, en la sala, y uno, en la cocina. ¿Tiene usted algo que decir, patrona?

—Nada, nada. Veo que os hacéis cargo de las cosas y que sois unos buenos muchachos, que no queréis perjudicar a una pobre vieja como yo.

—Todos tenemos que vivir, señora.

—Es verdad, y no somos ricos.

—Ahora dígale usted a nuestro cocinero, que es este chico cigaleño, dónde puede hacer nuestra cena, y dele usted la leña y la sal.

—Voy al momento.

—Bueno, muchachos—dijo el cabo—. Vamos a ver qué hay por esas calles... ¡y viva Maroto!

Fuí a la cocina. El soldado estaba preparando el fuego y cantando:

Para mi padre

le traigo una espuela;

para mi madre,

un pañuelo de seda.

Charlé un rato con este muchacho, que me habló de Cigales, su pueblo, y me contó por qué circunstancias estaba en la facción.

Luego salí a la calle. Había grandes corros de soldados en las plazas y en las puertas de las tabernas. Le encontré al fraile compañero de cuarto. Me dijo, celebrándolo, que todos los curas, apostólicos y empleados, habían echado a correr como liebres a salvar la preciosa vida. Cerca de Lecumberri, Maroto había atrapado al general Sanz, que iba huído.

De Lecumberri, al bajar a Irurzun, pasando por las Dos Hermanas, un momento antes de llegar a Atondo, en una vuelta que forma el camino entre el río Larraun y una piedra que sobresale cerca del paso de Osquia, tropezaron los caballos de Maroto y del intendente Uriz, que marchaba también escapado. Maroto mandó prenderlo, y con Sanz y Uriz, presos, entró en Estella.

El general García había hecho la baladronada de asomarse al balcón de su casa con sus ayudantes a ver la entrada de Maroto, y no le había saludado ni se había presentado a él. Se decía que los batallones navarros estaban tomando posiciones en las casas del pueblo y en la carretera de Pamplona y de Logroño para oponerse al avance de Maroto, pero no era verdad.

Fuimos el fraile y yo adonde se alojaba María, y nos dijeron que no estaba. Entonces volvimos a casa y advertimos en la calle de San Nicolás mucho bullicio. De pronto vimos pasar un cura, rodeado de soldados. Como ya estaba obscurecido, no se le veían las facciones.

—¿Qué ocurre?—preguntó el fraile a una vieja.

—Dicen que al general García acaban de prenderle.

—Y ese cura, ¿quién es?

—No sé.

El cura era el general García, que, disfrazado con sotana y manteo, había querido escapar por el portal de San Nicolás.

Nos asomamos el fraile y yo al portal, un arco negro, pequeño, con un farolillo de una luz triste encima, que iluminaba una imagen de un Cristo. Dos oficiales nos intimaron violentamente a marcharnos de allá.


VI.
LA ENCERRONA

Volví a entrar en casa y me metí en la cocina, iluminada por la luz del candil. El soldado de Cigales seguía cantando y cuidando del rancho. Hablamos del asunto del día.

Charlaba con el soldado cuando vino la patrona, conmovida por el suceso ocurrido en la vecindad: la prisión del general García. La mujer del general García había suplicado a su marido que se fuera, y que se fuera de Estella, pero él no quiso; luego había estado en su casa el cura de San Pedro, que le convenció, le dió su sotana, el manteo y la teja, y García fué a casa del cura y estuvo allí una hora, hasta que quiso escapar saliendo por el portal de San Nicolás, donde le detuvo el centinela.

Se decía que lo iban a fusilar, y que lo iban a fusilar vestido de cura.

En esto entró una vieja preguntando por mí y me dió una carta. La abrí. Decía lo siguiente:

«A María Luisa la han llevado engañada a una casa de la calle del Chapitel dos hombres del 5.º batallón, y la tienen allí presa. Avísele usted a Bertache, que está alojado en el callejón sin salida de la calle de la Calderería, en la casa del fondo, a la derecha, y entre los dos, y mejor si llevan algún compañero, pueden salvarla. Quémeme usted esta carta.

Un amigo.»

—¿Y la vieja que ha traído esta carta?—le pregunté a la patrona.

—Pues se ha marchado.

—¿La conoce usted?

—No.

Me hubiera gustado hacerle algunas preguntas; pero yo había estado muy lento, o ella muy rápida, porque, aunque me asomé corriendo a la calle, no la vi.

Quemé la carta en el fuego de la cocina, subí a mi cuarto y me metí una pistola en el bolsillo. Me eché el impermeable sobre los hombros y me dispuse a buscar a Bertache.

No llovía; la noche estaba húmeda; al pasar por el puente del Azucarero estuve un momento contemplando la luna, que asomaba por encima de los tejados y se reflejaba en el río.

El pueblo estaba desierto. Se habían cerrado todas las tiendas y las puertas de las casas. Fuí a la plaza. Allí había grupos y corrillos de militares y de algunos curiosos. Los militares decían que había que fusilar a García, a Guergué y a sus amigos, y seguir el mismo procedimiento con los traidores del Cuartel Real.

Me alejé de la plaza y me metí en el callejón sin salida de la calle de la Calderería.

Avancé hasta el fondo y vi a mano derecha una puerta entornada.

Llamé, dando unas palmadas. Apareció una vieja, la que me había entregado la carta, alumbrándose con un candil. Era una vieja bruja, encorvada, de ojos negros, nariz afilada y boca sumida.

—¿Está aquí Bertache?—le pregunté.

—Sí; pase usted.

Avancé en el portal y me sentí de pronto que me taparon la boca y que me agarraron por los brazos y la cintura.

—Otro que ha caído en la trampa—dijo una voz.

Me registraron, me quitaron la pistola, abrieron una puerta y me hicieron bajar las escaleras de una bodega iluminada por un candil. Allí, sentados en un banco, con los pies y las manos atados, estaban María Luisa Taboada y Salvador, el espía del hotel de Bayona.

Hice un movimiento de sorpresa.

—¡Parece que te asombras!—dijo una voz burlona.

No contesté, y me dejé atar brazos y pies.


VII.
EXPLICACIONES Y AMENAZAS

Había cuatro hombres en la bodega, los cuatro militares.

Uno era bajito, moreno, pequeño, con la cara triste, bigote y la barba de varios días sin afeitar; llevaba levita de oficial; los otros tres eran soldados del 5.º de Navarra.

El oficial se llamaba Remacha, y tenía un aspecto reconcentrado y sombrío. Se adivinaba en él el fanatismo y la hipocondría.

—Ustedes me dirán lo que quieren—dije yo fríamente.

—¿De dónde ha venido usted?—me preguntó Remacha.

—De Vergara.

—¿Y a qué ha venido?

—He venido acompañando a esta señorita, a quien pretendo.

—A conspirar, a intrigar contra nosotros.

—No.

—Yo le digo a usted que sí.

—Yo le digo a usted que no.

—Sí; ese hombre es liberal y masón; yo lo conozco de Bayona—exclamó Salvador señalándome a mí.

—¿Eso es verdad? ¿Es usted liberal?

—Sí, señor.

—¿Y masón?

—También; pero no soy amigo de Maroto, ni del conde de Negrí, como este hombre—y señalé a Salvador—. No he venido a desunir a los carlistas, sino a acompañar a esta mujer. Que diga ella misma si tengo alguna relación política con sus amigos, si no hemos reñido, porque ella es carlista y yo liberal.

—Es verdad—dijo María, sollozando.

—El mismo lo confiesa—exclamó Salvador.

—Sí, cierto, lo confieso: soy liberal y comerciante; he vendido géneros al ejército de la Reina, pero no denuncio a los carlistas como este hombre que me acusa.

—¿De qué conoce usted a Bertache?

—¿A Bertache?

—Sí.

No podía negar que le conocía.

—Hemos hecho un negocio de contrabando juntos.

—¿Para España?

—Sí.

—¿Y quién entró el contrabando?

—Parte, su novia.

—¿Gabriela?

—Sí.

—Bueno. Está bien.

El teniente Remacha se puso a pasear por el sótano arriba y abajo, mirándonos a los tres prisioneros y enfureciéndose poco a poco.

La bodega era larga, angosta, con un respiradero en el techo, una mesa vieja y unas barricas amontonadas en el fondo. La iluminaba un candil humeante.

En la mesa había una taza vacía y una botella de aguardiente con una copa.

De cuando en cuando, Remacha bebía.

En esto se oyeron golpes en la puerta de la bodega, dados con la culata de un fusil; abrieron la puerta y apareció un hombre viejo, bizco, amarillento, con la cara picada de viruelas y el traje destrozado.

—¡Remacha!—gritó.

—¿Qué hay?

—A García, a Sanz y a Uriz los acaban de poner en capilla, en la sacristía de la ermita del Puy.

—¿Le habéis avisado a Guergué?

—Sí. Han ido a buscarle a Lagardón, pero no le han encontrado.

—¿Y no han mandado nadie a Legaria?

—No.

El viejo bizco desapareció de la puerta. Remacha comenzó de nuevo su paseo, y se bebió dos copas de aguardiente.

—Estaba en un acceso de rabia. Sus ojos brillaron con furor; y su cara tomó un aire de tristeza que en él, sin duda, acompañaba a la ira, y entre puñetazos, y patadas, y grandes blasfemias, en las que aparecieron Cristo, la Virgen y el Copón, nos aseguró que íbamos a pagarla si fusilaban a los generales navarros.

—A ti, por zorra—le dijo a María Luisa—, porque eres la querida de Villarreal y has venido aquí a intrigar, para ver si puedes conseguir que tu querido vuelva a tener mando.

María Luisa comenzó a sollozar.

—Reconozca usted que, si es así, es un motivo muy laudable—dije yo.

—¡Tú, cállate! Que si no te voy a aplastar como a una cucaracha.

—Es muy fácil ser valiente con un hombre atado.

—A éste—y Remacha señaló a Salvador—le fusilaremos, por traidor; y a ti, ya que eres liberal y masón y odias a los carlistas...

—No sólo los odio, los desprecio.

—Te sacaremos la vida poco a poco. Ya veremos si eres valiente.

—Más que tú, siempre.

Pasamos un momento de silencio.

—¿Y si yo le propusiera a usted hacer una gestión para salvar la vida de García?—preguntó Salvador, que estaba pálido como un muerto.

—¿Yendo adonde está Maroto, para quedarse allí?... ¡Ca!... No, no.

—Haciendo que venga a esta casa solo el conde de Negrí, dándome usted la palabra de que aunque no nos pusiéramos de acuerdo usted y yo, a él no le pasaría nada.

—Eso ya es otra cosa. Venga usted; hablaremos en otro cuarto.

Remacha tomó la botella de aguardiente en la mano.

Salieron Remacha y Salvador, y uno de los soldados fué siguiéndole a éste. Quedamos María Luisa y yo atados y vigilados por dos hombres, Miguelico el Tuerto e Ilundain. Miguelico el Tuerto era pequeño, negro, tostado por el sol; tenía una cara de vencejo; la nariz, afilada y corva, como un pico; las mejillas, hundidas; los labios, delgados; el pelo, negro, y la barba, crecida de varios días. Uno de sus ojos estaba vaciado; el otro brillaba en la órbita, como el de un águila.

Llevaba un traje de soldado roto y una boina vieja, y no abandonaba una carabina, que sin duda estimaba mucho.

Recordé a Gastibelza, el hombre de la carabina, el héroe de una canción de Víctor Hugo, cuyo nombre debió de tomar el poeta de Sagastibelza, el cabecilla carlista baztanés, que tuvo alguna fama a su muerte, ocurrida hacía dos años.

Ilundain era un hombretón fuerte; tenía los ojos brillantes y ávidos; la nariz, recta; la boca, dominadora, con el labio inferior prominente. Llevaba un capotón de soldado, boina pequeña, muy calada, y el pelo, negro, que le llegaba hasta los ojos. Todo esto le daba el carácter de un guerrero antiguo.

Estuvimos algún tiempo en silencio; María Luisa gemía; yo pensaba en mí mismo, como en otro, y hacía cábalas imaginando qué dirían mis amigos al saber mi desaparición.

Miguelico se puso a pasear por el sótano y a cantar una canción monótona, que quería ser irónica.

Vosotros nos decíais a nosotros,

al vernos:

en la lid moriremos

con gloria.

Y apenas en Hontoria

entró Merino,

recorristeis más tierra

que un peregrino.

En aquellos momentos pensé una porción de cosas rápidas. Mi imaginación galopaba; pero se perdía en fantasías inútiles.

Las hipótesis y comentarios que harían en Bayona mis amigos al saber mi desaparición me llenaban el espíritu. ¿Qué diría Aviraneta? ¿Qué diría Delfina? Iba a tener un final pintoresco entre aquellos foragidos como Remacha, Ilundain y Miguelico el Tuerto, el hombre de la carabina.

El lugar era también siniestro, negro, lleno de telarañas. El candil chisporroteaba y llenaba de humo espeso y acre la bodega. Yo miraba a los dos guardianes y a las negruras del sótano como quien contempla una decoración de teatro...


VIII.
LA ESCAPATORIA

De pronto sentí como la protesta del instinto vital. Había que hacer algo para salvarse.

—Sois unos brutos—dije a nuestros dos guardianes—: nos tenéis como si fuéramos cerdos. No creo que nos podamos escapar. Soltadme una mano, para que pueda fumar un cigarro.

Me desataron las manos y fumamos los tres.

—¿No podíamos beber un poco?—pregunté luego.

—¿Tú pagas?—preguntó Miguelico.

—Sí.—Saqué un duro.

—Ilundain, anda, ve tú por vino—dijo Miguelico—. Llévate la llave y luego devuélvemela.

Ilundain salió y vino poco después con una jarra grande y tres vasos. Yo llené uno y lo cogí en la mano.

—¿Por qué no traéis algo para comer?

—¿Qué quieres que traiga?

—Un poco de jamón o de queso.

Saqué otro duro.

—No; ya basta—dijo Miguelico rechazándome la moneda.

—Gente difícil de sobornar—pensé yo.

—El caso es—murmuró Ilundain—que hay que ir a la taberna de la plaza de Santiago, y andan por allí patrullas.

—¿No sabes el santo y seña?

—Sí. Julián, valor y subordinación; pero, ¿y si lo han cambiado...?

—¡Ca! No lo habrán cambiado. Ve si no a la taberna del Muturranga, de aquí cerca.

Ilundain salió del sótano. Entonces yo le dije a Miguelico:

—Suéltela usted un poco las manos a esta mujer. ¿Qué va a hacer? ¿Les va a matar? Es una vergüenza tratarla así.

—Sí, la soltaré un poco—dijo Miguelico.

Mientras se dedicaba a esa faena, María Luisa gimió. Yo saqué el frasquito del abate Girovanna y eché la mitad de su contenido en la jarra.

Volvió Ilundain con un trozo de jamón, queso, pan y la vuelta del duro.

María Luisa no quiso probar nada; yo comí jamón y queso y bebí el vino que me había echado anteriormente en mi vaso. Los dos hombres comieron y bebieron en abundancia.

El narcótico tardó mucho en hacerles efecto. De pronto, Ilundain dijo:

—Esta noche pasada no he podido dormir. Voy a descabezar un poco el sueño.

Yo hice como que echaba la cabeza en la pared y quedaba dormido. Miguelico el Tuerto, estaba en guardia, con su ojo de ave de rapiña, brillante; me miraba a mí, miraba también a la puerta, y, al último, puso un brazo sobre la mesa, inclinó la frente y se quedó inmóvil. Hice entonces un movimiento como involuntario para ver si se despertaba. No se despertó. En vista de la profundidad de su sueño le agarré por el pie a María con fuerza.

—¿Qué me quieren?—gimió ella.

—¡Silencio!—le dije yo—. Les he dado un narcótico a éstos. Ahora hay que escapar. ¿Puede usted levantarse?

—Sí—exclamó levantándose.

—Este Ilundain lleva un cuchillo en la faja. A ver si se lo puede usted sacar.

—¿Para qué?

—Para cortar nuestras ligaduras. Yo estoy atado, además, al banco, y no me puedo mover.

María Luisa se levantó, se deslizó por el banco, se acercó a Ilundain y le quitó el cuchillo de la faja. Ilundain suspiró en aquel momento.

María Luisa me dió el cuchillo y corté las cuerdas con que nos habían atado a los dos. En seguida registré el bolsillo de Miguelico, saqué la llave del sótano y le quité la bayoneta del cinturón. Después María y yo subimos las escaleras hasta la puerta, llevando en la mano: ella, el cuchillo de Ilundain; yo, la bayoneta de Miguelico.

Había en la puerta una gran cerradura mohosa, que seguramente iba a rechinar al dar la vuelta a la lengüeta. María quiso abrir la puerta inmediatamente.

—Hay que tener calma. Espere usted—le dije yo—; no vayamos tan de prisa.

Bajé las escaleras, cogí un resto de la grasa del jamón y lubrifiqué la llave y la cerradura. Cuando creí que lo estaban ya suficientemente, di una vuelta rápida a la llave, que chirrió con acritud, y abrí la puerta.

Ni Miguelico ni Ilundain se movieron. En esto, la vieja del candil se acercó. Yo la agarré del cuello y la dije:

—Si grita usted, la ahogo.

La mujer no resolló; abrí la puerta del sótano, empujé a la vieja hacia dentro y cerré por fuera con llave.

—Aquí lo único que nos puede salvar es la audacia—le dije a María Luisa.

Salimos corriendo hacia la puerta de la calle; pero estaba cerrada, y, por más esfuerzos que hicimos, no pudimos abrirla.

—Vamos a ver en la parte de atrás si hay salida.

Abrí una puerta pesada y aparecimos en un corral abandonado.

Era un corral pequeño, de tapias altas, con el suelo lleno de varias cosas, que a obscuras no se veían bien: tablones, barricas, cubos y restos de algún derribo.

Había en un rincón un emparrado medio deshecho.

Pensé que encontraría alguna escalera, y, efectivamente, había una, aunque rota. La coloqué en la pared, y subí por ella, primero sobre el emparrado y luego sobre la tapia.

Era la tapia toscamente construída, con piedras gruesas, sin cimentación. Daba a un camino.

—Suba usted—le dije a María—; se monta usted en la tapia; luego subiré yo, y a ver si entre los dos podemos echar la escalera al otro lado.

Dejé la bayoneta en el suelo y sujeté la escalera, de miedo de que se desbaratase.

Había subido María, ayudada por mí, a la tapia, cuando vi que Remacha se acercaba, armado de un sable y una pistola. Comprendí que no dispararía la pistola porque vendría gente, cosa que a él no le convenía. Yo quise coger la bayoneta, que había dejado en el suelo, para defenderme, pero no la encontré.

—Ríndete—me dijo Remacha.

—No.

Él levantó el sable; yo retrocedí al momento, pero el sable me alcanzó y me hirió con la punta en la frente.

Noté la sangre, que me mojaba la cara. Me refugié debajo del emparrado. Estaba allí más obscuro, y el emparrado era de poca altura. Remacha no podría allí manejar su sable. Miré otra vez al suelo para buscar mi bayoneta, y no la vi. Entonces, decidido, me lancé sobre Remacha y le agarré del brazo.

Yo tenía más fuerza que él, y sujetándole la mano derecha se la retorcí y le hice soltar el sable.

Él entonces me cogió del pelo, y yo a él del cuello.

Forcejeamos los dos, estrujándonos violentamente. Él me mordía, yo le golpeaba la cabeza sobre la pared. En esto él resbaló y cayó hacia atrás. Iba a levantarse, cuando una piedra grande, caída de la tapia, le dió en el pecho. El hombre ya no se movió.

—¿Es que le he dado?—preguntó María Luisa desde arriba.

—Sí.

—¿Y qué ha hecho?

—Ha caído.

—¿Muerto?

—No; sólo atontado.

No quise decírselo, pero creí que estaba muerto. Al momento escalé la tapia, y con una energía sobrehumana subí la escalera, medio rota, y la puse hacia afuera.

Estábamos en un camino que iba del convento de Recoletas hacia la ermita del Puy. No pude calcular qué hora sería. El cielo estaba estrellado. Debía ser algo más de media noche. Se oían próximos los alertas de los centinelas.

Salimos María Luisa y yo por la calleja de Belviste a la plaza de Santiago. En la plaza, a obscuras, había una patrulla que iba y venía a la luz de unas antorchas. Se oía de cuando en cuando el «¿Quién vive?» de los soldados. Tenía la noche un aire siniestro; no sabíamos si aquella patrulla era de amigos o de enemigos. En la duda, retrocedimos. Encontramos un portal abierto.

—¿Aquí podríamos pasar la noche?—pregunté yo a una vieja que apareció en el zaguán con una vela.

—Sí; pasen ustedes.

Seguimos a la vieja por el portal, subimos la escalera hasta un corredor largo y pasamos a una alcoba.

Aquella casa era una casa de citas.


IX.
TRIBULACIONES

Cuando vi en un espejo pequeño de la alcoba que tenía en la frente una hinchazón llena de sangre coagulada, me asusté; luego, al lavarme, vi que la herida de mi cabeza era larga, pero no profunda. María Luisa me vendó con un pañuelo. Yo le besé las manos y no protestó.

El cuarto en donde estábamos era una alcoba grande con un balcón a la calleja. Tenía un papel amarillo, rasgado en muchas partes, un sofá también amarillo, un espejo, la cama y un aguamanil.

—Échese usted en la cama; yo me tenderé en el sofá—le dije a María.

—No, no; usted está herido.

—No es nada; cogeré una manta y una almohada, y ya está.

Cogí la manta y me tendí en el canapé, que era duro como el corazón de un carlista.

—Ahora, acuéstese usted—le dije a María.

—No, no.

—¿Por qué no?

—No podré dormir—suspiró ella.

—Vamos, no sea usted niña—repliqué yo—. ¿No es usted una mujer fuerte? Quítese usted los zapatos y el abrigo, y se dormirá usted.

—No podré—murmuró ella sollozando.

—Vamos—dije yo—, le serviré de doncella.

Me levanté y le quité los zapatos, sin que ella protestara.

—Ahora, fuera el abrigo, y a dormir. Apague usted la luz.

—No, no.

—Como usted quiera.

—Si Carmona habla del plan de sublevación de Navarra y cuenta que yo se lo llevé al general García, me buscan y me matan.

—¿Para qué va a declarar una cosa que no le conviene? Además, Maroto es el que manda.

Me volví a echar en el canapé, y estuve dormido, o, por lo menos, atontado, una media hora. María Luisa seguía inquieta, agitándose en la cama y quejándose.

—¿No puede usted dormir?—le pregunté.

—No.

—¿Tiene usted algo? ¿Le duele la cabeza?

—No; no tengo nada. ¿Y usted, duerme?

—Yo he dormido un poco. La herida me empieza a doler y parece que hay ratas aquí.

—¡Qué situación, Dios mío!—exclamó ella.

—¡Qué le vamos a hacer! Peor nos veíamos hace un momento.

—Estamos bien—exclamó de pronto ella riendo con una risa nerviosa—. ¡Qué noche! ¡No va a pasar nunca! ¿Qué haríamos?

—¿Yo, sabe usted qué voy a hacer?

—¿Qué?

—Tomar un poco del narcótico que he dado a esos hombres. Todavía me queda.

—No haga usted ese disparate. Eso debe ser un veneno.

—No. ¡Ca! Lo voy a tomar.

—¿Y qué defensa voy a tener yo?

—Tome usted también un poco, y se duerme.

—No, no. De ninguna manera.

—Entonces, ¿qué quiere usted hacer?

—No sé. No sé. ¡Ay, Dios mío! ¡Yo creo que tengo fiebre!

—A ver...—le toqué las manos—. No tiene usted nada. No se asuste usted.

—¿Qué haríamos? ¿Qué haríamos?

—¿Yo, sabe usted lo que haría, como usted?

—¿Qué?

—Hacerme sitio en la cama. Después de todo, quizá mañana nos vayan a fusilar...

María Luisa se incorporó como movida por un resorte.

—¿Sería usted capaz...?

—¿De violentarla? No. Nunca. Usted manda. Yo quisiera resarcirme de todas las angustias que he pasado. ¿Lo quiere usted también? Apague usted la luz. ¿No lo quiere? Tenga usted la luz encendida.

María me miró con estupefacción, y al poco rato apagó la luz.

Cuando me acerqué a ella, intentó rechazarme, pero luego cedió... Después del día, lleno de emociones, la noche, furiosa de erotismo.

Por la mañana siguiente, cuando me desperté de un sueño febril, vi a María Luisa, desnuda, arrodillada en el suelo y llorando.

—No haga usted locuras—le dije—, hace un frío terrible.

—He hecho una horrible traición, he cometido un tremendo pecado. ¿Qué va a ser de mí, Dios mío?

—Yo no le abandonaré a usted.

—¡Usted! Usted no tiene obligación ninguna conmigo. Mi reputación está perdida; mi conciencia no podrá recuperar su calma. Su amigo de usted, Aviraneta, es un monstruo.

—No sea usted injusta, María. En esta intriga ha seguido usted los consejos de otros amigos.

—No; ha sido él el que me ha perdido.

Conseguí que María se tranquilizara y se vistiera. Había adquirido ya su presencia de ánimo; yo estaba agotado y febril.

En esto, empezó a oírse un terrible estrépito de tambores y y cornetas.

—Voy a ver qué pasa—dijo María.

—No haga usted alguna imprudencia.

—Tengo que salir.

María salió; pasó una hora, y otra hora, y no volvió.

Me levanté yo como pude y llamé en la puerta, y entró la dueña de la casa, la Coneja. Era una mujer gruesa, con unos ojos redondos de lechuza, la nariz corva, los labios delgados y un aire entre burlón y suspicaz. Hablaba de una manera muy redicha.

—¿Qué le pasa a usted? ¿Le han herido?

—Sí, ya ve usted.

La Coneja creyó que me habían herido en su casa.

—¡No salga usted ahora, por Dios!—me dijo.

—¿Qué ha pasado? ¿Qué era ese ruido de tambores?—le pregunté.

—Que han fusilado a los generales navarros Guergué, García, Sanz y Carmona.

—¿Dónde los han fusilado?

—En el Puy, en una era que hay detrás de la casa del Prior. La gente está indignada porque los han matado de espaldas y arrodillados, como a los traidores, y porque dicen que a García le han fusilado con la sotana que llevaba puesta cuando iba a escaparse.

La Coneja, por lo que contó, se había levantado temprano a lechucear.

Había visto pasar por la madrugada al general Guergué, que venía andando, con una escolta de caballería, y luego, poco después, al brigadier Carmona.

Al primero lo traían de Legaria, y al otro, de Cirauqui.

Los subieron a los dos al Puy, y una hora después los fusilaban.

El cadáver de Sanz lo pidió para enterrarlo la viuda de don Santos Ladrón.

Esta señora, que había tenido el sino de ver fusilar a su primer marido, general navarro y realista, veía fusilar a su futuro segundo marido, también general navarro y realista.

La vieja me dijo que el pueblo estaba desierto, que las tropas recorrían las calles e iban haciendo prisioneros, y todas las casas estaban cerradas.

Maroto, sin duda, se había decidido a dar el gran golpe. Teniendo entre las manos a García y a Sanz, había dado la orden de prender a Carmona y a Guergué, y a los cuatro generales, con el intendente Uriz, los había fusilado sobre la marcha. Al día siguiente le tocó el turno al secretario del Ministerio de la Guerra, Ibáñez, que fué también fusilado.

Había que reconocer que Maroto era un hombre decidido, un hombre de agallas. Un jefe que se atrevía a fusilar a cuatro generales navarros, por tropas navarras, en una ciudad como Estella, que tenía una guarnición de navarros, era un valiente.


X.
DE ESTELLA A SAN JUAN DE LUZ

—Y usted, ¿qué va hacer?—me preguntó la Coneja.

—Esperaré aquí.

—Si le dejan, porque andan registrando las casas.

Efectivamente, al mediodía se oyó estrépito de pasos en la escalera y entraron varios soldados en la alcoba.

—¡Hala! ¡A levantarse!—me dijo uno.

—No, no. Yo estoy malo. Tengo mi pasaporte en regla.

—¿Qué pasa?—preguntó asomándose un oficial.

—Aquí hay un hombre que está herido.

Entró un oficial barbudo, me miró atentamente, y dijo:

—¡Cristo! ¡Tú eres Leguía!

—Sí.

—¿No me conoces?

—No.

Entonces el oficial, acercándose a mi oído, me dijo:

—El padre Gregorio.

Nos estrechamos la mano efusivamente y nos contamos nuestras mutuas aventuras. Le dije yo lo que me había pasado el día anterior en el callejón de la Calderería, y el ex padre Gregorio prometió traerme un salvoconducto especial.

—Bueno, chico, aquí te quedas. No se te molestará. Si me necesitas para alguna otra cosa, avísame.

Se fué el ex fraile convertido en capitán, y yo quedé en casa de la Coneja.

La Coneja se mostró muy amable conmigo.

Durante el día me trajo de comer y me contó lo que se decía en el pueblo.

Al parecer se daban toda clase de versiones para explicar la rapidez con que se había enterado Maroto de la conjura tramada contra él.

Unos decían que el delator había sido González Moreno, hombre muy odiado por los navarros; otros, que el general Alzaa había enviado a Maroto un anónimo; otros atribuían el descubrimiento de la intriga al consejero Arizaga, y otros, por último, al gobernador de Estella.

A los dos días se mejoró mi herida, y, el ex padre Gregorio me trajo un salvoconducto, y me dijo que Remacha estaba muriéndose. Me advirtió que me convenía marcharme pronto. Pregunté a la Coneja si conocería alguno que tuviera un cochecillo. Me dijo que sí.

Trajo un cochero. Era mi amigo Cholín Tripatriste.

Este me indicó que me llevaría a cualquier parte si le daba cincuenta pesetas al día.

—Nada, está hecho el trato.

Pagué a la Coneja, y fuí a casa de la Martina, en donde supe que el oficial marotista se había muerto de las fiebres, y partí de Estella.

Tuve prisa, porque corría la versión de que cuando saliera Maroto habría represalias.

Efectivamente; al día siguiente de marchar yo evacuaron Estella las tropas de Maroto, y poco después entró Balmaseda.

Este quiso de nuevo sublevar los navarros contra Maroto, y dejó libres a los presos de las cárceles; pero su tentativa no logró el menor éxito, y tuvo que marchar huyendo hacia Aragón.

El capitán Gregorio me regaló una pistola para el camino.

Yo había pensado primero ir por Vergara a Deva o a Zumaya, y embarcarme allí; pero esto podía ser expuesto y complicado, y como tenía pasaporte y disponía del coche de Cholín, decidí marchar más lentamente por tierra hasta Francia.

Viajaríamos de noche.

El primer día de marcha fué día de emociones. Me quisieron detener a la salida de Estella, y pocas horas después oímos tiros. Estábamos en aquel momento delante de Cirauqui. La silueta quebrada del pueblo se destacaba negra y trágica en el cielo anubarrado y obscuro, sin una luz.

Seguían los tiros cada vez más cerca, tanto que Cholín paró el coche. Cuando cesaron, marchamos adelante. Poco después vimos un cuerpo en la carretera. Paró de nuevo Cholín, cogió el farol del coche y miró al caído.

—¿Está muerto?—pregunté yo.

—Completamente.

Seguimos nuestra marcha; llegamos al amanecer a Pamplona y dormimos en una posada. El segundo día tomamos la carretera de Ulzama y fuimos a parar a la venta de Arraiz.

Allí me prestaron un papel que tenía este título: «Ligera reseña de los medios usados por Maroto y su pandilla para alcanzar lo que ellos llaman su triunfo. Hecha por A. de C.»

Este A. de C. era fray Antonio de Casares. En su escrito, el fraile insultaba a Maroto y aseguraba que Gómez, Elío y Zaratiegui eran masones.

Este papel lo habían traído a la venta dos desertores del ejército carlista que marchaban a Francia. El uno era alemán; el otro, inglés. Hablaron conmigo, me tomaron por francés y me contaron sus aventuras.

El alemán era alto, flaco, de ojos azules, tostado por el sol; había peleado primero en las filas cristinas. En una ocasión había robado un Cristo de oro de una iglesia, tan pesado, que no había podido llevarlo. Le condenaron a muerte, se escapó y se pasó a los carlistas, donde había llegado a sargento. Me dijo riendo que se había bautizado varias veces para ser protegido por las señoras carlistas.

El inglés era una verdadera caricatura, un tipo de clown, con los ojos saltones y la boca de rana.

Tenían un documento para pasar la frontera, que podía servir muy bien para mí, y que me ofrecieron por cinco duros.

Acepté el trato; di el dinero y recibí el papel. Nos acostamos; y como yo no dormía apenas estos días, estuve largo tiempo despierto.

A media noche noté en el cuarto pasos y vi la luz vaga que entraba por un ventanillo, que el alemán se acercaba a mi cama, sin duda a registrar mi ropa. Inmediatamente me erguí yo en la cama con la pistola en la mano.

—Se va usted a enfriar, amigo mío—le dije—; vale más que se vuelva usted a la cama si no quiere usted que le agujeree la piel.

El alemán se escabulló a la carrera.

Al día siguiente atravesamos, Cholín y yo, Velate, con nieve y frío y una niebla que no se veía a cinco pasos, llegando a Vera al anochecer, donde me sirvió el documento del alemán y del inglés, y nos hospedamos en la posada de Vera, que en mi ausencia había tomado el título pomposo de la Corona de Oro.

Como yo quería llegar a San Juan de Luz pronto, hablé al dueño de la Corona de Oro, quien me proporcionó un guía y un caballo, y salí con él por el camino de Inzola, después de pagar a Cholín Tripatriste. En la misma frontera nos encontramos con una patrulla de carlistas desharrapados. Les mostré mi salvoconducto y les di unas monedas, y me dejaron pasar.

A media noche llegué a San Juan de Luz y me acosté, muerto de fatiga.


XI.
OTRA VEZ VINUESA

Seguía malo y febril, no podía dormir. A la mañana siguiente de llegar tomé la diligencia. Me metí en un rincón de la berlina, y estaba con los ojos cerrados, cuando oí una voz conocida. Era Vinuesa.

—¿Qué le pasa a usted?—me dijo—. ¿Está usted enfermo?

—Sí; tengo una herida—contesté—. Usted tampoco tiene buen aspecto.

—Estoy acatarrado y no puedo con mi alma.

Estaba el hombre desconocido, flaco, macilento, con el pelo blanco.

—Vengo muerto—me dijo entre dos estornudos—. He pasado en el campo de Don Carlos unas semanas y vuelvo ansiando descansar. Aquello es un manicomio.

—¿Sí, eh?

—¡Un horror! Ya le contaré a usted.

Partió la diligencia. No íbamos en la berlina más que Vinuesa y yo, y el hombre se puso a hablar.

—Pues, sí—me dijo—; mientras he estado allá, no he tenido un día tranquilo. Llegué el siete de febrero a Villarreal, y el Señor me hizo alojar en una de las mejores casas del pueblo. Al día siguiente tuve mi primera audiencia con Su Majestad. ¿Usted no es carlista?

—No.

—¿Le molesta a usted que yo le dé este título de Majestad a Don Carlos?

—No, no; de ninguna manera.

Lo que me molestaba era el dolor de cabeza, cada vez más creciente, que tenía.

—Pues bien: Su Majestad—siguió contando Vinuesa—me dijo que el objeto de llevarme al Real no era otro que nombrarme ministro de Estado, en una combinación pensada de acuerdo con el general Maroto. Me honra Su Majestad—le dije—, pero no creo que sirva para tan alto cargo. «¡Sí, sí; no has de servir!—me contestó—. Eres inteligente, culto y fiel.»

Luego me dijo que el ejército carlista mejoraba; que Maroto había conseguido restablecer la disciplina por completo, y que tenía la esperanza de poner sus tropas en un estado brillante, al que no habían llegado nunca.

—¿Así que Don Carlos estaba contento de Maroto?—pregunté yo, aunque en aquel momento no me interesaba nada la cosa.

—Mucho. A Maroto le da por la organización—me dijo Don Carlos.

—¡Le da por la organización!—repetí yo—. ¡Qué frase más poco napoleónica!

—A los tres o cuatro días el Señor me encargó que hiciera un proyecto de arreglo para la Secretaría de Estado, que fuera económico y sencillo; lo hice a la carrera, y, para recompensarme de los servicios que, según él, le había prestado, me nombró conde de Gracia Real.

—¡Gracia Real! Es bonito—murmuré yo.

—¿Le parece a usted?

—Muy bonito. Sí.

En la confusión de mi cerebro, Gracia Real me parecía que debía ser algún pájaro de muchos colores.

—Su Majestad me ha tomado afecto—siguió diciendo Vinuesa—. Tuve que seguir, con el Real, andando de acá para allá, y el día veinte de febrero, ¡a mí me parece que han pasado no días, sino años desde esa fecha!, una mañana de lluvia y de frío se nos presentó, yendo por el monte, el oficial don Joaquín Sacanell con un pliego, de parte de Maroto. «Léelo»—me dijo el Señor—. Yo empecé la lectura. Había un preámbulo largo, en que Maroto se quejaba de la indiferencia del Rey, que Don Carlos escuchó con indiferencia. Luego venían estas palabras, que se me han quedado grabadas en la memoria: «Es el caso, señor, que he mandado pasar por las armas a los generales Guergué, García, Sanz, al brigadier Carmona y al intendente Uriz...»

—¿Qué dices?—exclamó Don Carlos—. Eso no puede ser. Entremos aquí, en esta casa.

Pasamos a un caserío que se hallaba cerca del camino real, nos sentamos, y leí yo todo el parte de Maroto.

—¡Jesús! ¡Jesús! ¡Dios mío!—exclamó el Señor—. Estoy perdido. Maroto se ha vuelto loco o me hace traición. No digas nada y vamos pronto a Villafranca. Estoy sofocado. Necesito descansar. ¡Dios mío, qué disgustos me están dando!

Llegamos a Villafranca y tuvimos una conferencia con el Rey, Arias Teijeiro, el brigadier Montenegro y yo, y acordamos redactar una proclama declarando traidor al general Maroto, que comenzaba así: «Voluntarios, fieles vascongados y navarros».

Arias Teijeiro hizo observar que Maroto sentía gran odio por Balmaseda y que sería capaz de fusilarlo, teniéndole preso en el castillo de Guevara, y, para evitarlo, Don Carlos mandó, al momento, una esquela dirigida al gobernador del castillo de Guevara, que decía así: «Gaviria: pondrás en libertad, inmediatamente, a Balmaseda, porque así te lo manda y es la voluntad de tu Rey.—Carlos.»

Volvimos con el Real a Villafranca el 23 y se encontró Don Carlos con la dimisión del Ministerio.

—¿Qué harías tú?—me preguntó.

—Yo llamaría al brigadier Montenegro.

Lo hizo así y se constituyó el Ministerio. Unos días después, el Señor se encerró conmigo en un gabinete y me dijo que su causa marchaba muy mal.

—Pero, ¿por qué, Señor?—le pregunté yo.

—No hay que hacerse ilusiones; esto va mal. El paso lamentable que ha dado Maroto fusilando cuatro de mis jefes mejores es el principio del fin. Aquí hay alguna trama oculta contra el carlismo. Maroto ha hecho la guerra en el Perú, y Espartero y él se han debido conocer. No me chocaría nada que los dos sean masones. La masonería nos ha perdido. Dicen que Fulgosio, Urbistondo, Lasala y otros jefes son también francmasones y están de acuerdo con Espartero y Maroto para vender mi causa. Yo no lo creo, ni lo dejo de creer, pero me lo temo; no me asombraría nada que fuera cierto. Cometí la grave falta de recibir a los castellanos y de preferirles a los fieles navarros y vascos, que no me han faltado nunca. Ya la cosa no tiene remedio y es preciso conformarse con la voluntad del Señor.

—Pero todavía hay un ejército carlista fuerte y bien organizado—le dije yo.

—Sí; pero le obedece a Maroto más que a mí. Él es el dueño de los batallones, y no es sólo eso, sino que todos mis verdaderos amigos y consejeros fieles me los arranca de mi lado y me los expatria a Francia.

—¿Y no puede Su Majestad destituír a Maroto?

—Por ahora, imposible, imposible. Hay que disimular. ¡Ah! ¡Si tuviera pruebas claras de su traición!

—Y no las hay, claro.

—No las hay. Y ellos son muchos, y yo voy estando solo. ¿Tú, amigo Vinuesa, no conocerías en Madrid o en Bayona algún hombre activo, inteligente y sagaz, que pudiera traer a mi lado? Entonces yo pensé en usted y en Aviraneta.

Yo había oído esta relación dominado por el dolor de cabeza y el ruido de la diligencia.

—¡En Aviraneta y en mí!—exclamé yo, verdaderamente asombrado.

—Sí, en Aviraneta y en usted. Conozco—le dije al Señor—dos hombres de un talento extraordinario. El uno, es un hombre ya hecho, avezado a las revoluciones; el otro, es un joven activo, fuerte, lleno de inteligencia y de energía. A éste le encontré en Bayona y le conté que estaba denunciado, perseguido. En un momento lo arregló todo, y, al día siguiente, estaba en Vera.

—¿Y qué hacen esos hombres? ¿A qué se dedican?—me preguntó Don Carlos.

—El más viejo debe estar empleado; el joven es un comerciante rico.

—¿De dónde son?

—Creo que vascos.

—¿Y son tan inteligentes?

—Son dos cabezas privilegiadas. Han viajado, saben idiomas, conocen a los hombres...

—Gentes así, de arrestos, de energías, me convendrían. Consultaré el caso con el padre Gil. Vuelve mañana, a las nueve.

Al día siguiente me presenté a Su Majestad, quien me dijo:

—Tengo confianza en ti. Vuelve inmediatamente a Bayona y trae a los dos amigos tuyos. Le ofrecerás a cada uno, desde luego, diez mil duros, que te entregará el marqués de Lalande, con una libranza mía, y les dirás de mi parte, que, si satisfacen mis deseos, seré para ellos, no el rey, sino un amigo; y que llegado a Madrid y colocado en el trono de mis padres, haré lo que pidan y deseen. Así que ponte en camino cuanto antes.

Me despedí de Don Carlos, pasé por Vera el mismo día en que se esperaba que el general Urbiztondo llegara con el convoy de los desterrados a Francia, de orden de Maroto, y aquí estoy.

Todo esto me parecía una fantasía de sueño.

No comprendía cómo Vinuesa podía tener tanta influencia sobre Don Carlos para darle un consejo y convencerle.

Por otra parte, el consejo no era malo porque Aviraneta y yo en el Real de Don Carlos hubiéramos hecho algo trascendental.

—¿Qué me contesta usted?—me preguntó Vinuesa.

—Amigo Vinuesa—le dije, haciendo un esfuerzo—: es usted más bueno que el pan. Yo le agradezco a usted mucho lo que ha hecho por Aviraneta y por mí y los informes que ha dado usted a Don Carlos. Si yo creyera en el triunfo de la causa carlista y tuviera alguna simpatía por ella, aceptaría con entusiasmo esa misión; pero no tengo simpatía, ni creo en el triunfo del carlismo. Para mí, hoy por hoy, la causa carlista está perdida. Maroto, indudablemente, está de acuerdo con Espartero. Querer hacer revivir el carlismo es querer resucitar a un muerto.

—Pero a ustedes les convendría, aunque no fuera mas que por hacer su carrera, unirse a Don Carlos.

—Yo no puedo, y creo que Aviraneta, tampoco; pero pregúnteselo usted a él.

—Y usted, ¿por qué no puede?

—Porque soy... masón.

—¿Y Aviraneta es también masón?

—Sí.

Al decirlo me reía por dentro. Toda esta conversación me hacía el efecto de un sueño.

—Ah... ¿es usted masón?

—Sí.

—Entonces lo comprendo. El hacer traición a los francmasones le podría costar la vida.

—Es cierto.

—¿Y usted cree que Aviraneta no querrá?

—Desde luego, no.

—¿Y qué piensa usted que yo debo hacer ahora? ¿Cómo le contestaría a Don Carlos?

—Pues le escribe usted que ha venido usted a Bayona, que nos ha hablado, que hemos dicho que somos masones y que estamos comprometidos con los liberales. De paso le devuelve usted la libranza de los veinte mil duros, y le dice usted, con relación a usted mismo, que se va usted a quedar una temporada en Bayona hasta restablecerse. Porque usted, como yo, necesita reposo.

—Muy bien, muy bien. Es usted un verdadero amigo. Yo no estoy para nada con este catarro. Tengo la cabeza como un bombo. ¿Quiere usted redactarme esa carta?

—Bueno, cuando lleguemos a Bayona.

En el escritorio del hotel, y con grandes trabajos, redacté la carta.

—Es usted mi salvador—me dijo varias veces Vinuesa—; voy a ahora casa del marqués de Lalande, para que encamine mi carta al Real de Don Carlos.

Yo comencé a subir la escalera de mi hotel para llegar a mi cuarto. En la cabeza sentía unos golpes como de un martillo. Al llegar, me desnudé como pude y me metí en la cama; luego llamé a la criada y la dije que avisara a don Eugenio de Aviraneta, en la calle de la Moneda, 11, que había llegado.


XII.
ENFERMEDAD

Al poco tiempo vino Aviraneta, a quien conté todo lo que nos había ocurrido a María y a mí.

—He estado muy inquieto—me dijo—; he mandado tres mujeres al campo carlista para averiguar vuestro paradero: una, a la casa de la viuda de Zumalacárregui; otra, a Plasencia de las Armas, y la tercera, a Vergara. Esta última encontró vuestro paradero en Estella.

Después le conté cómo había hablado con Vinuesa, y su proposición de ir al Real de Don Carlos.

—¡Qué lástima que hayas hecho ese viaje estúpido, que te ha cansado y te ha reventado! Eso sí que hubiera valido la pena. ¡Ir de secretario íntimo de Don Carlos!

—Vaya usted, le dije yo. A usted también le invitan.

Se marchó Aviraneta, y toda la tarde y toda la noche la pasé con fiebre y con unos sueños raros, siempre alrededor de Estella.

Al día siguiente volvió don Eugenio, y al verme en la cama, me dijo:

—¿Todavía no te has levantado?

—No me siento con fuerzas—le contesté.

—¡Bah! No tienes nada. ¿Sabes quién me ha escrito?

—¿Quién?

—Corito. Me pregunta por ti. Dice que su madre le asegura que tú eres un desalmado, un hombre peligroso, y que ella no lo cree. Quiere que yo le conteste.

Esta noticia, que en circunstancias normales me hubiera hecho saltar de la cama, la recibí con perfecta indiferencia.

Al día siguiente la fiebre fué mayor, y don Eugenio se presentó con un médico; me tomó el pulso, me miró la lengua, y pocas horas después me pusieron en un colchón y me llevaron no comprendí adónde.

Por la mañana, cuando remitió la fiebre, vi que una monja me cuidaba, y supuse que me hallaba en un hospital. Debía de estar en una sala de pago. Las hermanas de la Caridad se acercaban a mi cama y me miraban. Yo no comprendía bien quiénes eran ni qué querían: vivía en mundo irreal y extraño. Por la mañana oía el canto de las monjas en la capilla, y este canto me producía unos sueños dulces, inefables.

Todas las mañanas la fiebre remitía un poco; luego aumentó de tal modo, que los intervalos se hicieron raros. Soñé mucho con María, y creí varias veces ver a mi lado a Corito. Por lo que me dijeron luego, canté y grité y eché discursos en mi delirio.

Por último, un día, tras de un largo sueño profundo, me desperté. Tenía tal debilidad, que no podía mover un dedo.

Poco después vi alrededor de mi cama a Aviraneta, a Corito, a doña Mercedes y a mi madre.

Quería hacer muchas preguntas, pero me dijeron que no hablase.

Unos días después, Corito me dijo que su madre y ella habían dispuesto que, cuando me pusiera bueno, nos casaríamos e iríamos a Madrid.

Ya sin fiebre, comencé a sentir una languidez y una tristeza cada día mayores. Tenía un sentimentalismo enfermizo. Cuando me hablaba Corito, tomaba sus manos entre las mías y lloraba como un niño.

Este sentimentalismo se complicó pronto en mí con una idea de remordimiento. Fué un día que vino Vinuesa a visitarme. Estuvo el hombre tan cariñoso conmigo, que me avergoncé de mi proceder con él.

Es posible que haya una moral de hombre sano y una moral de hombre enfermo; yo había pasado de la una a otra.

Tenía una idea de remordimiento de la que no me podía librar: el haber seducido a la muchacha alavesa en Bidart, el caso de María Luisa y el de la mujer de Vinuesa me turbaban el espíritu.

¿Para qué había hecho esto? No no lo comprendía. No me lo explicaba. Había seguido una tradición de violencia y de egoísmo, por que sí.

Todos mis amigos y conocidos aparecían al pie de la cama y me echaban en cara mi dureza y mi crueldad.

Indudablemente, los hombres tenemos una mezcla de bueno y de malo, de sombra y de luz; yo siempre había creído que en mí la zona de sombra era grande, pero ahora me parecía toda mi vida en sombra.

Cuando pude levantarme de la cama dejé el hospital y fuí de nuevo al hotel. Stratford vino varias veces a hablar conmigo, y estuvieron también doña Paca Falcón y Sara, su dependiente.

Cuando ya pude salir y hacía bueno, paseaba con doña Mercedes y Corito. Hablaba de vivir tranquilamente. La idea de exponerme y correr aventuras y peligros no me seducía. Mi impulso por la acción había desaparecido. Aquella fiebre, que me había durado cerca de dos meses, arrastró mis ambiciones, mis preocupaciones y mi erotismo.


XIII.
LA VUELTA DE MARÍA

El 27 de abril, María Luisa de Taboada apareció en Bayona, y fué a visitar a don Eugenio. Ya no era la muchacha de antes, petulante y charlatana, sino una mujer reservada y taciturna. A mí me vió en la calle y se escapó para no hablarme.

Pregunté a la hija del brigadier carlista qué le pasaba a María.

—Ya sabe usted que es la novia del general Villarreal y que quieren casarse; pero al pobre Villarreal no le reponen en su puesto; le han tenido preso, y, además, está tísico. Parece que habían decidido vivir como marido y mujer hasta que se pudieran casar, pero como no tienen medios, María Luisa vuelve aquí, no sé si a ser señorita de compañía o a qué.

Aviraneta me dijo que pensaba emplearla de nuevo.

Un día encontré a María en casa de Aviraneta. Al verme palideció y se turbó.

—¿Me odia usted?—le pregunté.

—No.

Estuvimos un rato en silencio.

—¿Se va usted a casar?—me dijo.

—Sí.

—¿Le quiere usted a su novia?

—Sí; pero si usted hubiere querido, me hubiese casado con usted.

—Más vale que se case usted con ella.

—¿Cree usted?

—Sí; nosotros no nos hubiéramos entendido nunca.

Al despedirme de María Luisa me dió la mano cordialmente.

Una semana después, don Eugenio me dijo maliciosamente:

—María Luisa tiene una gran desconfianza y me espía. La he tendido un lazo para ver si me puedo fiar de ella, y ha caído en él.

—¿Qué ha hecho usted?

—Había observado estos últimos días que, en medio de la indiferencia que tiene ahora por todo, cuando la pasaba a mi despacho cambiaba de actitud y se ponía disimuladamente a ver si podía enterarse de algo; miraba los sellos de las cartas, los timbres de las fábricas de los papeles al trasluz, etcétera, etc. El otro día le avisé a la sobrina de mi patrona, una chica muy lista, que se llama Veronique, y le conté lo que me pasaba. Luego le pregunté si sería capaz de observar a María Luisa, para lo cual yo la dejaría a ésta sola en mi despacho, y ella, Veronique, podría mirarla desde una ventana pequeña que comunica mi cuarto con un corredor. Le prometí a la chica un sombrero, y ella dijo que haría lo que le dijese. Pusimos una escalera en el corredor, que es bastante obscuro, debajo del ventanillo, y yo redacté unas notas figuradas del ministro de la Gobernación, en que aparecía Maroto de acuerdo con Espartero, y fabriqué una clave falsa con el número cinco. Al día siguiente convidé a almorzar a María Luisa, y estando en la mesa, a los postres, hice que la criada me entregara una carta.

—Qué fastidio—dije a María—. El cónsul me llama. Usted haga lo que quiera; si quiere usted marcharse, se va; si no, puede usted entrar en mi despacho, donde hay libros y periódicos.

—Me quedaré un rato—contestó ella.

Yo tomé mi sombrero y salí a la calle. María Luisa, poco después, salió del comedor, entró en mi despacho, y lentamente cerró la puerta con pestillo. Veronique, la sobrina de mi patrona, se colocó en su atalaya. María Luisa abrió los cajones de mi mesa y principió a examinar los papeles uno por uno; luego encontró las notas que yo había escrito la noche anterior, con la clave cifrada. Inmediatamente que María Luisa tropezó con estos papeles se puso a copiarlos; luego encendió una vela y sacó tres impresiones en lacre de los tres sellos que yo uso. Acabada la obra se guardó todo en el pecho, descorrió el pestillo de la puerta, la dejó entornada y se puso a leer los periódicos. Cuando volví yo de mi paseo me encontré a María Luisa más jovial que de costumbre. Le dije que el cónsul Gamboa me molestaba por cosas de poca importancia, y le invité a que volviera a almorzar conmigo al día siguiente. Veronique me dió cuenta exacta de todo lo que había observado, y ya tiene su sombrerito.

—¡Cómo desmoraliza usted al pueblo!

—¡Pues mira que tú!

—¿Va usted a prescindir de María?

—No; le he propuesto un nuevo viaje al campo carlista; por ella sabré lo que piensan Villarreal y sus amigos. Para mí, María es una mujer muy simpática.

—Y para mí también.

—Para ti algo más que simpática.

—¿Por qué dice usted eso?

—A mí no me engañas tú ni ella. Tiene uno el colmillo muy retorcido.

—No sé por qué supone usted que le quiero engañar.

—Bueno, bueno. Es asunto liquidado, y no hay que insistir en él. María es muy buena y, además, muy generosa. Todo el dinero que le he dado yo se lo ha entregado a Villarreal para sus deudas.

Unas semanas después estaba María de nuevo de regreso en Bayona, muy descontenta de su viaje. A Villarreal, como al padre Cirilo y a sus compañeros, que habían creído apoderarse del mando y formar el Ministerio a su manera, después de aniquilar al partido intransigente, les había salido mal la maniobra, y el despotismo militar se entronizó bajo la dirección absoluta de Maroto.

Villarreal, el padre Cirilo y sus amigos quedaron de nuevo cesantes y reducidos a la más absoluta impotencia.

Después de este último viaje, María volvió a otra casa de Bayona, como señorita de compañía, y se dijo que estaba entregada a la iglesia y que hacía con frecuencia ejercicios espirituales en la Congregación de San Vicente de Paul.


XIV.
COMIENZA LA NUEVA VIDA

Se acercaba la época de mi matrimonio. Doña Mercedes aseguraba que en llegando a la Corte conseguiría para mí un buen empleo.

Después de hablar con Aviraneta, quien me dijo que no tenía nada que ver con el asunto, me entendí con Gomes Salcedo, y le cedí la casa de comisión Etchegaray y Leguía por veinte mil francos.

Me despedí de mis amigos de Bayona y de Aviraneta.

—Bueno—me dijo éste—, seguiremos el procedimiento de comunicarnos como antes, tú desde Madrid y yo desde Bayona.

—Mire usted—le dije—, no, don Eugenio. Me obligan a hacer otra vida, necesito independencia y libertad en los movimientos. No puedo perturbar la vida de estas dos mujeres. No quiero ser conspirador.

—Bueno, bueno, está bien—replicó Aviraneta, ofendido.

—No creo que se deba usted ofender; yo le debo a usted todo lo que soy, es cierto, pero también es cierto que ahora no voy a ser solo, y no quiero dar a mi mujer una vida de sobresaltos, teniendo a su marido vigilado y perseguido por la policía.

Me separé con tristeza de don Eugenio. ¿Qué iba a hacer? No podía tomar otra determinación.

Unos días después, Corito y yo nos casamos y fuimos a Madrid. María Cristina nos recibió, a mi suegra, a mi mujer y a mí, en Palacio. Al mes tenía yo un alto empleo.


En Madrid hice relaciones y comencé una nueva vida, tan desligada de la de Bayona, que ésta, en mi existencia, era como un prólogo completamente aislado del resto de ella.

De mis conocidos en Bayona, volví a ver años después a muy pocos. A Vinuesa le encontré y me llevó a su casa. No me hacía mucha gracia hablar con su mujer. Vinuesa se lamentó con Aviraneta de que yo no fuera a visitarle con frecuencia.

—Leguía no me quiere porque soy carlista—le dijo.

—Es un hombre seco y poco efusivo—le contestó don Eugenio.

Otro de mis conocidos, a quien vi en Madrid después de la guerra, fué García Orejón. Era de los convenidos de Vergara, y le habían dado un destino en la policía. Pensaba desempeñarlo durante cinco o seis años, y luego, retirarse a una finca que había comprado cerca de Córdoba.

Dentro de la burocracia fuí avanzando en mi carrera. Ya se me había pasado el brío, la confianza en mi fuerza.

Comprendí cuán inferior era en este sentido a Aviraneta, que llevaba más de treinta años en una constante aventura, y que aún no estaba saciado. Me pareció que lo más propio para mí, desde entonces, era ser espectador en las luchas políticas.

El decidirme a esta actitud hizo que fuera consultado y considerado como un diplomático sagaz.

Sobre todo, hay que tener poco celo—decía Talleyrand a los amigos que empleaba—. Es lo que hice yo: tener poco celo y dejarme llevar por la corriente.

FIN DEL AMOR, EL DANDYSMO Y LA INTRIGA

Itzea, octubre, 1922.