AVIRANETA CUENTA CÓMO CONOCIÓ A ZURBANO

—Pues yo supe de ti—dijo Aviraneta—de una manera menos trágica.

—¡Hombre! A ver, ¿cómo fué eso?

—Estaba a la puerta de ese mesón de Logroño de que tú has hablado, con el sargento y otro miliciano, cuando pasaste tú. «Si hubiera muchos como éste—dijo el sargento—, se podría hacer algo.» «¿Quién es ése?», pregunté yo. «Martín Zurbano, un contrabandista de Varca». Y me contó un sucedido tuyo, que no sé si es verdad o mentira.

—¿Qué fué?

—Parece que estabais una patrulla de nacionales en Montalvo, y que hacía tanto frío, que se helaban las palabras, y que tú dijiste: «Esto no es nada; vamos a desnudarnos y a volver a Logroño a caballo y en cueros.» Los demás dijeron que era una barbaridad; pero tú, empeñado, te desnudaste y anduviste tomando el fresco unas cuantas horas por encima de la tierra helada. ¿Es verdad esto?

—Sí. Es verdad. Era uno joven y fuerte. Hoy no lo podría hacer.

—¡Bah! ¿Qué importa? Mientras haya entusiasmo y calor en el corazón.

—Eso no falta.

—Lo mismo me ocurre a mí—dijo Aviraneta.

—¿De verdad?—preguntó Zurbano, con la brutal franqueza que le caracterizaba.

—Parece que lo dudas.

—¡Y eres político!

—¿Y qué?

—Yo dudo del entusiasmo y de la buena fe de todos los políticos.

III.
VIOLENCIA CONTRA VIOLENCIA

Hubo un momento de silencio.

—Creo que te engañas, Zurbano—dijo Aviraneta, secamente.

—El que se engaña eres tú, Aviraneta—replicó Zurbano.

—Suponer que la mala fe está sólo en los políticos es un absurdo.

—¿Piensas tú que los políticos españoles son buenos?

—No. ¡Cómo voy a pensar eso! Sé que son malos; pero sé que tienen muchos de ellos tanta buena fe como los de los demás países.

—Entonces no comprendo por qué lo hacen mal.

—Lo hacen mal porque en España es imposible hacerlo bien. Los políticos son malos cuando el país es malo.

—No, no. España no es peor que otra nación.

—No será peor individualmente; lo es colectivamente.

—No entiendo eso. Me parece lo que dices una de esas frases de político que no quieren decir nada.

—Un hombre puede ser buen hombre y mal ciudadano.

—Cuando se es mal ciudadano se es mal hombre—contestó Zurbano, dando un puñetazo en la mesa.

—No. Un Cristo que viviera entre nosotros, sería un buen hombre, sería un mal ciudadano.

—Argucias.

—Razones.

—Di lo que quieras. Yo estoy convencido de que son los políticos los que nos matan. ¿Por qué no se acaba la guerra civil? Por ellos.

—Por ellos y por los generales, que se odian—replicó Aviraneta—. Hace unos meses estaba yo en Arcos de la Frontera, y veía cómo dos generales del ejército liberal, Alaix y Narváez, no sólo no se ayudaban nunca, sino que hacían lo posible para que los carlistas de Gómez derrotasen a las tropas de su compañero y rival. Y esto de las rivalidades es lo más digno que pasa entre ellos. No hablemos de lo más indigno.

—Y ¿por qué no se habla claro en ese Congreso?—preguntó Zurbano—. ¿Por qué no se dice la verdad? Eso no es un Congreso; es un charco de ranas.

—Aunque fuera un estanque de cisnes sería lo mismo.

—Aquí se necesita un hombre, Aviraneta.

—Aquí se necesita un pueblo, Zurbano.

—Yo estoy convencido de que en España, hoy, lo mejor sería una dictadura militar, una dictadura de un hombre justo, valiente, que supiese sentar las costillas a todo el que quisiera salirse de la ley.

—No, Martín—contestó Aviraneta—; no estoy conforme. España no necesita más que una dictadura: la de la justicia, la de la inteligencia, la de la libertad. Nada de fuerza, nada de soldados que quieran imitar a Napoleón. El Poder civil debe estar siempre por encima del Poder militar. El Ejército no debe ser más que el brazo de la nación, nunca la cabeza.