EL DIABLO TENTADOR

—¿Qué vas a hacer ahora?

—Voy al almacén, a casa de mi tío.

—Espera un momento. Te voy a hacer una proposición.

—Venga la proposición.

—¿Quieres venir conmigo, sí o no?

—¿A qué?

—Eso te lo explicaré más tarde. Si vienes conmigo, trabajaremos juntos, intrigaremos juntos, quizá tengamos que defendernos juntos...

—Muy bien; nos defenderemos juntos...

—Yo no, porque soy viejo...

—¡Hombre, no es usted viejo!

—Tengo cuarenta y seis años, y he vivido bastante. Yo, no; pero tú puedes llegar a ser lo que quieras: general, ministro, archipámpano... Yo te ayudaré... ¿te conviene?

—Me conviene. ¿Me protegerá usted también para casarme con Corito?

—Eso es cosa tuya y de ella; pero, en fin, si eres buen chico, se te protegerá.

—Entonces no hay que decir más. Soy de usted en cuerpo y alma.

—Muy bien. Está hecho el pacto. Venga esa mano.

—No vaya usted ahora a convertirse en algún demonio y empezar a echar llamas de azufre, señor de Aviraneta.

—No tengas cuidado, Pello. Soy un buen diablo. Vete a despedirte de tus amigos, y ya sabes, a la tarde nos vamos.

Leguía se contempló un momento en un trozo de espejo, se caló el sombrero de copa y salió del parador.

LIBRO QUINTO
UN SOLDADO AUDAZ

I.
EL OFICIAL DE LA BOÍNA BLANCA

Momentos antes de las doce se presentó Leguía en el parador. Aviraneta, sentado en el zaguán, contemplaba las gallinas que picaban en el estiércol y a dos perros que retozaban, ladrando.

—Está uno dispuesto para la marcha—dijo Pello—; he concluído las despedidas.

—¿Qué te han dicho?

—Nada. Mi tío lo ha sentido. Su familia y él me tenían afecto.

—Y a Corito, ¿la has visto?

—Sí.

—¿Qué dice?

—Dice que la voy a olvidar si me marcho por ahí.

—¿Y serás bastante granuja para eso?

—¡No! ¡Ca!