EL HORÓSCOPO
Zurbano, que había seguido la comparación con cierta ansiedad disimulada, como hombre que oye un horóscopo en el que cree, quedó pensativo.
—¿De dónde sabes que yo no estoy sano?—preguntó.
—No lo sé. Lo supongo nada más. Cuando uno es un rabioso, un violento, es que no está sano.
—Eres inteligente, Aviraneta.
—Me tengo por tal; quizá sea una equivocación.
—Ves a los hombres por dentro; pero no progresarás.
—Lo sé.
—Comprenderás a la gente; pero eso no te servirá de nada. Alguno dirá: «Ese hombre tiene talento, tiene valor, tiene perspicacia...» Pero te sobra una cosa: la personalidad; eres demasiado Aviraneta; no sabes pensar en los demás; te falta otra: la suerte. Detrás de ti no irá nunca nadie; tendrás que estar siempre a las órdenes de un hombre que valga menos que tú: el inteligente te temerá, el no inteligente te despreciará.
—¿Es mi horóscopo?—dijo Aviraneta.
—Parecido al tuyo.
—¿Y qué debo hacer, según tú?
—Retirarte de la vida activa.
Aviraneta quedó pensativo, y una sonrisa de tristeza frunció sus labios.
—¿Te ha molestado?—dijo Zurbano, riendo y poniendo la mano en el hombro de su interlocutor.
—No; ¿por qué? El destino está por encima de los hombres.
—Pues véngate, pronosticándome alguna desgracia.
—¿Desgracia? No sé si la tendrás, Martín. Por lo pronto, desconfía de tu carácter. Eres un militar, un buen militar. Has hecho lo más difícil de tu carrera. Si prosperas, como prosperarás, querrán hacer de ti un político, y entonces...
—Y entonces, ¿qué?
—Entonces fracasarás, y podrás llegar a perder todo lo que has ganado, si no pierdes también la vida.
Realmente, Zurbano era de esos tipos en cuya frente parece leerse un destino trágico.
—Son ustedes pájaros de mal agüero—exclamó Mecolalde—; dejemos esto, y que traigan café.