EL LICEO

Era difícil en un pueblo tan pequeño como Laguardia, en donde todo el mundo se conocía y encontraba varias veces en la calle, hacerse el desentendido; sin embargo, la gente sabía fingir el desconocimiento perfectamente; llevaba sus divisiones a punta de lanza.

Había entonces en una casa grande y antigua un teatro que se llamaba el Liceo. Allí se representaban comedias en un acto, en las que tomaban parte las señoritas y caballeros más distinguidos de la localidad.

En aquel estrecho recinto las tertulias tenían sus grupos, y unos eran tan extraños a otros como los osos blancos del Polo Norte pueden serlo de los osos blancos del Polo Sur.

Para representar se elegían las obras más tontas e inocentes, porque había algunas damas, como las marquesas de Valpierre, que eran capaces de encontrar intenciones deshonestas en la culata de un fusil o en el extremo de una bayoneta.

Casi todas las muchachas habían recitado algún monólogo o tomado parte en algún sainete. Graciosa, no; decía que no sentía lo cómico, y no quería representar astracanadas groseras y vulgares. Graciosa sentía lo trágico, lo sublime; varias veces trató de convencer a los jóvenes para que declamaran con ella un trozo de un drama espeluznante; pero nadie quería figurar en la representación, hasta que pudo convencer a Luis Galilea.

La noche de la función hubo risa para mucho tiempo.

Graciosa, tan alta, tan desgarbada, al lado de Galilea, tan bajito, con los ojos redondos y desdeñosos, la nariz de loro, encarnada, y el ademán retador, hacía un efecto muy cómico.

Graciosa creyó que había conseguido un gran éxito, y para completarlo, después del diálogo espeluznante recitó aquel parlamento de Calderón que comienza diciendo:

Difícilmente pudiera

conseguir, señora, el sol...

Graciosa recitaba esta lluvia de piropos calderoniana como si se estuviera enjuagando, de tal manera, que la hacía perfectamente odiosa; pero ella pensaba que no sólo sabía darle acentos admirables, sino que además su recitado era una lección para los jóvenes del pueblo, que eran incapaces de declararse a una mujer, llamándola sol, girasol, acero, norte, etc.

Algunos notaron que cuando terminó su tirada de versos Graciosa, el que aplaudió con más entusiasmo fué el capitán Herrera; pero otros afirmaban que al tiempo de aplaudir se veía una sonrisa mefistofélica en los labios del capitán andaluz.

A las muchachas jóvenes, amigas de Corito, Luisita Galilea, Cecilia Bengoa, Pilar Ribavellosa, Antoñita Piscina, todas las señoras y Graciosa las consideraban como niñas. Sin embargo, no era raro verlas mandar cartitas o recados a algún joven, que la mayoría de las veces era oficial de la guarnición.

III.
LAS OTRAS TERTULIAS

Si la tertulia tradicionalista aristocrática era una e indivisible, como la República de Robespierre, las tertulias liberales, por el contrario, eran múltiples, cambiantes, de varios matices, representación de las nuevas ideas, por entonces mal conocidas y deslindadas, sin un credo completamente claro y definido.