LA CALLE

Por estas callejuelas del viejo Madrid se respiraba entonces un vaho espeso de pueblo bajo, de manolería violenta, desgarrada, desvergonzada.

En aquellos tiempos, la Puerta de Moros y la plaza del Alamillo eran tan peligrosas como las cañadas de Sierra Morena. En estas callejuelas madrileñas privaba la majeza, el desplante, la frase dura, el chiste burlón y agresivo. Allí se le daba una puñalada a uno en menos que canta un gallo, y se le pintaba un jabeque al lucero del alba. Entonces, la gente pobre de Madrid era completamente salvaje, y se vivía en las casas de los barrios bajos como en las cuevas de los gitanos.

Madrid era una gran Corte de los Milagros.

Por todas partes se veían mendigos, tullidos que mostraban sus deformidades y sus llagas; ciegos que entonaban una cantilena lamentable; procesiones y rosarios. Hasta los más metafísicos misterios del catolicismo servían para ser cantados al son de la vihuela; y los romances de los bandidos alternaban con la vida de los santos y las relaciones de los milagros más despampanantes.

No había esquinazo que no se empapelara con noticias de novenas, vísperas y trisagios; ni calle en donde faltara un momento la agradable perspectiva del cogote de un fraile.

Hoy no se puede tener idea de lo que era aquel Madrid; habría que dar muchos detalles para poder formarse un concepto aproximado a la realidad.

Entre las solemnidades ceremoniosas de mi casa y la abigarrada majeza del arroyo estaba yo como el alma de Garibay, más cerca por mis gustos de la chulapería callejera que de la majestuosa severidad de mi hogar.

III.
EL MADRID DE 1800

La calle del Estudio de la Villa, donde yo he nacido, calle que hoy se llama solamente de la Villa, es una calle corta y tortuosa; arranca desde el Pretil de los Consejos, cerca de la Capitanía General, y termina en la plaza de la Cruz Verde, plaza desconocida por los madrileños actuales, pues es un pequeño espacio irregular próximo a la calle de Segovia, según se baja hacia el puente, a mano derecha.

Mi calle, como he dicho, era corta y tortuosa; a la entrada, frente a mi casa, se encontraba la Academia pública de humanidades, que regentó el maestro Juan López de Hoyos, cuando asistió a sus aulas Cervantes. Esta Academia, que llamaban el Estudio de la Villa, daba nombre a la calle.

La casa donde yo nací, que aun existe, se conocía en el barrio con el nombre de Casa de las Monjas del Sacramento, y era un edificio grande de tres pisos, con vuelta al Pretil de los Consejos.

Aquélla y otras varias, unidas al convento de las monjas, formaban una sola manzana, limitada por las calles del Estudio, del Sacramento, del Pretil de los Consejos, del Rollo y de la plaza de la Cruz Verde.