LA CANCIÓN DE PITHIRI

Pello, a pesar de ser un chico, comprendía la inquietud de su madre en aquella época. Unos días después del choque entre liberales y realistas salieron de Vera dos compañías de cazadores al mando de un comandante. Pronto se susurró en el pueblo que iban a perseguir a Leguía y a los suyos.

—Mira, sígueles a los soldados a ver adónde van—le dijo la madre a Pello.

Las dos compañías cruzaron el pueblo, tomaron por la calle que une a Vera con Alzate, y al llegar a un puentecito que se llama Subi Mushua (el puente del Beso), el comandante llamó a un viejo medio loco, que estaba a la puerta de su casucha. Este viejo se llamaba por apodo Pithiri.

El comandante hizo que se acercara el viejo, y le preguntó:

—¿Usted sabe dónde está el caserío de Urrola?

—¿Urrola? Sí, señor.

—Llévenos usted allí, y cuidado con engañarnos. Si nos engaña usted, le pegamos cuatro tiros. Conque cuidado.

Pello vió de lejos cómo hablaba el comandante con Pithiri; pero no pudo enterarse de lo que decían.

Las dos compañías se dividieron en cuatro pelotones, con el objeto de rodear el caserío de Urrola.

Pello fué delante de la media compañía en que iba Pithiri con el oficial. Se adelantó ésta por el barrio de Illecueta. Al llegar a una taberna, el oficial pidió un vaso de agua con aguardiente, y luego preguntó al tabernero si aquél era el camino de Urrola. El tabernero dijo que sí.

Se habían parado los soldados a la puerta de la taberna, y Pithiri, que tenía fama de loco, comenzó a bailar pesadamente. Reían los soldados y campesinos, y uno de éstos dijo: «Canta, Pithiri.»

Pithiri entonó con voz cascada un zortzico, y después, dirigiéndose principalmente a los campesinos que le oían, y mirándoles con sus ojos grises, entonó esta copla:

Urrolara, Urrolara,

Urrolara, guacela.

Norbaitec ará

laster aguró

iguesi indezala,

(A Urrola, a Urrola, a Urrola vamos. A ver si alguno, lo más de prisa posible, puede escaparse.)

No hizo más que oir esto, y Pello echó a correr por la orilla de Lamiocingoerreca, hacia Urrola. Al llegar al caserío se encontró a Fermín Leguía y a sus amigos preparándose para huir.

Sabían que venían a su alcance los cazadores.

Fermín Leguía, poniéndole la mano en el hombro a Pello le dijo:

—Pello, cuando seas hombre, acuérdate de que tu padre y tu tío han sido perseguidos por defender la libertad.

Pello nada contestó.

—¿Por dónde vas tú?—dijo Fermín a su primo.

—Yo, por la regata de Sara—contestó Pedro Mari.

—Bueno, pues adiós. En Francia nos veremos.

Pello y su padre tornaron juntos hacia el caserío Miranda; luego, torciendo a la izquierda, cruzando por en medio de las heredades, llegaron a una cañada con árboles altos, que llaman Lizuñaga. Desde aquí se veía el camino que va a Francia, y en la caseta de Carabineros, colocada en la misma muga un pelotón de soldados de guardia.

Padre e hijo esperaron tendidos entre los helechos secos a que obscureciera, y ya de noche dejaron su escondrijo, pasaron la muga y entraron en la regata de Sara. La luna brillaba entre los árboles y se reflejaba en las aguas inquietas del río. Pedro Mari y Pello encontraron a unos carboneros franceses, cenaron con ellos y durmieron en su choza. Al día siguiente continuaron el camino. La mañana era hermosa, el cielo azul; en la falda de Atchuria brillaba Zugarramurdi, y poco después iban apareciendo los caseríos blancos de Sara.

Por la tarde, Pedro Mari envió a su hijo a Vera.

La expedición de Mina y, sobre todo, la entrada de Leguía, produjeron en Vera un efecto extraordinario.

En toda la región fué aquél el comienzo de la lucha del liberalismo contra el absolutismo; hasta entonces, casi nadie había oído hablar por allí de liberales ni de masones.