LA CASA

Durante toda la infancia me encontré sometido a dos influencias: la de casa y la de la calle.

Estas influencias eran tan opuestas, tan contradictorias, que no había entre ellas término medio posible.

Con indicarte cómo era mi casa y cómo era la calle, lo comprenderás en seguida.

Mi casa era una casa especial. Mi padre profesaba ideas modernas para su época; pero a pesar de esto se manifestaba muy grave, muy ceremonioso, muy hidalguesco. En el fondo tenía todas las preocupaciones del antiguo régimen, un poco amortiguadas por su tendencia filosófica.

Mi madre le consideraba como a un oráculo; para ella el dueño de la casa tenía la categoría y el poder del «pater familias» romano.

Las dos personas más consideradas por mi padre eran don Domingo de Larrinaga y don Juan Ignacio de Arteaga.

Estos dos señores eran militares de alta graduación; Arteaga había estado en Méjico, donde se casó con doña Luisa Emparanza, señora muy entonada y de familia rica.

Larrinaga y Arteaga profesaban, como mi padre, ideas modernas, que en aquella época no se llamaban todavía liberales.

Es lógico que las tendencias de renovación y de cambio en un país vengan del elemento culto y no del pueblo. El pueblo toma las ideas cuando ya han fermentado, y les da violencia, fuerza, para que puedan generalizarse; pero los primeros contagios siempre comienzan entre la minoría culta. Esto pasó en Francia, en España, y creo que pasará en todas partes.

El elemento aristocrático español aceptó en aquel tiempo las ideas nuevas que tendían a fomentar la agricultura, la industria y a mejorar la educación de la juventud, y solamente cuando vió que a la larga estas ideas eran contrarias a los privilegios de clase se opusieron a ellas. Entonces la posibilidad de un predominio democrático se veía muy lejana. Todo el mundo quería transformar, sin contar gran cosa con el pueblo, a quien se consideraba como un elemento inerte.

En una Memoria que publicó don Andrés Muriel, titulada Gobierno del Señor Rey Don Carlos III o instrucción reservada para la dirección de la Junta de Estado, se puede ver el entusiasmo reformador que había en España en algunos individuos de las altas clases.