LA MALA FE DE EMPARANZA

Los circunstantes y Consuelo Arteaga admiraron mi valor. Yo había cumplido, estaba tranquilo; pero todavía me quedaba otra prueba. José Antonio Emparanza se empeñó en decir que tenía miedo a los caballos, y para demostrar lo contrario me monté en uno y pude galopar sobre él sin caerme. Volvía ya satisfecho de los éxitos de aquel día, cuando Emparanza, pasando a mi lado, le dió a mi caballo un latigazo. El caballo botó y me tiró al suelo. Me levanté rápidamente; no me había hecho daño.

Presa de una cólera terrible, no dije nada; dejé el caballo en manos de un palafrenero y me reuní a los expedicionarios.

Estábamos esperando a montar en el coche cuando se me acercó Emparanza, sonriendo:

—Por fin caíste—me dijo.

—Sí—y levantando la mano le pegué una bofetada que lo volví loco.

Se armó un escándalo formidable, y tuvimos que volver a Madrid en distintos grupos. Cuando se supo la causa de mi cólera casi todos se pusieron a mi favor.

Al día siguiente le escribí a Emparanza diciéndole que le había ofendido en público, y que si quería una satisfacción podía elegir las armas.

Cuando se supo esto en mi casa, mi madre y mis hermanas me acusaron de bárbaro y sin entrañas; me dijeron que quería matarlas a fuerza de disgustos. Se averiguó pronto la causa de la hostilidad mía con Emparanza, y se me conminó para que no dirigiera la palabra más a Consuelo.

Yo estaba furioso; creía que tenía razón. Mi madre, para apartarme de Consuelo, decidió que fuera a Irún, a casa de un hermano suyo. Allí podía aprender mejor el Francés, mientras se fijaba la época de mi marcha a Méjico.

Yo me alegré de salir de Madrid. Estaba deseando ver un poco de mundo.

LIBRO SÉPTIMO
EL AVENTINO

I.
ETCHEPARE EL SOLITARIO

Mi tío Fermín Esteban Ibargoyen tenía una pequeña tienda en Irún, en la calle Mayor. Era una de esas tiendas de pueblo en las que se encuentra de todo. En el mostrador solían estar constantemente dos sobrinas suyas, solteras, la Shilveri y la Juanita.

Mi tío Fermín Esteban era un egoísta perfecto. Viudo, sin hijos, bastante rico para vivir sin trabajar, consideraba que el ideal del hombre es agitarse lo menos posible. Creía que cualquier cosa podía minar su salud; así que tenía prohibido a sus sobrinas que le dieran malas noticias.

Le gustaba a Fermín Esteban comer bien, y cuidaba de su gallinero y de su huerta mejor que de su alma; le interesaba también mucho lo que ocurría en el mundo, y se agenciaba para enterarse todas las gacetas que podía.

Como hombre egoísta, ingenioso y poltrón, era muy aficionado a hacer comentarios burlones acerca de la vida de los demás. Fermín Esteban dirigía frases y chistes sangrientos contra el uno y contra el otro; tenía el golpe seguro en su sátira; pero no le gustaba que los demás hicieran chistes contra él.

Al llegar a Irún, mi tío me recibió con cierta amabilidad socarrona; por orden suya, su sobrina la Shilveri me puso la cama en un cuartito independiente de la escalera. Era un cuarto muy alegre, con dos ventanas: una que daba a un patio y la otra sobre el tejado.

Fermín Esteban era poco aficionado a vigilar a los demás.

El primer día de verme me advirtió que creía que no haría ninguna simpleza, y me aseguró que cuanto más juicioso me mostrara yo, más libertad me daría él.

Me dijo que mi madre le había recomendado que me llevara a un colegio, y me indicó el de don Mariano Arizmendi, un señor que enseñaba a muchachos de mi edad nociones de Matemáticas y de Física, Teneduría de libros y Francés.

Mi tío Fermín Esteban me advirtió que podía ir a la escuela, o no ir, que él no pensaba hacer indagaciones acerca de mi conducta. Yo fuí porque si no no hubiera sabido cómo pasar el tiempo.

El maestro don Mariano Arizmendi fué para mí un amigo. Don Mariano era hombre muy religioso, pero no intransigente. No le gustaba meterse en la conciencia ajena; tenía bastante dinero para vivir y daba las clases por afición, no por ganar dinero. Una de las cosas que más le encantaba era que algún muchacho de familia pobre le pidiera asistir a su colegio de balde.

Don Mariano no tenía esa tendencia inquisitorial de otros maestros que se dedican a espiar a los muchachos dentro y fuera de la escuela. Concluída la clase quería considerarse como si no fuera maestro; si alguna vez nos encontraba en la calle, haciendo alguna barbaridad, fingía no habernos visto.