LA NIÑA Y LA VIEJA
Un día, Pello, al salir del almacén donde trabajaba para ir a comer vió en la plaza de la Constitución una muchacha vestida de blanco, una niña todavía, acompañada de una vieja. Pello no las conocía. Indudablemente no eran de San Sebastián. Pello acababa de cobrar su sueldo, y pensaba en lo poco profundos que son los senos de la casualidad para el hombre que no tiene más lastre que treinta duros en el bolsillo.
Mientras rumiaba esta idea vió que la vieja y la niña salían de la plaza y entraban en la calle del Ángel, en el despacho de un consignatario de buques.
—Voy a ver de nuevo cómo es esta muchacha; a ver si es tan bonita como me ha parecido antes—se dijo el joven Leguía. Y esperó paseando arriba y abajo por la acera.
Salió la muchacha de la tienda y se cruzó con Pello. Este, a pesar de su filosofía, quedó extasiado. La chica era realmente bonita, morena, sonrosada, con unos ojos negros, brillantes.
Pello Leguía, asombrado del efecto que le causaba, y sin proponérselo, fué tras de la vieja y de la niña hasta que entraron ambas en el parador Real.
—Está de paso en la fonda—se dijo Leguía—y se va a alguna parte. La cuestión sería averiguar adónde va.
El joven Leguía tomó de nuevo hacia la calle del Ángel; iba pasando la hora de comer; media hora después debía encontrarse en su escritorio. Pello se detuvo en una esquina a pensar.
—La verdad es—se dijo a sí mismo—que estaría bien que yo hiciera una calaverada. Todos los que me conocen se dirían: «¡Parece mentira; Leguía, un muchacho tan serio!»