LOS COLABORADORES
Ahora ya casi no sé lo que dictó Aviraneta, lo que escribió Leguía y lo que he añadido yo; los tres formamos una pequeña trinidad, única e indivisible. Los tres hemos colaborado en este libro: Aviraneta, contando su vida; don Pedro Leguía, escribiéndola, y yo, arreglando la obra al gusto moderno, quizá estropeándola.
Un filósofo que tenemos en el pueblo, José Antonio Iriberri, dice, y yo no sé de dónde lo ha sacado, que en la realización de las cosas hay tres períodos, que él llama hipóstasis: la idea, el ser y el llegar a ser.
En la realización de este libro, la idea ha sido Aviraneta; el hecho, Leguía, y el advenimiento, yo.
Ya concluído el trabajo, en pleno advenir, como diría Iriberri, mandé copiar las Memorias, y con la copia fuí a casa del editor.
Este, al ver, en la cubierta el nombre de Leguía, torció el gesto, creyó que era de un poeta modernista, y dijo que no le resultaba. Entonces yo, pensando en el deseo que tenía mi pobre Dama Úrsula de ver publicadas las Memorias éstas, decidí aparecer como autor, y para que no me remordiera del todo la conciencia, añadí al texto algunas digresiones, que no llamo ligeras, porque es posible que al lector le parezcan pesadas, con el objeto de darme cierto aire de hombre erudito y de lucir la vastedad de mis conocimientos históricos, filológicos, antropológicos y políticos.
LIBRO PRIMERO
PELLO LEGUÍA
I.
CAMINO DE LAGUARDIA
Una mañana de invierno, un coche tirado por tres caballos pasó por en medio de Uzquiano, y sin detenerse siguió camino de Peñacerrada.
El coche había salido de Vitoria horas antes y llevaba tres viajeros: una muchachita vestida de blanco, talle alto, gabán, esclavina, gran sombrero pamela, de moda por los años 35 al 40; una criada vieja, de aspecto de dueña, enlutada, con peluca rojiza y toca blanca, y un hombre joven, alto, elegante, vestido de negro, con pantalón estrecho, entrabillado y sombrero de copa.
El coche era una pequeña berlina, con cuatro ruedas, desconchada y con los cristales rotos; los caballos, tres jacos escuálidos y de mal aspecto, marchaban al trote corto, al compás de los cascabeles de sus colleras. El cochero tenía que parar en todas las ventas del camino, a mirar los tiros, a arreglar una correa, a dar un encargo; pero la verdad era que el motivo de sus paradas debía estar más relacionado con su capacidad interior que con el coche, porque al volver a montar en el pescante se limpiaba los labios con el dorso de la mano y parecía más animado y alegre.
El coche cruzó por cerca de Armentia, y al llegar a un ventorro del camino, avisados sin duda por los cascabeles de las caballerías, salieron al paso dos voluntarios realistas, haraposos, y un cabo de boína blanca. Mandó éste detenerse al cochero y pidió el pasaporte a los que iban en el interior de la berlina.
La muchacha mostró el suyo y el de la criada vieja; el joven elegante sacó sus papeles, y el cabo, al revisarlos, dijo que podían seguir. El cochero, sin duda, creyó que no debía desaprovechar esta parada, y en compañía de los tres soldados entró en la venta y volvió al poco rato al pescante.
La carretera, encharcada, llena de agujeros y de zanjas, estaba por aquella parte intransitable. El agua corría por encima de ella, formando arroyuelos, y los hierbajos brotaban entre las piedras.
El coche iba dando barquinazos en los montones de tierra y en los hoyos del camino, marchando en zig-zag de la cuneta de un lado a la de otro. Parecía que el alcohol que había ingerido el hombre del pescante iba llegando a las ruedas del vehículo. El cochero, poseído de una animación extraordinaria, cantaba jotas, azotaba a los pencos, y de vez en cuando miraba hacia el interior del carruaje y se reía.
—Este hombre está loco—exclamó la vieja.
—No; borracho nada más—repuso el joven elegante.