MAGDALENA, ABANDONADA

Entonces estaba yo de guarnición en el Este de Francia; el giro que tomaban los acontecimientos en París tras de la persecución de los girondinos me disgustaba. En Estrasburgo supe la noticia de la prisión de Guzmán, y escribí una carta a Magdalena ofreciéndome a ella.

Magdalena me contestó pidiéndome que fuera. Estaba sola, en la última miseria; habían llevado a la cárcel a su criado; no podía salir de casa; se había dicho que su tío era un agente de Pitt, que cobraba de Inglaterra, y las comadres de la vecindad la insultaban.

Pedí licencia y fuí a París a ver a Magdalena. De noche la saqué de casa y la llevé al viejo mesón del Caballo Blanco. Allí estuvo una semana sin salir de su rincón. Sólo algunos días la llevaba a pasear al jardín del Luxemburgo.

Magdalena me suplicaba que pusiera todos los medios posibles para salvar a su tío Andrés; pero, ¿yo qué iba a hacer? No tenía influencia ni medio alguno de obrar. Sin embargo, fuí a ver a un amigo del paralítico Couthon, y por éste supe que Lazcano había dado informes confidenciales en contra de Guzmán, acusándole de estar vendido a los realistas, de ser amigo del barón de Batz, del arzobispo de París y de la abadesa de Remiremont.

Extranjero, de alta nobleza y sospechoso de traición, Andrés María de Guzmán estaba perdido.

Una mañana del año 1794 vi en medio de la multitud una fila de carretas que marchaban hacia el patíbulo. Allí iban Danton, Camilo Desmoulins y los montañeses, antes idolatrados por la plebe. En una de las carretas distinguí a Guzmán.

Al llegar a la posada del Caballo Blanco, donde estaba alojada Magdalena, al verme solamente comprendió lo ocurrido y comenzó a llorar.

Si yo hubiera sido un aventurero, me hubiera podido aprovechar del desamparo de aquella mujer; pero esto constituiría hoy para mí un motivo de verdadera desgracia.

Cuando se tranquilizó Magdalena, le dije:

—¿Qué quiere usted hacer ahora?

—No sé, no sé.

—Piense usted.

—Bueno; ya pensaré.

Dos días después me dijo:

—Quisiera ir a España.

—Muy bien. Yo le acompañaré.

Nos pusimos en camino y en esta casa descansamos.

De aquí, de Bidart, escribió a su tío el conde de Tilly, que ahora es el jefe de la masonería en España, y cuando recibió contestación yo la acompañé hasta Irún. En la misma frontera la esperaba un coche tirado por cuatro caballos.

—Guarde usted este recuerdo mío—me dijo Magdalena, dándome un objeto envuelto en un trozo de seda.

Lo guardé y le di las gracias. Nos acercamos a un señor que estaba al pie del coche. El señor me saludó ceremoniosamente; yo hice lo mismo. Magdalena, llorando, me tendió la mano, que yo estreché, y el coche partió.


—¿Qué era lo que le había dejado a usted?—le pregunté al viejo Etchepare.

—Una miniatura suya hecha en Gante.

—¿La conserva usted?

—Sí.

—Enséñemela usted.

—Etchepare vaciló, luego fué a su cuarto, abrió un cajón de su mesa y sacó la miniatura. Realmente era una mujer preciosa.

—Esta mujer le quería a usted—dije yo.

—¡Bah!

—Sí; si no, no le hubiera dejado a usted este recuerdo. Y usted, al fin, ¿no le dijo nada?

—No. Ella tenía su orgullo, yo el mío.

—¿Y ninguno de los dos cedió?

—Ninguno.

—¿Y no supo usted más de ella?

—Nada. Creo que entró en un convento.

—¿Y a Lazcano tampoco le vió usted más?

—Tampoco; aunque de éste supe detalles de su vida. Durante algún tiempo estuvo en auge con los thermidorianos, y Tallien lo envió a que trabajara con Verastegui, Zuaznavar, Urbiztondo, Michelena y algunos otros en el proyecto de hacer a Guipúzcoa república independiente, apoyada por Francia.

Lazcano fué en esta época el asesor del convencional Pinet, que estuvo en Guipúzcoa con el ejército francés de ocupación. Jacques Pinet era un abogadillo de la Dordogne, que quería echárselas de terrible, y por consejo de Lazcano y de sus amigos mandó levantar la guillotina en la Plaza Nueva de San Sebastián. Quería así liberalizar el país.

Cuando el proyecto de separación de Guipúzcoa de España fracasó y vino la paz de Basilea, Lazcano marchó a París y fué uno de los satélites de la hermosa Teresa Cabarrús. Ahora creo que está al servicio de uno de los hermanos de Bonaparte...

Etchepare se calló y estuvo contemplando el suelo un momento.

—Recordar es cosa triste—exclamó, dando un suspiro—; pero, en fin, vamos a dar una vuelta por la orilla del mar.

V.
NUEVOS TRABAJOS DEL AVENTINO

Un día se presentaron dos jóvenes en casa, a buscarme.

Me traían una carta de Etchepare. Les hice pasar a mi cuarto y hablamos.

Eran militares y estaban de guarnición en Behovia. En el curso de la conversación me dijeron que se estaba conspirando seriamente en Francia contra Bonaparte, y en España contra Carlos IV. Uno de los militares se llamaba Gontrán de Frassac. Era joven, gascón, teniente de dragones. El otro, Horacio Sanguinetti de nombre, era italiano, de más edad; tenía grado de capitán.

El gascón era un buen muchacho de cabeza ligera, republicano por romanticismo, más aficionado a beber, a cantar y a seguir a las muchachas que a ocuparse de política. Era exagerado en todo, y hablaba intercalando en sus palabras los Pardi y los Sacrebleu.

El italiano era hombre frío, reconcentrado, muy patriota y muy fanático.

Les dije a los dos cómo había formado una sociedad secreta titulada El Aventino y les presenté a la mayoría de los afiliados.

Para celebrar el conocimiento tuvimos una comida los dos oficiales franceses y los socios del Aventino en el caserío Chapartiena, en Azquen Portu, a orillas del Bidasoa.

A los postres, Frassac cantó la Marsellesa, le Chant du Départ y la Carmañola; yo brindé porque la libertad triunfara en el mundo; Sanguinetti aseguró que pronto se vería Europa formando unos Estados Unidos, una federación de pueblos sin reyes, sin papas, sin tiranos, sin amos; Cortázar se levantó a brindar por la desaparición de todas las religiones positivas y por el culto de la humanidad, y Ganisch glosó con ingenio esa frase concisa y definitiva: Con las tripas del último rey ahorcaremos al último de los papas.

Varias veces fuí a Behovia a visitar a De Frassac y a Sanguinetti, y ellos con mucha frecuencia visitaron mi casa. Nos hicimos amigos íntimos, hasta el punto de hablarnos de tú.

Me enseñaron la esgrima y a montar a caballo, e hicieron de mí un espadachín y un buen jinete.

De Frassac me decía que debía naturalizarme francés y entrar en el ejército de Napoleón, lo cual no me gustaba. Sanguinetti no me aconsejó nunca esto. Muchas veces, por sus conversaciones, comprendí que él estaba pesaroso de haber abandonado su país. Consideraba también que Bonaparte no había cumplido con su patria italiana.

Sanguinetti era muy culto, tenía muchos libros y me prestaba todos los que le pedía. Gracias a él leí los Comentarios, de César; los Anales, de Tácito; la Conspiración de Catilina, de Salustio; la Historia de Italia, de Guicciardini, y el Príncipe, de Maquiavelo.

El oficial italiano me explicó también una porción de cosas que por falta de cultura anterior yo no comprendía.

Sanguinetti era partidario de esa razón de Estado y Salud Pública que viene de Roma. Leía mucho a Maquiavelo. Decía que había visto claramente que el político florentino no era el escritor inmoral que todo el mundo reprueba, sino un gran patriota y un pensador realista.

Esta frase de Maquiavelo la recordaba con frecuencia en sus conversaciones:

«Io indico bene questo che sia meglio essere impetuoso che rispetivo, perche la fortuna e donna.»

Yo también estaba más dispuesto a ser impetuoso que rispetivo; pero había que esperar la ocasión.