MIENTRAS EL VIENTO GIME
—Este caserío es mío—dijo de pronto Aviraneta—; me lo dejó un pariente en unas condiciones poco comunes. Por su mandato no le puedo cobrar al inquilino más que cincuenta francos al año; pero él tiene la obligación de reservarme los cuartos de este piso y de este lado que dan al mar.
—¡Cosa rara!
—Sí; era un tipo bastante extraño mi tío.
Comenzó a llover: se oía el redoblar de las gotas de agua que azotaban los cristales de las ventanas; todas las trompetas del viento sonaban al unísono, silbando, cantando, mugiendo; alguna ventana chirriaba en el enmohecido gozne con un quejido lastimero y terminaba dando un golpazo.
A veces, el viento, rugiente, parecía que iba a arrancar la casa y a llevarla en el aire; luego volvía a su moscardoneo manso y en algunos momentos se detenía, y entonces resonaba el rumor de la lluvia y el del mar.
—¿Para cuándo reserva usted su ingenio, maestro?—dijo de pronto Leguía.
—¿Por qué dices eso?
—Porque debía usted amenizar la velada contando algo interesante.
—¿Te aburres?
—¡Pse! Un poco.
—¡Claro! ¡Estás acostumbrado a la vida del gran mundo!
—Creo que exagera usted, maestro.
—No; no exagero. ¿Has escrito a Corito?
—Sí, ayer.
—Pues si quieres y no te parece más aburrido que no hacer nada, te contaré algunos episodios de mi vida.
—Eso es lo que le estaba pidiendo a usted.
—¿No te resultará pesado?
—De ninguna manera.
—No me vengas con cortesías. Ya sabes, Pello, que te conozco. Si no te gusta el proyecto, no he dicho nada.
—Me gusta, maestro, me gusta; una historia entretenida es para mí en este momento el complemento de la cena.
—Muy bien; eso me basta.
Aviraneta cruzó el comedor y abrió una puerta que daba a un cuarto contiguo. Este cuarto estaba lleno de cajas y de trastos viejos.
—¿Qué tiene usted ahí?—preguntó Leguía.
—Ahí tengo unos cuadros que unos chapelgorris amigos míos sacaron de unas iglesias de la Rioja.
—¿Sacaron? Quiere usted decir que los robaron.
—No vamos a reñir por cuestión de verbos; pon el que te dé la gana; pero te advierto que tu tío Fermín Leguía iba con ellos.
—Mi tío Fermín ha sido siempre un hombre enemigo de las supersticiones. ¿Y valen algo esos cuadros?
—Sí; los hay muy bonitos: tablas góticas de verdadero mérito.
—¿Y qué piensa usted hacer con todo eso? ¿Venderlo?
—No. ¡Ca! No soy tan positivista. Los guardaré para cuando tenga casa.
—Y usted, enemigo de la religión, ¿se va usted a pasar la vida mirando santitos? Vamos, don Eugenio, le creía a usted un hombre de más fuerza. Creo que va usted chocheando.
—Pello, eres un beocio. No quiero enseñarte mis cuadros. Eres indigno de contemplar una tabla gótica.
—Creo que sí, completamente indigno. ¿Qué tiene usted en ese armario?
—Este es el archivo secreto. Con esto podría echar abajo muchas reputaciones falsas de honradez, de valor, de moralidad...
—¿Y qué adelantaría usted?
—Quitar la máscara a muchos tunantes.
—¡Bah! Todos los hombres tienen su zona de luz y de sombra: unos más, otros menos. Hay que tomarlos como son.
—Esta es tu opinión, Pello; pero no la mía. En fin, dejemos eso. En este cuadernito tengo los apuntes y las fechas, por si alguna vez escribo mis Memorias para confundir a mis enemigos. Repito: si te aburre, dímelo.
—Venga esa historia—dijo Leguía, encendiendo un cigarro y tendiéndose en su improvisado diván.
Aviraneta se acercó al quinqué; abrió su cuaderno, sacó su lente y comenzó su narración.
II.
LAS DOS INFLUENCIAS
Soy un hombre de mala suerte, mi querido Pello, en parte mitigada por mi fuerza de voluntad grande. Soy de esos que no se desaniman fácilmente, ni consideran que una causa está perdida hasta que no ven medio alguno de encontrar una solución. No tengo nada de místico; ni creo que haya en el mundo más que fuerzas naturales; pero, aunque tuviera la sorpresa de encontrarme después de muerto con el infierno, no lo podría considerar como una cosa definitiva e irremediable, y mientras alentara, pensaría en buscar recursos para mejorar mi situación. La esperanza no la abandonaría nunca.
Mi filosofía, si es que a un político aventurero se le permite tener filosofía, ha sido siempre esa: trabajar con entusiasmo para conseguir las cosas, y cuando no las he conseguido, quedarme tranquilo y renunciar a ellas sin dolor alguno.
Como hombre de mala suerte, he sufrido bastantes desgracias; he presenciado catástrofes, derrotas, incendios, matanzas; patriota entusiasta, he sido testigo de dos invasiones extranjeras y del desmoronamiento del imperio colonial español; liberal y progresista, he visto a mi país padeciendo las reacciones más bárbaras; me ha herido la calumnia y el descrédito, privándome de todas las armas cuando necesitaba más de ellas; he pasado por casi todas las cárceles de España; he estado muchas veces a punto de ser fusilado... y, sin embargo, si volviera a vivir, volvería a hacer lo mismo de lo que hice.
—Hay que ser consecuente—murmuró Leguía, lanzando una bocanada de humo al aire.
—Lo dices con cierta sorna—replicó Aviraneta—. Ya sé que en el fondo te burlas de los de mi época. Los jóvenes de hoy vais siendo demasiado positivistas.
—¡Bah!
—Ya no estimáis más que los resultados. Adoradores del éxito.
—¡Claro! Es natural.
—Para mí no ha sido natural. Hay personas que sólo en determinadas condiciones se pueden poner en acción. Yo no he pensado esto nunca. Todas las ocasiones y todos los momentos me han parecido buenos para defender mis ideas e intentar mis planes. De militar, tan trascendental me parecía sorprender un correo como ganar una acción; de político, las elecciones de cualquier pueblo me han interesado tanto y me han parecido tan importantes como las de la capital. A las gentes que se agitan como yo, las personas tranquilas les llaman perturbadoras, anarquistas...
—Al grano, don Eugenio, al grano. Se pierde usted en disquisiciones, maestro.