CAPÍTULO IV
¡Oh, el amor, el amor!—¿Qué hace don Telmo? ¿Quién es don Telmo?—En el cual el estudiante Y Don Telmo toman ciertas proporciones novelescas.
A la Baronesa apenas se la veía en casa, excepto en las primeras horas de la mañana y de la noche. Comía y cenaba fuera. A creer a la patrona, era una trapisondista, y tenía grandes alternativas en su posición, pues tan pronto se mudaba a una casa buena y llevaba coche como desaparecía varios meses en el cuartucho infecto de una casa de pupilos barata.
La hija de la Baronesa, una niña de unos doce a catorce años, no se presentaba nunca en el comedor ni en el pasillo; su madre la prohibía toda comunicación con los huéspedes. Se llamaba Kate. Era una muchacha rubia, muy blanca y muy bonita. Sólo el estudiante Roberto hablaba con ella algunas veces en inglés.
El muchacho miraba a la chiquilla con entusiasmo.
Aquel verano debió de terminar la mala racha de la Baronesa, porque comenzó a hacerse ropa y se preparó a mudarse de casa.
Durante unas semanas iban todos los días una costurera y una aprendiza con trajes y sombreros para la Baronesa y Kate.
Manuel, una noche, vió pasar a la aprendiza de la costurera con una caja grande en la mano, y se sintió enamorado.
La siguió de lejos con gran miedo de que lo viera. Mientras iba tras ella, pensaba en lo que se le tendría que decir a una muchacha así, al acompañarla. Había de ser una cosa galante, exquisita; llegaba a suponer que estaba a su lado y torturaba su imaginación ideando frases y giros, y no se le ocurrían mas que vulgaridades. En esto, la aprendiza y su caja se perdieron entre la gente y no volvió a verlas.
Fué para Manuel el recuerdo de aquella chiquilla como una música encantadora, una fantasía, base de otras fantasías. Muchas veces ideaba historias, en que él hacía siempre de héroe y la aprendiza de heroína. En tanto que Manuel lamentaba los rigores del destino, Roberto, el estudiante rubio, se dedicaba también a la melancolía, pensando en la hija de la Baronesa. Algunas bromas tenía que sufrir el estudiante, sobre todo de la Celia, que, según malas lenguas, trataba de arrancarle de su habitual frialdad; pero Roberto no se ocupaba de ella.
Días después, un motivo de curiosidad agitó la casa.
Al volver de la calle los huéspedes, se saludaban en broma unos a otros, diciéndose, a manera de santo y seña: ¿Quién es don Telmo? ¿Qué hace don Telmo?
Un día estuvo el delegado de policía del distrito hablando en la casa con don Telmo, y alguien oyó o inventó que se ocuparon los dos del célebre crimen de la calle de Malasaña. La expectación entre los huéspedes al conocerse la noticia fué grande, y todos, entre burlas y veras, se pusieron de acuerdo para espiar al misterioso señor.
Don Telmo se llamaba el viejo cadavérico que limpiaba con la servilleta las copas y las cucharas, y su reserva predisponía a observarle. Callado, indiferente, sin terciar en las conversaciones, hombre de muy pocas palabras, que no se quejaba nunca, llamaba la atención por lo mismo que parecía empeñado en no llamarla.
Su única ocupación visible era dar cuerda a los siete u ocho relojes de la casa y arreglarlos cuando se descomponían, cosa que ocurría a cada paso.
Don Telmo tenía las trazas de un hombre profundamente entristecido, de un ser desgraciado; en su cara lívida se leía un abatimiento profundo. La barba y el pelo blancos los llevaba muy recortados; sus cejas caían como pinceles sobre los ojos grises.
En casa andaba envuelto en un gabán verdoso, con un gorro griego y zapatillas de paño. A la calle salía con una levita larga y un sombrero de copa muy alto, y sólo algunos días de verano sacaba un jipijapa habanero.
Durante más de un mes don Telmo fué el motivo de las conversaciones de la casa de huéspedes.
En el famoso proceso de la calle de Malasaña, una criada declaró que una tarde vió al hijo de doña Celsa en un aguaducho de la plaza de Oriente hablando con un viejo cojo. Para los huéspedes el tal hombre no podía ser otro que don Telmo. Con esta sospecha se dedicaron a espiar al viejo; pero él tenía buena nariz y lo notó al momento; viendo los huéspedes lo infructuoso de sus tentativas, trataron de registrarle el cuarto; ensayaron una porción de llaves hasta abrir la puerta, y se encontraron dentro con que no había mas que un armario con un cerrojo de seguridad formidable.
La vizcaína y Roberto, el estudiante rubio, rechazaron aquella campaña de espionaje. El Superhombre, el cura, los comisionistas y las mujeres de la casa inventaron que la vizcaína y el estudiante eran aliados de don Telmo, y, probablemente, cómplices en el crimen de la calle de Malasaña.
—Indudablemente—dijo el Superhombre—, don Telmo mató a doña Celsa Nebot; la vizcaína fué la que regó el cadáver con petróleo y le pegó fuego, y Roberto el que guardó las alhajas en la casa de la calle de Amaniel.
—¡Ese pájaro frito!—replicaba la Celia—. ¿Qué va hacer ése?
—Nada, nada; hay que seguirles la pista—dijo el cura.
—Y pedirle dinero al viejo Shylock—añadió el Superhombre.
Aquel espionaje, llevado entre bromas y veras, terminó en discusiones y disputas, y, a consecuencia de ellas, se formaron dos grupos en la casa: el de los sensatos, constituído por los tres criminales y la patrona, y el de los insensatos, en donde se alistaban todos los demás.
Esta limitación de campos hizo que Roberto y don Telmo intimaran, y que el estudiante cambiara de sitio en la mesa y se sentara junto al viejo.
Una noche, después de comer, mientras Manuel recogía de la mesa los cubiertos, los platos y copas, hablaban don Telmo y Roberto.
El estudiante era un razonador dogmático, seco, rectilíneo, que no se desviaba de su punto de vista nunca; hablaba poco, pero cuando lo hacía, era de un modo sentencioso.
Un día, discutiendo si los jóvenes debían o no ser ambiciosos y preocuparse del porvenir, Roberto aseguró que era lo primero que debía hacer uno.
—Pues usted no lo hace—dijo el Superhombre.
—Tengo el convencimiento absoluto—contestó Roberto—de que he de llegar a ser millonario. Estoy construyendo la máquina que me llenará de dinero.
El Superhombre, que se las echaba de mundano y de corrido, se permitió, al oír esto, una broma desdeñosa acerca de las facultades de Roberto, y éste le replicó de una manera tan violenta y tan agresiva, que el periodista se descompuso y balbuceó una porción de excusas.
Luego, cuando quedaron solos don Telmo y Roberto en la mesa, siguieron hablando, y del tema general de si los jóvenes debían o no ser ambiciosos, pasaron a tratar de las esperanzas que el estudiante tenía de llegar a ser millonario.
—Yo estoy convencido de que lo seré—dijo el muchacho—. En mi familia han abundado las personas de gran suerte.
—Eso está muy bien, Roberto—murmuró el viejo—; pero hay que saber cómo se hace uno rico.
—No crea usted que mi esperanza es ilusoria; yo tengo que heredar, y no poca cosa; tengo que heredar muchísimo... millones...; los cimientos de mi obra y el andamiaje están hechos; ahora el caso es que necesito dinero.
En el rostro de don Telmo se pintó una expresión de sorpresa desagradable.
—No tenga usted cuidado—replicó Roberto—, no se lo voy a pedir.
—Hijo mío, si yo tuviera se lo daría con mucho gusto y sin interés. A mí se me cree millonario.
—No; ya le digo a usted que no trato de sacarle ni un céntimo; lo único que le pediría a usted sería un consejo.
—Hable usted, hable usted; le escucho con verdadera atención—repuso el viejo, apoyando un codo en la mesa.
Manuel, que recogía el mantel, aguzó los oídos.
En aquel instante entró en el comedor uno de los comisionistas, y Roberto, que se preparaba a contar algo, se calló y contempló al intruso con impertinencia. Era un tipo aristocrático el del estudiante, de pelo rubio, espeso y peinado para arriba, bigote blanco, como si fuera de plata; la piel, algo curtida por el sol.
—¿No sigue usted?—le dijo don Telmo.
—No—replicó el estudiante, mirando al comisionista—, porque no quiero que nadie se entere de lo que yo hablo.
—Venga usted a mi cuarto—repuso don Telmo—; allí hablaremos tranquilamente. Tomaremos café en mi habitación. ¡Manuel!—dijo después—, vete por dos cafés.
Manuel, que tenía un gran interés en oír lo que contaba el estudiante, salió a la calle disparado. Tardó en volver con las cafeteras más de un cuarto de hora, con lo que supuso que Roberto habría terminado su narración.
Llamó en el cuarto de don Telmo y se preparó a tardar el mayor tiempo posible allí, para oír todo lo que pudiese de la conversación. Limpió el velador del cuarto de don Telmo con un paño.
—¿Y cómo averiguó usted eso—preguntaba don Telmo—si no lo sabía su familia?
—Pues de una manera casual—replicó el estudiante—. Hará dos años por esta época quise yo hacer un regalillo a una hermana, que es ahijada mía, y a quien le gusta mucho tocar el piano, y se me ocurrió, tres días antes de su santo, comprar dos óperas, encuadernarlas y enviárselas. Yo quería que encuadernasen el libro en seguida, pero en las tiendas donde entré me dijeron que no había tiempo; iba con mis óperas bajo el brazo por cerca de la plaza de las Descalzas, cuando veo en la pared trasera de un convento una tiendecilla muy pequeña de encuadernador, como una covachuela, con escaleras para bajar. Pregunto al hombre, un viejo encorvado, si quiere encuadernarme el libro en dos días, y me dice que sí. Bueno—le digo—, pues yo vendré dentro de dos días.—Se lo enviaré a usted; deme usted sus señas—. Le doy mis señas y me pregunta el nombre. Roberto Hasting y Núñez de Letona.—¿Es usted Núñez de Letona?—me pregunta, mirándome con curiosidad.—Sí, señor.—¿Es usted oriundo de la Rioja?—Sí, ¿y qué?—le digo yo, fastidiado con tanta pregunta—. Y el encuadernador, cuya mujer es Núñez de Letona y oriunda de la Rioja, me cuenta la historia ésta que le he dicho a usted. Yo, al principio, lo tomé a broma; luego, al cabo de algún tiempo, escribí a mi madre, y me contestó que sí, que recordaba algo de todo esto.
Don Telmo paró la vista en Manuel.
—¿Qué haces tú aquí?—le preguntó—. Anda fuera; no quiero que vayas contando después...
—Yo no cuento nada.
—Bueno, pues márchate.
Salió Manuel, y don Telmo y Roberto siguieron hablando. Los huéspedes interrogaron a Manuel, pero éste no quiso decir nada. Se había decidido por el bando de los sensatos.
Con esta amistad del viejo y el estudiante el servicio de espías siguió funcionando. Uno de los comisionistas averiguó que don Telmo celebraba contratos de retroventa y se dedicaba a prestar dinero sobre casas y muebles y a otros negocios usurarios.
Alguien le vió en una ropavejería del Rastro, que probablemente sería suya, y se inventó que en su cuarto guardaba monedas de oro y que de noche jugaba con ellas encima de la cama.
Se supo también que don Telmo iba a visitar con alguna frecuencia a una muchacha muy elegante y guapa, según unos querida suya, y, según otros, su sobrina.
Al siguiente domingo, Manuel sorprendió una conversación entre el viejo y el estudiante. En un cuarto obscuro había un montante que daba a la habitación de don Telmo, y desde allí se puso a oír.
—¿De manera que se niega a dar más datos?—preguntaba don Telmo.
—Se niega en absoluto—decía el estudiante—; y él me aseguró que el que no apareciera el nombre de Fermín Núñez de Letona en el libro parroquial era consecuencia de una falsificación; que esto lo mandó hacer un tal Shapfer, agente de Bandon, y que luego los curas se aprovecharon para apoderarse de unas capellanías. Yo tengo la certidumbre de que el pueblo en donde nació Fermín Núñez fué Arnedo o Autol.
Don Telmo contemplaba atentamente un pliego de papel grande: el árbol genealógico de la familia de Roberto.
—¿Qué camino cree usted que debía seguir?—preguntó el estudiante.
—Necesita usted dinero; pero ¡es tan difícil encontrarlo!—murmuró el viejo—. ¿Por qué no se casa usted?
—¿Y qué adelantaría?
—Con una mujer rica es lo que digo...
Aquí don Telmo se puso a hablar en voz baja, y tras breves palabras se despidieron los dos.
El espionaje de los huéspedes se hizo tan fastidioso para los espiados, que la vizcaína y don Telmo advirtieron a la patrona que se marchaban. La desolación de doña Casiana al saber su decisión fué grandísima; tuvo que recurrir varias veces al armario y dedicarse a los consuelos del líquido fabricado por ella.
Los huéspedes, con la fuga de la vizcaína y don Telmo, se encontraron tan chasqueados, que ni los líos de la Irene y la Celia, ni los cuentos del cura don Jacinto, que exageró la nota soez, bastaron para sacar de su mutismo a la gente.
El tenedor de libros, un hombre ictérico, de cara chupada y barba de judío de monumento, muy silencioso y tímido, que había roto a hablar intrigado por las cábalas ideadas y fantaseadas sobre la vida de don Telmo, se fué poniendo cada vez más amarillo de hipocondría.
La marcha de don Telmo la pagaron el estudiante y Manuel. Con el estudiante no se atrevían mas que a darle bromas acerca de su complicidad con el viejo y la vizcaína; a Manuel le chillaba todo el mundo, cuando no le daban algún puntapié.
Uno de los comisionistas, el enfermo del estómago, exasperado por el aburrimiento, el calor y las malas digestiones, no encontró otra distracción mas que insultar y reñir a Manuel mientras éste servía la mesa, viniera o no a cuento.
—¡Anda, ganguero!—le decía—. ¡Lástima de la comida que te dan! ¡Calamidad!
Esta cantinela, unida a otras del mismo género, comenzaba a fastidiar a Manuel. Un día el comisionista cargó la mano de insultos y de improperios sobre Manuel. Le habían enviado al chico por dos cafés, y tardaba mucho en venir con el servicio; precisamente aquel día no era suya la culpa de la tardanza, pues le hicieron esperar mucho.
—Te debían poner una albarda, ¡imbécil!—gritó el comisionista al verle entrar.
—No será usted el que me la ponga—le contestó de mala manera Manuel, colocando las tazas en la mesa.
—¿Que no? ¿Quieres verlo?
—Sí.
El comisionista se levantó y le pegó un puntapié a Manuel en una canilla, que le hizo ver las estrellas. Dió el muchacho un grito de dolor, y, furioso, agarrando un plato, se lo tiró a la cabeza del comisionista; éste se agachó; cruzó el proyectil el comedor, rompió un cristal de la ventana y cayó al patio, rompiéndose allí con estrépito. El comisionista cogió una de las cafeteras llenas de café con leche y se la tiró a Manuel, con tanto acierto, que le dió en la cara; bramó el chico, cegado por la ira y el café con leche, se lanzó sobre su enemigo, lo arrinconó, y se vengó de sus insultos y de sus golpes con una serie inacabable de puñetazos y patadas.
—¡Que me mata! ¡Que me mata!—chillaba el comisionista con unos gritos de mujer.
—¡Ladrón! ¡Morral!—vociferaba Manuel empleando el repertorio de insultos más escogido de la calle.
El Superhombre y el cura sujetaron por los brazos a Manuel, dejándole a merced del comisionista; éste trató de vengarse viendo al chico acorralado; pero cuando se disponía a pegarle, Manuel le dió una patada en el estómago que le hizo vomitar toda la comida.
Todos se pusieron en contra de Manuel; pero Roberto le defendió. El comisionista se marchó a su cuarto, llamó a la patrona y le dijo que no permanecería un momento en la casa mientras estuviera allí el hijo de la Petra.
La patrona, cuyo interés mayor era conservar el huésped, comunicó la decisión a su criada.
—Ya ves lo que has conseguido: ya no puedes estar aquí—dijo la Petra a su hijo.
—Bueno. Ese morral me las pagará—replicó el muchacho apretándose los chichones de la frente—. Le digo a usted que si le encuentro le voy a machacar los sesos.
—Te guardarás muy bien de decirle nada.
En este momento entró el estudiante en la cocina.
—Has hecho bien, Manuel—exclamó dirigiéndose a la Petra—. ¿A qué le insultaba ese mamarracho? Aquí todo dios tiene derecho a meterse con uno si no hace lo que los demás quieren. ¡Gentuza cobarde!
Al decir esto, Roberto se puso pálido de ira; luego se calmó y preguntó a la Petra:
—¿Adónde va usted a llevar ahora a Manuel?
—A una zapatería de un primo mío de la calle del Aguila.
—¿Está por barrios bajos?
—Sí.
—Algún día iré a verle.
Antes de acostarse Manuel, volvió a aparecer Roberto en la cocina.
—Oye—le dijo a Manuel—, si conoces algún sitio raro por barrios bajos donde haya mala gente, avísame: iré contigo.
—Le avisaré a usted, no tenga usted cuidado. Bueno. Hasta la vista. ¡Adiós!
Roberto le dió la mano a Manuel, y éste la estrechó muy agradecido.
SEGUNDA PARTE
CAPÍTULO PRIMERO
La regeneración del calzado y El león de la zapatería.—El primer domingo.—Una escapatoria. El «Bizco» y su cuadrilla.
El madrileño que alguna vez, por casualidad, se encuentra en los barrios pobres próximos al Manzanares, hállase sorprendido ante el espectáculo de miseria y sordidez, de tristeza e incultura que ofrecen las afueras de Madrid con sus rondas miserables, llenas de polvo en verano y de lodo en invierno. La corte es ciudad de contrastes; presenta luz fuerte al lado de sombra obscura; vida refinada, casi europea, en el centro vida africana, de aduar, en los suburbios. Hace unos años, no muchos, cerca de la ronda de Segovia y del Campillo de Gil Imón, existía una casa de sospechoso aspecto y de no muy buena fama, a juzgar por el rumor público. El observador...
En este y otros párrafos de la misma calaña tenía yo alguna esperanza, porque daban a mi novela cierto aspecto fantasmagórico y misterioso; pero mis amigos me han convencido de que suprima los tales párrafos, porque dicen que en una novela parisiense estarán bien, pero en una madrileña, no; y añaden, además, que aquí nadie extravía, ni aun queriendo; ni hay observadores, ni casas de sospechoso aspecto, ni nada. Yo, resignado, he suprimido esos párrafos, por los cuales esperaba llegar algún día a la Academia Española, y sigo con mi cuento en un lenguaje más chabacano.
Sucedió, pues, que al día siguiente de la bronca en el comedor de la casa de huéspedes, la Petra, muy de mañana, despertó a Manuel y le mandó vestirse.
Recordó el muchacho la escena del día anterior; la comprobó, llevándose la mano a la frente, pues aun le dolían los chichones, y por el tono de su madre comprendió que persistía en su resolución de llevarle a la zapatería.
Luego que se hubo vestido Manuel salieron madre e hijo de casa y entraron en la buñolería a tomar una taza de café con leche. Bajaron después a la calle del Arenal, cruzaron la plaza de Oriente, y por el Viaducto, y luego por la calle del Rosario, siguiendo a lo largo de la pared de un cuartel, llegaron a unas alturas a cuyo pie pasaba la ronda de Segovia. Veíase desde allá arriba el campo amarillento que se extendía hasta Getafe y Villaverde, y los cementerios de San Isidro con sus tapias grises y sus cipreses negros.
De la ronda de Segovia, que recorrieron en corto trecho, subieron por la escalinata de la calle del Aguila, y en una casa que hacía esquina al Campillo de Gil Imón se detuvieron.
Había dos zapaterías, ambas cerradas, una enfrente de la otra; y la madre de Manuel, que no recordaba cuál de las dos era la de su pariente, preguntó en una taberna.
—La del señor Ignacio es la de la casa grande—contestó el tabernero—. Creo que el zapatero vino ya, pero aun no ha abierto el almacén.
Madre e hijo tuvieron que esperar a que abrieran. No era la casa aquélla pequeña ni de mal aspecto; pero parecía que tenía unas ganas atroces de caerse, porque ostentaba, aquí sí y allí también, desconchaduras, agujeros y toda clase de cicatrices. Tenía piso bajo y principal, balcones grandes y anchos con los barandados de hierro carcomidos por el orín, y los cristales, pequeños y verdes, sujetos con, listas de plomo.
En el piso bajo de la casa, en la parte que daba a la calle del Aguila, había una cochera, una carpintería, una taberna y la zapatería del pariente de la Petra. Este establecimiento tenía sobre la puerta de entrada un rótulo que decía:
a la regeneración del calzado
El historiógrafo del porvenir seguramente encontrará en este letrero una prueba de lo extendida que estuvo en algunas épocas cierta idea de regeneración nacional, y no le asombrará que esa idea, que comenzó por querer reformar y regenerar la Constitución y la raza española, concluyera en la muestra de una tienda de un rincón de los barrios bajos, en donde lo único que se hacía era reformar y regenerar el calzado.
Nosotros no negaremos la influencia de esa teoría regeneradora en el dueño del establecimiento A la regeneración del calzado; pero tenemos que señalar que este rótulo presuntuoso fué puesto en señal de desafío a la zapatería de enfrente, y también tenemos que dar fe de que había sido contestado por otro aun más presuntuoso.
Una mañana los de A la regeneración del calzado se encontraron anonadados al ver el rótulo de la zapatería rival. Se trataba de una hermosa muestra de dos metros de larga, con este letrero:
«el león de la zapatería»
Esto aun era tolerable; pero lo terrible, lo aniquilador, era la pintura que en medio ostentaba la muestra. Un hermoso león amarillo con cara de hombre y melena encrespada, puesto de pie, tenía entre las garras delanteras una bota, al parecer, de charol. Debajo de la pintura se leía lo siguiente: La romperás, pero no la descoserás.
Era un lema abrumador: ¡Un león (fiera) tratando de descoser la bota hecha por el León (zapatería), y sin poderlo conseguir! ¡Qué humillación para la fiera! ¡Qué triunfo para la zapatería! La fiera, en este caso, era A la regeneración de calzado, que había quedado, como suele decirse, a la altura del betún.
Además del rótulo de la tienda del señor Ignacio, en uno de los balcones de la casa grande había un busto de mujer, de cartón probablemente, y un letrero debajo: Perfecta Ruiz; se peinan señoras; a los lados del portal, en la pared, colgaban varios anuncios, indignos de llamar la atención del historiógrafo antes mencionado, y en los cuales se ofrecían cuartos baratos con cama y sin cama, memorialistas y costureras. Sólo un cartel, en donde estaban pegados horizontal, vertical y oblicuamente una porción de figurines recortados, merecía pasar a la historia por su laconismo; decía:
«moda parisién. escorihuela, sastre»
Manuel, que no se había tomado el trabajo de leer todos estos rótulos, entró en la casa por una puertecilla que había al lado del portalón de la cochera, y siguió por un corredor hasta un patio muy sucio.
Cuando salió a la calle habían abierto la zapatería. La Petra y el chico entraron.
—¿No está el señor Ignacio?—preguntó ella.
—Ahora viene—contestó un muchacho que amontonaba zapatos viejos en el centro de la tienda.
—Dígale usted que está aquí su prima, la Petra.
Salió el señor Ignacio. Era un hombre de unos cuarenta a cincuenta años, seco y enjuto. Comenzaron a hablar la Petra y él, mientras el muchacho y un chiquillo seguían amontonando los zapatos viejos. Manuel les miraba, cuando el mozo le dijo:
—¡Anda, tú, ayuda!
Manuel hizo lo que ellos, y cuando terminaron los tres, esperaron a que cesaran de hablar la Petra y el señor Ignacio. La Petra contaba a su primo la última hazaña de Manuel, y el zapatero escuchaba sonriendo. El hombre no tenía trazas de mala persona; era rubio e imberbe; en su labio superior sólo nacían unos cuantos pelos azafranados. La tez amarilla, rugosa, los surcos profundos de su cara, el aire cansado, le daban aspecto de hombre débil. Hablaba con cierta vaguedad irónica.
—Te vas a quedar aquí—le dijo la Petra a Manuel.
—Bueno.
Este es un barbián—exclamó el señor Ignacio, riendo—; se conforma pronto.
—Sí; éste todo lo toma con calma. Pero, mira—añadió, dirigiéndose a su hijo—, si yo sé que haces alguna cosa como la de ayer, ya verás.
Se despidió Manuel de su madre.
—¿Has estado mucho tiempo en ese pueblo de Soria con mi primo?—le preguntó el señor Ignacio.
—Dos años.
—Y qué, ¿allí trabajabas mucho?
—Allí no trabajaba nada.
—Pues hijo, aquí no tendrás más remedio. Anda, siéntate a trabajar. Ahí tienes a tus primos—añadió el señor Ignacio, mostrando al mozo y al chiquillo—. Estos también son unos guerreros.
El mozo se llamaba Leandro, y era robusto; no se parecía nada a su padre: tenía la nariz y los labios gruesos, la expresión testaruda y varonil; el otro era un chico de la edad de Manuel, delgaducho, esbelto, con cara de pillo, y se llamaba Vidal.
Se sentaron el señor Ignacio y los tres muchachos alrededor de un tajo de madera, formado por un tronco de árbol con una gran muesca. El trabajo consistía en desarmar y deshacer botas y zapatos viejos, que en grandes fardos, atados de mala manera, y en sacos, con un letrero de papel cosido a la tela, se veían por el almacén por todas partes. En el tajo se colocaba la bota destinada al descuartizamiento; allí se le daba un golpe o varios con una cuchilla, hasta cortarle el tacón; después, con las tenazas, se arrancaban las distintas capas de suela; con unas tijeras se quitaban los botones y tirantes, y cada cosa se echaba en su espuerta correspondiente: en una, los tacones; en otras, las gomas, las correas, las hebillas.
A esto había descendido La regeneración del calzado: a justificar el título de una manera bastante distinta de la pensada por el que lo puso.
El señor Ignacio, maestro de obra prima, había tenido necesidad, por falta de trabajo, de abandonar la lezna y el tirapié para dedicarse a las tenazas y a la cuchilla; de crear, a destruir; de hacer botas nuevas, a destripar botas viejas. El contraste era duro; pero el señor Ignacio podía consolarse viendo a su vecino, el de El león de la zapatería, que sólo de Pascuas a Ramos tenía alguna mala chapuza que hacer.
La primera mañana de trabajo fué pesadísimo para Manuel; el estar tanto tiempo quieto le resultó insoportable. Al mediodía entró en el almacén una vieja gorda, con la comida en una cesta; era la madre del señor Ignacio.
—¿Y mi mujer?—le preguntó el zapatero.
—Ha ido a lavar.
—¿Y la Salomé? ¿No viene?
—Tampoco; le ha salido trabajo en una casa para toda la semana.
Sacó la vieja un puchero, platos, cubiertos y un pan grande de la cesta; extendió un paño en el suelo, sentáronse todos alrededor de él, vertió el caldo del puchero en los platos, en donde cada uno desmigó un pedazo de pan, y fueron comiendo. Después dió la vieja a cada uno su ración de cocido, y, mientras comían, el zapatero discurseó un poco acerca del porvenir de España y de los motivos de nuestro atraso, conversación agradable para la mayoría de los españoles que nos sentimos regenadores.
Era el señor Ignacio de un liberalismo templado, hombre a quien entusiasmaban esas palabras de la soberanía nacional y que hablaba a boca llena de la Gloriosa. En cuestiones de religión se mostraba partidario de la libertad de cultos; para él, el ideal hubiese sido que en España existiese el mismo número de curas católicos, protestantes, judíos, de todas las religiones, porque así, decía, cada uno elegiría el dogma que le pareciera mejor. Eso sí, si él fuera del Gobierno, expulsaría a todos los frailes y monjas, porque son como la sarna, que viven mejor cuanto más débil se encuentra el que la padece. A esto arguyó Leandro, el hijo mayor, diciendo que a los frailes, monjas y demás morralla lo mejor era degollarlos, como se hace con los cerdos, y que respecto a los curas, fuesen católicos, protestantes o chinos, aunque no hubiera ninguno, no se perdería nada.
Terció también la vieja en la conversación, y como para ella, vendedora de verduras, la política era principalmente cuestión entre verduleras y guardias municipales, habló de un motín en que las amables damas del mercado de la Cebada dispararon sus hortalizas a la cabeza de unos cuantos guindillas, defensores de un contratista del mercado. Las verduleras querían asociarse, y después poner la ley y fijar los precios; y eso a ella no le parecía bien.
—Porque ¡qué moler!—dijo—. ¿Por qué le han de quitar a una el género, si quiere venderlo más barato? Como si a mí se me pone en el moño darlo todo de balde.
—Pues, no, señora—le replicó Leandro—. Eso no está bien.
—¿Por qué no?
—Porque no; porque los industriales tienen que ayudarse, y si usted hace eso, pongo por caso, impide usted que otra venda, y para eso se ha inventado el socialismo, para favorecer la industria del hombre.
—Bueno; pues que le den dos duros a la industria del hombre y que la maten.
Hablaba la mujer muy cachazuda y sentenciosamente. Estaba su calma muy en perfecta consonancia con su corpachón, de un grosor y de una rigidez de tronco; tenía la cara carnosa y de torpes facciones; las arrugas profundas, bolsas de piel lacia debajo de los ojos; en la cabeza llevaba un pañuelo negro, muy ceñido y apretado a las sienes.
Era la señora Jacoba, así se llamaba, una mujer que no debía sentir ni el frío ni el calor: verano e invierno se pasaba las horas muertas sentada en su puesto de verduras de Puerta de Moros; si vendía una lechuga, desde que el sol nace hasta que se pone, vendía mucho.
Después de comer la familia del zapatero, fueron unos a dormir la siesta al patio de la casa, y otros se quedaron allí en el almacén.
Vidal, el hijo menor del zapatero, se tendió en el patio al lado de Manuel, y después de interrogarle acerca de la causa de aquellos chichones que apuntaban en la frente de su primo, le preguntó:
—¿Tú habías estado alguna vez en esta calle?
—Yo, no.
—Por estos barrios se divierte uno la mar.
—Sí, ¿eh?
—Ya lo creo. ¿Tú no tienes novia?
—Yo, no.
—Pues hay muchas chicas que están deseando tener avío.
—¿De veras?
—Sí, hombre. En la casa donde vivimos hay una chica muy bonita, amiga de mi novia. Te puedes quedar con ella.
—Pero vosotros, ¿no vivís en esta casa?
—No; nosotros vivimos en el arroyo de Embajadores; mi tía Salomé y mi abuela son las que viven aquí. Pero allá en mi casa se divierte uno; ¡gachó! las cosas que me han pasado a mí allí.
—En el pueblo en donde he estado yo—dijo Manuel, para no dejarse achicar por su primo—había montes más altos que veinte casas de éstas.
—En Madrid también hay la Montaña del Príncipe Pío.
—Pero no será tan grande como la del pueblo.
—¿Que no? Si en Madrid está todo lo mejor.
Molestaba bastante a Manuel la superioridad que su primo quería asignarse, hablándole de mujeres con el tono de un hombre experimentado que las conoce a fondo. Después de echar la siesta y de terminar una partida al mus, en que se enzarzaron el zapatero y unos vecinos, volvieron el señor Ignacio y los muchachos a su faena de cortar tacones y destripar botas. Se cerró de noche el almacén; el zapatero y sus hijos se fueron a su casa. Manuel cenó en el cuarto de la señora Jacoba la verdulera, y durmió en una hermosa cama, que le pareció bastante mejor que la de la casa de huéspedes.
Ya acostado, pesó el pro y el contra de su nueva posición social, y, calculando si el fiel de la balanza se inclinaría a uno u otro lado, se quedó dormido.
Al principio, la monotonía en el trabajo y la sujeción atormentaban a Manuel; pero pronto se acostumbró a una cosa y otra, y los días le parecieron más cortos y la labor menos penosa.
El primer domingo dormía Manuel a pierna suelta en casa de la señora Jacoba, cuando entró Vidal a despertarle. Eran más de las once; la verdulera, según su costumbre, había salido al amanecer para su puesto, dejando al muchacho solo.
—¿Qué haces?—le preguntó Vidal—. ¿Por qué no te levantas?
—Pues ¿qué hora es?
—La mar de tarde.
Se vistió Manuel de prisa y corriendo, y salieron los dos de casa; cerca, enfrente de la calle del Aguila, en una plazoleta, se reunieron a un grupo de granujas que jugaban al chito, y observaron muy atentos las peripecias del juego.
Al mediodía Vidal le dijo a su primo:
—Hoy vamos a comer allá.
—¿En vuestra casa?
—Sí; anda, vamos.
Vidal, cuya especialidad eran los hallazgos, encontró cerca de la fuente de la Ronda, que está próxima a la calle del Aguila, un sombrero de copa, viejo, de grandes alas, escondido el cuitado en un rincón, quizá por modestia, y empezó a darle de puntapiés y a echarlo por el alto; se asoció Manuel a la empresa, y entre los dos llevaron aquella reliquia, venerable por su antigüedad, desde la ronda de Segovia a la de Toledo, y de ésta a la de Embajadores, hasta dejarla, sin copa y sin alas, en medio del arroyo. Cometida esta perversidad, Manuel y Vidal desembocaron en el paseo de las Acacias y entraron en una casa cuya entrada mostraba un arco sin puerta.
Pasaron los dos muchachos por una callejuela, empedrada con cantos redondos, hasta un patio, y después, por una de sus muchas escalerillas subieron al balcón del piso primero, en el cual se abría una fila de puertas y de ventanas pintadas de azul.
—Aquí vivimos nosotros—dijo Vidal, señalando una de aquellas puertas.
Pasaron adentro; era la casa del señor Ignacio pequeña: la componían dos alcobas, una sala, la cocina y un cuarto obscuro. El primer cuarto era la sala, amueblada con una cómoda de pino, un sofá, varias sillas de paja y un espejo verde, lleno de cromos y de fotografías, envuelto en una gasa roja. Solía la familia del zapatero hacer de comedor este cuarto los domingos, por ser el más espacioso y el de más luz.
Cuando llegaron Manuel y Vidal, hacía tiempo que los esperaban. Sentáronse todos a la mesa, y la Salomé, la cuñada del zapatero, se encargó de servir la comida. Manuel no conocía a la Salomé. Era parecidísima a su hermana, la madre de Vidal. Las dos, de mediana estatura, tenían la nariz corta y descarada, los ojos negros y hermosos; a pesar de su semejanza física, las diferenciaba por completo su aspecto: la madre de Vidal, llamada Leandra, sucia, despeinada, astrosa, con trazas de malhumor, parecía mucho más vieja que la Salomé, aunque no la llevaba mas que tres o cuatro años. La Salomé mostraba en su semblante un aire alegre y decidido.
¡Y lo que es la suerte! La Leandra, a pesar de su abandono, de su humor agrio y de su afición al aguardiente, estaba casada con un hombre trabajador y bueno, y, en cambio, la Salomé, dotada de excelentes condiciones de laboriosidad y buen genio, había concluído amontonándose con un gachó entre estafador, descuidero y matón, del cual tenía dos hijos. Por un espíritu de humildad o de esclavitud, unido a un natural independiente y bravío, la Salomé adoraba a su hombre, y se engañaba a sí misma, para considerarlo como tremendo y bragado, aunque era un cobarde y un gandul. El bellaco se había dado cuenta clara de la cosa, y cuando le parecía bien, con un ceño terrible aparecía en la casa y exigía los cuartos que la Salomé ganaba cosiendo a máquina, a cinco céntimos las dos varas. Ella le daba sin pena el producto de su penoso trabajo, y muchas veces el truhán no se contentaba con sacarle el dinero, sino que la zurraba además.
Los dos niños de la Salomé no estaban este día en casa del señor Ignacio; los domingos, después de ponerlos muy guapos y bien vestidos, su madre los enviaba a casa de una parienta suya, maestra de un taller, en donde pasaban la tarde.
En la comida, Manuel escuchó, sin terciar en la conversación. Se habló de una de las muchachas de la vecindad que se había ido con un chalán muy rico, hombre casado y con familia.
—Ha hecho bien—dijo la Leandra, vaciando un vaso de vino.
—Si no sabía que era casado...
—¿Qué más da?—contestó la Leandra, con aire indiferente.
—Mucho. ¿A ti te gustaría que una mujer se llevara tu marido?—preguntó la Salomé a su hermana.
—¡Psch!
—Sí; ahora ya se sabe—interrumpió la madre del señor Ignacio—. ¡Si de dos mujeres no hay una honrá!
—Bastante se adelanta con ser honrá—repuso la Leandra—: miseria y hambre... Si no se casara una, podría una alternar y hasta tener dinero.
—Pues no sé cómo—replicó la Salomé.
—¿Cómo? Aunque fuese haciendo la carrera.
El señor Ignacio desvió con disgusto la vista de su mujer, y el hijo mayor, Leandro, miró a su madre de un modo torvo y severo.
—¡Bah!, eso se dice—arguyó la Salomé, que quería discutir la cuestión impersonalmente—; pero a ti no te hubiera gustado que te insultaran por todas partes.
—¿A mí? ¡Bastante me importa a mí lo que digan!—contestó la zapatera—. ¡Ay, qué leñe! Si me dicen golfa, y no soy golfa..., ya ves: corona de flores; y si lo soy..., pata.
El señor Ignacio se sentía ofendido, y desvió la conversación, hablando del crimen de las Peñuelas: se trataba de un organillero celoso que había matado a su querida por una mala palabra; la cuestión apasionaba; cada uno dió su parecer. Concluyó la comida, y el señor Ignacio, Leandro, Vidal y Manuel salieron a la galería a echar la siesta mientras las mujeres quedaban dentro hablando.
En el patio, todos los vecinos sacaban el petate fuera, y, en camiseta, medio desnudos, sentados unos, tendidos los otros, dormían en las galerías.
—Anda, tú, vamos—dijo Vidal a Manuel.
—¿Adónde?
—Con los Piratas. Hoy tenemos cita; nos estarán esperando.
—Pero ¿qué piratas?
—El Bizco y esos.
—¿Y por qué los llaman así?
—Porque son como los piratas.
Bajaron Manuel y Vidal al patio; salieron de casa y descendieron por el arroyo de Embajadores.
—Pues nos llaman los Piratas—dijo Vidal—, de una pedrea que tuvimos. Unos chicos del paseo de las Acacias se habían formado con palos, y llevaban una bandera española, y, entonces, yo, el Bizco y otros tres o cuatro, empezamos con ellos a pedradas y les hicimos escapar; y el Corretor, uno que vive en nuestra casa y que nos vió ir detrás de ellos, nos dijo: «—Pero vosotros, ¿sois piratas o qué? Porque si sois piratas debéis llevar la bandera negra». Y al día siguiente yo cogí un delantal obscuro de mi padre y lo até en un palo y fuimos detrás de los que llevaban la bandera española, y por poco no se la quitamos; por eso nos llaman los piratas.
Llegaron los dos primos a una barriada miserable y pequeña.
—Esta es la Casa del Cabrero—dijo Vidal—; aquí están los socios.
Efectivamente; se hallaba acampada toda la piratería. Allí conoció Manuel al Bizco, una especie de chimpancé, cuadrado, membrudo, con los brazos largos, las piernas torcidas y las manos enormes y rojas.
—Este es mi primo—añadió Vidal, presentando Manuel a la cuadrilla; y después, para hacerle más interesante, contó cómo había llegado a casa con dos chichones inmensos producidos en lucha homérica sostenida contra un hombre.
El Bizco miró atentamente a Manuel, y viendo que Manuel le observaba a su vez con tranquilidad, desvió la vista. La cara del Bizco producía el interés de un bicharraco extraño o de un tic patológico. La frente estrecha, la nariz roma, los labios abultados, la piel pecosa y el pelo rojo y duro, le daban el aspecto de un mandril grande y rubio.
Desde el momento que llegó Vidal, la cuadrilla se movilizó y anduvieron todos los chicos merodeando por la Casa del Cabrero.
Llamaban así a un grupo de casuchas bajas con un patio estrecho y largo en medio. En aquella hora de calor, a la sombra, dormían como aletargados, tendidos en el suelo, hombres y mujeres medio desnudos. Algunas mujeres en camisa, acurrucadas y en corro de cuatro o cinco, fumaban el mismo cigarro, pasándoselo una a otra y dándole cada una su chupada.
Pululaba una nube de chiquillos desnudos, de color de tierra, la mayoría negros, algunos rubios, de ojos, azules. Como si sintieran ya la degradación de su miseria, aquellos chicos no alborotaban ni gritaban.
Unas cuantas chiquillas de diez a catorce años charlaban en grupo. El Bizco y Vidal y los demás las persiguieron por el patio. Corrían las chicas medio desnudas, insultándoles y chillando.
El Bizco contó que había forzado algunas de aquellas muchachitas.
—Son todas puchereras, como las de la calle de Ceres—dijo uno de los piratas.
—¿Hacen pucheros?—preguntó Manuel.
—Sí; buenos pucheros.
—Pues ¿por qué son puchereras?
—Pu... lo demás—añadió el chico haciendo un corte de mangas.
—Que son zorras, tartamudeó el Bizco—. Pareces tonto.
Manuel contempló al Bizco con desprecio, y preguntó a su primo:
—¿Pero esas chicas?
—Ellas y sus madres—repuso Vidal con filosofía—. Casi todas las que viven aquí.
Salieron los Piratas de la Casa del Cabrero, bajaron a una hondonada, después de pasar al lado de una valla alta y negra, y por en medio de Casa Blanca desembocaron en el paseo de Yeserías.
Se acercaron al Depósito de cadáveres, un pabellón blanco próximo al río, colocado al comienzo de la Dehesa del Canal. Le dieron vuelta por si veían por las ventanas algún muerto, pero las ventanas estaban cerradas.
Siguieron andando por la orilla del Manzanares, entre los pinos torcidos de la Dehesa. El río venía exhausto, formado por unos cuantos hilillos de agua negra y de charcos encima del barro.
Al final de la Dehesa de la Arganzuela, frente a un solar espacioso y grande, limitado por una valla hecha con latas de petróleo, extendidas y clavadas en postes, se detuvo la cuadrilla a contemplar el solar, cuya área extensa la ocupaban carros de riego, barrederas mecánicas, bombas de extraer pozos negros, montones de escobas y otra porción de menesteres y utensilios de la limpieza urbana.
A uno de los lados del solar se levantaba un edificio blanco, en otra época iglesia o convento, a juzgar por sus dos torres y el hueco de las campanas abierto en ellas.
Anduvo la cuadrilla husmeando por allí; pasaron los chicos por debajo de un arco, con un letrero, en donde se leía: «Depósito de Caballos Padres»; y por detrás del edificio con trazas de convento llegaron cerca de unas barracas de esteras sucias y mugrientas: chozas de aduar africano, construídas sobre armazón de palitroques y cañas.
El Bizco entró en una de aquellas chozas y salió con un pedazo de bacalao en la mano.
Manuel sintió un miedo horrible.
—Me voy—dijo a Vidal.
—¡Anda éste!...—exclamó uno con ironía—. Pues no tienes tú poco sorullo.
De pronto otro de los chicos gritó:
—A najarse, que viene gente.
Echaron todos los de la cuadrilla a correr por el paseo del Canal.
Se veía Madrid envuelto en una nube de polvo, con sus casas amarillentas. Las altas vidrieras relucían a la luz del sol poniente. Del paseo del Canal, atravesando un campo de rastrojo, entraron todos por una callejuela en la plaza de las Peñuelas; luego, por otra calle en cuesta, subieron al paseo de las Acacias.
Entraron en el Corralón, Manuel y Vidal, después de citarse con la cuadrilla para el domingo siguiente, subieron la escalera hasta la galería de la casa del señor Ignacio, y cuando se acercaron a la puerta del zapatero oyeron gritos.
—Padre está zurrando a la vieja—murmuró Vidal—. Lo que haya hoy que jamar aquí, pa el gato. Me marcho a acostar.
—Y yo, ¿cómo voy a la otra casa?—preguntó Manuel.
—No tienes mas que seguir la Ronda hasta llegar a la escalera de la calle del Aguila. No hay pérdida.
Manuel siguió el camino indicado. Hacía un calor horrible; el aire estaba lleno de polvo: jugaban algunos hombres a los naipes a las puertas de las tabernas, y en otras, al son de un organillo, bailaban abrazados.
Cuando llegó Manuel frente a la escalera de la calle del Aguila, anochecía. Se sentó a descansar un rato en el Campillo de Gil Imón. Veíase desde allá arriba el campo amarillento, cada vez más sombrío con la proximidad de la noche, y las chimeneas y las casas, perfiladas con dureza en el horizonte. El cielo azul y verde arriba se inyectaba de rojo a ras de la tierra, se obscurecía y tomaba colores siniestros, rojos cobrizos, rojos de púrpura.
Asomaban por encima de las tapias las torrecitas y cipreses del cementerio de San Isidro; una cúpula redonda se destacaba recortada en el aire; en su remate se erguía un angelote, con las alas desplegadas, como presto para levantar el vuelo sobre el fondo incendiado y sangriento de la tarde.
Por encima de las nubes estratificadas del crepúsculo brillaba una pálida estrella en una gran franja verde, y en el vago horizonte, animado por la última palpitación del día, se divisaban, inciertos, montes lejanos.