III
AVIRANETA Y MERINO
El señor Sánchez de Mendoza, que tuvo por la mañana la sorpresa de oír el exabrupto de María de Taboada a Aviraneta, escuchó por la noche una conversación en la fonda de Francia, que le sumió en el colmo del estupor.
Había ido Sánchez de Mendoza por la tarde a visitar al ex ministro carlista Cabañas, su antiguo jefe en las oficinas del Real, quien le convidó a cenar. Don Francisco Xavier escuchó las opiniones del ex ministro con gran atención y recogió sus confidencias en su pecho como en un vaso sagrado.
Al terminar la cena, Cabañas dijo a Sánchez de Mendoza:
—Yo estoy un poco cansado y me voy a la cama. ¿Usted podría en un momento repasar unas cuentas?
—Sí, señor; ya lo creo, con mucho gusto.
—Entonces, yo me marcho. Pida usted algo, si quiere, aquí.
—Muy bien; pediré un café.
Se marchó el ex ministro Cabañas y el señor Sánchez de Mendoza quedó en un rincón del comedor, medio oculto por un gran armario, haciendo números.
No había nadie en la sala más que Aviraneta, que estaba cenando de espaldas a él. Sánchez de Mendoza pensó en acercarse a don Eugenio; pero la frase de infame traidor que había oído por la mañana, dirigida a Aviraneta, le contuvo. No sabía qué fondo podía tener aquello; pero de todas maneras no le pareció oportuno acercarse a él.
En esto se abrió la puerta de cristales del comedor de la fonda y apareció un viejo pequeño, vestido de negro, muy atezado, con levita larga y sombrero redondo.
El viejo se sentó a una mesa y llamó imperiosamente, dando con un cuchillo en el plato.
Era un viejo flaco, calvo, con un pañuelo negro en la cabeza y algunos pelos grises en las sienes; los ojos hundidos en las órbitas, la expresión dura y sardónica y la boca de labios finos.
Aviraneta, al ver entrar al viejo, debió de mirarlo, y el viejo se acercó a él.
—¿Eres tú, Eugenio? —le preguntó con sorpresa.
—Yo soy, don Jerónimo.
Sánchez de Mendoza comprendió, al oír el nombre, que aquel viejo era el cura Merino, el célebre guerrillero, el paladín esforzado del trono y del altar.
—No creí que te vería ya —dijo Merino.
—Yo tampoco a usted —replicó Aviraneta.
—Ya hace treinta y tantos años que nos conocimos.
—Es verdad. ¿Va usted a cenar?
—Sí. Tomaré un par de huevos. ¿Tú quieres cenar?
—He cenado ya. Gracias. Tomaré otro café.
Merino encargó su cena. Echó los huevos a un vaso y se puso a tomarlos con un poco de pan. Después comió una manzana, bebió un vaso de agua, encendió un cigarro y comenzó a fumar. Sus ojos brillaban como los de un aguilucho bajo las cejas espesas y cerdosas; los pocos dientes, amarillos, de su boca mascaban el cigarro.
—¿Qué haces aquí, si se puede saber? —preguntó don Jerónimo.
—Veo lo que pasa.
—¿Y qué te parece?
—¡Qué me va a parecer! Bien. ¿Y a usted?
—A mí, mal. ¿Sigues siendo revolucionario?
—Sí. ¿Usted sigue siendo servil?
—¡Servil! Nunca lo he sido.
—Cierto; fue usted liberal en algún tiempo.
—No es verdad.
—A mí me habló usted en Madrid, hace veinticinco años, de trabajar por la Constitución.
—Siempre he aborrecido la canalla.
—No sé a qué llama usted la canalla.
—A los liberales, a los cristinos, a los que quieren cambiar la religión y la forma de un país porque sí —repuso Merino con cólera.
—Yo llamo canalla a ese pobre imbécil de don Carlos —replicó Aviraneta—; llamo también canalla a esos aristócratas grotescos, con los cuales usted se mezcla; usted, el cura de Villoviado, guerrillero y pastor; usted, plebeyo, unido con esa gente ridícula, como un perro de ganado con perrillos falderos; llamo también canalla a esa tropa de curas y de frailes que quieren jugar a los grandes generales...
—¡Con qué gusto te fusilaría! —exclamó Merino, pegando un puñetazo en la mesa.
—Yo también le hubiera fusilado a usted cuando le cogí preso en Tordueles. Si no lo hice no fue por falta de ganas. Ahora, ya no. ¿Para qué? Ya no es usted nadie.
—¿Y tú?
—Yo nadie tampoco, pero veo la realidad.
—Crees verla.
—No; la veo y unas veces me río y otras siento tristeza. Pensar que gran parte de esta guerra se ha hecho por la legitimidad, ¡la legitimidad de don Carlos!, del hijo de una mujer como María Luisa que reconoció en Roma que ninguno de sus hijos era de su marido.
—¿Y eso qué importa?
—Nada; a mí, nada; pero me da risa y tristeza.
—Todo eso está en la significación —arguyó Merino—. ¿A mí qué me importa de quién es hijo Carlos V? ¿Es que hay alguna diferencia entre una bandera roja, una negra y otra blanca, que la que le da el teñido? El pedazo de algodón o de hilo es igual y, sin embargo, los unos nos agrupamos alrededor de una y morimos por ella, y los otros también. Esa bandera es la idea. Me extraña que no lo comprendas.
—Sí, lo comprendo, lo comprendo. Una cosa tan estúpida y tan bestia como esta guerra tiene que tener una razón.
—¿A ti te parece estúpida y bestia?
—Completamente.
—¿Solo por nuestra parte?
—No, por las dos partes. Los unos y los otros han hecho mil bestialidades y mil torpezas.
—Los liberales las han hecho mayores.
—Y ustedes también.
—Yo he hecho lo que han hecho todos.
—¡Bah! ¿Qué ha hecho usted? Asesinar, matar para mayor gloria de Dios. Si se mira usted las manos las tiene usted que ver llenas de sangre.
—¿Y tú?
—Yo no soy cura. Yo no predico que todos somos hermanos. Además, he predicado más noblemente que usted. Usted ha sabido escaparse como un conejo cuando le perseguían, ha defendido usted a un pobre mentecato en su derecho al trono. Poco haber para pasar a la historia.
—¿El tuyo es mayor?
—Yo al menos he vivido con entusiasmo ideas nobles, que serán las del porvenir; he peleado con el Empecinado, que valía más que usted, al menos como hombre, porque tenía más corazón y más alma. Sí, he peleado con el Empecinado a quien asesinaron los amigos de usted de una manera miserable, he acompañado a Lord Byron en Grecia. Ahora peleo por la libertad.
—¡Gran mérito!
—Para mí, grandísimo.
—Como militar has fracasado, Eugenio.
—Sí; es verdad. Entre nosotros los liberales y entre ustedes ha habido siempre un ambiente de intrigas y de zancadillas, en el cual una persona digna no podía vivir ni prosperar.
—En otro país hubieras avanzado más.
—Seguramente.
—¿Ves? Eres enemigo de España.
—No.
—Sí, eres enemigo de España, indisciplinado y soberbio. Todos los vascos os creéis que no necesitáis para nada de los demás. Os bastan vuestros fueros, no queréis ni rey ni Roque.
—Se puede vivir con república.
—No me importa que seas republicano, lo que no acepto es tu antiespañolismo.
—¿Yo antiespañol?
—Sí. Recuerda en la guerra de la Independencia. Tú querías hacer la guerra de distinta manera que los campesinos: querías lucirte, hacer el faraute, tener conferencias con los franceses. Yo, no; yo quería lo que quería el pueblo, porque soy más demócrata que tú.
—En ese sentido no digo que no.
—En todos.
Los dos hombres estuvieron un momento callados, contemplándose atentamente. Sánchez Mendoza los miraba desde su escondrijo presa del mayor asombro. Las palabras de Aviraneta le tenían trastornado.
—Has de reconocer que en la guerra he marchado más lejos que tú —dijo Merino.
—No lo dudo. Ha sido usted un buen militar; el grado de general se lo ha ganado usted con sus puños.
—¿Lo reconoces?
—¿Cómo no reconocerlo? Pero ha puesto usted todas sus condiciones en una mala causa. Dentro de cien años, España será liberal, todo lo liberal que pueda ser España. Quedará lejanamente el nombre de Mina, del Empecinado, de Espartero, de Zurbano..., del cura Merino, ¿quién se acordará? Nadie.
—Es verdad. Nadie se acuerda de los vencidos.
—De algunos, sí.
—Somos enemigos irreconciliables, Eugenio, y, sin embargo...
—Ese mismo sin embargo digo yo.
—¡Adiós, Eugenio!
—¡Adiós, don Jerónimo!
Ninguno de los dos se alargó la mano, pero los dos se pusieron de pie, rígidos, duros, implacables. Aquellos dos pajarracos siniestros se contemplaron un momento pensativos. Don Francisco Xavier los miraba con una estupefacción creciente. Alvarito quizá hubiera pensado que tanto el uno como el otro eran muy dignas figuras de aparecer en la Nave de los Locos. Después de un momento de silencio Merino tomó la palabra.
—Ya, probablemente, no nos volveremos a ver; le queda a uno poco que vivir.
—Todavía está usted bien.
—No. Esto va para abajo. No tengo miedo a la muerte.
—Ya lo sé.
—¡Adiós!
—¡Adiós!
El cura Merino salió del comedor; Aviraneta dio un paseo cabizbajo y se marchó a su habitación.
Sánchez Mendoza se levantó e hizo delante de un espejo varios gestos de asombro.
El cura Merino salía al día siguiente de Bayona hacia su destierro de Alenzón, donde murió tres años después.
Todas aquellas historias le interesaban a Alvarito; pero, naturalmente, le hubiera interesado mucho más que le proporcionaran algunas noticias de Manón. Ni Dolores ni Rosa en sus cartas mentaban a la nieta de Chipiteguy. Parecía como si hubiera desaparecido del planeta.
SÉPTIMA PARTE
LOCOS Y CUERDOS
I
EL PEINADO
La dueña de la fonda de Molina y don Juan Juvenal, el cura, le recomendaron a un arriero. El arriero iba a Albarracín. Se llamaba Antonio Gómez, el Peinado.
—El Peinado no es hombre simpático —advirtió el cura a Alvarito—; es un manchego muy pagado de sí mismo, pero hombre de confianza. Eso sí, muy pedante. Le dirá a usted que la diferiencia que hay entre una cosa y otra es grande y si usted le dice que sí, que efectivamente, que la diferencia es grande, él le corregirá y volverá a decir diferiencia, para que usted se fije bien y tome nota. Le dirá también aptitud por actitud, ojepto por objeto, etcétera, etc.
A Alvarito esto no le importaba gran cosa; no iba a tratar con un arriero de asuntos gramaticales.
Llamaron al Peinado, Alvarito se entendió con él respecto al precio y al día siguiente salieron juntos.
El Peinado, hombre pequeño, moreno, de cara juanetuda, pelo negro entrecano, frente estrecha y color oscuro, usaba bigote grueso y patillas cortas. Muy sabihondo, muy redicho, de gran sentido práctico sanchopancesco y de gran seriedad, no reía nunca.
El Peinado se manifestaba muy puntilloso, con una idea de la honra exageradísima, muy mala opinión de las mujeres y no muy buena de los hombres. Tipo con alma de seminarista o de leguleyo, para él el refrán a tiempo o el juego de palabras oportuno, constituía una victoria. Los triunfos en la conversación envanecían al Peinado y los consideraba de gran importancia.
Era también el arriero el hombre de los distingos.
—¿Esto es así o no? —le preguntaban.
—Puede que sí y puede que no —contestaba él puntualizando y echándoselas de ingenioso.
—¿Pero es bueno o es malo?
—Según. Es bueno y malo. Es bueno en tal caso y malo en tal otro.
Todos aquellos distingos y sutilezas impacientaban e irritaban a Alvarito, que recordaba el buen sentido tranquilo de Chipiteguy.
El Peinado, muy partidario de los refranes, como el señor Blas, recordaba sobre todo con fruición los mal intencionados y crueles.
Al comenzar el viaje, hablaron Álvaro y el arriero manchego de la fonda de Molina, y el Peinado contó que la dueña estaba reñida con su hijo, y para explicar las disensiones de la familia, añadió:
—Ya se sabe que humo, gotera y mujer vocinglera, echan al hombre de su casa fuera.
El Peinado siempre hacía el comentario malévolo. Poco después de salir de Molina, al pasar por una encrucijada del camino, en el puente del río Gallo, al parecer lugar de mala fama, dijo con intención aviesa:
—Aquí, desde tiempo inmemorial, se asegura que suelen apostarse los ladrones.
—¡Bah!, no tengo miedo a los ladrones —saltó Alvarito—. Lo que me choca es que los arrieros que andan por estos caminos tengan siempre tanto miedo.
El Peinado protestó y dijo que él no conocía el miedo.
—Pues yo creía que estaba usted asustado —le replicó con sorna Alvarito.
—Se lo advertía a usted.
—¿Para qué? si se presentan ladrones en ese sitio es inútil advertirlo de antemano, a no ser que quisiera uno renunciar al viaje, y yo no pienso en ello.
El Peinado contempló a su compañero con sorpresa.
Alvarito, acostumbrado a viajar sin premura, se iba olvidando de todos sus asuntos y preocupaciones; ya apenas recordaba nada; Manón se le presentaba como una imagen borrosa; lo próximo era la jornada del día, el comer, el cenar, el dormir...
Hablaron mucho el Peinado y Álvaro. El arriero, además de su tendencia conceptuosa, manifestó un espíritu agresivo en coplas contra los pueblos. Al hablar de las mujeres de Molina, el Peinado cantó:
Carlistas las de Molina,
las de Sigüenza valientes,
bonitas las de Brihuega,
y p... las de Cifuentes.
Estas chicas de Cifuentes, aunque probablemente sin más culpa que las de otros pueblos, tenían mala fama y en otra relación del Peinado, Alvarito le oyó decir:
No compres mula en Tendilla,
ni en Brihuega compres paño,
ni te cases en Cifuentes,
ni amistes en Marchamalo.
La mula te saldrá falsa,
el paño te saldrá malo,
la mujer te saldrá p...
y hasta el amigo contrario.
El Peinado advirtió con malicia que los de Cifuentes, en vez de decir: Ni te cases en Cifuentes, decían: Ni te cases en Sigüenza.
Verdaderamente, la hidalguía castellana andaba muy por los suelos en estos dichos.
Todavía el Peinado recitó otra relación desacreditadora, que decía así:
En Sayatón,
en cada casa un ladrón;
en casa del alcalde,
los hijos y el padre;
en casa del alguacil,
hasta el candil.
Musa, tan fríamente agresiva, no era muy del gusto de Alvarito, quien ante todo deseaba el sentimiento poético y popular o si no la alegría un poco loca y estruendosa.