IX
FANTASÍAS
Una enfermedad es como el viaje hecho por un mar de dolor, de angustia y de melancolía, con islas extrañas, canales misteriosos y acantilados cortados a pico. Un dolor se parece a veces a la nube ensombrecedora del horizonte; otro, al escollo peligroso por delante del cual se ha de pasar.
La enfermedad es también Nave de los Locos, con tripulaciones de sombras gesticulantes y disparatadas; es un carnaval del cerebro con bacanales furiosas y fantásticas zarabandas.
Cuando el espíritu pierde sus frenos, los colores, los sonidos y los dolores se convierten unos en otros, una punzada se transforma en imagen luminosa y desagradable, la pulsación de una arteria en rumor de catarata o en molino donde se muelen piedras sin ningún objeto.
¡Cuántas veces, al cerrar los ojos, a Alvarito se le convertía la retina en extraño caleidoscopio! ¡Cuántas veces le vino a la imaginación el río oscuro de Bayona y se sintió arrastrado por la corriente y envuelto en sus aguas negras y sombrías!
En ocasiones pensaba encontrarse en estado de lucidez extraordinaria, consecuencia única de la fiebre, y creía resolver y comprender muchas cosas hasta entonces para él completamente oscuras.
Una porción de sueños sombríos y espantosos le sobrecogieron en aquella temporada. Algunos de estos sueños se confundieron, se esfumaron y llegaron a borrarse; otros, no; quedaron grabados fuertemente en su espíritu, como la huella de un buril en el metal.
Uno de los sueños, sobre todo, tardó mucho tiempo en olvidar. En este sueño se encontraba preso en un calabozo inmundo, con hombres horribles y famélicos, astrosos, tristes y amarillos, como figuras de cera.
De pronto comprendía la posibilidad de escapar, y por una aspillera estrecha, metiendo el cuerpo con grandes dificultades y apuros, salía al glacis de la muralla y echaba a correr por un foso lleno de agua negra y fangosa.
Atravesaba arcos, galerías, corredores; miraba desde el parapeto de una torre parecida a la de la iglesia de Belascoáin y salía por una poterna estrecha a un pueblo misterioso, de calles angostas, análogas a las del barrio viejo de Bayona.
Marchaba por una calle igual a la de los Vascos, pero muy distinta en detalles, cuando de pronto veía a un hombre dentro de una tienda, un hombre gris, con gabán gris y anteojos.
¿Era el voceador del crimen de las figuras de cera o el señor Silhouette? No lo sabía y se empeñaba en averiguarlo. Debía de ser el señor Silhouette, porque en la tienda, y siguiendo las prácticas de su oficio de empresario de pompas fúnebres, tomaba las medidas de unos muertos colocados simétricamente sobre una mesa y veía si coincidían con las de unos ataúdes.
El hombre de pelo gris, gabán gris y anteojos, salía a la calle, y al ver a Alvarito manifestaba una gran repulsión e intentaba alejarse, escabullirse de su lado. Álvaro marchaba detrás de él con una rabia de sabueso de policía, irritado por producir tanto desprecio.
El hombre del gabán gris corría mucho, y cuando llevaba gran delantera, se paraba y espiaba desde una esquina. Álvaro iba decidido con cólera hacia él, y el hombre, entonces, le volvía la espalda y marchaba de prisa con un movimiento burlón e insultante.
Por fin, aquella figura gris entraba sin ruido en una casa negra.
Esta casa Alvarito la conocía muy bien, aunque no recordaba su nombre. Parecía la casa del Reducto; pero se diferenciaba de ella en ser más alta, más sombría y tener muchas más ventanas.
El hombre misterioso comenzaba a subir una escalera. Alvarito iba detrás. Eran unas escaleras interminables. Alvarito conocía muchísimo estas escaleras. No había visto otra cosa. Estaban llenas de puertas y se abrían en lucernas pálidas que parecían ojos. Se llegaba a un rellano y venía otro, y después otro...
De pronto, el hombre gris se detenía en un descansillo, abría una mampara verde con un óvalo de cristal, que daba a una sala con unas cortinas, unos espejos y una alfombra. En la sala misteriosa, un señor melancólico, de negro, con una carta en la mano, la metía rápidamente en una carpeta.
El hombre gris abría otra puerta; Álvaro le seguía y se encontraba con otro señor que repetía la misma operación: cogía una carta de encima de la mesa y la guardaba con cuidado.
Por último, el hombre gris abría una tercera puerta y por ella se veía un campo con un río y luego al joven Ollarra que caía desde lo alto de una tapia y se rompía en pedazos en el suelo.
La indignación de Alvarito, al ver estas fantasías, iba en aumento. Dispuesto a aplastar al hombre gris, se lanzaba sobre él y le cogía, y al agarrarle se encontraba con sorpresa que no tenía más que ropa.
Desesperado, le entraban ganas de llorar, y entonces veía al voceador con su traje gris, parecido al señor Silhouette, y a todas las figuras de cera alineadas en el almacén de Chipiteguy.
Alvarito sintió intenso deseo de tirarlas al suelo y de patearlas; pero notó que alguien le sujetaba los brazos y se despertó bañado en sudor.
CUARTA PARTE
VUELTA A BAYONA
I
NOTICIAS
Cuando Alvarito se encontró mejor, lo bastante bien para salir a la calle, se sintió muy melancólico.
Todas las ideas y preocupaciones tristes se agolparon en su imaginación. Lo visto y lo imaginado, la realidad y el sueño, le parecieron igualmente horribles pesadillas.
Alvarito recordó también las estampas de la Nave de los Locos, de casa de Chipiteguy, y pensó que considerar el mundo como absurdo y zarrapastroso carnaval no es una locura, pues lo visto por él en el viaje más parecía una serie de extravagancias carnavalescas que otra cosa.
La Dama Locura se paseaba por los rincones de España, asolados y destrozados por la guerra; pero la Dama Locura de los campos españoles no era mujer fina y sonriente, graciosa y amable, como la de las estampas de Holbein, sino una mujerona bestial, que negra de humo y de pólvora, borracha de maldad y de lujuria, iba quemando casas, fusilando gente, violando y matando.
Ya comenzaba Alvarito a encontrarse bien cuando recibió carta de su hermana Dolores y de su padre.
Su hermana le contaba las últimas noticias de Bayona. Manón le había escrito varias veces a la Ciudadela, sin recibir respuesta. Manón preguntó después en Pamplona por Álvaro y le contestaron que se encontraba bien. Manón, probablemente ofendida con Alvarito por su silencio, aceptando la proposición de su abuelo, se había marchado a un colegio a París.
Alvarito se desesperó. ¿Por qué causa no recibió las cartas? Pensó en averiguarlo; pero ya, ¿para qué? El mal estaba hecho. Alvarito se sentía fatalista y deprimido.
—Es el Destino —se dijo a sí mismo.
Al recuperar las fuerzas volvió a Bayona. En casa le encontraron muy flaco y muy triste.
Su hermana Dolores le contó cómo Manón, preocupada con su silencio, había llegado a creer, sin duda, que él tenía algún motivo contra ella y que por eso no la quería escribir.
Alvarito se desesperó.
—¡Qué se va a hacer! —se dijo—. Es el Destino adverso.
Días después, Álvaro recibió una de las cartas de Manón, que venía devuelta, y en cuyo sobre estaba borrado Pamplona y puesto Menorca. ¿Quién podía ser el autor de esta mala obra? ¿Qué causa podía tener de enemistad contra él? No lo comprendía.
Al día siguiente, Alvarito fue a la casa del Reducto y Chipiteguy le recibió conmovido y le abrazó llorando. El viejo parecía más débil, más impresionable y más sentimental que antes.
Se contaron sus respectivas aventuras.
Chipiteguy había andado tres meses en España de un lado para otro, maltratado por sus carceleros.
En Almandoz, el sacristán, que le vigilaba, le reprochaba a cada paso el sacrilegio de haber robado las cruces de las iglesias y le hablaba constantemente del infierno, que le esperaba muy próximo, porque le quedaba poco tiempo de vida. El se justificaba diciendo que le habían encargado de llevar las custodias a Francia, y aseguraba que sus enemigos no querían más que sacarle dinero. Cuando llegaba Malhombre, le amenazaba.
De Almandoz, Chipiteguy fue llevado a Zugarramurdi, y allí le tuvieron una semana metido en la cueva de las Lamias, en compañía de unos prisioneros liberales, la mayoría muchachos jóvenes.
De Zugarramurdi, trasladado a Urdax, vivió varias semanas, enfermo y muy miserablemente, en un granero, hasta que Gabriela la Roncalesa le montó en un mulo y lo llevó en distintas etapas hasta un pueblo del Roncal y desde allá pudo entrar en Francia.
Chipiteguy quiso que Alvarito volviera a su casa.
—Pero si ha cerrado usted la tienda y no hay nada que hacer —dijo Alvarito—. ¿Para qué quiere usted que esté aquí?
—No importa, ven; todavía tenemos que hacer. Además vivirás conmigo.
El viejo mandó a la andre Mari que pusiera el cuarto de Alvarito en el segundo piso, y como si estuviera más contento que de ordinario, entonó su canción de bravura, Atera, atera; pero la voz, cascada, temblaba al cantar.
Desde que el viejo Chipiteguy volvió de su cautiverio de Urdax se encontraba enfermo y malhumorado. La gota exacerbada le producía grandes y agudos dolores; sufría con los cálculos, le ahogaba la tos y se quejaba de todo.
Su suspicacia había aumentado de tal manera, que la menor cosa le producía desconfianza.
Chipiteguy adquirió carácter de viejo maniático.
A la andre Mari y a la Baschili las reñía a cada paso; únicamente trataba bien a Alvarito.
De Manón hablaba poco, y si algún extraño comenzaba a referirse a ella, cortaba en seguida la conversación. Unas veces daba a entender que la muchacha se hallaba en París en un colegio, otras que estaba en casa de unos parientes.
Alvarito se enteró entonces por primera vez de que una hermana de Chipiteguy, bastante más joven que él, servía desde hacía muchos años de ama de llaves en una familia aristocrática parisiense. Al parecer, la señorita Dollfus tenía gran ascendiente en la casa. Alvarito no sabía sus señas. De saberlo hubiera escrito a Manón, por si acaso vivía allí.
Chipiteguy pasaba horas y horas en sus almacenes, en donde aún quedaba mucho género. A veces, aunque pocas, pedía a Alvarito que le ayudase.
Mientras el viejo revolvía todas sus antiguallas, se dedicaba al soliloquio. Alvarito le escuchaba con gran interés. Muchas veces el viejo le daba la impresión de un sonámbulo o de un loco.
Un día le encontró sentado registrando unos cajones y con un gran cesto delante.
—Haremos liquidación de todo —mascullaba el viejo—: cruces..., insignias de estos miserables, Orleans y Borbones que son capaces de vender a su pueblo y a su madre... al cesto... ¡Hem! ¡Hem! paparruchas teatrales de Bonaparte y compañía... al cesto... Uniformes, espadines, tricornios y bonetes de cura..., al cesto. Es lo que debía hacer la sociedad, coger los trastos de la religión y de la Monarquía y echarlos a la basura. ¡Hem! ¡Hem! Es donde debían de estar... pero esto haría la sociedad si tuviera sentido común... ¿y cuándo la sociedad y el hombre han tenido sentido común? Nunca, ¿y cuándo la tendrán? En el mismo tiempo. Es decir, nunca jamás. Es como yo. Igual que yo. ¡Hem! ¡Hem! ¿Quién anda ahí? ¿Anda ahí alguien?
El viejo se levantó, miró por los rincones del almacén, se asomó a la puerta y volvió a sentarse.
—Parece que no hay nadie —murmuró medio gruñendo—. Sí, la sociedad es como yo. Yo le he dicho a mi nieta: Manón, no me escribas, no te ocupes de mí. Tienes que vivir en una sociedad estúpida, que si sabe que eres la nieta de un trapero, te lo echará en cara y te despreciará. Pues bien, que no lo sepan esos miserables. No te ocupes de mí, olvídame. ¡Hem! ¡Hem! ¿Y ella que ha hecho? Ella ha tomado al pie de la letra la recomendación y no se acuerda de mí que la quiero con toda mi alma y no me escribe. Ah, ¡viejo imbécil! ¿De qué te ha servido la experiencia? ¡Hem! ¡Hem! ¿No sabías que las mujeres son así, crueles, indiferentes, duras para los débiles y humildes para los fuertes? ¿Es que creías que tu nieta iba a ser una excepción a la regla? Lo que te pasa es justo castigo a tu imbecilidad. ¡Hem! ¡Hem! Podías haber pensado en ti antes que en ella y entonces ella te hubiera contemplado, te hubiese mirado como a un viejo amable, con quien hay que ser cariñoso. Se hubiera casado con algún buen muchacho, como Alvarito y hubiéramos sido todos felices. Pero las ambiciones nos han perdido. Yo las tenía por ella y para ella. Me he permitido la estupidez de ser generoso, de no pensar más que en ella. ¡Hem! ¡Hem! Ahora sí creo que anda alguien. ¿Qué diablos me quieren? ¿Quién me busca? No, pues no hay nadie, será alguno en la calle que grita o algún carro que pasa.
El viejo escuchó atentamente. No se oía nada.
—Tengo alucinaciones —exclamó con tristeza—. ¡Qué le vamos a hacer!, ya no me queda más que un resto de vida, que es como un harapo sucio y roto. ¡Hem! ¡Hem! Si aún tuviera fuerza, saldría, con el saco al hombro, a gritar: ¡Atera! ¡Atera! por las calles, y alguno al verme diría: Ese trapero tiene una nieta que es una princesa; pero no tengo fuerza, soy tan viejo y tan estropeado como estas antiguallas que me rodean y a mí me tendrán que echar el primero al cesto de la basura. ¡Hem! ¡Hem!
En todos sus soliloquios que repetía con frecuencia, el viejo Chipiteguy, se mostraba siempre así, misántropo, hipocondriaco, más anticlerical y más antimonárquico que nunca.