EL CONVENTO DE MONSANT
I.
UNA CIUDAD LEVANTINA
A orillas del Mediterráneo y en el fondo de una ensenada hay una pequeña ciudad blanca colocada sobre alta colina y rodeada por una sierra que forma gran anfiteatro de montes desnudos y pedregosos.
Ondara, nombre que unos consideran de origen griego y otros de origen ibérico, se repliega en la falda de un cerro, promontorio destacado de la cordillera que penetra en el mar.
Este promontorio, llamado por los romanos Promontorio Ondarœ, tiene un viejo castillo en la cumbre, y debió ser en otro tiempo una Acrópolis donde se encerraban las tropas con su caudillos a la llegada del enemigo y se guardaban los dioses lares de la ciudad.
La gran sierra, en anfiteatro, de Ondara se levanta al acercarse al mar en un monte más alto, denominado el Monsant.
El Monsant limita la bahía de Ondara por el norte. Hacia el interior tiene un picacho cónico y desnudo, gigante abrumado en la soledad, que debió ser en otro tiempo un volcán, con sus aristas y surcos, por donde corrió la lava. Hacia el mar avanza formando un cabo, como una proa formidable rota por alguna convulsión ígnea en láminas negras, hendidas por rajaduras, en cuyo fondo penetra el agua y golpea como un ariete.
El desmoronamiento del Monsant ha dejado pequeños archipiélagos rocosos: tritones negros que se bañan entre los meandros blancos de las olas y de las espumas.
Neptuno y Anfitrite, con su cortejo de nereidas y de sirenas, parecen presidir estos locos desvaríos del mar.
La ensenada de Ondara, cerrada al norte por el Monsant, circunscrita por la sierra con sus rocas azules por la mañana y moradas al anochecer, termina hacia el sur en una punta baja de arena con un faro en su extremo. Tiene esta ensenada dos playas grandes, abiertas, llenas de pedruscos, ennegrecidas por las algas, y un puerto natural al pie mismo de las casas.
Durante el primer tercio del siglo XIX Ondara era todavía pueblo de alguna importancia estratégica; tenía un castillo y una muralla.
El castillo había sufrido mucho durante la guerra de la Independencia; los cañones estaban desmontados; las casamatas, destruídas; por todas partes quedaban reliquias de una lucha violenta y tenaz.
La muralla general del pueblo, de poco valor defensivo, era baja, sin fosos ni obras exteriores, a trechos aspillerada y a trechos no, interrumpida por baluartes y torreones circulares, con sus correspondientes garitas.
Esta pared moderna, blanca y de poca altura, que rodeaba la ciudad, se unía al castillo y tenía hacia el puerto una explanada grande, llamada la Glorieta, y un hornabeque con sus baterías.
Había, además de la pared baja, que circunvalaba a Ondara, restos de fortificaciones, antiguos lienzos de muralla de color de ámbar dorados por el sol de los siglos y ennegrecidos por el aire del mar.
Uno de éstos, el más extenso, cerraba un gran barranco que existía entre el castillo y el barrio de pescadores.
Era una cortina de piedra de grandes bloques tallados. Los eruditos no se hallaban muy de acuerdo en señalar la época de construcción de esta muralla. Unos la consideraban del tiempo de los etruscos, fundadores de la ciudad; otros, de origen romano.
Los eclécticos afirmaban que había parte de muro antiquísima; otra, romana, y otra, reedificada por los árabes.
El conjunto de murallas de Ondara levantadas en distintas épocas se unía, trazando un 8, encerrando en sus dos círculos el castillo y la ciudad.
Se comprendía que antiguamente Ondara debió de ser fortaleza importante, casi inexpugnable; del lado del mar tenía que ser muy difícil su conquista, y difícil también del lado de tierra, guardando los pasos de su anfiteatro de montañas.
Todavía fuera de su recinto la ciudad presentaba vestigios de defensa, y a la entrada del puerto, sobre unas rocas, se levantaban dos torrecillas negras medio derruídas: una, llamada el Fortín, y la otra, la Torreta.
La ciudad de Ondara, muy vieja en sus ruinas y muy nueva en sus construcciones, era casi en su totalidad moderna. Únicamente la iglesia mayor, y algunas casas próximas a la muralla, procedían de edades pretéritas.
La iglesia mayor, de traza gótica, tenía una fachada pintada de color azul claro, con una portada barroca y una galería con remates en forma de jarrones.
Esta iglesia se levantaba en el centro de una plazoleta, y se erguía sobre el caserío ondarense con su torre cuadrada y su cúpula de azulejos verdes.
Por dentro, la alta nave mostraba las nervaduras de sus columnas y sus ojivas pintadas de amarillo, y en las claves tenía escudos coloreados.
En las capillas resplandecían los grandes altares churriguerescos, con sus columnas salomónicas retorcidas, y las tablas antiguas pintadas por maestros imitadores de los flamencos.
Otra iglesia existía en Ondara, hacia el puerto; los arqueólogos no hubiesen encontrado en ella belleza alguna; sin embargo, pintada de azul y de rosa, daba la impresión de juventud y de fuerza de una aldeana rozagante.
El caserío de Ondara, agrupado en torno de la iglesia, en la colina del castillo, tenía un aire de inocencia, de beatitud, de paz; parecía un rebaño blanco que rodease a su pastor. En las azoteas de las casas se secaban al sol trapos de mil colores. A los pocos tejados del pueblo la humedad del mar los llenaba de musgo y hacía brotar en ellos hierbales frondosos y verdes.
Ondara no ofrecía nada de caprichoso ni de pintoresco; tenía un barrio de campesinos y otro de pescadores. El centro lo formaban dos o tres calles bastante anchas, con comercios importantes. Paseaban por ellas los señoritos desocupados, los jóvenes militares, arrastrando el sable, y los curas, con su gran teja y las manos a la espalda, recogiendo el manteo por detrás. A ciertas horas cruzaban grupos de mocitas muy garbosas, muy limpias y pizpiretas, que trabajaban en el embalaje de las naranjas.
De vez en cuando pasaba algún coche o una tartana de familia rica, y los jóvenes sabían inmediatamente si era Vicenteta o Doloretes, o el padre o la madre de una de éstas, la que iba en el carruaje.
Fuera de las calles céntricas y comerciales, las demás eran rectas, bastante anchas y desiertas. Las casas, bajas, sin alero, de grandes puertas y rejas pintadas de verde, se alineaban una tras otra, inundadas de sol, como ensimismadas en la calma soñolienta.
Los transeúntes eran escasos.
Sólo por la mañana se veían viejas vestidas de negro, de ojos desconfiados, y alguna con su poco de barba, que sacaban una llave de debajo del manto, abrían un postigo y cerraban después dando un gran portazo, manifestando su desprecio para el resto de los mortales.
El barrio de pescadores era lo más pintoresco de Ondara: allí se veían calles estrechas y en cuesta, con casuchas pequeñas, chozas, barcas metidas en los corrales y una población marinera expresiva, exagerada y gesticulante. Los hombres trabajaban, hablando, gritando, en su lengua mediterránea; las viejas, ennegrecidas por el sol, componían redes y velas, y los chiquillos haraposos, con harapos rojos, amarillos, verdes, de los colores más vivos, correteaban con los pies descalzos...
Si Ondara no presentaba nada extraordinario desde el punto de vista arqueológico, poseía una luz mágica que la doraba, la hermoseaba, la convertía a ciertas horas en una ascua de oro, en una ciudad de fuego, y en otras le daba un aire de pueblo oriental, de inmovilidad, de calma y de luz.
Como todas las ciudades del Mediterráneo, nacidas del beso suave de la tierra con el mar, Ondara tenía algo armónico por encima del caos producido por la mezcla de muchas razas y de diversas gentes.
Era ciudad provinciana y cosmopolita, campesina y pescadora. En ella el ser más humilde, el pescador más mísero, llevaba en el cerebro, por la misma limitación del mar interior, una idea del mundo. Allí cerca estaba el Africa, con sus misterios; más lejos, Grecia, Roma, Egipto, con sus ciudades opulentas de cielo incomparable y de suelo fecundo...
El habitante obscuro del Atlántico mira el mar como un final ilimitado; el habitante obscuro del Mediterráneo mira el mar como un camino.
De ahí quizá su superioridad colectiva, su sentido social.
Para un hombre llegado de las costas del Atlántico, las orillas del mare nostrum guardan siempre una sorpresa, que a veces toma aspecto de lección. En estas aguas azules del mar latino, que cantan eternamente en las costas, el hombre vive una vida ligera y elástica; allá, a veces, parece superficial lo que en otras partes parece profundo; allá la marea no amenaza constantemente al hombre como en el Océano, y la vida humana se desarrolla en el contacto plácido de la tierra con el mar; de la tierra, que es la patria y la ciudad; del mar, que por el remo o por la vela se convierte en el camino del mundo...
A pesar de esto, la misma magia de la decoración, la misma esplendidez del fondo, hace en estos lugares que el hombre parezca de contornos más limitados, más acusados y quizá por esto más pequeño.
II.
EL CASTILLO
El castillo era un peñón árido que se destacaba de la sierra y avanzaba hundiendo en el mar sus acantilados rojos y amarillentos.
Contemplado a lo lejos apenas se advertía en él mas que alguno que otro lienzo de muralla de color de ceniza, la torre de señales y las baterías altas de su cumbre.
Desde el puerto aparecía imponente con sus paredones grandes de piedra, dorados por el sol; sus torres, sus baterías, sus fortines, sus garitas verdinegras, los traveses, que iban trazando zig-zag por los glacis, y los viejos cañones, que miraban al mar.
La tierra, rojiza, de entre muralla y muralla tenía rincones con almendros y melocotoneros, que en primavera resplandecían como ramos de nieve y de rosa, y taludes con viñas y hierbas salvajes esmaltadas de flores amarillas y azules.
Subiendo al castillo y entrando en su recinto se veía que era ya una ruina, un amontonamiento confuso de murallas viejas, griegas, romanas, visigodas, árabes y alguna que otra moderna.
Los militares consideraban la restauración de la fortaleza casi inútil, y el Gobierno no tenía, al parecer, intenciones de artillarla.
El castillo tenía tres puertas: la puerta de Tierra, que salía cerca de la plaza de la Iglesia; la de la Marina, que miraba al muelle, y la del Socorro, que daba al campo.
Esta última, de extramuros, servía para recibir refuerzos y auxilios del exterior en el caso de que la ciudad estuviese rebelada contra el Poder o se hallara ocupada por el enemigo.
Entrando por la puerta de la Marina y pasando por un puente levadizo, limitado por cadenas y flanqueado por dos garitas, se atravesaba un arco, a uno de cuyos lados estaba el cuerpo de guardia.
Allí, en unos bancos, solía verse a los soldados sentados, mientras que el oficial paseaba por delante del muelle o fumaba en una mecedora.
Del arco de entrada partía una cuesta muy agria, que pasaba por debajo de un túnel de ocho o diez pasos de largo, y al salir de él se desembocaba en un anchurón con casamatas, parque de municiones y almacén de pólvora.
Desde aquí el camino se bifurcaba; uno iba por la izquierda mirando a la sierra; el otro, por la derecha, frente al mar. Los dos se encontraban en la explanada de una batería y rodeaban la ciudadela.
El camino de la izquierda pasaba por encima del pueblo, amenazándole con sus viejas torres, rojizas, guarnecidas con matacanes, y sus baluartes del tiempo de Vauban; luego iba la contraescarpa dando vista a la campiña, limitada por el anfiteatro de montañas, que comenzaba en el Monsant y seguía por las otras alturas que formaban la sierra.
El camino de la derecha presentaba puntos de vista admirables; tenía al principio una batería enlosada, la batería de la Marina, encima mismo del puerto.
Los cañones de esta batería eran de bronce, verdes, con escudos y letreros, y pesadas cureñas llenas de adornos. Era aquel sitio uno de los más pintorescos del Castillo. Por entre las almenas se veía el mar. Una garita de piedras, vacilantes, colgada en el vacío, con un agujero redondo en el suelo, dejaba ver el puerto a vista de pájaro.
Saliendo de la batería de la Marina, el camino escalaba una cuesta, corría por encima de los acantilados, pasaba por delante de la Cueva de Pastor, que terminaba en el mar, y llegaba a la batería de las Damas. Aquí la vista se había alargado, ensanchado, enriquecido.
Más arriba se hallaba la batería de San Antón, donde se encontraban los dos caminos que daban la vuelta al monte, y, desde esta batería, subía otro camino, que escalaba lo más alto del promontorio. Desde aquí se divisaban dos o tres pabellones, una torre grande y cuadrada, el Macho, una pequeña azotea convertida en jardín, el Mirador, y una última batería, la batería del Rey, sin muralla ni troneras, desde la cual, los morteros podían disparar en todas direcciones.
De lo alto de aquella altísima explanada se abarcaba el paisaje y el pueblo, excepto algunas rinconadas muy próximas al castillo.
Dominábase desde la altura, como de ninguna otra parte, la sierra, Ondara, el mar azul y las rocas del cabo de Monsant.
El pueblo, acurrucado debajo del castillo, tenía un aire ensimismado y soñoliento; centelleaban sus luceros de cristal, la cúpula de azulejos de su iglesia, sus tejados verdosos y sus azoteas, llenas de ropas blancas. En los alrededores, al borde de las sendas, crecían las grandes piteras entrecruzando sus láminas verdes y agudas como puñales, cubiertas de polvo.
Hacia la sierra, el campo fulguraba ardoroso y requemado; en las partes bajas algunos pequeños huertos de hortalizas regados por acequias mostraban su verdura, y otros más grandes de naranjos brillaban en invierno con sus constelaciones de frutos dorados entre el obscuro follaje. En los repechos y faldas de la sierra se respaldaban alquerías rodeadas de bosquecillos, de olivos y de almendros. En las cumbres, los montes secos y pedregosos, como formados por ceniza y piedra pómez, erizaban sus aristas, y los caminos blancos parecían sembrados de yeso.
En una cuesta, dos filos de cipreses, interrumpidas por cruces de piedra, escalaban una altura hasta llegar al camposanto.
En lo más elevado del castillo, sobre el antiguo promontorio ardoroso y calcinado, estaba el jardín del Mirador. Este jardín era un repecho de la muralla, anejo al pabellón donde vivía el coronel que mandaba las fuerzas de la ciudadela. Tenía el Mirador una torrecilla, llamada el Castellet, y unas escaleras para subir a la batería del Rey.
Desde allí se dominaba el mar, el mar azul, de un color espléndido, intenso, bajo el cielo fulgurante.
A lo lejos, sobre un acantilado que parecía de mármol, brillaba la mancha blanca de un pueblecito.
En el Mirador brotaban rosales con rosas de todos colores; jazmines mezclados con mirtos y con el follaje obscuro de los naranjos. Una adelfa, de flor encendida, parecía una cascada de fuego.
La coronela cuidaba con mucho cariño las plantas del Mirador.
Todos los días, los soldados sacaban agua para regar el jardín de una cisterna, la cisterna del Moro, que era antigua, revestida de piedra y profundísima.
En el castillo de Ondara había de guarnición dos compañías de infantería y un destacamento de artillería. Esta pequeña fuerza, que apenas llegaba a cuatrocientos hombres, contaba con una oficialidad numerosa, mandada por un coronel titulado gobernador.
Este, con su mujer, vivía en uno de los pabellones del castillo; en otro pabellón habitaban, con sus familias, un comandante y un capitán. Los demás oficiales tenían sus casas en el pueblo.
Por las tardes de primavera y otoño, y el verano, por las noches, solía haber tertulia en el Mirador del castillo. La coronela hacía los honores en su jardín, e iban a saludarla los oficiales distinguidos de la guarnición.
III.
LOS SOSPECHOSOS
Una tarde de mayo, al caer el sol, después de un día ardoroso y sofocante, el puerto de Ondara se veía más animado que de ordinario. Estaban desembarcando dos laúdes de carbón llegados de Ibiza, y volvían al mismo tiempo de retorno las lanchas de los pescadores.
El mar estaba azul, de un azul casi negro, tranquilo, sosegado; sobre su anchura brillaban, como alas mágicas, las triangulares velas latinas.
El sol poniente iluminaba la tierra. El castillo centelleaba en sus acantilados rojizos y amarillentos. Parte del pueblo refulgía como un ascua, y saltaban chispas de incendio de las vidrieras, de los luceros y de los azulejos; parte, hundido en la sombra, se bañaba en un aire de color de violeta.
En el muelle, los cargadores, con sus gorros rojos, iban y venían llevando fardos; los carpinteros de ribera aserraban cuadernas y armaban las costillas de las barcas en esqueleto, tendidas en los arsenales; los chicos jugaban y correteaban como gorriones, acercándose a la lancha que llegaba; las viejas componían redes, y algunos carabineros, sentados en un banco, delante de la puerta de la Marina, hablaban entre sí. Mozos, negros por el sol, con aire de piratas berberiscos, cargados con cuévanos llenos de pececillos brillantes, pasaban delante de los carabineros, pagaban unos cuartos y entraban en las calles voceando pescado.
En las tabernas, los marineros hablaban a gritos; otros, agrupados en las mesas, oían las explicaciones sabias de algún piloto experto y decidido: viejo Palinuro, conocedor de las corrientes y de los vientos...
En esto, a la caída de la tarde, se presentó a unas millas de Ondara un barco, que produjo gran sorpresa en el pueblo. Era un navío de alto bordo que, en aquel momento, se acercaba con sus velas blancas desplegadas, fantástico, como una alucinación.
El atalayero de la fortaleza hizo las señas con gallardetes, y el barco izó la bandera en el castillo de popa.
Los curiosos de Ondara se acercaron al puerto a contemplar el navío, y los militares de la ciudadela aparecieron en la batería de la Marina y en la batería del Rey a mirar con anteojos y gemelos.
Alguno de los oficiales se acercó a la atalaya, y el atalayero, en tono que no tenía réplica, dijo que el barco aquel era una polacra de doscientas cincuenta toneladas, que llevaba bandera del reino de las Dos Sicilias.
Sabidos la nacionalidad y el tonelaje del navío, los oficiales de guardia del castillo se pusieron a hacer comentarios acerca del objeto que podía tener la polacra al acercarse a Ondara.
Estaría la embarcación napolitana a una milla próximamente de distancia del puerto cuando cayeron unas velas, se levantaron otras y la polacra quedó al pairo, inmóvil. Entonces se vió que de su costado bajaba un bote al mar, que poco después avanzaba, a fuerza de remos, hacia el muelle.
El coronel, gobernador del castillo, mandó que un oficial fuera a interrogar a los del bote, y quedó él con un anteojo mirando al mar desde la alta explanada de la ciudadela.
La gente marinera contemplaba también, con curiosidad, la lancha de la polacra, que iba avanzando.
Esta se acercó, dejando una estela plateada en el agua, hasta atracar en una de las escaleras del malecón del muelle. Inmediatamente bajaron tres hombres.
Eran del aspecto más heterogéneo que puede imaginarse: uno, alto, grueso, colorado, vestido con un viejo redingote; el otro, también alto, encorvado, amarillo, con aire de enfermo, cubierto con un carrick negro con rayas blancas; el tercero, pequeño, engallado, rubio, vestido elegantemente con frac azul de botones dorados, pantalones azules, chaleco de grana y cachucha de oficial de Marina inglesa. Los dos primeros parecían vestidos en una trapería; al tercero se le hubiera tomado por un currutaco que iba a un baile o a una recepción aristocrática.
El hombre alto, al desembarcar, subió las escaleras con un saco; el enfermo llevaba un fardel en la mano; el pequeño, rubio y elegante, hizo que un marinero le llevase al muelle una gran maleta.
El oficial enviado por el gobernador se acercó a los tres individuos con el fin de interrogarles.
Los marineros del bote, al momento que dejaron a los hombres con sus equipajes en tierra, separándose del muelle comenzaron a remar furiosamente y se alejaron dirigiéndose a la polacra.
—¡Se van!—exclamaron los del público con sorpresa.
—No; es que van a traer otros—replicaron algunos de esos seres perspicaces que siempre están en el secreto de los acontecimientos.
Los desconocidos acabados de desembarcar se hallaban en el malecón, rodeados de un círculo de marineros, mujeres y chiquillos.
—¡Bueno, bueno, basta ya!—gritaba el hombre pequeño y rubio, dirigiéndose a la multitud—. No seáis imbéciles. Aquí no hay nada que ver. ¡Fuera!
En esto, apartando la gente, se acercó a los tres individuos el oficial enviado por el coronel gobernador.
—¿De dónde vienen ustedes?—preguntó con voz seca.
—Venimos de Grecia, después de haber tocado en Nápoles—contestó el hombre alto y rozagante.
—¿Son ustedes españoles?
—No; somos ingleses.
—¿Qué hacían ustedes en Grecia?
—Eramos comerciantes. Los turcos saquearon la ciudad donde vivíamos y tuvimos que escapar.
—¿Y por qué los han desembarcado?
—Es que nuestro compañero se encuentra enfermo y quería a toda costa dejar el barco.
Un sargento que acompañaba al oficial se acercó a él y le dijo en voz baja:
—No vayan a tener la peste.
El oficial dió unos pasos atrás. La frase y el movimiento no pasaron inadvertidos para la gente, que al momento ensanchó el círculo que rodeaba a los tres hombres.
El oficial habló con mucha reserva con el sargento y dijo después dirigiéndose a los sospechosos:
—No pueden ustedes entrar en el pueblo.
—¿Por qué?—preguntó el hombre alto.
—Porque tienen que ir al lazareto en observación.
Los desconocidos se miraron unos a otros.
—¿No habrá un mozo o una caballería para llevar nuestro equipaje?—preguntó el elegante pequeño y rubio con voz seca—. Se le pagará lo que sea.
Un campesino, después de vacilar mucho, dijo que él tenía una mula y que la traería.
Se esperó a que viniera, se sujetaron encima de la caballería el saco y la maleta, se fué el oficial, y el sargento, dueño de la situación, dijo severamente a los supuestos apestados:
—Vengan ustedes detrás de mí; pero de lejos ¡eh! No hay necesidad de acercarse.
Los tres hombres, llevando en medio al enfermo, siguieron al sargento y al campesino de la mula. Avanzaron por la playa. De trecho en trecho tenían que pararse para que el enfermo descansara. Cruzaron un pequeño barrio formado por cabañas y algunas barcazas convertidas en viviendas y adornadas con tiestos y cajas llenas de tierra con flores.
Allí por donde pasaban iban produciendo expectación; la voz de que eran apestados había corrido por el pueblo.
El sargento, dejando la parte habitada de la playa, se acercó a un arenal desierto en donde se levantaba una casa cuadrada, medio ruinosa, montada sobre un basamento macizo de piedra, que impedía que el agua del mar entrase dentro en los temporales. Para subir a la casa había unos escalones.
Veíanse alrededor de ella cajas de mercancías abiertas y algunas lanchas podridas.
—Este es lazareto de Ondara—dijo el sargento—. Aquí van ustedes a pasar la cuarentena de observación. Bajen ustedes los equipajes.
El enfermo se sentó tristemente en una de las escaleras de la casa abandonada, mientras los otros dos y el campesino descargaban la caballería.
Hecho esto, el sargento dijo como despedida:
—No se les permite a ustedes acercarse a la ciudad bajo pena de muerte. Por la mañana y por la noche se les traerá pan y rancho, que se les dejará en la puerta. Ya lo saben. ¡Adiós!
El campesino tomó el ronzal de su macho, cogió el dinero que le dió el hombre rubio, lo contó y comenzó a alejarse despacio por la playa.
Se quedaron los tres hombres solos, y mientras el enfermo, envuelto en una manta, miraba el mar, los otros dos entraban en la casa solitaria.
Abrieron las carcomidas ventanas. El sitio era destartalado y sucio: una nave como una sala de hospital con una cocina pequeña en el fondo.
—Puesto que aquí tenemos que estar algunos días, vamos a ver si limpiamos esto—dijo el hombre alto.
—Vamos allá—repuso el pequeño.
Se quitaron los dos las levitas, y en mangas de camisa y con un cubo cada uno, fueron a orillas del mar a buscar agua. Estuvieron después una hora, armados de escobas, barriendo y baldeándolo todo, hasta dejar el suelo limpio.
Terminada esta faena, sacaron unos jergones viejos y los sacudieron al aire libre.
El enfermo dijo que tenía ganas de tenderse; le pusieron dos jergones en el suelo, uno encima de otro, y se acostó envuelto en una manta.
Los dos hombres sanos, después de acabar la tarea, quedaron a la puerta, cansados, sin hablarse, en una plácida contemplación del paisaje.
Iba anocheciendo. Enfrente se veía el mar, rizado, con adornos de plata; a la derecha brillaban las murallas del castillo con los últimos resplandores del sol; a la izquierda se veía una punta lejana azul con un faro, cuya luz escintilaba pálidamente en el cielo incendiado del crepúsculo.
Las nubes, grandes y algodonosas, tomaban un tinte cobrizo; el viento fuerte del anochecer rizaba el agua en pequeñas olas; seguían resplandeciendo blancas, amarillas, remendadas, las velas latinas a lo lejos. Las barcas pescadoras volvían de dos en dos; la polacra napolitana había encendido un fanal que parecía un gran lucero vespertino, y con todas sus velas desplegadas comenzaba a alejarse, con el aire misterioso de una alucinación...
IV.
ENTIERRO
Por la noche todo el mundo hablaba en Ondara de los tres hombres llegados en el bote al puerto, a quienes se tenía como pestíferos. Se recelaba que el capitán de la polacra siciliana los había expulsado de su barco por considerarles sospechosos de padecer la peste. Algunos vecinos afirmaban que el gobernador debió prohibirles terminantemente bajar en el muelle; otros, más piadosos, decían que no era lícito abandonar y dejar desamparados a unos hombres aunque estuvieran enfermos.
Los técnicos aseguraban que todo dependía de no tener organizados los servicios sanitarios. Según ellos, si se hubiera ido con la lancha de sanidad al encuentro del bote lanzado al mar por la polacra, se hubiera impedido el desembarco.
En la tertulia de la señora del coronel Hervés, en el mirador del castillo, se habló mucho de los supuestos pestíferos, y un médico militar, don Jesús Martín, y un teniente de artillería llamado Eguaguirre, decidieron visitar a los aislados en el lazareto.
A la mañana siguiente montaron a caballo y se presentaron en la casa abandonada de la playa.
Al llegar se encontraron a los dos hombres sanos, al alto grueso y al pequeño delgado, afanados en calafatear un bote viejo. Les saludaron y les preguntaron qué hacían.
—Aquí estamos—dijo el alto con una alegre sonrisa—trabajando a ver si componemos este bote.
—¿Para qué?
—Para salir al mar. Así podremos entretenernos un poco y pescar y cambiar de alimentación.
—¿Y el enfermo?—preguntó el médico.
—Está igual.
—¿Qué tiene?
—Tiene unas fiebres palúdicas que le han consumido.
—Voy a verle. Soy médico.
El hombre alto subió los escalones de la casa, abrió la puerta e hizo pasar al doctor adentro. Este se acercó a la cama del enfermo. Apenas podía incorporarse con la debilidad.
El doctor Martín reconoció al palúdico, salió de la casa y se lavó las manos en un cubo de agua del mar.
—Este hombre está muy grave—dijo.
—Sí; ya se ve.
—¿Ha tomado quinina?
—Con poca constancia.
—¿Cómo se alimenta?
—Mal; ya ve usted; nos mandan rancho únicamente. Le damos el caldo, que filtramos por una tela.
—Bueno; pues ya enviaremos otro alimento y quinina.
—Veremos a ver si mejora—murmuró el hombre alto.
—No, creo que no—dijo el médico—. Está ya muy depauperado. No durará una semana.
Al salir el médico y el hombre alto a la playa se encontraron al pequeño y delgado, que seguía trabajando en mangas de camisa calafateando el bote, mientras el teniente Eguaguirre le contemplaba.
—Veo que son ustedes gente que no se deja amilanar por la desgracia—exclamo el doctor.
—Está uno acostumbrado a todo.
—Será difícil que pongan esta lancha a flote—saltó el oficial de artillería.
—Ya veremos—replicó el hombre delgado—. Se intentará.
—Les voy a enviar a ustedes—repuso el médico—un bote viejo que teníamos para el servicio de sanidad, y que ya no se emplea. Está feo y sin pintar, pero no hace agua.
—¡Oh, muchas gracias!
Se fueron el médico y el joven oficial, y al día siguiente había un bote delante del lazareto. Los dos marineros que lo tripulaban bajaron a la playa y, desde lejos, advirtieron a los pestíferos que allí estaba la lancha.
El doctor había mandado llevarles un aparejo de pesca, que vieron en el bote sobre un banco, envuelto en un papel.
Durante una semana la vida de los dos hombres fué la misma. Por la mañana se levantaban al amanecer, daban alimento al enfermo, almorzaban ellos y salían a pescar en el bote; por la tarde volvían al mar, y de noche, uno de los compañeros velaba al palúdico mientras el otro dormía.
A los ocho días de llegar al lazareto el enfermo murió.
El hombre delgado escribió al gobernador del castillo y al alcalde. Les decía en su carta que había muerto de fiebre uno de los recogidos en el lazareto, coronel inglés al servicio del Gobierno griego. Añadía que el coronel profesaba la religión evangélica y que por este motivo rogaba a las autoridades dijeran dónde podía ser enterrado su cadáver, para lo cual pedía les facilitaran instrumentos: un pico y una pala para cavar la sepultura.
El alcalde contestó secamente diciendo que podían enterrar al muerto cerca de la playa. Cualquier cosa era buena para malvados herejes como aquéllos.
El gobernador mandó a dos soldados con una pala y y un pico.
Los dos hombres del lazareto recorrieron la playa. Encontraron lejos de la casa un trozo de terreno firme, de arena petrificada, al pie de un acantilado, y allí decidieron cavar la fosa. Hicieron un hoyo profundo y, terminado éste, volvieron al lazareto. Después vistieron el cadáver, lo metieron en el bote y se acercaron al lugar escogido. Tomaron el muerto entre los dos sobre una escalera, cruzaron la playa y dejaron el cadáver en la fosa. El hombre alto sacó del bolsillo una Biblia y comenzó a leer versículos en inglés; el otro le escuchaba atento. Este, de cuando en cuando, echaba un montón de arena en la fosa y después quedaba inmóvil, apoyado en el mango de la pala. Hecha la obra, los dos hombres volvieron al bote, y mientras remaban hablaron.
El alto y grande atendía y respetaba al pequeño, a quien consideraba como capitán. Este llamaba a su compañero por su apellido: Thompson.
—Amigo Thompson—dijo el Capitán—, desde este momento cambio de nombre y de personalidad.
—¿Cómo?
—Voy a tomar mientras esté aquí el nombre del pobre Mac-Clair, que hemos enterrado. Llevo pasaporte de súbdito inglés con mi verdadero nombre, pero prefiero usar el de Mac-Clair.
—Pero usted no sabe inglés, Capitán.
—No importa. Mac-Clair será un inglés que ha vivido en España y en Francia y que no quiere hablar su idioma. Un inglés antiinglés de la escuela de nuestro lord Byron.
Llegaron en el bote a la playa, desembarcaron, encallaron la lancha en la arena y entraron en el lazareto. Dejaron la pala y el pico en un rincón y leyeron los papeles del muerto. Podían servir para el Capitán. Al revisar los documentos Thompson encontró un sobre pesado. Tenía dentro veinte libras esterlinas.
—Se ha muerto Mac-Clair y la situación mejora—dijo Thompson.
—Mac-Clair ahora soy yo—replicó el Capitán—. No se le ocurra a usted decir que ha muerto.
—Ya que usted se empeña, lo haré así. Me acostumbraré a llamar al muerto el Coronel. El pobre Coronel tenía mala suerte.
Al día siguiente Thompson y el Capitán salieron a pescar como de costumbre.
Así estuvieron viviendo un mes, aislados, sin hablar con nadie.
Difícil hubiera sido encontrar otros hombres tan obedientes a las órdenes dadas por las autoridades. No se acercaban al pueblo con el menor pretexto.
Al terminar el mes, en vez de ir ellos hacia la gente de los alrededores, fué la gente de los alrededores la que comenzó a aproximarse a ellos. Una vieja, que tenía una cantina en un lanchón, sostenido por cuatro montones de piedras en la playa, se ofreció a hacer la comida y la cena a los dos hombres sospechosos.
Estos dejaron el rancho a algunos hambrientos, y los pescadores, viendo que los supuestos pestíferos estaban cada vez más sanos y fuertes, se hicieron amigos suyos y salían a pescar juntos.
Desde el momento que se supo en el pueblo que los desterrados del lazareto no estaban enfermos ni daban señales de impaciencia ni de cólera, la opinión comenzó a manifestarse contra ellos. La mayoría consideraba irritante que los tales hombres vivieran en el lazareto como en un lugar de placer.
También les parecía una prueba de indiferencia absurda el que no hubiesen hecho el menor intento de entrar en Ondara, como si la ciudad no les interesara lo más mínimo.
—¡Qué gentes serán éstas!—se decían los ondarenses.
El gobernador, al saber que había transcurrido el tiempo reglamentario de cuarentena, dió la orden de que no se llevara el rancho a los detenidos y de que desalojaran inmediatamente el lazareto.
El Capitán y Thompson mandaron a un chiquillo en busca de una tartana. Cuando llegó ésta metieron los equipajes en ella y fueron los dos hombres al pueblo.
Compraron ropa blanca y algunas prendas que necesitaban, se afeitaron y cortaron el pelo y se presentaron en la fonda de la Marina, en donde les contemplaron con sorpresa.
Todo el mundo los creía unos lobos de mar, aventureros, medio piratas, negros, barbudos, y se encontraron bastante sorprendidos al hallarse con dos caballeros, uno de ellos elegante hasta el dandysmo.
V.
EL TENIENTE EGUAGUIRRE
Al instalarse en la fonda, el Capitán dijo a la dueña que pensaba estar pocos días; esperaba un barco para marcharse a Francia. Thompson aseguró que él también se dirigiría a Gibraltar cuanto antes.
La fonda de la Marina, en donde se instalaron ambos, era bastante cómoda y limpia. Los cuartos que les destinaron daban a un ancho balcón corrido, que caía hacia un huerto.
Desde este balcón se veía, delante, el castillo sobre los glacis, con sus cubos y murallones, bañados por el sol, que los iluminaba, según las horas, con luz diferente.
Thompson comenzó a pintar acuarelas, poniendo por fondo las ruinas del castillo.
Ocupaba la fortaleza todo el horizonte. Comenzaba por un torreón de piedra rojiza, cuadrado, con matacanes en la parte alta y saeteras estrechas y ventanas enrejadas en la baja.
El sol poniente solía dorar esta torre al caer de la tarde, y le daba un color de miel.
El torreón se unía con lienzos de paredes amarillentas, almenadas, con otra torre que se prolongaba hasta el mar, dejando cubos y baluartes y cortinas de piedra entre ellos. A un nivel más bajo, rodeando la fortaleza, había una muralla blanca, moderna, con garitas redondas y troneras que limitaba el camino de ronda.
Desde la parte alta del castillo a la contraescarpa bajaba la colina formando gradas de anfiteatro y taludes de tierra, cortados en diagonal y en zig-zag por los muros de poca altura de los traveses.
En estos taludes, cuyas trincheras estaban muy mal conservadas, brotaban toda clase de hierbas: aquí había un jardincito con unos cuantos rosales y un almendro; allá, unas plantas de viña. Arriba, arriba, se veía el follaje de un laurel del mirador de la coronela...
El huerto de la casa era triste; reinaban allí el silencio y la sombra; los naranjos altos subían en busca de sol, y un limonero mostraba en sus ramas limones marchitos, atados a ellas con bramantes. La luz clara y diáfana de las mañanas, la reverberación cegadora del mediodía y de las primeras horas de la tarde, el ambiente tibio del anochecer, el silencio, el ruido de agua en la acequia cercana, sumían a Thompson en una gran delicia.
En tanto el acuarelista se ocupaba de sus dibujos y de sus manchas, el Capitán iba al puerto y quería preparar su viaje en seguida.
En la fonda de la Marina había cuatro oficiales y algunas otras personas de menos importancia. Entre estos oficiales, el que se consideraba, no se sabía por qué, con más derechos, era el teniente de artillería Eguaguirre. Eguaguirre tenía el mejor cuarto y pagaba como los demás. Algunos intentaron protestar de esta distinción injustificada; pero Eguaguirre siguió siendo el hombre mimado de la casa.
El teniente tuvo, al llegar a Ondara, dos desafíos, que produjeron una gran emoción en la ciudad. En el primero hirió gravemente a su adversario en el cuello; en el segundo le dieron una estocada en el pecho que le obligó a estar en la cama cerca de un mes.
La patrona trataba a Eguaguirre con gran consideración. Los demás oficiales de la fonda no se atrevían a tutearle como a sus camaradas.
Juan Eguaguirre era poco querido.
Su impertinencia, su frialdad, su tendencia al malhumor, su manera de hablar con desprecio de los hombres y de las mujeres le hacían antipático.
Era Eguaguirre alto, moreno, esbelto, de nariz fuerte y bien dibujada, ojos negros, bigote corto, patillas pequeñas; el pelo, bastante largo, con un mechón sobre la frente. Eguaguirre tenía una gran elegancia; los ademanes, siempre fáciles y académicos. Vestido de uniforme, parecía un personaje. Al contemplarle por primera vez, se veía que era un orgulloso, un conquistador que se creía digno de todo.
Esta seguridad de algunos hombres, que convencen con su ademán de que tienen más derechos que los demás, la poseía él en grado sumo. Cuando Eguaguirre entraba en algún sitio, sobre todo donde hubiera mujeres, era el primero; sentía la convicción de su valer, que llegaba a comunicar a los otros.
Por lo que se contaba, Eguaguirre había tenido disgustos en su infancia, cuando vivía con su tío el coronel del mismo apellido que fué encausado durante la primera reacción de Fernando VII.
Eguaguirre era puntilloso, de un amor propio exagerado, que disimulaba con afectada indiferencia.
El orgullo es, sin duda, planta que crece en las razas viejas y en los pueblos en ruina. La vanidad es sentimiento de países más jóvenes y con más ilusiones. El orgullo es lo que queda a las razas y castas caídas.
Eguaguirre era de una antigua familia acomodada de Navarra, cuya casa y cuyos bienes habían desaparecido.
Al encontrarse en la mesa de la fonda de la Marina, Eguaguirre y el Capitán se sintieron hostiles.
El Capitán habló a Eguaguirre en tono ligero, cosa que al oficialito produjo enorme asombro.
No sólo hizo esto, sino que al segundo día el Capitán comenzó a interrogarle.
—¿Es usted sobrino del coronel Eguaguirre?—le dijo.
Eguaguirre no contestó.
—¿Si es usted sobrino del coronel Eguaguirre?—volvió a preguntar el Capitán.
—¿Por qué me lo pregunta usted?
—Por nada, por saberlo.
—¿Es que yo le pregunto a usted quién es, ni quiénes son sus parientes, por curiosidad?
—No; pero puede usted preguntármelo. Yo le contestaré si me parece.
Eguaguirre miró con una sorpresa creciente al Capitán. El tono ligero de éste le produjo verdadera estupefacción.
Eguaguirre esperó a que terminara la comida, y acercándose al Capitán le preguntó de un modo frío y seco:
—¿Qué tenía usted que decirme del coronel Eguaguirre?
—Yo, nada. Que es un valiente y un buen liberal.
—¿Lo dice usted como censura?
—No; al contrario.
La mano derecha del Capitán hizo entonces el signo de reconocimiento de la masonería escocesa, al cual contestó el teniente.
—Sabía que era usted amigo o enemigo—dijo Eguaguirre—, que no era usted persona indiferente.
—Somos hermanos—replicó el Capitán.
—Dígame usted qué quiere usted hacer aquí para que le ayude.
—Mi amigo Thompson y yo—dijo el Capitán—volvemos de Grecia, donde hemos estado en compañía de lord Byron. A la altura de este puerto tuvimos que desembarcar y salir de la polacra siciliana donde íbamos por imposición de los marineros, que habían supuesto que Thompson, el enfermo y yo estábamos los tres apestados. Respecto a nuestros proyectos, Thompson quiere marchar a España, y yo pienso ir a Marsella, luego a Burdeos y trasladarme a Méjico.
—Creo—repuso Eguaguirre—que lo que más le conviene a usted es ir a Valencia.
—No; no me entusiasma esa idea. El Angel Exterminador tiene muchos agentes en esas ciudades del litoral mediterráneo.
—Sí, es verdad—dijo Eguaguirre estremeciéndose y mirando a derecha e izquierda—. Entonces tendrá usted que esperar un laúd que vaya directamente a un puerto de Francia.
Tras de una larga conversación a solas, Eguaguirre intimó con el Capitán. Thompson, en cambio, nunca simpatizó con el oficial de artillería. Este era aficionado a dar largos paseos a caballo. Thompson prefería ir a pescar.
El Capitán, buen jinete, comenzó a acompañar a Eguaguirre en sus paseos a caballo por los alrededores de Ondara. Muchas veces se cruzaban con otros militares jóvenes, y también con frecuencia con una damita rubia y pequeña que, vestida de amazona y montada en un caballo tordo, marchaba muy esbelta y elegante.
—Es la coronela—dijo Eguaguirre al verla por primera vez yendo en compañía del Capitán—. Es mísis Hervés.
—¿Inglesa?
—Mixta, hija de un militar inglés y de una española.
—¿Pero casada con un español?
—Sí; con el gobernador del castillo.
Otros muchos días se cruzaron con la coronela.
El Capitán llegó a creer que entre la angloespañola y Eguaguirre había algo, y que sus saludos fríos y corteses escondían una pasión o un principio de amor.
El Capitán, al parecer, conocía bien la vida y los tipos de la milicia, porque pronto llegó a calar a Eguaguirre.
—Este es un hombre de pasiones—le dijo a Thompson—, sensual, poco inteligente. Aunque no me ha dicho nada, le creo jugador y me figuro que está en relaciones íntimas con la coronela.
—Parece un hombre apático.
—No, no. Es todo lo contrario: de una sensibilidad aguzada y de un amor propio enfermizo. Toda esa indiferencia es una comedia, una finta. Eguaguirre, por lo que creo, es un caso curioso. Está en parte, desesperado, porque se considera como liberal perseguido y cree que no va a prosperar en el ejército; por otra parte, los amores con la coronela y el juego le tienen en una continua exaltación...
La historia de Eguaguirre era interesante.
Al poco tiempo después de salir de la Academia, a mediados de 1822, había sido destinado a Valencia, donde se afilió a la masonería. Eguaguirre era valiente y estaba dispuesto a batirse para ascender en la carrera. En 1823, después de la expedición de Bessieres, Eguaguirre buscó la ocasión de salir al campo.
El 19 de marzo, los cabecillas realistas Sempere y Ulman sorprendieron Sagunto y se apoderaron del castillo. El Gobierno ordenó al coronel Fernández Bazán que saliera a atacar a los facciosos. Bazán encontró a los realistas entre Sagunto y Almenara, y, a pesar de que tenía menos fuerzas que ellos, los derrotó.
Poco después, Bazán se encontraba en Chilches con las tropas reunidas de Sempere y de Capapé y sufrió un completo descalabro.
Se habían unido Sempere, Capapé, Ulman, algunas compañías de Prast y Chambó, y habían colocado sus fuerzas de artillería en un repliegue del terreno. Bazán, al ponerse en contacto con la primera línea de los realistas la hizo retroceder; los realistas se acogieron a su línea de trincheras. Bazán mandó que, al mismo tiempo que avanzaba su infantería, la caballería diera una carga por uno de los flancos; pero el escuadrón completo, en vez de obedecer, huyó cobardemente en todas direcciones; los realistas rodearon a los constitucionales, y éstos, entre los cuales estaba Eguaguirre, quedaron prisioneros.
Los realistas ataron a los constitucionales y los llevaron al castillo de Sagunto.
Eguaguirre, que no tenía ideas políticas muy arraigadas y a quien, en el fondo de su alma, lo mismo le daba el rey absoluto que la Constitución, se desesperó al verse atado como un bandido y conducido en manada como cabeza de ganado.
Eguaguirre tuvo que devorar durante el camino los mas violentos ultrajes. ¡Lladres! ¡Negres! ¡Chudios!—les llamaban las viejas. ¡Mueran los franc-masones! ¡Mueran los asesinos de Elío!—gritaban los hombres.
Cuando Eguaguirre llegó a entrar en el calabozo del castillo de Sagunto, y se echó en un montón de paja, lloró de desesperación y de rabia.
Unos días después estaba el oficialito tendido en su camastro, pensando en la posibilidad de ser fusilado, cuando se abrió la puerta de la mazmorra y aparecieron dos mujeres: una de ellas, la mujer del cabecilla Chambó; la otra, la del coronel realista Espuny, gobernador del castillo de Sagunto.
La mujer de Chambó era una moza bravía, de Ulldecona, frescachona y guapa; la de Espuny era del mismo Valencia, una rubia perfilada y redicha.
Las dos mujeres hablaron con Eguaguirre y decidieron salvarle. Al día siguiente, el oficial era trasladado de cuarto, y a la semana estaba libre para andar por la ciudad.
Entre las dos mujeres, la de Chambó y la de Espuny, se estableció una rivalidad celosa por salvar a Eguaguirre. El oficialito se dejó querer con su indiferencia de sultán.
Un día, Chambó, que era hombre arrebatado y decidido, detuvo a Eguaguirre, y, agarrándole de la solapa, le provocó a un desafío.
—No tengo armas—le contestó Eguaguirre, pálido de cólera.
—Yo le traeré a usted un sable—replicó el cabecilla en su acento catalán rudo.
Chambó volvió al poco tiempo con dos caballos y dos sables.
—Sígame usted—dijo.
Montaron los dos a caballo y se dirigieron por el camino de Valencia, al trote, sin hablarse.
No haría cinco minutos que habían salido cuando dos jinetes, al galope, fueron tras ellos.
Llevaban un parte urgente para Chambó.
El cabecilla, al leerlo, se enfureció, tiró la gorra al suelo con rabia y comenzó a lanzar juramentos.
—Espéreme usted aquí—dijo a Eguaguirre—. Vuelvo en seguida.
—Esperaré—contestó éste.
Chambó desapareció, seguido de los dos hombres. Eguaguirre quedó solo y reflexionó. Realmente, era una tontería esperar; tenía el camino abierto ante él; un caballo bueno; era excelente jinete. Se decidió, aflojó la brida, dió dos espolazos y se lanzó camino de Valencia.
Llegó a la ciudad, que estaba alarmada con las noticias del avance de los franceses.
Eguaguirre no se unió a las fuerzas constitucionales del general Ballesteros; tenía una señora amiga de influencia y se acogió a ella.
Esta señora consiguió que Eguaguirre fuese purificado al terminar la guerra y enviado a Ondara.
A pesar de sus maniobras para ocultar el pasado, Eguaguirre no había podido borrar del todo las huellas en su liberalismo, y los voluntarios realistas de Ondara sospechaban de él y le espiaban.
VI.
EL MIRADOR DEL CASTILLO
Un día, Eguaguirre dijo a sus nuevos amigos, el Capitán y Thompson, que la coronela quería conocerlos y que les invitaba a tomar el té en el mirador del castillo. Aceptaron los dos invitados con satisfacción.
Por la tarde, Eguaguirre, Thompson y el Capitán montaban a caballo delante de la fonda de la Marina, entraban por la puerta de Tierra y subían las cuestas de la ciudadela.
Thompson, a cada paso se paraba, admirado, entusiasmado, a contemplar el paisaje. El día era de viento sur, luminoso y sofocante; una languidez pesada parecía desprenderse del cielo, azul obscuro, y del mar, verde e inmóvil.
—¡Qué vista más espléndida!—exclamaba el inglés, sacando el pañuelo para enjugarse la cara.
El Capitán sonreía, y Eguaguirre, con cierta impaciencia, murmuraba:
—La señora de Hervés nos espera. No lleguemos tarde.
En pocos minutos subieron a la parte alta del castillo; pasaron por delante de una casamata, a cuya entrada se veían unos cuantos soldados; Eguaguirre llamó a uno, le entregó las riendas y bajó del caballo.
Thompson y el Capitán hicieron lo mismo, y se acercaron los tres al pabellón donde vivía el coronel; llamó Eguaguirre, y les pasaron por un patio hasta el jardín del mirador.
La señora de Hervés les salió al encuentro, y Eguaguirre hizo las presentaciones.
Era la coronela una mujer de mediana estatura, más bien baja que alta, los ojos negros, el pelo rubio castaño, la boca de almendra, el cuello redondo y las manos muy pequeñas.
—¿Esta señorita es la hija del coronel?—preguntó el Capitán, aunque sabía que no lo era.
—No; es la coronela auténtica—repuso Eguaguirre.
—No me llame usted coronela, ¡por Dios!—dijo ella.
—Es para convencer a este amigo de lo que es usted y de que no es usted una supuesta hija del coronel.
—Este señor es muy galante.
—No; de verdad que parece usted una muchachita soltera—replicó el Capitán—, y hace usted muy bien al protestar de que la llamen coronela, porque esta palabra parece que ha de referirse siempre a alguna señora vieja y avinagrada.
Thompson cambió unas palabras con Kitty; le pidió después permiso para contemplar las vistas desde el mirador y desde la batería del Rey. Kitty le acompañó, señalándole los pueblos y los montes que se veían a lo lejos. Thompson miraba el paisaje con exclamaciones de entusiasmo.
Eguaguirre y el Capitán hablaban. El jardín aquel era pequeño y tupido. Los rosales y los mirtos estaban cuajados de flor, y en las manchas verdes de follaje de las enredaderas brillaban las campanillas blancas, rojas y moradas.
En un extremo del jardín se levantaba el castillejo o castellet, antigua torre del homenaje, desde donde se dominaban los alrededores casi a vista de pájaro, como desde un globo.
Recorrieron Thompson y Kitty los rincones de la batería, y descendieron por una escalerilla de piedra al jardín, a reunirse con el capitán y Eguaguirre. Se sentaron en unas butacas de mimbre y charlaron los cuatro.
Kitty era hija de un militar inglés y de una señora alavesa, de Vitoria. Había quedado huérfana muy joven y se había casado con el coronel Hervés, que le llevaba más de treinta años de edad.
Después de un largo rato de conversación, Kitty les invitó a subir a una galería abierta que daba al jardín, por unas gradas. Esta galería tenía unos arcos. En ella, un criado estaba preparando un refrigerio. El Capitán y Eguaguirre tomaron café, y Kitty y Thompson, té.
Desde la galería, a través de los cristales, se veía el cuarto de trabajo de la coronela. Kitty les hizo pasar a sus invitados para verlo. Tenía una pequeña biblioteca, un piano y un arpa, y cuadernos de música clásica y de canciones populares inglesas.
Los entusiasmos literarios de Kitty eran Walter Scott, lord Byron y Schelley. Sentía un gran entusiasmo por Diana Vernon, la heroína de Rob Roy, a quien confesaba había querido imitar. También tenía en la biblioteca obras de Sterne, Fielding y Goethe.
El Capitán miró todos los libros, las estampas y un retrato de mujer pintado al óleo.
—¿Quién es? ¿Quizá su madre?—preguntó.
—Sí.
—¿Vive?
—No. Murió cuando yo nací. No la he conocido.
—A juzgar por el retrato, debía ser una mujer encantadora.
—Todos los que la conocieron hablan de ella con entusiasmo.
Kitty quedó melancólica.
Eguaguirre, para borrar esta impresión, instó a Kitty a que cantara, y ella, sin hacerse rogar, cantó acompañándose con el arpa algunas canciones irlandesas, que produjeron un gran entusiasmo en Thompson.
Tras de recibir los plácemes de todos, Kitty fué a la mesita, donde guardaba sus papeles de música, y sacó el Don Juan, de Mozart.
—¡Ah! Mozart—exclamó Thompson—. Conozco algunas de sus sonatas. Dicen que Don Juan es de una música muy obscura.
—Yo no lo creo así—contestó Kitty.
—Vamos—le dijo a Eguaguirre—. Cante usted.
—¡Oh! No, no. Por Dios. Es molestar a estos señores.
—De ninguna manera.
Eguaguirre insistió en que lo hacía mal; pero, al fin, cantó con gran maestría la serenata de Don Juan.
Deh vieni alla finestra.
—¡Admirable!—exclamó Thompson—. ¡Magnífico!
Eguaguirre perdió su habitual expresión de tedio y quedó confuso y sonrojado de placer.
Después Kitty entonó el aire de Doña Elvira:
In quali eccesi o numi,
y tras de éste la coronela y el teniente cantaron el admirable dúo de Don Juan y de Zerlina,
La ci darem la mano,
que tuvieron que repetir una porción de veces.
Daban a la canción una gran malicia y desenvoltura que ocultaba, sobre todo en ella, su entusiasmo amoroso. No había necesidad de ser muy psicólogo oyéndolos a los dos para comprender que había entre ellos algo más que una efusión artística.
Era lástima viéndolos tan bellos el pensar que sólo saltando por encima de las leyes y afrontando el desprecio de la multitud podían llegar a unirse.
¿Habrían dado el salto?—pensó el Capitán—. Todo hacía creer que Eguaguirre no era de los hombres que sienten temor a coger las flores al borde del precipicio.
Después del concierto y del canto charlaron largamente. El Capitán había conocido a lord Byron, por quien Kitty tenía gran admiración, y contó sus entrevistas con el noble poeta. También había conocido a la amazona realista Josefina Comerford, y esta dama interesaba de tal manera a Kitty, que el Capitán tuvo que describirla con gran lujo de detalles.
Al anochecer se presentó en la galería el coronel Hervés, el marido de Kitty.
Era un hombre viejo, opaco, frío, con una amabilidad desdeñosa y una manera de hablar balbuceante, de paralítico.
Kitty presentó al Capitán y a Thompson, y el coronel, tomándole a éste por su cuenta, se puso a explicarle un sinfín de menudencias burocráticas que a él, sin duda, le parecían importantísimas.
Hablaba de una manera fatigosa y pesada:
—En estas cuestiones ¡ejem!... hay que atenerse a la parte ex... po... si... ti... va ¡ejem! como a la dis... po... si... ti... va ¡ejem! ¡ejem! ¿Usted me comprende? Porque si usted no se fija mas que en la parte dis... po... si... ti... va ¡ejem! ¡ejem! no podrá comprender el sentido claro y preciso que el legislador ¡ejem! ¡ejem! ha querido dar a la ley... ¡ejem! ¡ejem!
Thompson soportó lo más amablemente los ¡ejem! ¡ejem! y las explicaciones pesadísimas del coronel; Kitty mientrastanto sonreía con aire de excesiva amabilidad, y Eguaguirre, con su aspecto habitual de tedio y de desesperanza, miraba hacia el mar.
Era ya de noche. Los contertulios se despidieron del coronel y de su señora y montaron a caballo.
La noche estaba espléndida. Thompson fué mostrando la Osa Mayor y Arturus, la Estrella Polar, la Corona Boreal, Casiopea, en medio de la Vía Láctea, y los grandes astros, como Capella, Altair y Aldebaran...
El mar murmuraba allá abajo y se oía el rítmico batir de sus olas.
Al acercarse a la batería de San Antón sonó el grito del centinela.
—¡Centinela, alerta!
Y después los alertas se oyeron más lejanos, hasta que volvieron a acercarse.
Llegaron a la puerta de Tierra. Eguaguirre habló con el capitán de Llaves, y los tres pasaron al pueblo.
VII.
LOS OFICIALES
En los buenos tiempos en que el castillo de Ondara era una fortaleza importante, el cuadro del Estado Mayor de la plaza estaba completo y la oficialidad era numerosa. Había entonces un gobernador, el teniente del rey, el sargento mayor o mayor de plaza, el asesor, los comisarios, el comandante de Artillería, el comandante de Ingenieros, los ayudantes y el capitán de Llaves.
En el tiempo de decadencia del castillo, después de la guerra de la Independencia, ya estos cargos no tenían más valor que un valor burocrático. En esta época de la segunda reacción de Fernando VII, el cuadro de oficiales del ejército no ofrecía el carácter homogéneo de la oficialidad anterior a la guerra de la Independencia; ya no era ésta exclusivamente aristocrática, sino mezclada; los jóvenes de buenas familias se encontraban revueltos con los antiguos guerrilleros, con los liberales traidores y luego purificados y con los aventureros absolutistas que habían ganado sus grados a las órdenes de Mosén Antón, el Trapense, Bessieres o Quesada.
Entre los oficiales de la guarnición de Ondara había individuos de estos diversos orígenes.
En un pueblo de escasa población y sin vida política no era fácil que las divergencias ideológicas de militares y paisanos se hicieran más intensas, y, efectivamente, allí se amortiguaban; en cambio, las categorías sociales se acusaban y se llegaban a aquilatar los más ligeros matices de riqueza, distinción y superioridad.
Kitty había querido influír y suavizar estas diferencias en su tertulia del jardín del Mirador.
Al principio iban muchos oficiales de la guarnición; luego comenzaron a faltar y, al último, quedaron una media docena.
De las señoras nunca fueron mas que dos o tres.
Sabido es, y ya lo demostró un fraile en un librito publicado a fines del siglo XVIII, titulado Los peligros de las tertulias, que estas reuniones tienen muchos agarraderos para las uñas del Diablo.
Las señoras de Ondara, como la señora doña Proba, que aparece en el librito del fraile, creían muy peligrosas las tertulias de Kitty, y no iban.
De los hombres, uno de los más asiduos eran don Jesús Martín, el médico del regimiento, hombre grueso, lento en el hablar, muy gráfico y exacto. Don Jesús era el más entusiasta de los contertulios de Kitty, un adorador incondicional de su inteligencia y de su gracia.
Otro de los contertulios temido por su pesadez era el capitán Barrachina, hombre alto, de pecho saliente, que se creía conquistador. Barrachina tenía los ojos negros, el bigote retorcido, las patillas cortas y el color bilioso.
Barrachina era una buena y estúpida persona, con la mentalidad de un muchacho de diez y seis años. No había leído nada en su vida. Creía que ser un hombre—y él suponía una gran cosa—era ser un fantoche vestido de uniforme, con el pecho muy abombado y el ademán desafiador.
Barrachina tenía muchos hijos, y mientras su mujer bregaba con ellos, él paseaba su estupidez por el pueblo.
Barrachina hacía la gracia de desacreditar a su mujer; contaba si llevaba postizos, si se apretaba el corsé, indiscreciones que a Kitty molestaban profundamente.
Otro de los asiduos a la tertulia era el capitán Embun, aragonés, hombre fuerte, alto, tosco, de pómulos salientes, que había campeado con los realistas de Eroles, y estaba enamorado de Kitty. A veces le decía a Eguaguirre:
—Esta mujer me vuelve loco—y añadía—: Y está por usted.
También solían frecuentar el pabellón de Kitty un teniente de artillería, de anteojos, muy tímido y distinguido, que se llama Urbina, y que vivía en la misma fonda de la Marina, y un farmacéutico muy míope y muy pedante.
Urbina, que tenía gran amistad con Kitty, no se hablaba con Eguaguirre.
El coronel Hervés andaba siempre en compañía de un comandante, don Santos, hombre de aspecto hipócrita y tan pesado como el coronel. Este don Santos hablaba en párrafos redondos y con distingos. Los sin embargo, los si bien es verdad, los si es cierto que, estaban constantemente en su boca.
A sus largas oraciones no se les veía el fin, eran capaces de quitar la paciencia a cualquiera. Para hacerlas más exasperantes, terminaba diciendo: ¿Está claro? ¿Se da usted cuenta? ¿Ha comprendido usted el sentido? ¿Me entiende usted bien?
En la tertulia de Kitty se jugaba al tresillo, y a veces se cantaba y se tocaba el piano.
De las señoras, únicamente la mujer de un capitán, una andaluza muy graciosa que parecía un chico, iba alguna que otra vez y hablaba como una cotorra e imitaba con mucha chispa a todo el mundo.
VIII.
URBINA
Thompson hizo amistades con Miguel Urbina, el teniente de artillería tímido y distraído que vivía en la misma fonda y frecuentaba la tertulia de Kitty.
Urbina era hombre de estudio; tenía gran afición y entusiasmo por las matemáticas y se preocupaba de los problemas científicos de la guerra.
Estaba desde hacía tiempo escribiendo unas observaciones acerca de la teoría analítica de las probabilidades de Laplace, trabajo que absorbía todo su tiempo.
Urbina no podía comunicar sus dificultades y sus dudas a sus compañeros, porque entre los oficiales del castillo no había ninguno que pasara de saber las cuatro reglas.
El matemático no tenía amigos. No se entendía bien con los demás oficiales.
No cabe duda que el Ejército, noble y esforzado en tiempo de guerra, se convierte en una baja institución rutinaria en tiempo de paz. El militar formado en el campo de batalla, entre el humo de la pólvora y el vaho de la sangre, tiene siempre algo superior a su empleo, que borra el carácter de la reglamentación estrecha y de las ordenanzas de una disciplina chinesca; en cambio el que no ha tenido más campo de acción que la oficina o el rincón maloliente del cuartel, se hace el más incomprensivo de los burócratas.
Urbina, que era hombre de preocupaciones elevadas, no podía convivir a gusto con sus compañeros, que no hablaban con entusiasmo mas que del sueldo y del escalafón y cuyo único entretenimiento era jugar a las cartas.
Como hombre tímido y sabio, Urbina había tenido que sufrir muchas bromas de jóvenes oficiales estúpidos y petulantes.
Kitty, que comprendía la clase de hombre que era el teniente, le acogía con su más amable sonrisa y sabía tratarle con tanta amabilidad, que el Mirador del castillo era el único sitio donde el oficial se encontraba a gusto.
Urbina tenía esa timidez que no depende de la inteligencia, ni aun de la voluntad, sino que parece que está en los músculos, que se niegan a obedecer.
El teniente era capaz de pensar con claridad, de intentar realizar lo pensado con audacia, de marchar con ímpetu; pero llegaba un momento en que sus nervios flaqueaban y se sentía paralizado. En esta situación de azoramiento, cualquier cosa, abrir una puerta, saludar, salir de una habitación, le dejaba confuso, vacilante, en una actitud de perplejidad que a él le resultaba embarazosa y triste y a los demás muy cómica. La gente se reía de él, y a consecuencia de esto, Urbina, al verse tan absurdo y tan poco consecuente consigo mismo, iba aislándose.
Urbina y Thompson se hicieron amigos y se les veía pasearse juntos con mucha frecuencia por el castillo y por el muelle. Cuando hubo confianza entre los dos, Urbina habló de Kitty y de Eguaguirre:
—¿Qué vida hace la señora de Hervés?—le preguntó Thompson.
—Una vida muy independiente. Por la mañana toma su baño, luego da un paseo a caballo, lee, escribe, hace excursiones en lancha. Al anochecer recibe a sus amigos.
—¿Y el pueblo ve bien este espíritu de independencia de nuestra amiga?
—No. ¡Ca! El pueblo entero está contra ella. Se la considera loca, rara, absurda.
—No es extraño.
—Luego se habrá usted fijado en que Kitty tiene un gran desprecio por todas las vulgaridades y lugares comunes que forman como el caparazón constante de la gente mezquina. Muchas veces es capaz de llevar la contraria a una persona que defiende una opinión cierta, no porque ella piense lo contrario, sino porque tanta seguridad en una idea vulgar, aunque sea exacta, le repugna.
—Así, tiene que tener muchas enemistades.
—Figúrese usted.
—No le perdonarán esta independencia de espíritu.
—No. ¡Ca! A un hombre no se le perdona tener ingenio y un poco de nobleza de espíritu; a una mujer, mucho menos.
—¡Lástima!
—Sí. Kitty no es nada simpática en Ondara. Su originalidad ha parecido a las señoras del pueblo una muestra de extravagancia. No se puede encontrar por ahora en su conducta nada digno de tacha, pero se cree que no tardará en encontrarse. Su ingenio y su cultura son muy sospechosos para las damas ondaresas. No queremos ir a verla—dicen—. ¡Es tan sabia! Nos pregunta los libros que leemos, sabiendo que no leemos ninguno. Para estas damas cuanto hace Kitty es una ridiculez y una pedantería. Para ellas todo lo que no sea hablar con el novio en la reja, si son solteras, confesarse con el curita jacarandoso u ocuparse de trapos, es absurdo.
—Así que Kitty estará muy aislada.
—Completamente.
—¡Parece mentira! ¡Una mujer tan simpática!
—Y tan buena—repuso Urbina.
—¿Usted cree que es buena de verdad?—preguntó Thompson.
—Sí; muy buena y muy inteligente. No encontrará usted en ella envidia, ni rencor, ni ningún sentimiento bajo; únicamente, orgullo; pero un orgullo noble de verse superior a la generalidad.
—Esto habrá contribuído a la antipatía general.
—Seguramente; Kitty tiene la vaga sospecha de que todas las superioridades se pagan. La finura, la gracia, la amabilidad desarman y domestican un momento a las gentes cerriles; pero es una domesticación pasajera, porque el bruto vuelve pronto a ser agresivo.
—¿Y cree usted que hay algo entre Eguaguirre y ella?
—Usted habrá notado lo mismo que yo lo que hay.
—¿Qué le parece a usted Eguaguirre? A mí me da la impresión de un egoísta frenético.
—Sí; es un gran egoísta; pero, al mismo tiempo, hombre tímido, violento y sensible. No tiene freno; el menor contratiempo le amilana y le sume en una desesperación sombría.
—Pues, si Kitty está enamorada de él, como parece—dijo Thompson—, Eguaguirre la hará desgraciada.
—Sí; por petulancia, por estupidez, por darse tono.
Urbina contó a Thompson la causa de haber reñido con Eguaguirre. Urbina había comenzado a galantear a una muchacha del pueblo, huérfana, de una familia rica, a quien llamaban Dolores y también la Clavariesa, y Eguaguirre se interpuso haciendo el amor a la muchacha y entrando en su casa.
El tutor había cogido a su pupila y la había llevado al convento de Monsant, en donde estaba por el momento. Desde entonces, Urbina no quería tratar con Eguaguirre, y únicamente cruzaba con él algunas fórmulas de cortesía cuando se encontraba en su presencia delante de Kitty.
—No quiero tener amistad con él—concluyó diciendo—. Me busca; ha intentado darme explicaciones, pero estoy dispuesto a no transigir.
IX.
RECOMENDACIÓN DE KITTY
Las guarniciones, como los seminarios y los conventos, tienen todos los vicios y las hipocresías de los grupos colegiados.
La proximidad del hombre para el hombre es corruptora: un cuartel, un colegio, o un convento siempre serán un centro de fermentaciones pútridas. Al hombre, sin duda, le dignifica la soledad; el campo, cuanto más deshumanizado, es más sano para el espíritu.
La tropa de un pueblo, en tiempo de paz, es uno de los mayores focos de corrupción. Únicamente, el clero puede ponerse a veces a la altura del ejército en rapacidad, en lubricidad y en malas costumbres. Difícil será encontrar en una guarnición nada alto, levantado y noble; en cambio la envidia, la malevolencia, el odio crecen de una manera lozana y fuerte.
Pronto se enteraron Thompson y el Capitán de las historias y murmuraciones de Ondara...
Una tarde de día de fiesta, en que todo el pueblo estaba en el campo, entró Thompson sin meter ruido en su cuarto y se tendió en la cama. Durmió un rato. Había dejado la ventana que daba a la galería abierta, y al despertarse oyó un rumor de conversación.
Se asomó a curiosear, y vió al comandante don Santos que hablaba con un joven oficial de la fonda.
El hombre de las perífrasis y de los circunloquios excitaba al joven oficial a que espiara a Eguaguirre y a los dos extranjeros sospechosos. Thompson oyó toda la conversación, esperó a que se marcharan los militares, y cuando se fueron, salió a la calle a buscar a Eguaguirre y al Capitán, que estaban jugando al tresillo en casa de un comerciante de la calle Mayor.
Thompson explicó lo que había oído.
—¿Qué ha dicho don Santos de mí?—preguntó Eguaguirre.
—Ha dicho que un tío de usted, que comenzó su vida militar de guerrillero con Mina, fué perseguido como conspirador, en 1816, en Denia; que su mismo tío castigó con rudeza a los realistas de Villarrobledo, en 1823, y que usted está en relación con él.
—¡Bah! No es cierto. Y el oficial, ¿qué decía?
—Decía que no; que usted es un hombre indiferente a la política; que todas sus aspiraciones consisten en tener dinero y en hacer el amor a las mujeres, y que es usted el amante de la señora de Hervés.
Eguaguirre se puso serio y palideció.
—También ha contado la historia de una novia de usted, a quien han tenido que meter en un convento.
—Nada; que no hay manera de vivir aquí sin que la gente se meta en lo que uno hace y en lo que no hace—exclamó Eguaguirre furioso.
—Y de nosotros, ¿no ha dicho nada?—preguntó el Capitán.
—De nosotros ha dicho don Santos que somos masones y que va a mandar las señas nuestras a la policía.
El Capitán quedó intranquilo:
—Ese hombre debe ser de la sociedad El Angel Exterminador—murmuró.
—Es probable—dijo Eguaguirre.
—¿Algún espía pagado por esa sociedad?—preguntó Thompson.
—No; pagado, no—repuso Eguaguirre—; el comandante ejerce, seguramente, el espionaje para prosperar, para ascender. Ya no tenemos los militares españoles guerra, ni posibilidad de ella en mucho tiempo; ya no se puede llegar como Mina, el Empecinado o Renovales, en seis años, de soldado a general, y la gente que quiere hacer carrera intriga y espía.
El Capitán estaba pensativo.
Las noticias que llegaban de la persecución de liberales en Valencia y en Cataluña eran para llenar de espanto a cualquiera. Se contaban historias terribles del Angel Exterminador. Por toda la costa del Mediterráneo las venganzas de los absolutistas eran espantosas.
Al ver la intranquilidad del Capitán, Eguaguirre le dijo:
—No tenga usted cuidado. Vaya usted a ver a Kitty y háblele francamente. El coronel hará lo que ella le indique.
—¿Pero no contará lo que se le diga, sin malicia...?
—No, no; puede usted fiarse en Kitty mejor que en un hombre.
El Capitán fué a visitar a la señora de Hervés y le expuso sus temores. Ella le tranquilizó, asegurándole que influiría en su marido y pararía los golpes de don Santos.
El Capitán volvió al lado de Eguaguirre diciendo que Kitty era una mujer encantadora.
Unos días después, la señora de Hervés escribía a Thompson una carta rogándole que fuera a verla.
Thompson fué y charlaron largo rato.
—¿Quién es el Capitán?—preguntó Kitty con curiosidad—. Me ha dado la impresión de un hombre extraño, de un personaje de novela.
—El Capitán es un aventurero—contestó Thompson—; un tipo de estos que, en otro tiempo, hubiera sido un condottiere italiano o un compañero de Hernán Cortés en Méjico.
—¿Y usted dónde le ha conocido?
—Yo le conocí en un barco, al dejar Missolonghi. El llegaba de Alejandría, de Egipto; había ido a Missolonghi a verse con lord Byron, y como el lord estaba enfermo, esperaba el desenlace de la enfermedad. Al saber su muerte, se decidió a volver a Occidente y entró en la misma corbeta griega que nosotros. En ella fuimos a Nápoles, donde nos embarcamos en la polacra siciliana, en la que llegamos hasta aquí; el amigo mío, que murió luego en el lazareto, se agravó en la enfermedad; los marineros comenzaron a decir que tenía la peste, y obligaron al capitán del barco a desembarcarlo. Yo no quise abandonar a mi amigo; el Capitán protestó; pero como la tripulación estaba contra nosotros, tuvimos que salir los tres.
—¿Y de dónde es el Capitán?—preguntó Kitty.
—Actualmente, es súbdito inglés; pero creo que ha nacido en España.
Hablaron de otras cosas, y de pronto la coronela dijo:
—Usted es amigo de Miguel Urbina, ¿verdad?
—Sí.
—Y el Capitán, ¿no le trata?
—Muy poco.
—Dígale usted que se haga amigo de él. Yo le quiero mucho a Urbina. Es un corazón excelente. Miguel está enamorado de una muchacha encerrada en un convento de aquí cerca, el convento de Monsant.
—Sí; me ha contado sus amores.
—¡Ah! ¿Le ha contado a usted sus amores?
—Sí.
—Pues yo desearía que ustedes le animaran, le ayudasen para que hiciese algo por esa muchacha, aunque fuese una locura. El quedaría satisfecho, y ella es posible que al verle capaz de una hombrada le quisiera.
—Nada, le animaremos—dijo Thompson—; intentaremos impulsarle a que tome una actitud heroica.
Se despidió Thompson de la señora de Hervés, y por la noche contó al Capitán la conversación que habían tenido y el proyecto de que hablaron.
X.
EXPLICACIÓN
Puesto que nuestra encantadora amiga Kitty ha hecho a usted esa recomendación—dijo el Capitán—, trataremos de servirla. Amor, con amor se paga. ¿Usted ha comprendido la causa de ese encargo, amigo Thompson?
—No.
—Pues yo se la explicaré a usted. Kitty está enamorada locamente de Eguaguirre y quiere tenerlo seguro; teme alguna veleidad de su amante por esa muchacha encerrada en el convento de Monsant, de que usted habrá oído hablar, que llaman Dolores la Clavariesa, y va buscando que Urbina se case con la Dolores.
—¡Bah! ¿Usted cree en todo lo que se cuenta?
—Conozco la historia en sus detalles—replicó el Capitán—. Al llegar Juanito Eguaguirre al pueblo, había aquí dos mujeres que los poetastros de la localidad llamaban las dos beldades de Ondara: una era Kitty; la otra, una huérfana rica, a quien por haber tenido no sé qué cargo honorífico en el Calvario, llamaban la Clavariesa; Kitty tenía el prestigio de su elegancia, de su cultura, de su aspecto extranjero; la Clavariesa era una mujer hermosa, con la perfección de líneas de una modelo de Praxiteles. Esta Clavariesa era la pupila de un abogado llamado Vicente Fenoller. Fenoller, uno de los grandes hombres del pueblo, es un señor de gran fachenda, abogado elocuente, regionalista entusiasta y católico fanático. Fenoller ha casado a un hijo suyo con una mujer rica, y piensa casar al otro con su pupila la Clavariesa. La tía de la muchacha no es nada partidaria de tal matrimonio.
En este estado de rivalidad entre Kitty y la Clavariesa, vino Urbina, y, a pesar de su timidez y de su apocamiento, fué acogido por las dos rivales con sus más graciosas sonrisas. Urbina, si hubiera sido un hombre valiente y de poca preocupación moral, se hubiera lanzado a galantear a Kitty; pero no tuvo bastante ánimo para ello, y se dedicó a hacer el amor a la Clavariesa, que al principio le correspondió. En tal situación se presentó Eguaguirre en Ondara.
Al primer mes de estar aquí el teniente había dado un escándalo; había ganado y perdido fuertes sumas en el juego, y había tenido un desafío, en el cual hirió gravemente a su adversario.
Eguaguirre comenzó sus amores en Ondara por partida doble: galanteaba a una muchacha del barrio de pescadores y a la coronela. Kitty se divertía con este galanteo, que consideraba inocente. Eguaguirre, que es un egoísta furibundo, se encontraba mal de dinero, y al saber que Dolores la Clavariesa era rica y huérfana, no se cuidó para nada de su amigo Urbina, ni de la coronela, ni de la muchacha del barrio de pescadores, y escribió a Dolores una carta de amor. La Clavariesa le aceptó con gran entusiasmo. Estas permutaciones amorosas fueron la comidilla del pueblo. La coronela se eclipsó, y Urbina hizo lo mismo. Entonces Fenoller, el tutor de la Dolores, advirtió a ésta que Eguaguirre era un perdido, jugador, mujeriego, que no quería mas que su dinero.
—El que no quiere mas que mi dinero es usted—le contestó ella violentamente, y aseguró que no, que no la casarían con otro.
Fenoller cogió a su pupila, y con engaños la llevó al convento de Monsant. Eguaguirre se olvidó al momento de la Clavariesa, y volvió a ser el caballero de Kitty, que le aceptó con todas las consecuencias.
—No comprendo el éxito de Eguaguirre—dijo Thompson.
—Mi querido amigo—replicó el Capitán—; el éxito de Eguaguirre es, como todos los éxitos, un poco fatal y un poco injusto. Hay hombres que tienen disposiciones para amar, para querer, y otros para ser queridos. Hablo desde un punto de vista casi físico, sexual. Eguaguirre es de estos últimos. Ha nacido con la facultad de ser apetecible para el sexo contrario. ¿Cuál es esa facultad? ¿En qué consiste? ¿Cómo la ha desarrollado? No lo sé.
—Encuentro muy problemático lo que usted dice.
—Es que usted cree que las mujeres se enamoran exclusivamente de los hombres puros, angelicales, de los sabios, de los héroes.
—No, no; ya sé que no.
—Entonces estamos en lo mismo. Las mujeres se enamoran de hombres altos y bajos, buenos y malos, raros y vulgares; pero entre éstos no cabe duda que hay unos que, sin saber por qué, hacen mover con más facilidad esa maquinaria de afectos, de deseos, de vanidades, de inclinaciones que hay en una mujer. Esos son los donjuanes, los hombres interesantes, los codiciados... Y uno se pregunta el por qué. ¿Es que estos hombres tienen una perspicacia especial para ver los puntos flacos del sexo contrario? No. ¿Es que comprenden a las mujeres mejor que los otros? Tampoco. Como todos los demás, en estas cuestiones amorosas disparan su flecha con los ojos cerrados; pero, a diferencia de los demás, dan casi siempre en el blanco. Ahora usted dirá: ¿Por qué dan en el blanco? Por la razón sencilla de que la mujer que hace de juez y de árbitro en el juego está dispuesta a creer que para aquel hombre escogido por ella donde dé la flecha estará el blanco. Es la arbitrariedad de la Naturaleza.
—Es posible que sea así—dijo Thompson—; yo, la verdad, no le encuentro nada extraordinario a Eguaguirre.
—¡Usted qué le va a encontrar! Ni yo tampoco. Son las mujeres las que le encuentran algo especial. Es la mirada impertinente, es la flema, es el desdén... Quizá le agradecen vivir exclusivamente para ellas, cosa que a la larga debe ser aburrida. El caso es que Eguaguirre es un Tenorio y que nuestra encantadora Kitty quiere favorecer los amores de Urbina y de la muchacha encerrada en Monsant para tener la exclusiva de su Tenorio.
—Sí, sí, es posible, y lo siento. La verdad, no creo que Eguaguirre valga la pena de tantos cuidados.
—Amigo Thompson. Está usted hablando como un niño. ¿Es que va usted a pretender que las mujeres no tengan derecho a enamorarse de los imbéciles y de los egoístas? ¿Es que les va usted a privar de ese sacrosanto derecho? Pues entonces les va usted a cercenar la vida. Es la fruta que más les ilusiona.
Y el Capitán se rió, frotándose las manos alegremente.
Thompson quedó algo preocupado con las palabras del Capitán, y como no quería ser un negador sistemático, intentó estudiar a Eguaguirre.
No encontró en el joven teniente nada que le sorprendiera. Era de una inteligencia menos que mediana, de una cultura casi nula, orgulloso, sombrío, con una gran fe en sí mismo. Quizá ésta era una de sus fuerzas. Otro atractivo podía tener el oficial para las mujeres, y era que su vida parecía próxima a una tragedia, a una catástrofe.
El egoísmo de Eguaguirre era monstruoso. Kant, en su antropología práctica, encuentra que hay tres clases de egoísmo: el egoísmo lógico, el estético y el práctico.
El egoísmo lógico juzga sin tener en cuenta el juicio ajeno; el estético, se contenta con su gusto, sin hacer caso de la opinión general, y el egoísmo práctico subordina todo lo del mundo a la vida de uno.
Eguaguirre tenía algo del egoísmo lógico y del estético; pero el que le poseía por completo era el egoísmo práctico. Sentía desdén por la gente, creía despreciar a todo el mundo, lo cual no era obstáculo para que fuera capaz de exponer la vida para que los demás, una turba de imbéciles, según él, no creyesen que alguna vez él, el teniente Eguaguirre, pudiera quedar mal en un asunto cualquiera.
XI.
EL PROYECTO
El Capitán, siguiendo la indicación de Kitty, se hizo amigo de Urbina, quien le contó sus amores.
—Amigo Urbina—le dijo el Capitán—, ¿usted está enamorado de verdad de esa chica?
—Sí.
—¿De verdad, de verdad?
—Sí, hombre, sí.
—¿Sería usted capaz de raptarla del convento de Monsant si ella quisiera?
—No creo que fuera muy fácil.
—Lo facilitaremos. Todo es cuestión de tener voluntad.
—¡Ah! Si fuera posible, con mil amores.
—Tiene usted que hacer algo extraordinario para influír en la imaginación de su dama Urbina—dijo el Capitán—. Kitty nos ayudará.
—¿Querrá?
—Sí.
Fueron a visitar a la coronela, Urbina, Thompson y el Capitán. Le explicaron la idea, como si no hubiese partido de ella, y se comenzó a estudiar el proyecto.
Primeramente era necesario hacer una visita al convento de Monsant.
Kitty dijo que ella era amiga de la superiora y que le escribiría pidiéndole permiso para hacerla una visita.
—Esto es lo primero que hay que resolver—dijo el Capitán—; luego, ya veremos si a Urbina, al ver a su novia se le ocurre una inspiración genial que haga gran efecto en el corazón de su amada.
—¿A mí? ¡Ca!—exclamó Urbina—. No se me ocurrirá nada.
—Bueno, no se asuste usted tan pronto, Urbina—dijo Kitty—. Usted no llevará la dirección del asunto, y no será usted responsable del éxito o del fracaso de la empresa. El Capitán será nuestro director, el Próspero de nuestra isla.
—El Capitán no creo que haya leído La Tempestad, de Shakespeare—replicó Thompson—, ni que se haya hecho cargo de la alusión de usted; pero yo, que la he leído, afirmo que nuestro Próspero es de lo más maravilloso que puede ser un Próspero solamente humano.
—No me den ustedes fama antes de ver los resultados—replicó el Capitán—. Con el éxito aceptaré los aplausos.
Una semana después Kitty le dijo al Capitán que había recibido una carta de la superiora diciéndola que podían ir a visitar el convento cuando quisieran.
—Muy bien.
—Iremos unos cuantos—dijo la coronela.
—¿Quienes vamos a ir?
—El doctor y su mujer, Urbina, Thompson, usted y yo.
—¿Y Eguaguirre?—preguntó el Capitán, indiferente.
—No—contestó ella, mirando con atención al Capitán, para ver si en la cara de éste se reflejaba algún pensamiento malicioso.
El rostro del Capitán estaba impasible.
—¿Cómo haremos el viaje?—preguntó Thompson.
—Otras veces hemos salido de Ondara al amanecer. Embarcamos aquí, hasta un pueblecito que está a dos horas de distancia, donde suele esperar una tartana. Como vamos a ir más gente que de costumbre, mandaremos que saquen unos caballos. A media tarde, o al anochecer, podemos estar de vuelta.
—¿De manera que usted ha estado ya en el convento?—preguntó el Capitán.
—Sí. Dos veces.
—Dígame usted cómo es.
—¿Qué quiere usted que le diga?
—Hágame usted una descripción de él: si es grande, si es chico, si tiene un jardín, si no lo tiene, cómo está emplazado, etc.
Kitty hizo una descripción del convento, todo lo detallada que pudo. El Capitán no se fijó mas que en dos detalles: en que al lado del monasterio se cortaba la tierra, hacia el mar, en un acantilado muy alto, y en que había muchas palomas.
—¿De manera que hay palomas?—preguntó varias veces.
—Sí, muchas; tanto, que las venden.
—¡Ah, las venden! Ya tenemos un pequeño dato—dijo el Capitán—. Y el acantilado, ¿cómo es?
Kitty no recordaba bien cómo era, y no pudo contestar con precisión a esta pregunta.
—Otra cosa—preguntó el Capitán—. ¿No tiene usted un anteojo?
—Sí.
Kitty llamó a un criado, que vino con un anteojo, y el Capitán estuvo mirando con él, observando la costa y la ensenada de Monsant, de la cual no se veía mas que la entrada.
Después llegó Eguaguirre, y Thompson y él se retiraron.
XII.
EL VIAJE
Se fijó como día de marcha un domingo, y por la mañana, antes de amanecer, estaban todos los que formaban la expedición en el muelle.
El capitán de Llaves había mandado echar el puente levadizo, en la puerta de la Marina, más temprano que de costumbre, y acompañaba a los expedicionarios, que formaban un grupo...
Era la hora anterior al alba; la hora del despertar de los puertos y de los barrios de pescadores; la hora que los antiguos representaban como una muchacha con alas, vestida con una túnica de color violeta pálido y acompañada de una lechuza de color de crepúsculo. El cielo, estrellado, estaba aún negro; la Osa Mayor se inclinaba hacia el mar, que florecía en fosforescentes espumas, y en el pueblo comenzaban a cantar algunos gallos madrugadores, que presentían la aurora.
Había, en la popa de una barca atracada al muelle y sujeta por una maroma, un farolillo que se balanceaba.
En esta barca, la Joven Rosario, iban a partir Kitty y sus amigos para Monsant.
Dos marineros, ayudados por los soldados de la guardia de la puerta de la Marina, pasaron de una mano a otra unos cuantos fardos y varios cestos de provisiones por la escotilla al interior de la bodega del falucho. Embarcaron luego los pasajeros; se acomodaron en los bancos, a popa, sobre la cubierta, y la Joven Rosario se separó del malecón y comenzó a alejarse a fuerza de remos, haciendo un ruido de chapuzones en el agua.
—¡Adiós! ¡Divertirse!—dijo el capitán de Llaves desde el muelle.
—¡Adiós! ¡Adiós! Hasta la vuelta—contestaron los viajeros.
El falucho era ancho y pesado; los tripulantes, cuatro: dos marineros, el patrón y un grumete.
Hacía un viento fresco; el relente de la noche dejaba la ropa humedecida. El agua parecía tan cuajada como el cielo de estrellas, que iban siguiendo a la barca, palpitando y temblando sobre las olas sombrías, que pasaban por encima del abismo negro del mar...
De pronto comenzó a rechinar una garrucha agriamente; la gran vela latina se extendió, como una claridad fantástica, en el aire de la noche, que tenía ráfagas turbias de luz; dió un latigazo, se inclinó la barca por una de sus bordas, y comenzó a marchar de prisa, abriéndose paso entre remolinos de espuma... El horizonte aclaraba por instantes; las estrellas palidecían. Unas nubecillas grises, azuladas, habían invadido el cielo por Levante, y estas nubecillas fueron enrojeciéndose hasta que el sol hizo su salida triunfal, rasando con su luz dorada las crestas espumosas de las olas.
Las nubes se fueron esparciendo por el cielo en grandes copos rojos, que se subdividieron y concluyeron por deshacerse.
El grumete, que corría a proa con los pies desnudos, se puso a cantar, con voz atiplada:
L'airet, l'airet, l'airet
de la matinada.
Del rich estiu, del rich estiu,
del rich estiu.
—¡Silencio!—le gritó el patrón severamente.
—Déjele usted cantar—exclamó Kitty—; lo hace muy bien.
El muchacho siguió con su canción, cambiando de voces con mucha gracia.
Ya la luz de la mañana alumbraba el mar, y los viajeros se veían unos a otros.
Kitty iba muy sonrosada y elegante con un chal y una capucha que le cubría la cabeza; la mujer del médico comenzaba a ponerse pálida, algo mareada; Urbina estaba preocupado; el Capitán, silencioso, y el doctor y Thompson se entretenían en hacer cabriolas y gansadas, exponiéndose a caerse al agua.
Al alejarse a una distancia de un par de millas del puerto oyeron la diana que tocaban los tambores y cornetas en el castillo de Ondara.
Se volvieron todos a mirar hacia atrás. El castillo brillaba como una ascua. Parecía fundido, incendiado por el sol; el pueblo estaba todavía en la sombra, y únicamente un rayo de oro daba en la cúpula de la iglesia, que centelleaba con mil reflejos.
Poco después se oyeron varios cañonazos.
Se veía el humo blanco de la salva, que manchaba el aire azul, formando una nube redonda, y unos segundos más tarde sonaba el estampido.
—La Naturaleza tiene también cosas cómicas—dijo el Capitán—. Esa diferencia de rapidez entre la luz y el sonido hace un efecto grotesco.
—¿Tampoco quiere usted estar conforme con la Naturaleza?—preguntó Kitty, riendo.
—Tampoco.
En esto se izó la bandera en el castillo de Ondara, que comenzó a brillar al sol.
—¡Hurra! ¡Hurra!—gritó Thompson, agitando su sombrero en el aire.
—No me ha parecido bien ese hurra cosaco, Thompson—dijo burlonamente el doctor—. ¿Ustedes qué opinan?
—La verdad es que ese grito del Norte en pleno Mediterráneo parece intempestivo—contestó Kitty.
—Completamente intempestivo—dijo el Capitán.
—Yo creo que el eco ha protestado con indignación—añadió el doctor.
—¡Qué duda cabe!—repuso el Capitán—. Yo mismo he visto un delfín que se ruborizaba al oír esa exclamación salvaje.
—No se esfuercen ustedes más, amigos míos—exclamó Thompson—, en convencerme que he hecho mal. Tienen ustedes razón. Había perdido la noción geográfica, se me había confundido en la cabeza el paralelo. Pero ahora estoy orientado, he encontrado la aguja de marear y creo que a este grito no tendrán ustedes que poner ninguna objeción.
—Vamos a ver—dijo el doctor.
—¡Evohe! ¡Evohe!—gritó Thompson desaforadamente—. ¡Eh! ¿Qué tal? ¿Tengo aire clásico?
—Parece usted un Sileno—dijo el doctor.
—¡Evohe! ¡Evohe!—repitió Thompson.
—Va usted hacer zozobrar la barca con sus gritos báquicos—exclamó el Capitán.
—Me callaré; pero ustedes confiesen que este ¡Evohe! ha estado muy bien.
—Yo lo confieso—dijo el Capitán—; la prueba es que el delfín, que iba antes avergonzado y triste con sus hurras, me ha hecho una seña de amistad y ha sonreído.
Hacía poco viento y tardaron dos horas en desembarcar en Alba, un pueblecito de la falda del Monsant.
Era el pueblo pequeño y blanco; se destacaba en el cielo azul intenso, colocado sobre un acantilado calcáreo de poca altura, rodeado por un arenal. Brillaba esta pared como si fuera de mármol veteado y manchado por algunas plantas trepadoras. Encima se alineaban casas blancas, cuadradas, como dados, sin alero, que refulgían al sol.
Al pie del acantilado se extendía la playa, llena de algas de aspecto haraposo.
La barca se acercó y encalló en el arenal.
Veíase éste en aquel momento lleno de gente; unos arrieros de pueblos de alrededor compraban y cargaban pescado en carros pequeños, y con tal motivo había gran movimiento de ir y venir.
Los viajeros, dirigidos por Kitty, cruzaron por entre los pescadores, salieron a una calle del pueblo y entraron en la posada.
—¿Qué hora es?—preguntó Kitty.
—Las ocho.
—Entonces tenemos que esperar una hora a que vengan la tartana y los caballos.
Salieron todos a una galería del mesón que daba hacia la playa.
Al lado del mar había un conjunto de chozas, unas de paja, otras de tablas, en cuyos cobertizos y tejados se amontonaban cuerdas de esparto. Entre barca y barca se secaban al sol las ropas de los marineros. Los chicos y las mujeres cavaban con la azada pequeños canales en la arena, para que las barcas que partían se deslizasen hacia el mar, y ayudaban a subir a las que llegaban, tirando de una cuerda que pasaba por dos poleas.
A las nueve en punto, la moza del mesón avisó que estaban la tartana y los caballos en la puerta, con el asistente de Urbina.
Kitty notó en aquel momento que el Capitán llevaba en la mano un bulto cuadrado cubierto de tela.
—¿Qué lleva usted ahí?—le dijo.
—Es un secreto.
—¿No lo puedo yo saber?
—Sí; es una jaula. Póngala usted en el coche, ya le diré a usted luego para qué es.
Las señoras y el médico subieron en la tartana; los demás, en los caballos, y se dirigieron todos por una rambla llena de polvo, y después por una cuesta pedregosa, a escalar la parte alta de un acantilado, por donde corría un camino de herradura. Este camino, la Volta del Rosignol, iba rodeando el monte hasta dominar la ensenada del Monsant, una ensenada casi redonda con un islote en medio, el islote del Farallón. A un extremo de la ensenada estaba el convento.
Al llegar sobre la altura y comenzar el descenso del camino, el caballo de la tartana salió con un trote descompasado, agitando la collera y un cucurucho de cascabeles que llevaba fijo en ella y que sonaba estrepitosamente en la marcha.
Los jinetes picaron la espuela a sus caballos, y en hora y media estaban todos en el convento.
XIII.
EL CONVENTO
Era un magnífico lugar aquel en donde se asentaba el monasterio. Se hallaba en una alta explanada del Monsant, al borde mismo del acantilado de la costa; tenía delante un bosquecillo de olivos; encima de éste, un pinar, y más arriba, cimas ásperas y pedregosas; abajo se extendía el mar, en cuya superficie luminosa se dibujaba la sombra del islote. Al acercarse al convento, por la Volta del Rosignol, se veía, primeramente, la torre por encima de los viejos y mugrientos tejados, entre los cipreses del camposanto; luego se abarcaba todo el conjunto del edificio, circundado por una muralla con aspilleras y rejas. Dentro de esta muralla se encerraba la iglesia, la vivienda, el jardín y el claustro.
Entre el convento y el bosquecillo de olivos había un raso ancho y empedrado, con una cruz de piedra en medio.
En aquel momento, un mendigo, envuelto en una anguarina parda, dormía al sol.
Llegaron la tartana y los caballos a la plazoleta; se detuvieron y bajaron los viajeros.
Un arco de la muralla entre dos columnas, con una puerta claveteada y pintada de azul, daba acceso al primer patio. En el fondo de éste se levantaba la iglesia, una fachada barroca con guirnaldas y grandes tejas con celosías. Encima de la puerta, contorneada por una moldura retorcida de piedra, había una hornacina con una Virgen antigua esculpida por algún artista gótico, y a los lados de ella se destacaban dos grandes escudos coloreados. La fachada remataba en una torre adornada con varios jarrones y tres campanas.
En el patio, los arrayanes decrépitos y mal cortados trazaban un rectángulo, y en medio de éste se levantaba una gran taza de mármol, musgosa, olvidada y triste, que en otro tiempo debió de estar embellecida y animada por el chorro vivo de un surtidor de agua clara.
Kitty y los amigos atravesaron el patio y se acercaron a la iglesia.
—Thompson y yo esperaremos aquí un momento—dijo el Capitán—, luego entraremos.
Kitty, con la mujer del doctor, el doctor y Urbina, pasaron al patio, y Thompson y el Capitán quedaron fuera con el asistente de Urbina y el tartanero.
—Oye, muchacho—le dijo a éste el Capitán.
—¿Qué quiere usted?
—Pasa por ahí y llama al jardinero o al portero, y dile a cualquiera de ellos que te venda dos palomas, y pregúntale si todas las semanas podrán vender otras dos.
—Bueno.
—Toma—y el Capitán le alargó unas monedas.
—¿Ya, cuidarán ustedes de la tartana?
—Sí, estaremos aquí.
El tartanero entró en el convento y volvió al poco rato con dos palomas grises.
—¿Qué han dicho?—preguntó el Capitán.
—Que venderán todas las que se quieran. Ahí tiene usted la vuelta.
El Capitán dió una propina al muchacho y cogió las dos palomas, las examinó, las encerró en la jaula y ésta la dejó dentro de la tartana.
—¿Qué vamos a hacer ahora?—preguntó Thompson.
—Yo voy a entrar—dijo el Capitán—; usted se queda aquí, inspecciona esto y me hace un pequeño plano del conjunto del edificio y de sus alrededores.
—¡Pero entonces no voy a ver el convento!
—Y a un luterano como usted, ¿qué demonio le importa ver un convento de papistas?
—¿Y el arte?
—¡Qué arte! No sea usted amanerado, Thompson. ¿No es una obra de arte el intentar, como intentaremos nosotros, si se puede, robar una señorita de un convento? Le creía a usted superior a esas supersticiones.
—No he dicho nada. Es usted el Capitán y le obedezco.
—Bueno. Hasta luego entonces.
Entró el Capitán en el patio, lo recorrió y pasó a la iglesia, y después al claustro. Aquí se reunió con Kitty y sus amigos, que estaban en compañía de la superiora y de una mujer de una belleza espléndida, vestida de negro. Era la Clavariesa. La Clavariesa hablaba con Kitty, al parecer, come con una amiga íntima.
Precediéndolos a todos iba un sacristán cojo, vestido con una túnica negra y armado de un llavero, abriendo puertas.
El Capitán se acercó a Urbina y le preguntó, señalando a la Clavariesa:
—¿Es la novia de usted?
—Sí.
—La puede usted decir unas palabras?
—Sí.
—Dígale usted que una paloma gris que llegará el domingo, por la mañana, a las doce del día, le traerá noticias de Ondara y de usted.
—¿Qué quiere usted decir con eso?
—Usted dígaselo en seguida. Que espere la llegada de la paloma.
Urbina, apretado de cerca, dió el encargo a la Clavariesa.
Siguieron todos visitando el convento.
Mientrastanto, Thompson tomaba notas y apuntes desde fuera.
Comenzaba a hacer calor; la luz cegaba y el tiempo invitaba a la pereza. Las cigarras llenaban con su chirrido el silencio del campo.
Thompson no sabía el propósito definido del Capitán. Hizo primero un croquis de los alrededores del convento y de la cima del Monsant, que tenía en uno de sus cabezos una atalaya derruída, del tiempo de los moros.
Después dibujó el conjunto del monasterio desde la Volta de Rosignol, con sus grandes tapias, su arco de entrada, su torre, sus tejados musgosos y sus cipreses negros y afilados.
Luego, abandonando el camino y alejándose de la costa, subió a un bosquecillo de olivos. Estos árboles centenarios, negros y retorcidos, parecían pulpos monstruosos de muchos brazos y de muchas manos que iban ascendiendo penosamente la montaña.
Desde aquella altura se veía la huerta del convento con una gran alberca cuadrada, en la que el agua negra verdeaba. Detrás de los perales y de los melocotoneros asomaban los cipreses melancólicos del cementerio, como detrás de la vida aparece la muerte. Sobre el mar azul revoloteaban algunas gaviotas y sobre la tierra, algunas palomas.
Thompson dejó el bosquecillo de olivos y subió por un pinar hasta la parte alta de una cima, desde donde se dominaba la costa al prolongarse hacia el norte. Al principio quedó extrañado; enfrente brillaba un peñón calcáreo erguido sobre una playa. El sol le arrancaba unos reflejos tan extraños que aquella roca gigantesca, blanca, roja y amarilla, parecía el fantasma de un monte vigía del mar azul.
Thompson estuvo contemplando aquella roca un momento para cerciorarse de que tenía realidad; luego temió quedar retrasado, cruzó el pinar y el bosque de los olivos y bajó a la puerta del monasterio.
Serían las once cuando los visitantes de Monsant salieron al patio.
—¿Y por qué no ha entrado Thompson?—preguntó Kitty.
—Tenía que hacer un encargo mío—repuso el Capitán.
—¡Qué egoísmo! ¿Por qué no lo ha hecho usted?
—Es que él sabe más geología que yo, y necesitaba examinar unas piedras. Además de que los aires papistas no convienen a los luteranos.
—No diga usted papistas. ¡Qué horror!
—¿Es usted ferviente católica, Kitty?
—Lo más ferviente que puedo.
Entraron unos en la tartana, montaron los otros a caballo y volvieron al mesón de Alba, a comer.
—¿Qué le ha parecido a usted la Clavariesa?—preguntó Kitty al Capitán.
—Muy bien; una mujer espléndida.
—Cuando estaba en Ondara querían encontrar rivalidad entre ella y yo. ¡Qué tontería, verdad!
—¡Sí!; hay demasiada diferencia entre ella y usted—dijo el Capitán.
—¿Verdad?
—Enorme.
—¿Tanta, tanta, cree usted?
—Es como comparar una estrella, no con un gusano de luz, huyamos de las exageraciones, como comparar una estrella de luz propia con un planeta.
—¿Y ella es la estrella de luz propia?
—No, la estrella es usted.
—Gracias, Capitán, es usted muy galante.
—Es usted como esas estrellas pequeñas, brillantes, intensas, que lanzan una mirada que vibra en el aire.
Kitty tomó un aspecto mixto de coquetería y de tristeza.
—Me gustaría saber, la verdad, lo que piensa usted de mí—dijo.
—Lo que siento de usted. Sencillamente, que es usted una mujer admirable.
—Se quiere usted reír de mí.
—No, no. Es usted una mujer encantadora.
—Con eso quiere usted decir que soy loca, temeraria... ¿verdad?
—¿Y quién no lo es? Solamente las gentes mezquinas saben hacerse un escudo con los lugares comunes y las preocupaciones generales para vestir su mezquindad. La poca gente noble que hay en el mundo, esa va a pecho descubierto; si le hieren de un flechazo, la flecha penetra hasta el corazón; si va por un precipicio y se desliza, la caída es hasta el fondo...
—Me da usted miedo—dijo Kitty—, debe usted odiar a la sociedad.
—La odio... y la desprecio—contestó el Capitán en tono sombrío.
—Pero sin sociedad, ¿cómo podríamos vivir?
—No sé; ni me importa pensarlo.
—Es necesario que haya leyes.
—Sí; así al menos hay la satisfacción de violarlas—replicó el Capitán en tono sarcástico.
—Y de Eguaguirre, ¿qué piensa usted?
—¡Eguaguirre!... Tiene un perfecto egoísmo a cubierto de todo ataque. Garitas, baterías, hornabeques, galerías cubiertas: su fortaleza es inexpugnable. No se perderá por amor al prójimo.
—¿Tan malo le cree usted?
—No; malo, no. Egoísta, frío, petulante. Tiene grandes condiciones de conquistador.
Kitty escuchó nerviosa y demudada. Al tranquilizarse un poco dijo:
—¿También tiene usted mala opinión de Urbina?
—No. ¡Ca! Urbina es un santo varón. Entre hacer de víctima o de verdugo, preferirá hacer de víctima; entre ser martillo o yunque, elegirá ser yunque. Yo le respeto y le reverencio, y si llega su martirologio le dedicaré un recuerdo y una piadosa lágrima.
Comieron en el fonducho de Alba y, después de pasar un rato de sobremesa y esperar a que transcurrieran las horas calurosas de la tarde, marcharon a la playa y entraron en la Joven Rosario.
El asistente de Urbina y el tartanero fueron a Ondara por tierra, dando una gran vuelta.
Kitty, que se había sentado a popa, se fijó en el envoltorio que llevaba el Capitán.
—No me ha dicho usted para qué es la jaula—dijo.
—¿Y quiere usted saberlo?
—Sí.
—Pues llevo aquí dentro dos palomas.
—¿En dónde las ha cogido usted?
—¿Cree usted que las he robado? No. Comprendo que hubiera estado más en carácter robándolas; pero me he contentado con comprarlas en el monasterio.
—¿Y para qué las quiere usted?
—Una de ellas servirá para llevar la carta que nuestro amigo Urbina escribirá a su amada.
—¡Qué idea! Pero tendría que estar advertida la Clavariesa.
—Lo está.
—¿Y la contestación?
—Yo supongo que se necesitarán dos cartas para que haya contestación. Si la muchacha se aviene a entrar en correspondencia con Urbina, se le enviarán palomas del castillo, de regalo, que desde el momento que las suelte volverán a su palomar.
—¡Bravo! Es usted un hombre de recursos, Capitán.
Se desembarcó en Ondara al anochecer, y el Capitán y Thompson se fueron a la fonda de la Marina.
Por la noche, los dos dijeron a Urbina que podía escribir una carta a la Clavariesa, que iría al convento llevada por una paloma.
Urbina, al saberlo, quedó intranquilo y nervioso, y se puso hacer borradores, que consultó con Thompson, a quien consideraba hombre más susceptible de sentimentalismo que el Capitán.
Dos días después había que enviar la paloma mensajera. Se leyó la carta definitiva, que se sometió al juicio de Kitty. Kitty hizo algunas observaciones de psicología femenina muy agudas, que Urbina atendió, y por la mañana del domingo subieron Urbina, Thompson y el Capitán al Mirador del castillo. Kitty tomó entre las manos una de las palomas y estuvo acariciándola. Según Thompson, era un ejemplar de la Columba Tabellaria. Esta clase, de pequeño tamaño, es de gran instinto viajero. El Capitán cogió la carta de Urbina, la dobló y la ató con una cinta en el ala de la paloma. Luego Kitty dejó el ave mensajera en el pretil del Mirador. La paloma dió unos pasos a un lado y a otro, después se lanzó al aire, trazó una gran curva para orientarse, se dirigió como una flecha hacia Monsant, y desapareció.
—He escrito una tontería—dijo Urbina—. Va a creer que soy un imbécil.
—Ya no puede usted recoger la carta del correo—exclamó el Capitán burlonamente.
—Se va a reír de mí.
—¡Qué se ha de reír!—exclamó Kitty.
—¿Cree usted que no?
—No. Claro que no. Es usted el hombre más notable que he conocido en mi vida.
—¿Cómico? ¿Grotesco?
—No. Delicado. Un carácter bueno, generoso.
Urbina, en un arranque de emoción, se acercó a Kitty y le cogió la mano con intención de besársela; luego no se atrevió y quedó en una actitud de perplejidad triste.
Al día siguiente Kitty escogió una paloma con pintas del palomar del castillo, la metió en una jaula, puso en un cartón atado el nombre de la Clavariesa e hizo que se la llevara un cosario que recorría los pueblos de la costa y que pasaba por Alba y por el convento de Monsant.
A los dos días la Clavariesa contestaba, y Urbina estaba loco de contento.
XIV.
LOS ARGONAUTAS
El Capitán, a quien habían asegurado que no corría el menor peligro de ser detenido, decidió quedarse en Ondara hasta el final de la aventura de Urbina.
Los amores de Kitty y Eguaguirre seguían en el mismo estado de amable galanteo; la gente sospechaba; pero nadie tenía un indicio claro de la intimidad de los amantes.
A las dos semanas de cruzarse cartas entre la Clavariesa y Urbina, el oficial, por consejo de sus amigos, se puso al habla con la tía de su novia.
Esta señora recibió a Urbina muy amablemente, y le dijo que Fenoller, el tutor, no cedería de ninguna manera mientras tuviera poderes. Había decidido que Dolores se casara con su hijo, y esta solución le parecía, porque le convenía a él, tan buena, que no aceptaba otra.
El despotismo de Fenoller había producido tal protestes y oposición en la tía de Dolores, que estaba deseando encontrar cualquier medio para chasquear al despótico tutor.
Urbina, al ver lo bien dispuesta que se hallaba aquella señora, pensó que debía hacer un gran esfuerzo.
Consultó con su amigo Thompson y después con el Capitán.
—¿Usted cree que ella estará dispuesta a escaparse con usted?—le preguntó el Capitán.
—Yo creo que sí.
—Pregúnteselo usted claramente. Si acepta organizaremos en seguida el plan de evasión.
—Creo que aceptará.
—Pues nada ¡adelante!, como decía el general Blücher cuando se ponía la pipa en la boca y un sombrero de mujer en la cabeza. Thompson y yo prepararemos el rapto. Usted se queda en el pueblo. Fenoller parece que vigila a Eguaguirre, pero no a usted. Si supiera que faltaba usted de aquí comenzaría a sospechar. Usted obtenga la contestación categórica de la chica. Le dice usted que su tutor no cede y que la tía está de acuerdo con usted.
—Eso haré.
—Y mientrastanto nosotros estudiaremos el terreno.
—¿Qué van ustedes a hacer?
—Como yo supongo que por tierra no se puede intentar nada, alquilaremos un falucho por un par de semanas y reconoceremos los alrededores del convento.
—Yo les cederé Roque, mi asistente. Es listo como un diablo.
—Lo conozco. Necesitaremos tres o cuatro hombres más.
—Eso se encuentra fácilmente.
—Sí; creo que sí. Pongámonos de acuerdo. Nosotros, de todas maneras, alquilamos el falucho; si no se puede emplear en la evasión, se perderá el dinero, y nos pasearemos.
—Bueno; no importa.
—En seguida que nos hagamos con el falucho inspeccionaremos la costa y veremos las posibilidades de la empresa; usted, mientrastanto, habrá escrito a su novia y recibido la contestación. ¿Que ella acepta? Pues le comunica usted en seguida el plan de fuga con todos los detalles; pide usted una licencia de un mes o de dos, rapta usted a la muchacha, se casa usted, y laus Deo.
—Haremos todo lo posible para que la cosa salga bien—dijo Urbina.
—Usted no hable ni a sus amigos íntimos del proyecto.
—No; no los tengo.
—La cuestión es llevar el asunto con el mayor sigilo, que no haya posibilidad de una sospecha, y luego realizarlo con rapidez.
Thompson fué el encargado de buscar la barca, y tras de dar muchos pasos inútiles, encontró un contrabandista de mala fama, que vivía en la punta del faro, que se avino a alquilarle su falucho con cualquier objeto.
Este contrabandista, el Farestac, de apodo, era hombre fornido, de mediana estatura, silencioso, negro por el sol, la cabellera roja, que le salía por debajo del gorro colorado y le caía sobre los hombros; las barbas grandes, cobrizas y enmarañadas, el pecho de oso y las manos peludas. El Farestac vivía con su madre, una mujer también roja y también selvática, en una casucha próxima al mar, medio cueva, medio cabaña.
El Farestac era un solitario, un insociable; necesitaba espacio, soledad, olas, espumas, huracanes. Este delfín misantrópico, a pesar de su violencia, tenía mucho de contemplador y de quietista. Dionysios no hubiera encontrado para sus fiestas un sátiro, un sileno, un egipan, en cuya mirada ardiera un fuego tan intenso y tan salvaje.
El único amigo y compañero del Farestac era el Rabec, viejo pescador andrajoso, de cara bronceada y llena de arrugas, la nariz de cuervo y el gorro rojo y agujereado.
El Rabec tenía varias cicatrices, una oreja cortada y en la íntegra un anillo de plata.
El Rabec era malhumorado y sarcástico, y gozaba fama de mala sangre. Su risa, su raílla, era siempre cruel y sangrienta.
El Rabec tenía un perro de aguas, el Dragó, feo, sucio e inteligente.
En la barca del Farestac, que se llamaba la Sargantana (la lagartija), servía de grumete Pascualet, un muchachillo morenito y ágil como un mono. La Sargantana del Farestac no era una barca limpia y bien cuidada, sino una barca abandonada y harapienta. En su casco se veían mapas de desconchados de su pintura verde, y sus velas estaban llenas de remiendos de varios colores.
La Sargantana no era un lacértido respetable, sino una lagartija bohemia y vagabunda, que conocía las sendas del mal mejor que las del bien.
Una tarde, al anochecer, Thompson con sus acólitos, el Farestac, el Rabec y el grumete, llegaron a Ondara; el inglés desembarcó y avisó al Capitán que para el día siguiente, por la mañana, iban a salir.
Les faltaba un botecillo, que alquilaron, y al otro día, al alba, los argonautas de Ondara salieron en la Sargantana, en dirección del Monsant. Llevaban una escalera, dos azadas, un pico, cuerdas y unas cestas con comestibles.
Hacía un viento vivo; el falucho marchaba rápidamente, con la vela grande y el foque inflados por el viento, haciendo murmurar las aguas que cortaba con la proa y dejando una estela de remolinos espumosos.
Doblaron la punta del Monsant, terminada en un amontonamiento de grandes rocas que formaban una cueva abierta por ambos lados; entraron en la ensenada y se dirigieron, en línea recta, hacia el islote del Farallón.
El islote brillaba al sol, seco, como un trozo de lava, amarillo y rojo, lleno de rajaduras y de agujeros, sin una mata de verde en los resquicios. Uno de sus lados estaba cortado a pico; el otro se alargaba en una roca horadada, que formaba un arco, por debajo del cual pasaban las olas.
Dieron la vuelta al islote, que desde algunos sitios, al reflejar el sol, parecía un témpano de hielo; acercaron el falucho, a golpes de remo, hasta un canal angosto, entre grandes piedras, y lo encallaron. El Dragó, el perro de Rabec, fué el primero que saltó a tierra y subió a la parte alta del Farallón, espantando a una nube de gaviotas que tenían allí su nido.
Había, arriba, una pequeña explanada en cuesta cubierta de esqueletos de aves.
Thompson y el Capitán subieron a la explanada y se tendieron a contemplar la costa.
Brillaba el mar, como una roca azul de diversos matices, bajo el esplendor del cielo inflamado. El aire estaba tibio, impregnado de esencias salobres. Un delfín jugueteaba entre las olas.
—Vamos a estar aquí hasta mañana por la mañana—dijo el Capitán—en que haremos un reconocimiento en el bote. Ahora, cada cual puede elegir el entretenimiento que quiera.
—¿Hay tantos?—preguntó Thompson.
—Se puede dormir, pescar, jugar, bañarse...
—¿Y usted qué va a hacer?
—Yo me voy a dedicar a la investigación y a la reflexión.
El Capitán sacó su anteojo y se puso a contemplar la costa y la ensenada del Monsant, que parecía estrechar entre sus brazos el islote.
El acantilado, en cuya cumbre estaba el convento, comenzaba en la playa de Alba; luego seguía como un zócalo por debajo del pueblo, e iba elevándose, al alejarse de él, hasta tomar gran altura y terminar en una punta rocosa.
Al comienzo, este acantilado era liso, calcáreo, sin hendiduras; de lejos parecía de mármol; luego, al aumentar en elevación, la pared que formaba se convertía en un peñascal, con desigualdades, con senos, en donde penetraba el mar y trozos del monte desprendidos que avanzaban en el agua, sembrándola de arrecifes. En algunos sitios, el suelo rojo mostraba sus entrañas desnudas y sangrientas.
Al lado contrario de Alba, detrás de la otra punta de la ensenada, se erguía a orilla del mar una roca, que parecía de piedra pómez por lo blanca y lo seca.
—¡Qué extraña mole!—exclamó Thompson—. El otro día la miraba desde lo alto del Monsant, y se me figuraba una nube iluminada por el sol.
—Si parece un azucarillo—dijo el Capitán, poco dispuesto a maravillarse.
Desde allí, el convento se presentaba muy en alto; no se veía de él mas que el cementerio con sus cipreses blanquecinos por el polvo, una torre cuadrada, con una galería con matacanes, adornada por una parra, y una muralla con aspilleras, que bajaba en zig-zag hacia el mar.
El convento tenía, mirado desde el islote, un aire belicoso y altivo.
A la derecha del monasterio se veía la mancha obscura del olivar, y luego, pinares que iban reptando cada vez más claros, hasta desaparecer en la parte rocosa y desnuda del monte. En un extremo, en uno de los cabezos, aparecía una atalaya del tiempo de los moros con un resto de muralla agujereada y rota.
—¿Quién conoce bien estos sitios?—preguntó el Capitán a Thompson.
—El Farestac.
—¿Quién es el Farestac?
—El patrón de la Sargantana; ese de las barbas rojas.
—Es un pirata. ¡Qué tipo! Dígale usted que venga.
El Farestac, que estaba preparando el almuerzo en compañía del Rabec y del grumete en un hornillo de hierro, subió a lo alto del islote.
—¿Qué quiere usted?—preguntó en un castellano rudo al Capitán.
—Siéntate aquí—le dijo el Capitán—¡compañero!—y le dió una palmada en el hombro.
—¿Compañero de qué?—preguntó el Farestac con tono burlón.
—De piratería. Tú eres un pirata, ¿verdad?
—¿Yo?
—Si no lo eres en grande, no es por falta de ganas, Farestac. Tu barco destila contrabando y piratería.
—¿Y el barco de usted?
—Yo no tengo barco—replicó el Capitán—; soy un pirata de monte. Siéntate; somos lobos de la misma carnada.
El Farestac se sentó, mirando al hombre con sorpresa.
—¿Conoces esta tierra que está delante de nosotros?—dijo el Capitán.
—Sí.
—¿Bien?
—Mejor que nadie.
—¿Cuántas entradas hay en esta costa?
—¿Entradas?
—Sí. ¿Cómo les llaman aquí? Calas. ¿Cuántas calas hay?
—Tres—contestó el Farestac.
—¿Cómo se llama aquella de enfrente?
—¿Aquélla?
—Sí.
—Cala del Infern.
—¿Y ésta que está aquí cerca de la punta?
—La dels Capellans.
—Y la tercera, ¿dónde está?
—La tercera está doblando esta punta, y se llama dels Avions.
—¿Por alguna de ellas se puede subir?
—Por todas se puede subir.
—¿Por cuál es más fácil la subida?
—Por la del Infern.
—¿Has subido tú?
—Sí.
—¿Cuándo?
—Hará un año la última vez.
—¿A dónde se sale?
—Al cementerio del convento.
—¿Te daría miedo subir otra vez?—repuso el Capitán.
—Menos que a usted—contestó el salvaje marino sarcásticamente.
—A mí no me da miedo nada, hijo mío—repuso el Capitán, dando un nuevo golpecito en el hombro del patrón y sonriendo.
El Farestac miró a su interlocutor con curiosidad creciente.
—¿Qué van ustedes a hacer en la cala del Infern?—preguntó.
—Vamos a subir al convento.
—¿A qué?
—A robar una monja.
—Una moncha. ¿De verdad?
—Sí. Una moncha joven y guapa. ¿Tú te llevarías una?
—Una joven y guapa ¡ya lo creo!—exclamó el Farestac con los ojos brillantes.
—Pues nada, escoge una y te ayudaremos. Formaremos una Sociedad de Raptos y Empresas peligrosas reunidas. Razón social: Farestac, Thompson, Rabec, etc., etcétera. Capital: el que se robe.
El Farestac, que no entendía bien lo que decía el Capitán, comenzó a mirarle con mayor extrañeza. Quizá pensó que estaba loco.
Se comió en la parte baja del islote del Farallón, se pasaron las horas pescando y al anochecer se tendieron todos a dormir.
Antes de amanecer, el Farestac despertó a la gente. Se decidió que el Rabec, a quien nada se había contado del proyecto, quedara en el islote cuidando de la Sargantana en compañía del Dragó. Los demás se metieron en la lancha y se dirigieron hacia la costa.
En el mar palpitaban tantas estrellas, que su brillo tembloroso producía el vértigo.
En media hora se acercaron a la cala del Infern. Amanecía.
No era aquella cala un pequeño golfo bien abierto e iluminado por la luz del sol, sino un agujero irregular y tenebroso que comenzaba por una hendidura estrecha.
Delante de esta hendidura había rocas basálticas blancas y grises que formaban como restos de un gran palacio, del que quedaran arcos y galerías rotos. Al borde mismo del agua salían pinos por las grietas de las piedras. El bote se deslizó por entre los peñascos sobre el agua inmóvil, que parecía de cristal, y penetró en la hendidura. Llegaron hasta el fondo y ataron la lancha, y almorzaron.
Empezaba a entrar por arriba la claridad del sol y se iba viendo poco a poco la extraña configuración de la cala. El mar aparecía blanco, lechoso, entre dos paredes negras, húmedas, llena de oquedades; ya fuera, era azul, con un color turbio de cristal; una red de meandros de espuma cubría su superficie con un galoneado de plata.
Comenzó a sonar la campanita del convento de una manera charlatana y alborotadora.
—Vamos a hacer nuestra inspección—dijo el capitán.
—Vamos—repuso el Farestac.
La hendidura era más estrecha en la boca que en el fondo. La cala formaba dentro un seno irregular. Tenía allí unos sesenta pies de ancho y ciento veinte de alto. El Farestac aseguraba que había una senda que a trechos se convertía en escalera y que llegaba a lo alto.
Se encontró un resto de camino que comenzaba por el lado izquierdo mirando hacia el interior. Al principio iba en una pendiente suave; luego se hacía más escarpado, rodeaba la cala y pasaba al lado derecho. Hasta la mitad de la altura se logró subir con grandes dificultades; luego había una parte de veinte pies como un lomo de piedra resbaladizo, que se podía escalar trepando, agarrándose a las rendijas. De aquí el camino pasaba por un resalto medio desmoronado por las filtraciones del agua. Este resalto, que corría paralelamente a una hendidura horizontal, se llamaba, según dijo el Farestac, el Pas de la Rabosa.
El marino encontraba muy cambiada la senda de la cala del Infern desde que él había estado la última vez.
Sin duda las aguas de lluvia habían ido deshaciendo y arrancando grandes trozos de la arena y de la piedra calcárea, echándola al fondo de la cala.
El Pas de la Rabosa terminaba en la pared de la derecha, en una oquedad profunda, de donde salía otra senda a trechos con escalones que subía a la parte alta del acantilado. Esta senda se hallaba interrumpida por un desmoronamiento que dejaba unos quince pies sin paso.
Al llegar a la oquedad el Capitán se detuvo, y dirigiéndose a Thompson, exclamó:
—Amigo Thompson, ¿tiene usted buena memoria?
—No; pero tengo un lápiz y un cuaderno que la substituye mal que bien.
—Bueno. Vaya usted apuntando todo lo que necesitamos para dejar accesible la subida.
Thompson fué apuntando lo que le dijeron: garfios de hierro, varias tablas, cuerdas, etc.
Arreglaron durante la mañana la subida hasta el Pas de la Rabosa. Después comieron. Habían llevado un hornillo de hierro, donde se guisó y se hizo café. El vino lo echaban a un porrón de hoja de lata, y de allí bebieron todos a chorro.
Al comenzar la tarde hicieron una maniobra de importancia y de peligro. Ataron con la cuerda por la cintura a Pascualet; tendieron después la escalera de un lado del abismo al otro, sujetándola en una piedra lo mejor posible, e hicieron que el muchacho atado pasara y afirmara la escalera con grandes clavos por el otro lado.
Hecho este puente, cruzaron todos por él. Primero pasaron el Farestac y el Capitán; después, Roque y Thompson. Les faltaba únicamente unos cincuenta pies para llegar al borde superior de la cala del Infert; pero esta subida no era difícil, porque había una buena senda. La limpiaron quitándola hierbajos resbaladizos, y cuando comenzaba a hacerse de noche salieron a lo alto del acantilado.
Ahora también la campanita del convento derramaba sus notas de cristal en la calma del crepúsculo...
El Farestac y el Capitán se acercaron al cementerio, mientras Roque y Thompson quedaban en las esquinas de la tapia mirando a hurtadillas por si llegaba alguien.
El capitán escaló la tapia del camposanto, y el Farestac le siguió. Se acercaron saltando tumbas a una puerta en arco que comunicaba con el jardín del convento. Esta puerta, pintada de verde, estaba cerrada con cerrojo y llave.
Por una rendija miraron y vieron a la superiora y a otra monja dando instrucciones al jardinero.
—Hay que limar la lengüeta de esta llave—dijo el Capitán—. Teniendo abierto esto, la fuga es fácil... Abriremos la otra puerta del cementerio que da hacia el mar, y en un minuto la novia de Urbina puede estar en el Pas de la Rabosa. Vámonos, Farestac. Por hoy ha concluído sus funciones la Sociedad de Raptos y Empresas peligrosas reunidas.
Salieron el Capitán y el Farestac del camposanto, y reunidos con los otros dos y el chico, comenzaron casi a tientas la bajada por la senda de la cala del Infern hasta llegar al mar.
—Añada usted a lo que necesitamos—dijo el capitán a Thompson—un par de limas buenas y una tranca.
—Está bien.
Se embarcaron en la lancha. Llegaron al islote, y poco después la Sargantana, como un tritón jovial y alegre que deja por primera vez la férula de los maestros y de los padres, marchaba hacia Ondara con las velas desplegadas.
XV.
EL RAPTO
Inmediatamente que llegaron a Ondara el Capitán y Thompson fueron a ver a Urbina. Este les mostró una carta de la Clavariesa, en la que se mostraba anhelante por dejar el convento y dispuesta a escaparse.
—Bueno—dijo el Capitán—; puede usted escribir a su novia que pasado mañana, a las siete de la tarde, el sábado, irá usted por ella. Dígale usted que a esa hora en punto esté delante de la puerta del jardín del convento que da al cementerio. Allí la esperaremos nosotros y la llamaremos. La lengüeta de la puerta estará cortada. Que abra el cerrojo y entre en el cementerio, y caerá en los brazos de su adorador.
Urbina escribió la carta con estas instrucciones, la mandó con una paloma desde el castillo y para la tarde tenía la contestación.
La muchacha estaba con ansiedad esperando el momento de la fuga; se colocaría a la hora de la cita delante de la puerta del jardín que daba al cementerio y, al oír que la llamaban, descorrería el cerrojo y pasaría.
—Esta noche saldremos a nuestra expedición—dijo el Capitán—. ¿Ha pedido usted su licencia?
—Sí; Kitty se encarga de facilitármela.
—Después del rapto, ¿volveremos a Ondara?
—¿A usted que le parece?—preguntó Urbina.
—Yo, como usted, si tuviéramos buen tiempo y buena mar, seguiría hasta donde se pudiera.
—Y usted, Capitán, ¿qué piensa hacer?
—A mí no me importa dejar esto.
—¿Y Thompson?
—Thompson, si quiere, se puede quedar aquí. Pasaremos por delante de Ondara: hay que traer el bote; en él puede volver.
El viernes, por la tarde, Thompson y el Capitán mandaron llevar al falucho todos los útiles necesarios para la expedición, y el Capitán añadió su equipaje.
Salieron a media noche remolcando una lancha plana; hacía poco viento y tardaron dos horas largas en llegar a la ensenada de Monsant; a la luz de las estrellas se acercaron al islote del Farallón, ataron la Sargantana, dejaron al Rabec con el Dragó de guardia en el peñasco solitario, y con la lancha se acercaron a la cala del Infern.
El Capitán y Thompson subieron a lo alto del acantilado, saltaron la tapia del cementerio y comenzaron a serrar la lengüeta de la cerradura de la puerta que daba al jardín de las monjas. Para el amanecer habían concluído su trabajo. De miedo que la puerta chirriase al abrirla untaron sus goznes con aceite.
—La Sociedad de Raptos y de Empresas peligrosas reunidas es una Sociedad prudente—dijo el Capitán—; el dinero de los asegurados puede estar tranquilo.
—¿Qué capital social tenemos?—preguntó Thompson alegremente.
—El que se robe. No nos queremos distinguir de las demás Sociedades.
La puertecilla del cementerio que daba hacia el mar estaba podrida, y de un empujón quedó abierta.
—¿Hay que hacer algo más?—preguntó Thompson.
—Nada, esperar.
Terminados estos preparativos, Thompson y el Capitán se acercaron gateando al borde de la cala del Infern y se tendieron en la hierba.
—Creo que voy a pescar un magnífico reúma—dijo el Capitán, al echarse en el suelo.
—En cambio verá usted un amanecer espléndido—replicó Thompson.
—¿Usted cree que compensa una cosa la otra?
—Hombre, según la importancia que se le dé al reúma.
—Y según la importancia que se dé a la contemplación del amanecer.
Comenzaba la hora tímida e indecisa de la mañana. Thompson, que era hombre de cierta cultura clásica, recordó los celebérrimos y conocidos dedos de rosa de la Aurora y habló de Faetonte y de Tithon.
—Ahora es la Aurora una muchacha púdica—dijo—, como una niña que va a la primera comunión. No se atreve a mirarnos, lleva la cabellera recogida y el cuerpo cubierto por su túnica blanca; dentro de poco será como una bacante rubia, que nos envolverá con sus cabellos inflamados y hará arder la tierra en rubíes y el mar en perlas y en diamantes.
—Así la quiero yo: enérgica, antirreumática.
—Destruye usted la poesía de las cosas, Capitán, con esos recuerdos de tisanas y franelas.
—Es que yo soy un hombre antipoético por excelencia.
—No lo creo así.
El Capitán se entretuvo entonces en desarrollar ante su amigo Thompson el funcionamiento de la Sociedad de Raptos y Empresas peligrosas reunidas, que había ideado.
—Sabe usted lo que estoy pensando al oírle—dijo Thompson con seriedad.
—¿Qué?—preguntó el Capitán.
—Que tan fantástica es esa Sociedad como nuestros actos. Es usted una sombra que está creando otra sombra.
—¡Bah! Literatura, amigo Thompson. ¡Sueños!
—Toda la vida es sueño, Capitán. Si en otro tiempo se hubieran escrito nuestras aventuras, los eruditos de hoy supondrían que no tenían realidad.
—No sé por qué.
—Lo supondrían. Y no crea usted que yo lo supongo igualmente. No. Yo creo que somos hombres de carne y hueso—repuso Thompson.
—Yo también—dijo el Capitán—. Más hueso que carne; pero, en fin, hay algo de carne.
—Eso lo dirá usted pensando en sí mismo, no en mí.
—Sí, me había olvidado de su opulencia, Thompson. Siga usted con su argumento.
—Decía, que siendo nosotros hombres de carne y hueso ¡con qué facilidad se nos convertiría en símbolos de un viejo mito!
—No veo la facilidad.
—Yo, sí. Figúrese usted los indicios que tendría el comentarista al leer nuestra historia, para creer en un mito y en un mito solar: primeramente, estamos en el solsticio del año; fíjese usted bien: ¡el solsticio del año!; segundo, vamos a robar a una dama. Esta dama, la Clavariesa, es una belleza, una gran belleza; por tanto, una encarnación de Mithras, del sol, de Venus, del amor; el convento es la noche, en que está guardada la luz; Urbina es Marte, enamorado de Venus...
—Un Marte muy tímido—dijo el Capitán.
—El sacristán del convento es Vulcano. Usted ha dicho que es cojo.
—Y lo repito.
—El Farestac es la naturaleza salvaje, que se pone a favor de los enamorados.
—¿La Sargantana?
—La fuerza del mar.
-¿Y yo?
—Usted será, probablemente, una encarnación de Mercurio, dios de los comerciantes y de los ladrones, lleno de recursos para todo.
—¡Gracias!
—Pascualet y yo seríamos espíritus auxiliares de poca importancia.
—¿Y Roque?
—Roque, la fidelidad, que en vez de vestir de blanco y llevar una llave y un perro, va vulgarmente de asistente en la vida de los fenómenos.
—No falta mas que el Rabec—dijo el Capitán.
—El Rabec es un servidor del Cerbero, del Dragó, de ese perro de aguas que nos parece insignificante y que el comentarista daría proporciones de dios infernal. Respecto a esta cala, que se encuentra a nuestros pies, unos dirían que era la caverna de Ténare, con sus fauces abiertas, por donde bajaron Hércules y Orfeo a los infiernos, según Virgilio; otros, que el antro de la serpiente Python; pero el comentarista filósofo y racionalista comprendería que esta cueva simbolizaba la humedad y la lobreguez de la tierra cuando no ha sido acariciada aún por los rayos del sol. Ahí tiene usted una pequeña trama mitológica, en donde aparecen Venus, Marte, Mercurio, Vulcano, con acompañamiento de fuerzas de mar y tierra. Vea usted, Capitán, cómo nuestros cuerpos mortales pueden tomar las apariencias de un símbolo.
—Descendamos, amigo Thompson, a las realidades de la vida—dijo el Capitán—, porque esta bacante rubia de la Aurora empieza ya a molestar un poco.
—Descendamos a la cala del Infern—repuso Thompson...
El Mediterráneo se extendía verde, cerca de la costa; más lejos, azul intenso. El viento era vivo, y las olas, al romperse, llenaban de un rebaño de corderos blancos la superficie del mar.
El Capitán y Thompson volvieron al interior de la cala y ayudaron al Farestac, a Roque y a Pascualet en el trabajo de dejar la bajada más fácil.
Urbina estaba en el colmo del asombro al verse metido en aquel rincón fantástico.
Almorzaron y comieron allá, y al caer de la tarde comenzaron los últimos preparativos. Se hizo que Urbina subiera y bajara desde lo alto del acantilado hasta el mar, para que se acostumbrara.
Urbina y el Capitán se colocaron en el cementerio. Thompson estaría en el Pas de la Rabosa con una antorcha, que encendería al ver llegar a la Clavariesa; Roque y el Farestac, en las cuestas resbaladizas, y Pascualet, al cuidado de la lancha.
A las siete menos cuarto, el Capitán y Urbina salieron de la cala gateando para que nadie les viera, y corriendo por el borde del acantilado entraron en el cementerio.
Urbina tenía un aspecto encogido y avergonzado.
—Amigo Urbina—le dijo el Capitán—, hay que adoptar una postura gallarda. La naturalidad y el encogimiento modesto no se han hecho para los héroes. Recuerde usted a Napoleón, que tomaba lecciones de prestancia de Talma.
Urbina sonrió.
Cruzaron los dos el cementerio y se acercaron a la puerta que daba al jardín de las monjas.
Miraron por una rendija.
—Se acerca ella—dijo Urbina de pronto, con el corazón palpitante.
—Háblela usted—murmuró el Capitán.
—Cuando venga.
—Ande usted. No vaya a creer que no hay nadie.
—¿Estás ahí?—preguntó Urbina con voz ahogada.
—Aquí estoy.
—Pregúntele usted si no la observan.
—¿Hay alguna monja en el huerto?
—Ahora, sí. Espera un instante.
Esperaron unos minutos.
—Ya no hay nadie. ¿Abro?
—Sí.
La Clavariesa descorrió el cerrojo y empujó la puerta, cuyos viejos y enmohecidos goznes chirriaron, y la muchacha pasó al cementerio. La Clavariesa dió la mano a Urbina, que no se atrevió a besarla.
El Capitán sujetó la puerta con una tranca.
—¡Adelante!—dijo—. Ya sabe usted el camino.
La Clavariesa y Urbina salieron del cementerio. El Capitán miró por el resquicio de la puerta. No aparecía nadie en el jardín del convento.
Cerciorado de la tranquilidad que había, corrió por el cementerio, se deslizó a gatas por el talud y entró en la cala del Infern.
—La Sociedad de Raptos y Empresas peligrosas reunidas es una Sociedad prudente—dijo en voz alta—, y el dinero de los asegurados se halla en buenas manos.
—¿Estamos ya?—preguntó Thompson.
—Sí.
El inglés encendió su antorcha.
La Clavariesa, muy dueña de sí misma, comenzó a bajar la senda y cruzó el Pas de la Rabosa riendo. Urbina, con la emoción y el vértigo, vacilaba y tuvo el Capitán que sostenerle.
—¡Animo!—le dijo éste—; un momento de esfuerzo. Hay que dominar los nervios rebeldes. No vaya usted a estropearnos los dividendos de la Sociedad.
Urbina se rehizo y siguió bajando el sendero hasta el mar. Afortunadamente para él, estaba obscuro y su novia no pudo notar su turbación.
Al llegar al bote se dejó sitio a Urbina y a la Clavariesa en la popa, y los demás quedaron reunidos a proa.
—¿Qué, no salimos?—preguntó la muchacha alegremente.
—Esperamos a que sea de noche completa para que no nos vean.
Serían las nueve cuando la lancha se deslizó por la hendidura de piedra de la cala del Infern y se dirigió al islote del Farallón.
Urbina había consultado con su novia si volver a Ondara o seguir adelante, y ésta fué partidaria de seguir adelante.
Entraron todos en la Sargantana y ataron el bote a popa.
Hacía viento y las olas venían erizadas de espuma. La gran vela latina del barco se extendió en el aire y blanqueó pálidamente en la obscuridad; después se largó el foque. La Sargantana se acercó a una milla de Ondara.
Se veía en el ambiente de la noche estrellada la vaga silueta del castillo y algunas luces que brillaban aquí y allá en el pueblo.
—Bueno, Roque y yo nos vamos en la lancha—dijo Thompson.
Thompson abrazó al Capitán y a Urbina, y estrechó la mano de la Clavariesa; Roque se despidió emocionado del teniente y bajó al bote. La barca estuvo un momento inmóvil; Thompson y el soldado comenzaron a remar. Cuando volvieron la cabeza hacia atrás, la Sargantana había desaparecido...
A la hora en que la luz de la mañana comienza a filtrarse por entre las nubes; a la hora en que palidece Venus y lanza sus últimos destellos Syrio; a la hora en que las brumas se evaporan y aparece el mar azul con sus meandros de espuma, bajo la gran claridad gloriosa del sol; a la hora en que se abren las puertas del día y Faetonte galopa arrastrando el carro de la Aurora por el incendio del cielo, comenzaron a tocar a rebato las campanas de Monsant.
Algo grave ocurría a las buenas hermanas para producir tanta alarma.
Las gaviotas que hacían su primer viaje de exploración por entre las rocas quedaron sorprendidas de este campaneo insólito; las palomas que revoloteaban alrededor del convento se alejaron en son de protesta; las golondrinas y los vencejos chillaron más; el mismo islote del Farallón pareció asomar su lomo puntiagudo como un delfín sobre las aguas preguntándose la causa de este alboroto.
Poco después, desde lejos, se vió entrar en el cementerio unas siluetas negras, las de varias monjas, dirigidas por la superiora de la Comunidad. Fueron de aquí para allá mirándolo todo; luego se acercaron a la cala del Infern y huyeron de ella rápidamente, haciéndose cruces...
Y, mientrastanto, las campanas de Monsant seguían tocando a rebato desesperadamente...