PRÓLOGO
Hacia 1860—cuenta nuestro amigo Leguía—fuí con mi mujer, algo enferma del pecho, a pasar el invierno a Málaga, y me instalé en la fonda de la Danza, de la plaza de los Moros, en donde me hospedaba otras veces.
Esta fonda era de un gallego casado con una andaluza, y aunque no un hotel moderno (todavía no se habían implantado esa clase de establecimientos en España), se podía vivir con comodidad en ella. No dominaba por entonces el individualismo, un tanto feroz, que hoy reina en los hoteles, y se comía en la mesa redonda, y cada uno contaba a su vecino sus negocios y hasta sus cuitas. Teníamos mi mujer y yo, como compañero de mesa, un juez gallego que se quejaba constantemente de la comida de Málaga.
Para el juez gallego, todo lo de la ciudad y los alrededores era rematadamente malo. El juez estaba deseando que lo trasladasen a otro punto; pero como, al parecer, era un buen funcionario, las personas influyentes de la ciudad habían pedido que no lo sacasen de allí, y el Gobierno lo dejaba en su puesto. Según pude entender, el juez gallego constituía el terror de la gente maleante del Perchel y del puerto.
Solíamos estar en la mesa tranquilamente, cuando se oía de pronto la voz del gallego que gritaba:
—¿Peru qué sardinas sun éstas? Estu no vale nada; estu no está frescu.
—No me diga usted ezo, don Juan—terciaba la dueña del establecimiento—; presisamente ayé me desía don Pepe Rodrigue que en ninguna parte se comía el pecao como en eta casa.
—Pues, señora, ¡estu no está frescu!—gritaba el juez con la misma energía que si estuviera dictando una sentencia de muerte.
—¿Quié usté que le traigan un poco de pescá?
—¡Qué pescada ni qué niñu muertu! Que me pongan dos huevus fritus.
—¿Lo quiere uté con patata?
—¡Patatas! Aquí no valen nada las patatas ¡Aquellus cachelus!
Yo me reía interiormente de las divergencias de opinión del gallego y de la andaluza; para el primero no había nada superior a lo que se criaba en las proximidades del Miño, y para la andaluza, Málaga era el compendio de todas las excelencias culinarias y no culinarias.
Un día en que me hablaba el juez de sus campañas contra la gente maleante, le pregunté si sabía algo de la asonada política de Málaga en 1836, en que intervino Aviraneta y en la que murieron el conde de Donadío y el general Sanjust; pero el juez, por aquella época, no estaba en Málaga.
Preguntó a un joven, empleado en el Gobierno Civil, que se hospedaba en la fonda, quién podría tener datos de esta algarada.
—El que he oído decir que presenció este motín—dijo el joven—fué un señor de aquí.
—¿Quién?
—Pepe Carmona, un comerciante malagueño que es aficionado a escribir. ¿No le conoce usted?
—No.
—Pues es un hombre muy amable, muy tranquilo, muy frío, muy poco hablador, que parece un inglés. Sin embargo, su sino ha debido de ser tomar parte en estas trifulcas, porque de joven presenció una matanza que hubo en Barcelona en el mismo año que la de Málaga.
—Hombre, ¿qué me dice usted? Me interesa también ese movimiento de Barcelona—dije yo—. Me gustaría conocer a ese señor. ¿Podríamos verle?
—Sí; si usted quiere, le citaré una noche de éstas en el Casino.
—Muy bien; cítele usted.
—Pues ya le avisaré a usted para que vayamos a verle.
Pocas noches después fuimos al Casino el joven empleado y yo, y conocí a Pepe Carmona. Pepe Carmona era hombre de unos cuarenta y cinco a cincuenta años; hombre triste, amable y apagado. Tenía el tipo mixto que abunda en Málaga: los ojos azules, el pelo rubio, ya canoso; la nariz recta, la cara larga y huesuda; vestía con mucha pulcritud y lucía unas manos blancas, muy bien cuidadas. Al hablar ceceaba algo, pero con suavidad, sin aspereza alguna, y sonreía amablemente con frecuencia y con cierta timidez, un tanto rara en hombre ya de sus años.
Pepe Carmona me confirmó lo dicho por el joven del hotel y me aseguró que había conocido a Aviraneta en Barcelona, cuando las matanzas de la Ciudadela, en 1836, y que le volvió a ver en Málaga días antes de la muerte del general Sanjust, es decir, meses después de conocerle.
Le pedí me hiciera una relación de estos acontecimientos, de los cuales había sido testigo, y me dijo:
—Yo no sabría separar bien estos hechos con los recuerdos de mi vida; si usted quiere, le prestaré un cuaderno de mis memorias, en el que he escrito esos acontecimientos que a usted le interesan.
—Con muchísimo gusto. No tendré ese cuaderno mas que el momento indispensable para leerlo.
—No, no; puede usted guardarlo el tiempo que quiera.
El señor Carmona me envió al día siguiente al hotel un grueso cuaderno muy bien empastado. Estaba escrito con una letra inglesa de comerciante y había intercalado en el texto algunos dibujos hechos por el mismo Carmona. Tanto la relación escrita como los dibujos ostentaban cierta facilidad elegante, pero no una fuerte personalidad. Al parecer, Pepe Carmona, en su vida como en su literatura y en sus dibujos, era un hombre amable y distinguido; pero no pasaba de ahí.
De sus memorias copio todo lo que puede interesarnos a los aviranetistas.
I.
EL DIARIO DE PEPE CARMONA
Mi padre—dice Pepe Carmona—era un comerciante malagueño, nieto de un irlandés por la rama materna. El decía que su familia irlandesa procedía nada menos que de reyes. Mi madre había nacido en Málaga, pero era oriunda de Burgos, de un pueblo próximo a Salas de los Infantes, de donde salió mi abuelo para poner una mercería en la calle Ancha.
La procedencia, medio irlandesa, medio castellana, me ha dado a mí un tipo poco meridional, que es, sin embargo, frecuente en Málaga, en donde hay mucha mezcla de razas.
Mi padre contaba con relaciones comerciales en Inglaterra; había estado varias veces en Liverpool y en Londres y adoptado las costumbres e ideas de los ingleses. Una de ellas era el considerar como el sumum de la vida el tener las maneras de un gentleman. Mi padre consideraba lo mismo el ser gentleman que el ser rico; identificaba estos dos conceptos confundiendo el hecho con el derecho.
El caso fué que a mí me dió una educación de hijo de rico en un colegio de alto porte; que pasé temporadas en Madrid, y estuve en Inglaterra y en Francia. Naturalmente, yo me creí un hombre de fortuna que podía dispensarse costosas fantasías. En Londres me hice vestir por los mejores sastres, y en París tuve la humorada de tomar, como profesor de violín, a un alemán que me llevaba por cada lección un ojo de la cara.
Cuando volví a Málaga le dije, cándidamente, a mi padre que no sentía la menor afición por el comercio: me gustaba más la poesía, y puesto que él contaba con medios de fortuna suficientes para vivir, y yo también, si no le parecía mal, me dedicaría de lleno a la literatura. También le dije que probablemente no viviría en Málaga, porque aquel sol y aquella sequedad del paisaje me ponían malo.
Mi padre no dijo nada en contra de estos proyectos, y los aceptó con cierta tranquilidad irónica. Yo me dediqué a leer. Mis entusiasmos entonces eran Ossian y Walter Scott; conocía también algo de lord Byron. Por aquel tiempo comencé un poema épico: La Batalla de Lepanto, y esto me hizo separarme un poco de los Fingal, de los Morven y de las Malvinas, de los Rockeby y de las Damas del Lago, para meterme de cabeza en la mitología grecorromana.
Compré la Odisea en una traducción francesa. La Eneida, en la versión de don Diego López, que, aunque decían que no era fiel, me servía para comprender el original, y La Jerusalén libertada, del Tasso. Sobre estos modelos me puse a imitar. Al mismo tiempo me enamoré de una muchacha de la buena sociedad malagueña. María Teresa era una chica muy buena y muy simpática; yo tenía por ella un entusiasmo loco. Nos conocíamos de niños, y nuestro afecto había ido naciendo lentamente. Yo me creía ya muy seguro en la vida, y, aun así, tenía por temperamento una gran timidez para todo.
Mi vida, por entonces, era muy agradable, y a pesar de que, para la mayoría de la gente, Málaga, en aquella época, pasaba por un pueblo aburrido y de poca sociedad, yo me encontraba admirablemente.
Mi tiempo transcurría en mi casa y en casa de mi novia. Los domingos paseaba con ella por la Alameda, y a todas horas le rondaba la calle. A veces me sentía muy melancólico, y esto lo atribuía a las pequeñas disensiones que tenía con mi padre y con mi novia.
II.
ARRUINADOS
En esto, mi padre, que estaba fuerte como una roca, así al menos lo decía él, cayó enfermo y en pocos días murió. Empezamos mi hermano y yo a intervenir en los asuntos de nuestra casa comercial, y resultó, según nos dijo nuestro socio, que mi padre, quitando algunas acciones de minas, que por entonces no producían nada, no tenía un cuarto.
Al poco tiempo todo Málaga se hallaba enterada de nuestra ruina. Hicimos un balance de cuentas que nos dejó espantados. Afortunadamente, mi madre, mujer enérgica, de carácter, tomó las riendas de la casa: cortó por lo sano; vendió joyas y mobiliario, quedándose sólo con lo imprescindible, y fuimos a vivir a una casita de campo de la Caleta.
Mi hermano y yo nos dispusimos a trabajar para ver el modo de poner a flote el negocio de mi padre.
El socio nos manifestó una mala intención señalada, y vimos claramente que quería quedarse con la casa comercial, dando una pequeña pensión a mi madre. Nos enteramos del valor que podían tener las acciones de la compañía minera en donde mi padre había metido varios miles de duros, pero estas acciones se hallaban por entonces muy en baja, y nuestros amigos nos aconsejaron que esperáramos algún tiempo para venderlas.
Es muy poco grato vivir en un pueblo en donde se ha pasado por rico: se molesta uno al ver que la gente conocida huye del arruinado y se tiende a la desconfianza y a la suspicacia.
Los meses que pasé en Málaga, después de la muerte de mi padre, fueron para mí muy desagradables. Creía ver en todo el mundo apartamiento y desdén. Sólo mi novia seguía queriéndome y tratándome como hasta entonces.
Poco después, su padre se me acercó en la Alameda, y tras de largas consideraciones y de decirme que no me quería mal, me indicó que no visitara ni escribiera a su hija. Amablemente, me cerraba las puertas de su casa.
Yo volví a la mía completamente deprimido. Por entonces comencé a decaer, me sentía cansado y triste. Mi hermana, con más genio que yo, se burlaba de mí y me decía que tenía sangre de chufas.
—Si éste es así, dejadle—observaba mi madre.
No era sólo pena y tristeza lo que yo tenía, porque pocos días después tuve que acostarme y pasé durante cuatro semanas la fiebre tifoidea.
Cuando empecé a levantarme, mi madre, viendo que seguía lánguido y triste y que no reaccionaba rápidamente en la convalencia, me dijo:
—Lo que tú tienes que hacer es marcharte de aquí.
—¿Adónde?
—Qué sé yo. El mundo es grande.
—Está uno bastante mal preparado para luchar en la vida.
—Otros con menos medios que tú han llegado a ser algo.
Sabía un poco de francés, inglés y cuentas. Me hubiera gustado ir a vivir a Inglaterra, pero comprendía que el aprendizaje allí sería demasiado caro y demasiado largo para un hombre sin medios.
Consulté con un capitán de barco, el capitán Barrenechea, que hacía la travesía de Cádiz a Barcelona, y éste me dijo que me llevaría a cualquier punto de su trayecto gratis. Quedamos, Barrenechea y yo, en que primeramente intentaría probar fortuna en Valencia. Era a principio de la guerra, en 1833. Me embarqué en la Bella Amelia, y estuve en Valencia un mes sin encontrar nada que me conviniera, y cuando volvió de nuevo el barco de mi amigo el capitán fuí con él a Tarragona.
Al bajar, en el puerto, Barrenechea me dió dos cartas de recomendación. Una, para un señor Serra, comerciante, y la otra, para un capitán de cabotaje, llamado Ramón Arnau, que vivía cerca del puerto.
III.
DOÑA GERTRUDIS Y EULALIA
El capitán Arnau, hombre tosco, no muy amable, me recibió de una manera un tanto ruda. Me convidó a comer en su casa y me llevó por la tarde al escritorio del señor Serra, que tenía un gran almacén de granos y de harinas en una calle próxima al puerto. El señor Serra me sometió a un interrogatorio, y gracias al capitán Arnau, que vino en mi ayuda, pude salir bien del paso. Hice valer mis conocimientos y entré en la casa como escribiente y tenedor de libros, con veinticinco duros al mes.
Ya aceptado y con un empleo fijo, tuve que pensar en la cuestión del alojamiento, cuestión difícil, porque había por entonces mucha guarnición en el pueblo y dos o tres regimientos más que de ordinario, con lo cual todas las fondas y casas de huéspedes estaban ocupadas por oficiales.
El hijo de mi patrón, Emilio Serra, me dió una tarjeta para que visitara a dos señoras, tía y sobrina, que vivían en la calle de las Moscas, calle del pueblo viejo, entre la muralla y la Catedral. Tardé bastante en encontrar la calle, que estaba en lo más elevado de la ciudad, cerca de la capilla de San Magín.
Encontrada la casa, llamé y subí hasta el último piso. Las dos señoras, tía y sobrina, eran castellanas; me recibieron amablemente y me alquilaron un cuarto espacioso, con una ventana que caía a la parte de atrás de la calle de las Moscas, hacia la muralla.
Al principio vacilaron en darme hospedaje completo con la comida; pero a lo último, y diciéndoles yo que me acomodaría a sus gustos y costumbres, quedamos en que comería con ellas.
Mis patronas, como he dicho, eran tía y sobrina. La tía, viuda de un comandante retirado, muerto en Tarragona; la sobrina, soltera. Doña Gertrudis era una señora de pelo blanco, ojos claros, de aire muy amable y muy inteligente, y vestida siempre de negro. La sobrina, Eulalia, de unos cuarenta años, tenía los ojos muy vivos, la boca grande, de dientes blancos, los ademanes enérgicos y apasionados. Eulalia vestía también de negro; según supe después, un novio con quien iba a casarse había muerto días antes de la proyectada boda y se consideraba como viuda.
A mí me parecía por su pureza y su fidelidad un tipo intermedio entre Astrea y Artemisa.
El primer día que comencé mi trabajo en la oficina de don Vicente Serra me pareció muy largo y penoso. Por la noche hablé con las dos señoras de mi casa largamente y les conté mi vida.
Eran doña Gertrudis y Eulalia de cerca del pueblo de la familia de mi madre, y con tal motivo intimamos, considerándonos como medio paisanos.
—Es extraño—me dijeron varias veces, una y otra—. Usted no tiene nada de andaluz.
La amabilidad de mis patronas suavizó la vida que llevaba en Tarragona. Mi patrón, don Vicente Serra, hombre de unos cincuenta y tantos años, no me resultaba nada simpático: era frío, soberbio, ordenancista; tipo del comerciante rico que se da en todo el Mediterráneo. Me dijeron que prestaba dinero a usura y que, a pesar de ser muy santurrón y de ir a todas las procesiones y ceremonias religiosas, andaba en relaciones con las Celestinas del pueblo.
El hijo, Emilio Serra, no era tampoco simpático: se manifestaba muy déspota y muy orgulloso de su riqueza. Los Serra tenían una de las casas más lujosas de la Rambla de San Carlos.
En los días siguientes de mi estancia allí me fuí haciendo cada vez más amigo de las señoras de mi casa. Arreglé mi cuarto, que era grande, espacioso, blanqueado, con vigas azules en el techo, a mi gusto. Puse en las paredes algunas estampas y litografías traídas de Inglaterra, un estante para mis libros, una mesa delante de la ventana, y me prestaron mis patronas un sillón, con los brazos terminados por cabezas de pato, muy cómodo.
Mi cuarto daba a una sala empapelada de verde, con su piano, su cómoda, el espejo pequeño con marco de caoba, dos retratos al óleo y varias estampas. Esta sala tenía una sillería de estilo inglés. Eulalia me dijo que podía escribir allí si quería, pero yo le contesté que con mi cuarto me bastaba.
Eulalia tocaba muy bien el piano, daba algunas lecciones y cantaba con mucho gusto. Yo la oía, sobre todo los domingos y días de fiesta, desde mi cuarto, sentado cerca de la ventana, por donde se veía, enfrente y a la derecha, el Campo de Marte, dominado por el alto del Olivo, y a la izquierda, la ribera del Francolí, un inmenso jardín lleno de bosques de palmeras, de limoneros y de almendros.
Aunque no conocía Grecia, me figuraba que así debían ser los paisajes cantados por los antiguos poetas bucólicos de la Hélade.
IV.
EVOCACIONES Y RECUERDOS
Por Eulalia me enteré, días después, que la casa donde vivíamos estaba en el emplazamiento del antiguo Foro y próximo al Capitolio.
—¿Así que vivimos entre el Foro y el Capitolio?—le pregunté a Eulalia.
—Sí, señor. Ya ve usted qué honor. Aquí cerca, al lado de la puerta del Rosario, están también los muros ciclópeos.
Contemplé estos trozos de murallas, construídos con enormes peñas por pueblos antiquísimos y fabulosos. El Capitolio, según me dijeron, ocupaba un espacio limitado por una línea que, partiendo de la calle de las Escribanías Viejas, pasaba por la parte superior del Horno de los Canónigos y la pared del claustro de la Catedral, y cruzaba por frente al convento de la Enseñanza, hasta la casa del Arcedianato de San Lorenzo. En este sitio había existido la torre del Patriarca, torre en donde estuvo prisionero Francisco I, después de la batalla de Pavía, antes de ser trasladado a Madrid, y que fué volada por los franceses en 1813. Dentro del recinto del antiguo Capitolio entraba también el jardín del Magistral.
El Foro, al parecer, comenzaba en el castillo de Pilatos y plaza del Rey, seguía por la calle de Santa Ana, yendo a formar ángulo con la de Santa Teresa, próximamente a la casa del Horno de Salas; desde aquí seguía en línea recta por la Mercería, escaleras de la Catedral y calle de la Civadería, trazaba un ángulo en la calle de las Moscas, seguía la línea por el arco de Toda y el huerto de la casa de las Beatas, cerrando la línea en la plaza del Pallol.
Del Foro se conservaba todo su ámbito: las bóvedas subterráneas en la calle de la Mercería, y las superficiales en la parte de atrás de la Catedral.
No lejos de casa estaba también el palacio de Augusto, la torre de Pilatos, y hacia el mar, el Circo, donde se encuentra ahora el presidio del Milagro.
Esta vecindad, con los antiguos monumentos ilustres de la época, me llenaba vagamente la imaginación de ideas trascendentales.
Cuando salía de mi trabajo e iba a casa de mis patronas marchaba muy alegre. Les contaba cómo había pasado el día, y les llevaba noticias que corrían por el pueblo acerca de la guerra. Ellas, a su vez, sabían otras noticias, y confrontábamos las suyas con las mías.
Por las noches de invierno, después de cenar, teníamos en la mesa-camilla, doña Gertrudis, Eulalia y yo, largas conversaciones. Doña Gertrudis me contaba escenas de la guerra de la Independencia, presenciadas por ella. Esta guerra había dejado, como en otras ciudades españolas, un terrible recuerdo en Tarragona. Tarragona se defendió contra los franceses con un gran valor, como Zaragoza y Gerona. Los dos meses que duró el sitio de la ciudad fueron de una espantosa carnicería.
Doña Gertrudis recordaba al viejo general don Senén Contreras, yendo y viniendo por los baluartes, rodeado por su Estado Mayor, hablando siempre a los soldados y a los guerrilleros con una gran energía y un frenético entusiasmo. Doña Gertrudis contaba con muchos detalles la vida del pueblo en los meses de sitio, las mil cábalas que se hacían acerca de la suerte de la ciudad y las versiones que corrían sobre la ferocidad de las tropas del mariscal Suchet.
Por lo que decía ella, a quien más odiaba entonces el vecindario era a la legión italiana, que estaba con un regimiento de sitio también italiano, entre el fuerte de Loreto y el mar.
Esta legión se hallaba formada por sicilianos, napolitanos y corsos, reunidos en un depósito de reclutamiento en la Isla de Elba. La legión se hallaba constituída por aventureros, bandidos y ladrones capaces de todo. Uno de sus sargentos, Bianchini, se supo que había hecho la apuesta de comerse el corazón del primer centinela español que matase, y, por lo que se dijo, se lo llegó a comer.
La crueldad y la violencia de este hombre se hicieron legendarias, y la gente le llamaba El Dimoni. El tal Bianchini hizo varios prisioneros españoles, y como premio pidió al general ser el primero para entrar al asalto en Tarragona. En la brecha cayó muerto.
El mariscal Suchet reconoció que los españoles se batían como leones.
La gente del pueblo insultaba con furia a los franceses desde las murallas, y patrullas de mujeres iban armadas con su fusil a las avanzadas. Una de ellas, la Calesera de la Rambla, tuvo gran fama en aquella época.
Durante los días del asalto, la rabia de sitiadores y sitiados llegó al colmo. Los españoles mataron, en un encuentro, al general Salme, y los franceses, después de fusilar a unos cuantos españoles, escribieron con la sangre de sus víctimas este letrero en la muralla: «Queda vengada la muerte del general Salme».
Los últimos días del asalto fueron terribles. Los franceses, enfurecidos, no daban cuartel; los españoles se habían refugiado en la Catedral, y desde sus puertas hacían un fuego horroroso. Los franceses tuvieron que tomarla a cañonazos y a tiros, y desde la plaza de Las Coles hasta la entrada del templo fueron dejando, en la ancha escalinata que sube hasta él, racimos de muertos. Cuando entraron en la Catedral no dejaron dentro vivo a nadie de los que allí se habían refugiado. El suelo estaba lleno de sangre. Los franceses no respetaron heridos, ni enfermos, ni mujeres, ni chicos. Se contaba que los granaderos echaban a los niños por las ventanas y los recibían en la calle otros soldados en las puntas de las bayonetas. Después de la gran matanza, los franceses hicieron ocho grandes hogueras alrededor de la ciudad para quemar los muertos, y estas hogueras estuvieron echando espirales de humo grasiento y horrible durante días y días.
La desgracia de España hizo que, después de la postración producida por la guerra de la Independencia, viniera la lucha política encarnizada y cruel. Era, sin duda, indispensable alcanzar cierto grado de libertad de conciencia y de vida práctica. Los pueblos deshechos, despoblados, tardaban mucho en levantarse y en volver a la vida normal. Se había adquirido el hábito de la violencia; los hijos de los feroces guerrilleros, naturalmente, no podían ser mas que sanguinarios y crueles.
Después de la nueva campaña que hicieron los franceses realistas con el duque de Angulema, y que, afortunadamente, acabó pronto, vinieron las intrigas de los Descontentos. Eulalia había conocido a uno de sus jefes, al coronel Rafi Vidal, y vió a la señorita de Comerford en la casa del canónigo hospitalero de la Catedral, don Guillermo de Roquebruna. Eulalia me describió con entusiasmo la belleza de esta señorita irlandesa, que luego resultó enredada con un fraile.
Eulalia y doña Gertrudis me hablaron del terror que reinaba en Tarragona en tiempo del conde de España; los presos que venían de noche de los pueblos del llano y eran encerrados en el castillo de Pilatos o en el Fuerte Real, y de la bandera negra que aparecía en los baluartes, por lo cual se sabía que el día anterior se había enterrado o echado al mar un cadáver destrozado por las balas.
Todavía presentaba un carácter más horrible, según Eulalia, lo que pasaba en los calabozos de la Falsabraga, entre la barbacana y la muralla, hacia el palacio arzobispal. Desde la ventana de mi cuarto se oían en aquella época, casi todas las noches, gritos, lloros, lamentos y, con frecuencia, descargas cerradas. Luego se veían pasar hombres llevando algún bulto, precedidos por otro con un farol. Nadie se atrevía a acercarse al sitio en donde se sospechaba que alguien había sido enterrado; reinaba el más profundo terror, y la idea de ser llevado a la presencia del conde de España inquietaba a todo el mundo.
Yo escuchaba estas historias lleno de espanto, pero al mismo tiempo la tranquilidad de que gozaba por entonces me llenaba de satisfacción.
Doña Gertrudis me trataba como si fuera su hijo; yo iba sintiendo por ella gran afecto. Hicimos el proyecto de que, si acababa pronto la guerra, marcharíamos juntos a Salas de los Infantes. Ellas habían estado hacía pocos años; pero ya no podían soportar el frío de aquella región. Además, por estos días campeaba por allí el Cura Merino con su gente.
Llevaba yo un año en Tarragona. En medio de este ambiente apacible y algo melancólico me encontraba muy bien. En Málaga había vivido tan retraído, que la vida que hacía en Tarragona, quizá para otro monótona, a mí me bastaba.
Esta existencia rutinaria me llenaba por completo. Los domingos paseaba y, después de la misa, solía comprar alguna golosina para llevarla a casa. Por la tarde, a la hora de vísperas, casi siempre iba a pasear al claustro de la catedral. El jardín del claustro, con sus arrayanes y su pozo, sus cipreses y sus limoneros, me conmovía. No quería saber nada arqueológico; si a veces oía las explicaciones de algún cicerone, las olvidaba en seguida.
Me bastaba con disfrutar de aquel silencio, de aquel reposo lleno de misterio, que me daba la impresión de un lugar de Oriente. A la hora de las vísperas escuchaba el rumor lejano del órgano, el canto de los canónigos; veía a los mendigos envueltos en sus capas, rezando bajo una puerta primorosamente labrada, y todo esto me hacía soñar en una época pretérita y mejor.
Por la tarde iba al paseo de La Rambla, donde tocaba la música militar, y contemplaba a las señoritas de la aristocracia y a las menestralas, vestidas de negro, con unos cuerpos de diosa y la cara pálida de vivir a la sombra. Al anochecer, los días de fiesta, solíamos tener en casa alguna pequeña reunión musical, y yo tocaba el violín y Eulalia me acompañaba en el piano.
Por entonces se empezó a hablar de los carlistas catalanes Tristany, Brujó, Caballería, etc.
Entre estos había cabecillas audaces y atrevidos; pero no contaban con un hombre como los del Norte, con Zumalacárregui.
Luego, poco después, se empezó a hablar constantemente de Cabrera y de sus campañas en el Maestrazgo. A Cabrera, unos le consideraban como un monstruo, y otros, como el más acabado tipo del caudillo defensor del trono y del altar.
Zumalacárregui y Cabrera eran en este tiempo, y peleando en el mismo bando, dos símbolos de las dos corrientes opuestas y contrarias de la España clásica. El uno, la perseverancia y la visión clara y penetrante del hombre del Cantábrico; el otro, el brío, la gallardía y la fiereza del Mediterráneo. Mientrastanto, el resto de España esperaba.
V.
LA TORRE DE ARNAU
Algunas veces iba a visitar al capitán Arnau, a quien me había recomendado Barrenechea, el de la Bella Amalia. Don Ramón Arnau, hombre de unos cuarenta a cincuenta años, fuerte, enjuto, bien hecho, con la cara curtida por el sol y el aire del mar, era de estos tipos secos, avellanados, que produce la vida de a bordo.
Arnau iba siempre cuidadosamente afeitado y muy limpio; era hombre serio, de movimientos rudos, y hablaba de una manera casi siempre áspera y malhumorada. A mí no me manifestaba la menor simpatía; me consideraba, sin duda, como un señorito mimado, incapaz de un arranque de entereza.
Don Ramón se manifestaba liberal y anticlerical; no iba casi nunca a la iglesia; su mujer, aunque de menos edad que él, parecía más vieja, casi como si fuera su madre.
El capitán se mostraba con ella duro, dominador, creyendo, sin duda, que la misión de las mujeres es la de obedecer sin réplica y trabajar sin la menor distracción. La mujer del capitán seguía siempre la mirada de su marido y temblaba cuando éste se enfurruñaba. Arnau tenía esa idea de la autoridad del pater-familias romano, y se consideraba infalible e indiscutible.
En casa de Arnau conocí a sus hijas, María Rosa y Pepeta. María Rosa, muchacha rubia y blanca, me pareció un poco pava; la Pepeta, morena, con ojos verdes claros y tonos azules alrededor de los ojos, era verdaderamente bonita.
Las dos chicas, a pesar de su belleza y de su juventud, no me gustaban del todo por lo ásperamente que hablaban el castellano. Yo creía entonces, y tardé bastante tiempo en darme cuenta de tal preocupación, que por ser andaluz era superior a los catalanes. No comprendía que si un catalán puede ser ridículo hablando castellano entre castellanos, un castellano es ridículo hablando catalán entre catalanes. Lo mismo le pasa al español que habla francés, o al francés que habla español. Se cree también que unos idiomas son eufónicos y agradables al oído, y otros, no; pero todos los idiomas son eufónicos para el que está acostumbrado a ellos.
Arnau poseía una casa de campo en el camino de Barcelona, que va costeando por entre pinares y la marina, a poca distancia del Hostal de la Cadena. Esta torre, como la llamaban allí, era pequeña y blanca, tenía un hermoso huerto, un jardín con una terraza y una azotea desde la que se divisaba el mar. El huerto era grande, con naranjos, granados, limoneros y otros árboles frutales; el jardín tenía varios cuadros separados por boscajes de mirtos y de madreselvas, que formaban calles en sombra. Casi siempre, en invierno y en verano, resplandecían innumerables flores, y constantemente había frutos, pues cuando unos estaban ya maduros otros comenzaban a brotar. La naranja y el limón, las cerezas y los albaricoques, las peras y las manzanas, los higos, las granadas y las nueces se sucedían sin descanso.
Cuidaba este huerto Pascual, un mozo de unos veinticinco a treinta años, fuerte, tostado por el sol, algo pariente de Arnau. Pascual trabajaba constantemente y tenía un gran amor por la agricultura.
En el jardín había una pequeña glorieta cubierta con enredaderas y un gran pino alto, de copa redonda y tronco morado.
La tapia, pintada de azul, tenía encima jarrones de porcelana llenos de cristales de colores que despedían al sol brillantes destellos.
En mi poema La Batalla de Lepanto introduje más o menos subrepticiamente el jardín de la torre de Arnau y lo convertí en el jardín de las Hespérides, con sus ninfas guardadoras de las manzanas de oro: Egla, Aretusa e Hiperetusa. A Pascual, el hortelano, le llamaba Vertumnio. Cierto que el mitológico jardín no tenía nada que ver directamente con el resto de mi poema; pero yo me consideraba con derecho para vagabundear como poeta en alas de la fantasía por el mundo entero.
Varias veces fuí a la torre de Arnau solo o acompañado por algunos amigos, sobre todo los días de fiesta. María Rosa y Pepeta reinaban en aquel huerto con sus trajes blancos y sencillos, como Flora y Pomona. Estas chicas catalanas, que no conocían la timidez ni el rubor, eran completamente ingenuas y naturales y hablaban de una manera terminante y enérgica. No tenían María Rosa y Pepeta nada de ninfas tímidas y ossianescas ni de damas lacustres; mejor hubieran podido pasar con un poco de imaginación por diosas paganas.
María Rosa todavía era algo romántica; Pepeta tenía un realismo aplastante.
Conmigo solían ir dos pretendientes de María Rosa y de Pepeta: Pedro Vidal y Juan Secret.
Pedro Vidal había sido teniente de voluntarios realistas, y en aquella época se manifestaba satisfecho de no serlo y se sentía partidario de la Reina. A pesar de esto, el capitán Arnau no le perdonaba el haber pertenecido a la milicia realista y le manifestaba una marcada antipatía.
Vidal era pariente del coronel Rafi, sublevado en Tarragona, al frente de los Descontentos, y a su familia se la consideraba en el pueblo como absolutista. Vidal y un hermano suyo vivían obscuramente con su madre en una callejuela próxima a la Catedral.
Secret gozaba de la completa simpatía del capitán Arnau. Secret era hombre bajito, rojo y barbudo; su gran preocupación consistía en parecer alto. Cuando se le oía andar sin verle, por ejemplo, de noche, se creía que pasaba un gigante; tales zancadas solía dar.
Secret tenía el título de maestro de escuela y se vanagloriaba de haber publicado un periódico liberal en Reus. Lector de la historia de la revolución francesa, sentía un frenético entusiasmo por sus doctrinas y por sus hombres.
Secret sabía el francés, había vivido unos meses en Perpiñán y leído obras del vizconde de Arlincourt, y estaba convencido de que su mirada magnetizaba y fascinaba como la de las serpientes de los cuentos. Creía que era de esos hombres fatales que destrozan el corazón de las mujeres, de esos hombres que ríen de sus víctimas con una risa sarcástica y mefistofélica y que tanto abundan en los novelones y en los melodramas.
Sus amigos se burlaban de él y aseguraban que, por entonces, al menos, no se sabía que hubiera hecho ningún gran destrozo en las vísceras cardíacas del bello sexo.
Eso de parecer un hombre fatal siempre ha sido y será, sobre todo en época de romanticismo, cosa muy agradable. Secret, antes de vivir en Francia, figuró entre los absolutistas y formó parte de los Descontentos.
Su estancia en Perpiñán trastornó sus ideas y comenzó de pronto a sentirse liberal, y acabó siendo antirreligioso y republicano.
Secret era bilioso, colérico y partidario de incendiar, de matar y de no dejar títere con cabeza. El decía que estaba afiliado a la sociedad de carbonarios, pero sus amigos tampoco lo creían. Secret echaba grandes discursos en castellano, desdeñaba el uso del catalán y dominaba con sus adulaciones, y lo tenía preso en su tela de araña al capitán Arnau. No sabía yo exactamente si este hombre se dirigía a María Rosa o a Pepeta, pero ninguna de las dos le acogía con agrado.
Los conocidos me daban broma por mi amistad con la Pepeta, pero era inútil: tenía en la memoria impreso de una manera imborrable el recuerdo de María Teresa, y, además, reconociendo que era una tontería, no podía pasar por el acento catalán áspero de Pepeta. No me parecía nada femenino.
Otro comensal de la casa amigo de Arnau y muy liberal era un farmacéutico, Castells, un hombre gordo, tranquilo, que tenía su farmacia en una esquina de la Rambla de San Carlos.
Castells era un tanto fantástico: tenía ideas raras y originales; creía que la ciencia, con el tiempo, realizaría todos los milagros que se suponen hechos en la antigüedad, y pensaba que por la química se llegarían a hacer seres vivos.
Este Castells daba siempre la nota pintoresca y extravagante. Cuando íbamos a su farmacia solía obsequiarnos con magníficos refrescos, que componía con varios ingredientes en alguna probeta con el mismo aire que si estuviera haciendo un experimento o una reacción química.
En la casa de Arnau, en último término se destacaba la tía Doloretes, pariente de la mujer del capitán. Era ésta una mujer muy vieja, negra como un cuervo, acartonada, con una mirada muy viva y una manera de hablar exagerada y expresiva.
La pobre vieja vivía con el hortelano Pascual constantemente en la torre; había tomado la misión de trabajar para los demás y cultivaba la huerta, y estaba satisfecha si sus sobrinas nietas le hacían alguna vez una caricia.
No se podía ir con frecuencia a la torre de Arnau, porque muchas veces se decía que algún grupo de carlistas rondaba por las proximidades del Hostal de la Cadena. Yo, en general, los días de fiesta prefería quedarme en casa y añadir unas cuantas octavas reales más a mi gran poema.
A veces desconfiaba de este mamotreto, que iba creciendo y creciendo de tamaño, y en el que yo me pintaba como un hombre atrevido, conquistador y valiente; pero otras, me entraba de lleno la ilusión y pensaba en legar al mundo una obra maestra.
VI.
LA CASA DEL NEGRE
Cerca de la torre de Arnau, y entre la carretera y el mar, delante de una estrecha playa pedregosa se levantaba una casucha terrera, construída con adobes, que tenía al lado un corralillo y un pequeño bancal, verde o amarillento, según las estaciones. En el corralillo se veían constantemente harapos puestos a secar al sol, sobre cuerdas de esparto, y algún montón de fiemo, a cuyo alrededor picoteaban gallinas y comía una cabra. En la playa, al lado de la puerta del corral, hasta donde subían las olas, que echaban sobre la arena grandes madejas de algas harapientas, se veía una barca vieja, con la quilla al aire, que se pudría con la humedad y el sol.
Esta casucha, próxima a la torre de Arnau y al Hostal de la Cadena, se llamaba la casa del Negre.
El Negre había sido un pescador borracho y contrabandista que durante muchos años antes de la guerra de la Independencia había vivido allí. El Negre parecía hombre jovial, pues se pasaba la vida fumando en su pipa, componiendo sus redes en la playa y cantando. Una de las coplas que más le gustaba repetir era ésta:
Cuan lo pare no te pa
la canalla, la canalla,
cuan lo pare no te pa
la canalla fa ballar.
Un día el Negre hizo un extraño descubrimiento. Tenía su barca estropeada y había ido a pescar a una roca próxima a Tamarit del Mar, con su caña y una cesta, en la que llevaba un pedazo de pan y una botella de aguardiente.
Por la noche el pescador volvió trastornado, y, en vez de quedarse en su casa, entró en el Hostal de la Cadena.
Según dijo el Negre, había visto claramente una sirena blanca que tenía el tronco de una mujer y el resto del cuerpo de pez, con escamas. Se le había agarrado a la cuerda de la caña, y al levantarla en el aire dió un grito, se hundió en el agua y desapareció.
Se discutió el hallazgo en la taberna. Unos se pusieron a favor, y otros, en contra. El Negre afirmó que él sabía lo que eran las sirenas, porque en su juventud había visto una en el mascarón de proa de un barco, medio blanca, medio verde y con un arpa dorada en la mano.
El Negre describió su sirena con toda clase de detalles. Era rubia, con los ojos azules y los pechos blancos. Unos días después, dos jóvenes fueron a la roca próxima a Tamarit y vieron que el agua se revolvía al pie. Quizá había alguna pareja de delfines.
Desde entonces los vecinos de por allá llamaron a la roca la Roca de la Sirena.
El Negre no sabía a punto fijo lo que había visto, y cuando hablaba del hallazgo de su sirena lo contaba todas las veces de distinto modo.
El Negre murió a fuerza de ver cosas raras, porque siempre que las veía llevaba su botella de aguardiente, y más cosas raras veía cuando más alcohol penetraba en su cuerpo.
Poco después de la muerte del Negre apareció, habitando la casa, un vagabundo medio gitano, a quien llamaban el Caragol. Este hombre, enfermo de tercianas y de color pajizo, vivía enredado con una mujer muy guapa, llamada Teodora, que no le guardaba la menor fidelidad, porque constantemente, y de noche, entraban y salían hombres en aquella casa.
Un día el Caragol vino con tres mujeres, que dijo eran hermanas de la que vivía con él. No se sabía de dónde llegaban. Hablaban estas mujeres una lengua mixta de catalán, de italiano y de ruso.
Venían de muy de lejos; quizá ni ellas mismas sabían dónde habían nacido. La gente creía que eran gitanas o medio gitanas estas hijas de la tierra. La Teodora, la del Caragol, al lado de ellas se destacaba como una Venus, confirmando la idea de los antiguos griegos de que Venus era hermana de las arpías.
Mientras el Caragol estaba enfermo, la Teodora anduvo enredada con un marinero. Sus hermanas, las tres flacas, secas, negras, malhumoradas, chillonas y amenazadoras, trabajaban en el bancal de la casa del Negre, lavaban la ropa y salían a pescar pulpos entre las rocas.
Las llamaban la Nas, la Escombra y el Mussol: la Nariz, la Escoba y el Mochuelo.
En mi poema, en donde les di también entrada a estas mujeres, eran Alecto, Thisiphone y Megera.
La Teodora tuvo una hija muy rozagante del marinero, y luego, en tiempo de la guerra de la Independencia, se enredó con Bianchini, el soldado de la legión italiana a quien llamaban el Dimoni, del que tuvo un hijo.
Poco después, el Caragol murió, y la Teodora desapareció del pueblo dejando a sus supuestas hermanas la chica y el chico.
Las tres viejas arpías, la Nas, la Escombra y el Mussol, quedaron en la casa del Negre, trabajando como bestias para mantener a los dos sobrinos.
Por lo que se supo después, las tres furias hacían contrabando.
Algunas noches se veían luces en el mar y en la casa del Negre; después un falucho se acercaba a la costa frente al Hostal de la Cadena, y tres sombras iban a la pequeña playa, entraban en el mar y salían con pesados fardos, que iban subiendo a depositarlos en el Hostal de la Cadena y en la casa del Negre. Paquetes de tela, de tabaco y armas para los carlistas habían sido llevados al hombro por aquellas tres mujeres.
Una noche en que el comandante de carabineros, de acuerdo con un contrabandista que dirigía el movimiento, había dispuesto enviar todos sus soldados lejos de la playa en donde se iba a verificar el contrabando, se presentaron dos carabineros al olor de la combinación, en la que ellos no participaban, pretendiendo tomar parte en el botín.
Uno de los carabineros mandó pararse a dos de las furias de la casa del Negre, a la Nas y al Mussol, a las que sorprendió subiendo por la playa cargadas con fardos. Estas tuvieron que echar su carga al suelo. El jefe de la maniobra terció en la cuestión, se entendió con los dos carabineros y siguió haciéndose el alijo.
Unas semanas después, una noche obscura, las tres hermanas volvían de la playa con unos fardos de tabaco al hombro, cuando uno de los carabineros que les había sorprendido noches antes les dió el alto.
—¡Alto! A ver esos fardos.
Las tres mujeres echaron los fardos al suelo. El carabinero los reconoció.
—¡Hala!—dijo después—; tenéis que venir conmigo a la comandancia.
Las tres mujeres suplicaron encarecidamente al carabinero que les dejara; pero el otro, con la petulancia del hombre armado y con uniforme que se cree autoridad, aseguró que no cedería.
Entonces las tres furias se hablaron en su lengua, y rápidamente se lanzaron sobre el carabinero; una le sujetó los brazos por detrás; la segunda le tapó la boca, y la otra, abriendo un cuchillo, le dió tres cuchilladas profundas en el pecho. El carabinero quiso gritar y mordió en la mano a una de las mujeres; pero entre las tres le tumbaron en la arena, y allí le dieron más cuchilladas, hasta que lo dejaron muerto.
Ante el cadáver, las tres hermanas conferenciaron; decidieron meterle en su bote, y, pasando por delante del puerto, lo dejaron cerca de la salida del río Francolí. Después volvieron, limpiaron el bote perfectamente, quitaron las huellas de sangre de la arena y guardaron sus fardos. Esta muerte hizo que se abriese un proceso, en que hubo indicios para acusar a las tres mujeres de la casa del Negre, que fueron a la cárcel.
Mi patrón, don Vicente Serra, que, sin duda, tenía alguna relación con estas mujeres por cuestiones de contrabando, les dió dinero para que pudiesen poner fianza y salieran a la calle.
Estas tres mujeres llegaron a producir el terror en los alrededores del Hostal de la Cadena. Tenían las tres el perfil agudo, algo de pájaro en la cara, una manera de andar llena de fuerza y de brío; sobre todo, una de ellas, la menor, el Mussol, parecía ir volando cubierta con sus harapos negros. La gente creía a estas tres mujeres capaces de todo. Algunos pensaban que hacían mal de ojo y que podían atraer las desgracias, las pestes y las calamidades sobre las personas que odiasen.
La mayor de ellas, la Nas, tenía una cara fuerte, dura, inmóvil; la nariz, recta y cortante como un cuchillo; el pelo, negro, en dos bandas; el pañuelo, también negro, en la cabeza, y el brazo, seco y membrudo, como una raíz retorcida. La Escombra se caracterizaba por sus pelos alborotados, andaba siempre sucia y greñuda, y se la tenía por aficionada al aguardiente. El Mussol parecía realmente un mochuelo. Nadie entraba en su casa. Si alguno se paraba a mirarlas desde la carretera, le insultaban. Los dos sobrinos de estas furias eran a cual más inútiles y perezosos. La chica, que se llamaba Teodora, como su madre, pero a la que decían Dora, era rubia, vagabunda, y andaba en el Hostal de la Cadena en compañía de otra muchacha de mala fama. Se las veía a las dos a orillas del mar hablando con marineros y carabineros. La Dora, perezosa, tumbona, rozagante, no hacía mas que vagabundear y cantar. Era una mujer guapa, fuerte, de muchas caderas, que hubiera podido servir de modelo a una Venus Calipiga.
Al chico, que entonces tendría quince años, le llamaban el Caragolet y el Dimoni; trabajaba por temporadas, yendo a pescar en algún falucho, y solía vagar por la playa y los alrededores. A los quince años ya galleaba, rondaba a las mozas, vestía muy pincho, con gorro rojo, camisa de color y pantalón blanco; era hipócrita y sanguinario. Tenía un perro sarnoso, que se llamaba Napoleón, que era el compañero de sus hazañas. Era un perro tan hipócrita como su amo, que se acercaba amablemente al que le llamaba y, de pronto, le mordía en una pierna y echaba a correr.
Las tres furias de la casa luchaban a brazo partido con la vida angustiosa y miserable; tenían que pagar deudas y dar a mi patrono Serra lo que éste les había prestado.
Mientrastanto, la Dora y el Caragolet se divertían.
Hasta las tres hermanas llegaba la mala fama de sus sobrinos y, sobre todo, las aventuras de la muchacha, que, a su modo de ver, las deshonraba.
Estas furias tenían un odio terrible contra todo y contra todos; el rencor de los parias por los prestigios que ellos no pueden alcanzar. A pesar de su miseria, la idea de la honra era en ellas extremada y vidriosa; odiaban furibundamente a los que andaban con su sobrina, y al mismo tiempo la admiraban a ella por el atractivo y el garbo que tenía.
A uno de los que consideraban como su mayor enemigo era a Pedro Vidal, que había andado con la Dora. Por entonces supe yo que don Vicente Serra había querido llevar a una casa de Tamarit del Mar a la Dora, y ésta, burlándose del viejo comerciante, había alardeado de sus amores escandalosamente con Vidal.
Las furias de la casa del Negre tenían un profundo odio por este muchacho, que impidió que la Dora llevase una vida de menos escándalo que la que había llevado hasta entonces. Según me dijo Vidal, muchas veces, al pasar por delante de la casa del Negre, había visto alguna de las viejas que le mostraba el puño con rabia.
Aquellas tres mujeres, siempre trabajando, despreciadas por todos, sin apoyo ninguno, me daban a mí una profunda lástima.
VII.
RECUERDOS Y EVOCACIONES
Hay ciudades en el Mediterráneo en las cuales su antiguo esplendor queda como sumergido en la obscuridad de la historia. Son ciudades que viven todavía una vida intensa y que las preocupaciones del momento les hacen olvidar los sucesos pasados. Hay pueblos muertos que no tienen mas que el prestigio de su pretérita grandeza, y pueblos lánguidos que se conservan sin morir, pero que no alcanzan a llevar una existencia lozana y fuerte.
De estos últimos era por entonces Tarragona, ciudad demasiado antigua y demasiado moderna que, entre su extrema antigüedad y su modernidad extrema, no tenía apenas rasgos de unión.
Esta urbe moderna, elevada sobre ruinas romanas y murallas ciclópeas de una antigüedad hundida en el misterio, tenía, a pesar de sus edificios, la mayoría nuevos, un carácter grandioso y severo.
Había algo como un poder huraño en sus ruinas robustas, olvidadas por el tiempo, que daba hasta a las construcciones modernas un sello de gravedad y de tristeza.
La silueta de Tarragona, desde cualquier punto que se la contemplase, tenía un aire de austeridad. El misterio lejano de aquellas fuertes murallas ciclópeas, de bloques de piedra no tallados, sobre los cerros pedregosos, hablaba a la imaginación de épocas obscuras. El esplendor de Roma llegaba todavía vagamente, pensando que allí había habido un Capitolio, un Foro, un palacio de Augusto, un Anfiteatro; grandes y tristes acueductos. La Catedral, con su interior grave y majestuoso, su ábside como una fortaleza y su claustro admirable, era lo medieval; después, todos aquellos muros y baluartes, con sus torres almenadas y sus baterías, recordaban las luchas de la edad moderna; fenicios y celtas, griegos y romanos, godos y árabes, judíos y cristianos, todos habían dejado sus recuerdos en la vieja ciudad. El comprobar que al lado de la urbe moderna existían restos de otras urbes antiguas, brotes espléndidos de civilizaciones desaparecidas, daba la impresión melancólica que producen las grandes ruinas.
Tarragona era en esta época un pueblo pequeño, de unas diez a once mil almas. Se dividía en ciudad alta, entonces, casi todo el pueblo, planteado sobre roca viva, inclinado hacia el mar y hacia la ribera del Francolí, y ciudad baja, que comenzaba en las proximidades del puerto y se iba extendiendo hacia el cerro, en donde se hallaba asentada la población amurallada y antigua. Esta última tenía la forma de una herradura alargada, abierta hacia el puerto y cerrada a espaldas del Seminario y de la Catedral.
Las dos ramas de la herradura, no del todo paralelas, sino abiertas hacia los extremos, estaban formadas por una serie de muros y de baluartes, la mayoría construídos sobre otras murallas primitivas, que daban hacia el mar y hacia el monte. Entre las dos ramas de la herradura se hallaba la explanada fortificada, que dominaba el puerto y separaba la ciudad vieja de la nueva, y donde luego se abrió la Rambla de San Juan. En esta época de que yo hablo, la Rambla, que se consideraba como lo más animado de la ciudad, era la Rambla de San Carlos. En la ciudad vieja, las calles, en su mayoría, eran irregulares, estrechas y pendientes.
Yo me encontraba muy contento en Tarragona, conocía y admiraba sus puntos de vista. Sobre todo, el trozo de muralla, desde el baluarte de Cervantes hasta el de San Antonio, con la Barbeta o el tambor del Toro, que caía sobre la punta del Milagro, lo recorría con frecuencia. Era aquel un balcón espléndido que dominaba el mar.
La parte de atrás de la Catedral era menos curiosa. Por el lado de la torre de San Magín y el palacio del arzobispo, hasta el Fuerte Real, donde quedaban aún restos del antiguo Capitolio, se dominaba toda la llanura del Francolí, llena de huertas y de árboles frutales. Algunas veces subía también al cerro del Olivo, y desde allí contemplaba Tarragona. Como una de aquellas estampas de la época en que el artista modificaba la realidad para sintetizarla recuerdo la vista que desde allí se divisaba. En medio, la torre de la Catedral, redonda, rodeada de murallas y de fuertes; a su izquierda, salvando un barranco, uno de los acueductos roto, el del agua del Puigpelat; a la derecha, el otro acueducto, íntegro, el puente de las Ferreras, o puente del Diablo; hacia el puerto, la cúpula de una iglesia, y por todas partes, murallas, baluartes y muros almenados, y en el fondo, el mar azul, muy obscuro, lleno de velas blancas bajo un cielo espléndido.
A pesar de ser mi vida un poco lánguida, no estaba descontento de ella. A veces, pensando en mi melancolía constante y habitual, me decía a mí mismo:
—Estoy triste porque ella me ha abandonado—pero comprendía que no, que estaba melancólico porque mi temperamento era así.
Esta tristeza de los pueblos de sol siempre ha sido para mí punzante. Muchas veces tenía que salir de la oficina y bajar al puerto para hacer algún encargo. Sólo había de cuando en cuando alguno que otro barco de vapor. En general, se veían goletas, místicos, polacras sicilianas, galeotas toscanas, y alguna que otra vez, embarcaciones raras que venían de los archipiélagos griegos, con el velamen airoso, la popa redonda esculpida y grandes mascarones pintados con colores vivos.
Allí se solían ver barcos de todas las costas próximas, y a veces se distinguía el pabellón soberano de los Estados del Papa, con la figura de San Pedro y San Pablo; la bandera real de Cerdeña, con un escudo en fondo blanco y la orla azul; el pabellón de Toscana, con una franja blanca y dos rojas y en medio su blasón; el de las dos Sicilias, con el escudo rodeado por el toisón de oro; la flámula de Módena, con su águila; la de Mantua, con una mujer de dos caras; la bandera de Ragusa, con la palabra Libertas; la de Génova, con una estrella roja; la de Grecia, azul, con una cruz blanca; la de los Estados unidos de las islas jónicas, la de Liorna, la de Lucca, y la de otros muchos pueblos libres que tenían una bandera propia y peculiar suya.
Con frecuencia venían faluchos cargados hasta el tope de naranjas, y estos faluchos, con sus grandes velas y su cargamento de frutos dorados, sobre el mar negruzco de puro azul, me parecían el símbolo del mar Mediterráneo.
En el puerto, cerca de la muralla del Fuerte Real, había un cordelero que era amigo mío, y con quien solía hablar: el señor Vicente, a quien llamaban el tío Corda. Le veía ir andando hacia atrás hilando la estopa de cáñamo que llevaba en la cintura, mientras un chico daba vueltas al carretel.
Este cordelero era un viejo fuerte, rechoncho, un poco cojo, con la cara redonda y la sonrisa socarrona. Hablaba con malicia y con ironía; había sido marino, viajado mucho, y había estado en la batalla de Trafalgar. Recordaba muy bien a Gravina, a Churruca, a Valdés, y sabía anécdotas de Nelson, a quien los marineros llamaban el Señorito, de Collingwood, el tío Calambre y de Villeneuve, a quien apodaban monsieur Corneta. El señor Vicente me contaba largas historias de sus viajes, y hablándome de sus cuerdas y explicándome para qué servían en los barcos, me hacía pensar en el mundo entero.
Cuando yo le preguntaba lo que le parecían los acontecimientos de la guerra me decía filosóficamente:
—¡Qué quiere usted, señorito! Nuestro tiempo es muy cruel y muy bestial. El hombre tardará mucho en ser algo razonable.
Yo estaba de acuerdo con él en lo que decía.
Veíamos, el cordelero y yo, trabajar a los presidiarios en el puerto, cosa triste; contemplábamos la llegada de las barcas de los pescadores, y al caer de la tarde yo volvía hacia el pueblo por la cuesta de Despeñaperros mientras los resplandores del sol poniente incendiaban las rocas y las murallas almenadas. Este sol dorado, los celajes espléndidos del anochecer, en que me parecía que mi alma se vaciaba en el ambiente, el son triste de las campanas de algún convento, la estrella del crepúsculo cantada por Ossian, que brillaba en el cielo, y el sollozo monótono del mar, me impulsaban a la suave melancolía. Luego, al volver hacia casa, por las calles, miraba el interior de las tiendecillas, apenas iluminadas, y veía las tertulias que se congregaban en las trastiendas.
Al mediodía y al anochecer pasaba la diligencia por el centro del pueblo con un gran estrépito de cristales, cubierta de polvo. Se repartía el correo y se comentaban las noticias de la guerra.
Al sonar el toque de ánimas, todo el mundo se retiraba a su casa. La idea de estar encerrado entre murallas me producía también una gran melancolía.
Esta melancolía era en mí algo inasible; pensaba muchas veces que si hubiera podido convertirla en tema literario, me hubiera, por lo menos en parte, librado de ella; pero no podía: mis versos eran siempre fríos y correctos, y mis octavas reales sonaban como un tambor. En este endiablado poema mío no podía poner nada personal. No salía de evocaciones y de rapsodias. Además, todo el mundo hablaba en él con una terrible solemnidad, comenzando por el personaje, que era yo, con el nombre de Edgardo, guerrero y atrevido nauta, que hacía grandes proezas y grandes conquistas, y siguiendo por don Juan de Austria, Doria, don Alvaro de Bazán, Farnesio, Cervantes y Alí-Bajá.
Muchas veces, roído por este fondo de tristeza, que comenzaba a comprender que no dependía mas que de mí mismo, marchaba al claustro de la Catedral y pasaba horas enteras nadando en un sentimentalismo confuso, que quedaba como flotando sobre mi espíritu.
A veces, mis amigos me impulsaban a salir fuera del pueblo; íbamos a la torre de los Escipiones o al Arco de Bará, a los pinares, donde murmuraba el viento, o nos embarcábamos en una lancha y contemplábamos la costa entre el cabo Salou y el cabo Gros; las colinas blancas, amarillas, secas, con las entrañas rojas y sangrientas, cubiertas en parte de pinos, de olivares o de tamarindos, y las olas azules llenas de espumas que habían servido de blondas en la cuna de Anfitrite. Esta luz y esta esplendidez del mar latino no me producía alegría ninguna, sino más bien tristeza. Toda esta costa mediterránea me parecía como consumida por la llama de la pasión.
Al volver a ver el pueblo con sus casas iluminadas por el sol poniente, brillando en sus vidrieras, sentía, como siempre, la misma punzada de abatimiento y de melancolía.
También me gustaba los días de fiesta quedarme en mi habitación, mirando por la ventana el cielo y el campo.
En las horas fuertes de sol y de calor la luz tenía reverberaciones de horno; en los paredones de las murallas corrían los lagartos y las salamandras; en el campo cantaban las cigarras, y algún abejorro rezongaba y se escondía en los agujeros de las piedras; luego, al avanzar la tarde y al pasar la soñolencia de la hora de la siesta, el aire perdía su pesadez y quedaba transparente y sutil, con un olor a hierbas secas y una luz clara y nítida, y después venía la magia del crepúsculo, con sus nubes rojas de fuego, sobre las cuales ideaba la imaginación enormes Babilonias de mil torres, incendiadas y doradas.
Cuando las tintas grises del anochecer subían del llano a la montaña, yo seguía con la mirada las curvas que trazaban en el aire las golondrinas y los vencejos, y los zig-zags de los murciélagos, y oía las campanadas lentas del reloj de la Catedral y el toque triste del Angelus.
De noche, muchas veces abría la ventana y miraba el llamear de las constelaciones y la faz curiosa de la luna, que acariciaba con sus rayos las piedras, los cerros y los bosques lejanos...
Sentía con intensidad vagas nostalgias; pretendía, a veces, trasladar estas impresiones fugitivas al papel, y no conseguía hacer mas que pesadas octavas reales sonoras y rimbombantes.
VIII.
LA CASA DE MONTFERRAT
Al cabo de algún tiempo de vivir en Tarragona, conocía a todo el pueblo. No pretendí entrar en la sociedad de la gente distinguida; lo que me había ocurrido en Málaga me servía de lección. Con mi trabajo, mis versos y la amistad de las dos señoras de casa, me bastaba.
De cuando en cuando recibía cartas de Málaga, por las cuales veía que nuestros asuntos económicos iban tomando mejor cariz. No me hablaba mi familia nunca de mi novia; pero por un amigo supe que iba a casarse. Me desesperé, y, para calmar mi dolor, hice una elegía; mas me resultó como todos mis versos: sin emoción.
Un día estuve con Eulalia en el Jardín del Magistral, y conocí allá a una de las mujeres más distinguidas y más elegantes del pueblo, Elena de Montferrat, a quien el hijo de mi patrón, Emilio Serra, galanteaba.
Elena era una mujer alta, delgada y esbelta. Tenía el perfil romano; el óvalo de la cara, alargado; la nariz, recta; la boca, grande, pero hermosa y fresca; los ojos, negros, brillantes, y el pelo, rubio obscuro. Como solía vivir largas temporadas a orillas del mar, en una finca de su madre, cerca de Torre de Embarra, y salía por las mañanas a pasear a caballo, no estaba pálida, como la mayoría de las muchachas del pueblo, sino dorada por el sol. El primer día que la vi se mostró muy amable, muy seductora conmigo. Paseando por entre los boscajes y los macizos de flores, me pareció Armida en sus jardines encantados.
En todos los ademanes de Elena había siempre una distinción aristocrática, unida a un gesto amargo y desdeñoso. A mí me parecía, por su tipo, una emperatriz romana.
Elena era pariente, por parte de su madre, del canónigo don Guillermo de Roquebruna. Elena vivía en la parte vieja de la ciudad, en una calle estrecha que cruzaba de las Escribanías Viejas a la calle de Caballeros. Era una calle triste y silenciosa, con algunas tiendecillas, con las casas cerradas, en la que se veía cruzar, de tarde en tarde, algún canónigo o alguna vieja enlutada.
Elena era amiga de Eulalia, la sobrina de doña Gertrudis, y había tomado con ella lecciones de piano. Elena vestía muy bien, tenía el sentido de la elegancia, y, cuando se proponía, era graciosa y amable. Hablaba el castellano casi sin acento.
A mí me manifestó, al poco tiempo de conocerme, cierto desdén, no sé por qué motivo, porque yo no la pretendía pensando que había una gran distancia entre una muchacha rica y aristocrática y un advenedizo arruinado como yo.
El hablar con ella me producía siempre una sensación de timidez y de encogimiento; verdad que ella se mostraba conmigo un tanto áspera, burlona y displicente.
—A mí no me gustan los hombres guapos que se creen guapos—me dijo una vez—, y menos los que se pasan la vida en una actitud melancólica.
Yo, al oírla, enrojecí molestado por este ataque directo y no legitimado, y haciendo fuerzas de flaqueza la dije:
—A mí tampoco me gustan las mujeres que saben que son guapas, y menos las que son muy orgullosas.
Elena, después de esta réplica un poco viva, se acercaba más a mí y me hablaba burlonamente:
—Ya sé que escribe usted versos—me dijo una vez—. Con el tiempo le llamarán a usted el Cisne de Tarragona.
—No; en tal caso, la Cigarra de Málaga.
—¿No nos va usted a leer alguna vez sus versos?
—No se burle usted de mí.
—No, no me burlo.
—Mis versos no tienen valor para que los lea ante un público; sirven para mí solamente.
—¿Necesita usted consuelo?
—¿Por qué no? Como todos los hombres.
—¡Pobrecito! ¿Tan desgraciado es usted?
—Por lo menos no me creo afortunado.
—Sí, ya sé que su novia le ha dejado.
—Es verdad.
—¿Y por qué le ha dejado? ¿Porque es usted pobre ahora?
—Sí.
—Bien poco cariño le tendría a usted.
—Es que sus padres le han obligado a casarse con otro.
—¡Bah! A mí no me obligaría nadie a eso.
Otro día me dijo:
—Huye usted de todos nosotros. ¿Por qué tanto miedo?
—No es que sienta miedo; me atengo a mi posición modesta; no quiero penetrar en la aristocracia del pueblo para no sufrir sus desdenes.
—Pues eso es miedo. ¿Tan cobarde es usted o tan tímido?
—Lo soy, no lo niego—le dije yo.
Elena tenía en el pueblo fama de elegante, de distinguida y de caprichosa. Solían galantearla y acompañarla en el paseo de la Rambla, Emilio Serra, el hijo de mi principal, y un militar joven, el teniente de caballería Juanito Montoya, que pasaba en Tarragona por un calavera deshecho.
Elena no manifestaba gran simpatía por el uno ni por el otro; coqueteaba con cualquiera. Las señoras de mi casa me hablaron de ella y de su madre, y me llevaron un día a saludarlas a su casa.
La familia de Montferrat era una familia ilustre, italiana, de la Lombardía, que figuraba desde el tiempo de las Cruzadas. Entre ellos había nombres extraños y pintorescos: Guillermo V, llamado Larga Espada, famoso por sus proezas en Tierra Santa, en donde se casó con Sibila, la hermana del rey de Jerusalén; Guillermo el Viejo, Bonifacio el Gigante, y otros, igualmente dignos del romance o del poema. Los Montferrato, que aparecen en la historia de Italia desde el tiempo de Otón el Grande, entroncan luego con la dinastía de los Paleólogos.
Un día pedí a Elena que me copiara su genealogía y me hiciera un ligero bosquejo de los hechos más notables realizados por los personajes de su familia, y cuando me dió la nota pasaron todos estos grandes señores, envueltos en más o menos ripios y con el sonsonete de las octavas reales, a mi poema.
Los Montferrato habían gozado de gran posición en Italia.
El abuelo de Elena, huído de Milán en tiempo de la Revolución francesa, se estableció en Tarragona como un comerciante obscuro.
Elena y su madre vivían en una casa antigua y espaciosa, con balcones salientes, ocultos por persianas de paja, fachada pintada de amarillo y un gran patio enlosado, con el brocal de un pozo en medio. A este patio, entre cuyas losas crecían altas hierbas verdes, se llegaba atravesando un arco de la entrada.
Desde este patio subía una escalera de piedra al primer piso por el exterior, penetraba en un pasillo y seguía ascendiendo a los cuartos altos.
La casa era demasiado grande para la gente que vivía en ella, y estaba muy abandonada.
La habitación que ocupaban doña Mercedes y Elena tenía estancias espaciosas, blanqueadas, embaldosadas y puertas grises de cuarterones. Había algunas habitaciones regularmente amuebladas, y en una alcoba, una gran cama, estilo imperio, en forma de nave, con cabezas de dragón, coronas y guirnaldas doradas; pero, en general, la casa daba la impresión de estar vacía.
Elena tenía un saloncito elegante y guardaba en vitrinas abanicos preciosos, camafeos y esmaltes.
Con Elena y su madre vivía una tía solterona que había pasado su juventud en Francia. La tía Carlota era fea, flaca, muy pintada, muy remilgada, y admiraba y al mismo tiempo tenía celos de su sobrina. La tía Carlota, muy monárquica, muy carlista y de un romanticismo exaltado, llevaba la contraria constantemente a Elena, que se burlaba de ella. Hubiera querido tener esta vieja señorita un éxito amoroso para demostrar a su orgullosa sobrina que ella también provocaba grandes pasiones.
En un piso más alto de la casa vivía un tío de Elena: el tío Juan, Montferrat de apellido, casado, sin hijos y sin ocupaciones. El tío Juan, hombre de unos cincuenta años, apenas salía de casa; se pasaba la vida aburrido, andando de un cuarto a otro como alma en pena, mirando sus plantas, observando el barómetro y el termómetro, leyendo el periódico de cabo a rabo, haciendo solitarios con los naipes, bostezando, durmiendo mucho y suspirando. A todo cuanto le proponían contestaba: ¿Para qué? ¿Qué se adelanta con eso? Y se encogía de hombros.
Cuando alguno llegaba a la casa, se lanzaba sobre él como sobre una presa para poder charlar. El tío Juan era muy tímido y asustadizo; desde el comienzo de la guerra civil no había salido nunca de la ciudad, privándose de su grande y único placer, que era ir a la finca que tenía en Torre de Embarra y pasarse allí el tiempo pintando tiestos y puertas.
En el tercer piso de la casa habitaba el canónigo Roquebruna; don Guillermo de Roquebruna era un hombre alto, fuerte, moreno, muy guapo, muy solicitado en Tarragona por la buena sociedad y, sobre todo, por las damas. Había figurado don Guillermo en la conspiración de los Descontentos, y entonces, que se agitaban los carlistas siguiendo el consejo del arzobispo don Antonio Fernando de Echánove, se abstenía de intervenir en cuestiones políticas.
En casa de Elena quedaba el antiguo despacho de su padre, con una biblioteca con libros antiguos y modernos y una porción de cuadros, de estatuas y de relojes.
El padre de Elena, hombre curioso, enfermo y retirado en su casa en sus últimos años, compraba libros, cuadros, estatuas y se pasaba el tiempo leyendo.
Elena había encontrado en la biblioteca las obras de Walter Scott, en francés, y el Orlando furioso, en italiano, que lo había leído viendo que aparecían los Monferrato.
La lectura del Ariosto le había dado a Elena ideas un tanto libertinas.
Elena había heredado alguna de las aficiones de su padre: solía ir con frecuencia a casa de un prendero de una callejuela próxima que guardaba gran cantidad de objetos de iglesia, imágenes, cuadros y casullas procedentes de los conventos.
Desde la supresión de las comunidades religiosas, en 1835, había prendero que se enriquecía comprando despojos de conventos y de capillas. El revolver cuadros, libros y ornamentos de iglesia, el mirarlos y examinarlos, era una de las distracciones de la señorita de Montferrat.
Elena me llevó al despacho de su padre, que estaba siempre cerrado. Era una habitación llena de interés, iluminada por dos balcones grandes que daban a una terraza rodeada por una barandilla con jarrones de piedra.
Había una estantería con libros, cuadros antiguos, estatuas, monedas y un globo terráqueo grande, del siglo XVII, que pertenecía de familia a los Montferrat.
Era aquel un cuarto de solitario, de un Robinsón, con su pequeño taller de mecánico y sus vitrinas de coleccionista.
Tenía dos relojes de cuco y muchos muñecos de movimiento. Uno de los que más me gustó fué un clown chino, un autómata que bajaba una escalera dando saltos. Parecía vivo. Su secreto, que me mostró Elena, era una fuente intermitente de mercurio que pasaba de una cavidad a otra del muñeco por un agujero de comunicación, desplazando así el centro de gravedad de la figurita.
Otra de las cosas que me pareció admirable fué un organillo, con muñequitos que bailaban, fabricado en Ginebra. Aquella música y aquellos autómatas tan bonitos, tan elegantes, en trajes de otra época, en aquel cuarto abandonado lleno del espíritu de su antiguo dueño, me parecía una cosa de magia, algo tan fantástico como un cuento de Hoffmann. Me quedaba absorto oyendo aquella música.
—Qué bien hubiera usted estado con mi padre—me decía Elena—. El era, como usted, soñador; no le gustaba la acción.
—¿Y a usted?
—A mí, sí. Yo no soy ninguna soñadora.
A pesar de sus entretenimientos, Elena se aburría profundamente.
Al anochecer se reunían en casa de Elena varias personas a hacer tertulia: dos señoras amigas, el tío de Elena, el primo Emilio, el canónigo Roquebruna y un compañero suyo, el canónigo Magraner, que hablaba siempre de las antigüedades romanas de Tarragona y de la gran colección de monedas que poseía.
Magraner era siempre el primero en estar enterado de dónde se hacían derribos y excavaciones, y allí se presentaba a comprar medallas, monedas o fragmentos de mosaicos romanos.
Alguna vez estuvo en la casa Eulalia y tocó en el piano sonatas de Mozart.
En la tertulia se hablaba mucho de la guerra; se rezaba a media luz; luego se encendía la lámpara; las señoras hacían media y se jugaba al tresillo.
Roquebruna divagaba acerca de la política del tiempo. Le preocupaba también mucho la secta de los alumbrados, de la que por entonces se empezaba a hablar en Tarragona y de la cual era jefe el clérigo don José Suaso, ex profesor de Latín en el Seminario de la Diócesis, y un tal Ribas, labrador del pueblo de Alforja, próximo a Reus. El canónigo Magraner había llegado a sentir un profundo desdén por la vida moderna y se ocupaba de los romanos como si fueran sus contemporáneos. El primo Emilio hablaba de los hechos ocurridos en Tarragona, y como quería expresarse con perfección en castellano, usaba siempre palabras escogidas y daba la impresión de que iba avanzando por una cuerda floja y de que estaba siempre en el momento de caer.
El tío Juan suspiraba y decía a cada paso:
—En fin, ya hemos matado la tarde.
Esta era su constante muletilla, que representaba su única preocupación.
Elena, algunas veces se encontraba a gusto en la tertulia de su casa, pero, en general, se aburría, iba de un lado a otro, miraba a los contertulios y pensaba.
—¡Qué fastidiosos son todos, qué mezquindad en su vida, qué falta de valor, de interés y de nobleza!
Elena tenía la inquietud de una raza aristocrática que había vivido en la opulencia y en la constante lucha. El resorte de su voluntad estaba tenso; sentía la aspiración de las cosas grandes; no podía acomodarse a una vida rutinaria y sin acción.
Cuando se asomaba a la ventana y miraba la calle, estrecha y sórdida, con sus casas tristes, con sus tiendecillas pobres, le entraba una punzante melancolía. En la inacción, su temperamento, lleno de vida y de turbulencia, sufría; el sentimiento amargo del tedio sobrenadaba en su espíritu, y en la soledad de la casa grande, al anochecer, cuando oía repicar las campanas próximas y el estrépito de la retreta en los cuarteles y en la muralla y la oración que cantaba un ciego en la guitarra, le sobrecogía una gran tristeza desesperada.
IX.
ELENA
Esa era mi vida: todos los días trabajar en el despacho, asomarme al puerto, luego ir a mi cuarto de la calle de las Moscas, comer allí con mis patronas, a quienes consideraba ya como si fueran de la familia, volver a la oficina y después escribir y pasear.
Los domingos solía venir a mi casa Pedro Vidal, a quien leí mi poema. A él le pareció muy bien, pero a mí me quedaban muchas dudas.
Los días de fiesta solíamos tocar, Eulalia en el piano y yo en el violín, algunas sonatas, y venían varias personas a oírnos. Por las tardes, en el paseo, acompañaba a las hijas de Arnau, y a veces también a Elena. Esta siempre me imponía y la tenía miedo por sus salidas.
—Yo no creía que los andaluces fueran tan tímidos—solía decirme.
—Entre los andaluces hay de todo—le replicaba yo—; además, ¡yo soy tan poco andaluz!
—Si yo fuera hombre y tuviera libertad...—me decía ella.
—¿Qué haría usted?
—Creo que el mundo me parecería pequeño para mis arrestos. Hubiera estado en todos los países y visitado todas las ciudades.
—Yo he estado en París y en Londres, y me he convencido de que hoy se pueden hacer muy pocas cosas en el mundo.
—Qué poca sangre tiene usted—decía ella—; me hiela usted con sus palabras.
X.
UN VIAJERO MISTERIOSO
Un día se habló en Tarragona de un viajero desconocido y misterioso llegado a la posada de la Fontana de Oro, en la Rambla. Dijeron unos que era un italiano venido de Valencia en un barco; otros, que llegaba de Reus en una tartana. Al principio se le tomó por emisario carlista; luego, por republicano, y alguien concluyó diciendo que no debía ser mas que un aventurero y un jugador de ventaja.
A los pocos días, el italiano se hizo amigo de Vidal y de Secret, y éstos lo llevaron a casa del capitán Arnau. Era el italiano hombre de cierta efusión; yo le conocí también y me trató en seguida como amigo.
Por lo que él nos contó y por lo que pudo traslucirse en su conversación, supimos algo de su vida.
Julio Moro-Rinaldi era hijo de un oficial corso del ejército de Napoleón y de una gitana croata de Dalmacia. A juzgar por lo que decía, había viajado por toda Europa y América. Moro-Rinaldi tendría entonces unos treinta años; era hombre seco, delgado, moreno, de pelo negro, con algunos hilos blancos en las sienes; la tez, muy obscura; los ojos, claros, verdosos, con la cara triste, la faccia morta, que dicen los italianos.
El tal hombre tenía una gran fuerza de sugestión y un gran ímpetu. Se veía que era de una raza de corsarios, de piratas y de aventureros.
Uno de los rasgos que le caracterizaba era una observación como de felino, que causaba mucho efecto en las mujeres. Moro-Rinaldi parecía un hombre frío interiormente, que había usado y abusado de la vida.
No creía en nada, no sentía ninguna convicción política, religiosa o social. Se hallaba dispuesto a trabajar por cualquiera que le pagase bien, por los blancos como por los negros; lo único admirable para él era la energía. Se entusiasmaba pensando en Napoleón, capaz de esquilmar a Francia y sacrificar a Europa por su interés y por su gloria.
Este hombre exótico tenía ese aire turbio, indefinido de casi todos los productos de raza mixta; no daba ninguna impresión de seguridad ni de confianza.
La croata le había dado sin duda su carácter triste, cariñoso, agitanado; la tez obscura y los ojos claros. El corso le infundió la energía para la acción. En su paso por la vida, Moro-Rinaldi, quizá por imitación, había adquirido cierto aire de hombre desolado que no encuentra su felicidad en el mundo.
Poco a poco fuimos conociendo mejor a Moro-Rinaldi. Era un explotador de todo y de todos que veía en cada hombre o en cada mujer, principalmente en cada mujer, una mina que beneficiar en su provecho.
Todas las mujeres constituían una buena presa para él. Atrevido, sin ser valiente, decidido, audaz, charlatán, de un egoísmo frenético, era capaz de fingir un sentimiento y de creer un instante en él para reírse al cabo de poco tiempo de su misma sensibilidad.
Moro-Rinaldi decía que él ya no quería más que encontrar un rincón tranquilo donde poder vivir el resto de sus días. Reconocía y confesaba con cierto cinismo que había tenido que hacer muchas pequeñas villanías: dejar de pagar en las fondas, estafar y a veces robar.
Moro-Rinaldi sabía toda clase de juegos. Los estudiaba concienzudamente. Se sentía capaz de hacer esfuerzos sobrehumanos para todo, menos para trabajar. El decía muchas veces que su ideal consistía en vivir sin hacer canalladas, pero, al parecer, lo decía solamente.
Rinaldi, a pesar de la seguridad de que alardeaba, era muy supersticioso; lo pudimos comprobar.
Al principio lo negó como una debilidad indigna de un hombre, pero lo confesó después. Era fatalista, y en cualquier cosa indiferente encontraba un indicio, que lo relacionaba con su vida. Creía en la jettatura, y en la virtud de los talismanes y de los Abracadabra. Nos confesó que muchas veces, cuando iba a realizar algo para él importante, se retiraba por cualquier motivo que a otro hubiera hecho reír. Además de las supersticiones corrientes, tenía otras inventadas para su uso particular, y que variaban constantemente. Cuando le descubrimos su debilidad, no tuvo escrúpulo ninguno en explicarnos sus supersticiones, a las que tan pronto daba gran importancia como le producían risa.
—Algunas veces salgo de casa con intención de hacer algo y me digo: si en el primer sitio en donde entro, el número de personas que hay son impares, iré a hacer lo que me he propuesto, y si son pares, no.
Moro-Rinaldi se manifestó en casa del capitán Arnau como liberal exaltado y como carbonario, y llegó a producir una admiración tal en el marino y en Secret, que le escuchaban en Babia. Les contaba historias oídas o inventadas por él del carbonarismo de Nápoles y de las Dos Sicilias, y misterios de la masonería. Hubiera intentado, si hubiese podido, mixtificarnos a estilo del conde de Cagliostro, presentándose como un mago; pero vió que no éramos tan cándidos para creer en embolismos de charlatanes.
Cuando adquirió confianza con nosotros, nos dijo que no contaba con ningún medio de vida seguro; que venía a España comisionado por la joven Italia, quien pagaba los gastos de su viaje. La joven Italia había sucedido—según nos dijo—al carbonarismo de Nápoles, cuyas ventas comenzaban a estar en decadencia.
A él le habían enviado para tomar el pulso a la revolución que se iniciaba en España, al mismo tiempo que se desenvolvía la guerra civil.
Moro nos dijo que era uno de los fundadores de aquella sociedad, que tenía al frente al célebre Mazzini y cuyo centro estaba por entonces en Marsella. Nos dijo también que había tomado parte en la expedición de Ramorino, y nos habló de las muchas intrigas que produjeron el fracaso de esta expedición liberal.
XI.
EL ABANICO DE ELENA
La presencia de Julio Moro-Rinaldi fué muy comentada en Tarragona: el aire donjuanesco y cansado del corso y el misterio de su vida hicieron que las conversaciones giraran a su alrededor durante mucho tiempo. Moro-Rinaldi pareció no ocuparse gran cosa de la expectación producida por él en la ciudad. Se supo que en compañía de Pedro Vidal, con la Dora y otra moza del Hostal de la Cadena, habían tenido una fiesta con baile y guitarreo.
Moro-Rinaldi aparecía a veces en el paseo de la Rambla con su aire lánguido, como si estuviera desesperado y alguna desgracia profunda le tuviera sumido en la mayor tristeza.
No cabe duda que hay en esta vieja argucia de hacerse el interesante los mismos lazos, que se repiten siempre y que producen constantemente el mismo efecto. Moro-Rinaldi hizo una revista de todas las mujeres jóvenes de Tarragona, y, a pesar de su aire de hombre depravado y atrevido, se dirigió con cierta timidez a Elena de Montferrat.
Esta orgullosa romana, con su perfil de emperatriz, se sintió conmovida en presencia de aquel hombre misterioso, que no era joven ni de una gran prestancia, pero que tenía algo femenino y engañador de la raza eslava, algo de esa tristeza lánguida de los nómadas que van por los caminos con sus osos y sus monos y tocando la pandereta.
Moro-Rinaldi ofrecía para ella el encanto de la novedad; era el ritmo desconocido y, sin embargo, esperado; era un hombre que le daba perspectivas de una vida más amplia, más extensa y más apasionada.
Sin duda, aquella orgullosa beldad sentía un gran deseo de humillarse, de bajar de su pedestal y de ser una mujer como otra cualquiera, pues ante los avances de Moro-Rinaldi no se manifestó orgullosa y arbitraria, sino más bien modesta y humilde. Moro me pidió a mí que le presentara a Elena; yo le dije:
—Le preguntaré a la señorita de Montferrat si quiere que le presente a usted, y si quiere no tendré ningún inconveniente.
En efecto, después de previa advertencia, un domingo, antes de la misa mayor, los presenté.
Moro-Rinaldi estuvo devorando a Elena en la catedral con su mirada ardiente, y luego, al hablar con ella, se manifestó muy respetuoso y muy tímido.
Durante la semana no se volvieron a ver; pero el domingo siguiente, Moro-Rinaldi acompañaba a la señorita de Montferrat y hablaba animadamente con ella, lo que confieso que a mí me produjo una vaga impresión de celos. Este mismo día, Elena, con sus amigas, y Moro-Rinaldi, con otros dos jóvenes, estuvieron sentados en unas sillas de la Rambla. Eulalia, que acompañaba a Elena, me contó lo ocurrido.
Elena poseía un abanico estilo Imperio, con medallones rojos y adornos dorados sobre fondo blanco. En uno de los padrones del abanico tenía escondida una aguja con una cabeza de rubí.
Esta aguja estaba colocada allí para escribir, si se quería, en cualquiera de las varillas de hueso. Moro, mientras Elena hablaba con sus amigas, le dijo:
—¡Qué bonito abanico!
—¿Le gusta a usted?
—Sí; me recuerda uno que tenía mi madre. ¿Quiere usted dejármelo un momento para verle?
—¿Por qué no?
Moro-Rinaldi, que conocía el pequeño secreto del abanico, lo tomó en su mano, sacó la aguja que tenía la cabeza con el rubí y escribió dos o tres palabras en la varilla del abanico. Hecho esto se lo devolvió a Elena. Ella extendió el abanico disimuladamente; leyó, sin duda, las palabras que había puesto Rinaldi y con la sombrilla escribió en la arena la contestación.
Pocos días después supimos que el italiano escribía a la señorita de Montferrat, y con frecuencia le veíamos rondando su calle.
El teniente Montoya, que había hecho una corte intermitente a Elena en el tiempo que le dejaban libre sus ocupaciones, sus diversiones y sus visitas nocturnas a las casas de juego, se sintió ofendido por el éxito de Moro-Rinaldi y comenzó a pasear la calle de Elena, a caballo, a todas horas; pero el teniente había perdido la partida. Elena ya no le hacía el menor caso. El triunfo de Rinaldi era manifiesto. La bella Angélica, desdeñando a los demás pretendientes, había encontrado su Medoro.
Como yo sentía también cierta indignación al ver la fortuna del corso, introduje a Moro-Rinaldi en mi poema, convirtiéndole en un pirata berberisco, hombre violento y atrevido, sin ley y sin honor, que arrebataba en su barca a una princesa griega.
XII.
REPROCHES
El triunfo de Moro-Rinaldi produjo gran expectación en la ciudad; por todas partes no se hablaba mas que de sus amores. Emilio Serra se mostraba cejijunto y malhumorado; los jóvenes elegantes aseguraban que Moro-Rinaldi era un aventurero que iba tras de la dote de la señorita de Montferrat.
En mi casa, tanto doña Gertrudis como Eulalia me hicieron la insinuación, y después me aconsejaron francamente, que galanteara a Elena. Según ellas, esta señorita sentía grandes simpatías por mí, y si lograba ser aceptado por ella, conseguía, primero, tener una mujer, que, además de buena y de simpática, gozaba de gran posición, y arrancarla de los brazos de un aventurero.
—Es una mujer demasiado orgullosa y demasiado rica para mí—las decía yo.
—No lo creo—replicaba Eulalia—. Elena, aparentemente, es una mujer soberbia; pero en la intimidad es muy sencilla y muy bondadosa. Yo estoy segura de que hará con el tiempo una excelente madre de familia.
—Todo eso será cierto—replicaba yo—; pero en el estado actual una indicación mía en ese sentido tendría un completo fracaso.
Las dos señoras me decían que debía de intentar; pero yo no pensaba en esto, y menos viendo cómo el corso llevaba sus amores al galope.
Poco después supe por Eulalia que había habido largas explicaciones entre Elena y su madre.
—Este hombre es un aventurero, hija mía—le dijo doña Mercedes.
—¿Por qué? ¿En qué se le conoce?—preguntó con cierta acritud Elena.
—No es difícil conocerlo. Nadie sabe quién es ni de qué vive; todas nuestras noticias acerca de él se reducen a que ha desembarcado en Valencia y que es corso.
—No sé lo que es, pero a mí me agrada. En cambio, su sobrino de usted, Emilio Serra, me molesta y me importuna. Es uno de los hombres más antipáticos que he conocido.
—Bien; aunque así sea, Emilio no es el único hombre que hay en Tarragona.
—Es uno de mis galanteadores. El, el teniente Montoya y Pepito Carmona. Emilio cree que tiene algunos derechos sobre mí porque es mi pariente, y si yo llegara a hacer la tontería de casarme con él, sería celoso como un turco. El teniente Montoya ya se sabe lo que es: un jugador y un calavera; respecto a Pepito Carmona...
—¿Qué? No creo que tengas que decir nada malo de él.
—¡Líbreme Dios!, no digo nada malo de él. Es un chico muy fino, muy discreto..., pero le asusto: prefiere estar haciendo versos que hablando conmigo.
—Es que le aterrorizas a ese pobre muchacho; le tratas con verdadera saña. Es lógico que te haya tomado miedo.
—Yo no quiero hombres que me tengan miedo; prefiero mejor los que intenten dominarme y protegerme.
—No te veo por buen camino, Elena; piensa lo que vas a hacer, piénsalo bien, porque si das un paso en falso la cosa ya no tiene remedio; consúltalo también con tu confesor.
—¿Para qué? Ya sé lo que me va a decir; conozco cuáles van a ser sus consejos, los he oído muchas veces, y no me han de convencer.
—Sin embargo, creo conveniente que hables con él.
—Bueno, hablaré...
El canónigo Roquebruna, a quien doña Mercedes había indicado que hablara a Elena, unos días después de esta conversación llamó a la señorita de Montferrat a la ventana del salón de su casa, donde solían tener la tertulia.
—Me ha dicho tu madre—le dijo—que estás en relaciones con ese italiano recién llegado.
—Sí, es verdad.
—¿Y sabes quién es ese hombre? ¿Has tomado informes de su vida y de su familia?
—No, no he tomado ningún informe, no sé mas que lo que me ha dicho él.
—¿Y no encuentras imprudente tu conducta?
—¡Qué se yo! ¡Qué quiere usted que le diga! Es posible que sea imprudente.
—Hija mía, ¿por qué has de creer que has de ser más feliz con ese extranjero a quien no conoces, que probablemente será un calavera, un vicioso, que con un hombre, por ejemplo, como tu primo Emilio, a quien conoces desde la infancia y con el que tienes una completa confianza?
—Padre mío, esa es la pregunta que se puede hacer a todas las personas que se enamoran. ¿Por qué éste o ésta, y no el otro o la otra? Yo no sabré contestarle a usted; Julio me interesa, le voy tomando afecto; Emilio me es indiferente, me desagrada.
—¿Pero una mujer de inteligencia como tú puede dejarse llevar así por instintos tan caprichosos, tan arbitrarios?
—Creo que todas las mujeres somos iguales en este punto. Sentimos amor, o no lo sentimos.
—¿Y no puedes dominar esa pasión?
—¿Y por qué la he de dominar, si es mi única esperanza de dicha? No me importa que Julio sea pobre ni de familia humilde; me basta con que me quiera.
—¿Y después? ¿Si te sale mal la combinación?
—Si me sale mal me resignaré. Se juega la partida, y se puede ganar o perder. Yo soy bastante vieja para jugarla.
—¡Vieja! ¡Tienes veinticinco años!
—¡Qué quiere usted! Siento el tiempo que se me pasa. Yo tengo la aspiración de llevar una vida más fuerte, más enérgica, más llena de emociones. Esta existencia monótona y provinciana me exaspera, me pone fuera de mí. Creo que viviendo así algún día haría un disparate mayor, un disparate que ni siquiera estaría legitimado por la pasión.
Don Guillermo hizo un gesto de resignación y se calló. Hombre que conocía la vida y las pasiones por el confesionario, sabía que las reflexiones frías y las consideraciones utilitarias no tenían eficacia en los temperamentos exaltados.
Unos días después, el canónigo Roquebruna dijo a doña Mercedes:
—Elena está empeñada en seguir sus relaciones con ese hombre. Creo, mi señora doña Mercedes, que no le conviene a usted oponerse radicalmente; deje usted que la muchacha hable con ese italiano naturalmente, nunca a solas; haga usted que lo conozca a fondo, y cuando lo conozca a fondo, es posible que ella misma, como se ha cansado de los demás, se canse también de él.
Efectivamente, doña Mercedes tomó ante su hija una actitud conciliadora; únicamente intentó averiguar detalles de la vida de Moro-Rinaldi, para ver si poco a poco iba llevando el desprestigio del corso al corazón de su hija.
Elena, con la miopía y la falta de espíritu de justicia peculiar en las mujeres, creyó que Moro-Rinaldi era el único hombre noble y digno que había conocido.
XIII.
HABLA MORO-RINALDI
La transigencia de su madre hizo que Elena pudiese mirar a su pretendiente con cierta serenidad. La oposición y la lucha en casa la hubieran impulsado seguramente a una actitud más decidida y más rebelde. Un día, en este bello paseo de San Antonio, que domina el mar, hablaron largamente Elena y Moro-Rinaldi.
—En todo el pueblo dicen que es usted un aventurero. ¿Es verdad?—le preguntó ella.
Moro sonrió con cierta tristeza:
—Sí; soy un aventurero. Mi padre era militar corso; mi madre, una croata de clase pobre. La infancia la pasé en París, viviendo como un hijo de familia acomodada. Mi padre era coronel de la guardia imperial, con muy buen sueldo; yo pensaba que tenía ante mí un hermoso porvenir; pero vino la caída de Napoleón, y la ruina entró en nuestra casa. Mi padre, militar a medio sueldo, tomó parte en conspiraciones bonapartistas y republicanas, hasta dar con sus huesos en un castillo y después en la emigración. Yo he vagabundeado por el mundo sin poder encontrar una colocación adecuada para mí; he sido un calavera, un hombre disipado. A veces no he retrocedido ante procedimientos indelicados, ¡que quiere usted!, la pobreza no conduce nunca a nada bueno. Le digo a usted la verdad. ¿Usted me desprecia? Bien; me iré de aquí, mi vida está ya deshecha; ya no tengo ante mis ojos mas que un horizonte muy negro.
—No; yo no le desprecio a usted.
—Si usted me da alguna esperanza, mi vida tendrá ya un objeto e intentaré regenerarme.
Elena no contestó; pero en su mirada se veía claramente que Moro-Rinaldi podía esperar.
El italiano se hizo muy amigo de Pedro Vidal y también mío. A mí me llegó a preguntar si había pretendido a Elena; yo le dije que no, y añadí:
—Es una mujer para casarse con un príncipe.
—Y para casarse con usted también, si usted la pretende con fuerza.
—No lo creo. Además, me daría vergüenza llevar a una mujer así a una casa pobre como la mía.
—¿Adónde quisiera usted llevarla, querido?
—A Pafos o a Amatonte.
—Sueños de poeta. En amor todo es cuestión de voluntad. La voluntad vence los mayores obstáculos. Ya ve usted: yo soy más viejo que usted; soy un advenedizo, un calavera, un hombre a quien nadie conoce, y la voy a pretender y me la voy a llevar.
—¿Cree usted?—le dije yo.
—Sí; usted presenciará mi éxito. Yo seré el Paris de esa Elena.
—Afortunadamente aquí no hay ningún Menelao.
Quince días después paseábamos Vidal, Moro-Rinaldi y yo por la Rambla y entrábamos en la farmacia de nuestro amigo Castells. En el momento que éste se hallaba en la rebotica, Moro, dirigiéndose a Vidal, le dijo:
—Parece que en la casa del capitán Arnau no le miran a usted con gran simpatía.
—Es verdad. Arnau no me quiere; el haber sido yo antes oficial de voluntarios realistas le produce una gran cólera contra mí.
—En cambio, la muchacha, María Rosa, está inclinada a usted.
—Sí; creo que sí.
—Amigo Vidal: tendremos que unirnos los dos y escaparnos con nuestras respectivas novias. Usted con María Rosa y yo con Elena.
—¿Con la señorita de Montferrat?
—Sí.
—Pretende usted robarla?
—Probablemente la tendré que robar; la familia no querrá dejarla casarse conmigo.
—¿Y cree usted que ella accederá?
—Sí; así lo espero.
—Es una mujer tan orgullosa, tan altiva...
—¡Bah!, mujer como todas...; hay una canción que las enloquece.
—¿Cuál?
—Esa tan vulgar de: «La quiero a usted con delirio... Es usted mi estrella... el único consuelo de mi existencia triste y miserable...» Todo es cuestión de cantar esa aria de bravura con energía.
—Es usted audaz.
—No lo crea usted. La primera vez que se hace una cosa de estas parece un gran atrevimiento; luego, no. Al principio, a la mujer que va con uno se la tiene por una víctima; luego se piensa que es una cómplice, y, a veces, se cree que la víctima es uno, el raptor, el tenorio, el engañador... A usted le pasará lo mismo.
—No; si María Rosa viene conmigo, me casaré con ella y viviré siempre a su lado.
—Cada cual su gusto—dijo Moro-Rinaldi sonriendo con su amable sonrisa—Si yo hubiese tenido medios para vivir, creo que hubiera hecho lo mismo; pero, amigo, la vida le impulsa a uno a cosas absurdas y, luego, lanzado ya, no se puede uno detener, es tarde. Va uno como si fuera arrastrado por la corriente de un río: se intenta agarrarse a esta peña, a esta rama de árbol... ¿No se ha conseguido? ¿No ha podido uno detenerse? Pues, entonces, hay que dejarse llevar como una rama seca o un manojo de paja.
—¿Es usted fatalista?—le pregunté yo.
—Sí. El fatalismo me parece la única verdad que hay en la vida. Todo lo que tiene que ocurrir ocurre.
—¿Pero usted cree que hay destino?
—Estoy inclinado a pensar que sí.
—¿Un destino predeterminado?
—Sí.
—No creo en eso. Además, a mí me parece que la voluntad y el amor pueden modificar el destino.
Moro se encogió de hombros.
—¿No cree usted en el amor?
—Poca cosa, la verdad.
—¡Pobre Elena!—exclamé yo.
—¿Por qué?—preguntó él—. Yo creo que para hacer feliz a una persona es mejor no sentir amor por ella.
—Es una tesis un poco extraña..., pero, ¿quién sabe?, quizá sea cierta.
Vidal, al salir de la botica, me dijo que sospechaba que de ninguna manera María Rosa aceptaría el escaparse con él dejando su familia.
Yo, al oír esta conversación, suponía que se trataba de una broma más que de un proyecto en serio.
XIV.
UNA SERENATA
Al comienzo del invierno, algunos jóvenes del pueblo pensaron en organizar una pequeña orquesta para el Carnaval del año siguiente. Fuimos a un sótano, que era almacén de un anticuario, a ensayar. Allí, delante de estatuas góticas de piedra, que representaban apóstoles con un libro o con un báculo en la mano; de tablas antiguas, pintadas y estofadas; de santos de madera con los ojos de cristal; de retablos dorados con angelitos mofletudos; de vargueños, arcas talladas y camas con columnas salomónicas e incrustaciones de cobre, solíamos armar una gran algarabía con nuestros instrumentos.
Yo tocaba el violín.
Vidal, la guitarra, y Moro Rinaldi, la mandolina.
Cuando llegamos a ensayar algunos trozos con cierta maestría, Moro Rinaldi propuso que diéramos serenata a las damas de nuestros pensamientos.
Elegimos un sábado, y salimos todos formados del almacén del anticuario, donde nos reuníamos para ensayar, a la calle, de noche.
El tiempo estaba espléndido. Había una lluvia de estrellas, y se veían a cada paso cruzar rayas luminosas por el cielo profundo y transparente. A lo lejos se oía el murmullo del mar como una respiración lenta, voluptuosa y tranquila.
Pasamos primero por delante de casa de Arnau, tocamos dos o tres piezas de nuestro repertorio, y Vidal cantó una jota con mucho brío delante de la ventana de María Rosa. Luego fuimos acercándonos por las callejuelas estrechas a la casa de Elena; allí repetimos nuestro concierto, y Rinaldi cantó con mucho gusto la siciliana de Le Nozze di Figaro, de Mozart.
El balcón de Elena se iluminó, y vimos después su figura, vestida de blanco, asomarse a la barandilla.
Luego, yo toqué el Carnaval de Venecia.
Yo tenía la pretensión de hacer filigranas en este trozo musical que Paganini arregló para violín de la canción veneciana O mamma!, dándole un aire más incisivo, más burlón y más fantástico.
Estaba inquieto y toqué con un brío, con una furia, que yo mismo estaba maravillado. Sentía, al oír mi violín, una mezcla de dolor, de alegría, de pena, que hacía que se me saltaran las lágrimas. Me aplaudieron hasta los vecinos de la calle, que habían salido a la ventana, y me hicieron repetir dos veces.
Después de la serenata volvimos al almacén, donde dejamos los instrumentos; entramos en un café, bebimos un poco más de lo regular, cantamos el Himno de Riego y paseamos por las calles, charlando.
Nos acercamos a uno de los baluartes que caía sobre el mar.
Había cesado la lluvia de estrellas y las constelaciones brillaban aun más vivas en la transparencia del aire.
Los centinelas, de cuando en cuando, daban su alerta, que se iba alejando hasta perderse en el silencio de la noche.
El mar tenía una calma siniestra; a lo lejos se veían los faroles de las lanchas pescadoras que iban y venían, se escuchaba a veces el sordo batir de los remos, y llegaba hasta el cielo, como una suprema armonía, el sonido rítmico y melancólico de las olas.
Esta noche, con sus serenatas y su lluvia de estrellas y el mar a lo lejos, fué para mí, no sé a punto fijo por qué, una de las noches más felices y más memorables de mi existencia.
Me pareció que la vida me había puesto de pronto en los labios la copa llena hasta el borde de un bálsamo dulce que había embriagado mi corazón, haciéndole olvidar todas sus tristezas.
Sentí una calma ideal, como si hubiera bebido el agua de Leteo o el nepenthes de Polydamna.
XV.
EL HOSTAL DE LA CADENA
Hacía un día de noviembre espléndido; el cielo estaba azul; el mar, tranquilo, lleno de meandros de espuma. Las olas llegaban como tritones blancos a correr por la playa. Moro-Rinaldi, que había salido por la carretera de Barcelona, antes de llegar a la torre del capitán Arnau entró en el Hostal de la Cadena.
Era domingo; a la puerta de esta posada había un grupo de campesinos, de pescadores y de algunas gitanas. El Hostal de la Cadena se hallaba a un cuarto de legua del pueblo: era una casona amarillenta, unida a otras dos o tres casuchas, de color verde y rosa; tenía una puerta grande y un zaguán amplio, medio patio, medio cuadra, que en aquel momento estaba ocupado por un carro y una barca, mostrando así la hostería su condición entre campesina y marinera.
Para corroborar este aire mixto, se veía en las paredes del zaguán jáquimas y albardas y dos anclas roñosas sujetas a unas cadenas. Este zaguán comunicaba con la cocina y con una galería que daba a un corralillo.
Moro-Rinaldi atravesó el zaguán y entró en la cocina. Era la cocina grande y no muy clara; un olor de aceite frito y de tabaco llenaba el aire y se agarraba a la garganta. En el hogar colgaba un gran caldero, y alrededor de la lumbre había varios pucheros y cazuelas de barro. En medio de la estancia, en una mesa larga con dos bancos, estaban sentados varios hombres, atezados por el sol y por el aire del mar. Eran hombres de bronce, serios, graves, con gorros rojos y morados y trajes de color; algunos llevaban mantas a cuadros; todos hablaban el catalán como por explosiones.
Unos comían en platos de porcelana basta una sopa coloreada de azafrán; otros, legumbres o un guiso de pescado muy rojo por el tomate y el pimentón; algunos tenían delante porrones verdosos llenos de vino; otros tomaban café y se servían copas de una botella ventruda de aguardiente. Las moscas revoloteaban por el aire con un rumor sordo. En un rincón dos marineros cantaban en castellano, acompañándose de la guitarra, una canción sentimental.
Moro-Rinaldi, al entrar en la cocina, se dirigió a un ángulo de ésta, donde se hallaba el Caragolet, y se sentó en una mesa pequeña, que por excepción tenía un mantel blanco.
—No se podrá usted quejar—dijo el Caragolet, señalando el mantel blanco, los vasos limpios y los cubiertos relucientes.
—No, no; está muy bien—y Moro-Rinaldi se sentó a la mesa.
La moza sirvió la comida; después de comer, Moro y el Caragolet tomaron café y bebieron aguardiente y hablaron durante largo rato.
Moro-Rinaldi se explicaba en su catalán chapurreado de italiano; el Caragolet le escuchaba absorto y maravillado. Se veía que el corso dominaba por completo al muchacho. Este oía ansioso, fijo, rojo de emoción.
A veces, entre el vocerío de las conversaciones de los marineros, se oían las palabras de Moro:
—¿Que se burlan de ti, muchacho?—decía una vez—, búrlate tú de ellos. ¿Que eres italiano e hijo del amor?, ¿y qué? Italia es el pueblo más ilustre de Europa, ¡querido!; el de los grandes artistas, el de los mayores poetas, el de los grandes capitanes. Todos estos franceses, ingleses y alemanes son toscos a nuestro lado. Los españoles se parecen a nosotros, pero son incompletos. Ellos son duros, rígidos; nosotros somos duros y blandos, rígidos y flexibles, al mismo tiempo. Ellos son la línea recta; nosotros, la recta y la curva. Nosotros sabemos ser amables con una mujer, comprender la obra de un genio, ser espléndidos con un amigo y pegarle una puñalada a traición a un enemigo.
El Caragolet miró a Moro-Rinaldi, abriendo los ojos y la boca con asombro. La pintura que hacía aquel de los italianos le producía un frenético entusiasmo.
—No, no te avergüences, muchacho, de ser italiano—siguió diciendo Moro-Rinaldi—; al revés: enorgullécete. ¿Y que eres hijo del amor? ¿Y qué? ¿Es que preferirías ser un hijo de familia escrofuloso y débil? El amor te ha hecho bello y fuerte; tú no sabes aún qué dones son esos. ¡Cuántos hijos de príncipes se cambiarían por ti y dejarían su palacio, su cuerpo débil y blando por tu choza y por tu cuerpo ágil y fuerte como el de una pantera!
El Caragolet seguía oyendo con una profunda emoción, completamente subyugado.
—Yo también soy, como tú, hijo natural de un italiano y de una gitana—añadió Moro-Rinaldi—. Mi padre procedía de un dux de Venecia; mi madre era gitana. Yo digo que era croata, pero, no, era gitana como tu madre. Romanicheles, ¿y qué? Los dos haremos cosas grandes. Tú sígueme, obedéceme; yo te protegeré.
El Caragolet de pronto se puso serio y sombrío y clavó la vista en el suelo; después, levantando la cabeza y mirándole al corso en el blanco de los ojos, dijo:
—Si es verdad eso, le serviré a usted como un perro; pero si me engaña usted, por éstas (y se besó los pulgares cruzados), que lo mataré.
Moro-Rinaldi se inmutó un momento y le temblaron los párpados; estuvo con la mano derecha, con el índice y el meñique extendidos y los demás dedos cerrados debajo de la chaqueta para quitar la jettatura; luego se echó a reír y pasó la mano por la cabeza desmelenada del muchacho.
En esto entró en el Hostal de la Cadena Pedro Vidal. Por lo que se supo después, aquel domingo, entre Vidal, Moro y el Caragolet debieron de preparar el plan de fuga del que tanto se habló más tarde.
XVI.
EN ALAS DE CUPIDO
El domingo siguiente Pedro Vidal me dijo que estábamos convidados a comer en casa de Arnau. Iríamos Moro-Rinaldi, él, Castells el farmacéutico y yo. María Rosa había invitado a Eulalia y a Elena para que fueran a la tarde a merendar a la torre.
Poco después de comer estábamos de sobremesa cuando llegaron en una tartana Eulalia y Elena, que fueron recibidas con grandes extremos. María Rosa y Pepeta les enseñaron el huerto, y luego estuvimos todos en el cenador de la terraza.
La tarde era de otoño, voluptuosa y tranquila. El mar parecía dormido, ensimismado en su eterna queja monótona; la olas venían a morir suavemente en la estrecha playa, y alguna más impetuosa avanzaba, dejando una línea de encajes blancos en la arena dorada. Del monte llegaba un aire fresco, lleno de olor de tierra y de efluvios de las plantas. En el Hostal de la Cadena se oía un rumor de guitarras; a lo lejos sonaba, de una manera intermitente, un estrépito de tambores y de cornetas; unas niñas, vestidas con trajes de día de fiesta, jugaban al corro en la carretera y cantaban con voces agudas:
Dicen que Santa Teresa
cura a los enamorados.
Después de pasar allí algún tiempo, Vidal y Moro-Rinaldi propusieron el dar un paseo en barca. Elena—¡oh!, disimulo femenino—dijo que no; que ella no podía faltar largo tiempo de casa; pero las chicas de Arnau la convencieron. ¡Hacía un día tan hermoso!
Iríamos a la Roca de la Sirena. Salimos del jardín, cruzamos la carretera y nos acercamos a la playa.
Moro-Rinaldi se puso a cantar una barcarola de gondolero veneciano.
Vidal fué al Hostal de la Cadena, y poco después se acercó a donde estábamos, en una barca y seguido de otra con tres marineros. Se dispuso que Elena, Rinaldi, María Rosa y Vidal, con el Caragolet y un marinero, fueran en una, y los demás, en la otra.
Estábamos esperando a que las barcas encallaran en la arena para entrar en ellas, cuando un muchacho vino a llamar a Secret y a Arnau.
—Tenemos que ir al pueblo—dijo Arnau—; por nosotros no se priven ustedes del paseo. Pascual les acompañará.
La primera barca comenzó a alejarse de la playa; en la segunda entramos: Pepeta, su madre, Eulalia, el farmacéutico Castells, Pascual el hortelano, un marinero y yo. Nos alejamos de la playa y fuimos en dirección del cabo Gros, que tiene rocas y escollos en su contorno inundados de espuma.
Entre estas rocas distinguíamos la Roca de la Sirena. En el cabo se asentaba Tamarit del Mar, con unas treinta casas y una iglesia.
En la primera barca vimos de lejos a Moro-Rinaldi y a Vidal, que se pusieron a remar con fuerza; el Caragolet llevaba el timón; luego largaron la vela y su barca, alejándose rápidamente; nos ganó en seguida una distancia de trescientas a cuatrocientas brazas.
—Van conducidos por Cupido—le dije yo a Pepeta en broma.
—¿Por quién?
—Por Cupido, el dios del amor, que tiene alas.
—¿Y nosotros?
—Nosotros llevamos a la mamá de usted, que pesa mucho, y a un boticario que no pesa menos.
Al llegar cerca de la Roca de la Sirena, la distancia entre las dos barcas era ya mayor.
Los de la primera lancha, en vez de acercarse a la Roca como se había pensado, siguieron hasta la playa de Tamarit del Mar, y desembarcaron.
—Quizá se les haya ocurrido ver la aldea—pensamos.
Nosotros íbamos más despacio y tardamos cerca de media hora en llegar al mismo punto.
Saltamos a tierra, subimos a Tamarit y nos encontramos con que las dos parejas habían desaparecido; por lo que nos dijeron las gentes del pueblo, una tartana les estaba esperando, y habían marchado al trote camino de Barcelona. Era verdad, indudablemente, que Cupido les conducía.
La madre de María Rosa, al saber que su hija había huído, estuvo a punto de desmayarse. Pepeta, iracunda, golpeaba el suelo con el pie.
—La mataría—dijo apretando los dientes, refiriéndose a su hermana.
El Caragolet no decía nada; pero, por su aire torvo, se veía que se hallaba furioso. Después se supo que estaba al tanto de la maniobra y que Moro-Rinaldi le había engañado.
Eulalia y yo quedamos aturdidos, en el mayor asombro.
Volvimos a la playa del Hostal de la Cadena; la mujer de Arnau iba temblando, sumida en una profunda desesperación. Cuando llegamos a la playa y encontramos al capitán y a Secret, a quienes Moro y Vidal habían alejado con un recado falso, al contarle al capitán lo ocurrido, quedó tan pálido de ira que creí que le iba a dar algún mal. Arnau juró, con los puños cerrados, que se había de vengar. Secret se manifestaba también furioso.
Eulalia y yo volvimos a casa en el mayor abatimiento.
Unos días después supimos que Elena y María Rosa se habían casado en la iglesia de Torre de Embarra. La gente empezó a decir que Moro-Rinaldi estaba ya casado. ¡Cualquiera lo sabía!
Al finalizar el mes, don Vicente Serra me despidió de su casa, diciéndome secamente que ya no necesitaba mis servicios.
Secret me vino a buscar, a decirme de parte del capitán Arnau que sabía que yo no tenía la culpa y que quería verme otra vez en su casa. En la familia del marino no se hablaba de la hija fugada. Alguna vez la madre la disculpó, y el capitán dijo, ya amainando su violencia:
—Así sois todas las mujeres.
Cuando le dije a Arnau que los Serras me habían despedido de su casa, habló pestes de ellos, diciendo que eran unos miserables hipócritas que se vengaban en personas que no tenían la menor culpa de lo ocurrido.
Por lo que supe después, Secret fué a Barcelona y se encontró allí con Emilio Serra. Al parecer, se entendieron; llegaron a saber que Vidal y Moro-Rinaldi estaban en la fonda de las Cuatro Naciones pasando la luna de miel. Entonces alguno de ellos los denunció a la policía, y los llevaron a Vidal y a Moro, en compañía de unos oficiales sardos, a la Ciudadela, como carlistas.
Lo extraordinario fué—según contaron—que, al registrar la maleta de Moro-Rinaldi, encontraron papeles comprometedores que parecían probar que el corso estaba pagado por los carlistas.
Con la fuga de Vidal y Moro-Rinaldi, mi situación en Tarragona empeoró. Muchos creían que yo había ayudado en su escapatoria a las dos parejas, y esto me dejaba ante la gente en un papel subalterno y ridículo.
Arnau, que desde la fuga de su hija me manifestaba más simpatía que anteriormente, me dijo que él pensaba pasar unos días en Barcelona, que fuera con él, porque allí era posible que encontrase trabajo.
Jaime Vidal me indicó, a su vez, que él iba a ir también a Barcelona, a ver si podía hacer algo por su hermano, preso en la Ciudadela.
Estuve vacilando: de Málaga me escribían que los asuntos de nuestra casa iban tomando mejor cariz, y que las acciones de la Sociedad minera, en donde mi padre había colocado gran parte de su capital, comenzaban a subir. Todavía la situación nuestra no estaba completamente consolidada; más pronto o más tarde tendría que volver a Málaga, pero, mientrastanto, me pareció conveniente ir a Barcelona.
XVII.
VIAJE POR MAR
Acepté la invitación de Arnau de ir con él a Barcelona por mar, aunque no me entusiasmaba la idea, porque siempre que me he embarcado he acabado por marearme.
El barco en que hicimos nuestro viaje, la María Rosa, era un jabeque de dos palos, con velas latinas, cubierta y una camareta a popa.
Ibamos muchos, unas quince o veinte personas; entre ellas, unos cuantos jóvenes de Reus que marchaban a Barcelona decididos a hacer alguna de las suyas. Estos jóvenes, republicanos exaltados, habían tomado parte en la matanza de frailes que hubo en Reus meses antes, y hablaban de un exterminio de carlistas y de llevarlo todo a sangre y a fuego.
Recordaban con furia que un fraile franciscano de Reus que merodeaba por los alrededores había fusilado a seis soldados liberales y a su jefe, y no contento con esto, había cogido a un miliciano nacional, muy querido de sus convecinos, y le había crucificado, después de haberle sacado los ojos.
Los recuerdos de estas enormidades los tenían fuera de sí.
También iban en el jabeque las tres furias de la casa del Negre y el Caragolet. Según me dijo Arnau, le habían pedido que les llevara a los cuatro a Barcelona. El dueño de la casa del Negre les había echado de ella, en vista de los escándalos repetidos de la Dora, y ésta se había escapado con un contrabandista.
Marchábamos en el barco un poco estrechos; Arnau llevaba el timón; cuatro marineros hacían la maniobra y corrían, con sus pies desnudos, por la cubierta, a tirar de las cuerdas. Las garruchas crujían agriamente y las velas daban latigazos con el viento. Un viejo preparaba la comida en un hornillo de hierro; una gran cazuela de arroz con pescado, a la que echaba aceite, cebollas, ajos, tomate y pimentón.
El día, de invierno—estábamos en las proximidades de Navidad—, se presentó por la mañana muy triste y nebuloso; el cielo, gris; el mar, de color de plomo. Había llovido la noche anterior. Nubes blancas y pequeñas corrían rápidamente por el horizonte, y el viento, brusco y malhumorado, hacía crujir los palos de nuestro falucho, que avanzaba orgullosamente inclinándose y hundiendo su proa entre las olas coronadas de espuma.
Teníamos el viento de poniente, un terral manejable, según Arnau. Al avanzar la mañana, el cielo quedó claro, blanquecino. La costa parecía de cristal. A medida que subía el sol, el viento crecía en violencia; las olas, furiosas, se coronaban de espuma y nos mostraban sus oquedades moradas.
La pacífica matrona del Mediterráneo se había encolerizado y tronaba amenazadora e iracunda, con sus ojos verdes, olvidada de su calma y de su manto de azul.
El mal tiempo y la presencia de las furias de la casa del Negre me hicieron pensar en si, como Eneas y sus compañeros, arrojados a las Estrófades, iríamos también nosotros a sucumbir en los peñascos de la costa y a ser víctimas de las arpías.
Como me sucedía siempre a la hora de estar en el mar, empecé a padecer el mareo, lo que contribuyó a que el capitán me manifestara su desdén.
Afortunadamente para mi crédito, al pasar a la altura del cabo Gros se marearon también Secret y alguno de los muchachos de Reus, lo que hizo torcer el gesto de una manera desdeñosa a nuestro Palinuro.
Pasamos al mediodía la punta de San Cristóbal y tomamos la costa de Garraf. Como el viento había crecido en furia a medida que subía el sol en el horizonte, ahora que descendía bajaban las ráfagas de aire en intensidad.
El cocinero sacó la gran cazuela de arroz, unos porrones de hoja de lata, y nos sentamos todos alrededor de la comida. El capitán invitó a las tres furias y al Caragolet a que comieran con nosotros.
La Nas, la Escombra y el Mussol se excusaron y dieron las gracias; habían comido ya. El Caragolet se acercó. Las tres furias, sentadas cerca de la borda, mascaban un mendrugo de pan, sin querer mirar a la gente, como si sintieran repugnancia por todo el mundo.
Comimos el arroz, que estaba excesivamente sabroso.
—¿Qué, está bueno?—preguntó el cocinero.
—Sí—dije yo—, pero me parece que pica un poco.
—¡Ca!—repuso Arnau—,eso se quita con vino. A mí me ha parecido soso.
—¡Soso! Yo he creído al principio que tenía pólvora. Me ha hecho el efecto de una función de fuegos artificiales.
En las primeras horas de la tarde comenzó a amainar el viento; por encima de los cerros desnudos de la costa veíamos dibujarse vagamente los montes de Montserrat, llenos de picachos y de quebradas. A media tarde el tiempo se serenó por completo, brilló el sol, cesó el viento y fuimos acercándonos con lentitud a Barcelona.
Llegamos frente a la ciudad cuando ya empezaba a obscurecer. El mar se teñía de púrpura, y la ciudad, recostada sobre una cadena de montañas, se doraba por los últimos resplandores del crepúsculo.
A la izquierda se destacaba Montjuich, con sus fortificaciones en lo alto; a sus pies, el doble baluarte de las Atarazanas; luego, en medio de los tejados y las azoteas, se erguían las torres de San Francisco, de la Merced y de la Catedral. A la derecha me señalaron Santa María del Mar y la Aduana; más a la derecha aún, San Pedro y la torre de la Ciudadela, y en el extremo, el faro de la Barceloneta.
En aquel momento el resplandor dorado del sol se retiraba de los tejados y de las torres, y la ciudad iba hundiéndose en la sombra a medida que nos aproximábamos a ella. Entramos en el puerto; las luces comenzaban a brillar; las grandes velas de los barcos flotaban pálidas en la semiobscuridad.
Arnau y su gente amarraron el falucho, y en un bote atracamos en la escalera del malecón.
Entramos por la Puerta del Mar; los de Reus quedaron en una posada próxima al muelle; Arnau, Secret y yo fuimos a una casa de huéspedes de la calle de la Puerta Ferrisa.
XVIII.
CIUDADES VIEJAS Y CIUDADES NUEVAS
Barcelona, entonces, no se parecía a la ciudad actual; era una ciudad grave, seria, de calles estrechas, donde apenas entraba el sol, de casas muy altas y muy viejas, con un pavimento descuidado. Fuera de la Rambla, siempre llena de animación, lo demás era poco alegre.
De noche, las calles se hallaban mal iluminadas por faroles de aceite y por lámparas que ardían delante de las hornacinas con la imagen de algún santo.
A pesar de esto, la ciudad creo que me gustaba entonces más que ahora. Uno de los encantos de las ciudades antiguas antes de ser abiertas y destripadas por los ensanches era la coherencia de su exterior con su espíritu.
Estas ciudades antiguas representaban de una manera completa, acabada y fiel la vida de sus habitantes; en ellas no faltaba un matiz que existiera de verdad, ni había una nota pegadiza y falsa.
Más tarde, como en los discursos, la charlatanería entró en ellas, la mentira suntuosa, y quisieron presentar aspectos que en la realidad no tenían. Así, las urbes se han convertido, de sinceras y verídicas, en ciudades de aparato, en escaparates de quincalla brillante, en donde la casa no tiene coherencia con su interior y en donde la fachada es una mixtificación y una farsa.
En la Barcelona de entonces dominaba todavía la ciudad gótica y medieval, con sus iglesias, sus murallas, sus fortificaciones, su vida austera y contenida.
Había en esta época grandes conventos, con sus huertos y sus tapias, que ocupaban enormes espacios en las calles, y un sonar constante de campanas de las distintas iglesias de la ciudad.
A pesar de la extinción de los frailes se veían muchas parejas de éstos, de todas clases de hábitos y de colores, que entraban y salían de las casas. De noche la vida acababa muy temprano; y al toque de la queda se cerraban los comercios y las puertas de la ciudad, se levantaban los puentes levadizos y, una hora más tarde, se cerraba la Puerta del Mar.
Se vivía en una inquietud constante; la gente no había tenido un momento de paz ni de reposo desde la guerra de la Independencia; se estaba en un perpetuo sobresalto y en una constante interinidad.
Desde el día siguiente en que llegué a Barcelona me dediqué a ver si encontraba trabajo. En todos los comercios me decían que esperara, que no sabían a qué atenerse, y que el momento no era propicio para tomar más dependencia.
Pensé en marcharme pronto de Barcelona, pero Arnau me decía que me quedara allí. Según él, a todas partes adonde fuera, en España, me ocurriría lo mismo.
El pensaba que tenía que haber una revolución que diera un estallido, y que después de ella vendría la calma.
XIX.
TARRACONENSE
Quizá la división más natural de la Península, al menos desde un punto de vista espiritual, es la antigua romana, que señalaba tres grandes regiones: la Tarraconense, la Bética y la Lusitania; a éstas se podría añadir, como complemento, la Cantabria, que es una cuña metida entre las otras tres, con la punta en el centro de la tierra hispánica y la base en los Pirineos y el golfo de Vizcaya.
En la región tarraconense influyen con energía dos elementos: la montaña y el mar, el campo y la ciudad.
Es posible que todas las guerras civiles modernas no sean mas que la lucha del campo contra la ciudad; del campo, que queda inmóvil, contra la ciudad, que cambia y evoluciona.
Cataluña es el país de la Península donde hay un contraste más violento entre las tierras montañesas y las marinas, entre las ciudades despiertas y las campiñas reaccionarias. Este contraste no es tan grande en la vertiente atlántica, en donde el monte no es tan alto, ni tan seco, ni tan frío, ni tan intrincado, y en donde el mar no es tan ardiente ni tan voluptuoso.
Así, estos polos, el polo montañés y el marino, el polo rural y el ciudadano, chocaban y chocan en Cataluña con una terrible violencia; así, el odio entre el carlista de la montaña y el republicano del mar era furioso.
A pesar de que en aquel tiempo no había todavía oficialmente un partido republicano, muchos de los catalanes de las ciudades lo eran vagamente, y unían el entusiasmo por la república con el entusiasmo por la ciudad.
Tenían ya por entonces los barceloneses un sentido ciudadano tan exagerado, que les llevaba a una megalomanía completa, y hubiesen querido que su ciudad fuera el centro del mundo.
No sé si este contraste de la montaña y del mar es el que ha hecho a la gente de la región catalana tan violenta y tan fiera; lo que sí es cierto es que lo eran y lo son para todo. La guerra civil lo demostró. Cataluña y Valencia dieron en ella la nota más feroz y más sanguinaria. En comparación suya, la guerra del Norte parecía una guerra de estrategia y de posiciones.
Esta violencia mediterránea no era sólo campesina, sino también ciudadana, y hasta podía ir unida a cierta cultura.
Un ejemplo de ello me bastaría citar: por entonces se hablaba en Barcelona de un fraile exclaustrado que era librero de viejo. Este hombre tenía tal afición por sus libros y sus papeles, que cuando vendía alguno de ellos le entraba tal desesperación de verse sin su infolio o sin su manuscrito, que salía detrás del comprador y lo asesinaba para recuperarlo.
Este absolutismo y esta violencia para cualquier cosa existía, más que en ninguna parte de España, en Cataluña, y sobre todo en Barcelona.
XX.
CONFUSIÓN
Había un constante entrar y salir de gente misteriosa, hombres embozados en capas y en mantas, en nuestra casa de la calle de la Puerta Ferrisa. Pregunté a don Ramón Arnau qué pasaba allí, y me dijo que un conspirador venido de la corte, Aviraneta, había llegado con el objeto de dirigir las huestes revolucionarias de Barcelona.
Unos días después, Arnau me contó que había acudido algunas noches a las tertulias que se celebraban en el piso principal de nuestra casa, y se manifestó muy partidario de las ideas y de los planes del conspirador madrileño.
Como a mí no me interesaban las cosas políticas, me dedicaba a vagar por el pueblo, a recorrer sus calles, a andar por la Rambla, y pasaba también largos ratos en el claustro de la Catedral.
Una mañana, en este claustro me encontré con Elena y María Rosa. Se me acercaron rápidamente; tenían aire de haber llorado; venían las dos de negro, de mantilla, con un rosario en la mano. Me dijeron estaban haciendo gestiones para libertar a Vidal y a Moro-Rinaldi, que se hallaban encerrados en la Ciudadela. Habían visitado a la mujer del general Mina, y ésta, tratándolas con gran cariño, les había dicho que su marido no se encontraba en Barcelona y que esperasen a que llegara.
María Rosa me indicó que hablara a su padre; le hablé; pero el capitán Arnau me contestó rudamente que no pensaba hacer nada en favor de su yerno.
María Rosa y Elena me indicaron que fuera a la fonda de las Cuatro Naciones, donde vivían, y si sabía alguna noticia importante para sus respectivos maridos se la comunicase.
Mientras yo paseaba y Arnau visitaba la habitación de Aviraneta, Secret, uno de Reus y el Caragolet, andaban de trinca, de café en café, con la gente más exaltada y de armas tomar de Barcelona.
Se reunían en el café de la Noria, de la calle del Arco del Teatro; en la taberna de la Bomba, de la calle de la Bomba, y frecuentaban también el café de los Tres Reyes, situado junto al Palacio; el de Guardias, cerca del teatro Principal, y el café de Titó, que entonces se llamaba de la Reina. Todos estos cafés eran verdaderos clubs en donde se celebraban reuniones patrióticas. Otro centro de reunión de los exaltados estaba en las casas del Colegio de Mercedarios, en la Rambla.
El café de la Noria era entonces el club más favorecido por los hombres de pro; allí peroraban Madoz, Figuerola, Aiguals de Izco, Pedro Mata, y otros. Allí acudían diariamente el gobernador militar de la plaza, don Antonio María Alvarez, y el administrador de Correos Abascal, para seguir las inspiraciones de los exaltados. Allí habló también Alibaud, que luego atentó en París contra la vida de Luis Felipe. Los de la taberna de la Bomba eran francamente republicanos, y los del café de los Tres Reyes tenían cierto matiz, todavía mal definido, de regionalistas.
Estos exaltados se dividían por su grado de exaltación y por la clase social a que pertenecían: los había elegantes y distinguidos y los había del arroyo. Entre esta gente del arroyo un tipo muy influyente era el Bacallanet, contratista que acababa de construír una plaza de toros cerca de la Ciudadela. Como lugartenientes del Bacallanet estaban dos hermanos liberales exaltados, los Madecul, el hojalatero Garriga, el carpintero Xingola, el cerillero Castró, el Aucellet, y otros.
También había en estos grupos de las últimas capas sociales mujeres exaltadas, verduleras, lavanderas y algunas perdidas, todas a cuál más chillonas y alborotadoras.
Según me dijeron, las tres furias de la casa del Negre, la Nas, la Escombra y el Mussol, habían aparecido por la taberna de la Bomba.
Se vivía en Barcelona en plena exaltación; se hacían salvas al ponerse el sol. Todos los días se hablaba de que la Milicia urbana tenía que salir a campaña, lo que, naturalmente, producía una gran sensación en los pequeños comercios y en los talleres donde trabajaban los milicianos nacionales.
Un día le pregunté a Secret qué es lo que pretendían sus amigos y él; si estaban de acuerdo con los que se reunían en casa de mi vecino Aviraneta; pero me dijo que no, que ellos tenían otros proyectos y otros ideales.
El pueblo se hallaba próximo al estallido; el odio frenético contra los carlistas, el recuerdo de los atropellos del conde de España, la idea de que los frailes seguían mandando en la ciudad y de que los carlistas tenían en ella más influencia y más poder que los liberales, les ponía a éstos en la mayor desesperación.
XXI.
LA CIUDADELA
Una tarde, después de comer, acompañé a Elena y a María Rosa a la Ciudadela; al llegar delante del rastrillo, el cabo de guardia nos detuvo y nos interrogó. A las dos mujeres las dejó pasar; a mí no me permitió la entrada.
Siguieron ellas por el puente y yo quedé fuera del rastrillo, que tenía a cada lado un gran pilar de piedra, con una bola, también de piedra, como remate. Pasé allí un cuarto de hora largo, y viendo que Elena y María Rosa no aparecían, me asomé al paseo de la Explanada. Había cerca de la muralla un cordelero que hacía una cuerda de cáñamo mientras un chico daba vueltas a una rueda. Me paré a mirarle, recordando a mi amigo el señor Vicente, el tío Corda.
El cordelero me preguntó si le necesitaba para algo, y le dije que no, que me recordaba a un amigo, y le indiqué a lo que había ido allí.
El hombre pareció agradecer la confianza, y, hablándome en mal castellano, me explicó que en aquella explanada había hacía poco tiempo una horca muy fuerte, con una escalera de madera, con su barandado, sin duda para que los reos pudieran subirla con seguridad. En esta horca se colgaba a la gente en serie.
El había visto allí los hombres como racimos. Los franceses habían ejecutado en aquel punto a cinco patriotas catalanes, y el conde de España no se contentaba con ahorcar a los liberales, sino que tenía la humorada de darles broma en vida y de tirarles de los pies después de muertos.
Unos meses antes, según me dijo el cordelero, habían fusilado en aquel mismo sitio a Miguel Arques, a quien llamaban el estudiante Murri, mozo que durante el mando del conde de España fué uno de los espías que denunciaban a los liberales.
Le di un pitillo al cordelero. Era un vejete flaco y aguileño. Hablaba de una manera un tanto desdeñosa. No había salido nunca de aquel rincón. Allí trabajaba desde su infancia.
El cordelero deshizo el cigarro que le di, molió el tabaco entre sus manos callosas, puso el papel de fumar en el labio, lió el pitillo, lo encendió y me dijo, mostrándome la fortaleza:
—Dentro de unos días va a haber aquí sangre.
—¿Cree usted?
—Eso dicen.
—¿Y a usted no le parece mal eso?
El cordelero se encogió de hombros. Luego me mostró las distintas dependencias de la Ciudadela: los cuarteles, los almacenes y la torre de Santa Clara. Era ésta ancha, gruesa, con contrafuertes; tenía en lo alto una torrecilla a modo de templete, con un barandado con cuatro floreros. Según me dijo el cordelero, en esta torre solían encerrar a los presos políticos, y allí había estado el general Lacy antes de ser enviado a Mallorca para ser fusilado.
Vi que Elena y María Rosa aparecían de nuevo en el rastrillo, y me despedí del cordelero para acercarme a ellas. Elena y María Rosa venían abatidas; por lo que me dijeron, Vidal y Moro-Rinaldi tenían pocas esperanzas de ser libertados. En la Ciudadela, entre los presos, corría la voz de que el pueblo pensaba asaltar la prisión y degollarlos a todos. Al parecer, el odio era grande contra el coronel don Juan O'Donnell, uno de los O'Donnell carlista que había sido hecho prisionero en una escaramuza en Olot y que estaba preso en la Ciudadela. O'Donnell era objeto de las iras del pueblo, que quería sacrificarle en venganza de los fusilamientos y crueldades que habían cometido los carlistas...
Otro día acompañé a mis dos amigas a casa del general don Pedro María Pastors, gobernador de la Ciudadela.
Elena llevaba una carta para la señora del general, doña Carmen de Foxá y Vadolato, hija del barón de Foxá.
El general nos recibió amablemente. Era el tal militar un tipo raro, catalán, de Gerona, que hablaba con un acento muy rudo. Este hombre me pareció un extravagante de muy poco talento; de gustos populares, llevaba, como algunos marineros, un anillo en la oreja.
El general Pastors nos dijo que había pedido al segundo cabo, don Antonio María Alvarez, quien mandaba la capital en ausencia de Mina, el que permitiese trasladar a O'Donnell y a otros prisioneros carlistas odiados por el pueblo a un buque de guerra de la marina inglesa; pero Alvarez se había negado, diciendo que mientras Mina no estuviese en Barcelona él no podía tomar tales disposiciones.
La razón de la diligencia y del deseo de Pastors de salvar a O'Donnell dependía de que era amigo suyo y de que había hecho con el padre del preso y con el preso la campaña de los absolutistas, en 1823. Pastors mandó por entonces una brigada, de la que eran comandantes Zumalacárregui, el joven O'Donnell y el conde de Negri.
Como Alvarez sabía por qué motivos Pastors pedía la traslación de O'Donnell, no se la quiso conceder. Lo extraño era que Pastors no lo comprendiese y se devanase los sesos pensando qué causa habría para la negativa.
Elena y María Rosa se despidieron del gobernador de la Ciudadela con muy pocas esperanzas.
XXII.
LA MAREA QUE SUBE
Hacia fin de año apareció en los periódicos de Barcelona un parte del general Mina, fechado en San Lorenzo de Morunys. Decía que los carlistas continuaban defendiéndose en el Santuario del Hort estrechados por las tropas de la Reina, y que un prisionero, fugado la noche anterior del santuario, había declarado que los carlistas pasaban por las armas a los liberales que tenían en su poder. Llevaban fusilados ya treinta y tres hombres, entre oficiales y soldados. Estos, en su mayoría, eran del regimiento de Saboya.
Por lo que se contó, los sitiados advirtieron a Mina que por cada cañonazo que les disparase fusilarían a un prisionero, y empezaron su represalia sacrificando a cinco comandantes de nacionales que tenían presos, arrojando sus cadáveres por los barrancos del monte, en donde estaba el santuario.
La noticia causó una gran indignación entre el ejército y los paisanos; se decía que los carlistas atropellaban las leyes de la guerra, y la indignación era mayor en los soldados que guarnecían la Ciudadela, pues éstos, en su mayor parte, pertenecían al regimiento de Saboya, el cual había sido el más castigado por los carlistas en el Santuario del Hort. Se añadía que, antes de matarlos, los carlistas atormentaban a sus prisioneros.
Estos rumores, verdaderos o falsos, se fueron exagerando al correr de boca en boca y avivaron el furor de los liberales barceloneses. La rabia contra los enemigos de dentro y de fuera se hacía frenética y desesperada.
—Hay que acabar con los que nos asesinan—se gritaba.
—Es necesario hacer algo ejemplar.
María Rosa y Elena vinieron a mi casa pidiéndome consejo, pero yo no sabía qué aconsejarlas.
El día 4 de enero amaneció frío y triste. Estaba lloviendo. Barcelona tomó un aire de revuelta. En las primeras horas, tambores tocando generala pasaron, seguidos de grandes grupos, por la Rambla. Iban hacia la plaza de Palacio, donde la multitud engrosaba por momentos. Marchaban las patrullas de acá para allá, gritando, exasperadas.
Por entonces, en la plaza de Palacio, frente a la Lonja, se estaba construyendo un edificio grande por un capitalista catalán, Xifré, enriquecido en la Isla de Cuba. Al mismo tiempo se trabajaba en ensanchar la plaza. Con la lluvia se hallaba ésta convertida en un barrizal.
Elena y María Rosa no se apartaban de las proximidades de la fortaleza en que se encontraban prisioneros sus maridos.
Custodiando la Ciudadela no había el día 4 de enero mas que un pequeño destacamento del regimiento de Saboya, que no llegaba a ciento cincuenta hombres; ocho artilleros y ochenta milicianos nacionales. Al mediodía del 4 se reforzó la guardia con unos sesenta soldados, única fuerza útil de un batallón del 20 de línea, que ni siquiera tenía armas.
Por lo que se dijo, el general Pastors, al oír que el pueblo intentaba asaltar la Ciudadela, y sabiendo que se hallaba completamente desguarnecida, salió de su casa, tomó un coche y, atravesando el gentío que le obstruía el paso, llegó a la fortaleza.
Al caer de la tarde, la muchedumbre, en la plaza de Palacio, era imponente; se decía que los oficiales carlistas más comprometidos se habían fugado de la cárcel, y que el Gobierno contemporizaba con los enemigos de la libertad. Al parecer, los batallones de la Milicia estaban dispuestos a dejar hacer a los ciudadanos decididos para que estos tomasen las represalias que quisieran.
Al obscurecer, la multitud se decidió, se movilizó y comenzó a marchar hacia la Ciudadela. El movimiento parecía pensado, premeditado. Alguien daba las órdenes, aunque no se sabía quién. Los tambores tocaban generala. «¡Viva la Petita!»—gritaban unos—. «¡Viva Cristina y vinga farina!»—decían otros; y estos gritos se mezclaban con los de la gente que vitoreaba a la Libertad y a la República.
Seguía lloviznando.
Entre los grupos vi al Caragolet, harapiento, con su gorro rojo en la cabeza, tocando un tambor. Un gentío inmenso se acercó al rastrillo, lo empujó, lo rompió y comenzó a adelantar hacia la puerta de la muralla.
Por dentro levantaron el puente levadizo. Los amotinados vacilaron un instante. Entonces, un grupo de hombres, dirigidos por el Bacallanet y por otros que hablaban catalán y que no se sabía quiénes eran, fueron a la plaza de Palacio, cogieron de las obras que allí se estaban haciendo dos grandes escaleras y las trajeron entre los aplausos de la multitud.
Mientrastanto, algunos amotinados habían inundado los fosos y los glacis de la Ciudadela, y pedían a gritos que les entregasen los prisioneros carlistas.
Los directores del motín conferenciaron y decidieron, sin duda, esperar a que entrara la noche para dar el asalto.
¿Quiénes eran estos hombres? Lo pregunté. Nadie los conocía.
La multitud se estrellaba contra los muros de la Ciudadela como las olas de un mar turbulento; pronto se hizo completamente de noche, y comenzaron a brillar antorchas, que iban y venían de un lado a otro en la explanada y en los fosos.
Contemplaba yo la escena sobrecogido cuando se me acercó Elena. Me sorprendió, porque venía vestida de hombre. Me dijo que estaba dispuesta a salvar a su marido, de cualquier manera que fuese.
De pronto vimos una silueta iluminada por un hacha de viento humeante en lo alto de la muralla, y supimos que era el gobernador de la Ciudadela que arengaba a la multitud. Yo no le oí; me dijeron que había preguntado a los sublevados qué es lo que querían y que éstos habían contestado:
—Queremos a los presos; queremos a O'Donnell.
El gobernador dijo que no tenía atribuciones para entregar a los prisioneros, y que lo haría si le mostraban una orden superior. Los amotinados contestaron con terribles alaridos, exigiendo que se les entregara a los presos inmediatamente. El general se retiró de la muralla y volvió a aparecer de nuevo, poco tiempo después, a la luz de una antorcha, a proponer que el pueblo nombrase un parlamentario y que, en unión de un coronel que estaba entonces en la Ciudadela, fueran a visitar a la primera autoridad militar de Barcelona.
El Bacallanet y sus amigos discutieron entre ellos; se oyeron frases contra el Gobernador; alguien dijo que no había que hacer caso de sus palabras, sino comenzar en seguida el asalto.
El problema estaba en saber lo que haría la guarnición; si ésta comenzaba a disparar era imposible entrar en el castillo. El Bacallanet y los suyos afirmaron que la guarnición no dispararía.
Se colocaron las dos largas escaleras en el foso, enfrente cada una de una tronera, y comenzó a subir por ambas una fila de personas. El primero que se lanzó al asalto fué el Caragolet. Llevaba una antorcha en la mano, iba harapiento, sin gorro, con los pelos alborotados, la cara llena de rabia y de cólera.
Tras él subieron la Nas, la Escombra y el Mussol; luego, Ramón Secret, y poco después, Arnau.
A la luz vacilante de las antorchas se vió ir subiendo, por las dos largas escaleras, filas de hombres decididos e iracundos.
Se veían caras foscas, duras, barbudas, la mayoría con el gorro rojo sobre las greñas; algunos pocos iban armados con sables y fusiles; dos o tres llevaban el cuchillo entre los dientes.
Toda esta gente avanzaba con una terrible decisión. De pronto se abrió el puente levadizo y comenzó a bajar, con lentitud, hasta cubrir el foso.
Aquella puerta abierta de la muralla, un arco negro iluminado por la luz de las antorchas, me pareció la entrada del Tártaro. Creí que iba a aparecer algún pantano fétido con algún sombrío Caronte.
Las turbas, al ver el paso franco, se lanzaron adentro como una ola embravecida. Yo penetré, empujado por la multitud, en aquellos dominios del Orco. Era como una marea cenagosa que iba subiendo e inundándolo todo.
El general Pastors se presentó delante de la desbordada muchedumbre intentando aplacarla; quiso hacerse obedecer por la tropa, pero ésta apenas le hizo caso; por el contrario, muchos soldados del regimiento de Saboya se unieron con los sublevados y les entregaron sus fusiles.
—Hay que vengar a nuestros compañeros, amigos y parientes asesinados por los carlistas. ¡A muerte los presos!
Entonces, a la siniestra luz de las antorchas, se vió a esta multitud de frenéticos y de sicarios entrar en los cuarteles y en los calabozos. Arrebataron al alcaide las llaves, forzaron a balazos las puertas que no podían abrir, sacaron a los presos y los fueron matando a tiros, a sablazos y a cuchilladas.
La salvaje marea subía furiosa, golpeando a derecha e izquierda y dejando por todas partes huellas de sangre.
Muchos de los presos se arrodillaban implorando la misericordia de los amotinados: no les valía. Uno que había sido sacado a empellones de su encierro y vió aquella horrible carnicería, alzó en sus brazos a un niño de pecho, gritando:
—Tened piedad de mi hijo.
—Dámelo—gritó un hombre del pueblo; y mientras éste lo cogía en sus brazos, otro atravesaba el corazón del padre de una puñalada.
Según dijeron, O'Donnell, que vió acercarse a los amotinados por un corredor, gritó con desesperación:
—Me van a asesinar; ¡oh!, si tuviera una espada.
Inmediatamente cerró la puerta de su calabozo; pero los asaltantes la abrieron a tiros y a culatazos.
O'Donnell se refugió en un rincón; los sublevados le dispararon varios tiros y cayó al suelo. Vivo aún, lo cogieron y por una ventana lo echaron al foso. Como una manada de lobos feroces, la turba se arrojó sobre aquel cadáver, le ataron una cuerda a los pies y lo llevaron arrastrando por el suelo hacia el centro de la ciudad.
Gran parte de la gente que andaba por los fosos salió aullando, corriendo, detrás de aquel despojo sangriento. La marea de sangre comenzaba a bajar.
XXIII.
FURINALIA
De pronto, Elena se acercó a mí y me dijo:
—Venga usted, ¡por Dios!, a ver si salvamos a mi marido.
La seguí, y fuimos los dos hasta uno de los almacenes de pólvora en el que se habían refugiado Moro-Rinaldi y Vidal; pero los asaltantes, ávidos de nuevas víctimas, recorrían todas las instalaciones de la Ciudadela. Al final de un corredor del almacén de pólvora en donde estaban Vidal y Moro-Rinaldi apareció el general Pastors con otros dos oficiales y gritó, con su acento catalán duro y violento, que antes que forzar la puerta hollarían su cadáver, pues de entrar allí con las antorchas podrían producir una explosión que sepultaría a todos bajo las ruinas de la Ciudadela y de gran parte de la ciudad.
La energía de las palabras del general probó, sin duda, a los sublevados que eran verídicas. Iban a volver atrás cuando uno de ellos, señalando a Moro y a Vidal, dijo:
—Estos son presos carlistas.
Elena gritó con voz aguda:
—No; han entrado en la Ciudadela conmigo.
—Es verdad—afirmé yo—; y acababa de decir esto cuando aparecieron en el corredor la Nas, la Escombra y el Mussol como tres lobas furiosas, las tres pálidas, con los ojos ardientes, una de ellas armada con una hoz, y seguidas del Caragolet, con un sable en la mano.
Yo pensé que eran fantasmas que brotaban de la noche y de las profundidades del Averno.
Las tres furias gritaron con energía que no era cierto, que eran prisioneros carlistas. Pastors y los oficiales nada dijeron a favor de los presos, e inmediatamente los amotinados los sacaron al foso.
—¡La jettatura! ¡La jettatura!—repitió varias veces Moro-Rinaldi, pálido de terror.
El Caragolet enarboló el sable, y de un terrible sablazo en la cabeza tumbó al italiano en el suelo; las tres furias de la casa del Negre se echaron sobre Vidal y lo acuchillaron. Inmediatamente desaparecieron, reabsorbidas en el caos de aquella noche horrible.
Elena dió un grito como si le hubieran herido a ella, y cayó al suelo. Yo la levanté como pude. Ella temblaba convulsivamente. No había nada que hacer; la tomé de la mano y la ayudé a salir de la Ciudadela.
—¡Si pudiera usted recoger su cadáver!—me dijo.
No la contesté; llevaba yo una tea en la mano, que no sé de dónde la cogí, y a su luz veíamos en el suelo charcos de sangre, cadáveres y restos humanos. La lluvia había dejado el suelo lleno de barro. Fuera aprensión o realidad, me pareció que había un vaho espeso en la atmósfera y que el aire olía a sangre. Se oían gritos y lamentos de mujeres y de moribundos.
Salimos como pudimos de aquel sombrío Aqueronte. Elena muchas veces se detenía y se echaba a llorar; yo la agarraba por la cintura y la llevaba casi arrastrando. Me temblaban las piernas y todo el cuerpo; debía tener fiebre. Llegamos a la fonda, subimos las escaleras, dejé a Elena en su cuarto y salí a la calle.
Me encontraba en un estado de exaltación tan grande, que iba hablando solo; comprendía que no podría dormir aquella noche, e instintivamente eché a andar.
Salí a la Rambla. Me crucé con un grupo de gente que gritaba:
—¡A las Atarazanas, a las Atarazanas!
Yo fuí instintivamente hacia la Ciudadela. Marchaba por la Rambla a obscuras, cuando vi un grupo de gente que saltaba y gritaba alrededor de una hoguera.
—¿Qué hay, qué pasa?
Había en el suelo un bulto informe y sangriento: era la cabeza y los restos de O'Donnell, que habían echado a las llamas.
Llegué a la Ciudadela y me acerqué a ella. La matanza había cesado, los amotinados habían hecho una gran hoguera en la plaza de Armas con la paja de los jergones y con todas las tablas que habían encontrado y estaban quemando los muertos. Una terrible humareda salía de aquella fúnebre pira.
En esto, a la luz de una antorcha, encontré a Jaime Vidal, que andaba buscando el cadáver de su hermano. Jaime creía que Arnau y Secret habían matado a su hermano; yo le conté lo ocurrido.
Salimos a la plaza de Palacio y después a la Rambla. Seguía habiendo grupos; oímos contar que en las Atarazanas la tropa y la Milicia se negaron a hacer fuego contra los amotinados, y que penetró en la fortaleza una comisión que, provista de linternas, registró los calabozos, sacando a los presos carlistas de los escondrijos donde se habían refugiado. Uno de ellos se había metido en el tubo de una chimenea, y los sublevados lo hicieron salir disparando sus pistolas hacia arriba. Todos los presos fueron sacados de la fortaleza e inmediatamente degollados por la turba feroz.
En las torres de Canaletas se repitió, según dijeron, la misma escena, y en el Hospital Militar ocurrió otra más horrible aún, pues tres infelices heridos que se encontraban allí fueron arrancados de sus camas y fusilados en la calle.
En la Rambla la gente cantaba y gritaba celebrando la matanza; yo estaba asombrado de tanta ferocidad. Así debían ser las matanzas de los almogávares en los pueblos de Oriente.
Al volver a casa, en un terrible estado de abatimiento, vi a un cura que iba a dar el viático rodeado por cuatro hombres, con cirios, y me pareció que todas las campanas de la ciudad tocaban a vuelo.
XXIV.
AL DÍA SIGUIENTE
A las altas horas de la noche llegué a casa y me metí en la cama. Apenas pude conciliar el sueño, y me desperté a cada paso soñando con que me encontraba en la Ciudadela y confundiendo esta impresión con otras impresiones lejanas. Por la mañana me levanté y no quise salir de casa. Por lo que me dijeron, a las seis de la tarde del día 5 algunos nacionales, reunidos en la plaza del Teatro, empezaron a difundir la alarma disparando tiros y dando gritos revolucionarios. Al parecer, ésta era la señal de un movimiento sedicioso. Los directores debían ser de los que se reunían en el primer piso de mi casa, porque durante la tarde no apareció ninguno de ellos.
Los grupos comenzaron a vitorear a la Constitución e hicieron que se reunieran con ellos los batallones de la milicia.
A los grupos de la plaza del Teatro se añadieron otros, y al anochecer, el más numeroso, sostenido por las fuerzas de la milicia, se presentó en la plaza de Palacio con un gran letrero, en donde se leía escrito con letras grandes: «Viva la Constitución de 1812».
El letrero fué colocado en el pórtico de la Lonja, iluminado por dos grandes antorchas y custodiado por dos centinelas.
Cuadrillas con banderolas desplegadas comenzaron a recorrer las calles; la gente los vitoreaba al paso.
Se asaltó, según se dijo, la casa de un canónigo de la calle del Paraíso, y se temió que fueran a continuar los horrores del día anterior.
Debió de haber después gran confusión entre los batallones de la Milicia nacional; unos, según se dijo, eran partidarios de secundar el movimiento, y otros no querían que la Constitución saliera de un motín tan sangriento y tan turbio como el del día anterior.
El segundo general, don Antonio María Alvarez, publicó dos bandos muy enérgicos, arengó a las tropas, y por lo que se contó, uno de los batallones de la Milicia, el que llamaban de La Blusa, se resistió a retirarse. El médico don Pedro Mata, que era capitán de este último, consiguió convencer a su gente y el movimiento fué sofocado.
El día 7 nos dijeron en la casa que Aviraneta, el conspirador madrileño, acababa de ser preso y trasladado a un barco inglés que estaba surto en el puerto.
XXV.
EPÍLOGO
Unos días después fuí a ver a Elena y a María Rosa; las dos estaban inconsolables. Elena había pensado ir a vivir a Francia; María Rosa me dijo que hablara a su padre para reconciliarse con él. Arnau fué a la fonda de las Cuatro Naciones y acogió a su hija con afecto. Se dispuso que Arnau, Secret, María Rosa y yo volviéramos a Tarragona.
Elena se despidió de María Rosa y de mí llorando; yo no sabía qué decirla.
Nos citamos con Arnau, para las diez de la mañana, en el puerto. Yo llegué demasiado temprano y me asomé a la Ciudadela. Hacía una hermosa mañana de sol. El cordelero de la Explanada estaba trabajando como en días anteriores; iba y venía tranquilamente, con su manojo de estopa en la cintura, y el chico daba vueltas al carretel.
De la tragedia pasada no quedaba ni rastro. Volví hacia el puerto. Todavía era temprano. En los Encantes vi que se vendían botones, galones y armas que procedían, seguramente, del asalto de la Ciudadela. Dos hombres, sin duda dos de los asaltadores, mientras comían unas naranjas contaban sus hazañas de la noche de la matanza.
Vinieron Arnau y su familia, y nos embarcamos y llegamos a Tarragona. Yo recibí por aquel tiempo carta de Málaga diciéndome que volviera, porque nuestros asuntos habían mejorado de tal manera que podíamos vivir allí cómodamente y sin apuros.
No tuve más remedio que volver. Un domingo, a final de enero, fuí a despedirme de Arnau y de su familia a la torre próxima al Hostal de la Cadena.
Hacía un día magnífico, un día ya de primavera. En los huertos, los almendros y los avellanos se mostraban llenos de flor, y las naranjas brillaban, doradas, en el obscuro follaje. Estuvimos en el cenador del jardín de la torre de Arnau, Pepeta, María Rosa y yo. Sentíamos los tres que algo había pasado por nuestra vida, dándole una gravedad inusitada.
El cielo estaba azul y el mar tranquilo; las olas llegaban plácidas, perezosas, a la angosta playa.
Las chicas de la vecindad, en corro en la carretera, cantaban con voz aguda:
A las chicas de este pueblo
las tengo que regalar
unas tijeritas de oro
para aprender a bordar.
Yo estuve ensimismado mucho tiempo oyendo el canto de las niñas y el rumor de las olas, hablando de tarde en tarde maquinalmente, hasta que me levanté, saludé con precipitación y me marché. Se hacía de noche y tocaban los tambores la retreta en los cuarteles...
Al día siguiente era la marcha.
Doña Gertrudis y Eulalia me abrazaron y prometieron escribirme.
Dejé Tarragona con tristeza, y me acomodé de nuevo en Málaga, en donde comencé a trabajar en sociedad con mi hermano en el antiguo escritorio de mi padre. Pronto llegamos a consolidar nuestra casa comercial.
Llevaba varios meses sin hacer caso de mi gran poema la Batalla de Lepanto, cuando un día lo saqué del armario donde lo tenía guardado, y me puse a leerlo. Me produjo una terrible desilusión. Me pareció frío, hueco, sin vida. Pensé si podría conservar algo de él, pero todo era igualmente malo y decidí quemarlo. Comprendí que aquello era lo mismo que romper con mi juventud; pero no vacilé y eché el manuscrito al fuego.
Un año después de mi partida de Tarragona, Eulalia me escribió una carta dándome noticias.
Un día que se hallaban en la torre de Arnau éste y Secret sonaron dos tiros, y Arnau cayó herido en el hombro. Secret avanzó hacia donde habían tirado, con la pistola amartillada, y recibió un tiro, y cayó muerto. El matador era Jaime, el hermano de Pedro Vidal. Por lo que se supo después, Jaime volvió a Tarragona, entró en la Catedral y se acercó al confesonario del canónigo Roquebruna.
—Don Guillermo.
—¿Qué hay, hijo mío?
—Acabo de matar a un hombre y de dejar a otro malherido.
—Calla, podrían oírte; arrodíllate delante del confesonario y cuenta lo que has hecho.
El canónigo entró en el confesonario; Jaime se arrodilló y contó lo que había pasado. Cuando hubo concluído su relato, el canónigo le dijo:
—Sígueme muy de lejos y sin que te vea nadie.
Atravesaron la catedral, que estaba a obscuras, uno tras otro; entraron en el Palacio del Arzobispo, y se acercaron a una torre que tenía una lápida sepulcral, con un auriga esculpido y una inscripción en latín en la que se decía que el finado hubiera preferido mejor morir en el circo que de la fiebre. Pasaron a un cuarto pequeño que daba a la terraza de un antiguo baluarte, y el canónigo dijo a Jaime:
—Aquí estarás escondido una semana; luego pasarás al campo carlista.
Efectivamente, Jaime estuvo escondido en el Palacio Arzobispal, y después se marchó con las tropas de Tristany, en las que ingresó como alférez.
De mis amigos de Tarragona supe que Arnau, de viejo, había comenzado a ir a la iglesia; que María Rosa se casó con un militar, y Pepeta, con Pascual el hortelano, el Vertumnio de la torre próxima al Hostal de la Cadena.
Al acabar la guerra civil me volvió a escribir Eulalia: me decía que había visto a Elena en Tarragona, que tenía una niña y que estaba guapísima.
Eulalia añadía que Elena me recordaba constantemente, y me aconsejaba que tuviera un arranque, fuese a Tarragona y me casara con ella. Se me ocurrió consultar el caso con mi hermana y contarle la historia de Elena; mi hermana me disuadió; me convenció de que una mujer así, tan decidida, no me convenía. Después me arrepentí de seguir su consejo.
Itzea, junio, 1921.
LOS BASTIDORES DE LA TRAGEDIA
SEGÚN AVIRANETA
Había leído el relato anterior a mi amigo don Eugenio, y éste me dijo:
—Esa historia que copiaste del Diario de ese señor malagueño representa el lado público de la tragedia de Barcelona; ahora te contaré yo el lado privado; seguramente, menos novelesco y con menos ringorrangos. No soy nada partidario de la literatura en la Historia. A mí me gusta la relación de los hechos ciertos, claros, escuetos y sin adornos.
—A mí también. Lo malo es que no hay hechos claros, ciertos y escuetos.
—¿Cómo que no?
—Naturalmente que no. Si los hechos fueran tan claros en la Historia, usted no tendría motivo para quejarse de haber sido juzgado injustamente.
—Es que a mí se me ha tratado con una injusticia deliberada. Entre los clericales y los farsantes de la masonería me han hecho el vacío. Yo he preferido no ser nada que no medrar apoyado por miserables imbéciles. Hoy, si empezara a vivir, haría lo mismo.
—Bien. Es que usted no tiene sentido social alguno, y, además, sucede que esos hechos que usted cree tan claros y tan escuetos no lo son.
—¿Esa es tu opinión?
—Sí.
—No es la mía.
—Bueno, no discutamos; siga usted con lo que iba a decir.
—Habrás leído mi folleto Mina y los proscritos.
—Sí.
—No es la verdad completa, porque lo escribí en la emigración, en Argel, y me hallaba verdaderamente furioso.
—¿Y los hechos? ¿Esos hechos que son tan claros, según usted?
—En mi folleto se advierte irritación y rabia; pero los hechos hablan claros.