LOS PAPELES DE ARTEAGA
Examinando unos papeles que habían pertenecido al padre de mi mujer, don Ignacio de Arteaga, encontré un libro de apuntes escrito por él, donde contaba su vida.
El libro estaba magníficamente encuadernado en piel, y tenía en la cubierta el escudo de la familia pintado a la acuarela.
La primera parte de la narración me molestó. Era petulante, con ínfulas aristocráticas y disertaciones genealógicas, cosa muy propia de un zapatero republicano enriquecido, pero no de una persona discreta. El narrador expresaba ideas reaccionarias, que a mí me parecen perjudiciales y anticuadas. Iba pasando las páginas del cuaderno sin gran curiosidad, cuando tropecé con el nombre de Aviraneta.
Todos mis amigos saben que este nombre ha sido para mí una preocupación, y desde el momento que lo vi escrito encontré ya más interés en el relato de mi suegro.
Don Ignacio de Arteaga había sido amigo y compañero de la infancia de Aviraneta.
Don Ignacio, al comienzo de la guerra de la Independencia, cayó prisionero de los franceses y estuvo varios años en los depósitos de Dijón y de Chalon-sur-Saone, hasta que se celebró la paz entre Bonaparte y Fernando VII.
Al acabar la guerra, Arteaga volvió a España, se casó, vivió varios años en la Península, y después marchó a Méjico con su mujer.
De la ciudad de Veracruz, donde habitó algún tiempo, pasó a ser destinado de guarnición al castillo de Ulúa. Allí, dentro de la fortaleza, último refugio de los españoles en Méjico, enfermo y aburrido, escribió este Diario, del cual copio la parte que se refiere a su prisión en Francia, por ser la única donde aparece Aviraneta.
LIBRO PRIMERO
EN LA EMIGRACIÓN
I
PRISIONERO
A principios de 1808 me encontraba yo en Irún de ayudante del general Rodríguez de la Buria.
Creíamos la mayoría de los españoles que en Bayona no se ventilaba mas que una cuestión de familia entre Don Carlos IV y el príncipe Fernando, en la cual ejercería de árbitro el poderoso soberano francés, cuando quedamos horrorizados al saber la inicua usurpación tramada por Buonaparte contra el mejor de los reyes y el más amable de los príncipes.
Al conocer lo ocurrido en Madrid el día 2 de mayo, salí al momento de Irún, me dirigí a la corte y pasé lo más pronto que pude a Sevilla.
De Sevilla me enviaron a Zaragoza, y aunque Palafox opuso dificultades a que permaneciera allí, porque, sin duda, no quería tener cerca testigos de sus andanzas en Bayona, después de una entrevista con su ayudante y de largas explicaciones, quedé de guarnición en la heroica ciudad.
En este glorioso sitio hubo de todo: muchos soldados valientes aparecieron postergados y obscurecidos, y otros que no se señalaron en la hora de los combates fueron los más celebrados en el momento de las recompensas.
No es fácil, ciertamente, en el campo de batalla aquilatar con exactitud los méritos de cada uno, y aunque haya buena voluntad y rectitud en el mando, siempre queda motivo para la murmuración y el descontento.
En las primeras páginas de este cuaderno he detallado las acciones en que tomé parte, y todas constan en mi hoja de servicios. No volveré a repetirlas.
Rendida Zaragoza, salí prisionero el mismo día de la entrega con la columna de jefes, oficiales y tropa.
Poco después nos dividieron en destacamentos y enviaron éstos a diferentes puntos.
Yo fuí con un grupo de oficiales dirigido a Pamplona, y después de un viaje penosísimo de muchos días, fatigado y enfermo, pude llegar a la ciudad navarra.
Prisionero, hambriento, maltratado por la barbarie del invasor, no es de extrañar que el estado de mi espíritu fuera triste y decaído.
Escribí desde allá a mi madre; y ésta, que tenía muy buenas relaciones en Pamplona, avisó a varias personas distinguidas para que vinieran a verme. Gracias a sus atenciones pude recuperar la salud; si no, la desesperación y la melancolía hubieran acabado conmigo.
Al reponerse mis fuerzas fuí a visitar a varias familias aristocráticas, a darles las gracias por sus cuidados, y en una de estas nobles casas conocí a Mercedes Rodríguez de la Piscina, a la que hoy es mi mujer.
Mercedes era una muchacha ideal, amable, sonriente, dulce, tímida. Nuestras almas se comprendieron al momento, y en la primera mirada fuimos el uno del otro.
Habíamos entablado relaciones formales ella y yo, cuando un mes o mes y medio después de mi llegada a Pamplona, me encontré con un oficio del duque de Mahón, virrey del reino de Navarra por el Gobierno intruso de José Buonaparte.
Los demás oficiales, compañeros míos, recibieron el mismo escrito, que se nos envió a todos con la anuencia del comandante general.
En el oficio se nos inducía a firmar un papel declarando que, bajo palabra de honor, guardaríamos obediencia a Su Majestad Católica José Napoleón. Después de cumplida esta formalidad quedaríamos libres.
En el caso de no aceptar seríamos considerados como prisioneros e internados en Francia.
La perspectiva de separarme de Mercedes era para mí dolorosísima; hubo instantes en que di paso en mi alma a proyectos de egoísmo personal; pero la idea del honor se sobrepuso a conveniencias mezquinas y contesté al virrey de Navarra, duque de Mahón, con una carta enérgica, diciéndole que prefería la muerte a aceptar en mi patria la usurpación y la tiranía de un intruso.
No todos los oficiales rechazaron la propuesta, y hubo españoles indignos que la aceptaron.
Cuando comuniqué a Mercedes mi decisión, me dijo:
—No esperaba de ti otra cosa; si te llevan a Francia te esperaré toda la vida.
¡Santa y noble mujer!
Una semana después el comandante de la plaza nos llamó a los oficiales rebeldes y nos advirtió preparáramos nuestros equipajes, pues íbamos a ser internados en Francia.
Efectivamente, el siguiente día salimos de Pamplona, escoltados por una columna de infantería y caballería, y tomamos por Villava hacia Burguete.
En los días sucesivos cruzamos Roncesvalles, descansamos en Valcarlos y seguimos por San Juan de Pie del Puerto a internarnos en territorio francés. Aunque llovió mucho, el tiempo no era desapacible, y pudimos hacer el largo viaje hasta Dijón con relativa comodidad.
II
EL DEPÓSITO
Dijón, la antigua capital de la Borgoña, es una hermosa ciudad de calles anchas y bien enlosadas, hermosos edificios, grandes monumentos y antiguos y amenos paseos. Es ciudad aburrida, como muchas capitales de provincia francesa, sobre todo para el extranjero. En el depósito de esta ciudad quedé yo acantonado.
Fuí a vivir a una pequeña pensión de madama Chevalier, vieja avara que nos trataba muy mal.
Esta casa, por lo barata, siempre estaba llena y había en ella un ir y venir constante de oficiales españoles que pasaban solamente días.
Yo estuve algunos meses allí, y vi renovarse mucha gente. Sólo dos oficiales eran los constantes: uno de ellos, Guillermo Minali, italiano de nacimiento y coronel del ejército español, que había sido hecho prisionero por los franceses en el sitio de Gerona, y el otro, un tal Jerónimo Belmonte, castellano viejo, tipo terco, malhumorado y cerril.
Minali tenía un asistente catalán con cara de pillo, aunque muy grave y muy serio, a quien llamaban el Noy.
Belmonte, el otro oficial, había sido encontrado mutilado y medio muerto en el campo por los franceses después de la batalla de Talavera, y el general Víctor le había puesto, para que le cuidase, un guardia valón, joven efusivo con más condiciones de enfermero que de militar.
Entre el oficial español mutilado y este muchacho flamenco, llamado Hans, se estableció una amistad fraternal, a pesar del genio insoportable de Belmonte, quisquilloso y agresivo.
A este oficial mutilado le faltaban una oreja y varios dedos de la mano, y no quería considerar sus mutilaciones como accidentes naturales de la guerra, sino como una ofensa inferida a su honor personal. Así, cualquier alusión a las orejas o a las manos le ponía fuera de sí y la consideraba como un insulto.
No pensaba quedarme mucho tiempo en la casa de huéspedes misérrima de madama Chevalier; pero estuve más de lo que esperaba. Yo vivía en Dijón muy apartado; iba al Jardín Botánico, paseaba por la Plaza Real, visitaba los monumentos, y a la hora de la retreta me marchaba a casa. Mi único consuelo era la música, la música religiosa, que oía en la iglesia siempre que podía, y la música profana, cuando encontraba sitio donde se tocaba algún instrumento, como el violín o el clavicordio.
Me hubiera gustado mucho comprar una clave y tocar en casa; pero no tenía dinero para estos lujos.
Un oficial español, jugador empedernido, un tal Mancha, a quien veía en el café, realizó en parte mis deseos. Este oficial, al oír que yo me lamentaba de no tener un instrumento de música, quiso venderme una guitarra; le dije que no; pero la ofreció a precio tan bajo, que al último tuve que comprársela. Me hice el cargo; tal era la miseria de los tiempos, que durante algunos meses, en vez de ir al café, me quedaría en casa tocando este instrumento.
La guitarra que me proporcionó Mancha era muy buena, antigua, de madera negra; tenía dentro la fecha de construcción; era de a mediados del siglo XVII. Quizá la había tocado en su vejez don Vicente Espinel, el autor de la Vida del escudero Marcos de Obregón, que, según dicen, fué el que añadió la quinta cuerda a la guitarra.
Llegué a ser un guitarrista bastante bueno, y el ejercicio para conseguir esto constituyó mi gran distracción.
A las dos o tres semanas de vivir en casa de madama Chevalier, Jerónimo Belmonte me invitó a ir a su cuarto a jugar al tresillo; fuí, y me chocó que en este día, como en los sucesivos, nos obsequió con vino de Borgoña y con otros de marca excelente. Me dijo que se los regalaban; me pareció muy raro, pero no manifesté extrañeza.
Un día averigüé de dónde venían las botellas. Me había citado Belmonte para que fuera a su cuarto, y, sin duda, se olvidó de la cita. Llamé a su puerta, y como no me contestaban, empujé y entré en su habitación. No había nadie; la ventana estaba abierta y se oía hablar. Me asomé a ella y vi en un patio estrecho, húmedo y sucio, a Belmonte, al flamenco Hans y al otro asistente de Minali, el Noy; los tres arrimados a unas rejas echando lazos hacia dentro.
Aquellas rejas daban a una gran bodega, y Belmonte y los dos asistentes se dedicaban a robar botellas de vino a lazo. Así se explicaba el buen Borgoña con que el oficial mutilado obsequiaba a sus visitas.
Salí del cuarto de Belmonte sin meter ruido; pocos días después me mudé de casa.
La nueva pensión adonde fuí era de un monsieur Bonvalet, pasante de un colegio; parecía más limpia que la otra; pero la alimentación era tan deficiente, que estaba uno siempre lánguido y débil.
Mis únicas distracciones en Dijón eran escribir a Mercedes y a mi madre, ir al café a leer las noticias de España, jugar una partida al tresillo y después tocar la guitarra.
La mayoría de los oficiales españoles no se contentaban con estar un momento en el café y jugar una partida al tresillo, sino que iban a un rincón del billar, se ponían a jugar al monte con mugrientas barajas españolas y se jugaban todo lo que tenían: dinero, joyas, espadas, pistolas, trajes, ropa blanca, hasta los calcetines.
Uno de los más jugadores, y quizá el más apasionado, era Mancha, el que me vendió la guitarra.
Estuve en el depósito de Dijón una larga temporada. Intenté fugarme dos veces, pero ninguna de ellas lo pude conseguir; la primera, porque el guía que se había ofrecido a conducirme hasta la frontera de España, a la vuelta de un viaje concertado con otro prisionero, fué cogido y metido en la cárcel; la segunda, porque el dinero que esperaba de mi madre no llegó a tiempo, y tuve el pesar de ver partir al guía acompañando a varios compañeros.
Esta vez no fué grande mi mala suerte; los españoles y el guía fueron cogidos y conducidos a un castillo. Entre los fugitivos iba Belmonte, cansado de Dijón y de la casa de madama Chevalier, desde que se había encontrado con las rejas de la bodega próxima a su casa herméticamente cerradas.
Estaba preparando mi tercer proyecto de fuga con probabilidades de éxito, cuando me encontré sorprendido con la orden de ser trasladado al depósito de Chalon-sur-Saone.
La distancia de un pueblo a otro no es muy grande; pero para llegar a conocer los recursos y poder preparar una fuga desde Chalon necesitaba mucho tiempo.
III
CHALON-SUR-SAONE
Chalon del Saona es una pequeña ciudad a orillas del río de este nombre, en la desembocadura del canal del Centro.
Tiene la antigua Cabillonum de los romanos hermosas fortificaciones, calles rectas y agradables, aunque algo tristes y lánguidas; buenos comercios, algunas fábricas de fundición, un Liceo, una Biblioteca, un pequeño Museo y varios centros de cultura.
Llegué a Chalon del Saona a mediados de otoño de 1811, y tuve la suerte de ir a hospedarme a la pensión de una viuda, señora de excelentes prendas, llamada madama Hocquard.
La casa de madama Hocquard era un poco triste: estaba en una calle estrecha y obscura próxima a la catedral, entre una imprenta y una tintorería, de cuyo fondo salía continuamente un arroyo de agua de colores.
Madama Hocquard, señora muy inteligente y trabajadora, tenía dos hijas, Berenice y Camila; la mayor, una belleza; la pequeña, Camila, muy bonita, pero un poco jorobada.
En la casa servía un mozo llamado Antoine, diligente y amable.
Madama Hocquard se desvivía para que no faltara nada a sus huéspedes, y los trataba con gran consideración.
Eramos siete u ocho constantes, gente seria y respetable: un magistrado, un canónigo, un ingeniero forestal, dos o tres empleados y unas señoritas solteras.
Me dieron a mí un cuarto que había dejado un profesor de literatura del Liceo, con un armario, en el cual quedaban diccionarios y varios libros clásicos.
Llevaba yo al llegar a Chalon cartas para personas distinguidas de la ciudad.
Seguía pensando en buscar una ocasión para huír; pero quería dar la impresión a mis vigilantes de que era un prisionero bien avenido con su suerte.
Después de instalarme en casa de madama Hocquard le mostré mis cartas de recomendación para personas del pueblo, y ella me dijo debía presentarme inmediatamente a monsieur de Montrever, por ser éste el jefe del partido realista de la ciudad y el personaje de más influencia de los contornos.
Seguí su consejo, y escribí una carta a dicho señor preguntándole a qué hora podría ir a saludarle.
Al día siguiente me trajo un criado galoneado una esquela de monsieur de Montrever fijándome día y hora para la entrevista.
Como hacía un tiempo malísimo alquilé un coche, uno de estos coches de capital de provincia, suntuoso, grande y destartalado, y fuí a hacer la visita.
El hotel de monsieur de Montrever estaba rodeado de casuchas pobres y era grande por fuera, muy adornado de guirnaldas, medallones y lucernas, con techos de pizarra empinados y dos torrecillas puntiagudas con veletas de hierro.
Llamé, golpeando la puerta con una gran aldaba de bronce dorado, y apareció un criado viejo, que me acompañó, cubriéndome con un paraguas, hasta atravesar el patio de honor de la casa.
Sobre la gran puerta de entrada se destacaba un es cudo moderno con las armas de los Montrever. El antiguo, por lo que supe más tarde, había sido roto a martillazos por las hordas feroces de 1793.
Atravesado el patio, subimos una escalera resbaladiza y entramos en el hotel. Era éste lujoso, con un lujo un poco macizo y exagerado.
Un criado me condujo al despacho de monsieur de Montrever. Monsieur de Montrever era un hombre grueso, fuerte, abultado de abdomen, de cabeza redonda, muy calva, patillas pequeñas, nariz corta, y la barba rodeada de tres arrugas de papada.
Monsieur de Montrever me recibió muy amablemente, aunque con cierta solemnidad, y leyó con mucha calma la carta que yo le entregué.
Estábamos hablando cuando apareció su señora; me presentó a ella, y luego, mientras charlábamos madama de Montrever y yo, el dueño de la casa se dedicó a hacer un trabajo que a mí me chocó por lo impropio, y fué ponerse a bordar en un bastidor.
Madama de Montrever se dignó hacerme algunas preguntas acerca del trato que nos daban a los prisioneros en el depósito. Esta señora era una mujer inteligentísima, de esas mujeres que parecen nacidas para ser princesas; tenía la nariz larga y algo corva, los ojos claros, la boca pequeña, el pelo rubio y el cuerpo muy esbelto. Era de una amabilidad exquisita. Sus dos hijos, un niño y una niña, por lo bonitos, bien cuidados y vestidos, parecían dos príncipes de familia real.
A los pocos minutos me levanté para marcharme; pero me instaron a que me quedara allá, y estuve más de tres horas en casa de monsieur de Montrever. Conocí este día a varias personas.
Una de ellas fué monsieur de Saint-Trivier, señor anciano, ex oficial de la Guardia del Rey en tiempo de Luis XVI.
Monsieur de Saint-Trivier vestía a la antigua, con coleta y los cabellos empolvados. Había estado a punto de ser guillotinado en 1793, y la noche de su prisión le produjo tal efecto, que le dejó un temblor nervioso para toda la vida.
Saint-Trivier guardaba recuerdos tan terribles de las inmundas y sanguinarias escenas revolucionarias, que la menor alusión a esta época le dejaba pálido y tembloroso.
No se recataba en decir que si volvía un período como aquél, huiría inmediatamente a cualquier parte.
Le bastaba oír por la calle a un chiquillo cantando la Marsellesa para volverse a su casa, encerrarse en ella y no querer salir.
Su sobrina, la señorita Magdalena Angennes, era muy delgada y esbelta. Tenía unos treinta años, vestía de negro y llevaba un collarín blanco. Parecía una abadesa. Según me dijo después madama Hocquard, mi patrona, unos amores desgraciados habían impulsado a esta señorita a entrar de novicia; pero, al poco tiempo, tuvo que salir del convento porque no le convenía la reclusión y comenzaba a estar enferma del estómago.
Ya de noche, me despedí de monsieur y madama de Montrever, y de Saint-Trivier, y de su sobrina Magdalena.
Esta me preguntó con interés si no había leído los libros del vizconde de Chateaubriand; le contesté que no, y prometió enviármelos.
Saludé a todos y salí del hotel. Atravesé de nuevo el patio de honor, húmedo y sombrío, acompañado del viejo criado con el paraguas; me metí en el coche solemne y me volví a casa.
IV
LA VIDA EN CHALON
Había en el depósito de Chalon un gran número de oficiales españoles, y, como en pueblo pequeño, nos veíamos a cada paso.
Nuestro punto de cita era un café, obscuro y ahumado, con un escaparate bajo, oculto por cortinillas blancas.
Se llamaba el café del Saona. Los compatriotas solíamos reunimos allí a fumar y a hablar de los asuntos de actualidad.
Algunos, los menos, desgraciadamente, éramos buenos españoles, católicos y realistas; pero la mayor parte, contagiados con las ideas revolucionarias, se jactaban de no tener creencias, insultaban atrozmente a Fernando y a la familia real y elogiaban a todas horas y con entusiasmo la Constitución de Cádiz.
Casi todos ellos habían ingresado en la masonería y en las sociedades secretas que se formaban en el ejército francés.
El número de los que se llamaban constitucionales aumentaba por día.
Varios no se contentaban con ser partidarios de la Constitución, sino que hablaban de la República y de que había que imitar a Danton, a Marat y a los demás monstruos de la Revolución Francesa.
Yo muchas veces pensaba: ¿Qué va a pasar en nuestro país cuando estos hombres vuelvan allá?
De los más señalados entre los militares españoles de ideas liberales que se hallaban en este depósito, eran el oficial asturiano Rafael del Riego, y los dos hermanos San Miguel, Evaristo y Santos.
Los constitucionales tenían más simpatías entre la guarnición francesa, y algunos estaban secretamente ayudados por la logia masónica de Chalon.
En cambio, nosotros, los realistas, éramos odiados y sufríamos la mala voluntad de nuestros guardianes.
Pronto las discusiones entre constitucionales y realistas se hicieron tan agrias y violentas, que muchos tuvimos que dejar de ir al café del Saona.
Los oficiales franceses que nos custodiaban nos trataban lo más severamente posible; nos obligaban a acudir a una, y a veces a dos listas diarias; no se nos permitía salir de noche, y solamente para dar un paseo fuera de las murallas había que pedir permiso, que no se nos concedía, o se nos concedía siete u ocho días después, cuando estaba lloviendo.
Tuve una época de fiebres y quedé entristecido, aburrido y abandonado. Se me hincharon las articulaciones de las manos y de los pies. En vez de llamar a un médico, no hice caso.
Por entonces, y en la cama, comencé a leer las obras de Chateaubriand que me había prestado la señorita de Angennes, sobrina de monsieur de Saint-Trivier.
Yo había sido muy partidario de Pablo y Virginia, y también de la Nueva Eloísa, de Juan Jacobo Rousseau, aunque el furor demagógico de este tristemente célebre escritor me repugnaba siempre. Cuando leí las obras del vizconde de Chateaubriand comprendí que un nuevo sol aparecía en el horizonte de la literatura.
¡Oh, René! ¡Yo he vivido tu vida, he sentido los mismos grandes deseos, el mismo desdén por los vulgares menesteres de la existencia cotidiana, la misma desgarradora pena, la misma niebla espesa de melancolía!
¡Oh! ¡Tú no morirás! ¡Como tu hermano Werther, seguirás siendo el búcaro donde se guarden las esencias poéticas del alma moderna!
¡Y Átala y Chactas, Corina y Pablo y Virginia, sombras amables, que convertís la vida vulgar en algo ligero, aéreo, lleno de poesía!...
Mi entusiasmo por la lectura era en aquella época grandísimo; no me ocupaba de mis fiebres para nada; cuando estaba con el espíritu sereno, leía, y cuando comenzaba la calentura, desvariaba.
Camila, la segunda hija de mi patrona, me cuidaba y estaba siempre en mi cuarto.
Solíamos tener largas conversaciones los dos, y yo le contaba mi vida y mis campañas. También le enseñé a tocar la guitarra y algunas canciones españolas, que las cantaba con mucha gracia.
Ella quiso convencerme de que debía llamar a un médico; pero yo le decía que cuando se es desgraciado, es mejor que se lo lleve a uno Dios.
Casi me sentía más feliz enfermo, con fiebre, que sano y andando por la calle.
Un día se presentó en mi casa un médico, el doctor Boussieres. Venía de parte de monsieur de Montrever. Me recetó un vino de quina y unas píldoras, y al cabo de poco tiempo me levanté de la cama.
Tenía el aire enfermizo, sombrío y lánguido, que entonces comenzaba a estar de moda.
Fuí a casa de los Montrever a darles las gracias por su atención; y como me recibieron con mucha amabilidad y me instaron repetidas veces a que volviera, adquirí la costumbre de pasar un rato de tertulia en su hotel.
También solía verlos el día de fiesta en la misa mayor de la Catedral, en San Vicente, adonde iban las personas más distinguidas de la ciudad, y yo solía estar arrobado oyendo las armonías del órgano.
V
LA REUNIÓN DE MADAMA DE MONTREVER
La reunión de madama de Montrever se celebraba casi todos los días en un saloncito del hotel, alhajado con el gusto fastuoso del tiempo de Luis XV.
En el salón se habían reunido los muebles antiguos de la casa; en el techo brillaban guirnaldas, medallones y adornos dorados; las paredes mostraban grandes espejos y candelabros de muchos brazos, y sobre la alfombra descansaban consolas y sillones de patas retorcidas. Los escudos de los muebles y paredes se notaba que habían sido raspados y luego vueltos a dorar.
Madama de Montrever gustaba mostrar a sus amigos sus tapices de Beauvais, algunas pinturas buenas y una Venus de Coysevox.
La reunión en el gabinete de madama de Montrever era casi únicamente de señoras y señoritas, y de alguno que otro muchacho joven que iba a galantear a las damas.
Los hombres graves, amigos de la casa, se dedicaban a hablar de política y a pensar en las probabilidades de una restauración de los Borbones.
Unicamente un señor, por cierto no muy simpático, alternaba con la gente joven: monsieur Boisjoli de Beauffremont.
Monsieur de Beauffremont era un hombre de unos cincuenta años, muy currutaco. Llevaba patillas cortas, pintadas de negro, lo que daba a su rostro un aspecto duro; vestía a la última moda: frac entallado, corbata muy apretada al cuello, y usaba un lente, con el cual miraba a derecha e izquierda con marcada impertinencia.
Monsieur de Beauffremont gozaba del privilegio de abandonar a las personas graves y reunirse con los jóvenes.
—Monsieur de Beauffremont ama la juventud—se decía; frase que le hacía torcer el gesto; porque daba a entender que, aunque le gustaba conversar con los jóvenes, no lo era.
Madama de Montrever dirigía su reunión con un arte exquisito: sabía hacer resaltar los méritos de sus invitados y presentarlos ante los demás por el lado favorable.
A pesar de esto, a veces, como cansada de su benevolencia, se entregaba libremente a la sátira, y entonces era capaz de poner en ridículo a cualquiera.
No comprendía esta señora que ser ultrarrealista y burlarse de los reyes, de la aristocracia y hasta de las sagradas prácticas de la religión era un contrasentido. A mí me trataba con mucha amabilidad; bromeaba a mi costa y me llamaba el Caballero de la Triste Figura.
—Tengo un gran amor platónico por Arteaga—solía decir riendo.
Una amiga de madama de Montrever, que bullía mucho en la reunión y que gozaba de gran fama de belleza en el pueblo, era madama de Hauterive.
Madama de Hauterive, hija de un banquero alemán, se había casado con un militar francés y quedado viuda al poco tiempo.
Esta señora, joven aún, de veintisiete o veintiocho años, era muy decidida. Yo comprendía sus encantos; pero no me gustaba.
Tenía una frescura poco elegante, ojos grandes y azules, pelo rubio y una familiaridad excesiva. Se ocupaba ella misma de sus negocios, defendía con tenacidad sus ideas, era algo liberal e imbuída en ideas protestantes.
A mí me resultaba un poco pesada con sus disertaciones sabias acerca de Alemania.
Siempre me figuré que quería imitar a madama Stael.
La de Montrever la llamaba por su nombre, Corina, y ésta a su amiga, Gilberta.
Las dos damas eran las estrellas del salón.
En una corte, madama de Montrever hubiera brillado más que su amiga; pero en una ciudad pequeña la belleza exuberante de la alemana eclipsaba el tipo espiritual y satírico del ama de la casa.
Las otras señoras que acudían a la reunión eran ya damas respetables, y algunas muchachas solteras.
Entre las señoritas, Magdalena Angennes, la sobrina de Saint-Trivier, vivía en pleno romanticismo. Leía los versos de Ossian y tocaba el arpa.
A mí me decía que, a pesar de ser pequeño de estatura, debía llevar bien la espada. Me hubiera gustado presentarme ante ella a caballo y con uniforme.
Otras dos señoritas frecuentaban la casa: la señorita de O'Ryen y la de Harcourt.
La de O'Ryen era la nieta de un francés emigrado, en tiempo de la Revolución, a Irlanda.
La madre de esta muchacha se había casado con un irlandés.
Leopoldina O'Ryen parecía una mujercita muy seria y formal.
Su amiga Margarita Harcourt era muy viva e inteligente, pero coqueta como pocas. Vestía siempre trajes vaporosos y tenía dos o tres novios a la vez.
Madama de Montrever y todas las señoras, al saber que yo sabía música, me hicieron tocar muchas veces la clave, y cuando les indiqué que tenía una guitarra me obligaron a llevarla y a cantar.
Pocos días después, madama de Montrever me dijo que si entre los oficiales españoles de buenas ideas conocía alguno distinguido, podía llevarlo a su tertulia.
Como muchas veces con la desgracia pierde uno los sentimientos delicados y se convierte el más correcto en un hombre sin decoro, yo vacilé en hablar a los compañeros míos, y, por último, le invité a ir a casa de Montrever a un tal Fermín Ribero.
Ribero era un muchacho inteligente y digno, aunque muy poco religioso.
Le presenté en casa de los Montrever, y el primer día tuvo una acogida fría entre las damas.
Yo noté que lo trataban con cierto despego, y pensé sería costumbre en ellas recibir así a un desconocido; pero luego me confesó madama de Montrever, con su ironía burlona, que el poco éxito de mi amigo Ribero entre las damas dependía de que era rubio, con un tipo común de suizo o de francés, y las señoras y señoritas esperaban un español, moreno y lánguido, con aire de árabe.
A pesar de esta primera impresión, Ribero siguió visitando la casa y se hizo amigo de todos. Bromeaba con las muchachas y con las señoras; les contaba historias y murmuraciones del pueblo. Se le llegó a considerar hombre muy divertido.
Un día Ribero me dijo que madama de Montrever le había indicado que él y yo debíamos hacer la corte a la señorita d'Harcourt y a la de O'Ryen, que tenían un bonito dote: doscientos cincuenta mil francos una, y más la otra.
Ribero dijo que él no sentía vocación para casarse; prefería hacer el amor a madama Hauterive o a la de Montrever.
—¿A madama Montrever, estando casada?—le pregunté yo con asombro.
—¡Eso qué importa!—me replicó él, con una indiferencia que me dejó asustado—. Lo que debemos hacer nosotros es dedicarnos a ellas. Tú, escoge. Si tú te dedicas a Corina, yo me dedico a Gilberta, o al contrario. A mí me es igual.
—Amo con toda el alma a una mujer y no puedo hacerla traición ni aun con el pensamiento—le dije.
Ribero se echó a reír.
En Carnaval de 1812 representamos, en el hotel Montrever, Le bourgeois gentilhomme, de Molière. El principal papel de la comedia, monsieur Jourdain, lo hizo el cuñado de madama Montrever, el conde de Lannerac, y lo hizo muy bien.
La dama joven, la hija de monsieur Jourdain, fué la señorita de Harcourt, que estuvo admirablemente; Dorimena, madama Montrever, dió al tipo la elegancia suya y su gran distinción, y madama de Lateyzonniere, una señora joven y muy sonriente, tomó a su cargo el papel de la mujer de Jourdain.
Ribero hizo del maestro bailarín que dice que la ciencia del baile es la más importante de todas las ciencias, y yo, del profesor de esgrima; y luego salimos los dos de españoles, recitando:
Sé que me muero de amor
y solicito el dolor.
Tanto Ribero como yo tuvimos un gran éxito en nuestros respectivos papeles.
Después de la función se organizó un baile, en el cual lucimos todos el traje que habíamos sacado en la comedia.
En el pueblo se habló mucho de esta fiesta, y los bonapartistas, dirigidos por el senador barón de Doneville, su jefe, y los republicanos, por un farmacéutico, monsieur Vertot, y por un almacenista de maderas, monsieur Meyer, se encargaron de propalar maliciosos rumores.
El Independiente de Chalon, una hoja clandestina de los liberales, habló del baile del hotel Montrever como si hubiera sido una bacanal.
A renglón seguido, para realzar la odiosidad de los aristócratas y realistas, hizo un cuadro, ennegrecido a propósito, acerca de la miseria que reinaba en Chalon, y pintó dos o tres escenas lamentables de frío y de hambre.
«Mientrastanto—concluía diciendo El Independiente—, los realistas, los traidores de Coblenza, los amigos de Austria y de Metternich se entregan a la orgía en unión de oficiales extranjeros enemigos de Francia...»
Así se engaña al pueblo y se le dan instintos de odio y de venganza.
VI
EL CHATEAU DES AUBEPINES
Durante una larga temporada no se oyó hablar entre los españoles prisioneros del depósito de deserción alguna. Al mismo tiempo, los asuntos del Imperio iban bien, y el Gobierno francés ordenó se nos tratara con más dulzura que al principio.
Se nos dieron licencias para salir al campo. Al terminar la primavera de 1812 estuvimos Ribero y yo invitados a pasar unos días en una finca de los Montrever: el Chateau des Aubepines.
Ribero se las prometía felices; pensaba que íbamos a hacer le diable a quatre, como dicen los franceses: la de Montrever, la de Hauterive, él y yo.
Yo, algo contagiado con su plácido cinismo, le dije que no se hiciera ilusiones, y él contestó:
—Tú, déjalo a mi cuenta.
Hicimos el viaje, acompañando a monsieur de Montrever, a su mujer y a sus hijos y a madama de Hauterive.
Ribero y yo íbamos a caballo escoltando el coche.
El tiempo estaba espléndido.
Teníamos que cruzar la Bresse. La Bresse es una antigua región que formaba en otro tiempo parte de la Borgoña. Es tierra de llanuras calcáreas, que se interrumpe con los primeros macizos montañosos del Jura. Había llovido algo, y esto nos evitó en el viaje el polvo del camino.
Nos detuvimos en un pueblo llamado San Marcelo, donde hay una antigua abadía en la cual se encuentra depositado el cuerpo del famoso Abelardo, el amante de Eloísa.
Almorzamos en el campo cerca de Sermesse; cenamos en Bellevue, y para la noche estábamos en el Chateau des Aubepines.
Todo el mundo sabe que el chateau francés no corresponde exactamente al castillo español.
El castillo español, en general, es guerrero, procede del feudalismo y de las luchas con los moros; existen también en España castillos del Renacimiento con planta de palacios o casas fortificadas, como los de Segovia, Avila y Salamanca; pero hay pocos de éstos en el campo. En cambio, en Francia, además del castillo guerrero y del de lujo de las ciudades, hay mucho chateau en la campiña que no conserva ningún aspecto militar ni estratégico.
El Chateau des Aubepines era una hermosura por lo grande y lo maravillosamente situado. Tenía varios pabellones con sus monteras de pizarra, cuatro torres redondas acabadas en tejados cónicos, y grandes ventanas en los muros, cubiertos de hiedra.
Los antiguos fosos del castillo habían sido rellenados de tierra y convertidos en un gran jardín, limitado por una verja.
Por dentro, la casa era espaciosa, cómoda, de inmensas habitaciones; los suelos, de madera brillante; las chimeneas, de piedra, y los muebles, pesados. Rodeando la casa se extendía en una gran distancia un parque magnífico con árboles centenarios y macizos de hierba a estilo inglés.
Cerca, en una colina, se veían las torres derruídas de un antiguo castillo, y en el fondo se destacaban montes de la cordillera del Jura.
Al llegar al Chateau des Aubepines íbamos todos bastante cansados del viaje y nos retiramos a las habitaciones que nos destinaron.
En aquella posesión pasamos una temporada magnífica. Yo, a los ocho días, me encontraba fuerte, como no me había sentido desde mi salida de Zaragoza.
Ribero y yo acompañábamos a madama de Montrever y a la de Hauterive.
Teníamos bastante confianza con ellas para llamarlas por su petit nom: a la una, Gilberta, y Corina, a la otra. Ibamos con frecuencia de excursión a los pueblos próximos y a una posesión que tenía madama de Hauterive en el mismo país, aunque ya dentro de la zona montañesa, que se llamaba el Chateau la Foret, porque estaba en medio de un gran bosque.
El Chateau la Foret no era tan hermoso como el de la familia Montrever; pero el sitio donde se encontraba era más agreste y salvaje y traía a la imaginación ideas de luchas trágicas de los tiempos feudales.
Varias veces en estos paseos tuvimos que entrar en ventas y alquerías a almorzar, por encontrarnos lejos de casa. A veces también, como nuestra bolsa de oficiales proscritos era tan mezquina, teníamos que dejar, con gran rubor por mi parte, que pagaran las señoras.
Yo solía discutir con las dos damas, a pesar de que Ribero me hacía callar.
Siempre me han desagradado estas personas sarcásticas que nada respetan, que atacan con sus ironías lo más sagrado de la vida, sin pensar que, aunque el bufón arrastre por el lodo la piel del armiño, será ésta el símbolo de la pureza y de la blancura.
Madama de Montrever, al oírme, se reía a carcajadas y me abrumaba con sus burlas.
—Mi querido Arteaga, siempre tan caballeresco—exclamaba.
Un día que la encontré sola, Gilberta me contó su vida, me habló con tristeza de su infancia, de sus amores con un joven, amores que había contrariado la familia, y de su matrimonio de conveniencia con Montrever. Nunca la había visto tan triste, tan melancólica. Entonces comprendí que su ironía era en el fondo amargura que le brotaba del alma, amargura que no había podido borrar el tener dos niños tan hermosos y el llevar una existencia fácil y rica.
Una semana después, una tarde de junio, de calor, en que monsieur de Montrever y sus hijos habían ido a una finca próxima, después de un largo paseo a caballo, tuvimos una cena íntima en un pequeño gabinete Gilberta, Corina, Ribero y yo. Las dos damas estuvieron muy serias al principio.
Nuestra madama Stael defendió que una mujer puede tener la honorabilidad en los mismos asuntos que el hombre, y que si la Naturaleza le hace obedecer a sus deseos de amor, no por eso deja de ser una persona honrada.
Yo me permití llevarle la contraria y decirle que no, que el honor de una mujer está únicamente en su honestidad, en su virtud, en obedecer a sus padres, y si está casada, a su esposo...
Madama de Montrever me miraba con tan marcada ironía que me desconcertó.
—¿Por qué me mira usted así, Gilberta?—le dije—. ¿No cree usted lo que digo?
—Gilberta, como yo—replicó Corina—, cree que eso que dice usted es un poco vieux jeu. Estaría bien en un libro de Fenelón.
—No; en este momento no quiero pensar en nada—contestó madama Montrever.
Corina, aficionada como era a las disertaciones, se puso a filosofar acerca del amor, sentimiento del cual tenía una idea muy materialista y muy sensual, que a mí, a pesar de ser hombre, me disgustaba.
Al levantarse de la mesa Corina, madama de Montrever la cogió por la cintura y la sentó en sus rodillas.
—A mí me gusta ver así cerca a una mujer hermosa—dijo madama de Montrever—, y acariciarla y mirarla.
—Pues a mí me gustaría más estar en las rodillas de un muchacho—dijo Corina tranquilamente.
—¡Ah, pícara! ¡Ingrata!
—¡Qué quieres, mi querida Gilberta!—replicó la alemana—. Soy más natural que tú, más primitiva.
A los postres las dos damas, después de haber bebido una copa de champagne, nos pidieron un cigarrillo y se pusieron a fumarlo.
Madama de Montrever lo tiró pronto, con disgusto; abrió la ventana y se puso a respirar el aire frío de la noche. Corina hizo lo mismo, y vi que el brazo de mi amigo Ribero pasaba alrededor del talle de la alemana.
—¡Cuánta vida! ¡Cuánto esfuerzo misterioso de todos los seres hay en una noche como ésta!—exclamó madama de Montrever—. Las plantas, los gusanos, las hormigas... Me da como el vértigo pensarlo.
—Es la Naturaleza—dijo Corina.
—Es la obra de Dios—repuse yo.
—En el fondo es lo mismo—replicó la alemana.
—¡Cómo lo mismo!—pregunté yo.
—Sí; Dios es para los niños y para los pobres de espíritu lo que es la Naturaleza para los filósofos.
—¿Y es Dios o es la Naturaleza el que ha dicho: amaos los unos a los otros?—preguntó Ribero—. Yo creo que, sea uno u otra, el precepto es digno de ser seguido.
Yo iba a protestar de su irreverencia, cuando madama de Montrever me dijo:
—Calle usted.
—¿Qué hay?
—Esa estrella que ha pasado. Dicen que si uno pide algo en ese momento se le concede.
—¿Y usted lo ha pedido?—dijo Ribero.
—La verdad, no he sabido qué—contestó ella.
Madama de Montrever me miró con sus ojos claros y brillantes. Yo estaba turbado. Luego comenzó a recitar una poesía de Parny: «La primavera de las flores»:
Printemps chéri, doux matin de l'année
console-nous de l'ennui des hivers;
reviens, enfin, et Flore emprisonnée
va de nouveau s'élever dans les airs.
Como yo conocía estos versos por habérselos oído a ella, seguí recitando:
Qu'avec plaisir je compte tes richesses!
Que ta présence a de charmes pour moi!
Puissent mes vers, aimables comme toi,
en les chantant, te payer tes larguesses!
Corina, acercándose a nosotros, añadió:
Déja Zéphire annonce ton retour.
Y después, olvidándose de la poesía, llamó a mi amigo en voz alta.
—¿Ribero?
—¿Qué quiere usted?
—Vayan ustedes, su amigo y usted, a su cuarto. Van a tener una sorpresa.
Ribero me agarró del brazo y salimos del gabinete. Entramos en el pasillo y me dejó en mi cuarto. Al cerrar la puerta murmuró:
—Ellas decidirán.
Luego se marchó. Estuve unos minutos anhelante, lleno de turbación. De pronto se abrió la puerta y apareció madama de Montrever en mi cuarto...
¿Para qué insistir en este momento poco honorable de mi vida? No lo he querido callar, para que el descendiente mío que lea mi historia sepa que yo tampoco fuí virtuoso.
VII
PROYECTOS DE FUGA
La vida muelle del Chateau des Aubepines se terminó con una orden del comandante del depósito para que volviéramos en seguida a Chalon.
Como he dicho, el final del año 1811 y la primera mitad del 12 se pasaron sin oír hablar de deserción alguna; en cambio, durante el principio del 13, las fugas se hicieron tan frecuentes, que el Gobierno francés tuvo que tomar medidas severas para impedirlo.
El empleo de esta medida fué contraproducente, pues muchos que hasta entonces no habían tenido nunca el proyecto de escaparse, viendo el rigor con que nos trataban, prefirieron exponerse a ser cogidos y encerrados en un fuerte, a quedar sujetos a tan bárbaro despotismo.
Había entonces que acudir a tres listas diarias; no se podía salir de la ciudad con ningún pretexto, y era indispensable estar encerrado en el cuarto desde el anochecer.
El comandante del depósito nos trataba más como a presidiarios que como a oficiales y a hombres de honor.
Sobre todo, a Ribero y a mí nos distinguía con su odio, y cuando estábamos delante de él, hablaba, como si no se refiriese a nosotros, de las damas de la aristocracia, que eran unas tales; de sus maridos, adornados de cuernos, y de los amantes sinvergüenzas que iban a explotar su físico.
Varias veces estuve a punto de provocar una explicación; pero Ribero me contuvo.
Exacerbados por el mal trato, Ribero y yo intentamos fugarnos. Tratamos de informarnos del medio de que los otros se valían para evadirse; pero esto no era fácil ni para Ribero ni para mí; primeramente, porque estábamos un tanto aislados de los compañeros y, después, porque todos los que se escapaban ponían gran cuidado en ocultar los procedimientos utilizados por ellos para no ser descubiertos, y al mismo tiempo para que sus íntimos amigos pudiesen aprovechar idénticas circunstancias.
Tras de algunas indagaciones, supimos que el camino por donde varios se habían ido últimamente era el que sigue el río Saona; también nos enteramos del nombre de algunos guías.
Era indispensable obrar con cautela; pues si el comandante sospechaba algo, por primera providencia lo zampaba a uno en la cárcel pública, y después, conducido por gendarmes, lo enviaba, de pueblo en pueblo, hasta un recinto fortificado.
Estos casos se repetían muchas veces con oficiales que no pensaban escaparse, pero a quienes denunciaban como si tuvieran tales intenciones.
Era necesario desconfiar de los guías, porque dos o tres de ellos, comprometidos con los españoles, los delataron después a la policía.
Entretanto avanzaba el invierno, época en la cual es imposible emprender un viaje largo y atravesar los Altos Pirineos por en medio de la nieve.
Ribero encontró una proporción, que durante algún tiempo nos llenó de esperanza. Un amigo de su padre, un tal Jordá, comerciante de Barcelona, poseía una hacienda en las inmediaciones de Perpiñán, confiada a un administrador.
Se escribió al señor Jordá, diciéndole que preguntara a su administrador si nos podría tener en su casa, y se le dijo que nos contestara de una manera especial y con frases convenidas, pues todos los papeles y cartas que recibíamos eran examinados por el comandante del depósito, y si éste encontraba algo sospechoso, le podía costar a uno ir a la cárcel.
El administrador de la finca de Perpiñán contestó al señor Jordá diciendo que estaba conforme en darnos albergue en su casa.
Comenzamos a hacer nuestros preparativos, cuando mi amigo Ribero recibió la orden inmediata de partir para el depósito de Besanzon.
Sin duda, la correspondencia suya con Barcelona produjo alguna sospecha en el comandante.
Como Ribero había llevado el negocio, y yo ni sabía el nombre ni las señas del administrador de Perpiñán, tuve que dar el proyecto por fracasado.
VIII
AVIRANETA EN CHALON
En el transcurso de la primavera y del verano de 1813 se escaparon muchos oficiales del depósito; pero casi todos fueron cogidos y encerrados.
Los castillos estaban llenos de militares españoles. Yo no sabía qué determinación tomar; de mi familia no tenía noticias; ni del paradero de mi novia.
No iba tampoco a visitar a madama de Montrever, porque esta señora me había dicho que no fuera a su casa mas que muy de tarde en tarde. Corina, que venía algunas veces a verme, me contó que había entrado de preceptor de los niños de Montrever un cura joven, hijo de una antigua criada de la familia, y que este curita se estaba haciendo el dueño de la casa. Corina me dijo que veía poco a su amiga, y afirmó con desdén:
—Gilberta acabará siendo devota.
La soledad, el tiempo triste de otoño me hicieron desear la muerte.
Mi única distracción era hablar con Camila, la hija menor de mi patrona. La pobre muchacha sentía alguna inclinación por mí y me atendía con cariño.
En estas circunstancias, un día se me presentó Antoine, el mozo, a decirme que un abate me estaba esperando. Supuse si sería algún amigo de los Montrever; me vestí, salí al salón de la casa y ¡cuál no sería mi asombro al encontrarme con Aviraneta!
—¡Eugenio! ¡Con ese traje! ¿Es que Dios te ha llevado por el buen camino?
—No, no—me dijo él con sorna—; soy tan cura como tú; es decir, algo menos que tú; pero por una serie de circunstancias, enojosas y largas de contar, he tomado este disfraz. Vengo enviado por tu madre para ayudarte a salir de aquí.
—¿Está bien mi madre?
—Muy bien.
—¿Y mi novia? ¿Sabes algo de ella?
—Me han dicho que está en un convento.
—¡Ah! Por eso no contestaba a mis cartas. Me consuelas. Ya estoy más tranquilo.
—¿Pero cómo no has intentado escaparte?
—Lo he intentado; pero todos mis intentos han fracasado. Los Pirineos están muy lejos.
—Bueno; pero ahora hay otro camino posible para huír.
—¿Cuál?
—El de Suiza. No hay mas que veinticinco o treinta leguas que recorrer.
—Sí, pero las fronteras están muy guardadas, y como Suiza está aliada con Francia, aun después de pasadas las líneas fronterizas hay el riesgo de ser entregado a los franceses.
—No, ahora no—replicó Aviraneta—. Después de la batalla de Leipzig y de la disolución de la Confederación del Rhin, Suiza se ha declarado neutral en la guerra con los aliados.
—No lo sabía.
—Sí; y por lo que dicen, a los españoles que han llegado allí los han acogido bastante bien y proporcionado los papeles necesarios para continuar su camino. Así que la única dificultad es pasar las treinta leguas que hay de aquí a la frontera. ¿Tú conoces los alrededores?
—Sí, en parte.
Expliqué a Eugenio el camino de la Bresse y la situación del Chateau la Foret.
Madama de Hauterive me había dicho que ella iba a pasar parte del invierno en su castillo y que me ofrecía hospitalidad en él.
—Si me dieran licencia como enfermo podía ir al Chateau la Foret y de allí fácilmente entrar en Suiza.
—No la pidas, porque no te la darán y suscitarás sospechas—dijo Aviraneta.
—Entonces, ¿qué hago?
—Puesto que tú conoces bien este país, arréglatelas como puedas para salir de Chalon y llegar a Lons-le-Saunier. Allí estaré yo y mandaré a mi antiguo asistente Ganisch a Saint-Laurent para que prepare el paso a Suiza.
—Yo no tengo dinero—le dije.
—Toma quinientos francos.
Y Aviraneta, con gran asombro por mi parte, me dió un montón de monedas de oro.
Decidimos comunicarnos por un sistema especial que me enseñó Eugenio. El mandaría una carta de amor, y entre líneas las instrucciones.
Después de quedar conformes, Aviraneta se fué. Le vi marchar por la calle con aire humilde, de cura, y doblar la esquina.
IX
DIFICULTADES
El invierno se presentó frío y cruel. Ya estábamos a principios de diciembre, y algunas personas, a quienes había yo confiado mi proyecto de marcha, me decían que era el mayor absurdo que podía hacer.
En esta época, todas las montañas del Jura y de los Alpes están cubiertas de nieve y es difícil atravesarlas no siguiendo el camino real. Por éste no se podía entrar ni salir de Francia mas que con documentos en regla, y había, no una, sino triple fila de puestos de guardia para registrar a cuantos pasaban.
Tales observaciones no me movieron a renunciar al plan, y comencé a dar pasos para agenciarme un carricoche en el cual salir del pueblo.
A mediados de diciembre recibí carta de Aviraneta; su amigo Ganisch, situado en Saint-Laurent, tenía ya hechos los preparativos necesarios para atravesar los Alpes.
Hacia el final de diciembre o principios de enero llegó a Chalon una noticia importante. Los aliados habían pasado el Rhin por Basilea y avanzaban a marchas forzadas hacia Belfort y el Franco-Condado. La noticia consternó al vecindario.
Todo el mundo se figuraba de un momento a otro ver a las tropas enemigas apoderándose de las casas del pueblo y saqueándolas.
Yo temía que el Gobierno francés nos hiciera salir de Chalon a los oficiales españoles, o que tomase nuevas precauciones para impedir nuestra deserción.
Seguí con mis diligencias para alquilar un coche. No era esto fácil, ni mucho menos.
Todos los alquiladores tenían orden expresa de no dejar carruaje a ningún oficial prisionero.
El ir a ver a los almacenistas de coches era cosa comprometida; había el peligro de ser delatado por algún patriota o, sencillamente, por un hombre de mala intención.
Varios días empleé en tratos con los cocheros; pero no pude encontrar quien me prestara un vehículo. Unicamente un labrador me alquiló un cabriolé sin caballo, porque él no tenía sitio donde guardarlo.
La patrona, madama Hocquard, me dijo, por entonces, que los prusianos habían entrado en Ginebra y se acercaban, avanzando rápidamente. Debían de ser las fuerzas de los generales Blucher y Schwarzenberg, que, cruzando por el Franco-Condado, fueron a reunirse a la meseta de Langres, para desde allí marchar sobre París a restaurar la monarquía legítima.
El pueblo estaba espantado; los bonapartistas aseguraban que todo se iba a arreglar al momento; pero los medios de arreglo faltaban; no había ejército francés por aquella parte, y los aliados podían llegar a Chalon en una semana sin dificultad.
Antoine, el mozo, me daba noticias, recogidas en la calle, del avance de los enemigos y de sus supuestos planes. A mí me preocupaban más los proyectos de los franceses.
—¿Qué harán con nosotros, con los emigrados?—le preguntaba.
—Unos dicen que les van a obligar a ustedes a salir de Chalon; otros, que les dejarán aquí para impedir que los aliados hagan daño en la ciudad.
En medio de esta confusión yo seguí en mis trabajos para agenciarme caballos. Aviraneta me decía que me esperaba.
En vista de los muchos obstáculos y de los nuevos acontecimientos consulté con madama de Montrever.
Ella era de la opinión que aguardara la llegada de los ejércitos monárquicos.
Esto le parecía lo más prudente.
Escapándome por un camino por donde se iban a retirar todas las partidas de tropas y gendarmes que abandonaban los puntos de la frontera me exponía a ser preso.
Madama de Montrever suponía que en este caso lo pasaría malamente, pues las fuerzas fugitivas traerían un espíritu natural de venganza contra los extranjeros.
—¿Y usted qué cree que debía hacer?—le dije.
—Yo, como usted, me ocultaría en una casa cualquiera hasta que entraran los defensores del rey legítimo.
Este consejo hubiera sido excelente con la seguridad de que el Gobierno francés no iba a tomar disposiciones nuevas respecto a nosotros y sabiendo que los aliados podían entrar en seguida; pero los aliados estaban aún a más de veinte leguas y no se sabía los obstáculos que hallarían en su marcha.
Era muy probable también la llegada de fuerzas imperiales a disputar el paso del Saona, y que los franceses cerrasen las puertas de Chalon y se dispusieran a defenderse en un largo sitio.
Estas consideraciones me obligaron a persistir en mis proyectos.
Al día siguiente, por la mañana, fuí a buscar un amigo de mi patrona, monsieur Martin, hombre muy honrado, y le encargué buscase un caballo para mi cabriolé.
Monsieur Martin me dijo hablaría a un conocido suyo, cochero, y me daría la respuesta a las doce de aquel día.
Yo me encontraba en un estado de impaciencia grande. Aviraneta me escribía dándome prisa. A cada instante llegaban noticias contradictorias de la posición del ejército aliado; los unos decían que los austriacos se encontraban solamente a quince leguas; los otros, que al día siguiente entrarían en Chalon; no faltaba quien aseguraba que aun no habían pisado el Franco-Condado.
Con estas noticias, todos los emigrados estábamos presa de la mayor agitación. Al salir de la lista diaria fuí a saber la respuesta de monsieur Martin. El hombre de los caballos había ido a conducir un carruaje a una casa de campo, a dos leguas de Chalon, y no volvería hasta la noche.
A media tarde me hallaba en casa de monsieur Montrever, cuando oímos el redoblar de tambores y ruido de gente en la calle; salimos al balcón; se veía una multitud reunida hablando entre sí, con aire satisfecho; se envió a un criado para que se enterase de la causa de esta algazara, y al cabo de un momento volvió diciendo acababa de llegar de Lyón la noticia de la paz con España. Unos momentos después se iba a publicarla con todo aparato.
Monsieur y madama Montrever me felicitaron por mi libertad, y los franceses conocidos, en la calle, me dieron la enhorabuena.
La gente, sobre todo los bonapartistas, se mostraban satisfechos; suponían que los miles de hombres empleados en la guerra de España volverían a Francia a luchar contra los austriacos, rusos y prusianos.
Quise enterarme bien de la certeza de la noticia y fuí al Ayuntamiento. Había allí un tropel de hombres y mujeres aguardando por si salía alguien a publicar la paz.
Tuve la suerte de ver a un camisero conocido mío, monsieur Frontenard; llevaba una copia de la carta que había producido tanto revuelo en el pueblo. Estaba escrita por el prefecto de Lyón al subprefecto de Chalon. Al parecer, un senador que acababa de llegar a Lyón había traído la noticia de la paz definitiva, concluída con España, y, a consecuencia de ella, las tropas francesas de ocupación de los Pirineos volverían a marchas forzadas a oponerse al paso de los aliados.
Por la carta comprendí que la noticia no era oficial; probablemente la habían echado a volar para tranquilizar la población; de todas maneras no iba a influír en la suerte de los emigrados.
Efectivamente, los días sucesivos tuvimos que seguir presentándonos a las tres listas como antes.
LIBRO SEGUNDO
RASTROS DE LA GUERRA
I
LA SALIDA DE CHALON
Una tarde, al anochecer, estaba contemplando a través del cristal la nieve; había perdido casi toda esperanza de salir de Chalon, cuando se presentó en mi casa Aviraneta, como días antes, vestido de cura.
Habló con mi patrona y entró en mi cuarto.
Me recriminó por mi tardanza en salir del pueblo, y yo fuí explicándole las dificultades con que tropezaba.
—Bueno; vamos a hacer una intentona—dijo él—; ven a cenar conmigo.
—¿Y qué hago con mis cosas?
—Déjalas aquí, o di que las recoja alguna persona conocida.
—Bueno. Pero tendré que avisar a la patrona.
—No; no avises nada. Dile solamente que hoy cenas conmigo y que vendrás muy tarde.
Lo hice así; salimos los dos y nos fuimos a la fonda. Cenamos, y después Eugenio me llevó a su cuarto, cogió una maleta, sacó del interior un vestido negro de mujer y lo extendió sobre la cama.
—¿Para qué es eso?—pregunté.
—Para ti.
—No me lo pongo.
—Ya lo veremos. Es sólo para salir del pueblo; inmediatamente que estemos fuera te lo quitas.
—¿Pero cuándo vamos a partir?
—Por la mañana, cuando aclare; el coche espera en la cuadra.
Como Aviraneta era terco no quise entrar en discusiones.
—¿Tienes la seguridad de salir de Chalon?—le dije.
—Sí.
—¿Cómo lo has podido conseguir?
—Amigo, los masones tenemos recursos secretos—contestó él con jactancia.
—¿No nos detendrán?
—No, no; puedes estar tranquilo.
—Si es así, bueno.
Pasamos toda la noche charlando, esperando a que aclarara. El tiempo estaba horrible; llovió, nevó, venteó con fuerza, y sólo al amanecer fué serenándose. Escribí yo una carta a mi patrona despidiéndome de ella y de sus hijas.
Luego, Eugenio me ayudó a vestirme de mujer, y al alba salimos a la calle.
En la puerta de la fonda encontramos un coche y al cochero, que estaba enganchando.
—Buenos días, Juan—dijo Aviraneta.
—Buenos días, señor abate. ¿Lleva usted a su sobrina?
—Sí; al fin se ha convencido. ¿Estamos ya?
—Sí, señor abate; pueden ustedes montar.
Subimos al carruaje. Las calles estaban muy obscuras, cubiertas de nieve, envueltas en niebla. No se oía más ruido que el agua al caer de los canalones a las aceras.
El coche marchaba en silencio.
Atravesamos despacio la ciudad, pasamos el puente y el barrio de Saint-Laurent; no había un alma por las calles. Al acercarnos a la puerta de San Marcelo, la única por donde se podía salir, nos la encontramos cerrada.
—Me habían dicho que se abría al amanecer—murmuró Aviraneta, preocupado.
Un vecino se acercó y Eugenio le dijo:
—¿No es hora de que la puerta esté abierta?
—Sí—contestó el vecino—; sin duda, al guardián se le han pegado las sábanas; yo lo despertaré.
Estaba temblando y temiendo que el guardián tuviese alguna orden para preguntar o pedir pasaportes; mas que nada, por el ridículo que caía sobre mí.
Salió el vecino con el guardián, y éste se puso a abrir la puerta.
—¿Sin duda no creía usted que con tal mal tiempo tendría nadie ganas de viajar?—le preguntó Aviraneta.
—No, señor abate; el tiempo no convida a viajar.
—Gracias, muchas gracias.
Pasamos la puerta.
—¿Por qué no le has dado algo?—le dije a Eugenio.
—¡Un cura dando dinero! Eso sería ponerse en contra de todas las tradiciones.
—¿Este hombre es de los vuestros?—le pregunté a Aviraneta al cabo de un momento.
—¿De cuáles?
—De los masones.
—¡Ca, hombre!
—Entonces, ¿qué preparativos tenías hechos?
—¡Yo!... Ninguno.
—¿Así que hemos salido al buen tuntún? ¡No tenías preparado nada! Y si me cogen a mí así vestido me pongo en ridículo. Me están dando ganas de volverme.
—Sería peor—me dijo Aviraneta tranquilamente—. La cuestión era salir de Chalon; ahora, ya fuera, no nos pueden detener; tengo un salvoconducto para los dos.
Pasamos el puente de piedra inmediato a la puerta de San Marcelo; en seguida, el arrabal de este mismo nombre, y luego, otro puentecillo sobre un brazo del Saona, y embocamos la calzada, que tiene tres cuartos de legua de largo y es la única vía que hay para cruzar la Bresse.
Al fin de la calzada de San Marcelo sigue el camino que va al Franco-Condado.
Aquel día la carretera estaba infranqueable por la nieve y el lodo. Las ruedas del coche se hundían hasta los ejes.
Yo pensaba que en el camino encontraríamos tropas de regreso de la frontera, y se lo advertí a Aviraneta para que dijera al cochero que corriese.
—El cochero no puede hacer más—replicó él—. Hay que dejarle.
II
LA MAÑANA
Marchamos despacio, muy despacio. Yo no sé cómo no me morí de impaciencia. Recorrimos la calzada y llegamos a Saint-Marcel.
Al entrar en este pueblo empezaba a ser de día; la gente estaba ya levantada, y al ruido de los caballos y del coche salían todos a las puertas, creyendo que entraba el enemigo.
Atravesamos la aldea entre la expectación pública, y dejando el camino real del Franco-Condado, tomamos otro a la izquierda, más pequeño y de menos tránsito.
Pasamos por Bay y Dameray, pueblecitos pequeños que estaban cubiertos de nieve, y seguimos adelante.
Preguntamos a los campesinos que encontramos si se sabía por dónde venían los aliados. Cuando nos decían que estaban a diez o doce leguas aparentábamos gran temor.
A las nueve y media llegamos a Sermesse y nos detuvimos en una posada para tomar un bocado.
El posadero, un buen hombre grueso y rojo, hablaba a gritos. Se manifestaba indignado de la insolencia de los austriacos. Cualquiera hubiese dicho al oírle que la guerra era una cuestión de etiqueta.
Nos trajeron un buen almuerzo, y Eugenio comió y trincó de lo lindo. Yo estaba avergonzado con mi disfraz.
—La pobre señorita no tiene apetito—dijo varias veces el posadero.
Aviraneta, con la boca llena, me decía:
—Te advierto, hija mía, que los pollos de este país tienen fama.
Mientras estábamos comiendo, se presentó un caballero, que pidió también de almorzar, y se puso a mirarme con aire de impertinencia. Luego comenzó a preguntar a Aviraneta noticias de Lyón.
Me figuré que debía ser algún empleado del Gobierno. Efectivamente; supimos que era el subprefecto del Dôle, que se retiraba a Chalon porque los aliados se acercaban y no quería llevar las cuestiones de etiqueta hasta aguardarlos en su subprefectura.
A las diez y media, y con mucha calma, ordenamos al cochero que preparase los caballos.
Aviraneta me dijo que ya se había supuesto en Sermesse que yo era una heredera rica y él un jesuíta.
Al pasar por un pueblecito llamado Frontenard oí dar las doce en el reloj de la parroquia, y recordé que en aquel momento se habrían enterado en el depósito de que yo faltaba. Probablemente, con las inquietudes naturales de la invasión, no se preocuparían en buscarme.
A las tres de la tarde cruzamos por Pierre, pueblo próximo a Bellevue.
Ibamos avanzando, cuando oímos detrás de nosotros el ruido de unos caballos que venían al galope. Alarmados, volvimos la cabeza. Eran cuatro caballos montados por criados de una finca inmediata que, sin duda, los habían sacado a pasear.
Poco después encontramos un grupo de aldeanos con cargas de leña en la cabeza. Les preguntamos si sabían dónde estaban los enemigos, y respondieron que habían oído decir que en Lons-le-Saunier. Como Lons está próximamente a seis leguas de aquel lugar, suponían que pronto los tendrían en los alrededores, y se disponían a hacer provisiones.
III
EN BELLEVUE
El cochero, al oír estas noticias, comenzó a dar muestras de intranquilidad, y preguntó a Aviraneta si no temía encontrarse con los aliados. Aviraneta se hizo el asustadizo, y luego agregó que, como los austriacos, si veían el vehículo lo decomisarían, era mejor que el cochero nos llevara a las puertas de Bellevue y después se volviera adonde quisiera.
Efectivamente: al acercarse a las primeras casas del pueblo el coche se detuvo; bajamos Aviraneta y yo, y el cochero se volvió rápidamente, fustigando a los caballos.
Al vernos solos, yo me quité rápidamente el traje de mujer y lo tiré entre unas matas.
—Ahora, vamos—dije.
—El caso es—murmuró Eugenio—que yo no he dicho en Bellevue que sea cura. Tendrás que vestirte tú de abate.
Me repugnaba este disfraz irrespetuoso, pero no tuve más remedio que acceder. Eugenio me dió la sotana y el sombrero y él se quedó de paisano.
En esta disposición avanzamos hacia Bellevue y entramos en una posada donde anteriormente había tomado cuarto Aviraneta.
Aviraneta dijo en la casa que el cochero nos había hecho traición; que al oír decir que los aliados estaban en el pueblo, se detuvo asustado y nos obligó a bajarnos del coche.
La dueña de la casa, madama Fleury, se indignó contra el cinismo de los cocheros. Yo, a pesar mío, tuve gran éxito como abate.
Después de comer, salimos Eugenio y yo de la posada y fuimos a la plaza, llena de aldeanos y de curiosos que hablaban y discutían. En esto vimos, en medio de la multitud, un caballo ensillado, que por sus arreos parecía de un militar. Nos acercamos y luego entramos en un café de la plaza, debajo de los arcos. El mozo, en la puerta, permanecía contemplando la gente.
Al vernos, dijo:
—¡A buen tiempo vienen ustedes!
—¿Pues qué hay?
—Que ya está ahí un oficial austriaco.
—¿De veras?
—Sí; parece que acaba de llegar para preparar las raciones a un destacamento que va a venir esta noche. Ese caballo que está ahí es el suyo.
Yo estaba dispuesto a buscar al militar y hablarle, pero Aviraneta decía que no, que no debíamos acercarnos a la canalla austriaca.
Hacía un momento que habíamos entrado en el café cuando se oyó un gran barullo en la plaza. Salimos apresuradamente a los arcos.
—¿Qué pasa?—preguntamos.
—¡Los austriacos! ¡Los austriacos!—gritaba la gente—. ¡Ya están aquí! ¡Que vienen!
Fué una desbandada general; todo el mundo echó a correr; las puertas y ventanas se cerraron de golpe, se metieron los caballos en los patios y en las cuadras. El mozo cerró el café y quedamos nosotros dentro... Pasaron unos minutos de silencio... El galope de los caballos de los kaiserlicks no se oía por ninguna parte.
—No es nada—dijo Aviraneta al mozo—. Es el miedo que se comunica. Nos asomamos a los arcos. Efectivamente, no venía nadie.
Poco después se abrió de nuevo una ventana; luego, un postigo; un vecino cambió unas cuantas palabras con otro; uno más osado se asomó al portal, y transcurrido un instante salieron todos a la plaza riéndose del pánico producido por la falsa alarma.
Volvimos a la posada, entramos en el comedor y saludamos a los amos de la casa.
Estábamos hablando con ellos cuando entró el oficial que habían tomado en el pueblo por austriaco. Era un militar francés que se retiraba y, al pasar por allí, se había detenido para ver a sus padres.
Este militar dijo que los aliados estaban a una legua de Lons-le-Saunier.
Cenamos, y acabada la cena me despedí del ama de la casa, que quiso que me acostase temprano, pues decía necesitaba descansar de la fatiga del día.
Aviraneta compró dos caballos y alquiló un guía práctico en aquellos contornos. Estuvimos en Bellevue día y medio, y al segundo, a las cuatro de la mañana, vino a llamarme Eugenio a mi cuarto. Dijo que no convenía nos viesen salir los vecinos del pueblo, pues podían entrar en sospechas. Me vestí a tientas, no queriendo encender luz por no despertar a nadie, y sin hacer ruido, salí a la calle.
Esperaban dos caballos ensillados y el guía. Montamos y echamos a andar detrás del hombre.
El guía se había comprometido a llevarnos por el camino de Lons hasta salir fuera de unos bosques espesos, en donde era muy fácil perderse.
El tiempo estaba frío; la noche, obscura; no había amanecido aún; nuestro conductor iba a pie, a una cierta distancia de nosotros, andando con mucho trabajo.
A cada paso nos encontrábamos con pantanos profundos, y el hombre salía de ellos ayudándose con un gran palo que llevaba.
Mucho nos compadecimos del infeliz al ver lo que trabajaba en un camino tan penoso.
Le dijimos que subiera en uno de nuestros caballos; pero él contestó que montado era muy posible que no conociese el terreno.
Después de andar cerca de tres horas por medio de bosques muy espesos y caminos impracticables salimos a campo raso.
Había aclarado y se veía ya nuestra ruta. Aviraneta dió un luis a nuestro guía, el cual lo cogió contento, como si fuera una fortuna.
Continuamos nuestro camino; pasamos por Arlay, pueblo del departamento del Jura y centro de las posesiones del príncipe de Chalon; subimos un monte en el cual hay un hermoso castillo; luego cruzamos por Saint-Germain en Bois, y llegamos al Chateau la Foret, donde nos presentamos a madama de Hauterive.
Nuestra Corina nos recibió amabilísimamente, y después de mostrarnos los cuartos que nos destinaba nos dijo que nos esperaba para almorzar. Nos presentamos Eugenio y yo en el comedor, y acabábamos de sentarnos cuando vinieron a decirnos que una partida de caballería austriaca atravesaba el campo.
Salimos a la ventana a ver aquellos famosos kaiserlicks.
Era una patrulla de doscientos hombres que iban a alguna descubierta. Llevaban todos capas blancas, lo que hacía un efecto muy raro y muy lujoso.
Pasaron al galope y los perdimos de vista.
Nos sentamos a la mesa, y después de almorzar nos preguntó Corina qué itinerario pensábamos seguir, y al decirle que íbamos por Suiza, subiendo luego por la orilla del Rhin, dijo que nos acompañaría, porque pensaba marcharse a Radstadt y nuestro camino era el suyo.
—Va usted a tener muchas molestias en el viaje—le advertí yo.
—No me asusta el frío ni el cansancio; probablemente me divertiré presenciando escenas que no he visto.
Aviraneta celebró la decisión de Corina, y quedamos de acuerdo en ponernos en camino los tres juntos al día siguiente.
Corina tenía un carricoche, pero no caballos, porque se los había decomisado un intendente austriaco.
Decidimos enganchar los nuestros y partir en el coche suyo.
IV
LONS-LE-SAUNIER
Al día siguiente nos pusimos en camino. Yo había sabido que el general en jefe de la columna austriaca, conde de Bubna, estaba en un pueblecito próximo llamado Poligny.
Prefería presentarme al conde que no al simple comandante que había en Lons-le-Saunier.
Aviraneta dijo que le parecía una tontería esta formalidad. A pesar de su opinión, Corina y yo convinimos en ello, y al salir del Chateau la Foret comenzamos a subir una cuesta muy empinada que va de Chateau-Chalon a Poligny.
De pronto vimos venir hacia nosotros una partida de caballería. Cuando estuvo cerca, el que iba a la cabeza de ella nos preguntó en francés, con una voz chillona, si aquél era el camino de Lons-le-Saunier.
Le contestamos que sí, y después le dije yo si sabía si el conde de Bubna estaba aún en Poligny.
—Ya no está—replicó él—. ¿Para qué lo necesita usted?
—Es que yo soy un oficial español fugado del depósito de Chalon.
—Pues yo soy el conde de Bubna—contestó él—. Voy a Lons. Esta noche preséntese usted en mi casa.
Saludé, y seguimos la comitiva del general hasta Lons-le-Saunier. Llegamos a esta ciudad. Dejamos al carricoche en un cobertizo y fuimos nosotros a una posada.
Por la noche me presenté al conde de Bubna, quien me recibió en un salón muy elegante, vestido de tal manera y con tantos bordados que parecía una odalisca.
Me hizo mil preguntas sobre mi fuga; el número de españoles que había en el depósito de Chalon; si quedaban tropas francesas, y si preparaban alguna defensa contra los aliados.
Contesté a sus preguntas diciendo lo que sabía.
Después ordenó tomasen nota de nuestros nombres y nos diesen los papeles necesarios para seguir nuestro camino a Suiza, donde encontraríamos el cuartel general de los Emperadores.
Los documentos no nos los dieron en seguida.
Volví a la posada. A Eugenio se le había desarrollado un odio furioso por los austriacos, y cuando oía hablar de Emperadores, Altezas y Excelencias fruncía el ceño.
Corina se reía de las ocurrencias de Aviraneta.
Lons-le-Saunier estaba en aquel momento ocupado por los austriacos.
Las tropas no habían cometido grandes excesos, porque los habitantes, intimidados, no se atrevían a oponerse a nada. Metida en los rincones, la gente estaba sin salir a la calle.
Los soldados se habían alojado en las posadas y casas particulares, donde comían y bebían a discreción, sin que nadie intentase cobrarles lo más mínimo. Si necesitaban algo abrían las tiendas y cogían lo que les parecía.
Por la noche volví a casa del general a buscar nuestros pasaportes, y hubo que esperar al día siguiente para que nos los dieran.
Aquella noche la pasamos sin acostarnos en la posada, llena de tropa. Como la mayor parte de los soldados estaban borrachos, hacían tal ruido que no nos dejaron dormir.
Madama de Hauterive se vió muchas veces asaltada por soldados que la estrujaron y manosearon violentamente. Yo quise poner coto a tales brutalidades; pero viendo que ella se reía de estos excesos, no quise ser más papista que el Papa.
Al día siguiente, por la mañana, recogí nuestros papeles en casa del conde de Bubna.
Más tarde, al ir al cobertizo donde habíamos dejado el carricoche y los caballos, supimos que estaban embargados por el ejército invasor y que no había comunicación alguna, ni correo, ni diligencia.
Después de muchas indagaciones fuimos a ver a un oficial de Administración militar, y por trescientos francos rescatamos el carricoche y los caballos. Dimos nuestras más expresivas gracias al honrado oficial, y montamos en seguida en el carricoche.
Era al anochecer. Al sentarnos en los asientos nos dimos cuenta de que nos habían robado los almohadones.
Sin pensar en recobrarlos echamos a andar. Cruzamos las calles, ya a obscuras. Llovía. En todo el pueblo había una gran confusión por la continua entrada y salida de tropas. En las calles no se veían mas que soldados borrachos.
En un casa, dos muchachitas, medio desnudas, lloraban, mientras que una mujer desmelenada gritaba furiosa delante de un oficial austriaco.
Fácil era comprender lo ocurrido.
Nos alejamos rápidamente de Lons; cesó de llover y comenzó a nevar; después paró la nieve y salió la luna.
Su luz nos iluminaba perfectamente el camino en el campo nevado.
Al pasar por una pequeña alquería bajó Aviraneta y compró un montón de heno seco, que nos sirvió para sentarnos encima y al mismo tiempo para cubrirnos los pies.
Seguimos nuestra marcha de noche, despacio, pero sin parar.
Empezamos luego a subir cuestas y más cuestas y a ascender por caminos en espiral, y cuanto más subíamos parecía que los puntos adonde debíamos llegar se alejaban también cada vez más.
La nieve se iba espesando a medida que ascendíamos.
Esto, unido al mal camino, hacía que fuéramos muy despacio.
Aviraneta sacó del bolsillo del gabán una botella de kirsch; bebimos los tres, y al poco rato Corina comenzó a cantar alegremente.
Después de haber recorrido unas seis horas llegamos a Sanyot, pueblo muy pequeño y muy pobre, sobre el Jura, a cinco leguas de Lons. Aquí nos detuvimos para dejar descansar a los caballos y almorzar.
El frío nos había dado un gran apetito.
Comimos; Aviraneta renovó la botella de licor y nos pusimos de nuevo en marcha.
Había ya tanta nieve y las pendientes eran tan rápidas, que los caballos patinaban y no podían avanzar. Al anochecer llegamos a Saint-Laurent, y apareció Ganisch, el asistente Aviraneta, vestido con pantalón corto, chaleco de Bayona y sombrero de copa.
A Corina le hizo mucha gracia el tipo y nos preguntó varias veces:
—¿De dónde han sacado ustedes este hombre?
—Es un español amigo mío—contestó Aviraneta, riéndose también.
Ganisch nos llevó a su posada. Pregunté al patrón si los aliados, al cruzar por allí, habían hecho mucho daño.
—¿Daño?—contestó—. Nos han comido y bebido lo que había, y algunos soldados sueltos han detenido a los pasajeros que han encontrado en el camino cerca del pueblo y les han quitado el dinero y el reloj. A las mujeres las han violado.
El patrón añadió que debíamos avanzar con mucho cuidado y no ir por la carretera, aunque por otra parte tendríamos mucha dificultad para atravesar las montañas en coche, porque todos los caminos estaban cerrados con la nieve.
El hombre no era nada tranquilizador, y sus consejos no servían mas que para dejarle a uno inquieto.
V
EL TRINEO
Al día siguiente Ganisch, dando grandes voces, nos despertó bruscamente.
Era todavía de noche, pero se veía tanto como de día.
La luna brillaba hermosa en el cielo claro.
—Señal del frío que hace—dijo Aviraneta—y del que nos espera por esos montes.
A la puerta de la posada Ganisch tenía preparado el trineo.
Nos metimos los cuatro envueltos en nuestros abrigos; salimos de Saint-Laurent y continuamos nuestra marcha hasta que la mañana vino a mostrarnos un paisaje magnífico.
A pesar de los malos encuentros que nos pronosticaron no vimos a nuestro paso mas que unos cuantos soldados franceses alrededor de una hoguera ya consumida. Todos estaban destrozados y sin armas, excepto uno que llevaba un fusil.
Nos paramos al acercarnos a ellos, y un cabo, con los bigotes largos y amarillos, que dijo era parisiense, nos pidió algo para la compañía. Aviraneta le dió unos francos, y el soldado tuvo algunas toscas galanterías para Corina y un saludo militar para Aviraneta, a quien llamó generoso burgués. Nos alejamos de allí y seguimos adelante.
Desaparecieron las nieblas del amanecer, y el cielo quedó azul, sin una nube. El sol convertía la nieve en un conjunto de perlas resplandecientes.
Los grandes pinos, agobiados con su peso, dejaban ver por debajo sus ramas verdes de follaje.
En una extensión de blancura tan luminosa, con un cielo tan claro, todos los objetos parecían negros.
Apenas se podía percibir si hacía viento o no; pero el frío era tan sutil que se metía hasta los huesos.
Charlando alegremente, cantando a veces, siempre en acecho por si encontrábamos algunos kaiserlicks o gendarmes que vinieran a registrar nuestros bolsillos, llegamos a Morez, pueblo que aparecía negruzco en una hondonada cubierta de nieve.
Ganisch dijo que sería útil tomar un caballo más para subir la cuesta de un monte que llaman Les Rousses, cuesta bastante empinada y de más de una legua de larga.
En una granja todavía lejana de Morez alquilamos el otro caballo y lo enganchamos.
Mientrastanto salté yo del trineo para calentarme los pies, que los tenía helados, y fuí andando, sin darme cuenta, unos doscientos pasos, hasta acercarme al pueblo.
Al llegar delante de una casa me detuvo un hombre, preguntándome quién era y adonde iba. Yo le respondí que iba a Ginebra; me dijo que estaba de guardia, y me pidió el pasaporte, añadiendo que tenía orden de detener a todo viajero hasta que el alcalde examinase sus documentos.
—Bueno, pues avisaré a mis amigos—dije, y me acerqué al trineo con el guardia.
—¿Qué hay?—preguntó Aviraneta al verme llegar acompañado.
Expliqué lo que pasaba. Aviraneta torció gesto y de pronto preguntó:
—¿Está lejos la casa del alcalde?
—No, aquí cerca—contestó el guardia.
—Podemos ir en el trineo—le dijo Aviraneta—. Le haremos a usted sitio.
Efectivamente, se le hizo sitio al guardia.
Aviraneta tomó las riendas; los caballos comenzaron a marchar; luego, a trotar sobre la nieve helada, y a galopar, por último.
—¡Pare usted! ¡Pare usted!—gritó el hombre—. Ya hemos llegado, ya hemos pasado.
Aviraneta siguió sin hacer caso, fustigando a los caballos durante un cuarto de hora.
El guardia estaba furioso. Corina reía a carcajadas. Al fin se detuvo el trineo.
—Mi querido amigo—dijo Aviraneta al amoscado guardia—: nosotros no teníamos ningún gran interés en presentarnos a las autoridades de su pueblo. No crea usted que es una prueba de desdén, no. Es sencillamente prudencia por nuestra parte. Para usted, claro es, este paseo es un poco desagradable, pero le daremos unas monedas para que a la vuelta se caliente el estómago.
El guardia no sabía qué hacer. Aviraneta metió mano al bolsillo y sacó una monedita de oro.
—Puede usted elegir—dijo Aviraneta—entre marcharse incomodado y sin nada, o marcharse con dinero y contento. Ahora, si intenta usted detenernos, le daremos un golpe y le tiraremos en la nieve.
El guardia, medio enfurruñado y medio risueño, tomó el dinero y se fué.
Seguimos el camino; el viento fuerte producía una ventisca que nos azotaba la cara como si fuera polvo.
En la parte alta de la cuesta los caballos, a veces, metían los brazos en la nieve hasta el pecho. El camino estaba señalado por unos palos muy altos, puestos a intento, de distancia en distancia, para que se pudiera conocer su dirección aun cubierto por una gran nevada.
A las once llegamos a las Rousses; dejamos descansar a los animales, comimos, seguimos adelante y pasamos el cuello de Saint-Cergues. Estábamos ya en Suiza.
Pronto comenzamos a bajar la otra vertiente alpina, hacia el lago Leman.
A las cinco llegábamos a Nyón e íbamos a la fonda de la Cruz Blanca. Encontramos una excelente posada, buena cena, buen cuarto y un magnífico fuego.
En la fonda nos encontramos Corina y yo a un francés realista de Chalon, con el cual nos sentamos a la mesa.
La noche transcurría amablemente, cuando el realista y Aviraneta se pusieron a discutir con acritud. El realista acusaba a Aviraneta de mal español, porque deseaba el triunfo de Napoleón contra los aliados; y Aviraneta acusaba al realista de mal francés, porque aspiraba a que los extranjeros venciesen en su patria y realizaran los planes ultraconservadores de Metternich.
A punto estuvieron de desafiarse; pero terció Corina y los tranquilizó.
Cuando se fué el francés tuvimos que oír una serie de absurdos y de barbaridades de Eugenio.
—Esta gente enamorada del pasado—decía a Corina—, es gente estólida y cobarde que cree imposible dominar el porvenir. Nosotros, no; nosotros tenemos confianza...
—Pero es que usted, mi querido amigo, no comprende la poesía de la tradición; no admite usted la abnegación, el desinterés de los realistas—replicaba Corina.
—No, señora, no—gritaba Aviraneta—; no hay desinterés en ellos.—Luego, más tranquilo, decía—: Yo veo que unos luchan por el rey y otros por el pueblo. Los que luchan por el rey buscan el ascenso, el dinero; los que luchan por el pueblo, ¿qué van a encontrar?: la horca, el fusilamiento. Sin embargo, toda la gente de buen tono ha decidido que los que pelean por su interés son los desinteresados, los idealistas, y que, en cambio, los que no podemos esperar nada somos egoístas y miserables.
No quise replicar por no enzarzar de nuevo la cuestión y me retiré a mi cuarto.
VI
UNA ANÉCDOTA IMPORTANTE ACERCA DE CALVINO
Nos levantamos al otro día temprano y salimos de Nyón en el mismo trineo en que habíamos llegado.
El camino hasta Ginebra pasa a orillas del lago Leman; pero había una niebla tan espesa que apenas se veía. Este camino debe ser muy hermoso, pues está rodeado de un sinnúmero de hoteles y jardines.
Hacía un frío inaguantable, que nos obligó a pararnos dos o tres veces y a entrar en las casas a calentarnos las manos y los pies.
Al llegar a Ginebra, un oficial austriaco nos pidió los pasaportes, y al leer el mío me abrazó y me dió dos besos en la mejilla y en la boca.
Yo, avergonzado, no sabía qué hacer, ni qué decir.
—Te ha tomado por alguna chica disfrazada—me dijo irónicamente Aviraneta.
—Si me besa a mí así..., lo mato—exclamó el bruto de Ganisch.
Fuimos a la posada del Escudo de Ginebra, y al ir a recoger nuestros pasaportes, el comandante de la plaza me dió boleta para ser alojado en una casa de la Treille, que tenía un mirador a este paseo.
La casa era de un señor Cordier. Fuí a saludarle, y me lo encontré rodeado de una familia muy simpática. A pesar de esto, tenían todos un aspecto algo extraño y sombrío; aspecto que yo me expliqué cuando supe, tras de una hora de charla, que todos ellos pertenecían a la secta calvinista.
Realmente, yo no recordaba qué eran los calvinistas, ni quién era Calvino. Sin embargo, tenía alguna idea, e insistiendo en ella vine a dar en la fuente de mis conocimientos acerca de Calvino.
Todos ellos databan de una tía mía muy vieja. Esta señora me contaba que Calvino era un hereje muy malo y muy soberbio; un día le invitaron a un banquete, y un vecino de la mesa le puso en el mantel un poco de sal, otro poco de cal y una copa de vino.
Al acercarse a la mesa el soberbio hereje vió sal, cal y vino: Sal Calvino; y, furioso, se marchó.
Como ni mi tía ni yo sabíamos de qué país era Calvino, ni qué lengua hablaba, dábamos como seguro que entendió la alusión de la mesa.
En tan importante anécdota estaban condensados todos mis conocimientos acerca de Calvino.
Al ir a despedirme de la familia de Cordier se presentó un señor suizo, casado con una inglesa. Este matrimonio, que vivía en una villa del lago Leman, conocía a madama Stael y a lord Byron.
Hablaron de ellos, y luego, del vizconde de Chateaubriand y de la literatura de la época.
Pasamos la velada agradablemente en casa de los calvinistas.
¡Qué sorpresa hubiera tenido mi tía, si viviera, al saber que yo había encontrado amables y buenas personas a los discípulos de aquel hereje, a quien habían tenido que poner en la mesa sal, cal y vino para que se marchara!
Al salir del hotel de monsieur Cordier y llegar a casa, me encontré con una escena desagradable.
Eugenio y Ganisch gritaban y se insultaban ferozmente. Por lo que dijeron, habían dado varias vueltas por el pueblo; luego se embarcaron en el lago, donde estuvieron a punto de zozobrar, y acabaron por reñir.
VII
LA DILIGENCIA
A las siete de la mañana nos metimos en el coche; pasamos de nuevo por Nyón, cruzamos por Rolle, y a las cuatro de la tarde estábamos en Lausana, en la posada del León de Oro.
Lausana es una ciudad pequeña, bonita, muy bien colocada sobre un cerro que domina el lago Leman.
Subimos a la catedral para contemplar el pueblo y el lago, y después fuí a presentarme a un coronel inglés, quien debía firmar nuestros pasaportes.
En casa del coronel había, cuando yo me presenté, varias señoras de visita, entre ellas una italiana joven, preciosa, cuyo marido acababa de morir días antes de un balazo en el vientre.
Con este motivo, las mujeres abominaban de la guerra y, sobre todo, de Napoleón, que les parecía un monstruo vomitado por el infierno.
Volví a la posada, cenamos los cuatro y, concluída la cena, fuimos a la posta, donde salían las diligencias. No quedaba mas que un lugar dentro y dos fuera, en la imperial. Aviraneta y Corina decidieron ir en la imperial; Ganisch, sobre la capota, y yo, dentro.
Salimos de Lausana de noche; la diligencia llevaba cuatro caballos que corrían muy bien. Como hacía frío, se cerraron las ventanillas del coche, y todos los viajeros se acomodaron para dormir.
Por mi desgracia, yo iba colocado entre dos alemanes grandes, gruesos y muy cargados de paño, de modo que no me podía mover; al poco tiempo de estar cerradas las ventanillas hacía un calor dentro del coche tan inaguantable, que empecé a sudar como si estuviera en el mes de julio. Además, como me hallaba sujeto, emparedado entre los dos hombretones, me entraron unas ansias y vahidos que creí morirme. En este estado me resolví a suplicar a uno de aquellos colosos germánicos, que no hacía mas que roncar, me cediese su puesto, pues me encontraba muy mal. El alemán, refunfuñando, se levantó y me dejó el sitio; yo abrí la última ventanilla del coche y saqué la cabeza fuera. El aire fresco me vivificó y me volvió un poco en mí.
Uno de los viajeros dijo que valía más se dejara una ventanilla abierta, pues si no, nos íbamos a asfixiar todos.
Continuamos nuestro camino haciendo zigzags por montes y barrancos y atravesando aldeas.
A media noche, pasamos por Friburgo de Suiza, donde se baja una cuesta sumamente rápida, a cuyo fin está la ciudad.
En un pueblo, poco después de llegar a Friburgo, dejamos el coche y entramos en un trineo.
Se hizo de día, y comenzó a verse el país, cubierto de nieve, entre la bruma blanquecina de la mañana.
Ganisch se había hecho amigo del cochero, y gritaba: ¡Coronela!, ¡Generala!, produciendo el escándalo de los alemanes. Corina se reía a carcajadas. Después se le ocurrió al vasco poner un palo sujeto entre los equipajes y una bandera blanca en la punta.
A medida que la claridad se desparramaba por la tierra, se iba viendo el campo nevado; por todas partes se advertía el paso de los soldados: casas saqueadas, incendiadas, árboles rotos, caminos desfondados por los cañones.
A las doce del día llegamos a Berna. Antes de comer fuí a presentarme al embajador austriaco Prylixnin y a entregarle una carta que llevaba del coronel inglés de Lausana. El embajador me recibió muy bien, firmó nuestros pasaportes y me enseñó sus habitaciones.
Tenía una casa admirablemente cómoda, llena de estufas, y en el piso alto, un invernadero y una enorme pajarera.
El embajador me dijo que la vida de sus pajaritos era lo que más le interesaba en el mundo. Confesaba que la muerte de uno de ellos le hacía más efecto que el que muriesen veinte o treinta mil soldados en un campo de batalla.
Yo le repliqué que esto no podía ser mas que una broma, y él contestó:
—¿Es que usted cree, mi querido señor, que se pierde algo con que mueran cuarenta o cincuenta mil individuos de canalla humana?
No le contesté nada, y me despedí de él.
Dejamos Berna, pueblo muy curioso, y avanzamos en nuestro camino. Aviraneta y Ganisch siguieron escandalizando, echando besos a las aldeanas, que se reían. De noche llegamos a un pueblo, donde nos detuvimos solamente un momento y en el que dijeron había una gran cascada sobre el Rhin. Yo me hubiera quedado a verla; pero como Aviraneta no manifestó la menor curiosidad por ello, seguimos adelante.
VIII
EL PLACER DE VER A UN REY GUAPO
Llegamos a Basilea a las siete de la mañana y no pudimos encontrar sitio donde meternos por estar las posadas llenas de gente.
Corina tenía amigos allí y fué a dormir a casa de uno de ellos.
Nosotros, después de haber corrido fondas y posadas, paramos en una, llamada La Cabeza de Oro, donde nos dieron un cuarto para nosotros tres y un alemán.
No había mas que dos camas en el cuarto, y éstas muy estrechas y pegadas una a la otra; así que tuvimos que dormir como si estuviéramos en formación.
El motivo de haber tanta gente en Basilea era el encontrarse allí el cuartel general de los emperadores de Rusia y Alemania y el del rey de Prusia, y un sinnúmero de tropas que se preparaban a entrar en Francia. Todas tenían que pasar por el puente que hay en esta ciudad sobre el Rhin.
Es imposible explicar la confusión y laberinto de Basilea en aquel momento; no se podía andar por las calles.
Se hallaba uno expuesto a ser atropellado continuamente por los innumerables coches de generales y de príncipes, que no cesaban de pasar de una parte a otra, y por los caballos de cosacos y edecanes, que iban al galope.
Al mismo tiempo se cruzaban los carros de municiones, de heridos y pertrechos de guerra, que seguían al ejército. Añadido a esto la poca anchura de las calles y que comenzaba a deshelar, se puede comprender lo molesto y peligroso que era el tránsito por el pueblo.
Nos acercamos a la catedral, que es de piedra roja, y desde una plazoleta próxima estuvimos viendo el Rhin, de aguas turbias y verdosas, que pasaba a medias helado con un estrépito de torrente.
Yo me aproximé también a la fortaleza de Auninguen, que se hallaba en este momento sitiada por los bávaros y defendida por los franceses.
Como teníamos que esperar y la fortaleza estaba cerca, fuí paseando hasta el mismo campamento de los bávaros; pero aquel día no se hacían fuego con los franceses.
Al volver a Basilea tuve el gusto de ver al emperador de Rusia, Alejandro I, que salía de una capilla ortodoxa, donde había ido a oír misa. Iba a pie, con algunos grandes de su Imperio y dos generales. Llevaba uniforme azul con muchas condecoraciones y bordados, sombrero con galón de oro y botas de montar. Era un hombre de cerca de seis pies, bien proporcionado y de hermosa presencia; tenía el semblante muy risueño, que inspiraba confianza a primera vista. A todo el mundo saludaba con el mayor agrado y afabilidad.
Confieso que sentí un gran entusiasmo por aquel soberano que venía a restaurar las venerandas tradiciones de la Monarquía. Realmente, es un espectáculo conmovedor contemplar a un rey de cerca.
También vi en su coche al emperador Francisco I de Austria, el kaiser Franz. No tenía el aspecto de Alejandro I de Rusia; a pesar de no contar mas que cuarenta y tres años, representaba lo menos cincuenta, y se le veía flaco y avejentado. Los austriacos no pueden estar muy orgullosos de tener un emperador de buena figura.
Al rey de Prusia no tuve el gusto de verle.
El emperador de Austria se paró a contemplar el desfile de tropas por el puente. Yo hice lo mismo; pasaron algunos cuerpos de la guardia imperial rusa, que es magnífica. Es una satisfacción para un militar ver tropas tan bien vestidas y gente tan igual de estatura y de tan buena presencia. Realmente, no se pueden comparar las tropas austriacas con las rusas y alemanas. Cierto que los bávaros tienen regimientos lúcidos; pero no los austriacos, cuya única fuerza bien presentada es la caballería.
Estaba presenciando el desfile cuando se acercaron Aviraneta y Ganisch. Cruzaron entre dos compañías, y un viejo aldeano que quiso también pasar fué empujado por un sargento y cayó al suelo.
—¡Lo han reventado a ese pobre hombre!—exclamó Aviraneta.
—¿Para qué habéis pasado?—pregunté yo—. ¿No veíais que venía la tropa?
—¿Y nos van a tener parados constantemente estos animales? ¡Qué brutos! ¿Por qué no habrá una peste que acabe con todos los reyes, emperadores, papas, mariscales, aristócratas, militares y demás canalla?
No quise replicar nada. Creer que se puede vivir sin reyes, sin nobles y sin militares me parece lo mismo que pensar que se puede suprimir el sol y las estrellas.
No comprendo cómo Eugenio, que es de una familia decente, defiende estas extravagancias, que no se explican mas que en los delirios monstruosos de hombres como los de la Revolución Francesa.
Fuimos a comer a la posada, y por la tarde me presenté yo a lord Aberdeen, que era un inglés guapo, todavía joven, de unos treinta años, muy estirado, quien me dirigió al enviado de España cerca del rey de Prusia, don José León García de Pizarro. Este caballero me recibió de una manera bastante incorrecta, diciéndome incontinenti que no me podía dar socorro alguno, a lo cual contesté yo con altivez que no le pedía socorro, sino que firmase mi pasaporte.
Al volver a la posada me encontré a Aviraneta hablando con un oficial español, don Rafael del Riego, que también se había escapado de Chalon-sur-Saone.
Riego y yo no comulgábamos en las mismas ideas y nos saludamos poco efusivamente. Era Riego entonces un joven moreno, bajito, de cara larga y chupada y cabeza grande para su estatura. Tenía ojos expresivos y lánguidos, la voz chillona, de un timbre muy agudo, y el pelo negro y abundante. Estaba en Francia desde que fué hecho prisionero en la batalla de Espinosa; había aprendido muy bien el francés, y era de los afiliados a lo masonería.
IX
LAS CORNETAS EN LA SELVA NEGRA
La hora señalada para la salida de la diligencia de Basilea, que debía ser las siete de la mañana, se retrasó con motivo de estar todos los caballos embargados para conducir el tren del ejército aliado hasta las seis de la tarde. Todo este tiempo estuvimos esperando a que llegaran algunos caballos a la posta.
Nos pusimos en camino ya obscuro, con un tiempo malísimo.
Afortunadamente, éramos los primeros, y Corina, Aviraneta, Riego y yo tomamos los mejores sitios.
Viajamos toda la noche, sin adelantar gran cosa.
En cada parte teníamos que detenernos cuatro o cinco horas para aguardar la llegada de caballos; luego era menester esperar a que comiesen y descansasen y a que los postillones, con su acostumbrada calma, acabasen de fumar la pipa y beber el aguardiente, que, eso sí, bebían con rapidez y como si fuera agua.
—¿Pero cuándo salimos?—les preguntaba yo, impaciente.
Ellos contestaban: ¡gleij!, ¡gleij!, que parece que quiere decir: ahora, al momento; pero el momento no llegaba nunca. Lo mismo daba que fuera Fritz, Frantz o Peter. Todos eran igualmente pesados, calmosos, de una flema desesperante. Cuanta más prisa manifestaban los viajeros, menos prisa se daban ellos, y con este motivo conseguían quemarnos la sangre. A todo decían: Ya... ya...
Luego, como los caballos estaban aspeados y cansados y había nieve, barro y grandes charcos, marchábamos a paso de tortuga.
Los caminos se iban poniendo peor que los días anteriores; en vez de nevar, llovía, y la nieve se convertía en cieno.
Antes de llegar a Friburgo de Baden atravesamos un bosque muy extenso. Se llama este bosque la Selva Negra; en alemán: Schwarz-Wald.
Uno de los viajeros contó que, al principio de la Revolución, habían matado allá a unos enviados franceses encargados de una misión por el Gobierno jacobino.
Con este motivo se habló de los ejércitos improvisados por la Revolución Francesa, y volvimos al eterno tema de nuestras discusiones sobre si era mejor la tradición o el progreso. Corina y yo defendíamos la tradición: Corina, como una idea a la moda; yo, no, por convencimiento.
—Para mí, lo más simpático en la vida es la improvisación, maniobrando en lo imprevisto—decía Aviraneta—. Prefiero un general improvisado a un general viejo; prefiero un político nuevo a uno viejo.
—Pero si no hubiera tradición en la sociedad faltaría lo más hermoso de la vida—replicaba Corina.
—Para mí, la tradición es un principio sin valor.
Riego abundaba en las mismas ideas. Los dos eran por el estilo. Sobre todo a Aviraneta le comenzaba a conocer bien.
Sus planes no eran madurados. Entreveía algo y se lanzaba en su busca, y luego lo desarrollaba según las circunstancias.
Aunque se jactaba de tener proyectos estudiados, en el fondo no los tenía, y los iba modificando a medida que los realizaba. A Riego le pasaba lo mismo.
A mí me dijeron que no podría ser nunca mas que un oficial que cumpliese. Y yo repliqué:
—En cambio, vosotros podréis ser buenos coroneles, jefes de partida; pero vuestras condiciones no valen para ser generales.
Con esta discusión llegamos a Friburgo de Baden y comimos en el hotel de la Tête d'Or, hotel de estilo francés, con un hermoso jardín.
Partimos de Friburgo, y poco después subimos una cuesta muy alta, desde donde se descubría, entre la niebla, una extensión de país inmensa, y se dominaba toda la ciudad.
Al escalar la cuesta tuvimos una verdadera función musical. Nuestro postillón, como todos los de Alemania, llevaba una corneta de posta, que tocaba de tiempo en tiempo para avisar a los carros y caballos que interrumpían el paso. Estas cornetas de posta tienen las notas afinadas con la octava baja del clarín ordinario, y su sonido es muy agradable.
Ibamos envueltos en la niebla cuando se reunieron, una detrás de otra, cuatro diligencias en fila, y los cuatro postillones comenzaron a tocar sus cornetas de una manera tan armónica, que causaba asombro. La idea de atravesar un bosque, llamado la Selva Negra, entre la bruma, oyendo aquellos aires de trompa, me producía la impresión de que íbamos a una cacería fantástica en un mundo de sueño.
Sin duda, los alemanes tienen un gran instinto musical, porque si se hubiera tratado de franceses no hubieran podido hacer los acordes tan admirablemente.
Corina y yo únicamente podíamos comprender el sentido de armonía que se necesitaba para aquello. Riego y Aviraneta se manifestaban insensibles a la música. Eran hombres de acción, a quienes únicamente gustaba el movimiento, el peligro. Se veía que para ellos no había más vida que la vida exterior: vencer las dificultades del momento y cambiar por el esfuerzo las circunstancias adversas en favorables.
Ninguno de los dos podía recrearse en la contemplación del mundo interior: para ellos, la poesía, la música, la belleza del cielo y de la naturaleza no significaban nada.
Sobre todo para Aviraneta; la única vida estribaba en hallarse metido en un infierno de dificultades, en un torbellino ciego, al cual pretendía dominar.
Esta tensión de la voluntad era en él lo principal; las ideas, en el fondo, creo que le preocupaban menos de lo que él se figuraba. Tenía la furia de hacer por hacer, y, como consecuencia lógica, la música le decía poco.
X
LAS POSADAS DEL CAMINO
Seguimos viajando toda la tarde y toda la noche, haciendo en cada posta nuestros acostumbrados altos, amén de los que hacían por su gusto los conductores de la diligencia. Estos eran indispensables. En un pueblo, un encargo; en el otro, un trago; aquí, un momento de charla con los amigos; allí, un instante para encender la pipa. Los postillones y cocheros se divertían. Nosotros, en cambio, nos aburríamos. Lo peor era que de noche no podíamos dormir. En casi todas las postas donde se renovaban caballos teníamos que aguardar algunas veces tres y cuatro horas; pero como siempre creíamos que de un instante a otro nos iban a comunicar el momento de partir, estábamos inquietos. Si nos sentábamos en la estación de diligencias al lado de la estufa, con la idea de no perder el coche, no podíamos conciliar el sueño, y si daba uno unas cabezadas, más le servían para dejarle a uno lánguido que para alivio. Unicamente Corina dormía tranquilamente, apoyada sobre el hombro de cualquiera de nosotros.
Varias veces me quejé a los conductores de las diligencias, diciéndoles que no nos indicaban el tiempo preciso que íbamos a esperar; pero me contestaban encogiéndose de hombros, dando a entender que ellos no tenían la culpa.
Yo, durante mucho tiempo, no pude descansar. La falta de sueño me tenía intranquilo y nervioso.
Las pequeñas posadas y casas de posta donde hacía alto las más veces la diligencia eran curiosas para el que no las hubiera visto, pero muy incómodas. En general, toda la gente de la casa, de miedo al frío, se reunía en la cocina o en el cuarto próximo a ella, en el cual había siempre una estufa grande encendida en medio.
El cuarto solía estar con las puertas y ventanas cerradas herméticamente.
Las estufas, por lo regular, eran de hierro y la mayor parte del tiempo estaban rojas.
Alrededor de la estufa se congregaban familia y huéspedes, y éstos, sentados o tendidos.
A la gente de la casa se la veía echada sobre un mal jergón o sobre un banco tan estrecho que no podían estar sino de lado.
Allí dormían y roncaban como si estuvieran en la mejor cama del mundo, todos revueltos, padres, hijos y yernos.
Las camas que se encontraban en algunas de estas posadas para los pasajeros eran unos cajones colocados el uno sobre el otro, a estilo de cómoda; de manera que al que le tocaba el último de arriba tenía que subir por una escalerilla para ir a buscar su cama, y los de abajo estaban con el recelo de que el cajón de encima se desfondara y viniera a caer sobre ellos en medio de la noche.
Cuando después de haber pasado algún tiempo al aire libre se entraba de pronto en estos cuartos, achicharrados por el calor de la estufa, parecía que se metía uno en un horno, pues además del terrible calor había una nube espesa del humo de las pipas de postillones y cocheros. Este calor y tufo que reinaba en habitaciones tan cerradas era muy desagradable e incómodo para el que no estaba acostumbrado.
A pesar del fuego de la estufa el suelo se veía siempre húmedo y era difícil tener los pies secos. Los que iban viniendo de fuera traían un poco de nieve pegada a los zapatos, que al derretirse iba produciendo la continua humedad del piso.
Como el cambio brusco del calor al frío se consideraba bastante peligroso, los cocheros y postillones llevaban siempre la pipa encendida y entraban y salían envueltos en nubes de humo.
Estas posadas pobres se encuentran únicamente en el camino, porque en las ciudades las hay muy buenas y muy aseadas, aunque me parecieron siempre mejores las de Francia.
Dejamos los alrededores de Friburgo; dejamos la Selva Negra; pasamos varias pequeñas aldeas, y llegamos a Offemburgo.
Tuvimos aquí el honor de que el gran duque de Wutzburg viniese a parar a la misma posada en que nosotros estábamos, que era la Casa de la Posta. El gran duque era hermano del emperador de Austria y se le parecía mucho.
No sé si Corina le conocía de antemano, pero ella fué la que nos presentó a su alteza.
El gran duque se quedó una noche y luego continuó camino para Basilea con su escolta y su acompañamiento. La llegada de este gran señor fué causa de que nosotros nos quedásemos más tiempo en Offemburgo que el que pensábamos, porque se llevó todos los caballos que había en la posta y fué preciso aguardar a que los que él había dejado descansasen.
Ganisch me contó que Eugenio y Riego eran rivales ante madama de Hauterive; que los dos se consideraban los preferidos; pero que el gran duque de Wutzburg les había ganado la partida llevándose la dama.
Advertí al criado que no me contara más torpezas, y él se encogió de hombros groseramente.
XI
CORINA DESCUBRE ESPAÑA Y ARTEAGA A BEETHOVEN
Al llegar a Radstadt madama de Hauterive, nuestra Corina, nos invitó a comer en casa de su madre con otras varias personas.
Fuimos todos, incluso el criado o familiar de Aviraneta, llamado Ganisch, a quien Eugenio aleccionó para que no hablara.
Comimos espléndidamente y recordamos las peripecias del camino.
Corina dijo a su madre, riendo, que nunca se había divertido tanto como en aquel viaje.
Después quiso descubrirnos España y decirnos cómo éramos los españoles.
—Ustedes, en el fondo, son gentes que tienen poca vida interior—nos dijo—, con cualidades, con virtudes, sobre todo con mucha fuerza orgánica, con mucha elasticidad, pero con muy poca conciencia. Se ve que a ustedes les entusiasma lo difícil. Un pueblo compuesto por tipos así no puede ser un pueblo; será, más que nada, una agrupación de individuos, de individuos grandes, duros, de hombres a lo Hernán Cortés o Pizarro; pero no un pueblo. Yo prefiero con mucho mi país, Alemania, en donde la clase pobre es sensual, obediente y humilde. Claro que un alemán no sabrá desenvolverse a solas tan bien como ustedes, pero sabrá obedecer. En toda nación es necesaria una aristocracia inteligente que dirija y una masa que siga, y por lo que ustedes dicen, en España no tienen ni pueblo, ni aristocracia.
Aviraneta y Riego se pusieron a rebatir los conceptos de esta señora; yo no quise decir nada; en el fondo, me parecía ridículo el que una mujer pretendiese conocer un país por cuatro o cinco personas naturales de ese país que había tratado.
Después Corina comenzó a atacarnos en nuestra religión. Según ella, los católicos, sobre todo los católicos españoles, no éramos cristianos mas que de nombre; no teníamos conciencia.
Yo le advertí que no debía juzgarnos tan a la ligera; pero ella aseguró que ya nos conocía hasta lo hondo, y concluyó diciendo que nosotros, los españoles, éramos hijos de Roma, y que ellos, los alemanes, pretendían y deseaban ser hijos de Atenas.
Yo, por mi parte, no tenía para qué oponerme a esta filiación.
Después de comer llegaron otras personas y estuvimos charlando.
La madre de Corina, al oír que yo hablaba de literatura, me preguntó si conocía las obras de Goethe; le dije que no, porque no sabía el alemán, pero que había tenido el gusto de leer Werther, traducido al francés. A pesar de encontrar su obra soberbia, yo consideraba tan grande y tan hermosa el René, del vizconde de Chateaubriand, y casi también la Nueva Eloísa. La mayoría de los presentes protestaron, asegurando que la obra de Goethe era superior a la de Chateaubriand, y un señor inglés dió la nota cómica. Para este señor, Werther era un ente tan ridículo y tan fatuo como René; respecto a la Nueva Eloísa, le parecía el libro más declamador y más necio que se había escrito.
Después de hablar de literatura, este inglés se puso a comentar la política del tiempo, y dijo que era una prueba de bestialidad la guerra y el matarse así.
La mayoría de los presentes asintió a las afirmaciones del inglés; pero un joven profesor repuso que era indispensable para el desarrollo de la gran nación alemana, victoriosa en Leipzig, la primera en las ciencias y en las artes, expulsar de su territorio a conquistadores tan bárbaros y tan superficiales como los franceses.
La Alemania del sueño, de la poesía, de la metafísica, no podía estar bajo las botas de los soldados de Napoleón, meridionales advenedizos, mozos de posada y de cuadra, groseros sorbedores de aceite, llenos de galones y de plumas.
Me pareció absurdo que los alemanes se consideraran más civilizados que los franceses, y como si el joven profesor notara en mi aspecto la duda, citó a Lessing, a Kant, a Herder, a Schelling, a Fichte, a Hegel y a una porción de nombres más que, ciertamente, yo no conocía.
Un estudiante dijo que se estaba desarrollando entre los alemanes un entusiasmo patriótico extraño por lo inesperado. Todo el mundo hablaba de que era preciso renunciar a lo extranjero, y principalmente a lo francés, cambiando de ideas, de costumbres, de política y hasta de trajes.
Había patriotas que recomendaban una indumentaria gótica para andar por las calles, cosa que a él le parecía completamente grotesca.
El joven profesor replicó que el punto de vista del estudiante era mezquino y francés; que Alemania necesitaba aislarse, reconcentrarse, para ser la directora del mundo científico, y que aquella tendencia patriótica era admirable.
Riego preguntó al profesor qué idea tenía de los españoles, y el profesor dijo:
—Yo tengo la costumbre de no tener ideas de las cosas que no conozco.
—Está muy bien esa probidad—replicó Corina—; pero si no se tuviera opinión mas que de las cosas que se conocen muy bien, no se podrían tener mas que un número muy corto de opiniones.
—No se perdería con esto gran cosa—replicó él.
Luego dijo que en un libro de un célebre filósofo—creo que se refirió a Kant—se asegura que los turcos son gentes que lo ven todo por su lado negativo. Así, un turco que quisiera definir los países europeos, llamaría a Francia el país de la moda; a Inglaterra, el país del spleen; a España, la tierra de los antepasados...
Esta era la única opinión del joven profesor; suponía que España era país de recuerdos, de ideas antepasadas y de hombres antepasados; país que había quedado separado de la cultura general de Europa, como las aguas de una marisma quedan separadas de las aguas del mar.
Riego y Aviraneta afirmaron que no había tal; que existía el contacto entre España y el resto de Europa; que así se había podido dar en España, antes que en otra nación europea, unas Cortes como las de Cádiz, que continuaban las tradiciones de la Revolución Francesa.
A esto contestó el alemán diciendo que la Revolución Francesa no era mas que un conjunto de ideas inglesas y alemanas, vestidas a la moda clásica y desarrolladas en un ambiente de locura sanguinaria.
Aviraneta hubiera replicado con violencia, de no salir Corina al paso, invitándonos a ir al salón.
Allí, una señorita cantó un trozo del Don Juan, de Mozart. Me pareció una cosa maravillosa. Tanto me gustó, que a un joven que iba a sentarse a una clave moderna hecha en Alemania, que llaman piano forte, le dije que casi le agradecería no tocara nada, porque con el recuerdo de la canción de Mozart era feliz.
—No, no; oiga usted—dijeron todos—: va a tocar a Beethoven. Es el genio musical más grande de Europa.
Efectivamente; tocó dos sinfonías: una, llamada Pastoral, y la otra, Heroica.
El joven profesor, al ver que yo estaba entusiasmado con estas sinfonías, me dió una serie de explicaciones estéticas y filosóficas acerca del arte de Beethoven, tan claras, que yo no comprendí palabra; me habló de la cosa en sí, de lo nouménico, de lo fenomenal.
Yo le di las gracias por sus comentarios.
No tengo palabras para expresar mis impresiones. Sólo sé que aquella noche fué para mí inolvidable y que me sentí feliz y desgraciado al mismo tiempo.
Antes de cenar, nos despedimos del ama de la casa. Aviraneta y Riego discutieron en la calle acerca de la superioridad de Alemania, que afirmaban como artículo de fe los amigos de Corina. Yo iba preocupado con aquellas frases musicales extraordinarias que acababa de oír.
—¿Os habéis fijado en las sinfonías que ha tocado ese joven?—le pregunté a Eugenio.
—¡Sí, hombre, si!—contestó él—. ¡Qué cosa más pesada! Nunca me he aburrido tanto.
XII
INTENTO DE DUELO
Al día siguiente llegamos a Carlsruhe, ciudad muy amplia, hermosa, que forma un semicírculo, con calles que irradian del centro como las varillas de un abanico. Parece que la construcción de esta ciudad se debe al capricho de un margrave.
Vimos la magnífica plaza central que hay delante del palacio del gran duque de Baden, donde dicen que pueden evolucionar con facilidad hasta ochenta mil soldados.
El interior del palacio se asegura que es admirable; pero nosotros no tuvimos el gusto de ver mas que los jardines.
Después del paseo matinal fuimos a comer a una posada llamada Rothes Haus, la Casa Roja.
El amo y el ama se sentaron a la mesa con los huéspedes y nos trajeron una comida bastante mala, en la que figuró la choucroute, cosa que me pareció horrible.
Aviraneta y Riego trabaron conversación con un mayor holandés, el mayor Witkamp, y éste se puso a decir pestes de los católicos, y sobre todo de los españoles. Eramos el país de Felipe II y del duque de Alba, de los inquisidores y de los matadores de judíos.
Además de lo irritantes que eran para mí sus afirmaciones, concluyó de molestarme el vecino de la mesa, un alemán grueso y rojo, que al oír lo que decía el mayor holandés de los católicos se reía, se sonaba y estornudaba encima del plato.
Ya asqueado y molesto, y viendo que el alemán sabía francés, le dije:
—Monsieur, vous etes un degoutant personnage.
El alemán se me quedó mirando asombrado, y yo repetí la frase, recalcándola:
—Je dis que vous etes un degoutant personnage.
El alemán, al oírme, se levantó, cogió un plato y me dió con él en la cabeza; yo le tiré una botella; me agarró él del brazo; yo, de la solapa; tiramos la vajilla y los cubiertos al suelo y armamos el gran estrépito.
Se mezclaron los de la mesa; el alemán se explicó en su lengua y yo conté lo ocurrido en francés. El alemán, al parecer, dijo que él no se reía de mí, y que si se sonaba con frecuencia era porque estaba acatarrado.
Había entre los comensales un francés tuerto, con un agujero de una bala en la mejilla, que parecía llegarle al cogote, y un brazo de menos.
Este francés, sin que se le encomendara misión alguna, afirmó que el alemán y yo habíamos concertado un duelo y que estaban nombrados los padrinos. El duelo se verificaría en el jardín del hotel.
Salimos al jardín el alemán y yo; Riego y Aviraneta me siguieron. El francés no se sabe de dónde sacó dos sables, y me entregó uno a mí y otro al alemán. Luego intentó ponernos frente a frente.
El alemán, que no se había enterado hasta entonces de qué se trataba, y que creía quizá que íbamos a darnos de puñetazos en el jardín, al ver lo que le proponían cogió el sable, lo tiró al suelo, lo pisoteó con furia, nos insultó a todos en su lengua y se marchó.
XIII
ALEGRÍA Y HAMBRE
Después de aquella ridícula escena se hicieron bastante amigos nuestros el francés tuerto del agujero en la mejilla, llamado Braquemond, y el mayor Witkamp.
Los dos iban, como nosotros, hacia Holanda, y como llevaban el mismo camino, decidimos seguirlo juntos.
El mayor Witkamp tenía la costumbre de viajar provisto de botellas de licor del más fuerte que encontraba, y lo prodigaba sin tasa.
Bajo la influencia de los licores del mayor pasamos Heidelberg, cuyo castillo vimos cubierto de nieve; comimos abundantemente, nos metimos en la diligencia, y seguimos adelante cantando, vociferando y riendo, dentro de aquel estrecho espacio, hasta que nos quedamos todos dormidos.
No sé el tiempo que pasamos así; supongo que fué un día entero; lo que recuerdo es que desperté por la noche bostezando de hambre.
La excitación de los licores del mayor Witkamp había pasado, y todo el mundo se sentía hambriento.
Por la noche hicimos alto para comer un bocado en un pueblo muy miserable.
Llegamos a una posada, llamamos, y tardaron mucho en abrirnos la puerta.
Eran las doce de la noche. Al pasar adentro encontramos dos cosacos que estaban acostados en el suelo al lado de la estufa, durmiendo tan profundamente, que ni nuestras voces ni el ruido que hicimos pudo despertarlos; parecían capuchinos por sus barbas, que les caían hasta la cintura, y tenían una cara espantosa.
Lo único que encontramos de comer en aquella posada fué un poco de cecina muy dura, que aderezamos con aceite y vinagre, y pan de centeno sumamente negro.
Mientras tomábamos esta cena, con un apetito desordenado, nos contaba el tabernero, que era un joven de unos veinte años, con una cara triste e indiferente, que en aquel pueblo había pocos vecinos, porque la mayor parte habían muerto de una epidemia reinante.
—¿Hay epidemia aquí?—le preguntamos.
—Sí, desde que pasó el ejército francés en retirada —contestó él—. Como dejó muchos enfermos en todos los pueblos de su tránsito se ha corrido el mal.
—¿Y en esta casa ha muerto alguno?—le dijo Aviraneta.
—Nada más que mi padre—contestó él—. Ahí, en ese banco donde ustedes están, murió—dijo, señalando al nuestro.
—¿Sería ya viejo?
—No, no era viejo—replicó el joven—. Lo que sí era que estaba muy gordo. El pobre hombre tenía mucha conformidad. Aquí vivíamos antes de la guerra mi padre y dos hermanas. Lo pasábamos bien; pero vino la guerra y nos fastidió.
—Pues ¿qué les ocurrió a ustedes?—le preguntamos.
—Nada; a una de mis hermanas se la llevaron los austriacos, y a la otra la violaron los franceses y la dejaron embarazada y sifilítica. Mi padre, al saberlo, dijo que así estaría escrito. Cuando le dió este mal y se tendió en ese banco, lo único que le molestaba era una gotera que le caía en el cuello. Estuvo unos días delirando, hasta que murió.
—¡Qué desdicha!
—Sí; entonces un pariente mío y yo le vestimos y le pusimos los pantalones, cosa difícil, porque estaba muy hinchado. A media noche el vientre le hizo plaf, y reventó. Fué su única protesta.
El joven posadero nos siguió contando otros horrores con la misma indiferencia; pero no nos quitó las ganas de comer. ¡Tanto se animaliza uno! Bebimos después, vaso tras vaso, de los licores del mayor Witkamp; fumamos luego, y nos tendimos en el suelo.
LIBRO TERCERO
DEL RHIN AL TÁMESIS
I
EL JUDÍO DE FRANCFORT
De Darmstadt, pueblo en donde paramos pocas horas, en un barrio antiguo, con calles angostas y muchos jardines con rejas a la calle, recuerdo solamente el hermoso parque del palacio ducal.
Entre Darmstadt y Francfort hay una llanura arenosa y monótona, pobre y sin vegetación.
Llegamos a Francfort por la mañana y nos alojamos en una posada llamada Cour de Paris. El mayor Witkamp, conocedor de la ciudad, nos mostró en el puente de piedra sobre el Main los agujeros de las balas y granadas, huellas de la lucha sostenida allí entre el ejército francés y el aliado después de la batalla de Leipzig.
Por las calles de Francfort se veían a cada paso oficiales rusos, austriacos y bávaros, y una nube de mujeres alegres alemanas, francesas, italianas y polacas.
Unos y otras, según el mayor Witkamp, llevaban la quintaesencia de la sífilis de Oriente y de Occidente.
Aviraneta, que tenía una gran inclinación por desacreditar todo lo que fuera autoridad, dijo que había oído que los generales del ejército aliado, que venían a imponer la Monarquía de Derecho Divino, eran más ladrones aún que los generales franceses; que se tragaban armamentos, uniformes, medicinas, como píldoras.
—Todos son iguales, sean franceses, alemanes o rusos—dijo el mayor Witkamp—. Militar y ladrón son sinónimos.
Después de comer fuimos a un café; y estábamos hablando castellano cuando se nos acercó un hombrecito, pequeño, moreno, con la nariz corva, la barba entrecana y los ojos brillantes.
—¿Son ustedes españoles?—nos preguntó.
Y al decirle que sí, se nos quedó mirando ensimismado y comenzó a hablar.
¡Pero qué manera de hablar! Era un chaparrón de palabras. Cuando concluía un período repetía afirmativamente: Sí... sí... sí..., como para no perder el derecho de seguir hablando.
Este hombre era judío, de origen español, y nos habló de España y de los judíos en un castellano arcaico. Decía agora por ahora, aínda por todavía, y empleaba giros muy extraños.
—Vosotros los cristianos de Castilla—exclamó gesticulando—creéis que nosotros os guardamos rencor porque quemasteis a nuestros remotos, y debíamos guardarlo; pero, no, no tenemos odio. No; nosotros amamos a España; ése ha sido el país donde hubo un florecimiento más bello del alma hebraica. Sí, sí, sí, amamos a España, Toledo, Sevilla, Granada, Córdoba... Allí vivió nuestra raza; allí fueron príncipes, poetas, banqueros... Sí, sí, sí...
Después se puso a comparar la religión judía con la cristiana, y decía:
—La religión hebraica es religión de vida; la cristiana es religión de muerte, y la católica es sólo paganismo, paganismo nada más. Sí, sí. Y nuestra religión es justicia... Nosotros no tenemos la palabra limosna; entre nosotros, dar al pobre es restituír, es hacer justicia, no es dar limosna. Entre nosotros no existe la limosna. Sí, sí, creedlo, creedlo. Sí... sí... sí...
Y seguía así con aire de inspirado, los ojos brillantes y las manos temblorosas.
Aviraneta y Riego le escuchaban. No comprendo cómo podían oír con calma las blasfemias e impertinencias de aquel miserable enemigo de la religión.
Este judío, que se llamaba Salomón Blumenkhol, tenía grandes agravios que vengar de los alemanes. Estos bárbaros, en tiempo de Federico el Grande, habían obligado a los judíos a cambiarse de apellidos y abandonar sus Levy, sus Cohen, sus Israel, y para burlarse de ellos les habían dado apellidos ridículos; así él, un Levy descendiente del rey David, se llamaba Blumenkhol (coliflor), el rabino de Francfort se llamaba Zanahoria, y otros. Patata, Ratón, Zapatilla, etc.
Los alemanes, según el señor Coliflor, odiaban a los hebreos; llegaban a poner en las tiendas letreros como éste: «No se permite la entrada de judíos ni de perros».
El señor Coliflor preguntó a Aviraneta y a Riego si eran liberales, y al saber que eran masones quiso llevarlos a su casa.
Salimos del café, cruzamos calles estrechas tortuosas, negras, algunas con las fachadas pintadas y con torres en las esquinas, y llegamos a la calle de los judíos, Judengasse, calle más miserable y más estrecha que las demás, en cuyo extremo se encontraba la sinagoga.
Por lo que dijo el señor Coliflor, antiguamente la calle se cerraba con puertas y cerrojos. El judío nos llevó a su casa, nos obsequió con té y después nos condujo a una imprenta próxima, donde nos presentó a un hombre alto y joven que no hablaba francés y con el cual hubo que entenderse teniendo al judío por intérprete.
Este impresor era de una Sociedad secreta llamada Tugendbund (asociación de la virtud), constituída con un objeto mixto, medio liberal, medio patriótico. Parece que los asociados trabajaban con un enorme entusiasmo por la unidad alemana formada alrededor de Prusia, y que las dos cabezas principales eran: el ministro prusiano, barón de Stein, y un poeta llamado Mauricio Ernesto Arndt, que había publicado canciones patrióticas, atacando a Napoleón y elogiando a los alemanes.
Aviraneta y Riego quisieron enterarse de lo que hacían las Sociedades secretas en Alemania, y el impresor habló de la masonería y de la Secta de los Iluminados, con su procedimiento del triángulo, formada por Adan Weishaupt y su compañero Filon Knigge. Las dos Sociedades habían ya casi desaparecido, y con sus restos se habían fundado la Tugendbund y la Burchenschaft (reunión de estudiantes). Estas, abandonando las cuestiones místicas y religiosas, se dedicaban a una obra liberal y patriótica más inmediata.
La Tugendbund conservaba un aire misterioso y romántico, según nos dijo el impresor. Los individuos que pertenecían a ella iban a las sesiones vestidos a la antigua alemana, cordón blanco y negro al cuello, del que colgaba un puñal adornado con una calavera y la leyenda en latín Ultima ratio populorum.
El impresor nos dijo que a esta Sociedad había pertenecido Fichte, célebre profesor que había escrito un discurso a la nación alemana que, a la verdad, ni Riego, ni Aviraneta, ni yo conocíamos.
El impresor afirmaba, con entusiasmo, que Alemania era el primer país del mundo por su espíritu. La ciencia alemana, la filosofía alemana, la cultura alemana estaban por encima de todo.
Ya cansados de disertaciones, nos despedimos del patriota y volvimos a nuestra fonda acompañados del señor Coliflor, que no quería separarse de nosotros.
II
UN BURGOMAESTRE OSADO Y UNA VIEJA IRACUNDA
Por la mañana nos levantamos muy temprano, y en vista de que no había posibilidad de encontrar coche, tomamos un carro los cuatro españoles, el mayor Witkamp y un capitán italiano herido en una batalla cerca de Dresde. Braquemond, el inválido, sin duda se quedó en Francfort.
El italiano no tenía más preocupación que su uniforme. Vivía pendiente de que no se le manchara, y constantemente se estaba mirando las mangas y los pantalones.
De día llegamos a Koenigstein. Era tal el saqueo que habían efectuado allí franceses y aliados, que no quedaba una migaja de pan en el pueblo.
El italiano comenzó a quejarse y a decir que con la debilidad que se encontraba y sin comida se iba a morir. El mayor Witkamp le alargó una botella de licor para que disimulara un poco el hambre, y seguimos adelante. El italiano, excitado, nos preguntó qué éramos; le dijimos que españoles, y nos habló mal de España. Decía que la decadencia de Italia se debía a los españoles. Si no hubiera sido porque estaba herido y enfermo, le hubiera enseñado a hablar de nosotros con más respeto.
Llegamos a media tarde a Limburgo y nos dijeron que allí se cebaba la epidemia de una manera inusitada y que se morían hasta los perros.
Ganisch, el criado o amigo de Eugenio, dijo que en su país, cuando había una epidemia semejante, se solía llevar el ángel San Miguel desde el monte Aralar, de Navarra, y se curaban en seguida los hombres y las bestias. El sentía que Aralar estuviese tan lejos, que si no...
Aviraneta, de pronto, dijo incomodado que no comprendía cómo un hombre que andaba con él podía ser tan burro para creer estas cosas. Ganisch dijo que era lo que decía todo el mundo. Riego se puso de parte de Aviraneta y yo defendí a Ganisch.
Cuando se explicó al mayor Witkamp de lo que se trataba, el mayor exclamó:
—¡Supersticiones! ¡Supersticiones!
Olvidamos pronto este punto y discutimos lo que había que hacer. El italiano dijo que él se quedaba allí porque no podía más; lo dejamos en una posada que se llamaba Preussiseher Hor, y nosotros seguimos adelante en el carro.
No sé si era antes o después de llegar a Altenkirchen, pueblo nombrado porque en él murió el general francés Marceau, cuando nos paramos de noche en una aldea casi hundida en la nieve.
Llamamos en la posada, y el posadero nos dijo que nos podía dar unas patatas pagándolas a doble precio, pero que no tenía sitio donde ponernos a dormir.
Asamos nosotros mismos las patatas al fuego, las comimos, bebimos un aguardiente muy malo y nos decidimos a tendernos en el suelo.
El posadero dijo que allí no podía ser, porque tenía que dormir él con su familia, y que nos fuéramos.
—Nada; vamos a ver al burgomaestre—dijo el mayor.
Salimos de la posada y, pasando por zanjas abiertas entre la nieve, llamamos en casa del alcalde; le hicimos bajar, y el mayor le explicó en alemán lo que deseábamos.
Era la primera autoridad del pueblo hombre grueso, fuerte, de pelo rojo y rapado, la cara redonda, las cejas salientes y el aire de demonio.
—Aquí no hay camas ni posada—gritó el burgomaestre furioso—; todas las casas están llenas. Además, este pueblo no es de tránsito de tropas.
—¿Pero no podríamos entrar bajo techado?—preguntó el mayor.
—Aquí, no; váyanse ustedes a otro pueblo.
En esto acertó a pasar una patrulla con un oficial. Al ver nuestro grupo se acercó. Precisamente el oficial había estado en España. Le expliqué yo lo que pasaba, creyendo que sabría reducir a la obediencia a aquel bürgermeister bárbaro y selvático; pero, no.
El burgomaestre volvió a asegurar que no había camas en el pueblo, y añadió que estaba deseando que la epidemia reinante acabase con todos los militares de la tierra, alemanes, franceses, españoles o rusos, sanguijuelas del país, gorrones, canallas, bandidos, que no dejaban a nadie vivir en paz.
Se le dijo que el Ayuntamiento nos podría indicar un sitio donde dormir y que le pagaríamos lo que fuera. El contestó que el Ayuntamiento no quería dinero robado.
Como hablaba en alemán, yo no me enteré de las palabras de tan audaz enemigo del ejército. Si le hubiera entendido le hubiera castigado a aquel miserable que así insultaba a la institución más noble de la sociedad, defensora de la patria, espejo de la hidalguía y de los sentimientos caballerescos en todas las naciones.
En vista de la acogida que nos dispensaban, no tuvimos más remedio que volver al carro y seguir nuestro camino. La noche estaba clara y fría; en las afueras del pueblo había un montón de ataúdes que, sin duda, habían dejado allí por no poder llevarlos al camposanto. Despedía aquello una peste que echaba para atrás. Apresuramos la marcha, y a la hora u hora y media de salir pasamos por delante de una casa bastante grande que había a un lado de la carretera, y nos decidimos a pedir auxilio.
Llamamos repetidamente durante un cuarto de hora. La lluvia arreciaba cada vez más. La carretera estaba convertida en un pantano y nos hundíamos en el barro hasta las rodillas.
En vista del silencio nos decidimos a entrar en la casa, pasara lo que pasara.
Aviraneta y Riego, el uno por un lado, el otro por otro, escalaron unas ventanas y entraron en la casa. No había nadie. Abrieron la puerta, entramos todos, llevamos los caballos al pesebre, y yo, siguiendo el ejemplo del mayor Witkamp y de los demás, me metí a dormir en una cama.
A la mañana siguiente nos despertó la gritería de una vieja, guardiana de la casa, indignada de nuestra audacia y desfachatez.
El mayor Witkamp la quiso tranquilizar y pagarle algo del perjuicio causado; pero la vieja estaba fuera de sí; nos llamó cien veces ladrones, salteadores, y dijo que iba a ir al pueblo próximo a avisar a la justicia. Luego, sin duda, pensó que el pueblo estaba lejos y se quedó refunfuñando.
Nosotros preparamos el carro y continuamos nuestra marcha. La vieja nos siguió durante algún tiempo tirándonos piedras e insultándonos, hasta que Ganisch, cogiendo un palo como si fuera un fusil, le apuntó desde el fondo del carro. Entonces la vieja echó a correr chillando, volviéndose y amenazándonos con el puño desde lejos.
A media mañana el mayor sacó unos embutidos, un jamón y un par de quesos de un saco.
—¿De dónde ha salido esto?—pregunté yo.
—Lo he cogido de la despensa de la casa—contestó él con indiferencia—. También he arramblado con unas botellas.
—¡Cómo estará la vieja cuando lo sepa!—dijimos.
Comimos muy bien; llegamos a Siegburgo, cuyas posadas y fondas estaban todas ocupadas, y tuvimos que ir a dormir a un pueblo próximo.
III
EL PASO DEL RHIN Y LA «LANDSTURM» DE COLONIA
Camino adelante íbamos viendo la silueta de Colonia, con las torres de su catedral no concluídas y los baluartes de sus murallas.
El mayor holandés se marchó a Mulheim y nosotros fuimos a Deutz, pequeño pueblo frente por frente a Colonia, que casi se puede considerar como un barrio, donde se reúnen las barcas para pasar el Rhin, que en este punto tiene una anchura de un tiro de cañón.
Cuando el río está helado suelen cruzar muy bien por encima del hielo, de una orilla a otra, hombres y carros, y a veces ha cruzado hasta la artillería.
Había al llegar nosotros al embarcadero mucho barullo, porque pasaba un regimiento de coraceros alemanes y este paso del río era operación larga y difícil.
El Rhin estaba en parte helado y en parte no. Nosotros nos metimos, sin pedir permiso a nadie, en una de las barcas que aguardaban en la orilla, ya cargadas de tropa.
Costó mucho trabajo cruzar de una orilla a otra. El canal transversal se interceptaba con grandes bloques de hielo y había que ir apartándolos a fuerza de palancas.
Además, el centro del río, que estaba ya enteramente deshelado, tenía mucha corriente y era muy difícil llevar la barca en la dirección necesaria.
Algunos pasaron en balsas arrastradas por caballos que marchaban por encima del hielo.
Ya en la otra orilla estábamos en Colonia, y entramos en la ciudad.
Colonia había pertenecido a Francia hasta hacía unos días, y al llegar nosotros la ocupaban los rusos.
La gran preocupación de los comerciantes de Colonia en aquel momento era borrar todos los nombres de las muestras y anuncios que recordaban la dominación francesa. El café de París se llamaba desde entonces de Viena o de San Petersburgo; la fonda de Francia, fonda de Alemania, y allí donde estaba escrito en francés coiffeur, cordonnier, se ponía perru ckenmacher, schuhmacher, peluquero y zapatero en alemán.
Fuimos a ver al gobernador, un coronel ruso que nos firmó los pasaportes y nos dijo que podíamos seguir el camino por donde se nos antojase.
Hubiéramos querido ir por la orilla izquierda del Rhin, por ser el camino más corto; pero nos dijeron que no había aún diligencias ni postas y que los parajes por donde debíamos pasar eran inseguros, porque estaban llenos de partidas francesas.
En Colonia nos acomodamos en una posada llamada Neuhaus (casa nueva), y después fuimos a visitar el pueblo, que nos pareció un poco irregular, pero muy grande, lleno de vida y de comercio y con muy hermosos jardines.
Por la tarde, acabábamos de volver de nuestro paseo cuando oímos un redoble de tambores. Nos asomamos a la ventana. Había un gran tropel de gente en la calle. Bajamos a la puerta de la fonda para informarnos del motivo de tanto alboroto, y vimos que todo el mundo salía de sus casas, los unos con picas, otros con pistolas, otros con sables y escopetas, y echaban a correr. Algunos estudiantes cantaban, con un aire parecido al God save the King de los ingleses, un himno cuya letra comenzaba así:
Heil dir im Siegerkranz
Herrscher des Vaterlands
Heil, Kaiser, dir!,
palabras que parece quieren decir: ¡Salve, coronado de victoria! Soberano de la patria. ¡Salve, César!
Estos preparativos y estos cantos nos hicieron pensar si los franceses habrían pasado el Rhin de nuevo y si vendrían a atacar las pocas tropas que estaban allí acantonadas. Como no entendíamos nada de cuanto entre sí decían aquellas gentes y las veíamos armarse con tal precipitación, nos encontrábamos inquietos.
Nos reunimos en la calle con el dueño de la posada, y éste nos dijo que tales preparativos eran para recibir al gobernador o comandante del reino de Westfalia, príncipe alemán que iba a entrar momentos después en Colonia.
Ya más tranquilos, fuimos de nuevo a pasear. En las casas encendían hogueras y luminarias; la música del pueblo salía a una de las entradas de la ciudad para tocar a la llegada del príncipe. Toda esta gente armada formó en las calles próximas al Palacio del Gobierno y de Justicia, por donde había de pasar el gobernador, dejando en medio sitio suficiente para la comitiva.
A esta milicia, rápidamente organizada, parece que llaman en alemán landsturm, o leva en masa. La landsturm de Colonia se acababa de crear cuando salieron los franceses, y tenía por objeto defender el país en ausencia de las tropas, que en su totalidad habían pasado a Francia.
Aviraneta no quiso presenciar la ceremonia de recibir al gobernador y nos volvimos hacia casa. Antes de llegar a la posada, Eugenio nos propuso meternos en un café a tomar un ponche, y así lo hicimos. El café estaba vacío; como era natural, todo el mundo había salido con la landsturm a presenciar la entrada del príncipe.
Unicamente en una mesa vimos a un hombre alto con una porción de papeles delante. Nos sentamos a su lado y observamos que en los papeles tenía muchos cálculos complicados. Aquel hombre debía de ser algún profesor o inventor. De cuando en cuando hacía números y ecuaciones; luego se quedaba mirando al techo como esperando algo.
Daba la impresión de que para él no existían los demás.
Aviraneta, que era hombre que siempre le gustaba llevarme la contraria, señalando al desconocido dijo:
—Es muy posible que dentro de cien años se hable de este hombre como de un personaje eminente, y, en cambio, no se sepa quién era el fantasmón que entra ahora en Colonia en medio de aclamaciones y músicas.
Como yo creo que hay que dejar a cada loco con su tema, no contesté.
Tomamos nuestro ponche y poco después se presentó en el café un grupo de estudiantes; comenzaron a beber cerveza, y uno de ellos se subió a una mesa y entonó canciones patrióticas con un gran fuego, coreadas por tempestades de aplausos.
Nosotros nos levantamos y nos fuimos a acostar.
IV
UN PAÍS TRANQUILO
Desde Colonia hasta la entrada de Holanda pasamos Dusseldorf, Arnhem y Múnster, y de este pueblo, notable por sus anabaptistas, tomamos el camino de Zwolle, que nos dijeron era el mejor.
Ibamos en una silla de posta abierta. Hacía un frío terrible; el camino estaba cubierto de nieve y tenía no solamente agujeros y baches, sino verdaderas lagunas de más de una vara de profundidad, en parte heladas y en parte, no.
En los sitios donde el hielo se hallaba compacto, los caballos corrían por encima fácilmente; pero donde se encontraba roto y a medias fundido, se hundían las ruedas y era muy difícil salir del atranco.
Afortunadamente, los caballos eran buenos y el cochero muy hábil. Gracias a esto pudimos salir con fortuna de aquellos malos pasos.
Después de la silla de posta tomamos un carro y, molidos por el traqueteo de cincuenta horas de camino, llegamos a Zwolle, pueblo de Holanda, a no mucha distancia del golfo de Zuidersee.
Zwolle es un pueblo muy limpio, de calles rectas. Preguntamos si podríamos encontrar barco para Inglaterra en el Zuidersee, y nos dijeron que probablemente no lo encontraríamos. En vista de esto tomamos asiento en la posta para Utrecht, con la idea de ir a La Haya, en donde nos dijeron hallaríamos con seguridad transportes.
En Nijkerk nos encontramos sin tiros al llegar a la posta. Había pasado unas horas antes el hermano del príncipe de Orange con mucha comitiva, llevándose todos los caballos. Tuvimos que aguardar a que trajesen otros, sentados al lado de la estufa, dando cabezadas, hasta la noche, en que volvimos a ponernos en camino.
Llegamos a Utrecht, ciudad hermosa, con calles magníficas, de mucho comercio y hermosos canales. El cochero nos dijo con sorna que en Utrecht se recordaba mucho a Carlos V y a los españoles; pero parece que se les recordaba como a una enfermedad mortal.
Paramos poco en Utrecht; tomamos una diligencia con cuatro caballos y salimos en dirección a Leyden, con tiempo claro y muy frío.
Los caminos en Holanda están muy bien cuidados; pero son estrechos hasta tal punto, que en algunos parajes, si se encuentran dos coches, el uno o el otro tiene que pararse.
Los árboles de la carretera, muy bien cuidados, forman alamedas, y por entre su ramaje se ven canales de agua inmóvil.
Cuando pasamos nosotros, los canales estaban helados, y en la proximidad de los pueblos los chicos patinaban y se deslizaban en trineos.
Continuamente, a un lado y a otro de la carretera, aparecían granjas, huertas, jardines, bosques, casas de madera, todo limpio y arreglado.
Los holandeses son gentes que lavan con frecuencia las fachadas de sus casas y se cuidan de los más pequeños detalles; así que su país da una impresión de orden y de limpieza muy agradable.
Llegamos a Leyden, ciudad rodeada de agua por todas partes, con el río, un canal alrededor como el foso de una ciudad amurallada, y otros varios canales por las calles.
El pueblo estaba amotinado contra los franceses, que ya se habían marchado de allí; manera de amotinarse muy cómoda. Al parecer, los soldados de Napoleón, mientras ocuparon Leyden, no habían dejado hueso sano a los hombres, ni doncella íntegra en unas leguas a la redonda.
Los habitantes de Leyden se habían vengado de los invasores, cogiendo a los dependientes encargados del cobro de derechos que percibía el Gobierno francés, metiéndolos en toneles y echándolos al agua.
V
UNA INGLESA ANTIESPAÑOLA
Llegamos a La Haya y fuimos a la posada del Aguila de Oro. En la mesa se sentó junto a nosotros un comerciante inglés con su hija, muchacha muy bonita.
La inglesa, al saber que éramos españoles, expresó cándidamente su sorpresa.
—¿Por qué le choca a usted?—le preguntamos nosotros.
—Porque yo he oído decir que los españoles son tan crueles y tan feroces, que no creía tuvieran el aspecto de las demás personas.
Aquello me indignó.
Aviraneta, tomándolo a broma, dijo a la inglesa:
—¿De manera que usted creía que la generalidad de los españoles tendrían todavía peor aspecto del que tenemos nosotros? Es decir: que suponía usted que eran más flacos, más negros y más feos que nosotros. No, no, señorita; no todos son como nosotros. Hay alguno que otro presentable.
Riego, que sabía algo de inglés, dijo en serio:
—Mire usted, señorita. No tiene duda que los españoles hemos hecho, en todos los tiempos, muchas barbaridades; pero crea usted que no las han hecho menores los ingleses, los franceses, los alemanes o los holandeses. Si nosotros hemos sido crueles, tan crueles han sido ellos; si hemos sido ladrones y piratas, ladrones y piratas han sido ellos. Lo único que no hemos sabido hacer tan bien como ustedes ha sido vestir nuestros crímenes históricos con el manto de la hipocresía.
—Pero ustedes mandaron la Armada Invencible para destruír Inglaterra—dijo la muchacha.
—Y ustedes mandaron la escuadra de Nelson a Trafalgar. Sólo que la Armada Invencible tuvo la mala suerte de desaparecer en un temporal, y la de Nelson la buena suerte de echar abajo nuestros buques.
La señorita inglesa no quería reconocer esta identidad; suponía que Inglaterra había vencido siempre porque tenía la virtud y llevaba al lado a San Jorge, que la protegía.
El padre de la muchacha, más transigente, nos decía, llenando su vaso:
—Sí, sí; hacen ustedes bien en defender su bandera, jóvenes. Antes que nada, la bandera.
Y vaciaba el vaso de un trago.
VI
EL CHINO DE LA HAYA
El día siguiente nos presentamos en casa del embajador inglés lord Clancarty a que nos dieran los pasaportes para entrar en Inglaterra.
El embajador, que era un inglés de estos ridículos y soberbios, nos trató muy desdeñosamente, y después de hacernos esperar mucho tiempo, nos envió los documentos con un criado.
Hecha esta diligencia, volvimos al hotel.
Había por las calles de La Haya gran animación. El príncipe de Orange acababa de llegar procedente de Inglaterra, en cuyo país había permanecido el tiempo que Holanda estuvo ocupada por los franceses.
Con este motivo se celebraban fiestas y se organizaban cuerpos de voluntarios que iban a reunirse a los aliados.
Aviraneta decía que era cosa extraña que los pueblos que se habían prestado a morir por unos reyes que se escapaban de su país en el momento del peligro los recibieran a éstos, al volver, con entusiasmo.
Aviraneta no podía comprender que un rey no es un hombre. No estábamos en aquellos momentos para discutir, porque nos encontrábamos cansados de tanto ajetreo.
Creíamos que podríamos embarcarnos en el puerto de La Haya, llamado Scheveninguen, al día siguiente; pero allí no había ningún paquebote inglés y nos dijeron que teníamos que ir a las bocas del Mosa.
Nos resignamos a quedarnos en La Haya por aquella noche. En la fonda, en la mesa, encontramos un chino que iba a embarcarse para su tierra.
Sabía un poco de francés y de español y hablamos con él. Yo le dije que iría verdaderamente asombrado de la civilización de Europa, y me contestó que no; que Europa le parecía una cosa despreciable. Me quedé atónito. Riego y Aviraneta se reían.
Preguntándole por qué tenía una idea tan mala de nuestro continente, dijo que en su país no se mataban los hombres como en Europa, ni se quemaban las casas; que allí el matar no tenía valor, sino el saber y las virtudes.
Le quise convencer de que debía tener más respeto por nuestra civilización, primeramente por creer nosotros en la única religión verdadera, que es la Católica Apostólica Romana, establecida por Cristo y su Iglesia, y gozar nuestros países de los mayores adelantos, a lo que contestó el chinito que la única religión verdadera es la establecida por Buda, y que hay mayores adelantos en China que en Europa.
Si hubiéramos estado en España le hubiera dirigido a algún sabio padre inquisidor para que convirtiera a aquel bárbaro; pero en Holanda descuidan los asuntos de conciencia y no hay inquisidores.
El tal chino era malicioso en extremo y se burlaba de cuanto veía de una manera verdaderamente molesta.
Ya no me faltaba más sino que, después de haber sido vejado durante todo el camino por alemanes, holandeses, italianos e ingleses, viniera un ridículo chino a reírse de uno.
Al día siguiente, en compañía del chino, salimos de La Haya por las calles, adornadas con arcos de triunfo y guirnaldas para el paso del príncipe de Orange.
Llegamos a Maassluis, e inmediatamente fuimos al embarcadero a pasar un brazo de mar que comunica con el río Mosa.
En la punta del muelle encontramos un correo de gabinete inglés que se llevó con su comitiva las barcas. Esperamos a ver si volvía; pero como tardaba mucho, después de calarnos hasta los huesos, tuvimos que retornar al pueblo.
Las posadas en Maassluis estaban ocupadas y nos repartieron en casas particulares. A mí me llevaron a la de un médico, donde no había nada que comer. Parece que el domingo hay por allá la costumbre de tener las tiendas cerradas. Comí unas patatas y un poco de queso y estuve en un cuarto calentado con una estufa de turba, que olía muy mal y que me dió dolor de cabeza. Mientrastanto, el médico, cirujano, o lo que fuese, me echó un discurso en mal francés, diciendo que explicara a los españoles lo que era la tolerancia, y cómo allí convivían los católicos, los presbiterianos, los luteranos y los judíos en paz. Le dije que esto sería cierto, pero que en España, en cambio, no se tenía la costumbre de molestar a los huéspedes.
Se calló el médico y no me habló más.
VII
EFECTO DE SOL EN EL TECHO DE UNA POSADA
Al día siguiente pasamos la desembocadura del Mosa y salimos a Brielle. De Brielle marchamos a Hellevoetsluis, que está en una gran ensenada. De aquí salían casi diariamente paquebotes para Inglaterra.
En Hellevoetsluis las posadas estaban llenas; no cabía en todo el pueblo una rata, y nos dijeron que fuéramos a alojarnos al cuartel. Fuimos a ver el cuartel, que era un lugar horrible y sucio.
En vista de esto, nos dedicamos, cada uno por su lado, a ver si encontrábamos posada.
Yo vi un cuarto como un camarote, que lo alquilaban por dos coronas inglesas; Riego, una alcoba en una casa; Aviraneta dijo que lo único con que se había topado era una sala de billar, y Ganisch, que tardó mucho, dijo que había encontrado un cuarto magnífico, cómodo y barato, en una posada de los alrededores.
Riego se quedó en el pueblo, y nosotros fuimos con Ganisch, y, efectivamente, nos hallamos con un cuarto muy hermoso, con dos camas.
La dueña de la casa era una vieja que tenía una criada rubicunda, gruesa, muy blanca, con la cara ancha, algo parecida a esas mujeres de los cuadros de Rubens. Ganisch comenzó a andar tras ella, mientras Aviraneta y yo charlábamos.
Cenamos muy bien, nos acostamos en el cuarto grande Eugenio y yo, y nos despertamos con un espectáculo verdaderamente grotesco.
Había concluído de rezar mis oraciones y estaba en el momento de conciliar el sueño, cuando oí un grito y un ruido de cascotes que caían sobre mi cama.
—¡Eugenio!—dije.
—¿Qué?
—¿Has oído?
—No; ¿qué pasa?
—Que cae algo de arriba.
—No he oído nada.
Encendí la luz, miré al techo, y ¡cuál no sería mi asombro al ver que éste cedía e iba apareciendo encima de mí, entre briznas de heno, como un sol de carne, la parte posterior de la criada rubicunda de la posada!
—¡Eh!, ¿qué es eso?—exclamó Aviraneta, como si la parte aquella al descubierto de la criada le fuera a contestar.
Aviraneta se levantó de la cama, se puso un abrigo, salió del cuarto y subió las escaleras al pajar. Por lo que me dijo, se encontró a Ganisch, que intentó esconderse, y ayudó a la criada rubicunda a salir del atranco en que estaba, pues por poco se cae desnuda encima de mí. Después de haber aconsejado a los dos que escogieran sitio más sólido para sus experiencias, se volvió a acostar, riendo a carcajadas.
Al día siguiente, salimos de la posada de la criada rubicunda y nos fuimos a ver a un comisario inglés, a pedirle plazas en un barco.
El comisario era tipo quisquilloso y antipático, y nos dijo que debíamos pagar los billetes por anticipado, si queríamos que se nos reservaran los puestos. Lo hicimos así, y nos dijo que nos presentáramos al día siguiente, por la mañana, en el muelle.
VIII
EL «FÉNIX», LA «SOFÍA» Y EL «VULCANO»
A las ocho de la mañana estábamos en el puerto Riego, Aviraneta, el chino de La Haya, Ganisch y yo.
Nos dijeron que nos apresuráramos, porque el Fénix iba a salir.
Los bateleros nos hicieron pagar la friolera de tres coronas inglesas por persona por llevarnos al buque, que estaba a un tiro de fusil.
Llegamos al Fénix, y el barco se quedó sin moverse. Intentó salir, y no salió. En vista de esto volvimos al muelle, hablamos al comisario inglés, y éste nos dijo que la que partía de veras era la corbeta Sofía, que iba directamente a España. Dijimos al comisario inglés que nos devolviera el dinero, que iríamos en la Sofía; pero el comisario contestó que no, que nada tenía que ver un barco con otro.
Nos metimos en una lancha, que no nos costó tanto como la primera, y fuimos a la Sofía. El buque era un brick holandés pequeño; llevaba treinta oficiales españoles, sesenta soldados, entre ellos algunos ingleses, y otros pasajeros.
No había sitio para tanta gente.
Llegó la hora de comer, y nos dieron como ración para seis un pedazo de carne salada de tres libras, un poco de harina, un puñado de pasas, un cuartillo de ron y galleta.
Algunos oficiales fueron a pedir más ración; pero el capitán les volvió la espalda. Aviraneta tenía dinero y compró suplementos al cocinero, y además contrató con él que nos hiciera la comida. Con la harina, metida en un saco de lienza, las pasas y un poco de sebo hacían un pudding muy pesado; una pasta que parecía de engrudo.
A la mañana siguiente creímos que íbamos a salir, y nada; en cambio, el otro transporte, el Fénix, donde habíamos estado el día anterior, pasó por delante de nosotros con las velas desplegadas.
El chino nos saludó al pasar, y nos dijo en castellano, maliciosamente:
—Buda puele más que Clisto.
No quise contestar nada a aquel pobre salvaje.
El capitán de la Sofía, al ver nuestra desesperación, dijo que a la mañana siguiente saldríamos.
Vino la mañana; los marineros empezaron sus preparativos; todos los soldados y oficiales ayudamos a la maniobra, tirando de los cables; pero el barco no se movió. El capitán, muy tranquilo, dijo que la Sofía estaba encallada en arena y que había que esperar a que la marea subiera más.
Al día siguiente ocurrió lo mismo; la Sofía no quiso salir. Tres días pasamos así, sometidos al capricho de la Sofía y al pudding con engrudo, hasta que el capitán confesó que el barco se iba poniendo muy pesado y que había que descargarlo para que pudiera moverse.
Bajamos a tierra y volvimos a ver al comisario inglés. El hombre, cínicamente, dijo que el haber pagado antes no valía, y solamente a Ganisch, al ver que no se separaba de él y se miraba los puños, le devolvió el dinero.
Por la tarde llegó un transporte inglés, el Vulcano.
Intentamos embarcar, pero nos dijeron que no podía ser. Acababa de venir un embajador austriaco que iba a Londres con su séquito y le habían reservado todos los puestos del transporte. Aviraneta se puso como un loco y dijo mil disparates y barbaridades, sin comprender que los diplomáticos tienen asuntos más importantes que las demás personas.
El comisario indicó que nos prepararían otro transporte, cuando llegó un aviso de que el embajador austriaco no podía salir aquel día. Por lo tanto embarcábamos para Londres.
—¡No se pueden ustedes quejar!—nos dijo el comisario inglés.
Nosotros torcimos el gesto. Era demasiada broma. Ganisch hizo una de las suyas: al subir al barco aparentó que tropezaba, se agarró al comisario inglés y cayó con él al agua.
El inglés salió sin sombrero y chorreando como un perro, y esta falta de respeto de Ganisch fué muy celebrada por Aviraneta y por todo el equipaje del barco.
IX
JURA DE LA CONSTITUCION
Se puso el Vulcano en franquía, enderezó el rumbo a Inglaterra, y a las diez o doce horas de navegación, después de marearnos todos, pasamos las corrientes del Canal de la Mancha y entramos en el Támesis.
Estuvimos en Londres sólo unas horas; Riego se quedó allí, donde formó un cuerpo militar con muchos refugiados españoles, y volvió a la península meses después.
Aviraneta, Ganisch y yo tomamos pasaje para España en un paquebote, en donde iban únicamente treinta y tantos pasajeros. La navegación fué feliz y el tiempo bueno.
Al acercarnos a La Coruña, al pasar por delante del castillo de San Antón, se levantó de improviso una racha de viento favorable, que aprovechamos para acercarnos a la ciudad; con el anteojo veíamos a la gente que se agolpaba en el paseo de la Alameda. Luego el viento se nos puso de proa y creíamos que no podríamos pasar. Así estuvimos un cuarto de hora, al cabo del cual cambió el viento, y entramos en el puerto a las tres y media.
El muelle y el paseo estaban ocupados por una multitud que nos recibió con aclamaciones y aplausos.
Bajamos y fuimos a una posada de la calle Real.
Por la tarde me llamó el general Lacy, que mandaba el ejército, y me dijo que se iban a formar dos batallones con los oficiales y clases que venían repatriados.
En dos días se organizaron los batallones y nos pasó revista Lacy. Una semana más tarde mandó formar el cuadro en el patio del cuartel y pronunció una corta arenga. Después se celebró la jura.
En el centro del patio se había levantado una pila con tambores, poniendo encima los Evangelios, un ejemplar de la Constitución y la bandera del regimiento.
Juraron el nuevo Código nacional: primero, el coronel y un oficial de cada grado; en seguida, un sargento, un soldado y un cabo de cada batallón.
El general Lacy recogía el juramento con el tricornio en la mano. El que iba a jurar se arrodillaba delante de los tambores, colocando la mano en el libro santo.
Preguntaba el general:
—¿Juráis a Dios y prometéis guardar y hacer guardar la Constitución y defender al rey?
—Sí, juro.
—Si así lo hacéis, Dios os lo premie, y si no, os lo demande.
Después de esta ceremonia me reuní con Aviraneta, que me dió cuenta del dinero que le había entregado mi madre y de la forma en que lo gastó.
Yo no quise oírle; le abracé y le rogué que se quedara con lo que sobraba. El no aceptó, y entonces nos lo repartimos entre los dos.
Poco después hubo en La Coruña varios días de iluminación por la llegada de Fernando VII a Madrid. El general Lacy fué suspendido de su empleo y sustituído por Bassecourt, lo que a los constitucionales sentó muy mal.
Al despedirme de Aviraneta le pregunté:
—¿Y ahora, qué vas a hacer?
—Me voy a Soria o a Navarra a vegetar.
Yo marché a Madrid a abrazar a mi madre.