PRÓLOGO
Hace ya muchos años estuve con mi mujer pasando el verano en Irún.
Escogí este pueblo porque podía ir rápidamente a Vera, donde vivía mi madre, y también porque me gustaba enseñar a mi mujer los sitios y lugares de las correrías hechas por Aviraneta y por mí.
Visitaba con frecuencia el valle de Oyarzun, donde tengo parientes, y charlaba con algunos amigos del pueblo en la tertulia de la botica.
—El boticario, don Rafael Baroja, era un señor que de joven fué a Oyarzun desde un pueblo de Alava y se estableció allí, casándose con la hermana de otro farmacéutico, apellidado Arrieta.
Don Rafael Baroja, o de Baroja, como se llamaba él, el buen viejo, como hombre del siglo XVIII, tenía la chifladura de la hidalguía, y a poco que se insistiese sobre este punto sacaba sus ejecutorias; sentía, al mismo tiempo que la efusión por el pasado y por la casta, gran entusiasmo por el progreso.
Una de las manifestaciones de su entusiasmo había sido instalar, a poco de llegar a Oyarzun, una pequeña imprenta y ponerse a componer en el rincón de la rebotica, contento como un chico con un juguete nuevo.
Baroja imprimió en su farmacia proclamas de los franceses, desde 1808 a 1813; manifiestos de los patriotas, de los realistas, de los constitucionales de Riego y Quiroga, de los feotas de Quesada y Juanito, de los personajes de la Junta de Oyarzun, de los generales de Angulema, de los cristinos y de los carlistas.
Mientrastanto iba dando a la estampa catecismos en vascuence, almanaques y alguno que otro libro más voluminoso.
Baroja recordaba muchas cosas. Como impresor, se había tenido que avistar con generales de Napoleón, con guerrilleros, con liberales acérrimos y con reaccionarios furibundos, y contaba sus recuerdos de una manera amena y graciosa.
Baroja había tenido su corta vida política. Se había afiliado a una Sociedad, constituída en San Sebastián de 1820 a 1823, llamada La Balandra, Sociedad dirigida por su secretario, un tal Legarda. Entonces San Sebastián era pequeño, pero tenía espíritu y algún carácter vasco; no se parecía a la ciudad de hoy, híbrida como un pueblo americano, petulante, sin tipo, dominada por los jesuítas y por una burguesía ramplona y vulgar.
Baroja en aquella época se sintió atrevido, y en unión de su cuñado y de su hijo comenzó a publicar en San Sebastián El Liberal Guipuzcoano, periódico radicalísimo, muy bien informado de los asuntos del extranjero, y que fué como un vigía de los liberales españoles en la frontera.
Miñano, Llorente, González Arnao, y otros, mandaban artículos y sueltos al periódico.
El ex fraile Arrambide daba en El Liberal Guipuzcoano la nota irónica y furiosamente anticlerical.
El Espectador y los periódicos liberales de Madrid copiaban las noticias de El Liberal Guipuzcoano. Al acercarse la invasión de los franceses con Angulema, el periódico, editado por don Rafael, tuvo un momento de importancia.
Don Rafael, al entrar el duque de Angulema, dejó San Sebastián, que estaba sitiado, y se volvió a Oyarzun. Nadie le molestó. Aquella fué toda su vida política.
Baroja conocía a Aviraneta, y celebraba mucho las ocurrencias de Eugenio, como le llamaba él.
Algunos días iba a la botica un señor de Irún que había estado en América, pariente mío, don José Antonio de Alzate.
Alzate era todo un tipo: muy alto, muy viejo, muy encorvado, siempre vestido de negro, con traje de riguroso invierno, y siempre con un paraguas.
Tenía la cara larga y roja, la nariz grande, los ojos grises, patillas blancas y el sombrero negro, de ala ancha.
Algunos detalles de su indumentaria denunciaban al indiano.
Alzate tenía una hija casada con un labrador rico vascofrancés, de Urruña, y se entendía muy bien con su yerno. Constantemente andaban los dos en un carricoche; el joven con las manos en las riendas, y el viejo con las manos en el paraguas.
De hacer la vida igual suegro y yerno, y de su identificación de ideas, habían llegado a parecerse, al menos, en la expresión, en los gestos y en la manera de vestir. Los dos decían las mismas cosas, con el mismo acento, el mismo accionado y la misma sonrisa.
Alzate era hombre rico; había traído de Méjico gran caudal, y además, joyas, cadenas de oro y otra porción de cosas.
Después de estar cerca de medio siglo en América, a José Antonio de Alzate le había entrado la avaricia por la tierra vasca; su afán, que había comunicado a su yerno, era acaparar todo lo que podía, intrigando, prestando.
Al mismo tiempo que esta furia de posesión, se le metió en la cabeza la idea de que no debía emplear el castellano, y hablaba vascuence hasta en los sitios donde no le entendían.
Alzate tenía varios caseríos en Oyarzun y por las mañanas iba a visitarlos; luego, por la tarde, se establecía en la Botica Vieja—así se llamaba a la de don Rafael—y, sentado cerca del mostrador, con las correas del bastón vasco alrededor de la muñeca, charlaba.
Al principio yo pensé que su cabeza andaba mal; pero después fuí comprendiendo que no oía y no quería parecer sordo.
Luego vi que tenía una memoria muy grande para las cosas antiguas.
Don Rafael me indicó que Alzate le había hablado, hacía ya mucho tiempo, de una historia ocurrida en Méjico, donde intervenía Aviraneta, y yo le rogué que le instara para que la contase de nuevo.
Don Rafael se prestó a ello y un día le dijo:
—Oye, José Antonio, ¿tú eres primo de Aviraneta?
—¿De quién?
—Digo que eres primo de Eugenio de Aviraneta,
—Sí, primo segundo o tercero.
—¿No le has conocido?
—Es más joven que yo.
—Pero ¿no le has conocido?
—¿A Eugenio? Sí.
—¿En Méjico?
—En Méjico y en España.
—No quiere contar nada—me dijo don Rafael—; otro día que le cojamos de buen humor contará lo ocurrido.
I
LA CASA DE ALZATE
—¿Lo que hizo Aviraneta en Méjico la primera vez que estuvo allá?—dijo Alzate mirando a Baroja—. Creo que lo he contado ya muchas veces aquí.
—No recuerdo—dijo don Rafael.
—Sí, lo he contado; pero, en fin, lo volveré a contar, Aviraneta fué a Méjico en tiempo del virrey Apodaca, por el año de 1816 al 17.
Yo llevaba ya cerca de veinte años viviendo en la ciudad de Veracruz como socio de mi tío Ramón. Teníamos entre los dos un gran almacén, que había comenzado por ser una tienda de comestibles, que por allá llaman pulpería, y que llegó a convertirse en casa de banca.
Aviraneta se presentó en nuestro almacén y habló con mi tío y conmigo.
Le preguntamos si contaba con algún empleo y dijo que no. Entonces le ofrecimos que se quedara en la casa. Mi tío y yo teníamos demasiado trabajo.
—Muchas gracias—contestó él—. Si vengo aquí he de estar poco tiempo en el almacén, porque tengo otros proyectos.
—Pero mientrastanto...
—Bueno; mientrastanto os acompañaré. ¿Tenéis muchas horas de trabajo?
—No. El almacén se abre a las nueve y media hasta la una y media, en que se cierra; luego, a la tarde, se vuelve a abrir a las tres y media y se vuelve a cerrar a las seis.
—Es muy poco. Y desde las seis en adelante, ¿se está libre?
—Completamente.
—Muy bien.
Al otro día vino Aviraneta con su equipaje, que en junto era un par de maletas. Se instaló en nuestra casa y empezó a trabajar.
Allá en Veracruz, en mi tiempo, los dependientes de las tiendas llevaban una vida muy regalada. Amos y criados hacíamos siete comidas al día: en la cama, la jícara de chocolate; a media mañana, las once, que consistía en un bizcocho con una copa de vino; a las dos, la comida; a las cinco, nueva jícara de chocolate; a las ocho, otro bizcochito, y a las diez, la cena.
Aviraneta no hizo caso de estas costumbres; comía una o dos veces al día, a lo más, y trabajaba él solo como tres o cuatro personas juntas.
Los otros dependientes, acostumbrados a la pereza de un país tropical, le tenían como a un hombre extraordinario.
Como allí se ganaba el dinero fácilmente y Aviraneta nos hacía tan buen servicio, le quisimos aumentar el sueldo e interesarle en nuestros negocios; pero él no se entusiasmó; seguía pensando en otra cosa.
Hacia mediados de verano, seis meses después de llegar, me dijo a mí que se marchaba.
Mi tío y yo, suponiendo, por los antecedentes que nos había contado, que pensaría intervenir en la política mejicana, le convencimos de que no lo hiciera.
—España va a perder el imperio mejicano—le dijo mi tío—. Si tú eres un patriota español no te mezcles en esto; será una vergüenza para ti y para nosotros.
Mi tío tenía razón; la correría de Mina el mozo y después la intervención de los masones españoles durante el mando de O'Donojú, acabaron de precipitar la independencia de Méjico.
Más tarde o más temprano, América se tenía que perder. Bien perdida está. ¡Ojalá se hubiera perdido antes!
Aviraneta, al oír lo que le decíamos, replicó que no pensaba ocuparse de política en Méjico; que su idea era explorar las zonas próximas a Veracruz y dedicarse a negocios de minas.
—¿En el verano? ¿En la estación de las lluvias?—le pregunté yo.
—Sí.
—¡Creo que no sabes lo que te haces!
—¿Por qué no?
—Porque aquí no se puede hacer nada durante el verano.
—Ya veremos.
La estación de las lluvias es allí la época del vómito negro y de los mosquitos.
La gente de Veracruz, en estos meses de calor sofocante, se encerraba en sus casas como para un sitio; muchos iban a sus haciendas, otros a Jalapa, villa colocada a bastante altura sobre el nivel del mar y de clima sano.
En nuestras casas nos encerrábamos dentro amos y dependientes, y mi tío Ramón se dedicaba a hacer de médico: al uno le daba un purgante; al otro, un emético. Tenía el negociado de sanidad.
Yo no sé cómo será hoy Veracruz; entonces era uno de los pueblos más malsanos, más inclementes del mundo. La poca gente que transitaba por la calle tenía aire febril; al que no, se le veía pasar irritado, desafiador por el calor y el alcohol.
La ciudad, muy blanca, llena de cúpulas y terrazas de conventos, ardía, calcinada por el sol; las calles, anchas y tiradas a cordel, estaban desiertas; las casas, blancas, se veían herméticamente cerradas, y los miradores y los balcones, vacíos.
Los únicos pobladores del pueblo eran unos pajarracos negros, como cuervos, que allí llaman zopilotes, y que se lanzan desde los tejados a la calle a llevarse en el pico las basuras que echan de las casas.
Alrededor de la ciudad, sobre la muralla de piedra con sus garitas y fortines, se veían dunas de arena rojiza, arenales blancos salpicados por pantanos negruzcos, y muy cerca del mar, arrecifes cubiertos de algas.
No había por allí rastro de vegetación; ni un árbol ni una mata en muchas leguas a la redonda. Era una calma de desierto, un cielo implacable, sin una nube, en el cual únicamente se veían bandadas de cuervos del país, que se detenían a mondar los esqueletos de los caballos enterrados en medio de los arenales. En estos meses de verano la poca gente que quedaba en Veracruz no salía de casa ni aun de noche. Toda la vida comercial estaba paralizada.
Los domingos, en el paseo que había fuera de la puerta del Sur, no se veía en este tiempo a nadie, y solamente algunos vagabundos y ladrones, que allí llaman léperos, dormían tendidos en los bancos.
II
LOS CALAVERAS
Pasamos algún tiempo, casi un año, sin saber lo que hacía Aviraneta, y las primeras noticias que tuvimos de él fueron que estaba hecho un calavera y que se reunía con lo más perdido de Veracruz, con un grupo de unos cuantos españoles y extranjeros en bandada, que se dedicaban a escandalizar el pueblo.
Algunos de los españoles eran militares que habían tomado parte en la guerra de la Independencia y en las conspiraciones liberales; los extranjeros, los gringos, que decían allí, eran restos del ejército de Napoleón, italianos, griegos, polacos, gente de todas castas y condiciones.
Entre los españoles se distinguían el capitán Gavilanes, Arquez, Aviraneta y un bribón llamado Paulo Mancha, que llevaba el monte en una chirlata y que jugaba muchas veces con cartas marcadas.
Estos aventureros españoles alarmaban al pueblo con sus juegos, sus riñas y sus amores y, sobre todo, por el alarde que hacían de irreligión y de impiedad.
El gobernador los toleraba porque no tomaban carácter político. Allí lo que se temía era la política. Así se oía decir a algún lépero cuando le llevaban preso, dirigiéndose al público: «Me toman por político, y yo no soy mas que ladrón».
Aviraneta se distinguió pronto entre la cuadrilla de calaveras por su valor y su audacia. Una noche ataron a un policía a una reja; otra vez, varios amigos que habían ido a cazar patos silvestres a la luz de la luna, dieron una paliza terrible a unos cuantos ladrones que salieron a atacarles.
Contra esta partida de calaveras españoles y extranjeros se había formado otra de criollos, casi todos afiliados a la masonería.
Los criollos tenían más arraigo en el país, más partidarios entre la gente pobre, y también más prudencia. No iban ellos a atacar a los que consideraban intrusos, sino que enviaban a sus criados y deudos contra los españoles al grito de: «¡Dios y libertad! ¡Mueran los gachupines!»
Los aventureros españoles y extranjeros se defendían a fuerza de audacia. Los criollos contaban con la protección del ejército y del Gobierno. Aviraneta y sus amigos tenían relación con los bandidos que pululaban por el estado de Veracruz, a los que se llamaba salteadores del camino grande.
El capitán Gavilanes, íntimo de Aviraneta, había sido jefe de una partida de bandidos, y estaba dispuesto a volver de nuevo a serlo cuando se cansara de la vida tranquila de la ciudad. Gavilanes tenía amistades con lo peor del país: con los léperos, con los bandidos y con los indios totonacas.
Aviraneta, rodeado de tan excelentes camaradas, se distinguió pronto entre ellos y fué considerado como su jefe. Su tipo extraño, su mirada atravesada, el gusto de vestir de negro, le daban un aire verdaderamente siniestro.
Se comenzó a acumular sobre él aventuras e historias.
Muchos robos y asesinatos que se cometían en el camino de Veracruz a Méjico se atribuyeron a él y a sus camaradas.
Eugenio era un personaje casi popular.
Los hombres le miraban de reojo, y las mujeres le sonreían.
Estos países americanos, que han heredado todo lo malo de los españoles, adoran al bravucón y al Tenorio.
Cuando Aviraneta paseaba a caballo fuera de la puerta del Sur, en compañía del capitán Gavilanes, el antiguo jefe de bandidos, y con un polaco amigo suyo llamado Volkonsky, podía tener la seguridad de que la mayoría de las damas habían hablado de él.
Mi tío y yo preguntábamos a los conocidos qué se sabía de Eugenio, y uno de ellos nos contó que tenía una novia riquísima, hija de una familia criolla, muy entonada y orgullosa, los Miranda, y que iba por la noche a hablar con la muchacha.
¿Serían éstos los planes de Aviraneta?, nos preguntamos mi tío y yo. ¿Querría llegar a la fortuna, haciendo una buena boda?
No lo creíamos.
De pronto se comenzó a hablar de una expedición misteriosa, para buscar minas, que iban a hacer Volkonsky el polaco y Aviraneta.
Efectivamente: partieron para su expedición, y al cabo de tres o cuatro meses, cuando ya creíamos que se habían perdido o que estarían prisioneros de los indios, volvieron a Veracruz diciendo que habían encontrado riquísimas minas de plata.
Se habló de que el filón descubierto por ellos era abundantísimo; de que iban a formar una Sociedad por acciones; de que habían encontrado dinero. De lo que no se hablaba ya era de los amores de Aviraneta.
—¿Y la novia?—preguntaba mi tío, que era muy curioso—. ¿Qué ha hecho Eugenio de la novia?
—Ahora parece que la novia es la mina de plata—le contestaba yo.
Desde aquella expedición minera, las calaveradas de Aviraneta concluyeron; ya no se le veía en ninguna parte. Por lo que decían, se pasaba la vida en casa trabajando, escribiendo cartas, y de quince en quince días marchaba a Puebla, pues era la ciudad más próxima a la zona minera encontrada por el polaco y por Aviraneta.
Un día que estábamos en el almacén se nos presentó don Luis Miranda, el padre de la que había sido novia de Aviraneta.
Bajó de su coche y entró en casa.
Venía a vernos a mi tío o a mí. Le hice pasar a mi despacho, llamé a mi tío y hablamos.
Don Luis nos dijo que nuestro pariente, Eugenio de Aviraneta, después de estar en relaciones con su hija, a pesar de ser un hombre de fortuna y de calidad inferior a la suya, había dejado de aparecer por su casa, a la vuelta de una excursión al Orizaba en busca de minas. Esto creía él que era una informalidad o una tontería; pero, fuese lo que fuese, no se hallaba dispuesto a tolerarla.
—Yo necesito una explicación—terminó diciendo don Luis—. El buen nombre de mi hija no puede estar en manos de un aventurero o de un calavera. Ustedes, que son parientes de Aviraneta, hagan ustedes el favor de hablarle.
Yo le hubiera contestado a aquel señor del mismo modo que nos había hablado él; pero mi tío veía en todo el negocio, y contestó amablemente diciendo que don Luis tenía razón, que hablaría a Eugenio y que le convencería de lo incorrecto de su conducta.
El señor Miranda se fué arrogantemente, como si él fuera un príncipe y nosotros unos pobres tenderos.
Era don Luis Miranda un criollo, hijo de un español y de una mestiza.
En estos países americanos, que se las echan de demócratas, la cuestión de sangre tiene una importancia capital; un lejano ascendiente de color entre cierta clase de personas es una deshonra. Sentirse mestizo allí es una inferioridad; de esto proviene el fondo de odio inextinguible del americano contra el español.
El americano, hijo de España y nacido en América, odia al país de donde procede y desdeña interiormente aquel donde ha nacido. Le pasa como al mulato hijo de blanco y de esclava, que odia al padre y desprecia a la madre.
Don Luis Miranda odiaba a los españoles de una manera furiosa. Se atribuía a él la frase de que si se hubiera podido sacar la sangre española de sus venas a puñaladas, lo hubiera hecho con gusto.
En casi todos los criollos, más en los ricos que en los pobres, existía, y existirá seguramente, el espíritu filibustero, que no cesó con la independencia, ni cesará nunca, hasta que las Américas españolas sean conquistadas por los yanquis.
Los criollos fingían burlarse de nosotros, y nos llamaban gachupines, chapetones, patones, porque decían que teníamos los pies grandes, como es natural en gente acostumbrada a andar y a trabajar; pero debajo de estas burlas aparecía la verdad, y ésta era que nos odiaban y nos envidiaban.
Don Luis Miranda era el jefe del partido antiespañol de Veracruz. Tenía casa de banca importante, mucho dinero y una enorme hacienda a diez o doce leguas de la ciudad.
Don Luis estaba casado con una cubana muy guapa, de la que decían también que tenía algo de sangre negra.
Los dos hijos de don Luis, don Fernando y Coral, eran tipos del criollo puro. Don Fernando, el hermano mayor, era alto, delgado, de tez mate, el pelo muy negro y muy lacio, las manos y los pies muy pequeños.
Don Fernando se parecía a su padre en la figura y en las inclinaciones. Era orgulloso, altivo, con gustos de aristócrata, y sentía el mismo odio frenético por los españoles.
Eso de que allí lejos, en España, hubiera condes y marqueses de verdad, sin mezcla de indios y de negros en su ascendencia, le producía una gran desesperación.
Coral, la hija menor, era una mujer soberbia. Tenía la piel blanca y muy mate, el pelo rizado, los ojos azules, claros, ardientes; la boca, muy roja, y las manos y los pies, pequeñísimos. Vestía casi siempre de negro, trajes de seda, e iba llena de joyas.
Algunas veces, muy pocas, se la veía en coche. A pie no andaba nunca.
III
LAS RAZONES DE AVIRANETA
Llamamos a Eugenio a casa, y mi tío comenzó a sermonearle. Le dijo que le parecía muy mal su conducta con la señorita de Miranda, una muchacha de familia tan distinguida. No tenía más remedio que volver de su acuerdo. Iba a creer todo el mundo que había pretendido a aquella señorita cuando estaba sin un cuarto y que desde el momento que había encontrado algún dinero no quería nada con ella.
Aviraneta escuchó las reflexiones nuestras y contestó que había reñido con la chica y que le molestaba la familia, que constantemente y con cualquier motivo estaba hablando mal de los españoles.
Este odio le irritaba.
—Sí; pero tú debes dar una satisfacción a los padres.
—¿Por qué?
—Porque has comprometido a esa muchacha de una familia tan respetable.
Para mi tío, toda familia rica era necesariamente respetable.
—Yo no veo que la haya comprometido—replicó Eugenio—. La he galanteado, he ido a hablar algunas noches con ella, y nada más.
—Pero tú la has dejado..., y no tienes motivos para dejarla.
—Sí tengo motivos. ¡Ya lo creo!
—¿Pues?
—Nada, que la niña ha tenido ya unos cuantos amantes antes de hablar conmigo.
—¿Amantes?... Quieres decir novios.
—No, no, amantes—replicó con indiferencia Aviraneta.
—¿De manera que la hija de don Luis Miranda?...
—La hija de don Luis Miranda es una Mesalina criolla.
Mi tío no sabía quién era Mesalina; pero por el tono comprendió que la acusación de Eugenio se agravaba.
—¿Y tú cómo has averiguado eso?
—Usted sabe que yo he andado hecho un perdido en Veracruz. Tenía mi objeto. Quería orientarme, conocer la vida de aquí... Entre mis amigos estaba Ladislao Volkonsky, ese polaco que fué el primero que cogió la pista de estas minas próximas a Puebla. Nos hicimos amigos Volkonsky y yo, y decidimos encontrar un capital, ir a ese punto y ver las minas.
Formamos nuestra caravana y nos pusimos en camino. Hombres que llevan doce o catorce días de marcha juntos no tienen más remedio que hacerse amigos o enemigos. Nosotros nos hicimos amigos. Yo le hablé de mis correrías con el Cura Merino y de mis conspiraciones; él, de Waterloo, donde había estado, y de su campaña con Mina el mozo.
Yo le conté que tenía relaciones con Coral, la hija de Miranda, y él me escuchó sin decir nada.
De pronto, una vez en la conversación, me habla de don Luis Miranda, me dice que había vivido en su casa, que había sido profesor de francés de Coral y tenido relaciones con ella.
Entonces yo le pregunté de pronto:
—¿Y cómo me has ocultado eso sabiendo que Coral es novia mía?
Volkonsky se turbó y no supo qué contestarme.
El polaco, que es un hombre inteligente y efusivo, comprendió que yo no dejaría nunca de sospechar de Coral, y al día siguiente de esta conversación me preguntó:
—¿Qué vas a hacer con Coral?
—La voy a dejar.
—¿No estás enamorado de ella?
—No. Puedes decirme lo que sepas de su vida. ¿Tú has sido su amante?
—Sí.
—¿Y la sedujiste y la abandonaste luego?
—No, yo no la seduje ni la abandoné. Coral es una mujer lasciva. A los trece o catorce años había tenido amores con un viejo, amigo del padre, que le ayudó a pervertirla. Cuando la conocí yo tenía diez y seis o diez y siete años. Aunque yo en mi país sea de una familia más aristocrática que la de un simple hacendado rico mejicano, aquí, en Veracruz, era un pobre emigrado, obscuro y hambriento. Llegué a casa de los Mirandas recomendado y me puse a dar lecciones de francés a los dos hijos. Yo no soy muy decidido, y apenas me atrevía a hablar con Coral. Ella me provocó con sarcasmos por mi timidez; si había una barrera entre ella y yo, ella me convenció de que podía saltar esa barrera. Fuí el amante de Coral durante varios meses, y cuando ella me dijo que nuestros amores iban a tener fruto, yo me apresuré a decirle que debíamos casarnos, y que si no quería quedarse allí, nos iríamos a Europa. Ella no aceptó mi propuesta, y después supe que había llamado a una vieja india y que había abortado.
Esto fué lo que me contó Volkonsky—siguió diciendo Aviraneta—; y al llegar a Veracruz de vuelta de nuestra excursión por el Orizaba y los montes próximos, comencé a hacer indagaciones para averiguar la verdad, cosa no muy difícil en un pueblo pequeño como Veracruz y conociéndolo, como lo conozco yo, bien.
El capitán Gavilanes me llevó a casa de una india, celestina de gente rica, y ésta me contó los devaneos de Coral. Efectivamente, lo dicho por Volkonsky era verdad. La celestina me dijo el nombre del primer amante de la niña, un criollo que goza fama de hombre respetable en Veracruz. Después de sus amores con Volkonsky, la niña de Miranda se lanzó. Tuvo amores con un capataz mulato de su hacienda, y porque el mulato estaba en relaciones íntimas con una india, la mandó azotar a ella y luego a él lo tuvo cargado de cadenas. La celestina me ha asegurado que Coral, por intermedio suyo, ha tenido citas amorosas, aquí en Veracruz, con marinos extranjeros, a quienes no conocía de antemano.
—En fin—concluyó diciendo Aviraneta—; esta vieja me ha pintado a Coral, no como una mujer que puede haber marchado por el mal camino, sino como una hembra lasciva, mal intencionada y perversa. Tanto es así, que la india, al concluír de hablar conmigo, temblaba pensando en la venganza de Coral, y yo le tuve que dar algún dinero para que se marchara de Veracruz.
—¿Y ahora, qué vas a hacer?—le preguntamos mi tío y yo a Aviraneta.
—¿Ahora? Nada. Coral me escribió preguntándome por qué no iba a verla. Le contesté que tenía razones para no ir. Volvió a escribirme y a preguntarme qué razones tenía, y le contesté que lo sabía todo. Que no me obligue a dar explicaciones a su padre o a su hermano, porque sería para mí muy desagradable; pero si cree ella que debe vengarse de mí y me envía al hermano, al amigo o al amante, aceptaré el desafío en las condiciones que quieran.
Mi tío estaba espantado oyendo a Aviraneta.
Pasaron días y no ocurrió nada. En casa no volvió a aparecer don Luis Miranda.
Por lo que contó Aviraneta, Coral había ido con gran sigilo a ver a la celestina india; y al saber que había escapado comprendió de dónde venían las noticias de su novio.
Un día le dieron a Aviraneta una cita de noche. Eugenio, que era desconfiado, se presentó con cinco amigos suyos, entre ellos Gavilanes y Volkonsky.
Aviraneta iba algo separado de los otros, que marchaban a pocos pasos tras él.
Al llegar al punto de la cita, siete u ocho enmantados, dirigidos por Fernando Miranda, se echaron sobre Eugenio. Mientras éste se defendía, Gavilanes, Volkonsky y los demás corrieron al lugar de la pelea y se enzarzaron a puñaladas y a tiros, dejando descalabrados a unos cuantos y haciendo huír a los otros, entre ellos a Miranda.
IV
VOLKONSKY
Aviraneta y Volkonsky, trabajando mucho, consolidaron su sociedad minera, que fundaron con muy buen capital, e hicieron que nuestra casa se encargase de los giros.
Entonces conocí yo a Ladislao Volkonsky. Volkonsky era un muchacho muy simpático. Su historia era curiosa.
Poco más o menos, al mismo tiempo que llegaba en el barco a Méjico el general don Juan Ruiz de Apodaca, venía Mina el mozo al mando de una expedición que organizó la masonería para favorecer la independencia de Nueva España.
Nunca pudo encontrar Mina el mozo peor ocasión. Apodaca fué un hombre que entró en la capital de Méjico mientras por las calles andaban a tiros, y al cabo de algunos meses imponía la paz y el orden en todo el vasto imperio mejicano.
Mina el joven, que era un aturdido, aceptó el mando de esta expedición sin pensar que no se debe pelear contra la patria. Su tío, el general don Francisco Espoz, nunca sancionó tal correría.
Javier Mina, a quien se llamaba Mina el mozo y Mina el Estudiante, salió de Liverpool y desembarcó en Norfolk, en Virginia.
Le acompañaba un cuerpo expedicionario de oficiales franceses republicanos, italianos y polacos. Entre ellos iba Volkonsky, muchacho joven que se había alistado en el ejército de Napoleón meses antes de Waterloo.
Volkonsky, a pesar de ser de familia aristocrática y católica, había sido muy republicano y muy patriota. Cuando nosotros le conocimos nos enseñó en la muñeca derecha un tatuaje, hecho por un compañero suyo al salir de Varsovia, con estas palabras: Libertas Poloniæ.
Después, algo avergonzado de aquella marca, se había quemado la muñeca para borrarse el tatuaje.
Volkonsky era un tipo muy fino, rubio, delgado, distinguido.
Después de Waterloo el regimiento de Volkonsky fué disuelto, y el polaco entró en la partida de aventureros capitaneada por Javier Mina.
Mina el mozo quería considerar su expedición no como antiespañola, sino como antimonárquica. Esperaba que al proclamarse la República en Méjico corriera por España y luego por Europa. Había dicho, con la petulancia de un mozo, que iba a encender en Méjico las fraguas de Vulcano y a lanzar desde allí sus rayos para abrasar los tronos de Europa.
Mina se entendió desde Virginia con los oficiales del general Lallemant, establecido en Tejas, y con varios que procedían de los cuerpos reformados de Napoleón que estaban en Nueva Orleáns, y, reunidos unos y otros, desembarcaron en Soto la Marina. Allí les esperaban algunos españoles, algunos indios y no muchos mejicanos para unirse con ellos.
El general Apodaca se dispuso a batirlos y comenzó a preparar sus fuerzas con calma.
Mandó vigilar la costa a la fragata Sabina y a las goletas Proserpina y Belona, que estaban en Veracruz al mando del general don Francisco Berenguer, y envió a luchar con Mina y los suyos a los regimientos de Navarra y Zaragoza y a los dragones de San Luis, San Carlos y Realistas, a las órdenes del mariscal de campo don Pascual Sebastián de Liñán.
Si Liñán era un hombre de talento, Mina no le era menos; y si los soldados de Liñán se batían admirablemente, los aventureros de Mina, franceses, ingleses, polacos y españoles, luchaban como fieras. Eran los extranjeros los que en medio de la indolencia y la estolidez americana sostenían la insurrección. Así, cuando Liñán tomó el fuerte de Comanja, dijo que garantía la vida de todos menos de los extranjeros, considerando extranjeros igualmente a los españoles recién venidos.
Mina el mozo, que era un caudillo de verdadero genio, había hecho destrozos en las tropas del rey, derrotando a las fuerzas del coronel Armiñán y a las del oficial Ordóñez, que murió en la acción.
Cuando Liñán apareció como jefe de todas las tropas que habían de luchar contra los insurrectos, los mejicanos se rieron de él; decían que un hombre tan pulido y tan afeminado no podía servir para la guerra.
Sin embargo, Liñán puso la campaña en buena marcha. Al poco tiempo derrotó a los insurrectos y los desalojó del fuerte de Comanja. Después comenzó a sitiar el fuerte de Remedios, ocupado por las tropas mejicanas insurrectas.
Mina, nada aficionado a encerrarse dentro de murallas, hacía correrías que desconcertaban a las tropas del Gobierno.
Liñán encargó primero al coronel Andrade, y luego al coronel Orrantia, para que persiguieran a Mina.
Orrantia marchó con sus dragones en busca del caudillo navarro y lo encontró. Las tropas del Gobierno lo hubieran pasado mal y hubieran sido copadas a no venir en su auxilio la columna del teniente coronel Bustamante.
Entre los dos jefes lograron sostener la acción y consiguieron que se fraccionase la partida insurrecta. Terminado el combate, Orrantia perdió la pista de Mina y dejó sus tropas entregadas al descanso.
Dos o tres días después de la acción estaba la columna de Orrantia en la cañada de Marfil, cerca de Guanajuato, cuando vieron una gran llamarada que supusieron procedía de la ciudad.
Se acercó Orrantia a Guanajuato y supo que habían incendiado una mina que se llamaba la Valenciana. Estando aquí dispuesto a ayudar a extinguir el incendio, se le presentó un confidente diciéndole que aquella misma noche Mina estaba en la hacienda del Venadito, que hacía parte de una aldea o rancho llamado Tlachiquera.
Orrantia, abandonando el incendio, avanzó con su gente hasta aquel rancho, rodeó el cortijo del Venadito y prendió a Mina el mozo con veinticinco hombres. Entre éstos se hallaba Volkonsky.
Fueron llevados todos al campamento de Remedios. Liñán era amigo de Mina, a quien había conocido en la guerra de la Independencia, y quiso salvarle. Propuso a los sitiados en el fuerte de Remedios que si entregaban el fuerte perdonaría la vida a Mina; ellos no aceptaron, y ahí, en un altozano, a la vista de los insurrectos, fué fusilado Javier Mina, por la espalda, como traidor a la patria.
Volkonsky estuvo también expuesto a ser pasado por las armas; pero como era desconocido, muy religioso y parecía que no había roto un plato, obtuvo la protección de un fraile y consiguió el indulto, y después la libertad.
Volkonsky fué a Veracruz, y alguien, sabiendo las ideas antiespañolas de los Mirandas, le indicó esta casa como refugio.
Después de la expedición de Mina todavía hubo otro plan, organizado por los ingleses, para preparar la independencia de Méjico, dirigido por un español. Esta colaboración de los españoles en empresas filibusteras era una vergüenza.
Se anunció que el nuevo movimiento iba a ser patrocinado por el general Renovales. Mandaron agentes por toda América. Un aventurero escocés, MacGregor, marcharía a Méjico con mil hombres. La expedición se uniría a las fuerzas de Bolívar y mientrastanto los marinos Brion y Hore atacarían a Veracruz.
Renovales, que era el jefe de esta expedición filibustera, la denunció en Londres al embajador de España, duque de San Carlos, y, cobrando todo el dinero que pudo y abandonando a la gente comprometida, se fué a Nueva Orleáns.
Volkonsky no se mezcló en esta tentativa. No era hombre de mucha firmeza de carácter, sino más bien mudable y antojadizo. Durante los primeros meses de estancia en Veracruz había sido muy partidario de los filibusteros; luego, desde que se juntó con Aviraneta, se hizo amigo de los españoles.
Afirmó más en él esta tendencia el ponerse en relaciones con una jovencita, huérfana de un militar vizcaíno, llamada Luisa Olaechea. Luisa vivía en Puebla y llevaba una vida muy recogida, siempre en casa y en la iglesia.
Volkonsky, que era hombre fogoso, se enamoró de la muchacha locamente y no pensaba mas que en casarse con ella y en vivir en paz.
V
LA DESAPARICIÓN DE VOLKONSKY
Enamorado como estaba el polaco y lleno de ardor por sus negocios mineros, todas las ocasiones le parecían buenas para ir a Puebla a ver a su novia y a sus minas.
En una de estas excursiones Volkonsky fué y no volvió. Pasaron días y días y no se supo nada de él. Aviraneta escribió a Luisa Olaechea, y ésta contestó que llevaba más de una semana sin tener noticias de su novio.
Volkonsky había desaparecido, se había extraviado, lo habían hecho prisionero los indios, había caído en alguno de los abismos del Orizaba...
La cosa para Aviraneta y para la Sociedad nuestra era grave. Se perdían planos, expedientes, obra de mucho tiempo y mucho dinero.
Aviraneta no tenía seguridad ninguna de encontrar el sitio de los yacimientos del mineral; pero inmediatamente se dispuso a volver a la zona minera y a explorar. Formó una caravana, mandada por el capitán Gavilanes. Yo me uní a ella. Tenía interesado algún capital en el negocio y quería saber pronto si era dinero perdido o no.
Unos días antes de salir nuestra caravana, un oficial español, Arteaga, que estaba de guarnición en el castillo de Ulúa, fué a ver a Aviraneta y le contó que a Luisa Olaechea, la novia de Volkonsky, le habían enviado una mano cortada en una cajita de laca. La muchacha afirmaba que era la mano de su novio, porque tenía unas letras que ella creía haberle visto anteriormente en la muñeca. Estas letras decían: i er as ol n e.
—Es la mano de Volkonsky—dijo Aviraneta al oír a Arteaga.
—¿Por qué tienes esa seguridad?
—Por las letras.
—¿Sabías tú que las tenía?
—Sí.
—¿Qué quieren decir?
—Es lo que le quedaba de un tatuaje, ya medio borrado, con estas dos palabras: Libertas Poloniæ.
A la pregunta de Arteaga de quién podía ser el que había matado al polaco, Aviraneta no contestó.
Dos días después de esta conversión, Eugenio dió la orden de partida, y salimos de Veracruz.
En vez de marchar por el camino conocido, Aviraneta dijo que había que seguir otro itinerario.
Durante la marcha, los capataces afirmaron que Aviraneta no sabía lo que se traía entre manos; que aquel no era el camino para ir hacia el Orizaba; que nos estábamos alejando cada vez más.
Al quinto o sexto día, al anochecer, nos acercamos a un gran bosque de cedros americanos. En el lindero del bosque Aviraneta mandó hacer alto, cenamos y, después de ordenar a unos cuantos indios dirigidos por un capataz que guardasen nuestros caballos y nuestros equipajes, nombró una pequeña tropa de ocho hombres, entre los que estaba yo, y mandó que cada uno llevara fusil, pistola, machete y municiones en abundancia, y así, armados hasta los dientes, nos internamos en aquella selva. Había una calzada grande en medio que cortaba este bosque; pero Aviraneta no quiso seguirla, y marchamos paralelamente a ella por entre los árboles.
La luna, muy redonda y rojiza, aparecía en el cielo con una aureola amarillenta.
A las dos horas o dos horas y media de marcha entramos en una vega feraz cruzada por un río, con grandes extensiones de tierras de labor. En medio había una casa amplia con ventanas y galerías que brillaban a la luz de la luna. El humo salía blanquecino en aquel momento de una chimenea. Cerca de la granja se distinguía una capilla con su cruz, y alrededor, chozas pequeñas desparramadas por el campo.
Al ponernos a la vista de la casa, por orden de Aviraneta dimos un rodeo, metiéndonos por un barranco, que él, sin duda, calculó bastaba para ocultarnos. Estos detalles de estrategia denunciaban en Eugenio al guerrillero.
Salimos cerca de la alquería, y Aviraneta destacó cuatro hombres para que espiaran y nos anunciaran con una seña a los cuatro que esperábamos si salía alguno de la granja.
No tardó media hora en aparecer una mujer. Los cuatro marchamos en la dirección que nos indicó el espía, y sin que diera un grito la cogimos, la atamos y la llevamos dentro del bosque.
Yo hasta entonces no sabía que aquella casa que estábamos sitiando era la de don Luis Miranda y que en aquel momento se encontraban allí sus hijos, don Fernando y Coral.
A la india, a quien habíamos prendido, le hizo Aviraneta algunas preguntas que me sorprendieron, entre ellas si sabía de un gringo a quien habían matado allá. Ella dijo que no sabía nada.
Se le amenazó con darle tormento, se le dijo que se le colgaría y se le pondría fuego a los pies. Ella permaneció tranquila sin contestar.
En vista del mal resultado de las preguntas y de las amenazas quedó la vieja india a mi cargo para que no se escapara y fuese a dar parte a sus amos de lo que ocurría, y Aviraneta y los otros dos volvieron hacia la granja.
Pasé unos momentos malos dentro del bosque; la vieja, atada, me lanzaba unas miradas que me llenaban de espanto. Yo no sé qué maldiciones debía estar echándome en su lengua. A la hora próximamente vino uno de los nuestros corriendo a decirme que me reuniera con ellos.
Habían prendido a un viejo capataz, y éste, asustado por las amenazas de atormentarle, cantó de plano.
Dijo que Coral había mandado al gringo rubio, a Volkonsky, una carta diciéndole que fuera a su casa a despedirse de ella.
El gringo fué a la granja; estuvo hablando con la señorita, y en el patio, al ir a marcharse, dos indios apostados allí le mataron.
Al verlo tendido en el suelo, ella preguntó:
—¿Está muerto?
—Sí, mi ama—contestaron los indios.
—Cortadle la mano derecha y enterradle.
El viejo capataz dijo que el gringo rubio había sido enterrado en el corral de la casa, en un ángulo, cerca de un banco con una cruz. Por lo que dijo, era fácil saltar la tapia y entrar en el corral.
Se llevó a la india y al capataz viejo a una choza, se les encerró allí, se sujetó la puerta por fuera, y nosotros, los ocho, cogimos azadas, palas y picos, y uno tras otro saltamos la tapia de la casa de Miranda.
Encontramos el sitio indicado por el capataz, que se señalaba por estar la tierra removida, y nos pusimos a cavar.
Realmente la escena era fantástica: dos de los nuestros trabajaban con el azadón y la pala, mientras los otros, en acecho, estaban con las armas dispuestas para disparar.
Al cabo de unos minutos se dió con el cuerpo del polaco y se dejó a la superficie su cadáver, ensangrentado y lleno de tierra.
Aviraneta, con una serenidad tremenda, le registró los bolsillos y sacó una cartera abultada. Luego fué viendo uno a uno los papeles. Allá estaban los planos y los documentos de las minas. Ibamos a volver a enterrar al polaco cuando se oyeron voces en el patio. Alguien se acercaba.
—Cuidado—dijo Aviraneta—; si alguien viene, prendedlo sin ruido.
El que se acercaba era Fernando. Cuando estuvo a pocos pasos de nosotros quedó preso y con la boca tapada.
El espanto y la sorpresa lo dejaron amilanado.
De pronto se oyó la voz de Coral, que decía:
—Pero, Fernando, ¿dónde estás? ¿Qué pasa?
—No le hagáis nada—nos dijo Aviraneta, y avanzando exclamó:—Fernando está aquí, señorita. Mira en este momento con nosotros el cadáver de Volkonsky.
Un grito ahogado fué la respuesta de Coral; pronto logró calmarse y quedar tranquila. Coral contempló el cadáver del polaco a la luz de la luna.
—Su hermano, que la tiene a usted por un ángel—siguió diciendo Aviraneta—y a mí por un demonio, comenzará a comprender la clase de mujer que es usted. Verá que no sólo tiene usted amantes, sino que los manda matar cuando le estorban.
—Cuando me estorban, no: cuando me engañan—replicó ella.
Fernando lanzó un quejido lastimero. Aviraneta mandó que lo soltáramos.
—¡Pobre hermano! ¡Lo siento por él!—exclamó Coral—. ¿Van ustedes a dejar el muerto así?—preguntó luego.
Dos de los nuestros cogieron el cadáver, y después todos, con las palas, comenzamos a echar tierra encima.
—Y ustedes, ¿qué son?—me preguntó de pronto Coral—. ¿De la Justicia?
—No—contesté yo, secándome el sudor que corría por mi frente.
—¿Pues qué interés han tenido ustedes para venir aquí?
—Es que Volkonsky guardaba los planos de nuestras minas.
—¡Ah!—exclamó ella con desprecio—. Son ustedes comerciantes.
Realmente, lo lógico hubiera sido prender a aquella mujer y entregarla a los tribunales de Justicia; pero a ninguno se le ocurrió esto. Cuando concluímos de enterrar de nuevo el cadáver miramos a Aviraneta esperando sus órdenes, y por su indicación cruzamos el patio tras él y salimos al vestíbulo de la granja.
—Y con esta real moza, ¿qué hacemos?—preguntó de pronto Gavilanes.
—Amigo, allá usted—replicó Aviraneta—; esta real moza un día le dirá a usted que le quiere y al otro le cortará la mano... o la cabeza.
Ella nos miraba indiferente, con frialdad y con desprecio. Salimos de la granja, nos formamos y echamos a andar por el camino. Aviraneta temía que nos fueran a atacar; pero no nos atacaron.
A la mitad del camino Gavilanes se retrasó; le esperamos, y no vino.
—¡A ti también te cortarán la mano, Gavilanes!—gritó Aviraneta en burla.
Nadie contestó.
Avanzamos hasta salir del bosque y reunirnos con nuestra caravana. Al día siguiente volvimos de nuevo camino de Veracruz; se copiaron los planos de las minas, y la Sociedad siguió adelante.
VI
AVIRANETA SE VA
Un mes más tarde Aviraneta iba en una expedición, con varios capitalistas e ingenieros, al coto minero de la Sociedad. Se comenzó en Veracruz a hablar con gran entusiasmo de estas minas. El país, gracias a las disposiciones del general don Juan Ruiz de Apodaca, comenzaba a disfrutar de la paz. Las acciones de las minas subían...
En este momento, cuando se empezaba a pensar en la explotación, Aviraneta realizaba sus acciones de la Sociedad y se marchaba a España, acompañando a su amigo Arteaga, a quien habían dado licencia como enfermo y que salía para la Península con su mujer.
Aviraneta tuvo gran acierto en liquidar todo—concluyó diciendo el viejo Alzate—, porque luego las minas aquellas no dieron resultado alguno, por más de que se gastó en la explotación mucho dinero.
—Y en la muerte del polaco, ¿no intervino la policía? ¿No se indagó quién era el autor?—pregunté yo.
—No; el muerto era un desconocido, y a nadie le interesaba averiguar lo que había pasado.
—¿Y Coral, la hija de Miranda?
—No se supo su paradero—contestó Alzate—. No volvió a Veracruz. Unos dijeron que estaba en Nueva Orleán; otros, que en la Habana...
—¡Qué barbaridad!—exclamé yo—. ¡Qué Justicia!
—¡Cosas de la vida!—dijo don Rafael Baroja frotándose las manos.
Alzate se levantó, sacó del bolsillo del chaleco un reloj de plata, grande y pesado, y, acercándose al yerno, que le miraba en silencio, le dijo:
—¡Vamos, tú, que ya es tarde!
Y el viejo Alzate y su yerno salieron de la botica, montaron en el carricoche y marcharon rápidamente a tomar el camino de Irún.
Madrid, marzo, 1914.
FIN DE LOS CAMINOS DEL MUNDO