EL CAPITÁN MALA SOMBRA
I.
OTRA HISTORIA DE AVIRANETA
Un día de fiesta por la tarde estaba en mi casa de la cuesta de Santo Domingo leyendo. Mi mujer había salido con una amiga suya a pasear en coche por la Moncloa, y yo pensaba dedicarme a la lectura de Balzac, autor que siempre me ha divertido mucho y a quien debo momentos agradabilísimos. Había dado la orden categórica a Bautista, mi ayuda de cámara, de que no estaba para nadie, y me encontraba muy a gusto al lado de la estufa cuando oí que llamaban a la puerta. Escuché pensando quién podría ser el inoportuno visitante. No esperaba a nadie. Supuse que Bautista cumpliría mis órdenes, pero noté que el recién llegado avanzaba por el corredor.
Al levantarse la cortina de mi despacho miré a Bautista furibundamente, y éste, antes de que le reprochara nada, me dijo:
—Es don Eugenio.
—¡Ah!, que pase en seguida.
Hacía ya tiempo que no veía a mi viejo amigo Aviraneta. Esto pasaba meses después de la revolución del 54. Don Eugenio por aquella época, como yo y otros amigos particulares de María Cristina, habíamos tenido que escondernos huyendo de la quema hasta que se restableció la normalidad. Aviraneta volvía de San Sebastián. Estaba, según me dijo, dispuesto a no intervenir ya en la política.
Entró don Eugenio en mi despacho; nos abrazamos efusivamente y se sentó en una butaca que le ofrecí.
Me preguntó por mi mujer y por todos los amigos comunes de la corte; dijo que había pasado la mañana con Istúriz, que, incomodado por la marcha de los acontecimientos, ya no quería salir a la calle, ni hablar con nadie. Don Eugenio pensaba dedicarme la tarde. Me contó que iba a tomar una casita en la calle del Barco y a vivir allí en la obscuridad, como un buen militar retirado, con su Josefina. Después de charlar largo rato miró y remiró el libro que tenía yo sobre la mesita al lado de la poltrona.
—¿Qué estás leyendo?—me preguntó.
—Estoy leyendo a Balzac. Ahora voy en los Secretos de la Princesa de Cadignan.
—Carignan—corrigió Aviraneta.
—No, Cadignan.
—El título verdadero de los príncipes es Carignan.
—Sí; pero aquí no se trata del título verdadero. Esta princesa de que se habla en la novela no es un personaje histórico. Yo no sé si hay en la realidad una familia de Carignan.
—La hay.
—Bien; pero este libro no se refiere a ella.
—Sí; quizá sea una modificación novelesca.
—¿Y por qué le ha chocado a usted esto? ¿Ha conocido usted algún Carignan?
—No; pero este título me recuerda una historia ya lejana... de 1823.
—¿Una historia? A contarla, don Eugenio. Ya sabe usted que soy su historiador. No cedo mi plaza a nadie.
—¿Te he contado alguna vez la historia del capitán Mala Sombra?
—No.
—Me he acordado de ella porque tiene alguna relación lejana con un príncipe de Carignan. Ya que tú no tienes nada que hacer y yo tampoco, y nuestras mujeres respectivas están de paseo, di a tu criado que me traiga una copa de coñac Fine Champagne del excelente que guardas, y un tabaco de La Habana, y charlaremos.
Llamé a Bautista, bebimos nuestras copas, encendimos los habanos y nos arrellanamos en nuestros sillones.
II.
MORILLO Y EL EMPECINADO
Ya te he contado, mi querido Pello—comenzó diciendo Aviraneta—, cómo a final de abril de 1823 llegué yo a Valladolid en compañía de mis amigos el Lobo y Diamante.
Al reunirme con el Empecinado hice por orden suya un llamamiento a los patriotas de Castilla la Vieja y a la Milicia nacional. Fueron acudiendo en grupos, y uno a uno, los milicianos de Valladolid, los de los pueblos de los alrededores y los de Toro, Medina, etc. Se comenzó a organizarlos y armarlos de la mejor manera posible.
Nos encontrábamos dedicados a este trabajo, cuando llegó a la ciudad del Pisuerga don Pablo Morillo, conde de Cartagena, nombrado días antes, por el Gobierno, general en jefe del ejército de Galicia.
Traía Morillo unos mil hombres, con una oficialidad numerosa y un brillante Estado Mayor.
Como entonces y como ahora todo el mundo se creía en España con derecho a mandar y a tener iniciativas, la Asamblea de los Comuneros de Valladolid, Torre o Fortaleza, como se decía entre ellos en su jerga, llamó al Empecinado, que era de los suyos, y le confirió la misión de que se avistara con Morillo y le hablara para inclinarle el ánimo a que no abandonase la ciudad marchándose a Galicia.
Naturalmente, hubiera sido de mayor conveniencia para nosotros los liberales, en peligro ante la invasión francesa, reúnir las tropas en un punto que no desperdigarlas, pero no todos pensaban lo mismo. Había muchos políticos y militares que tenían interés en que la guerra se acabara cuanto antes con la derrota de las fuerzas del Gobierno Constitucional. Al Empecinado no le hizo mucha gracia el encargo de la confederación de Comuneros; pero como Gran Castellano de esta Sociedad (así se llamaban los jefes de ella), no tuvo más remedio que aceptar la comisión.
Don Juan Martín se dispuso a cumplir el encargo y a visitar al conde de Cartagena, llevándome a mí de asesor. Hablamos los dos de esta misión considerándola como de un éxito muy problemático.
Salimos del alojamiento del Empecinado una tarde, después de comer, y nos dirigimos a la Capitanía general.
Yo iba de uniforme; don Juan, de paisano, con una capa parda que le llegaba hasta los talones y un sombrero redondo envuelto en una funda de hule.
Llegamos a la Capitanía, entramos en el portal y nos detuvo el centinela. Asomóse un teniente de guardia y yo le dije:
—El general Empecinado y su ayudante, que vienen a visitar al señor conde de Cartagena.
El oficial nos hizo el saludo militar, y don Juan Martín y yo subimos hasta el primer piso. Nos anunciamos y nos hicieron pasar a un salón.
Morillo, acostumbrado al fausto de los virreyes de América, lo llevaba con él, allí por donde iba.
Estaba el general sentado en un trono, vestido de uniforme; llevaba bordados por todas partes y parecía un ídolo de oro. Sus ojos, negros como cuentas de azabache, brillaban en su cara de carrillos abultados; su gruesa cabeza entrecana se erguía con orgullo, y sus manos, tostadas por el sol, aparecían por entre los encajes de las mangas y se apoyaban en los brazos del sillón.
Alrededor del general, formando un semicírculo, se agrupaba su Estado Mayor, una veintena de oficiales peripuestos y elegantísimos, con los uniformes llenos de galones y los tricornios de plumas.
Al entrar nosotros en la sala hubo un gran movimiento de curiosidad.
—Este es el Empecinado—dijo alguno.
—Si es verdad, ¡qué tipo!
—¡Qué tosco!—exclamó uno de los oficiales.
—Parece un gañán—dijo otro.
Morillo, al vernos, se levantó de su sitial y estrechó la mano a don Juan.
—¿Cómo estás, Martín?—preguntó.
—Bien; ¿y tú, Morillo?
—Bien.
Morillo habló a su ayudante y le ordenó que despidiera a todo el mundo y se quedara sólo él.
Los oficiales se inclinaron ante el capitán general y salieron.
Morillo, señalando una silla, dijo al Empecinado:
—Siéntate.
—No, estoy bien.
—Bueno, me sentaré yo. Habla. ¿Qué quieres?
—Morillo—dijo el Empecinado, con la nobleza natural que le caracterizaba, haciendo largas pausas en su discurso—. Somos los dos españoles, y españoles del pueblo...
—Cierto.
—Somos constitucionales y amamos la libertad... Hoy, Morillo, estamos amenazados de una invasión de los franceses, que quieren restablecer el rey absoluto... Nosotros, que combatimos en la guerra de la Independencia a esos mismos franceses... podemos de nuevo levantar la bandera de la libertad en esta tierra..., sublevando los pueblos y organizando batallones y escuadrones... Castilla espera todo de ti, general; también espera mucho de mí... Porque yo, aunque no poseo conocimientos, tengo un corazón que arde... y sabré dar toda mi sangre por la patria.
—Lo sé—dijo Morillo.
—Pues bien, Morillo, los patriotas de Valladolid me han comisionado... para que me vea contigo y te ruegue que te quedes entre nosotros y no vayas a Galicia... El dividir tanto las fuerzas ante el enemigo es peligroso... Los patriotas de esta ciudad han pensado formar una Junta para ponerte al frente del movimiento... declarando guerra a muerte a los franceses y a los nuevos afrancesados... Si aceptas, si encuentras bien la idea, te proclamarán general en jefe y presidente de la Junta; yo seré tu segundo y mandaré la caballería. Es la proposición que te hago en nombre de los liberales de Valladolid. Ahora... el pueblo de Castilla espera tu respuesta.
Morillo estuvo un instante con la gruesa cabeza apoyada en la mano derecha; después, levantándose e irguiéndose rígido, gritó con voz clara y metálica:
—Empecinado, si fueras otro, inmediatamente te mandaría fusilar.
—Estoy en tus manos.
—Eres y serás un hombre de corazón, valiente, esforzado, pero cándido y terco. ¿No comprendes que las circunstancias de hoy son diferentes a las de la guerra de la Independencia? ¿Qué español estaba entonces contra nosotros? Nadie. Hoy lo están todos los realistas, que son más, mucho más de la mitad de la nación. ¿Vas a declarar la guerra a muerte y sin cuartel? Locura. ¿Quién te seguirá?
—El pueblo.
—¡Qué ilusión! Tendrías que hacer la guerra a España entera. Estáis empeñados en creer que todo se puede arreglar con la Constitución de Cádiz. Tus consejeros te engañan, Empecinado.
Morillo, al decir esto, me miró a mí con aire desdeñoso.
—Creo que no—contestó don Juan Martín.
—Está bien. No discutamos—siguió diciendo el general, con voz imperiosa—. Yo, como militar, no tengo más obligación que la de defender al rey nuestro señor. Cumpliendo sus órdenes, refrendadas por su firma, mañana saldré para Galicia con el general Wall, que está presente. Yo no puedo aceptar la presidencia de una Junta facciosa, ni el mando de un ejército popular, ni mucho menos el declararme en rebeldía contra la sagrada persona de Fernando VII, que Dios guarde.
—Está bien—dijo el Empecinado—; vamos, Eugenio.
Don Juan Martín se arregló la capa con un movimiento suyo de labriego, que me hacía pensar en el alcalde de Zalamea, y, sin saludar a Morillo, salimos los dos de la sala, dejando al general en su sillón, brillante de galones, como un ídolo de oro.
Bajamos las escaleras y salimos a la calle.
—Este es otro O'Donnell; otro Montijo—exclamó don Juan Martín—. Se apoyan en el pueblo mientras les conviene, entonces no piensan en la sagrada persona del monarca. ¡Canallas!
—Con estos generales la causa de la Constitución está perdida—dije yo.
—No, todavía no. Nosotros lucharemos con toda nuestra alma. No hemos de dejar que se pierda la libertad que tantos esfuerzos nos ha costado conseguir. No. ¡Por Dios, que no!
Volvimos a casa.
Al día siguiente, el general don Pablo Morillo, conde de Cartagena, salía de Valladolid, por la mañana, en dirección de Galicia. Toda la tropa que había en la ciudad se llevó consigo. Entre ellas, un batallón de nacionales de las Provincias Vascongadas, comprometido a venir con nosotros, y la escolta que el Empecinado había sacado de la Corte.
Algunos masones y comuneros intentaron influir la noche anterior de la salida con los oficiales de Morillo para que no le siguieran, pero no obtuvieron el menor resultado, porque casi toda la oficialidad del conde de Cartagena estaba formada por absolutistas.
III.
EL CHIQUET
Seguimos el Empecinado y yo en nuestros trabajos de reorganización de la Milicia nacional de Valladolid y de los pueblos de la provincia.
Tenía yo por entonces una novia que vivía en la acera de San Francisco, hija de un comerciante en telas, y mi asistente cortejaba a la criada. Solíamos ir de noche y nadie nos molestaba al pelar la pava, porque estaba prohibido a los paisanos salir de noche sin farol, y los militares se hallaban acuartelados. Mi asistente era un muchacho catalán de una gran actividad y de una gran energía; le llamábamos de apodo el Chiquet y solíamos celebrar su manera de hablar enrevesada y su acento cerrado.
Después de 1823 lo perdí de vista, y lo volví a encontrar en Barcelona, al cabo de quince años, en el batallón de la Blusa, que estaba formado por liberales radicales.
Al Chiquet le habíamos capturado el Empecinado y yo en el Burgo de Osma en la campaña que hicimos contra Bessieres, cuando íbamos de vanguardia con el conde de la Bisbal, porque el Chiquet había militado en las filas realistas.
Un día, al acercarnos al Burgo de Osma, don Juan Martín mandó al comandante de sus fuerzas de caballería, que era el coronel Hore, hiciese alto y dejara descansar a la tropa y a los caballos un momento y siguiese después al paso. Don Juan, sin más compañía que la mía y la de cuatro soldados, quiso entrar en el pueblo de una manera sigilosa, con el objeto de inspeccionarlo.
Avanzamos los seis al trote y llegamos a tiro de fusil de la ciudad. Pusimos los caballos al paso. Estaba la noche obscura, lluviosa y fría. Ibamos marchando sin meter ruido cuando el Empecinado advirtió una luz en una casa del arrabal.
—Chico—me dijo—, ¿qué te apuestas a que en aquella casa hay facciosos?
—Es posible—repliqué yo.
—Echad todos pie a tierra—mandó él—, atad los caballos a estos árboles y adelante. Vamos a ver qué nos espera ahí.
Nos apeamos y atamos los caballos. Cogieron los soldados sus carabinas y echamos a andar. Cruzando unas huertas entramos en una callejuela. No se veía un alma por aquellos andurriales; la lluvia caía mansamente; se oía el silbido del viento y el ladrido lejano de algún perro. Seguimos tras de la luz, que era nuestro faro, y llegamos a la casa iluminada; era ésta grande, vieja, con entramado de madera. La puerta estaba cerrada. El Empecinado tocó con suavidad el llamador y esperó.
Bajó una vieja haraposa con un candil encendido en la mano y abrió la puerta. El Empecinado la impuso silencio y le dijo en voz baja que le llevara al primer piso.
—¿Quiénes están?—preguntó luego.
—Hay treinta catalanes que han venido con el general Bessieres y que están cenando.
—Bueno, vamos arriba.
El Empecinado cogió el candil de la mano de la vieja, que estaba temblando de miedo, y comenzó a subir la escalera alumbrándose con él. Los cuatro soldados y yo marchamos detrás. Don Juan iba embozado en su capa. Al llegar a la puerta de la cocina, grande, negra, iluminada por un velón y por las llamas del hogar, vimos a treinta hombres que estaban alrededor de la mesa.
El Empecinado se desembozó mostrando su uniforme, y dijo:
—Aquí tenim al general Empecinado que ve a sopar am vosaltres. Tots soms espanyols; y vosotros—añadió en castellano dirigiéndose a los soldados y a mí—sentaos. Estamos entre amigos.
El Empecinado se sentó, llenó una escudilla de arroz y se hizo servir por la moza un vaso de vino.
Los catalanes estaban atónitos. Al cabo de algún tiempo, el Empecinado, levantando el vaso, exclamó:
—¡Catalans, per la salut de nostre rey y per la felicitat de España!
Entonces el sargento que mandaba el grupo de realistas llenó su vaso y respondió en castellano:
—Por la salud del que desde hoy en adelante será nuestro general. ¡Viva el Empecinado!
—¡Viva!—gritaron los demás.
Nos dimos la mano todos en señal de fraternidad y se acordó que los catalanes se incorporaran a nuestra fuerza.
Su asombro fué grande cuando vieron que únicamente los seis habíamos entrado en la casa, y que en la calle no había retén ni guardia alguna.
—Es un valiente—se les oía decir a unos y a otros.
El sargento preguntó a don Juan Martín cómo sabía el catalán, y el Empecinado dijo que lo sabía desde la época de la guerra del Rosellón, en donde había sido soldado de caballería y ordenanza del general Ricardos.
Casi todos estos catalanes que capturamos en el Burgo de Osma habían sido sacados de sus casas por Jorge Bessieres en su expedición contra Madrid. Después algunos cambiaron de Cuerpo, y sólo tres o cuatro quedaron en la caballería del Empecinado, entre ellos el Chiquet, a quien yo tomé de ordenanza.
El Chiquet tenía un gran espíritu de empresa, era muchacho ágil, listo y atrevido. Lo único que no pudo aprender jamás, por más esfuerzos que hizo, fué hablar bien el castellano. El Chiquet había sido amigo y compañero de Bessieres y había trabajado con él en una fábrica de tejidos en Ripoll. El Chiquet conocía la vida de Bessieres desde que éste había sido criado del general Duhesme hasta que se presentó a la regencia de Urgel. Sentía por el cabecilla realista y antiguo revolucionario una gran admiración mezclada con un gran desprecio.
Nos contaba cómo solía ir Bessieres lleno de bordados, cómo solía adornarse con la primera banda de color que encontraba o que robaba en cualquier parte, muchas veces en las iglesias, y que luego decía que era una distinción que le había otorgado el rey tal o la princesa cuál. El Chiquet nos contó la ceremonia que se había verificado en la iglesia de Mequinenza bendiciendo y besando una bandera realista, que era una colcha de damasco, que habían robado entre Bessieres, Portas y él en una casa de Fraga.
Bessieres, al parecer, era un reclamista formidable. El mismo hacía correr la voz de que era masón y de que era jesuíta, para hacerse el interesante.
El Chiquet, cuando entró en nuestras filas, se hizo amigo íntimo de un sargento de lanceros que le llamaban Juan de Dios. Este Juan de Dios, por lo que decían, era expósito. Juan de Dios y el Chiquet eran rivales en lances de amor y de fortuna. Habían hecho los dos una porción de calaveradas, que les habían dado gran fama entre nuestros soldados.
IV.
EN EL AYUNTAMIENTO
Con la marcha de las tropas del conde de Cartagena la ciudad de Valladolid quedó desguarnecida y abandonada a su suerte; los liberales apocados comenzaron a esconderse y a huír, y los absolutistas, viendo la posibilidad de apoderarse del Ayuntamiento, comenzaron a reúnirse para conspirar. Enviamos nosotros avisos desesperados a los nacionales de Toro, Rueda, Medina y otros pueblos de la región, y a los de la Ribera del Duero, para que lo antes posible se concentraran en Valladolid, y pudimos juntar de nuevo una fuerza de mil infantes y de quinientos caballos. Todos los milicianos de los pueblos y los de la capital estaban armados, menos algunos a los que proporcionamos fusiles, sacándolos de los parques.
Llegó en esto la noticia de que los franceses, al entrar en España, eran recibidos con los brazos abiertos por el pueblo, y esta mala nueva exaltó el ánimo de los paisanos contra nosotros. Al mismo tiempo se supo que el cura Merino, con una columna de cinco mil hombres alistada en sus guaridas de la sierra de Burgos, había entrado en Palencia. Fué necesario abandonar Valladolid. No podíamos defender una ciudad de radio tan extenso con la poca fuerza con que contábamos.
Se dió la orden a la Milicia nacional para que se preparara y formara con todo el equipo y en traje de marcha en el Campo Grande.
El jefe político vendría con nosotros, e invitó a las autoridades que quisieran seguir la suerte de la columna a que se dispusieran para el viaje.
Los concejales del Ayuntamiento constitucional estaban reunidos en sesión permanente en las Casas Consistoriales, y el Empecinado quiso despedirse de ellos.
Marchamos él y yo a caballo, de uniforme, escoltados por un piquete de lanceros.
Nos apeamos a la entrada del Ayuntamiento y subimos al salón de sesiones. Al vernos los concejales rodearon al Empecinado. Estaba el general hablando con gran animación con unos y con otros cuando un portero del Ayuntamiento, a quien conocía de la logia masónica, me llamó y me dijo en voz baja:
—Don Eugenio, venga usted.
Le seguí y salimos fuera del salón.
—El Empecinado y usted están en este momento en un gran peligro—me dijo.
—Pues, ¿qué pasa?
—Ahora mismo aquí se está fraguando una conjuración realista que va a estallar. En este instante, en una sala del piso bajo, se hallan reunidos más de cien absolutistas de influencia, con objeto de constituír un Ayuntamiento para reemplazar al constitucional.
—¡Diablo! ¿Y es gente de armas tomar?
—Están armados hasta los dientes; algunos han propuesto a la Junta matar al Empecinado, proposición que se ha rechazado gracias a las exhortaciones de un cura viejo que se halla entre los conspiradores.
Al escuchar la confidencia del portero entré rápidamente en el salón de sesiones; me acerqué al Empecinado, le agarré de la manga, le arrastré a un rincón y le expliqué lo que pasaba.
—Señores, tengo que salir un momento, vuelvo en seguida—dijo don Juan Martín a los concejales.
Salimos corriendo del salón de sesiones, desenvainamos los sables, bajamos las escaleras a saltos y llegamos al zaguán. En aquel mismo momento se oyó una gran gritería en el edificio; un hombre intentaba cerrar la puerta; pero al ver que el Empecinado y yo nos echábamos sobre él con los sables en alto, la abrió y nos dejó pasar.
Los realistas se hacían dueños del edificio, se oían gritos y tiros en el interior del Ayuntamiento.
El Empecinado y yo montamos a caballo, y al galope, por la calle de Santiago, llegamos al Campo Grande. Reunimos a los oficiales y se dió la orden de salir inmediatamente camino de Tordesillas.
No habríamos dado cien pasos fuera de las puertas de la ciudad cuando comenzaron a tocar las campanas de las iglesias a vuelo. Sin duda se celebraba el triunfo de los realistas y la aproximación del cura Merino, que había dejado Palencia y estaba a una jornada de Valladolid.
Llegamos a Tordesillas, nos alojamos de mala manera, y al día siguiente nos dirigimos camino de Salamanca.
La Milicia nacional de esta ciudad, mandada por el catedrático Barrio Ayuso, se unió a nuestra columna, y reunidos todos llegamos a la plaza de Ciudad Rodrigo, que era el punto donde habíamos pensado establecer el cuartel general.
Yo, con otros oficiales, me encargué de organizar las fuerzas. Se nos incorporaron bastantes soldados del ejército regular. Se ocuparon los dos cuarteles de infantería y el de caballería del pueblo, y el resto de la fuerza tuvo que alojarse en las casas y en las iglesias.
La infantería quedó al mando del coronel Dámaso Martín, hermano del Empecinado, y de un guerrillero de la época de la Independencia apellidado Maricuela.
La columna de caballería, mandada por el propio don Juan Martín, se componía de ochocientos caballos. La vanguardia de esta fuerza se hallaba formada por cien lanceros que habían servido en la guerra de la Independencia a las órdenes de don Julián Sánchez, y por cincuenta soldados del regimiento de Farnesio, mandados por el capitán Lagunero.
Los demás jinetes eran nacionales de caballería de Valladolid, Toro, Medina y otros pueblos.
Comenzaron a preparar la defensa de la plaza.
Ciudad Rodrigo no era una ciudad fácil de ser defendida. La antigua Miróbriga está dominada por el teso de San Francisco, por donde tuvo siempre sus acometidas en los sitios. En aquella época sus murallas estaban arruinadas y llenas de brechas.
Estas brechas eran del tiempo del sitio que sufrió don Andrés Pérez de Herrasti en la guerra de la Independencia, el cual pudo resistir durante setenta y seis días en una plaza desmantelada, y sin auxilio de los ingleses, contra los numerosos ejércitos de Massena y de Ney.
Preparamos también la defensa del Agueda. El Agueda es un río bastante caudaloso que pasa lamiendo las murallas de la vieja Miróbriga y que recorre la vega de Ciudad Rodrigo, y antes de llegar a Barba del Puerco recibe algunos pequeños arroyos, entre ellos el Azaba, que baja de un cerro próximo a Fuente Guinaldo y es un obstáculo para el paso del camino de Ciudad Rodrigo al fuerte de la Concepción y a Almeida.
En los primeros días de estancia allí, el Empecinado y yo salíamos constantemente al campo. El Empecinado estaba alojado en una casa de la plaza del Consistorio, y yo por aquellos días vivía cerca de él con la familia de un pañero, de quien me hice gran amigo. Después tuve que establecerme en una finca extramuros de la ciudad.
Ya instalados, la primera expedición que se intentó desde Ciudad Rodrigo fué una sorpresa contra Zamora, ocupada por escasas fuerzas realistas. Se encargó de ella un viejo coronel apellidado Ruiz, pero la comenzó con tan poco tacto, que no hubo más remedio que desistir de la aventura.
V.
LOS VAQUEROS
En vista del fracaso sufrido en nuestra intentona contra Zamora, se pensó en avanzar hasta Alba de Tormes. La expedición la hicimos con cuatro escuadrones y varias compañías de infantería. Iban de vanguardia los lanceros de don Julián Sánchez; tras ellos, los soldados de Farnesio, mandados por el capitán Lagunero; después, los nacionales de la orilla del Duero, que tenían por jefe a Hermógenes Martín, sobrino del Empecinado, y, por último, los infantes, acaudillados por don Dámaso y el coronel Maricuela.
El pelotón de lanceros de don Julián Sánchez estaba compuesto por capitanes, oficiales y sargentos de la guerra de la Independencia; la mayor parte, soldados viejos, aguerridos y prácticos en el manejo de la lanza.
Casi todos estos jinetes habían sido vaqueros antes que militares, y eran tan expertos y diestros caballistas como valientes soldados.
Mandaba el pelotón un capitán apellidado Porras, que era conocido por el mote del Capitán Mala Sombra.
El Capitán Mala Sombra estaba secundado por el teniente Gotor y por el sargento Juan de Dios, el amigo del Chiquet, tipo popular, atrevido, alegre y lleno de iniciativas.
El pelotón de Mala Sombra, con el teniente Gotor y el sargento Juan de Dios, había servido de vanguardia exploradora durante mucho tiempo al ejército inglés en la guerra de la Independencia. Era esta guerrilla de un valor inapreciable; en aquel pelotón todos se esforzaban no sólo en cumplir su deber, sino en superarse a sí mismos.
En la excursión que hicimos a Alba de Tormes tuve que verme varias veces con el Capitán Mala Sombra.
Era Mala Sombra un hombre alto, de unos treinta y cinco a cuarenta años, fuerte, serio, moreno, melancólico, con el rostro correcto y grave. Se decía que era persona de mala suerte en amores y en negocios; de aquí le venía el apodo; otros afirmaban que su mote procedía de que a cada paso solía decir:
—Tengo muy mala sombra.
En las empresas guerreras no advertí yo que fuera desgraciado.
Hicimos en Alba de Tormes y en sus alrededores una gran requisa de ganado y de grano, que cargamos en varias carretas.
Estábamos acampados en las eras de esta villa cuando uno de nuestros confidentes vino con la noticia de que el enemigo, en número considerable, avanzaba con la intención de cortarnos la retirada y apoderarse de nuestro botín. Dispusimos al momento el paso de todo el ganado vacuno, rebaños y acémilas, al otro lado del Tormes; se arrastraron los carros y se colocaron dentro de un soto que había a poca distancia del puente.
Se vaciló en defender la villa o en abandonarla. Alba de Tormes, a pesar de estar en un llano, tiene buenas condiciones para la defensa. El 28 de noviembre de 1809 el general don Gabriel de Mendizábal supo resistir allí a la terrible caballería de Kellerman, y, más tarde, don José Miranda Cabezón defendió el pueblo y el castillo durante largo tiempo.
Después de varias deliberaciones se decidió, en caso de ser atacados, fortificar el puente del Tormes, y se dejó en la villa al Capitán Mala Sombra con sus vaqueros y a Lagunero con los soldados de Farnesio, que quedarían vigilando los alrededores y patrullando por las avenidas.
Nos encontrábamos en esta situación, cuando el Empecinado cayó enfermo con un ataque que al principio nos pareció de parálisis. Había quedado don Juan Martín rígido, frío y sin habla; al moverle debía de sufrir grandes dolores, porque lanzaba quejidos inarticulados.
Como no teníamos médico, ni aun siquiera cirujano, decidimos trasladar al general a otro pueblo.
No podía sostenerse en el caballo, porque se caía a un lado y a otro. En vista de esto, buscamos una escalera ancha y corta, que colocamos entre dos mulas, a manera de litera, y sobre unos costales de paja pusimos al general y fuimos a paso de andadura camino de la villa de Tamames. Escoltando la litera íbamos el Chiquet y yo, con un piquete de quince soldados de a caballo.
VI.
EL CAPITÁN MALA SOMBRA
Llegamos a Tamames; fuimos a casa del alcalde, que era liberal; acostamos a don Juan Martín, le dimos una pinta de vino con azúcar y le abrigamos con tres mantas.
Me quedé yo en el cuarto velándole. Pasé allí unas doce horas. Estaba dormitando en el cuarto cuando el enfermo levantó una de las manos en el aire y comenzó a murmurar.
—Aviraneta—me dijo con voz débil.
—¿Qué hay? ¿Vas mejor?
—Sí, ya se me van suavizando los dolores. Necesito que vuelvas a Alba de Tormes.
—Como quieras.
—Vete, y diles a mi hermano Dámaso y al coronel Maricuela que, si se empeña alguna acción con el enemigo, que la mande el Capitán Mala Sombra.
—Está bien.
—Que le obedezcan como a mí.
—Bueno; se lo diré.
—Vete en seguida.
Salí del cuarto, llamé al Chiquet y le dije que preparara los caballos, porque teníamos que volver. Los preparó, montamos y nos dirigimos al galope en dirección de Alba de Tormes.
Era media noche; el cielo estaba claro y estrellado. Al llegar al soto inmediato al camino real nos dieron el alto. La infantería nuestra y parte de la caballería estaba acampada allí. El centinela llamó a la guardia y yo fuí con ella a un cobertizo en donde estaban alojados don Dámaso Martín y el coronel Maricuela. Les desperté, les dije la orden que me había dado el general y se avinieron a obedecer a Mala Sombra.
Hecha esta comisión, fuí a buscar al jefe de los vaqueros en su alojamiento de Alba de Tormes.
Al llegar al puente nos detuvo una patrulla mandada por el sargento Juan de Dios.
—Hola, Juan—dijo el Chiquet.
—Hola, Chiquet, ¿eres tú?
—Sí, soy yo, que viene con el teniente Aviraneta.
—Venimos en busca del Capitán Mala Sombra—dije yo—. ¿Estará?
—Sí, ahí ha quedado escribiendo tonterías—contestó Juan de Dios.
—¿Pues?
—Parece mentira que los hombres sean tan estúpidos.
—¿Por qué dice usted eso?—le pregunté.
—Ahí lo tiene usted a ese hombre, más serio, más bueno y más formal que nadie, escribiendo tonterías a una señoritilla de Ciudad Rodrigo, que no le hace caso y se burla de él.
—Tengo que verle de orden del general.
—Vamos.
Pusimos nuestros caballos al trote, y en un instante llegamos delante de una casa; me apeé, empujé la puerta y entré dentro. Subí una escalera estrecha y apolillada y llamé en un cuarto. Antes de que contestaran tardaron algún tiempo. El sargento Juan de Dios se había quedado hablando con el Chiquet en la calle y les oía charlar.
Al cabo de unos minutos se abrió la puerta del cuarto y apareció Mala Sombra con un candil en la mano.
—Adelante—me dijo—, ¿qué le trae a usted a esta hora?
—Vengo con un encargo del general Empecinado.
—Estoy a sus órdenes—contestó—; siéntese usted.
Acerqué una silla a la mesa y me senté. Vi que sobre ella había papeles escritos, llenos de tachaduras, con renglones pequeños que me parecieron versos.
Mala Sombra recogió, lo más disimuladamente que pudo, sus papeles y los guardó en el cajón de la mesa.
—Como sabe usted—le dije—, don Juan Martín ha caído enfermo y ha sido trasladado a la villa de Tamames. Hoy, que ha podido empezar a hablar, me ha expresado el deseo de que en su ausencia se ponga usted al frente de todas nuestras fuerzas.
—¿Y don Dámaso Martín y el coronel Maricuela?
—Están conformes en ponerse a sus órdenes mientras duren estas circunstancias.
—¡Ah, bueno; si es así no tengo nada que decir! ¿Quién ha de tomar la iniciativa en el mando?
—Usted. El general quiere que intente usted batir al enemigo. Usted conoce el terreno palmo a palmo.
—Sí, es verdad.
—Puede usted tomar sus iniciativas desde ahora mismo.
—Está bien, voy a decir que busquen al sargento Juan de Dios. Es mi brazo derecho.
—Debe estar en la calle hablando con mi asistente.
El Capitán Mala Sombra salió a la ventana y gritó:
—¡Eh, subid!
Al poco rato entraron en el cuarto Juan de Dios y el Chiquet. Sacamos un mapa de la provincia y discutimos la situación. Decidimos enviar dos confidentes al campo enemigo, para que averiguasen sus intenciones. Juan de Dios los trajo a la media hora. Uno de los confidentes era un tratante de ganado, grueso, fornido y picado de viruelas; el otro, un cosario de un pueblo de alrededor. Les dimos instrucciones fijas y precisas, y, como punto de cita para su vuelta, señalamos el soto que estaba próximo al río.
—Ahora, mientrastanto, preparemos una emboscada—dijo Mala Sombra—. Es el fuerte de nosotros los guerrilleros.
Salimos los cuatro del cuarto, bajamos la escalera, montamos a caballo y, atravesando el pueblo, llegamos al puente sobre el Tormes.
—Juan de Dios—indicó el capitán—, haz que los paisanos traigan una docena de carros y los pones interceptando el puente, atándolos unos a otros con vigas y sujetándolos con piedras.
—Bien, mi capitán.
—Después pondrás a veinticinco pasos del puente, sobre este cerrillo, cinco hombres con sus carabinas que hagan fuego sobre los realistas si se presentan. Tú, con cincuenta lanceros, estarás a doscientos pasos de la barricada del puente. De media en media hora me irás dando aviso de lo que ocurra. Yo estaré en el soto con las demás fuerzas. ¿Estás enterado?
—Perfectamente, mi capitán.
Dejamos a Juan de Dios y salimos Mala Sombra, el Chiquet y yo hacia el soto, al galope, y encontramos alerta a la gente.
El capitán mandó que la columna de milicianos avanzase por el soto en dirección contraria de Alba de Tormes, hasta dar vista a un extenso páramo. Allí mandó hacer alto y echar pie a tierra, manteniéndose siempre en formación. La caballería de Farnesio, con los lanceros de Valladolid, quedaron a un lado, y los vaqueros, con el teniente Gotor y las partidas de la ribera del Duero, al otro.
En la salida del sotillo hacia el páramo, cerca del camino real de Alba, dejó Mala Sombra al coronel Maricuela con trescientos hombres armados con carabinas, para que estuviesen en observación de las avenidas del pueblo.
—Probablemente—dijo Mala Sombra a Maricuela—, dentro de un par de horas pasarán por delante de usted los realistas. Cuando lo hayan hecho, usted se correrá con sus fuerzas hasta cerrar el paso del soto.
—Está bien.
Luego de arreglado este punto, nos encaminamos Mala Sombra, el Chiquet y yo hacia las riberas del Tormes y nos emboscamos en el lindero del sotillo. Eran las tres de la mañana. No había amanecido aún, todo estaba en el mayor silencio.
El Chiquet, por orden nuestra, fué a ver al sargento Juan de Dios y volvió poco después con uno de nuestros confidentes: el tratante de ganado. Este hombre nos dijo que venían seiscientos jinetes realistas con buenos caballos en dirección a Alba de Tormes. Habían salido de su campamento por la noche. Despachamos al tratante y le pagamos.
Una hora después, un poco antes de amanecer, llegó el otro confidente: el cosario. Nos confirmó las noticias anteriores, y aseguró que el enemigo estaba percatado de los movimientos de nuestra columna y de la gran requisa de granos y de reses que habíamos hecho para abastecer la plaza de Ciudad Rodrigo. Con el objeto de apoderarse de nuestro botín, el general don Enrique O'Donnell había destacado dos columnas para interceptar nuestro paso camino de Zamora; pero, al llegar a las inmediaciones de esta ciudad, había sabido el jefe realista que, a favor de una marcha forzada, nos dirigíamos a pasar el Tormes por Alba.
El cosario añadió que una de las columnas, compuesta de mil infantes y ciento cincuenta caballos, debía de llegar a Alba en la tarde del día que estaba amaneciendo. Esta columna venía de Salamanca.
Pagamos a nuestro hombre y quedamos en observación. Acababan de dar las cuatro cuando oímos las cornetas de la caballería de los realistas, y, poco después, comenzaron a voltear las campanas del pueblo en señal de regocijo.
Mala Sombra y yo nos acercamos a Juan de Dios, y el capitán le dijo al sargento:
—Aquí te quedas con tus lanceros. Si el enemigo pasa el puente y te ataca, te batirás en guerrilla retirándote hacia el soto, y luego echaréis a correr en fuga como a la desbandada por el páramo adelante. Cuando hayan entrado todos en el páramo, los envolveremos.
Tras de dar sus instrucciones, el capitán y yo atravesamos el soto y nos unimos con las fuerzas del teniente Gotor.
Un poco antes del amanecer, una avanzada realista se acercó al puente sobre el Tormes, y la guardia de los cinco hombres que estaba en el repecho hizo fuego graneado sobre ella. Se retiraron los soldados, pero al poco rato apareció una compañía seguida de un grupo numeroso de paisanos. Entre unos y otros desembarazaron el puente y pasaron a la otra orilla.
Era el momento en que Juan de Dios tenía que maniobrar. El sargento era muy ducho en estas cosas y sabía su papel como pocos.
VII.
LA PRESA
Estábamos todos agazapados en el soto esperando el momento en que Juan de Dios y sus vaqueros aparecieran perseguidos por los realistas.
El Oriente iba clareando. El sol, escondido aún, brillaba en algunas nubes altas y rojas. Había este silencio y esta inmovilidad del aire de la hora anterior al alba; pronto los primeros rayos solares comenzaron a iluminar con una luz dorada el vértice de la copa de los árboles; los pájaros cantaron en las matas. El campo tenía la juventud y la frescura de un amanecer claro de primavera. Todo en la Naturaleza parecía sonreír, todo era cándido e idílico. El viento hizo temblar suavemente las ramas de los árboles; los pájaros alborotaron más, el cielo fué poniéndose azul y la luz dorada del sol fué bajando en el follaje hasta iluminar e incendiar los hierbajos y los pedruscos del suelo.
Serían las cinco y media cuando apareció Juan de Dios, perseguido de cerca por más de trescientos caballos.
Los realistas gritaban desaforadamente:
—¡A ellos! ¡A ellos! ¡Son nuestros!
Al desembocar desde el sotillo al páramo los cincuenta jinetes de Juan de Dios, comenzaron a desparramarse, y los enemigos se dividieron y subdividieron, perdiendo el orden de formación.
Al mismo tiempo, las tropas del coronel Maricuela y las de don Dámaso Martín, corriéndose rápidamente por el lindero del soto, cerraron su salida y tomaron posiciones.
En este momento el capitán Mala Sombra dió la orden de ataque, y de la derecha como de la izquierda, a media rienda y lanza en ristre, se precipitó nuestra caballería contra los pelotones aislados de los realistas. El enemigo no tenía más defensa que sus sables y no se pudo defender con habilidad.
Juan de Dios reunió sus cincuenta vaqueros dispersos, y volviendo grupas y en perfecta formación, arremetió de frente contra los absolutistas, como si se tratara de una torada.
El grueso de la caballería enemiga se había detenido, y retrocediendo y al galope intentó atravesar el soto; pero al acercarse al boquete por donde había pasado, se encontraron los jinetes atacados por las tropas de don Dámaso y de Maricuela, y comenzaron a caer los hombres y los caballos.
Los realistas, consternados y en la mayor perplejidad, volvieron de nuevo grupas buscando una salida, y comenzó la desbandada. Azorados al verse metidos en aquella trampa, la mayoría se rindió y los demás siguieron su ejemplo.
Duró la acción diez minutos escasos; quedaron muertos en el campo a lanzadas unos veinte hombres y hubo próximamente cincuenta heridos.
El escuadrón realista en pleno quedó hecho prisionero, a excepción de tres o cuatro oficiales que tenían magníficos caballos y que escaparon dando un gran rodeo. Estos oficiales, por lo que supimos después, llegaron una hora más tarde a Alba de Tormes, contaron lo ocurrido, salió de la villa una columna realista de infantería, y con los carros y maderas que había llevado Juan de Dios el día anterior parapetaron el puente y quedaron en él de guardia.
Teníamos nosotros unos doscientos cincuenta prisioneros, a quienes se prohibió maltratarlos o despojarlos. Entre ellos había diez oficiales. De estos prisioneros cuarenta eran piamonteses bien equipados que montaban caballos muy buenos.
Al acercarnos Mala Sombra y yo a ellos, nos decían:
—Io eser cristiano católico. Mí no querrer haser mal.
Discutimos Mala Sombra y yo lo que se haría con los prisioneros, y como en el caso de querer incorporarlos a nuestras fuerzas no podían merecernos confianza, decidimos entregarlos en varias remesas.
Por la tarde, Juan de Dios y el Chiquet se presentaron en el puente con bandera blanca de parlamento, pasaron, dijeron a lo que iban, y al día siguiente, con una escolta de cincuenta caballos, llevaron cien prisioneros y los heridos.
Los realistas los recibieron con aclamaciones y bravos, y Juan de Dios y el Chiquet, después de ser muy obsequiados, volvieron a nuestro campo radiantes de satisfacción.
Nos quedaban aún cerca de noventa prisioneros. De éstos, unos eran mozos recién sacados de los pueblos de Castilla y uniformados en Valladolid. Se les indujo a que se quedaran con nosotros y algunos aceptaron, pero la mayoría, no.
La misma proposición se hizo a los cuarenta piamonteses, los cuales procedían de un regimiento que estaba en Valladolid, mandado por el príncipe de Carignan, que era miembro de la Casa de Saboya.
El príncipe de Saboya-Carignan había entrado en España bajo las órdenes del duque de Angulema, con una tropa alistada en el Norte de Italia, y se distinguió después, según dijeron, en el Trocadero.
De los piamonteses, sólo dos aceptaron el quedarse entre nosotros; un jovencito rubio llamado Emilio Pancalieri y otro muchacho alto, moreno, apellidado Corti. Los dos hablaban algo el castellano y eran sin duda gente aventurera.
Reunimos nuestro botín de granos, ganado, caballos, armas y uniformes de los realistas, y nos apresuramos a salir para Tamames, con el objeto de reunimos con nuestro general.
Llegamos por la tardecita a la villa y encontramos al Empecinado casi completamente restablecido.
Le conté con detalles la acción de Alba y lo que se había hecho con los prisioneros, y le pareció todo tan bien, que dijo que propondría a Mala Sombra al Gobierno para que le diese la cruz de San Fernando y le ascendiera a comandante de escuadrón. Habló después familiarmente el general con los muchachos que se nos habían unido y con los dos piamonteses, y como el Empecinado tenía sencillez e ingenuidad efusiva, llegó a cautivarlos.
Dispuso don Juan Martín que en Tamames descansase y se racionase la tropa, y envió los carros y el ganado requisado inmediatamente en dirección de Vitigudino.
Nosotros iríamos a retaguardia después de descansar.
A la mañana siguiente, al salir de mi alojamiento, encontré al Empecinado ya de pie. Estaba tan forrado de ropa que no podía moverse. Le ayudamos a montar a caballo. Se organizó la columna y anduvimos hasta la noche, en que descansamos en una aldea.
Por todos aquellos pueblos a la redonda hicimos requisa de ganado vacuno, con promesa de pagar a los ganaderos y a los Ayuntamientos. Sólo al marqués de Cerralbo le llevamos más de quinientas reses. Es posible que esto influyera en la familia para hacerla reaccionaria.
Tras de una marcha lenta de cuatro días, entró el convoy completo en Vitigudino, y la columna, tras él.
Durante este viaje el Capitán Mala Sombra, que ya era para los efectos oficiales el comandante Porras, se hizo amigo íntimo del italiano Pancalieri.
Al principio éste y Corti nos miraban con temor; debían tener mala idea de los españoles, creían seguramente que cada uno de nosotros era un perfecto bandido; pero como ambos eran perspicaces, notaron en seguida la clase de gente que había en la tropa, y se familiarizaron con ella.
Corti nos resultó un gran administrador y se encargó de llevar las cuentas de los suministros de la división.
Pancalieri se mostró un tanto perdido; bebía, hacía el amor a las chicas de los pueblos; jugaba al monte con nosotros y nos ganaba el dinero. A los dos o tres días estaba ya a sus anchas y nos tuteaba a todos los oficiales.
Pancalieri era un muchacho amable, simpático alegre, egoísta y jovial. Por lo que contó, su familia gozaba de buena posición en Turín; pero descontenta de sus calaveradas había intentado meterle en un convento, y él se había alistado en la tropa del príncipe de Carignan por el gusto de correr aventuras.
Era Pancalieri un muchacho fuerte, de mediana estatura, el pelo rubio obscuro, el bigote pequeño y los ojos claros. Hablaba en su lengua enrevesada mixta de español, de italiano y de dialecto piamontés con una gran libertad. Sus opiniones eran de una audacia extraordinaria.
Una vez que le preguntamos si era patriota, nos contestó con un cándido cinismo:
—¡Ma ché! No io no sono patriota. ¡Oh, no! Vivir, vivir agradablemente, io non volio más que eso. Tener unas cosas guisadas para comer, y unos trajes, y una casa y alguna mujercita para divertirse; pero ¡la Patria! ¡la Historia! ¡sacrificarse por eso! ¡Ma ché! No. ¡Qué tontería!
Pancalieri hablaba así y obraba en consonancia con su sistema. Su egoísmo natural y sonriente no llegaba a molestar. Mala Sombra, que tenía conceptos diametralmente opuestos, protegía al italiano; quizá pensaba que sus palabras las decía en broma; quizá habría entre los dos ese acuerdo íntimo que produce la amistad estrecha y efusiva.
En unos días de conocerse, durante el camino, el Capitán Mala Sombra comenzó a aficionarse tanto a la compañía de Pancalieri, que le trataba como si fuera su hermano; le hizo confidencias acerca de sus amores, y le pidió consejo.
Corti, mientrastanto, seguía trabajando en la administración militar, y todos los días yo conferenciaba con él.
A los ocho días de salir de Alba de Tormes llegábamos a Ciudad Rodrigo. El Empecinado dió cuenta de su comisión al comandante de la plaza, anunciándole que horas después llegaría un gran convoy de ganado vacuno y mil fanegas de trigo.
El comandante recibió la noticia con júbilo y la comunicó al Ayuntamiento, que en corporación fué a dar gracias al Empecinado, pues el pueblo se encontraba muy escaso de víveres.
VIII.
LA DECISIÓN DEL CAPITÁN
Al día siguiente de llegar nosotros, entró en Ciudad Rodrigo el ganado vacuno requisado, que se llevó a la plaza pequeña del pueblo, llamada plaza de Béjar.
Como entre aquellos bueyes y vacas mansas había algunos toros bravos de tierra de Portillo y Salamanca, se consideró indispensable apartar unos de otros para llevarlos a las dehesas próximas al pueblo.
Ya separados, a un oficial se le ocurrió la idea de que, para celebrar la victoria obtenida en Alba de Tormos y el éxito de la requisa, nada estaría mejor como dar una corrida en la plaza de la ciudad.
El proyecto levantó un gran entusiasmo en la tropa y en el pueblo; se pidió permiso al alcalde y al comandante militar, que lo concedieron, y se comenzaron a hacer preparativos.
El Empecinado y yo salíamos por aquellos días constantemente al campo y volvíamos de noche. Al saber el proyecto el Empecinado, se incomodó y dijo que de ningún modo permitiría que se celebrase la corrida.
Era don Juan Martín enemigo acérrimo de los toros; creía que este espectáculo no sólo no fomentaba el valor, sino que acrecentaba la indiferencia por los dolores ajenos y la cobardía. Entre los liberales las ideas de don Gaspar Melchor de Jovellanos sobre las corridas estaban entonces muy en auge.
Al saber la negativa del general, una comisión formada por militares y paisanos fué a visitarle a su alojamiento. El Empecinado trató de disuadirles de que celebraran la corrida; les exhortó, les expuso una serie de argumentos, pero los paisanos y los soldados quedaron tan mustios y cariacontecidos, que don Juan Martín, mal de su grado, tuvo que acceder.
—Bien, haced lo que queráis—terminó diciendo—; pero a mí no me invitéis, porque no iré de ningún modo, ni por ningún motivo.
La comisión escuchó muy seria las palabras de don Juan Martín, lo que no fué obstáculo para que a la salida marcharan militares y paisanos bailando de alegría.
En los días siguientes, el Ayuntamiento, el vecindario y los militares se dedicaron con gran entusiasmo a cerrar la Plaza Mayor y a construír gradas dentro de los soportales de la Casa del Consistorio.
Siguiendo las costumbres de la ciudad, antes de celebrarse la corrida se rifaron los sitios entre las familias que mandaron construír los tendidos por su cuenta.
Había en nuestra columna un nacional de Madrid, Juan López (el Ochavito), primer espada de alguna nombradía que había toreado en su juventud con Pepe-Hillo, y un aficionado llamado Isidro García, el Buñolero.
Se organizó una cuadrilla completa con espadas, banderilleros y monosabios. Las señoritas de la ciudad hicieron moñas vistosas con cintas de sedas de colores y adornaron las banderillas con papeles rizados.
El domingo, por la mañana, sería la corrida. Habían enarenado la plaza y señalado las localidades. Estaba acabado el programa. De los cuatro toros que se iban a torear, los dos últimos serían de muerte; el primero de éstos, un becerro de tres años, estaría a cargo del teniente Gotor, y, el segundo, el más fuerte y de más hierbas, lo mataría el Ochavito.
Estaba así dispuesto el programa, cuando se supo que iba a haber un número nuevo; pues el Capitán Mala Sombra pensaba salir al ruedo a mancornar el último toro, el del Ochavito: un toro salamanquino de mucha alzada y potencia.
Pregunté al Ochavito en qué consistía esto de mancornar.
—El mancornar—me contestó el espada—es una suerte de vaqueros. Un hombre puede coger (así decía él) un novillo de tres años; pero a un toro es imposible sujetarlo. Cuando se trata de coger un toro, se le debe primero capear, haciéndole sufrir todo el destronque posible, y cuando se nota que ya está sin fuerzas, lo cual se consigue muy pronto en sabiendo bien sacarle la capa, va uno y le agarra de la cola; el que mancornea, al pasar el toro junto a él le coge el pitón derecho con la mano derecha y, con la izquierda, el pitón del otro lado. Entonces, a fuerza de pulso, se le vuelve al animal la cabeza y se le echa en tierra.
Después de esta explicación pregunté a Juan de Dios a qué se debía esta humorada de Mala Sombra, y me dijo el sargento que la causa eran los celos, porque el teniente Gotor galanteaba a la misma muchacha.
Mala Sombra había buscado la manera de que Pancalieri, el piamontés, estuviera alojado en casa de su amada, y Pancalieri se había hecho amigo de la niña y le daba recados de parte de Mala Sombra.
Conté al Empecinado lo que ocurría, y el general me dijo que fuera a ver a Mala Sombra y le prohibiera rotundamente salir a la plaza bajo pena de arresto.
Fuimos el Chiquet y yo en busca del Capitán Mala Sombra. Nos dijeron que vivía en la posada del tío Barrueco, pero allí no estaba; después tuvimos que preguntar casa por casa en el arrabal de San Francisco y en el del Río, y, al último, lo encontramos en un verdadero palomar escribiendo febrilmente.
—Comandante—le dije—, el general ha sabido que piensa usted salir a la plaza y me envía para que le disuada de ese absurdo proyecto.
—Por qué. ¿No van a salir otros oficiales y soldados?
—Sí; pero la suerte que usted intenta ejecutar es más peligrosa.
—¡Bah! La he hecho otras veces.
—Dicen que quiere usted mancornar al último toro, el que va a matar el Ochavito.
—Cierto.
—Todos los que entienden de eso dicen que ese toro es de demasiada alzada y demasiada fuerza para mancornarlo. No haga usted la suerte con ese toro, sino con otro.
—No, no; con ese.
—Comandante—exclamé—, todo el mundo sabe que es usted un valiente: su fama de valor está bien cimentada desde hace mucho tiempo. Lo necesitamos a usted. Es usted necesario para la Patria y para la Libertad. ¿A qué exponer la vida estúpidamente?
—No puede ser, no puede ser—dijo él—. He dado mi palabra al pueblo. No puede ser.
Por más argumentos, por más consideraciones que hice, no conseguí nada.
IX.
CONCHITA AGUILAFUENTE
La decisión de Mala Sombra fué durante algunos días el tema de todas las conversaciones de Ciudad Rodrigo. Su decisión romántica hacía mucho efecto. Las mujeres tenían gran curiosidad de conocer al paladín enamorado. Yo sentía curiosidad de ver a la dama de sus pensamientos, y me la mostraron. Era Conchita Aguilafuente una muchacha de unos diez y siete años, morena, pálida, de ojos muy negros y muy grandes. No tenía muy buena fama; se decía de ella que era muy coqueta. Debía ser un temperamento ardiente.
Por lo que me dijeron, era de estas mujeres que tienen días en que se les ve desfallecer, que tan pronto están animadas, con la mirada brillante, como pálidas y ojerosas; mujeres en que el sexo es como una llama abrasadora que les consume. Yo la vi cuando iba a misa con una mantilla negra, que le sentaba maravillosamente; al pasar cerca de ella el Chiquet y yo le dirigimos unos piropos, y ella nos miró con una mirada relampagueante.
La madre, que la acompañaba, era una mujer todavía joven: una jamona de buen ver que producía grandes entusiasmos en la calle.
—El pobre Mala Sombra va a tener que bregar más con esta chica que con el toro del domingo—le dije yo al Chiquet.
Mi asistente celebró la gracia, porque, como buen catalán, era muy torero.
Hubiera dado cualquier cosa porque el domingo hubiera estado lloviendo; pero, por el contrario, amaneció con un sol espléndido.
Ya muy de mañana los aldeanos de los contornos comenzaron a acudir al pueblo y a ocupar las gradas que se habían instalado en la plaza.
Se hicieron los últimos preparativos, que los dirigió el Buñolero.
Las cigüeñas, que habían llegado a su nido de la torre municipal días antes, miraban como preguntándose: ¿Qué extraños preparativos serán éstos?
Después de la misa mayor comenzaron a llenarse los balcones de la plaza. Había una lucida representación de señoras y señoritas, de caballeros de negro y de militares de uniforme. Estaba aquello de gran gala.
El sol era espléndido y los abanicos temblaban en el aire. Yo no quería presenciar la corrida para hacer causa común con el Empecinado; pero tenía gran curiosidad de ver lo que hacía Mala Sombra, y también grande de observar la actitud de Conchita Aguilafuente.
Estuve en el salón de la casa Ayuntamiento, paseándome arriba y abajo, mientras la gente se asomaba a los miradores abiertos.
Una de las señoras que nos había oído hablar a un teniente y a mí de Conchita me dijo:
—Ahí está Conchita con su madre y ese italiano que hicieron ustedes prisionero.
Miré, y, efectivamente, estaba en un segundo piso de la Plaza Mayor, en la casa de un comerciante, en compañía de su madre y de Pancalieri.
Como yo siempre he tenido una tendencia estratégica, recordé que en la casa del Ayuntamiento había un depósito de papeles del Archivo que tenía una ventana que daba muy cerca del balcón donde estaba Conchita.
Le pedí al portero que me abriese la puerta de aquel cuarto.
—No va usted a ver nada, don Eugenio—me dijo él.
—No importa—le contesté—, quiero ver el público.
El portero me abrió y yo pasé adentro.
Me asomé a la ventana. A una corta distancia se veía el balcón en donde estaban Conchita, su madre y Pancalieri. Se veía además parte del interior de la habitación, que era una sala de pueblo con un espejo, una consola y unas sillas de damasco. La Conchita coqueteaba con Pancalieri de una manera disimulada.
—¡Demonio! ¡Qué descubrimiento!—me dije—. Este granuja de italiano se la está pegando de una manera ignominiosa al pobre Mala Sombra.
Comenzó la música, y poco después la corrida. De cuando en cuando sonaba un ¡ah! de emoción que se levantaba en el aire. Era, sin duda, en el momento en que algún torero estaba expuesto a ser cogido.
Cuando terminó el primer toro fuí al salón y me acerqué a la gente. Algunas personas, sin duda de nervios fuertes, encontraban que la corrida tenía pocas emociones y que aquellos becerretes no valía la pena de torearlos.
Al comenzar de nuevo la brega volví a mi observatorio.
El segundo toro dió poco juego. En el tercero la expectación se acentuó. Iba a matar el teniente Gotor.
Miré al balcón de Conchita. Ella estaba encendida. Pancalieri, con un aspecto cínico y sonriente. Ella aprovechaba las ocasiones de frotarse con él, y se estrechaban las manos sin que la madre les viera.
A veces ella entraba en la sala y se besaban, y estaban largo rato con los labios unidos. El forcejeaba con ella, y ella se escapaba de sus brazos y volvía a salir al balcón encendida y con un aire compungido.
La faena del teniente Gotor debió de ser brillante, a juzgar por la tempestad de aplausos y de bravos que estalló en la plaza.
Concluyó el tercer toro y salí de mi cuartucho. En el intermedio Conchita y Pancalieri, comprendiendo que la curiosidad del público se desviaba de la plaza para explorar los balcones, se separaron uno de otro y tomaron un aire de indiferencia.
Cuando comenzó el último toro, el Chiquet me agarró del brazo y me dijo:
—Venga usted, mi teniente.
Como tenía gran curiosidad me dejé llevar. Hubiera dado cualquier cosa porque la fiesta hubiese terminado. El último toro era grande, negro, con una cornamenta larga y afilada. Perseguía furioso a quien se ponía frente a él. El público vociferaba entusiasmado; los toreros apenas se atrevían a acercarse al animal. Únicamente el Ochavito y el Buñolero se plantaban delante y le daban recortes con la capa. A fuerza de estos lances el animal pareció cansarse, y en un momento que se paró el Buñolero le agarró de la cola.
Entonces se vió a Mala Sombra que avanzaba con el Ochavito, acercándose al toro. En un momento se agarró con presteza a las astas, cuadrándose de pechos ante la fiera. El hombre y el toro quedaron inmóviles; el hombre empujó la cabeza del animal por las puntas, la bestia alzó el hocico, y entonces el hombre metió el hombro por debajo de la barba del animal, y de un empujón lo tumbó al suelo, le puso el pie en el hocico y lo sujetó así.
Hubo una tempestad de aplausos. El Capitán Mala Sombra miró entonces al sitio donde estaba su amada. ¿Qué vió? No sé. Quizá comprendió rápidamente lo que pasaba entre Conchita y Pancalieri; el caso fué que el capitán soltó el pie, el toro se levantó de improviso, dió un topetazo con el cuerno en mitad del pecho al capitán y pasó por encima de él.
Después se vió al capitán erguirse un momento echando sangre a borbotones por la boca, y luego caer desplomado.
Hubo un momento de pánico entre los toreros.
El público aúllaba como una mujer loca, y salía de él un largo y enorme alarido. Algunos querían escapar, pero la mayoría estaba anhelante de angustia, de curiosidad y de pasión.
—¡Calma!, ¡calma!—dijo el Ochavito.
—Esperaos, que ahora viene lo bueno—gritó el Buñolero, como si el espectáculo de la muerte no le afectase lo más mínimo.
El Ochavito y el Buñolero metieron sus capotes y jugaron con el toro, mientras dos alguaciles recogían el muerto.
Algunos pidieron a gritos a la presidencia que terminara la corrida y retiraran al toro, pero esto no era fácil, ni mucho menos.
—Dejadlo—dijo el Ochavito—, yo lo mataré.
El Ochavito y el Buñolero fueron llevando al toro hasta un ángulo de la plaza. El Ochavito dió unos pases de muleta mientras el Buñolero le ayudaba con el capote.
—Échale un poco más allá—decía el Ochavito—. Bueno, bueno; ya está.
Después de algunos vanos intentos, cuando le tuvo a su gusto el Ochavito, se cuadró, y de una estocada como un rayo dejó al toro muerto.
El Buñolero se acercó con una bayoneta en la mano y le dió la puntilla.
La gente, olvidada ya del capitán, comenzó a aplaudir y a gritar. El público fué despejando la plaza; marchaban las mujeres llevando lágrimas en los ojos.
Conchita y Pancalieri se habían retirado del balcón. Me acerqué yo al sitio donde había muerto Mala Sombra, y en este momento vi salir a Conchita con su madre. Tenía una palidez de espectro, los ojos rojos, como de haber llorado, y la boca con un rictus de amargura.
X.
PANCALIERI
En la casa del Capitán Mala Sombra estaba expuesto su cadáver.
Había llegado su madre, una vieja campesina de un pueblo próximo, y lloraba rodeada de las mujeres de la vecindad.
Estuvimos allí todos los oficiales de la guarnición, comenzando por el Empecinado; se encontraban también los dos italianos, Corti y Pancalieri. Pancalieri estaba triste y cariacontecido.
—¡Qué folia!—me dijo—. Este hombre se ha matado.
—Sí; mientras usted abrazaba a su novia él se ha matado por ella—le dije yo, en voz baja.
—¡Ma ché! No. Sería demasiado idiota.
—Pues no le quepa a usted duda. Los que le han visto de frente me han dicho que al levantar la mirada al balcón donde estaban ustedes se le demudó el rostro, y entonces dejó de sostener la cabeza del toro y se dejó matar.
—¡Ah povero! ¿Pero usted cree que se habrá matado por ella?
—Sí.
—¿Por la signorina Conchita?
—Sí.
—¡Oh, no! ¡Maché! ¡Qué folia! Questa signorina está bien para pasar el rato ma nada más.
—Amigo—le dije yo—, esa muchacha que para usted no sirve mas que para pasar el rato, para este pobre hombre, era toda la vida...
Y mientras decía esto, la mirada de Mala Sombra, terrible y trágica, parecía confirmar mis palabras.
XI.
FINAL
Había concluído de hablar Aviraneta, y repantigado en la butaca miraba el humo de su cigarro, que se elevaba en volutas en el aire.
—¿Y qué fué de la Conchita?—dije yo.
—Me dijeron muchos años después que se había casado.
—¿Con Pancalieri?
—No.
—Quizá con Gotor, el rival de Mala Sombra.
—Tampoco. Se casó con un propietario rico de Zamora.
—¿Y no tenía nada que ver con Pancalieri?
—No sé. El que me habló de ella aseguraba que el hijo primero de Conchita era el vivo retrato del italiano. Es posible que fuera verdad, es posible que no. Vete a saber...
—Es usted admirable, don Eugenio—le dije—todavía le quedan a usted historias en el zurrón.
—Qué quieres. Los hombres de mi tiempo no leíamos tantas novelas como los de ahora. Buenas o malas, las hacíamos en la vida.
Y Aviraneta se levantó, se frotó las manos y comenzó a pasearse por mi despacho, mirándolo todo con su aire perspicaz y agudo de fuina.
Madrid, marzo, 1917.