ROSA DE ALEJANDRÍA

I.
EL VIAJE A EGIPTO

Puesto que deseas que siga la narración de mi vida, amigo Pello, dijo Aviraneta, la seguiré.

A mediados de noviembre de 1823 salí de Tánger y llegué a Gibraltar, donde me esperaban en el muelle el hijo de la señora Toledano y el dependiente principal de Benolié, el banquero.

Me llevaron a casa de un judío que me cedió un gabinete muy bonito, y me dieron una carta de residencia del Estado Mayor de la plaza.

El señor Benolié era hombre rico, banquero de mucha influencia, y vivía muy en grande en una casa a la inglesa. Me presenté a él, me trató muy amablemente y me dijo que fuera a su casa cuando me pareciera.

Fuí una vez por cumplir y no volví. Me cansé en seguida de Gibraltar. Ya no tenía allí amigos. Los liberales españoles se habían marchado. Aquello me parecía un sitio estrecho, de lo más antipático del mundo.

Un día que estaba en mi gabinete, tendido en el sofá divagando, apareció el señor Benolié.

—¿Qué le pasa a usted?—me dijo—. ¿Está usted enfermo?

—Sí, algo enfermo debo estar, pero principalmente estoy aburrido; yo no puedo vivir así. Me he acostumbrado a otra vida.

El señor Benolié quizá creyó que le quería decir que tenía hábitos más fastuosos, y sonrió suponiendo que era una fanfarronada de español.

—¿Pues cómo ha vivido usted?—me dijo con ironía judaica.

Yo le conté brevemente mis andanzas de guerrillero y de conspirador, y como vi que le interesaban di detalles y más detalles. El señor Benolié se quedó tan asombrado, que creo que si le hubiera dicho que yo no era un hombre, sino un trasgo o un gnomo, no hubiera tenido tanto asombro.

—¡Pero usted ha vivido de esa manera!—exclamó varias veces.

—Sí.

—Es extraordinario. Yo tenía otra idea de los guerrilleros. ¿Y para qué ha vivido usted así? ¿Ha ganado usted mucho con eso?

—Nada. El poco dinero que tenía lo he perdido.

A Benolié no le cabía esto en la cabeza.

—Con la actividad y la energía que ha desplegado usted inútilmente, puesta en el comercio se hubiera usted hecho millonario.

Esta observación de judío le parecía a él un argumento irrebatible.

—Sí, es posible—contesté yo—; pero en el comercio no hubiera puesto tanta energía. Ser rico no me interesa. Yo no necesito mas que el dinero imprescindible para comer y tener un rincón donde dormir. Esto se me cae encima. Yo necesito campo, peligros, intrigas para estar bien.

Benolié y yo nos miramos como podrían mirarse un lobo y un castor.

—Sin embargo, ¿usted piensa marcharse a Méjico a ser comerciante, según me ha dicho?

—Sí, si no encuentro otra cosa mejor.

—No hay nada mejor que el comercio, señor Aviraneta—replicó él sonriendo—. Yo creo que usted no se ha dado cuenta de ello. Yo quisiera que usted probara a trabajar en mi casa.

—Probaré.

—Yo le daré a usted el máximum de sueldo y el máximum de comisión.

—Pues nada, empezaré.

Comencé a acudir al escritorio, y fuí tan puntual y ordenado como pudiera serlo el primero.

Al cabo de un mes, Benolié me llamó a su despacho.

—Indudablemente, señor Aviraneta—me dijo—, no sirve usted para la vida sedentaria. No come usted, no bebe usted, no habla usted, y se va usted poniendo más amarillo que un limón.

—Sí. Es cierto.

—¿Qué ha pensado usted hacer?

—Yo había pensado ir a Grecia y hacer la campaña contra los turcos; pero como todo el mundo me habla aquí mal de los griegos, he decidido ir a Egipto y ofrecerme al gobierno del virrey como oficial.

—Bueno, bueno, como usted quiera. Si trata usted de ir a Egipto, yo le proporcionaré a usted barco.

El señor Benolié se mostró muy generoso, me entregó cincuenta libras esterlinas, entre sueldo y comisión, por el trabajo que había hecho durante un mes en su casa. Al pensar en ir a Egipto, se me ocurrió llevar una mercancía a vender por allí, e hice mi ancheta y la metí en un gran cajón.

El día seis de diciembre apareció un bergantín en el puerto de Gibraltar, que marchaba a Alejandría. Era un bergantín nuevo, sin nombre. Iba tripulado por la marina de guerra inglesa; lo llevaban para entregarlo al virrey de Egipto.

Bajaron el capitán sir John y dos oficiales, y fueron a visitar a Benolié. Benolié les habló de mí, y el capitán sir John le dijo que con mucho gusto me llevaría en su barco hasta Alejandría, puesto que era liberal y amigo suyo.

Al día siguiente se condujo al barco mi cajón de mercancías, al que le pusieron precintos de plomo y una etiqueta con el escudo de Inglaterra.

El capitán sir John dijo que, para ir a bordo, debía marchar vestido de guardia marina.

Benolié me envió a su sastre, para que me hiciera un traje completo de guardia marina, que se componía de chaqueta y pantalón azul, chaleco de grana y polainas. Me trajeron también a casa un kepis, un sombrero redondo de hule y un capote de goma.

Benolié me entregó la víspera de mi partida dos cartas de recomendación: una para el general Boyer y la otra para un comerciante judío de Alejandría, corresponsal suyo, que se llamaba Isaac Bonaffús.

A las seis de la mañana del día diez de diciembre, en un lanchón de Benolié, me dirigí al bergantín, en compañía de Toledano. El bergantín había levado anclas y extendido algunas velas.

Estreché la mano de mi amigo, quien volvió en una lancha, y me dirigí, acompañado de un mozo, a mi camarote.

A las seis y media zarpó el bergantín, con viento fresco, y dejamos al poco rato de ver Gibraltar y las costas de Africa.

Al mediodía el viento se hizo más fuerte, y, al comienzo de la tarde, se desarrolló un ventarrón furioso. Se recogieron las velas y casi a palo seco fuimos marchando por el mar, sin rumbo.

Yo llevaba días sin dormir bien, y no sé si por el medio mareo que tenía o porque bebí un poco de vino, el caso fué que me eché en la cama y no desperté hasta el día siguiente a las once. Al salir vestido a cubierta, sir John, el capitán, comenzó a reír al verme y me dijo:

—Usted es un lobo de mar.

—Pues, ¿por qué?

—Porque ha podido usted dormir cuando todo el equipaje andaba mareado. Hemos tenido un huracán terrible.

Pasé con sir John a la cámara de oficiales, donde vi que había dos tenientes, echados de bruces sobre la mesa, estudiando un gran mapa.

Aunque yo no los entendía, porque hablaban inglés, comprendí que estaban buscando la posición y el derrotero del barco.

Sir John, a quien le gustaba hablar francés conmigo, me dijo que íbamos a tener mal tiempo, porque el barómetro seguía bajando.

No sé a punto fijo hacia dónde navegamos; yo no me atrevía a preguntárselo a nadie, pero sí sé que por la tarde del tercer día se nos presentó el viento de proa y empezamos a dar bordadas.

A eso de las once de la noche comenzó una tormenta espantosa: una de rayos, de truenos, de granizo, que no paraba un momento.

El capitán y los oficiales estaban de observación en la cámara; los marineros esperaban órdenes en el puente.

Yo no podía hacer allí nada más que estorbar. Antes de meterme en la cama, agarrándome a lo que pude, llegué a la cocina y le compré al cocinero víveres. Desde nuestra salida de Gibraltar no se había encendido la cocina. El cocinero me puso en un talego una docena de galletas, medio queso, dos tarros de mermelada, dos botellas de vino de Jerez y un frasco de aguardiente. Llegué a tientas a mi camarote, cerré la puerta, porque entraba agua, y me dije:

—Hay que entregarse al destino.

Comí un trozo de queso y unas galletas con dulce, bebí un vaso grande de Jerez, luego una copa de aguardiente, encendí un cigarro y a la media hora estaba dormido. Nunca he tenido sueños más raros.

A la mañana siguiente me desperté. Había agua en el suelo del camarote. Cuando abrí el ventanillo y miré al mar me dió el vértigo con aquel resplandor y aquella blancura de la espuma.

Me pareció que el mar se hallaba más agitado, pero el aire más tranquilo, y supuse que esto era buena señal. No salí del camarote; estuve haciendo gimnasia, y al anochecer tomé mi trozo de queso, mis galletas con dulce y dos vasos grandes de Jerez, y dos copas de aguardiente.

Tardé en dormirme, pero me dormí. Al día siguiente, al despertar con la cabeza un poco pesada, vi que había amainado el temporal. Abrí el ventanillo y vi el mar mas tranquilo, y me volví a tender en la cama. Estaba dormitando cuando entraron en el camarote el capitán y el cirujano del barco.

—No he visto otro parecido—dijo el cirujano señalándome a mí—. Este es un hombre grande. ¡Y luego hablan de la flema inglesa!

El capitán sir John se reía.

—Levántese usted—me dijo—, porque tienen que limpiar todo esto.

—¿En dónde nos encontramos?—le pregunté yo.

—Nos estamos acercando a la costa francesa, a las islas de Hyeres.

Me levanté, me vestí y salí a cubierta, con la cabeza un tanto pesada.

Antes del mediodía llegamos a la isla de Porquerolles, donde anclamos. Examinaron los oficiales y el contramaestre el casco del barco, que tenía alguna avería insignificante; lo limpiaron los marineros por dentro y por fuera, secaron el velamen y a las veinticuatro horas estaba el bergantín tal como había salido de Gibraltar.

Se compraron víveres, se encendió la cocina, y comimos por primera vez caliente y de una manera espléndida.

La marinería tuvo también un gran banquete, con carne fresca y pan del día, y el capitán regaló a los marineros una pipa de vino.

A media noche nos hicimos a la vela con un tiempo hermoso, y a los doce días de dejar las costas de Francia estábamos a la vista de Alejandría.

En todo el trayecto, el capitán sir John tuvo para mí muchas consideraciones, sentándome a su mesa en unión de los oficiales y del médico.

Tenía sir John algunos libros, y me prestaba los que le pedía. Me dejó el libro de Volney, sobre Egipto y Siria, y los viajes de Ali Bey.

Al llegar a la vista del puerto de Alejandría la organización y la etiqueta del barco variaron. El capitán dejó su familiaridad y se convirtió en un jefe frío y desdeñoso. Su cámara quedó convertida en el palacio de un sátrapa con su correspondiente guardia.

La etiqueta era más rigurosa que en China. Yo tuve que salir de mi hermoso camarote y marchar a la cámara de los pilotos. Uno de ellos, que tenía un álbum de vistas grabadas, sacó una del faro de Alejandría y me mostró una torre asentada sobre una roca, con un brasero humeante en la punta.

Aquel era el antiguo faro, que se consideraba como una de las siete maravillas del mundo, dibujado conforme a las descripciones de los antiguos, porque ya no existía, y, en su lugar, estaba el castillo que hizo construír el sultán Solim en el siglo XVI.

Por la mañana, al amanecer, me levanté de la cama y me asomé a la borda. No se veía mas que la costa baja, amarillenta, iluminada por el sol; la ciudad, vagamente, y la columna de Pompeyo, que se destacaba con claridad.

Estuvimos mucho tiempo parados delante de Alejandría. Yo sentía impaciencia y un gran deseo de bajar a tierra; pero como allí, en el barco, todo se hacía siguiendo el protocolo, tuve que esperar. Al día siguiente nos acercamos al puerto al amanecer; por la mañana llegó el cónsul inglés de Alejandría, fué a visitar a sir John y tuvo con él una larga conferencia.

Pudimos contemplar la ciudad iluminada por el sol, que me pareció un montón de ruinas; las fortalezas, el faro, las torres y los mástiles de los barcos.

Después de la entrevista el capitán me avisó que si quería saltar a tierra podía entrar en Alejandría, en compañía del cónsul, como súbdito inglés, sin que en la Aduana me molestasen.

Fuí a dar las gracias a sir John, que me escuchó impasible, y me hizo un saludo militar como si no me conociera, y bajé a la lancha del cónsul. Pasamos por delante del faro actual; una bastilla, con una torre para señales, y alrededor de la fortaleza una muralla con sus cubos, que rodean la isla. Entramos en el puerto de Eunostos y desembarcamos cerca de la Aduana. Yo subí en un coche que esperaba al cónsul y fuí con él hasta su casa.

II.
LA CASA DE CHIARAMONTE, EL MALTÉS

Me invitó el cónsul a desayunar en su casa. Tomé una taza de café con leche y un poco de dulce, y fumamos un cigarro.

—Dígame usted ahora qué piensa hacer. Yo voy a trabajar—me dijo.

—Quisiera que me indicaran las señas de un judío, Isaac Bonaffús, a quien estoy recomendado.

—¿Bonaffús? Lo conozco—me dijo el cónsul—. Un criado mío le acompañará a usted a su tienda. Deje usted la maleta aquí, y luego pueden venir a buscarla.

Me despedí del cónsul, y con el criado bajé al portal. Salimos. Atravesamos unas callejuelas y llegamos a una calle hermosa y recta, con aceras, la calle de los Francos, y, como a la mitad, nos paramos en una casa de un piso, que tenía una tienda pintada de rojo, que cogía toda la fachada. Entramos en ella. Un dependiente nos advirtió que el principal no estaba en aquel momento en casa.

El criado del consulado dijo, con el despotismo del inglés, que era asunto del cónsul de Su Majestad británica, y que lo llamaran.

Al cuarto de hora apareció el señor Isaac Bonaffús, un hombre rechoncho, de barba negra, de mechones muy blancos, con una cara del color de una vejiga de manteca, vestido con una túnica azul y gorro griego.

El señor Bonaffús me preguntó secamente en qué podría servirme; pero cuando le dijo el criado que era asunto del cónsul inglés se deshizo en cortesías.

Le di una propina al criado del cónsul, que la tomó, a pesar de su aire de caballero de la Tabla Redonda, y me quedé en la tienda de Bonaffús.

Saqué mi cartera, y de ella la carta de Benolié. La leyó éste, la examinó y me dijo.

—Yo estoy obligadísimo a Benolié, y usted me manda. ¿Qué quiere usted hacer?

—Primero quisiera tomar un cuarto en un fonda o donde sea.

—Hombre, aquí fonda buena para estar mucho tiempo, no hay.

—Entonces, ¿será mejor una casa de huéspedes?

—Sí, yo creo que sería mejor. Casa de huéspedes... Casa de huéspedes... Ya tengo una. Es de un maltés que ha vivido en Gibraltar, hombre rico, que sabe el español. Si quiere usted, yo le acompaño.

—Bueno. Vamos.

Recorrimos la calle de los Francos y fuimos por una callejuela de casas blancas, con puertas y ventanas herméticamente cerradas. Antes de llegar al barrio árabe nos detuvimos en una casa baja y muy larga, con celosías pintadas de verde. Llamamos varias veces con el aldabón, y apareció en una ventana un tipo de bandido italiano con la cara tostada por el sol, tuerto, y con una cicatriz que le cogía media cara.

—Buon giorno, amico Chiaramonte—dijo Bonaffús.

—¡Buon giorno! ¡Ah! ¿Dove andate, amico Bonaffús?

—A casa vostra.

—¡Ah! Bene. Bene.

—E la signora Cayetana, ¿come sta?

—Bene. Bene. Andate ad aprir la porta—gritó Chiaramonte a alguno.

Un criado abrió la puerta y pasamos adentro. Subimos por una escalera pequeña donde estaba Chiaramonte, y entre el judío y el maltés se entabló una conversación chapurrada en la lengua de los francos de Alejandría; una jerga mixta de turco y de griego.

—Este señor es español—dijo Bonaffús.

—¡Ah! ¿Es español?

—Sí—repuso Isaac Bonaffús—, es un español recomendado por Benolié, el banquero de Gibraltar, y por el cónsul inglés de aquí. Quiere quedarse en Alejandría algún tiempo, y yo le he indicado la casa de usted, por si ustedes le pudieran tomar de huésped.

—En este asunto mi mujer y mis hijas son las que deciden; yo no me ocupo mas que de mis caballos—dijo el maltés.

—Bueno; pues llame usted a la señora Cayetana y a sus hijas.

El maltés llamó a su mujer y a sus dos hijas. La madre era una mujerona con aire un poco africano, el pelo negro ensortijado, los ojos grandes y los labios rojos. Las hijas eran muy bonitas.

La patrona puso dificultades sobre la asistencia, y únicamente se avino a tomarme de huésped a condición de que yo comiera con toda la familia y a las horas en que ellos acostumbraban.

—Estoy conforme—le dije yo—; únicamente me gustaría ver el cuarto.

Me enseñaron una sala grande, con una alcoba blanqueada, que tenía ventanas cerradas con celosías que daban a la calle.

—Por el precio no reñiremos—me dijo la patrona—; tengo otro español, y a él le llevo dos pesetas al día, porque por ahora gana poco, y tiene un cuarto pequeño. A usted le llevaré tres pesetas.

—Muy bien.

Cerramos el trato, y el maltés mandó a un mozo suyo a que recogiera mi maleta en el consulado inglés, y yo salí con Bonaffús.

—¿Qué clase de pájaro es este Chiaramonte?—le pregunté en la calle.

—Es buena persona. Se puede usted fiar de él. Es tratante de caballos y hace contrabando. Las chicas son un bocato di cardinale, y tendrán sus doscientos mil francos cada una de dote. Ahora que, como son católicas, aquí no encontrarán novios de su religión. Nosotros, los hebreos, no queremos bodas mixtas. Pero para usted que es católico, si no es ya casado...

—No, no estoy casado.

—Entonces no le digo a usted más.

Al llegar a la tienda del señor Isaac, le consulté acerca de mi ancheta y le enseñé la factura. El comerciante la estudió artículo por artículo, y me dijo que, como no había pagado flete, ni pagaría aduanas, ganaría el doble de su precio.

—Mas no creo que haya usted venido en un barco de guerra sólo para traer un cajón de sedería o cosas por el estilo—añadió Bonaffús.

—No; mi objeto es entrar al servicio del virrey de Egipto, que va a organizar un ejército a la europea.

—Ya sabe usted que hay un general francés que lo dirige todo.

—Sí.

—¿Trae usted alguna carta de recomendación para él?

—Sí.

Se la enseñé, la leyó, y me dijo:

—Yo le puedo servir a usted de algo. Viene a mi casa un capitán francés, Lasalle, que es de Auch y se dice sobrino del general Lasalle. Este Lasalle está en Alejandría y parece que es un comisionado del virrey para recibir a los militares europeos.

—¿Y qué clase de hombre es?

—Pues, como todos los franceses, es muy patriota. Lasalle hace lo posible para favorecer a sus paisanos y poner toda clase de dificultades a los que no lo son. Hace tiempo vinieron aquí muchos jefes y oficiales que habían servido con Murat; luego han venido otros italianos de los constitucionales del general Pepé y no han podido entrar aquí, y se han marchado a servir a los griegos.

—¿Así que esto no está bien?

—No está nada bien. Al que no le quieren, aunque tenga buenas recomendaciones, le aceptan y le ponen en una sección de disponibilidad; luego le envían a cualquier rincón del alto Egipto o de Siria, y allí tiene que vivir, con un sueldo de un franco cincuenta, o dos francos al día.

—Entonces me parece que me he equivocado al dirigirme a esta tierra.

Me despedí de Isaac Bonaffús, que quiso acompañarme. Encontramos a Chiaramonte a la puerta de su casa, y él y Bonaffús se embromaron el uno al otro sobre sus respectivos negocios.

—Nostro amigo Chiaramonte—me dijo Bonaffús—es molto rico. ¡El contrabando!

—¡Bah! ¡Bah!—repuso Chiaramonte—. ¿E voi? Sempre esta facendo denaro—me dijo—. Questos judíos son maravigliosos. ¡Oh! ¡Che canaglia!

—E lei es molto mas rico que yo—exclamó Bonaffús.

No me interesaban mucho estas gracias de comerciantes, y subí al piso principal.

Salió la Cayetana, la mujer de Chiaramonte, y me pasó a una salita en donde se hallaba ella en compañía de sus dos hijas, que estaban haciendo labores. Este saloncito era muy bonito; tenía un gran mirador colgado sobre la calle, con muchas flores, el clásico diván, con sus almohadones bordados a estilo oriental, unas cuantas sillas de Damasco, un piano y varios grabados antiguos. Alrededor del salón había un estante y en él se veían libros de Chateaubriand, Walter Scott y la Historia de los caballeros hospitalarios de San Juan de Jerusalén, por el abate Vertot, en una edición de lujo. Las dos muchachas me parecieron verdaderamente encantadoras en la intimidad. Sobre todo Rosa era muy bonita. Hablaban muy bien el castellano y sabían el italiano y el inglés. Habían sido educadas en una pensión de Gibraltar.

III.
NUESTRO AMIGO MENDI

Estábamos hablando de la vida y de las costumbres de Alejandría, cuando se oyeron pasos en la escalera y después en el corredor.

La señora Cayetana se levantó, y en su lengua chapurreada dijo al que llegaba:

—Señor Mendi. Aquí hay otro spagnuolo que va a vivir con nosotros.

Entró el español; yo me levanté para saludarle.

Era alto, fuerte, guapo.

No hice más que verle y oír su voz y le dije:

—¿Usted es vascongado?

—Sí. ¿Y usted?

—Yo también.

—¿De dónde es usted?

—De Tolosa.

Nos dimos la mano efusivamente y hablamos en vascuence, produciendo la sorpresa de la familia Chiaramonte, que nunca había oído esta lengua.

Me contó mi paisano que hacía tres meses que estaba en Alejandría, adonde había llegado en un barco de Marsella. Era Mendi nacional de caballería; había servido en Navarra y en la Rioja, como sargento, en la partida de un tal Mantilla, hasta la dispersión de la partida, a la entrada de los franceses de Angulema, en que había tenido que emigrar a Francia.

Me dijo que se apellidaba Basterrica, pero, como al escaparse de España había comenzado a llamarse por su segundo o tercer apellido, Mendi, todo el mundo le conocía por Mendi, y como era más corto y más fácil para los extranjeros, lo había adoptado.

Era Mendi hombre de unos veinticinco años, de gallarda figura. Se expresaba siempre con un aire atento y expresivo, y decía las mayores impertinencias con una impertérrita frescura. Hablaba el castellano bien, pero de una manera afectada; y esta afectación se elevaba de punto cuando se expresaba en francés. Entonces cambiaba de voz y de gestos. Sólo hablando el vascuence parecía natural en la voz y en los ademanes. Como era temprano y no se cenaba hasta las ocho y media, me propuso Mendi dar un paseo; hacía una hermosa noche de luna.

Cogimos nuestros sombreros y marchamos por entre callejuelas. El pueblo estaba a obscuras. No había alumbrado en Alejandría, y donde no entraba la luz de la luna se iba tropezando y metiéndose en basuras.

—Erri ziquiña au—(Este pueblo es muy sucio)—me decía de cuando en cuando Mendi, en vascuence, con su voz ronca.

Salimos a un arenal que estaba lleno de ruinas, y fuimos a sentarnos en un monolito grande, que estaba medio sepultado al lado de otro enhiesto. Debían ser las agujas de Cleopatra. Cerca se levantaba una gran torre. Aquel paisaje, aquella ruina a la luz de la luna, parecía algo de ensueño. No hacía calor: una brisa fresca y húmeda venía del mar, que murmuraba a pocos pasos.

Mendi se sentó en la piedra y me contó sus vicisitudes en aquel pueblo, donde, según él, no había elementos. Esta era su muletilla. Se había puesto a dar lecciones de música y de piano. ¡Música a aquellos bárbaros! ¡Cosa inútil! No tenía mas que pocas lecciones a tres duros: dos señoras, un fraile y unos zarpajuelos de judíos, como decía él.

De pronto Mendi dejaba su voz afectada, y decía en vascuence, con su voz fuerte.

—¡Yo, que vivía allí en Tolosa tan bien, que me llevaban a la cama todos los días un tazón de leche caliente con azúcar! ¡Yo en este país asqueroso donde no hay elementos! Paisano, ¡qué final!

Había oído decir que había chacales en los alrededores de Alejandría.

Se oían aúllidos de perros o chacales en el arenal. No me hacía gracia estar allá.

—Vamos a casa—indiqué yo—. Dicen que hay por aquí chacales.

—Chacales—exclamó Mendi, con su voz gruesa—. ¡Qué ha de haber aquí! ¡Unos perros que suelen andar entre las ruinas! Se les pega una patada y echan a correr. Aquí no hay nada.

Mendi me pareció un hombre simpático, pero terco y, sobre todo, ignorante y sin curiosidad ninguna. Apartándole de la música y de otras dos o tres cosas, en lo demás era negado.

Volvimos a casa sin encontrar más alma viviente que algún perro, que nos persiguió con sus ladridos, y nos presentamos a la mesa de Chiaramonte. Pronto comprendí que el amigo Mendi se había hecho el amo de la casa del maltés. Todo el mundo le contemplaba con admiración. Mendi empleaba en su conversación una variedad de tonos: hablando en francés, era redicho y afectado; en castellano, tenía la tendencia a imitar a los andaluces.

A cada paso me decía:

—Eugenio. ¡Eh! ¡Aquella sidra de nuestro país! ¡Aquellos perrachicus! Aquí no hay elementos.

Después de cenar, Mendi pasó a una salita, con un piano, y fuimos todos tras él.

Se puso a tocar, y las niñas Rosa y Margarita cantaron. Las pobres muchachas temblaban, porque el maestro era tan severo, que no les perdonaba la menor falta.

—No, no. Así no es—decía Mendi—; hay que empezar de nuevo.

—No sea usted pesado—le dije yo—; lo hacen muy bien.

—No, paisano, no. Esto hay que hacerlo completamente bien, o no hacerlo.

—Tiene razón—dijeron las chicas—; debe corregirnos mientras no lo hagamos tal como es.

Chiaramonte y su mujer creían lo mismo.

Terminamos nuestra reunión y nos fuimos a la cama.

Cuando iba a entrar en mi cuarto, me gritó Mendi:

—Eugenio, ¡eh!; aquellas sardinas que se comen en nuestra tierra no las encontrará usted aquí. No hay elementos, ya se convencerá usted.

Me acosté, me dormí, y a la mañana siguiente fuí al consulado inglés y, después, a casa de Isaac Bonaffús.

Le dije a éste que mi fardo lo habían desembarcado, y que, si quería, lo llevaría a su tienda. Me contestó que sí, pero que no lo abriría sin estar yo delante.

Volví a mi casa y me encontré en la puerta con Chiaramonte.

El maltés era un hombre de unos cincuenta años, tostado por el sol. Tenía, indudablemente, sangre de hombre del Norte; el ojo que le quedaba, azul como de porcelana, y el pelo, más claro que la tez.

Me enseñó Chiaramonte su casa, que era grande; tenía hermosas cuadras y grandes almacenes de paja y cebada. Hablamos de caballos, y yo le solté todos los datos que había leído en el libro de Volney sobre los potros del Yemen.

Estando hablando se presentaron las dos hijas, Rosa y Margarita, acompañadas de un criado; volvían de oír misa en el convento de franciscanos. Las saludé, y las dije que la noche anterior no las había visto bien. Eran mucho más bonitas de lo que yo me había supuesto.

Rosa era rubia, con un color tan fino, tan delicado, que maravillaba.

Margarita era un tipo más meridional.

Rosa, al oír mi galantería, se puso un poco encendida, y Margarita se sonrió.

—¡Ah el espagnuolo! ¡Siempre galante!—dijo el padre, riendo, dándome una palmada en la espalda—. Bueno, bueno; vaya usted a almorzar, que no habrá usted almorzado.

Subí al comedor, me sirvieron el desayuno y charlé un rato con las dos hermanas. Me dió tristeza verlas a las dos solas, sin amigas, viviendo casi siempre encerradas.

Hablamos de Mendi, y vi que Rosa se animaba mucho con esta conversación.

Después de la charla volví a casa de Isaac Bonaffús, quien me dijo:

—Ha estado aquí el capitán francés Lasalle y le he hablado de usted. Le he dado sus señas y me ha dicho que irá a verle.

—Bueno. Está bien ¿Arreglamos el negocio de mis mercancías?

—Sí, cuando usted quiera.

Examinamos el género, que venía intacto; lo tasó Isaac, y yo separé un paquete grande de sedería que no estaba en la factura.

Isaac me abrió una cuenta corriente en su libro de nueve mil y tantas pesetas, y me volví a casa.

Al llegar me dijeron que había venido un capitán francés a preguntar por mí, y que volvería a la hora de cenar.

—Tengo que hacerles un regalo—les dije a las chicas del maltés—. He traído un paquete de sedería, y de él he sacado tres pañolones bordados que están en mi cuarto. Primero elegirá Rosa; después, Margarita, y el que quede será para su madre.

Se hizo la elección, y quedaron todas encantadas.

Cuando entró Chiaramonte le llevaron a ver los pañolones.

—No, no; esto no es posible—dijo el maltés tuerto—, esto vale mucho; yo no puedo aceptar un regalo así.

Le dije que no fuera tonto, que a mí me habían costado poco, y que no molestara a su mujer y a sus hijas con tonterías.

Chiaramonte me dió la mano.

—¡El espagnuolo! ¡Siempre es así! Loco, loco.

Llegó Mendi, que venía de visitar el convento de franciscanos españoles, donde tenía una lección, y nos sentamos a la mesa.

Estábamos a la mitad de la cena cuando se presentó el capitán Lasalle. Le pregunté a Chiaramonte si quería que lo pasara al comedor, y me contestó que sí. Entró el capitán, le convidamos a cenar y dijo que acababa de hacerlo, y que tomaría una taza de café y una copa de licor.

El tal capitán era un mocetón de unos treinta a treinta y cinco años, con el pecho muy abombado, bigote y patillas negras y grandes tufos encima de las orejas.

Hablaba un francés muy gascón, y a cada paso decía. ¡Pardi! ¡Sacre bleu! Me pareció un hombre muy ordinario. Me dijo que era sobrino segundo del general Lasalle. Yo le conté que, en 1809, le había visto pasar a su tío por Burgos.

Lasalle dijo que estaba muy contento en Alejandría; que en tres años había ascendido de sargento a capitán.

Después de cenar tomamos café y pasamos al saloncillo, donde Mendi se puso al piano. Cantaron Rosa y Margarita. Lasalle, en una postura académica, las elogió, retorciéndose el bigote, con aire de conquistador.

Después quiso cantar él, pero no se pudo poner de acuerdo con Mendi. Este, con su serenidad habitual, le dijo con su francés perfilado:

—Para cantar, como para todo, amigo mío, hay que saber, y usted no sabe.

El capitán se marchó muy amoscado con Mendi, echándole una mirada furiosa.

Yo le dije a Mendi que para qué hablaba el francés así.

—¿Cómo así?—preguntó él.

—Sí, ¿por qué no habla usted más sencillamente, sin exclamaciones y sin gestos? Si no la gente cree que se burla usted.

—¡Pero así se habla el francés!—exclamó él—. Si le quita a usted al francés todo eso de: ¡Ah non mon ami! ¡Par exemple! ¡Patatí patata!, no queda nada.

No le pude convencer de que el francés así pronunciado tomaba un aire de caricatura cómica.

—Ya ve usted, el capitán Lasalle se ha incomodado.

—Que se incomode.

—Hombre. Eso no está bien.

—¿Y para qué ha venido ese fanfarrón aquí?—preguntó Mendi.

—Ha venido a buscarme.

—¿Pues qué tiene usted que hablar con él?

—Yo quiero ver si entro en el ejército egipcio de comandante de escuadrón.

—¡Usted quiere ser soldado!—exclamó Mendi—. ¡Usted quiere andar con esas tropas de turcos sarnosos, asquerosos! ¡Vestido de mamarracho! No lo hubiera creído en un paisano mío.

Me quedé un poco asombrado y confuso.

—Todavía no sé si me aceptarán—dije.

—No quiera usted ser soldado—saltó Margarita—. Se hará usted borracho, malo... ¿Para qué quiere usted ser militar?

La madre, la Cayetana, dijo que ella tenía amor por el ejército, y que si no hubiera visto a su marido de uniforme cuando era joven y no era tuerto aún, no se hubiera enamorado de él. Mendi aseguró que a él le tendrían que prometer que le iban hacer capitán general, bajá de tres colas y casarle además con la hija del virrey para decidirle a que entrase en el ejército egipcio. Se discutió la cosa largamente y nos fuimos a la cama.

Al día siguiente, al levantarme y asomarme a la ventana, le vi a Chiaramonte.

—¡Eh! señor espagnuolo—me dijo—. ¿Quiere usted beber un vaso de leche de camella?

—¿De camella?

—Sí, sí.

Me alargó un vaso grande y la bebí toda. Era muy buena.

—¿Ahora qué va usted hacer?—me dijo el tuerto.

—Voy a ir a visitarle a ese capitán francés que vino ayer noche.

—¿Tiene usted sus señas?

—Sí. Aquí las tengo escritas.

—Bien. Yo le acompañaré a usted.

Nos encaminamos por entre callejuelas estrechas y sin empedrar, con las casas bajas, sin alineación, con rejas y celosías y miradores que casi se tocaban los de una pared con los de enfrente. Algunos camellos disformes cargados de odres con agua, y adornados con collares con cuentas de cristales de colores, marchaban despacio, y los árabes flacos, morenos, como si fueran de barro cocido, con una camisa corta, iban de prisa, unos a pie, otros montados en borriquillos, llevando frutas y panes redondos y chatos.

Llegamos hasta un extremo de la ciudad, cerca de una puerta de la muralla, donde había un mercado sucio, de puestos hechos con cañas y esteras, y nos detuvimos en un caserón antiguo y arruinado.

—Aquí es—me dijo Chiaramonte—. Hasta luego—, y se marchó.

En el portal me encontré a un soldado, en mangas de camisa y con gorra de cuartel, limpiando dos caballos.

Le pregunté por el capitán Lasalle.

—¿Quiere usted ver al capitán Lasalle?—me dijo, cantando con acento parisiense.

—Sí.

—Está bien. Venga usted.

Entramos en un patio, lo cruzamos, salimos a un jardín muy bien cuidado, y en un ángulo vi un pabellón de ladrillo, de construcción moderna, con una escalera de palomar.

Subimos y apareció otro soldado, a quien el primero dijo que yo venía a ver al capitán Lasalle.

Contestó que esperase un momento, y al poco tiempo apareció el capitán con una bata de percal con florones, un fez en la cabeza y una pipa en la boca.

Hablamos primeramente de mi asunto, y Lasalle me dijo que no tuviera muchas esperanzas. Me contó que el general Boyer, encargado de formar el ejército, en aquel momento en el Cairo, estaba dominado por los ingleses, y que el pachá de Alejandría, aunque buena persona, era un antiguo mameluco. Me habló mucho de Ibrahim pachá y de sus favoritos. Ibrahim pachá, el hijo del virrey, era el que disponía en el ejército. Entre su séquito estaban el coronel francés Anthelme Seve, que había renegado y se llamaba Soliman Bey, y era general egipcio. Soliman Bey había sido protegido por un mecánico francés, Gonon, que le presentó a Mehemet Aly y había sido el primer instructor europeo de las tropas. Soliman vivía en aquel momento en el Cairo, donde tenía su harén. Me habló también de Khurschid pachá, que, como todos los mamelucos, era hombre cruel e invertido, y de un capitán corso apellidado Mari, que se hacía llamar Bekir Aga. Estas eran las personas más influyentes en la corte, sobre todo en cuestión de asuntos militares. Me indicó que si pretendía entrar en el ejército egipcio no dijera que era emigrado constitucional; que no me relacionase con los franceses e italianos que andaban por Alejandría, porque la mayoría eran estafadores y ladrones huídos de Europa, que se hacían pasar por emigrados políticos. Los egipcios que se les reunían eran mamelucos expulsados que los tenían lejos del Cairo para que no conspiraran.

Después se me puso a hablar de mis patronas.

—¿Es una familia italiana o española, esa con la que usted vive?—me preguntó.

—Es maltesa.

—¿El tuerto es el amo de la casa?

—Sí.

—¿El padre de las chicas?

—Sí.

—¡Qué muchachas más preciosas!

—Sí, son muy bonitas.

—¿Y aquel chusco que estaba tocando el piano?, ¿quién es?

—Es un huésped.

Después de charlar largo rato, Lasalle se levantó y me dijo:

—Le voy a enseñar mi casa y mi familia; estoy hecho un musulmán: he tomado una querida y vivo con ella y con su hermana.

Me presentó a su querida, que era una mulata muy fornida, de unos veinticuatro años, alta, morena, un poco bigotuda, que tenía un hijo de un año. Su hermana, un poco más joven, era por el estilo. Me presentó Lasalle a un escribiente o secretario, que era un sargento francés al servicio del Gobierno egipcio.

La casa era muy mala, con unos cuartos con todos los tabiques torcidos y los suelos inclinados; tenía ventanas con celosías, que caían al jardín; los muebles eran primitivos, y por todas partes había divanes llenos de hierba con mosquiteros encima.

El capitán me invitó a comer con él, y acepté. Nos sentamos a la mesa las dos mujeres, Lasalle, su escribiente y yo.

Las mujeres, que hablaban sólo la jerga de los francos de Alejandría, se pusieron a hacerme preguntas, y como no las entendía no las podía contestar. No se dieron por vencidas, y me agarraban del brazo y, al último, de la cara y del pelo.

Yo le miraba a Lasalle como diciendo: Bueno, ¿yo qué hago?; pero él no se daba por aludido y bebía a grandes vasos el vino de Chipre, que era delicioso.

Se acabó el almuerzo; se fueron las mujeres a su cuarto, manoteando y hablando a gritos, y el escribiente se levantó y se fué. Lasalle mandó al criado que le trajera licores y tabaco, y se tendió en el diván y se puso a fumar y a beber.

—¿Usted no bebe?—me dijo.

—No.

—Hace usted mal; por eso está usted tan flaco y tan descolorido. Míreme usted a mí.

Le vi beberse ocho o nueve copas, y me dijo que tenía que dormir la modorra.

—Usted puede tenderse donde quiera.

—Me voy a ir a casa—le advertí.

—¡Usted está loco!—gritó incorporándose—. Espere usted que venga el asistente y le ensillará el caballo.

—No hay necesidad. Iré a pie.

Me despedí de Lasalle, saqué unos anteojos azules que había comprado en Gibraltar por consejo de un judío, y fuí marchando despacio a casa. Verdaderamente hacía calor; el viento traía nubes de arena que quemaban.

No había apenas gente en la calle, mas que algunos árabes andrajosos, a quienes parecía no les hacía efecto el sol.

Llegué a mi casa, me mudé y fuí al saloncito donde trabajaban Rosa y Margarita. Les conté que había venido de casa del capitán a pie, y me aseguraron que yo estaba loco, que no volviera a hacer aquello, por que si no iba a pescar una insolación.

—¿Ustedes no andan nunca de día?—las pregunté.

—Sí, por la mañana temprano o por la tarde. Vamos al Faro, donde corre una brisa muy fresca.

Me preguntaron qué noticias me había dado el capitán sobre mis pretensiones.

—Malas, muy malas. Voy a tener que renunciar a mi proyecto.

—¿Y qué va usted a hacer?—me preguntaron Rosa y Margarita.

—Me volveré a Europa o iré a Grecia a servir la causa de la libertad.

Entró la Cayetana y habló del capitán Lasalle. Me preguntó cómo vivía, aunque ella lo sabía tan bien como yo, y hasta sabía quiénes eran sus mujeres, y que habían venido del Cairo.

Quise bromear con Rosa, y le dije que había hecho un gran efecto en el capitán, pero ella palideció e hizo un gesto de repulsión.

A las siete vino Mendi y habló de lo que había hecho con su ingenuidad natural, y después se puso al piano.

Cantó canciones vascongadas, pero tan bien y con tanta gracia que a mí me parecieron no haberlas oído nunca. Cantó Iru Damacho, Barazaco picuac. Yo me reí a carcajadas. Las chicas me preguntaban:

—¿Qué dice la letra?

—Nada, o casi nada.

Y ellas mismas acabaron por reírse.

Noté que Rosa, que estaba siempre melancólica, se animó, como si le dieran nueva vida al venir Mendi. Este parecía rudo con ella, pero no lo era.

Después de Mendi cantó Rosa; mientras cantaba llegó un médico armenio, que se llamaba Efren Syrox, hombre muy amable, que había estudiado en Bolonia y en Montpellier. Chiaramonte me dijo que Lasalle era un muchacho aficionado al vino y a las mujeres, pero bueno.

—Ahora, que debe usted desconfiar de él, porque si nota que tiene usted dinero le pedirá prestado y no se lo devolverá.

El médico armenio y yo estuvimos hablando largo rato. Era este armenio masón, del rito escocés, y nos reconocimos. El doctor Efren era hombre joven, pequeño, de barba negra, larga, y con unos ojos muy inteligentes. Parecía un mago. Estaba casado con una judía muy bonita, y soñaba con que algún día la Armenia se separase de Turquía. En tanto trabajaba a favor de los griegos. El doctor Efren era un sabio y conocía la historia de Alejandría al dedillo.

IV.
LA FAMILIA CHIARAMONTE

Mi patrón Chiaramonte era de Siracusa. Había ido en su juventud con el ejército inglés como herrador, a Malta, donde se había casado con Cayetana Gozone, que estaba de criada en una posada. De Malta se trasladó a Gibraltar. En Gibraltar dejó el ejército y comenzó su comercio de caballos. Ganaba ya allí bastante, y, como quería que sus hijos adquirieran buena educación, puso al mayor en una escuela de náutica, y después a sus dos niñas, Rosa y Margarita, en un colegio. Más tarde, la posibilidad de hacer negocios de caballos le llevó a Alejandría. Chiaramonte y la maltesa tenían tres hijos. El mayor, Demetrio, de veintidós años, era marino, y navegaba en un transporte que hacía el recorrido del Mediterráneo.

En la familia, los tres hijos habían cambiado a consecuencia de su educación. Demetrio era un marino culto y un hombre fino, que estaba para casarse con una señorita rica inglesa; Rosa y Margarita eran dos muchachas que hubieran podido vivir en un ambiente aristocrático. La madre y el padre, Chiaramonte y la Cayetana, seguían como en los tiempos en que él era soldado y ella moza en una taberna.

Chiaramonte era hombre rudo, bueno; pero ya incapaz de cambiar. Tenía un afán de ganar de judío.

Guardaba en el Banco de Alejandría doscientas mil pesetas en valores, y tenía otro tanto en negocios, pero esto no le bastaba.

—¿Para qué quiere usted más?—le decían los amigos—. Aquí no va usted a poder casar sus hijas, a no ser que las quiera usted casar con turcos o con judíos.

Chiaramonte no cedía.

Su mujer, Cayetana, estaba joven; no había cumplido aún los cuarenta años. Se había casado a los quince.

Las maltesas tienen fama de mujeres de vida muy libre. La Cayetana se permitía, a veces, alguna expresión cínica delante de las hijas; pero ellas la miraban fríamente.

La Cayetana estaba incomodada porque no se había divertido en su juventud. En Malta, según ella, las mujeres la corrían bien. Ella había estado siempre con aquel tuerto avaro que le hacía trabajar como a una mula y no la dejaba respirar.

—He vivido con Chiaramonte, que no piensa mas que en ganar dinero—me decía—. Ahora me tengo que divertir.

La Cayetana hablaba con entusiasmo de los enredos del pueblo, de la querida de Fulano y del amante de la Zutana. Estos líos la encantaban.

Chiaramonte no le daba a su mujer mas que lo necesario para la vida. En cambio, daba dinero a las hijas.

La divergencia de gustos y de inclinaciones de la familia producía muchas veces riñas y choques. El padre tenía una admiración y un entusiasmo por sus hijas grande; en cambio, sentía indiferencia y desvío por su mujer. La Cayetana se veía preterida, lo que la ofendía profundamente. Estaba, además, celosa de su hija mayor, de Rosa, y a veces se ponía contra ella.

Rosa lo notaba y sufría, pero el cariño de su padre y de su hermana la consolaba.

Rosa era más inteligente que Margarita y, sobre todo, más romántica. Le gustaba la naturaleza, el mar.

Rosa me contó el viaje que había hecho con su hermano a Nápoles, a Malta y a la isla de Gozzo.

Había conocido a sus abuelos, los padres de su madre, que eran de esta isla, de una aldea llamada en el país Sannat, y por los italianos, Zannata.

Rosa decía que su madre descendía del caballero de Malta Diosdado de Gozon, que mató un monstruo que vivía en una caverna próxima a un pantano, en la isla de Rodas.

Según Rosa, la vida en Gozzo era patriarcal; no se conocía el lujo de la isla de Malta. Allí todos eran pescadores, y los chicos se divertían descolgándose hasta el mar, con cuerdas, desde los más altos acantilados, para cazar palomas.

Para Rosa la isla de Gozzo era admirable.

—Si muero—decía—, quisiera morir allí.

—¿Por qué ha de morir usted?—le preguntaba yo.

Ella sonreía. Era ésta su preocupación.

Charlábamos mucho. Mendi tocaba el piano, y lo hacía muy bien. Rosa y Margarita estudiaban con él la Vestal, de Spontini, y las Bodas de Fígaro, de Mozart.

Yo les contaba a las dos muchachas mi vida de guerrillero, las acciones y las conspiraciones en que había tomado parte. Me oían con una gran admiración. Yo exageraba un poco mis narraciones.

—El castellano es hombre de molto coraggio—decía Chiaramonte, en su español macarrónico.

El buen Chiaramonte estaba contento si sus hijas lo estaban también.

No le gustaba que le hablaran de volver a Italia o a Gibraltar.

V.
LOS CONFLICTOS DE MENDI

Yo ya había notado algo anormal en las relaciones de la Cayetana con Mendi. Se olfateaba el contubernio. A mí ella me parecía una mujer capaz de cualquier cosa. Estaba, además, ofendida y despechada. Varias veces le dije a Mendi:

—A mí no me la da usted. Usted tiene algo que ver con la patrona.

—¡Yo! ¡Ca, hombre! ¡Qué barbaridad!

Al fin, Mendi, un día, me confesó que estaba enredado con la Cayetana.

—Pero, ¿cómo ha hecho usted esta tontería, Mendi?—le dije.

—¡Qué quiere usted! No siempre es fácil obrar con buen sentido. Sobre todo, lo difícil es ser previsor. Yo, cuando vine aquí, me fuí a vivir a un fonducho próximo al puerto, que tenía una vieja maltesa. Estaba allí muy mal. Sin elementos de ninguna clase. Un día apareció en la fonda la Cayetana y hablamos. Yo la tomé por una mujer entretenida y la traté así. Unos días después me ofrece ir a vivir a su casa. Yo acepté, porque peor que en el fonducho del puerto no iba a estar, y me encuentro sorprendido con esta casa de gentes honradas. ¿Ya qué iba a hacer? Al poco tiempo, aparece Rosa de vuelta de un viaje que había hecho con su hermano a Malta y a la isla de Gozzo.

Yo hubiera querido romper inmediatamente con la madre, pero ella se opuso y prometió armar un escándalo. En este caso yo no he tenido más remedio que ceder, y no sé cómo podré desembarazarme de este lío. Hablamos Mendi y yo de las soluciones que se podían dar a su asunto. Yo le dije que me parecía lo mejor que, si estaba dispuesto a casarse con la chica, se casara con ella y se fuera de Alejandría.

Siete u ocho días después de mi visita al capitán Lasalle, se presentó éste en mi casa. Dijo que había hablado de mí al pachá, y que le había preguntado si yo tenía papeles, y que no había contestado, porque no lo sabía.

—Sí, tengo papeles—le dije—; no todos, porque soy un oficial de un gobierno constitucional extinguido.

Saqué mi despacho de capitán de caballería del general Empecinado, y se lo enseñé.

—Tradúzcalo usted al francés—dijo Lasalle.

Lo traduje y, al día siguiente, se lo envié. Por la tarde vino a mi casa.

—Creo que está todo arreglado—me dijo—. El coronel ha leído su despacho y ha mandado al dragomán que lo traduzca al árabe, y me ha dicho que venga usted conmigo.

Fuimos a una hermosa casa de la calle de los Francos; entramos en ella y saludamos al coronel Frossard, que sustituía en aquel momento al general. El coronel me hizo pasar a una salita.

—Aquí está usted entre amigos, entre hermanos—e hizo la señal masónica de reconocimiento como masón del rito escocés.

Yo le respondí con el de la inteligencia, y nos dimos la mano.

—Yo haré todo lo que pueda por usted—me dijo luego—; pero creo que en principio es un error de usted el querer ser oficial egipcio. Sin embargo, hablaré hoy al pachá. Si necesita usted dinero, yo se lo daré.

Me despedí del coronel un poco triste.

Me preguntaron en casa qué me habían dicho, y conté lo pasado. Rosa y Margarita me aseguraron que hacía una verdadera tontería en querer ser militar, y Mendi afirmó de nuevo que únicamente si le hicieran capitán general o bajá de tres colas y le casaran con la hija del virrey aceptaría entrar en el ejército egipcio.

Como Lasalle se había portado amablemente conmigo, saqué mi paquete de sederías, escogí dos pañuelos de seda, bordados, grandes, con colores muy chillones, y se los envié en mi nombre.

Lasalle vino el mismo día a darme las gracias y a invitarme a almorzar.

Fuí a su casa, entré en el salón, y estaba en el diván sentado cuando se echaron sobre mí las dos mulatas a saludarme, a darme las gracias. Los pañuelos les habían entusiasmado, y me lo decían en su algarabía chillona.

No se contentaron con esto, sino que me abrazaron y me besaron.

—Como ve usted—le dije a Lasalle—, yo no tengo la culpa.

—No haga usted caso, aquí es costumbre.

Después de comer, por no quedarme a dormir la siesta, monté en un borriquillo, me puse los anteojos, abrí una sombrilla, y me fuí a casa. Al entrar me encontré sobre la cama un papel escrito por Mendi, en donde me decía que fuera inmediatamente a su cuarto.

El hombre estaba en la cama. Había tenido una explicación con la Cayetana, muy violenta, y había salido a la calle de prisa y sin sombrilla, y le había dado una insolación. Tenía la cara inyectada. Le tomé el pulso, y vi que lo tenía muy tenso.

—¿Sabe usted sangrar?—me dijo—. Sángreme usted.

—¿Pero no sería mejor traer un médico?

—No, tardará mucho. Ahora mismo.

Le puse una ligadura en el brazo, y con un cortaplumas le hice una sangría copiosa.

—Ahora pida usted que me traigan agua con limón, y a Rosa le dice usted que estoy indispuesto.

Lo hice así, y a la mañana siguiente Mendi estaba mejor. Me propuso que le hiciera otra sangría en el otro brazo, y le dije que no.

Por la noche del segundo día vino el médico armenio, el doctor Efren, y Rosa le indicó que debía verle a Mendi.

Entró el doctor en el cuarto, examinó al enfermo, y yo le dije lo que había pasado y lo que había hecho.

—Ha hecho usted bien—contestó—. No ha sido ningún disparate. Que esté unos días en la cama, que sude, que no tome más que un poco de leche, y pronto estará bueno.

Mendi había perdido su buen humor, y su situación le tenía preocupado.

—Tranquilícese usted—le dije—. He hablado al coronel de Estado Mayor de usted, como hombre que sabe matemáticas y dibujo, y me ha dicho que si usted quiere le nombrará profesor en una escuela militar que van a crear en el Cairo.

—¡Bah!

—Sí, hombre. Anímese usted; dentro de quince días le destinan a usted allá con un buen sueldo y se casa usted con Rosa.

—¿Es verdad eso, paisano?

—Es verdad.

No había tal cosa; pero como el proyecto era hacedero, decidí hablarle al coronel.

Rosa me preocupaba; decirle la verdad de las relaciones de su madre con Mendi era una brutalidad; yo no sabía qué hacer.

Le hablé al doctor Efren y le expliqué lo que pasaba.

—Sí, sería mejor que se marchara Mendi y luego se casara con Rosita—dijo él.

—¿A la muchacha no se le puede decir nada, claro es, del fondo del asunto?—le pregunté.

—No, no. Imposible. Llegaría a enfermar si lo supiera. ¡Tiene una sensibilidad! Es una mujer encantadora.

Fuí a ver al coronel y le expliqué el caso de Mendi, diciéndole que era un profesor de dibujo y matemáticas, que el andar al sol, al dar sus lecciones, le enfermaba, y le hablé de si se le podría nombrar profesor para la escuela del Cairo.

—Sí, me dijo él. Precisamente hace pocos días me han escrito que un teniente coronel que está en el Cairo ha sido comisionado por el virrey para que busque un edificio grande y lo habilite para escuela militar. En la carta me decía que había pensado escribir a Francia; pero que el Gobierno egipcio había asignado para los profesores unos sueldos tan mezquinos, tres mil, tres mil quinientos francos al año, que no se decidía a escribir pensando que no se expondría nadie a hacer un viaje largo por tan corto sueldo. Así habían quedado de acuerdo en nombrar profesores entre los oficiales que estaban ya en Egipto.

—¿Así, que mi amigo Mendi podría encajar muy bien?

—Muy bien. Podría ir de profesor de matemáticas con tres mil francos y el grado de comandante. Consúltelo usted. Si quiere escribiré al Cairo en seguida.

Fuí a casa, le hablé a Mendi, y le conté lo que pasaba; le pareció muy bien.

—Dígale usted a Rosita a ver qué opina ella.

Se lo dije a la muchacha y no pareció muy entusiasmada con la idea; pero aceptó.

VI.
LA SUERTE

Al día siguiente, el coronel Frossard me dijo que íbamos a ir a visitar al pachá de Alejandría. Fuimos con una escolta de cuatro hombres, llegamos al palacio y esperamos a que saliera el pachá, que era un antiguo mameluco seco, cetrino, mal encarado y de aspecto desagradable.

Estuvo conmigo muy displicente y muy áspero.

Al salir del palacio nos encontramos con el capitán Lasalle, que nos saludó, y me dijo que al día siguiente, por la mañana, iría a buscarme a casa con unos cuantos oficiales, a caballo, para invitarme a una cabalgata. Se lo dije a Chiaramonte y le pedí que me dejara una preciosa jaca árabe que tenía.

—Sí, ya lo creo. Le pondré la mejor silla y arneses, y yo iré también con un caballo muy bonito.

A la mañana siguiente, cuando se presentaron siete u ocho jinetes delante de casa, todos con magníficos caballos, la calle entera se conmovió, y de las ventanas y de las puertas comenzaron a aparecer cabezas.

Había gente de categoría, un caim-macam (teniente coronel), un bimbachi (comandante) y un sakolagassi o ayudante mayor. Los demás eran de menos importancia.

Salimos Chiaramonte y yo; yo con el uniforme de guardia marina inglés, y allí, delante de la casa, hice dar a la jaca una porción de cabriolas y de saltos de carnero.

Rosa y Margarita me aplaudieron desde el mirador, y Mendi me gritó:

—Eugenio. Beti aurrera (siempre adelante).

Pasamos por la calle de los Francos haciendo cada uno alarde de su caballo, y volvimos a casa.

Al día siguiente se habló en Alejandría de la jaca árabe, montada por un oficial de marina inglesa, como de una cosa admirable.

Quince días después de esto nos llamó el coronel Frossard a Mendi y a mí. Le habían enviado pliegos para nosotros del Estado Mayor General. En uno de ellos aprobaban la propuesta de profesor de matemáticas para la Escuela Militar del Cairo, con el grado de comandante y de profesor interino de dibujo, con tres mil quinientas pesetas por el primer cargo y mil quinientas por el segundo, al señor Ignacio Basterrica, teniendo además servidumbre, alojamiento y mesa en el palacio escuela.

En el otro pliego nombraba al señor Eugenio de Aviraneta jefe de escuadrón en disponibilidad con la tercera parte del suelo hasta que hubiera una vacante.

Salimos Mendi y yo de casa del coronel.

—¿Qué le parece a usted?—me preguntó Mendi.

—¿Qué quiere usted? Es la suerte. Yo no tengo suerte.

—¿Y qué va usted a hacer?

—¡Qué he de hacer! Marcharme a Europa antes que se me acabe el dinero, y luego a América. ¿Qué voy a hacer de oficial de reserva con setecientos cincuenta francos al año?

—Venga usted conmigo al Cairo. ¡Eh, Eugenio! Viviremos como hermanos.

—No, no, cada cual su suerte.

Mendi se despidió de Rosa con grandes protestas de amor, y quedaron de acuerdo en que cuando tuviese el profesor una casa en el Cairo iría a buscar a su novia y se casaría con ella.

Desde que se marchó Mendi no me pasó cosa buena en Alejandría; reñí con el capitán Lasalle, porque averigué que había dado malos informes de mí al pachá, pintándome como un intrigante, y le insulté de mala manera; no quise tampoco visitar al coronel Frossard.

Aburrido, me quedaba en casa y leía los libros que me dejaban las hijas de Chiaramonte.

La casa del maltés tenía una azotea y encima de la azotea otra más pequeña en alto, como un minarete. Allí solía subir algunos días a contemplar el pueblo, cosa triste para mí, que no tengo nada de contemplativo. Veía este gran conjunto de tejados planos, de azoteas y de ruinas; alrededor, en un semicírculo, el mar, y en otro el desierto. A veces, en aquellos días turbios de invierno se confundían el desierto y el mar. Cuando el cielo estaba limpio los mihrabs de las mezquitas se destacaban esbeltos en el aire, y el castillo del Faro, con sus murallas, tenía un aire sombrío y amenazador.

Cuando venía el doctor Efren me solía hablar de la antigua Alejandría con sus jardines y sus cuatro mil palacios. Me explicaba cómo era la Biblioteca del Broquion fundada por Ptolomeo Soter, que tenía cuatrocientos mil volúmenes, y la del Serapeum, con trescientos mil. Y me daba otros muchos detalles de la vida fastuosa de la ciudad de Cleopatra.

VII.
EL CABO YUSUF

Un día, influido por las disertaciones eruditas del doctor Efren, tuve la mala ocurrencia de ir a ver la columna de Pompeyo, las ruinas del Serapeum y las Catacumbas. Alquilé dos borriquillos y un criado o zami: fuimos al barrio árabe y pasamos por la puerta de la Columna. La columna estaba en un arenal; había por allí grupos de casas míseras, chozas de esteras, y en el fondo se veía alguna que otra palmera.

La columna verdaderamente producía impresión, por el tamaño de aquel bloque enorme de granito de color de rosa, con un basamento cuadrado de piedra silícea, terminado en un capitel.

El doctor Efren me había explicado las diversas suposiciones que se habían hecho acerca del objeto de esta columna, cómo muchos suponían que estaba construída para hacer observaciones astronómicas, y cómo otros creían que había sido pensada para colocarla en el gran recinto cuadrado del Serapeum con una estatua de Diocleciano.

El criado que me acompañaba me dijo que algunas veces las tripulaciones de los barcos ingleses que estaban en el puerto consiguieron poner una especie de escala de cuerda en la columna. Se las arreglaban, según decía, pasando un cordel por encima, con una cometa, e izando luego una cuerda gruesa con el cordel y poniéndola arriba, de manera que pudiese correr. En el extremo ataban una tabla, y al que quería lo subían. Solían tener la cuerda tres o cuatro días y a todo el que quería subir le hacían pagar un tanto. La cosa me parecía un poco difícil, porque, según se decía en Alejandría, la columna tiene cerca de noventa y seis pies de alto.

Cuando llegamos nosotros no había nadie. Aquella inmensa mole de piedra en la soledad infundía verdaderamente respeto.

Me había apeado, para ver si divisaba la inscripción sobre Diocleciano, en letras griegas, que tiene la columna, y después avancé por aquel arenal.

La vegetación era miserable. Algunos perros famélicos o chacales corrían husmeando y revolviendo los esqueletos de los caballos y de los dromedarios. Me recordó los arenales de Veracruz. En esto el criado me avisó que venían los árabes. Miré hacia donde me indicaba, y vi que llegaban a toda brida unos cuantos jinetes que parecían frailes, dando gritos; monté inmediatamente en el borriquillo y eché a correr hacia la ciudad; me alcanzaron a poco trecho, y el que hacía de jefe me dió con el asta de la lanza y me derribó al suelo. Allí me golpeó, me escupió y comenzó a desnudarme. Estaba despojándome cuando llegó un sargento con un pelotón de soldados y comenzó a sablazos con mis agresores. Después se apeó del caballo, me levantó del suelo y me preguntó quién era. Le dije que estaba alistado como jefe de escuadrón de Egipto. Me ayudó a sentarme en la misma columna de Pompeyo y me dió un poco de agua con aguardiente.

Al poco rato llegó un oficial con veinticinco caballos, y mandó atar desnudos a mis agresores.

—Yo le suplicaría a usted que no dé parte del hecho a las autoridades militares—me dijo en francés.

—Bueno, no daré.

—Con estos hombres se hará lo que usted quiera.

—Bien; deme usted el látigo.

Me dió el látigo, me acerqué al cabo y, sacando fuerzas de flaqueza, le di poco más o menos tantos golpes como me había dado él. El hombre aúllaba; era un tipo horrible, con unos ojos legañosos, unas barbas negras, y unos dientes de fiera; después le escupí en la cara, como me había escupido él; me monté en un caballo que me prestó el oficial, y llegué a casa sin poder tenerme.

Le conté a Chiaramonte lo que había ocurrido, y al terminar me dijo:

—Ha hecho usted muy bien. Si no llega usted a contestar a la paliza así, se hubieran reído de usted hasta los chicos. Ahora voy a buscar al médico.

Vino el doctor Efren, me reconoció, me sangró y me dijo:

—Dentro de un par de días ya está usted bien.

Aquella noche la pasé con calentura; pero las siguientes ya empecé a estar mejor. Rosa y Margarita me cuidaron como si fuera un hermano suyo, y el doctor Efren venía a hablar conmigo. Me hablaba de la historia científica de Alejandría, y de las lecciones de Euclides, Eratóstenes, Hipparco, etc.

Otras veces charlábamos de la política de Europa. Me preguntó qué iba a hacer, y le dije que ya, en cuanto me pusiera completamente bueno, me marcharía. Me volvió a preguntar que adónde, y yo le dije que me gustaría ir a Grecia.

Entonces el doctor Efren me dijo que él formaba parte del Comité filoheleno de Alejandría; que estaba encargado de reclutar soldados en el país, Esmirna, Alepo, etc., y que habían enviado también oficiales a Grecia, de los que llegaban de Francia y de Italia, en místicos griegos con bandera inglesa. El doctor Efren me dijo que si yo quería escribiría al Comité de Misolonghi, advirtiéndome que la contestación de la carta tardaría mucho.

Vacilé, porque en Gibraltar me habían hablado muy mal de los griegos, pintándomelos como la gente más vil y de menos fe que podía haber en Oriente, y decidí, para no dar otro paso en falso, marchar a Grecia y ver por mí mismo qué clase de gente era la de aquel país y cómo estaban organizadas las tropas. El doctor aprobó mi resolución, y me dijo que me daría una carta para el Comité de Misolonghi que me recomendara y no me comprometiese a nada.

Le pregunté si había barcos para Grecia, y me dijo que sí; que con mucha frecuencia partían místicos y otras pequeñas embarcaciones con bandera inglesa.

Cuando salí de casa, una de las primeras visitas que hice fué a Bonaffús. Me dijo éste que había sabido lo que me había ocurrido en la columna de Pompeyo con los soldados árabes, y que anduviera con cuidado; al cabo Yusuf se le conocía por el de la paliza, y le debía ser la vida muy difícil entre los soldados, después de haber sido azotado por un paisano. Dada la manera de ser de aquella gente, no descansaría hasta vengarse de mí.

Decidí no salir solo de noche y andar siempre armado. Una vez le vi al cabo Yusuf, que me siguió hasta casa de lejos.

Le dije lo que me pasaba a Chiaramonte, y éste creyó que debía avisar a la policía. Yo le indiqué que no, que me parecía mejor que durante unas cuantas noches tuviese alguno de sus mozos de cuadra en guardia.

No confié tampoco gran cosa en esto. La calle era silenciosa y desierta. Un guardián solo no podía impedir que un hombre decidido entrara de noche y saltara las tapias del corral.

Estudié las condiciones de mi habitación. La puerta era fuerte, tenía una llave que no cerraba bien, y yo, con pretexto de que se me abría de noche y había corrientes de aire, le puse un pestillo sólido.

Mi cuarto tenía dos ventanas a bastante altura del suelo. Si se cerraban las dos de noche hacía mucho calor. Decidí, al acostarme, dejar una cerrada con la contraventana y la otra con la celosía. Ponía la celosía bien sujeta, y después le ataba, por las noches, tres o cuatro cascabeles de caballo, de estos que suenan mucho. Me acostaba, con la pistola cargada, debajo de la almohada.

Una noche muy obscura, me desperté a la hora antes del alba. Estaba pensando en mis cosas, cuando oí que se agitaba la celosía y empezaban a sonar los cascabeles.

Inmediatamente salté de la cama, amartillé la pistola y abrí la puerta de mi cuarto.

Esperé sin hacer el menor movimiento, y, de pronto, la celosía se movió y los cascabeles armaron un terrible estrépito.

Encendí una pajuela, y, con ella en la mano izquierda y la pistola en la derecha, avancé hacia la ventana. Abrí la celosía. Vi un momento la cara horrible de Yusuf con un cuchillo en la boca, un momento nada más, porque el hombre sin duda, lleno de terror ante mi presencia, se dejó caer a la calle, y lo recogieron poco después con un tobillo dislocado, y lo llevaron a la cárcel. Dos o tres días después de este acontecimiento recibí una carta de Mendi. Me decía que había sido muy bien recibido en El Cairo, que era un pueblo mucho más agradable que Alejandría, con más elementos, y que fuera allí. Le habían presentado al virrey Mehemet Ali, que, según él, era un señor amable, pequeño, picado de viruelas, con los ojos vivos; a su hijo, el célebre guerrero Ibrahim pachá, y a toda la familia real. Ibrahim pachá, que era un buen muchacho, gordo y pesado, un arlote, según Mendi le había hecho la gracia de dispararle dos tiros por encima de la cabeza, en el jardín del Palacio, y Mendi había contestado a esta atención rompiéndole de un tiro la pipa que fumaba el príncipe. Desde entonces, Ibrahim y él se habían hecho amigos. Me decía que fuera, que simpatizaría con Ibrahim pachá y que me harían coronel en seguida.

Añadía que estaba concluyendo de arreglar la casa y que le enviara su piano en una barca por el canal y el Nilo.

Le dije a Rosa lo que pasaba. La muchacha estaba muy melancólica. Aquellas amistades con príncipes, de que hablaba Mendi, no la hacían mucha gracia.

Cuando vinieron a llevarse el piano se echó a llorar.

Le dije que debía estar contenta, porque ya pronto Mendi vendría por ella; pero la muchacha tenía el presentimiento de que no iba a ser así.

Fuí a verle a Bonaffús, a decirle que necesitaba el dinero, y me dijo que me lo entregaría en seguida, en oro.

De allí marché al consulado inglés. El cónsul sabía lo que me había pasado en la columna de Pompeyo, y me felicitó por mi decisión. Me preguntó qué iba a hacer; le hablé de mi proyecto de ir a Grecia y me dijo que me daría una carta de recomendación para lord Byron.

Del consulado marché a despedirme del coronel francés Frossard, con quien estaba resentido, porque creía que no había tomado con interés mi asunto.

El coronel estuvo conmigo muy afable, y al despedirse de mí me dió una bolsa que contenía cinco mil francos, que me regalaban los hermanos de la logia de Alejandría. Yo me opuse con todas mis fuerzas a tomar el regalo, pero no tuve más remedio que aceptar.

Al día siguiente el cónsul inglés me envió la carta para lord Byron, y me avisó que había tomado pasaje para mí en una goleta griega, y me envió un pasaporte inglés hasta Marsella, como súbdito de la Gran Bretaña.

Mientras venía la goleta griega pasé unos malos días en casa del patrón. Me entristecía ver a Rosa siempre pálida, ensimismada, llorando a hurtadillas.

—Esta pobre muchacha enamorada de ese bárbaro. Es una pena—decía yo.

Yo la consolaba diciéndola mentiras, afirmando que Mendi me había dicho que no quería pasar un mes en el Cairo sin volver a Alejandría a casarse. Como yo le conocía más a Mendi que los otros, Rosa quería estar siempre hablando de él conmigo.

VIII.
DESPEDIDA

Una mañana se presentó el doctor Efren a decirme que la goleta Chipriota acababa de llegar; había salido un día antes de lo convenido de Gibraltar y había tenido vientos favorables y se había adelantado.

Fuimos el doctor y yo al puerto nuevo, entramos en la goleta y hablamos con el capitán Spiro Sarompas, que era un muchacho de Chipre, muy abierto y que hablaba perfectamente el francés. Me enseñó la única cámara que tenía a popa, que era la que me destinaba a mí. Me dijo el capitán Spiro que el cónsul inglés le había recomendado mi persona. Añadió que fuera al barco después de cenar, porque a la media noche nos haríamos a la vela.

Salimos de la Chipriota y volvimos a casa. Estaba el puerto lleno con embarcaciones de Marsella, Liorna, Ragusa, Nápoles, Smyrna y Constantinopla.

—Irá usted muy bien—me dijo el doctor—. Este muchacho es muy inteligente y muy buen marino.

—¿Ha ajustado usted el pasaje?

—Sí, ya está pagado. No se ocupe usted de eso.

A la mañana siguiente, la Cayetana me dijo que tendríamos un banquete de despedida; que había invitado al doctor Efren y a su señora, a Isaac Bonaffús y a su hijo, y que vendría, además, el oficial francés y el sargento que me habían salvado de los soldados árabes cerca de la columna de Pompeyo, y el sakolagassi que fué conmigo en la cabalgata.

La comida hubiera sido alegre si no hubiera sido por la actitud de Rosa, que me entristecía; no comía, no escuchaba, se la veía viviendo su sueño interior.

—¡Mientrastanto el bárbaro de Mendi estará tan tranquilo!—pensaba yo.

Bebí un poco de vino de Chipre para alegrarme; se animaron los convidados y brindaron por mi salud y por mi viaje. El oficial francés contó cómo le devolví la paliza al cabo Yussuf delante de la columna de Pompeyo, lo que se celebró muchísimo.

Concluímos de tomar café. Eran las siete de la tarde. Me levanté y abracé a mi patrona y di la mano a Margarita y a Rosa.

—Adiós—me dijo ésta—, si le escribe usted...—y antes de concluír su frase se echó a llorar.

Bajamos al portal. Un criado de Chiaramonte cogió mi equipaje, y otro un gran farol para alumbrarnos, porque la noche estaba obscura.

En aquel momento se oyó el cañón que anunciaba la retreta.

Echamos a andar todos juntos hacia el muelle. Le dije al doctor Efren que le escribiría y que hiciera el favor de contestarme. Al llegar a la goleta abracé a todos y subí a bordo.

—Adiós. Adiós.

—¡Addio! ¡Adddio!

—¡Adieu! ¡Adieu!

Hecha la última despedida, saludé al capitán de la goleta y me senté en un banco de la cubierta.

IX.
NOTICIAS DE EGIPTO

Estaba en Veracruz cuando recibí una carta del doctor Efren con noticias muy extrañas y muy tristes. Me decía en ella que se aseguraba que Mendi se había casado en el Cairo con la hija del virrey de Egipto; que en Alejandría no se hablaba mas que de esto, y que Rosa, al saberlo, se había marchado con su hermano el marino a la isla de Gozzo, donde había muerto.

Chiaramonte dejaba a Alejandría con su familia e iba a vivir a Italia; me parecía tan extraño el casamiento de Mendi que dudé de que fuera verdad.

Un año o dos después de la carta leí en la Abeja, de Nueva Orleans, periódico redactado en francés, varias anécdotas referentes al español Ignacio Basterrica en el Cairo. Se decía que siendo este español profesor de música le entró deseos al virrey de Egipto, Mehemet Ali, de que dicho profesor enseñase música a una de sus hijas. Basterrica comenzó a darle lecciones, y la discípula se enamoró locamente de él, y a los pocos meses hubo que casarlos antes de que sus amores tuvieran fruto. Basterrica abjuró de su religión y abrazó la de Mahoma. Mehemet Ali no era nada exigente en esta cuestión; le bastaba con que se hiciera una comedia de conversión al mahometismo.

Ya casado, Basterrica fué nombrado príncipe de la familia real, y Utch tuglu bascha (bajá de tres colas), y general en jefe de la caballería. Después supe que estuvo en Grecia y asistió a la toma de Missolonghi, y que en 1832 decidió la batalla de Konieh contra los turcos, al frente de treinta escuadrones de caballería egipcia. Más tarde, en otro periódico francés, leí que no reinaba la mejor armonía entre el español Basterrica pachá e Ibrahim pachá su cuñado.

—¡La suerte! ¡Qué cosa más extraña! Solo si me hicieran bajá de tres colas y capitán general y me casaran con la hija del virrey aceptaría entrar en el ejército egipcio—decía Mendi.

Y le hicieron bajá de tres colas y capitán general y le casaron con la hija del virrey de Egipto.

A veces la realidad tiene sorpresas tan grandes como lo imaginado.