CAPÍTULO VII

El Berebere se siente profundamente anglosajón. Mingote mefistofélico.—Cogolludo.—Despedida.

Desde aquel encuentro en la chirlata del coronel, de la baronesa y el sociólogo, éste comenzó a frecuentar la casa y a poner cátedra de antropología y de sociología en el comedor. Manuel no sabía cómo serían aquellas ciencias, pero traducidas al andaluz por el primo de la baronesa, eran muy pintorescas; Manuel y niña Chucha escuchaban al berebere con grandísima atención y algunas veces le hacían objeciones que él contestaba, si no con grandes argumentos científicos, con muchísima gracia.

El primo Horacio empezó a quedarse a cenar en la casa y terminó quedándose después de cenar; niña Chucha protegía al berebere quizá por afinidades de raza y se reía, enseñando los dientes blancos, cuando venía don Sergio.

La situación era comprometida porque la baronesa no se preocupaba de nada; después de servirse de Mingote le había despedido dos o tres veces sin darle un céntimo. El agente comenzaba a amenazar, y un día fué decidido a armar la gorda. Habló de la falsificación de los papeles de Manuel y de que aquello podía costar a la baronesa ir a presidio. Ella le contestó que la responsabilidad de la falsificación era de Mingote, que ella tendría quien la protegiese, y que en el caso de que interviniese la justicia el primero que iría a la cárcel sería él.

Mingote amenazó, chilló, gritó demasiado, y en el momento álgido de la disputa llegó el primo Horacio.

—¿Qué pasa? Se oye el escándalo desde la calle—dijo.

—Este hombre que me está insultando—clamó la baronesa.

Horacio cogió a Mingote del cuello de la americana y lo plantó en la puerta. Mingote se deshizo en insultos, sacó a relucir la madre de Horacio; entonces éste, olvidando a lord Bacon, se sintió berebere, levantó el pie y dió con la punta de la bota en las nalgas de Mingote. El agente gritó más y de nuevo el berebere le acarició con el pie en la parte más redonda de su individuo.

La baronesa comprendió que al agente le faltaría tiempo para vengarse; no creía que se atrevería a hablar de la falsificación de los papeles de Manuel porque se cogía los dedos con la puerta, pero probablemente advertiría a don Sergio de la presencia del primo Horacio en la casa. Antes de que pudiese hacerlo, escribió al comerciante una carta pidiéndole dinero, porque tenía que pagar unas cuentas. Envió la carta con Manuel.

El viejo calcáreo, al leer la carta, se incomodó.

—Mira, dile a tu... señora que espere, que yo también tengo que esperar muchas veces.

Al saber la contestación, la baronesa se indignó:

—¡Valiente grosero! ¡Valiente animal! La culpa la tengo yo de hacer caso de ese vejestorio infecto. Cuando venga yo le diré cuántas son cinco.

Pero don Sergio no apareció, y la baronesa, que supuso lo pasado, se mudó a una casa más barata con el propósito de economizar; y niña Chucha, Manuel y los tres perros pasaron a ocupa un tercer piso en la calle del Ave María.

Allí continuó el idilio iniciado entre la baronesa y Horacio; a pesar de que éste, por su tranquilidad anglosajona, o por la idea pobre de la mujer, patrimonio de las razas del Sur, no le daba gran importancia al flirt.

La baronesa, de vez en cuando, para atender a los gastos de la casa, vendía o mandaba empeñar algún mueble; pero con el desbarajuste que reinaba allí, el dinero no duraba un momento.

Al mes de estancia en la calle del Ave María, apareció una mañana don Sergio indignado. La baronesa no quiso presentarse y mandó a decirle por la mulata que no estaba. El viejo se marchó y por la tarde escribió una carta a la baronesa.

Mingote no había cantado. Don Sergio respiraba por la herida; no le parecía bien que Horacio pasase la vida en la casa de la baronesa; no encontraba mal que la visitase, sino la asiduidad con que lo hacía. La baronesa enseñó la carta a su primo, y éste, que sin duda no buscaba más que un pretexto para escurrir el bulto, se acordó de lord Bacon, se sintió de pronto anglosajón, ario y hombre moral y dejó de presentarse en casa de la baronesa.

Ella, que padecía el último brote de romanticismo de la juventud de la vejez, se desesperó, escribió cartas al galán, pero él siguió sintiéndose anglosajón y ario y acordándose de lord Bacon.

Mientras tanto don Sergio, al ver que su carta no producía efecto, volvió a la carga y se presentó en la casa.

—Pero, ¿qué le pasa a usted, Paquita?—dijo al ver a la baronesa desmejorada.

—Creo que tengo el trancazo, según siento de pesada la cabeza. Estoy con dolores en todo el cuerpo. Me tiene usted completamente abandonada. En fin, Dios sobre todo.

Don Sergio dejó pasar la hojarasca de palabras y lamentaciones con que la baronesa trataba de sincerarse, y dijo:

—Este sistema de vida no puede seguir. Hay que tener método, hay que tener régimen; así no puede ser.

—Eso mismo estaba pensando yo—replicó la baronesa—. Sí, lo comprendo, a mí no me corresponde esa vida. Volveré a tomar otra casita de doce duros.

—¿Y los muebles?

—Los venderé.

¿Cómo decir que los había ya vendido?

—No, yo...—El calcáreo iba a hacer una observación de buen comerciante, pero no se atrevió.—Luego esas visitas tan frecuentes de su primo de usted no están bien—añadió.

—¿Pero si me persigue—murmuró con voz quejumbrosa la baronesa—qué voy a hacerle yo? Ese hombre tiene por mí una pasión loca; comprendo que es raro, porque ya a mis años...

—No diga usted esas cosas, Paquita.

—Pero nada; se ha convertido en mi duende. Pero ahora ya verá usted como no va a volver.

—¡No ha de volver! Volverá hasta que usted no se lo diga claramente...

—Si se lo he dicho, y por eso ya no volverá.

—Entonces, mejor que mejor.

La baronesa miró indignada a don Sergio; después tomó una actitud compungida.

Don Sergio planteó sus planes de regeneración y pensó que Paquita debía dejar a niña Chucha, a quien el viejo calcáreo detestaba cordialmente; pero la baronesa afirmó que la quería como a una hija, tanto o más que a sus perros, que eran casi para ella como las niñas de sus ojos.

De pronto la baronesa se incorporó en el sofá.

—Tengo un plan—le dijo a don Sergio—. Dígame usted si le parece bien. En El Imparcial de ayer ví anunciada una finca o casa en Cogolludo, con huerta y jardín, por cincuenta duros al año. Supongo que será cosa muy mala; pero, al fin, será un terreno y una choza, y a mí me basta con una cabañita. Podría ir arreglando esa choza. ¿Qué le parece a usted, don Sergio?

—Pero, ¿para qué te vas a marchar de aquí?

—Es que no se lo he querido decir—añadió la baronesa—; pero ese hombre me persigue—. Y contó una porción de embustes. Se recreaba la buena señora haciéndose la ilusión de que el primo la perseguía tenazmente, y todas las cartas que ella había escrito a él supuso que era él quien se las había escrito a ella.

—Y claro—siguió diciendo—, no es cosa de ir al fin del mundo huyendo de ese ridículo trovador.

—Pero Cogolludo no debe tener tren; te vas a aburrir.

—¡Quia! Allá me meto en mi choza como una santa y me entretengo en regar el jardín y cuidar las flores... pero soy tan desgraciada que con seguridad ya habrán alquilado la casa.

—No, eso no. Pero yo no veo la necesidad de marcharse. El chico no podrá ir al colegio.

—Ya no tiene necesidad. Estudiará por libre.

—Bueno; alquilaremos esa casa.

—Si no, ese canalla me va a perseguir. Yo quisiera que le llevasen a la cárcel y le ahorcaran. ¡Ay, don Sergio! ¡Cuando vendrá Carlos VII! No estoy por la libertad ni por las garantías constitucionales para los pillos.

—Vamos, vamos, mujer. Ya veremos si se arregla eso de la casa. Y alíviate pronto.

—Gracias, don Sergio; usted siempre tan fuerte. Es usted una roca... Tarpeya. Y sin saber dónde guardar el dinero. ¡Acuérdese usted de mí! Ya sabe usted que soy muy arregladita y que no pienso ni desperdicio nada.

Era lo mejor que tenía la baronesa, que se conocía a fondo.

Decididos a ir a Cogolludo, comenzaron a embalar los muebles entre niña Chucha y Manuel, cuando la mulata salió diciendo que ella lo sentía mucho, pero que se quedaba en Madrid en una casa.

—Pero hija, ¿qué vas a hacer?

La mulata, apurada a preguntas, confesó que un señor americano, un pequeño rastaquouére que sentía la nostalgia del cocotero, le había ofrecido el puesto de ama de llaves en su casa.

La baronesa no se atrevió a hablarla de moralidad, y el único consejo que le dió fué que si el americano no se contentaba únicamente con que ella fuera ama de llaves, que se afirmara bien; pero la mulata no era tonta, y había, según dijo, tomado todas sus precauciones para caer en blando.

Manuel quedó solo en la casa para terminar las diligencias necesarias para el traslado. Una tarde, de vuelta de la estación del Mediodía, se encontró con Mingote, que al verle echó a correr tras él.

—¿A dónde vas?—le dijo—; cualquiera hubiese dicho que huías de mí.

—¡Yo! ¡Qué disparate! me alegro mucho de verle.

—Yo también.

—Mira, vamos a entrar en este café. Te convido.

—Bueno.

Entraron en el café de Zaragoza. Mingote pidió dos cafés, papel y pluma.

—¿A ti te importaría algo escribir lo que voy a dictarte?

—Hombre, según lo que sea.

—Se trata de que me pongas una carta diciéndome que no te llamas Sergio Figueroa, sino Manuel Alcázar.

—¿Y para qué quiere usted que le escriba eso? Si usted lo sabe tan bien como yo—contestó cándidamente Manuel.

—Es una combina que me traigo.

—Y yo, ¿qué voy ganando en eso?

—Te puedes ganar treinta duros.

—¿Sí? ¡Vengan!

—No, cuando el negocio esté terminado.

Viendo Mingote a Manuel tan propicio, le dijo que si se las apañaba para quitar a la baronesa los papeles falsificados de su identificación y se los entregaba, añadiría a los treinta veinte duros más.

—Los papeles los tengo yo guardados—dijo Manuel—; si espera usted aquí un momento, voy y se los traigo a usted en seguida.

—Bueno, aquí espero. ¡Qué infeliz es este muchacho!—murmuró Mingote—. Se figura que le voy a dar cincuenta duros. ¡Qué primo!

Pasó una hora, luego otra; Manuel no aparecía.

—¿Habré sido yo el primo?—exclamó Mingote—. Sin duda. ¿Me habrá engañado ese condenado niño?

Mientras esperaba Mingote, la baronesa y Manuel tomaban el tren.


Fueron a Cogolludo, y la baronesa se llevó el gran chasco. Creía que el pueblo sería algo así como una aldea flamenca y se encontró con un poblachón en medio de una llanura.

La casa alquilada estaba en un extremo del pueblo; era grande, con una puerta azul, tres ventanas chicas al camino y un corral en la parte de atrás. Debía de hacer más de diez años que no la habitaban. Al día siguiente de llegar la baronesa y Manuel la barrieron y fregaron. La baronesa se lamentaba amargamente de su resolución.

—¡Ay, Dios mío!, ¡qué casa!—decía—. ¿Por qué habremos venido aquí? Y ¡qué pueblo! Yo había visto de paso algún pueblo de España, pero en el Norte, donde hay árboles. ¡Esto es tan seco, tan árido!

Manuel se encontraba en sus glorias; la huerta de la casa no producía más que ortigas y yezgos, pero él supuso que se podría convertir aquel trozo de tierra, seco y lleno de plantas viciosas, en un vergel. Se puso a trabajar con fe.

Primeramente escardó y quemó toda la hierba del huerto.

Después removió la tierra con un pincho y sembró a discreción garbanzos, habichuelas y patatas, sin enterarse de si era o no el tiempo de la siembra. Luego pasó horas y horas sacando agua de un pozo profundísimo que había en medio del huerto, y como se desollaba las manos con la cuerda y además a la media hora de regar la tierra estaba seca, ideó una especie de torno con el cual se tardaba media hora en sacar un balde de agua.

A los quince días de estancia allí tomó la baronesa una criada, y cuando ya la casa estuvo limpia fué a Madrid, sacó del colegio a Kate y la llevó a Cogolludo.

Kate, como tenía un espíritu práctico, llenó unas cuantas macetas de tierra y plantó una porción de cosas en ellas.

—¿Para qué hace usted eso?—le dijo Manuel—, si dentro de poco estará todo esto lleno de plantas.

—Yo quiero tener las mías—contestó la niña.

Pasó un mes, y a pesar de los trabajos ímprobos de Manuel, no brotó nada de lo plantado por él. Sólo unos geranios y unos ajos puestos por la criada crecían, a pesar de la sequedad, admirablemente.

Los tiestos de Kate también prosperaban; en las horas de calor los metía dentro de la casa y los regaba. Manuel, viendo que sus ensayos de horticultura fracasaban, se dedicó con rabia al exterminio de las avispas, que en grandes panales de celdas simétricas, ocultos en los intersticios de las tejas, se guarecían.

Entabló con las avispas una lucha a muerte y no las pudo vencer; parecía que le habían tomado odio; le atacaban de una manera tan furiosa, que la mayoría de las veces tenía que batirse en retirada, expuesto a caerse del tejado lleno de picaduras.

Los entretenimientos de Kate eran más tranquilos y pacíficos. Había arreglado su cuarto con un orden perfecto. Sabía embellecerlo todo. Con la cama, cubierta por la colcha blanca y oculta por las cortinas; los tiestos, en la ventana, en los que empezaban a brotar las plantas; su armario, y los cromos en las paredes azules, su alcoba tenía un aspecto de gracia encantador.

Luego, era la muchacha de una bondad amable y serena.

Había encontrado en el campo un gato herido, a quien perseguían unos chicos, a pedradas; lo recogió, a riesgo de ser arañada, lo cuidó y curó, y el gato la seguía ya por todas partes y sólo quería estar con ella.

Manuel obedecía a la Nena, ciegamente, sentía además una gran satisfacción al obedecerla; la consideraba como un dechado de perfecciones, y a pesar de esto, nunca se le ocurrió, ni en su fuero interno, enamorarse de ella. Quizá la encontraba demasiado buena, demasiado hermosa. Experimentaba Manuel la tendencia paradójica de todos los hombres de fantasía que creen amar la perfección y se enamoran de lo imperfecto.

El verano transcurrió agradablemente; el calcáreo estuvo dos veces en Cogolludo, al parecer contento; pero, al fin de Agosto, las pesetas que recibía la baronesa no aparecieron.

Escribió a don Sergio varias veces sacando a relucir la persecución de que era víctima, pues de este modo satisfacía la vanidad y el amor propio del viejo Cromwell; pero don Sergio no cayó en la celada.

Indudablemente, Mingote había hablado. Esperó la baronesa algún tiempo trampeando, haciendo deudas. Un día, a principios de otoño, se presentó el guarda de la casa diciendo a la baronesa que la desalojara, que en Madrid no habían pagado el alquiler. Se desahogó la baronesa insultando y poniendo como un trapo a don Sergio; el guarda dijo que la orden suya era no dejar que se llevaran los muebles sin que le pagaran el alquiler. La baronesa sentía que su hija se enterara de sus trapisondas; calculó lo que valdrían los muebles, que ya en Madrid con las ventas y los empeños quedaron reducidos estrictamente a lo indispensable, y se decidió a dejarlos y a huir de Cogolludo.

Una tarde en que salieron del pueblo a dar un paseo, la baronesa expuso a Kate, muy azorada, la situación.

—¿Vamos a Madrid?—terminó diciendo.

—Vamos.

—¿Ahora mismo?

—Ahora mismo.

Hacia frío. Comenzaba a lloviznar.

La estación del tren estaba en un pueblo inmediato. Manuel sabía el camino. Marcharon los tres por entre lomas bajas; no encontraron a nadie. Kate iba un tanto asustada.

—Vaya una facha rara que debemos de tener—decía la baronesa.

A la hora y media de salir del pueblo, de repente, a la revuelta de un sendero, apareció el faro de señales de la vía férrea, un disco blanco como un alto fantasma. Soplaba un vientecillo sutil. Oyeron de pronto a lo lejos los silbidos agudos de un tren, aparecieron las linternas roja y blanca de la locomotora, fueron agrandándose en la obscuridad rápidamente, retembló la tierra, pasó la fila de vagones rechinando con una algarabía infernal, surgió una bocanada de humo blanco con incandescencias luminosas, cayó un diluvio de chispas al suelo y el tren huyó y quedaron dos farolillos rojos y uno verde danzando en la obscuridad de la noche, hasta que se escabulleron en seguida en las sombras. Estaban los tres cansados cuando entraron en la estación. Esperaron unas horas, y a la mañana del día siguiente llegaron a Madrid.

La baronesa estaba azorada, fueron a una casa de huéspedes, les preguntaron si tenían equipaje, la baronesa dijo que no, y no supo encontrar ningún pretexto ni explicación; les dijeron que sin equipaje no les tomarían, a no ser que pagaran por adelantado, y la baronesa salió avergonzada. De allí pasaron por la casa de una amiga, pero se había mudado: no se sabían tampoco las señas de Horacio. La baronesa tuvo que empeñar un reloj de Kate y fueron a parar los tres a un hotel de tercera clase.

Al cuarto día el dinero terminó. La baronesa había perdido su presencia de ánimo y en su rostro se notaba la fatiga y el cansancio.

Escribió una carta humilde a su cuñado pidiéndole hospitalidad para ella y su hija, y la contestación tardaba. La baronesa se ocultaba de Kate para llorar.

La dueña del hotel les pasó la cuenta; le suplicó la baronesa que esperara unos días a que recibiera una carta, pero la mujer de la fonda, a quien la petición hecha en otra forma no le hubiera chocado, se figuró, por el tono empleado por la baronesa, que se trataba de engañarla, y dijo que no esperaba, que, si al día siguiente no la pagaban, avisaría a la justicia.

Kate, al ver a su madre más afligida que de costumbre, le preguntó lo que le pasaba, y ella expuso la situación apurada en que se veían.

—Voy a ver al embajador de mi país—dijo Kate resueltamente.

—¿Tú sola? Iré yo.

—No, que me acompañe Manuel.

Fueron los dos a la Embajada; entraron en un portal grande. Dió su tarjeta Kate a un portero e inmediatamente la hicieron pasar. Manuel, sentado en un banco, esperó un cuarto de hora. Al cabo de este tiempo salió la muchacha al portal acompañada de un señor de aspecto venerable.

Éste la acompañó hasta la puerta y habló con un lacayo con galones.

El lacayo abrió la puerta de un coche que había frente a la puerta y permaneció con el sombrero en la mano.

Kate se despidió del anciano señor; luego dijo a Manuel:

—Vamos.

Entró ella en el coche y después Manuel estupefacto.

—Ya está todo arreglado—dijo la muchacha a Manuel—. El embajador ha telefoneado al hotel diciendo que pasen la cuenta a la Embajada.

Manuel pudo notar en esta ocasión, y comprobarlo después repetidas veces, que las mujeres acostumbradas desde niñas a doblegarse y a ocultar sus deseos tienen, cuando despliegan sus energías ocultas, un poder y una fuerza extraordinarios.

La baronesa recibió la noticia alborozada, y en un arrebato de ternura besó a Kate repetidas veces y lloró amargamente.

Días después se recibió la contestación del cuñado de la baronesa y un cheque para que se pusieran en camino.

A pesar de lo que le prometió la baronesa a Manuel, éste comprendió que no le llevarían a él. Era natural. La baronesa compró ropa para la Nena y para ella.

Una tarde de otoño se fueron madre e hija. Manuel las acompañó en coche hasta la estación.

La baronesa sentía mucha tristeza de dejar Madrid; la Nena estaba, como siempre, al parecer serena y tranquila.

En el trayecto, ninguno de los tres dijo una palabra.

Bajaron del coche, entraron en la sala de espera; había que facturar un baúl y Manuel se encargó de ello. Después pasaron al andén y tomaron asiento en un vagón de segunda. Roberto paseaba por el andén de la estación pálido, de un lado a otro.

La baronesa prometió al muchacho que volverían.

Sonó la campana de la estación. Manuel se subió al coche.

—Vamos, bájate—dijo la baronesa—. El tren va a empezar a andar.

Manuel ofreció la mano tímidamente a la Nena.

—Abrázala—dijo su madre.

Manuel apenas se atrevió a rodear el talle de la muchacha con sus brazos. La baronesa le besó en las dos mejillas.

—Adiós, Manuel—le dijo—, secándose una lágrima.

Echó andar a el tren; la Nena saludó desde la ventanilla con la mano; pasaron vagones y vagones con un ruido sordo; el tren aceleró la marcha. Manuel sintió una congoja grande; huyó el tren, silbando por los campos, y Manuel se llevó las manos a los ojos y sintió que estaba llorando.

Roberto le agarró del brazo.

—Vamos de aquí.

—¿Es usted?—le dijo Manuel.

—Sí.

—Han sido muy buenas para mí—añadió Manuel tristemente.

SEGUNDA PARTE

CAPÍTULO I

Sandoval.—Los sapos de Sánchez Gómez. Jacob y Jesús.

Salieron juntos Manuel y Roberto de la estación del Norte.

—¿Y otra vez a empezar?—le dijo Roberto.—¿Por qué no te decides de una vez a trabajar?

—¿En dónde? Yo para buscar no sirvo. ¿Usted no sabe algo para mí? En alguna imprenta...

—¿Te decidirás a entrar de aprendiz sin ganar nada?

—Sí; ¿qué voy a hacer?

—Si te parece bien, yo te llevaré al director de un periódico ahora mismo. Vamos.

Subieron hasta la plaza de San Marcial; luego, por la calle de los Reyes, hasta la de San Bernardo, y en la calle del Pez entraron en una casa. Llamaron en el piso principal y una mujer esmirriada salió a la puerta y les dijo que aquél por quien preguntó Roberto estaba durmiendo y no quería que se le despertase.

—Soy amigo suyo—replicó Roberto—, yo le despertaré.

Entraron los dos por un corredor a un cuarto obscuro, en donde olía a iodoformo de una manera apestosa. Roberto llamó.

—¡Sandoval!

—¿Qué hay? ¿Qué sucede?—gritó una voz fuerte.

—Soy yo; Roberto.

Se oyeron los pasos de un hombre desnudo que abrió las maderas del balcón y luego se le vió volver y meterse en una cama grande.

Era un hombre de unos cuarenta años, rechoncho, grasiento, de barba negra.

—¿Qué hora es?—dijo desperezándose.

—Las diez.

—¡Qué barbaridad! ¿Es tan temprano? Me alegro que me hayas despertado; tengo que hacer muchas cosas. Da un grito por el pasillo.

Roberto lanzó un ¡eh! sonoro, y se presentó en el cuarto una muchacha pintada, con aire de mal humor.

—Anda, tráeme la ropa—la dijo Sandoval, y de un esfuerzo se sentó en la cama, bostezó estúpidamente y se puso a rascarse los brazos.

—¿A qué venías?—preguntó.

—Pues como el otro día dijiste que necesitabas un chico en la redacción, te traigo éste.

—Pues, hombre, tengo ya otro.

—Entonces nada.

—Pero en la imprenta creo que necesitan.

—A mí ese Sánchez Gómez no me hace mucho caso.

—Se lo diré yo; no me puede negar eso.

—¿Te se olvidará?

—No, no se olvidará.

—¡Bah! Escríbele; es mejor.

—Ya le escribiré.

—No, ahora; ponle unas letras.

Mientras hablaban, Manuel observó con curiosidad el cuarto, de un desorden y suciedad grandes. El mobiliario lo componían: la cama de matrimonio, una cómoda, una mesa, un aguamanil de hierro, un estante y dos sillas rotas. Sobre la cómoda y en el estante se amontonaban libros desencuadernados y papeles; en las sillas enaguas y vestidos de mujer; el suelo estaba lleno da puntas de cigarro, de trozos de periódico y de pedazos de algodón utilizados para alguna cura; debajo de la mesa aparecía una jofaina de hierro convertida en brasero, llena de ceniza y de carbones apagados.

Cuando la muchacha pintada vino con el traje y la camisa, Sandoval se levantó en calzoncillos y anduvo buscando un jabón entre los papeles, hasta que lo encontró. Se fué a lavar en la palangana del aguamanil, llena de agua sucia hasta arriba, en la que nadaban remolinos de pelos de mujer.

—¿Quieres echar el agua?—dijo el periodista a la muchacha humildemente.

—Echala tú—contestó ella de mala manera, saliendo del cuarto.

Sandoval salió en calzoncillos al corredor con la palangana en la mano, después volvió, se lavó y fué vistiéndose.

Sobre los libros y los papeles se veían algún peine grasiento, algún cepillo de dientes gastado y rojo por la sangre de las encías; un cuello postizo con ribetes de mugre, una caja de polvos de arroz llena de abolladuras, con la brocha apelmazada y negra.

Después de vestido Sandoval, se transformó a los ojos de Manuel; tomó un aire de distinción y elegancia, escribió la carta que le pedían, y Roberto y Manuel salieron de la casa.

—Se ha quedado maldiciendo de nosotros—dijo Roberto.

—¿Por qué?

—Porque es perezoso como un turco. Perdona todo menos que le hagan trabajar.

Salieron los dos nuevamente a la calle de San Bernardo y entraron en una callejuela transversal. Se detuvieron frente a una casa pequeña que salía de la línea de las demás.

—Esta es la imprenta—dijo Roberto.

Manuel miró; ni letrero, ni muestra, ni indicación alguna de que aquello fuera una imprenta. Empujó Roberto una puertecilla y entraron en un sótano negro, iluminado por la puerta de un patio húmedo y sucio. Un tabique recién blanqueado, en donde se señalaban huellas impresas de dedos y de manos enteras, dividía este sótano en dos compartimentos. Se amontonaban en el primero una porción de cosas polvorientas; el otro, el interior, parecía barnizado de negro; una ventana lo iluminaba; cerca de ella arrancaba una escalera estrecha y resbaladiza que desaparecía en el techo. En medio de este segundo compartimento un hombre barbudo, flaco y negro, subido en una prensa grande, colocaba el papel que allí parecía blanco como la nieve sobre la platina de la máquina, y otro hombre lo recogía. En un rincón funcionaba trabajosamente un motor de gas que movía la prensa.

Subieron Manuel y Roberto por la escalera a un cuarto largo y estrecho que recibía la luz por dos ventanas a un patio.

Adosadas a las paredes y en medio estaban los casilleros de las letras, y sobre ellos colgaban algunas lámparas eléctricas, envueltas en cucuruchos de papel de periódico, que servían de pantalla.

En las cajas trabajaban tres hombres y un chico; uno de los hombres cojo, de blusa azul larga, sombrero hongo, aspecto de mal humor, con los anteojos puestos, se paseaba de un lado a otro.

Roberto saludó al señor cojo y le entregó la carta de Sandoval. El cojo cogió la carta y gruñó malhumorado:

—No sé para que me vienen con estas comisiones. ¡Maldita sea la!...

—Este es el chico a quien hay que enseñarle el oficio—interrumpió Roberto fríamente.

—Como no le enseñe yo la...—y el cojo soltó diez o doce barbaridades y un rosario de blasfemias.

—¿Hoy está usted de mal humor?

—Estoy como me da la gana... tanto amolar... porque me sale así de los santísimos... ¿Sabe usted?

—Bueno, hombre, bueno—repuso Roberto, y añadió en un aparte alto de teatro, de los que oye todo el mundo:—¡Qué paciencia hay que tener con este animal!

—Es una broma—siguió diciendo el cojo sin hacer caso del aparte—; que el chico quiere aprender el oficio, ¿y a mí qué?; que no tiene que comer, ¿y a mí qué? Que se vaya con dos mil pares... con viento fresco.

—¿Le va usted a enseñar o no, señor Sánchez? Yo tengo que hacer, no quiero perder el tiempo.

—¡Ah, usted no quiere perder el tiempo! Pues váyase usted, hombre; a bien que yo no necesito que se quede usted aquí, que se quede el chico; usted aquí estorba.

—Gracias. Tú quédate aquí—dijo Roberto a Manuel—, ya te dirán lo que tienes que hacer.

Manuel quedó perplejo, vió a su protector que se marchaba, miró a todos lados, y viendo que no le hacían caso se fué acercando a la escalera y bajó dos peldaños.

—¡Eh! ¿Adónde vas?—le gritó el cojo—. ¿Es que quieres o no quieres aprender el oficio? ¿Qué es esto?

Manuel quedó nuevamente confuso.

—Eh, tú, Yaco—gritó el cojo, dirigiéndose a uno de los hombres que trabajaban—, enséñale la caja a este choto.

El aludido, un hombrecillo flaco y muy moreno, con una barba negrísima, que trabajaba con una rapidez asombrosa, echó una mirada indiferente a Manuel y volvió a su trabajo.

El chico permaneció inmóvil, y viéndolo así el otro cajista, un joven rubio, de aspecto enfermizo, le dijo al compañero de la barba en tono burlón, con una canturia extraña:

—¡Ah, Yaco! ¿por qué no le enseñas al muchacho las letras?

—Enséñale tú—contestó el que llamaban Yaco.

—Ah, Yaco, veo que la ley de Moisés os hace muy egoístas, Yaco. ¿No quieres perder tiempo, Yaco?

El de la barba arrojó a su compañero una mirada siniestra; el rubio se echó a reir y le indicó a Manuel en dónde estaban las letras; después trajo una columna impresa que sacó rápidamente de un marco de hierro, y dijo:

—Ves echando cada letra en su cajetín.

Manuel comenzó a hacerlo con mucha lentitud.

El cajista rubio llevaba una blusa azul larga y un sombrero hongo, a un lado de la cabeza. Inclinado sobre el chibalete, con los ojos muy cerca de las cuartillas, el componedor en la mano izquierda, hacía líneas con una rapidez extraordinaria; su mano derecha saltaba vertiginosamente de cajetín a cajetín.

Con frecuencia se paraba a encender un cigarro, miraba a su barbudo compañero y le preguntaba una cosa, o muy tonta o de esas que no tienen contestación posible, en tono jovial, pregunta a la cual el otro no contestaba más que con una mirada siniestra de sus ojos negros.

Dieron las doce, dejaron todos el trabajo y se fueron. Manuel quedó solo en la imprenta. Al principio abrigó la esperanza de que le darían algo de comer; luego pudo convencerse de que nadie se había preocupado de su alimentación. Reconoció la imprenta; nada, por desgracia, era comestible; pensó que quizás aquellos rodillos, quitándoles la tinta de encima, podrían ser aprovechados, pero no se decidió.

A las dos volvió Yaco; poco después el rubio, que se llamaba Jesús, y comenzaron de nuevo el trabajo. Manuel siguió en su tarea de distribución de letras, y Jesús y Yaco en la de componer.

El cojo corregía galeradas, las entintaba, sacaba una prueba poniendo encima de ellas un papel y golpeando con un mazo, y después, con unas pinzas, extraía unas letras y las iba substituyendo por otras.

Jesús a media tarde dejó de componer, cambió de faena, cogía las galeradas, atadas con un bramante, las soltaba, formaba columnas, las metía en un marco de hierro y las sujetaba dentro con cuñas.

El marco se lo llevaba uno de los maquinistas del sótano y volvía con él al cabo de una hora. Jesús substituía en el marco de hierro unas columnas por otras y se llevaban de nuevo la forma. Poco después se repetía la misma operación.

Luego de trabajar toda la tarde iban a salir a las siete, cuando Manuel se acercó a Jesús y le dijo:

—¿No me dará el amo de comer?

—¡Quia!

—Yo no tengo dinero; no he podido tampoco almorzar.

—¿Ah, no? Anda, vente conmigo.

Salieron juntos de la imprenta y entraron en una tabernucha de la calle de Silva, en donde comía Jesús. Habló éste con el tabernero y después le dijo a Manuel:

—Aquí te darán el cocido de fiado. Yo he respondido por ti. A ver si no haces una charranada.

—Descuide usted.

—Bueno, vamos adentro, hoy convido yo.

Penetraron en el interior de la tasca y se sentaron los dos en una mesa.

Les trajeron una fuente con guisado, pan y vino. Mientras comían, Jesús contó de una manera humorística una porción de anécdotas del amo de la imprenta, de los periodistas y, sobre todo, de Yaco, el de la barba, que era judío, muy buena persona, pero avaro y sórdido hasta perderse de vista.

Jesús le solía tomar el pelo y le incomodaba para oirle.

Al concluir de cenar, Jesús preguntó a Manuel:

—¿Tienes sitio donde dormir?

—No.

—Ahí, en la imprenta, debe haber.

Volvieron a la imprenta, y el cajista le pidió al cojo que permitiera a Manuel dormir en algún rincón.

—Moler—exclamó el cojo—, esto va a ser el asilo de la Montaña. ¡Vaya una golfería! Porque el cojo será muy malo pero aquí todo el mundo viene. Claro. A la gandinga.

Gruñendo, como era su costumbre, el cojo abrió un cuartucho, al que se subía por unas escaleras, lleno de grabados envueltos en papeles, y después señaló un rincón, en donde había paja de jergones y unas mantas.

Durmió Manuel en la covacha hecho un príncipe.

Al día siguiente, el dueño le mandó ir al sótano.

—Mira lo que hace éste y luego haz tú lo mismo—le dijo, indicándole al hombre flaco y barbudo subido a la plataforma de la máquina.

Cogía éste una hoja de papel de un montón y la colocaba sobre la platina, venían al momento las lengüetas de la prensa a agarrar la hoja con la seguridad de los dedos de una mano; al movimiento del volante, la máquina tragaba el papel y al poco rato salía impreso por un lado, y unas varillas, como las de un abanico, lo depositaban automáticamente en una platina baja. Manuel aprendió pronto la maniobra.

El amo dispuso que Manuel trabajase por la mañana en las cajas, y por la tarde, y parte de la noche, en la máquina, y le asignó seis reales de jornal al día. Por la tarde se podía aguantar el trabajo en el sótano, pero de noche imposible. Entre el motor de gas y los quinqués de petróleo quedaba la atmósfera asfixiante.

A la semana de estar allí, Manuel había intimado con Jesús y con Yaco y se tuteaba con los dos.

Jesús le aconsejaba a Manuel el que se aplicase en las cajas y aprendiera pronto a componer.

—Al menos se tiene la pitanza segura.

—Pero es muy difícil—decía Manuel.

—Quia, hombre, acostumbrándose es más sencillo que cargar cubas de agua.

Manuel trabajaba siempre que podía, esforzándose en adquirir ligereza; algunas noches hacía líneas, y era para él un motivo de orgullo el verlas después impresas.

Jesús se entretenía en embromar al judío, remedándole en su manera de hablar. Habían vivido los dos algunos meses en la misma casa. Yaco (Jacob era su nombre) con su familia, y Jesús con sus dos hermanas.

Le entusiasmaba a Jesús sacar a Jacob de sus casillas y oirle decir maldiciones pintorescas en su lengua melosa y suave, arrastrando las eses.

Según decía Jesús, en casa de Jacob hablaban su mujer, su suegro y él, en la más extraña jerigonza que imaginarse puede, una mezcla de árabe y de castellano arcaico que sonaba a algo muy raro.

—¿Te acuerdas, Yaco—le decía Jesús remedándole—, cuando llevaste a Mesoda, a tu mujer, aquel canario? Y te preguntaba ella: ¡Ah, Yaco! ¿qué es ese pasharo que tiene las plumas amarias? Y tú le contestabas: ¡Ah, Mesoda!, este pasharo es un canario y te lo traigo para .

Jacob, al ver que todo el mundo se reía, lanzaba una mirada terrible a Jesús y le decía:

—¡Ah roín, te venga un dardo que borre tu nombre del libro de los vivos!

—Y cuando Mesoda—proseguía, Jesús te decía—: Finca aquí, Yaco, finca aquí. ¡Ah, Yaco, qué mala estoy! Tengo una paloma en el corasón, un martio en cada sién y un pescao en la nuca. ¡Llámale a mi babá, que me traiga una ramita de letuario, Yaco!

Estas intimidades de su hogar, tratadas en broma, exasperaban a Jacob, y oyéndolas se exaltaba, y sus imprecaciones podían dejar atrás las de Camila.

—No respetas la familia, perro, terminaba diciendo.

—¡La familia!—le replicaba Jesús—. Lo primero que debe hacer uno es olvidarla. Los padres y los hermanos, y los tíos y los primos, no sirven mas que para hacerle a uno la pascua. Lo primero que un hombre debe aprender es a desobedecer a sus padres y a no creer en el Eterno.

—Calla cafer, calla. Te veas como el vapó con agua en los lados y fuego en el corasón. Te barra la escoba negra si sigues blasfemando así.

Jesús se reía y, después de oirle hablar a Jacob, añadía:

—Hace unos miles de años, este animal que ahora no es más que un tipógrafo, hubiera sido un profeta y estaría en la Biblia al lado de Matatías, de Zabulón y de toda esa morralla.

—No digas necedades—replicaba Jacob.

Después de la discusión, Jesús le decía:

—Tú ya sabes, Yaco, que nos separa un abismo de ideas; pero a pesar de esto, si quieres aceptar el convite de un cristiano, te convido a una copa.

Jacob movía la cabeza y aceptaba.