CAPÍTULO VIII
Las cuevas Del Gobierno civil.—El repatriado. La sopa del convento.
Algunas veces, Manuel, Jesús y don Alonso iban a dormir a las iglesias. Una noche que se habían tendido los tres en una capilla de San Sebastián, llena de bancos, el sacristán les hizo salir y les entregó a una pareja de Orden público. Don Alonso trató de demostrar a los guardias que era una persona, no sólo decente, sino importante; mientras él peroraba, Jesús se escabulló por la plaza de Santa Ana.
—En la Delegación contará todo eso—contestó el guardia a las explicaciones del Hombre Boa.
Bajaron por una calle próxima, y en un portal en donde brillaba un farol rojo, entraron y subieron por una escalera estrecha a un cuarto donde garrapateaban dos escribientes. Mandaron éstos a don Alonso y a Manuel sentarse en unos bancos, y ambos lo hicieron lo más humildemente posible.
—Usted, el viejo, ¿cómo se llama?—dijo uno de los escribientes.
—¿Yo?—preguntó el Hombre Boa.
—Sí, usted. ¿Es usted sordo o idiota?
—No; no señor.
—Pues lo parece. ¿Cuál es su nombre?
—Alonso de Guzmán Calderón y Téllez.
—¿Edad?
—Cincuenta y seis años.
—¿Estado?
—Soltero.
—¿Profesión?
—Artista de circo.
—¿En dónde vive usted?
—Hasta hace unos días...
—¿Dónde vive usted ahora?, le pregunto, imbécil.
—Ahora, pues...
—Pon sin domicilio—dijo uno de los escribientes al otro.
Después tomaron la filiación a Manuel, y éste y el viejo volvieron a sentarse sin hablar, muy intrigados con la suerte que les esperaba.
Los del orden paseaban por el cuarto, charlando; a veces se oía sonar el repiqueteo de un timbre.
De pronto se abrió la puerta y entró una mujer joven, de mantilla, con una gran inquietud en los ojos.
Se acercó a los dos escribientes.
—¿Podría ir alguno... a mi casa..., un médico...? Mi madre se ha caído y se ha abierto la cabeza.
El escribiente echó una bocanada de humo de tabaco y no contestó; después, volviéndose y mirando a la mujer de arriba abajo, dijo con una grosería y una bestialidad épicas:
—Eso a la Casa de Socorro. Nosotros nada tenemos que ver con eso—; y volvió la cabeza y siguió fumando. La mujer paseó sus ojos asustados por la Delegación; se decidió a salir, dió buenas noches, que nadie contestó, con voz desfallecida, y se fué.
—¡Cagatintas! ¡Canallas!—murmuró don Alonso en voz baja—. ¡Qué les costaba haber enviado algún guardia para que acompañara a esa pobre mujer a la Casa de Socorro!
Pasaron allí Manuel y el Hombre Boa más de dos horas, y al cabo de éstas los guardias les hicieron entrar en un cuarto, en donde se paseaba un hombre alto, de barba negra, peinado a lo chulo, con aspecto de jugador o de croupier.
—¿Qué son éstos?—preguntó el hombre con acento andaluz, haciendo brillar, al retorcerse el bigote, un brillante que llevaba en el dedo.
—Son dos que iban a dormir a la iglesia de San Sebastián—dijo el guardia—; no tienen domicilio.
—Perdone usted—dijo don Alfonso—; accidentalmente...
—Llevarlos a que pasen la quincena—dijo el hombre alto.
No dieron tiempo a don Alonso de decir nada, porque uno de los guardias le empujó brutalmente fuera del cuarto. Manuel le siguió.
Los dos guardias les obligaron a bajar las escaleras y les metieron en un cuarto obscuro, en donde, después de tantear, encontraron un banco.
—En fin, ya vendrá la buena—dijo don Alonso, sentándose y lanzando un profundo suspiro.
Manuel, a pesar de que la situación no era del todo cómica, sintió unas ganas de reir tan grandes, que no las pudo contener.
—¿Por qué te ríes, hijo mío?—preguntó don Alonso.
Manuel no supo explicar por qué se reía; pero después de reir, y de reir mucho; se quedó con un humor fúnebre.
—¡Qué diría Jesús si estuviera aquí!—murmuró Manuel—. En la casa de Dios, en donde todos son iguales, es un crimen entrar a descansar; el sacristán le entrega a uno a los guardias, los guardias le meten a uno en un cuarto obscuro. ¡Y vaya usted a saber lo que nos harán después! Yo tengo miedo de que nos lleven a la cárcel, si es que no nos ahorcan.
—No digas tonterías. Siquiera, ¡si nos dieran de comer!—murmuró don Alonso.
—En eso estarán pensando.
Serían la una o las dos de la mañana cuando abrieron la puerta del chiquero, y conducidos por dos guardias, el Hombre Boa y Manuel salieron a la calle.
—Pero, ¿adónde nos llevan?—preguntó don Alonso un poco asustado.
—Usted siga para adelante—le contestó el guardia.
—Esto es una arbitrariedad—murmuró don Alonso.
—Usted siga para adelante, si no quiere ir atado codo con codo—replicó el guardia.
Pasaron la Puerta del Sol, siguieron por la calle Mayor y se detuvieron en el Gobierno civil. A la izquierda del zaguán, por una estrecha escalera, tuvieron que bajar a una sala de techo bajo, iluminada por un quinqué, con unas tarimas altas, en donde dormían en fila diez o doce guardias de Orden público, vestidos y calzados.
De esta sala bajaron por una escalerilla a un corredor estrecho, a uno de cuyos lados había dos jaulas con grandes rejas. En una de estas hicieron entrar a don Alonso y a Manuel, y cerraron tras ellos.
Un hombre y unos cuantos chicos sé les acercaron a mirarles.
—Esto es una arbitrariedad—gritó don Alonso—. Nosotros nada hemos hecho para que se nos encarcele.
—Ni yo tampoco—murmuró un mendigo joven, a quien, según dijo, habían cogido pidiendo limosna—; luego, aquí no se puede estar.
—¿Qué pasa?—preguntó Manuel.
—Que uno de esos se ha ensuciado ahí. Está enfermo y desnudo. Debían llevarlo al Hospital. El dice que le han robado la ropa; estos chicos aseguran que se la ha jugado en la cárcel.
—Y es verdad—replicó uno de los golfos—. Hemos estado pasando la quincena allá arriba. Cuando salimos de la cárcel, al llegar a la puerta, nos volvieron a coger a todos y nos trajeron aquí.
A la luz del corredor, en el fondo de aquella jaula, se veían unos cuantos hombres en el suelo.
Echado en un banco próximo a la pared, desnudo, con las piernas encogidas, se abrigaba con una capa raída el enfermo, y al moverse dejaba al descubierto alguna parte de su persona.
—¡Agua!—murmuró con voz débil.
—Ya se la hemos pedido al sargento—dijo el mendigo—; pero no la trae.
—Esto es una salvajada—gritó el Hombre Boa—, esto es una barbaridad.
Como nadie hizo caso de don Alonso, tuvo a bien callarse.
—Ese otro—agregó el golfo riéndose y señalando a uno escondido en un rincón—tiene sífilis y sarna.
Don Alonso se abismó en su melancolía y se calló.
—¿Y qué van a hacer de nosotros?—preguntó Manuel.
—Nos llevarán a la cárcel a pasar quince días—contestó el mendigo.
—¿Y allí se come?—preguntó el Hombre Boa saliendo del fondo de su ensimismamiento.
—No siempre.
Quedaron todos silenciosos, cuando se oyó en el pasillo un murmullo de voces, que pronto se convirtió en una algarabía de gritos de mujer, de imprecaciones y de lloros.
—¡Leñe, no empuje usted!
—¡Moler con el hombre!
—Anda, anda para adentro—decía una voz de hombre.
Eran unas treinta mujeres cogidas en la calle, que encerraban en la jaula inmediata. Unas gritaban, otras gemían, algunas se dedicaban a insultar, con el repertorio de palabras más selecto, al delegado y al jefe de la Higiene.
—No queda una madre sana—hizo observar don Alonso.
Manuel creyó reconocer la voz de la Chata y de la Rabanitos. Después de encerrar a las mujeres, un sargento de Orden público se acercó a la jaula de los hombres.
—Señor sargento—dijo don Alonso—, que aquí hay un hombre que está malo.
—¿Y qué quiere usted que yo le haga?
—Señor sargento, si me hiciera usted un favor...—añadió Manuel.
—¿Qué?
—Que si hay algún periodista de esos que vienen a recoger noticias aquí, le diga usted que yo soy cajista en el periódico El Mundo y que me han metido preso.
—Bueno, se dirá.
No había pasado media hora, cuando volvió a presentarse el sargento; abrió la reja y se dirigió a Manuel.
—Eh, tú, el cajista. Afuera.
Salió Manuel, pasó por delante de la jaula en donde estaban encerradas las mujeres, vió a la Chata y a la Rabanitos en un grupo de viejas prostitutas, entre las que había una negra, todas horribles, y subió de prisa la escalerilla hasta la sala en donde dormía el retén de guardias. El sargento abrió el postigo, cogió a Manuel de un brazo, le arreó un puntapié con toda su fuerza y lo puso en la calle.
El reloj del Ayuntamiento marcaba las tres; lloviznaba; Manuel se metió por la calle de Ciudad Rodrigo a guarecerse en los arcos de la plaza Mayor, y como estaba cansado, se sentó en el escalón de un portal. Iba a dormirse, cuando un hombre con trazas de mendigo se sentó también allí y hablaron; el hombre dijo ser repatriado de Cuba; que no encontraba empleo ni servía tampoco para trabajar, pues se había acostumbrado a vivir a salto de mata.
—Después de todo, voy teniendo suerte—añadió el repatriado—. Cuando no me he muerto este invierno es que ya no me muero nunca.
Pasaron los dos la noche acurrucados uno junto a otro, y por la mañana fueron a la plaza de la Cebada y anduvieron merodeando por allí. El repatriado cogió unas cuantas nueces de un montón, y esto constituyó el desayuno de los dos compañeros.
Más tarde bajaron por el puente de Toledo.
—¿Adónde vamos?—preguntó Manuel.
—Aquí, a un convento de trapenses que hay cerca de Getafe, en donde nos darán de comer—dijo el repatriado.
Manuel aceleró el paso.
—Vamos de prisa.
—No sirve. Sacan la comida después de que ellos comen. De manera que, aunque corras, no adelantas nada; hay que esperar.
Entonces Manuel moderó su marcha. El repatriado era un tipo vulgar; tenía la nariz gruesa, la cara ancha y el bigote rubio. Llevaba un sombrero puntiagudo, la ropa llena de remiendos, una bufanda vieja arrollada al cuello, y en la mano un garrote.
Llegaron al convento, pasaron a la portería y se sentaron en una mesa, en donde seis o siete hombres esperaban.
—¿Tú sabes hacer versos?—preguntó el repatriado a Manuel.
—Yo, no. ¿Por qué?
—Porque hace unos días vine yo aquí con un señor que, eso sí, estaba tan muerto de hambre como nosotros, y mientras esperábamos la comida, él preguntó el nombre del rector y le hizo unos versos la mar de bonitos. Y entonces el rector le mandó entrar y le dió de comer y de beber.
—Pues es una lástima que no sepamos hacer nosotros una copla. ¿Cómo se llama el rector?
—Domingo.
—Pensó Manuel una palabra que terminara en ingo y no la encontró, y olvidó su faena cuando vino el lego con un gran caldero y lo dejó encima de la mesa.
Luego trajo cucharas de palo y las repartió entre los mendigos. De éstos, todos menos uno sacaron escudillas; el que no la tenía era un tipo repulsivo, con el labio inferior hinchado, ulceroso y saliente.
—Espere usted, compadre—dijo el repatriado antes de que metiera el otro la cuchara—. Nosotros vamos a echar el rancho en la tapa del caldero, y de allí comeremos.
—¡No sé qué tengo yo!—murmuró el mendigo.
—¿Usted? Que tiene un labio que parece un bisteck.
Comieron Manuel y el repatriado, y después de dar las gracias al lego, salieron del convento y se tendieron al sol en el campo.
Hacía una tarde de Mayo, espléndida; el sol calentaba de firme; el repatriado contó algunos episodios de la campaña de Cuba. Hablaba de una manera violenta, y cuando la cólera o la indignación le dominaban, se ponía densamente pálido.
Habló de la vida en la isla, una vida horrible; siempre marchando y marchando, descalzos, con las piernas hundidas en las tierras pantanosas y el aire lleno de mosquitos que levantaban ronchas. Recordaba el teatrucho de un pueblo convertido en hospital, con el escenario lleno de heridos y de enfermos. No se podía descansar del todo nunca. Los oficiales del ejército antes de fantásticas batallas, porque los cubanos corrían siempre como liebres, disputándose las propuestas para las cruces, y los soldados burlándose de las batallas y de las cruces y del valor de sus jefes. Luego la guerra de exterminio decretada por Weyler, los ingenios ardiendo, las lomas verdes que quedaban sin una mata en un momento, la caña que estallaba, y en los poblados la gente famélica, las mujeres y los chicos que gritaban: «¡Don Teniente, don Sargento, que tenemos hambre!» Además de esto, los fusilamientos, el machetearse unos a otros con una crueldad fría. Entre generales y oficiales, odios y rivalidades; y mientras tanto los soldados, indiferentes, sin contestar apenas al tiroteo de los enemigos, con el mismo cariño por la vida que se puede tener por una alpargata vieja. Algunos que decían: «Mi capitán, yo me quedo aquí»; y se le quitaba el fusil y se seguía adelante. Y después de todo esto, la vuelta a España, casi más triste aún; todo el barco lleno de hombres vestidos de rayadillo; un barco cargado de esqueletos, y todos los días cinco, seis, siete que expiraban y se les tiraba al agua.
—Y al llegar a Barcelona, ¡moler!, ¡qué desencanto!—terminó diciendo—. Uno que esperaba algún recibimiento por haber servido a la patria y encontrar cariño. ¿Eh? Pues nada. ¡Dios!, todo el mundo le veía a uno pasar sin hacerle caso. Desembarcamos en el puerto como si fuéramos fardos de algodón; uno se decía en el barco: «Me van a marear a preguntas cuando llegue a España.» Nada. Ya no le interesaba a nadie lo que había pasado en la manigua... ¡Ande usted a defender la patria! ¡Que la defienda el Nuncio! Para morirse después de hambre y de frío, y luego que le digan a uno: «Si hubierais tenido riñones, no se hubiera perdido la isla.» Es también demasiado amolar esto...
Iba ya inclinándose el sol cuando el repatriado y Manuel se levantaron y fueron hacia Madrid.