Las Cataratas del Niágara

El express del Illinois Central que sale á las seis de la tarde del New-York, llega á las ocho de la mañana del día siguiente á un punto del territorio canadiense, desde donde pueden verse las cataratas, casi á vista de pájaro. En aquella escotadura del terreno, el tren se pára breves instantes; los pasajeros, medio dormidos aún, bajan de los Pullman-cars, se acercan cuanto pueden al borde de la cortadura, y admirados ante aquel espectáculo grandioso, deslumbrados por los cambiantes de luz en los torbellinos de agua pulverizada que salen del fondo del cauce y atontados por el sordo ruido de las moles de agua que se precipitan por los acantilados del río, vuelven á ocupar su puesto en el vagón, sin haberse formado idea clara de lo que han visto, ni poderlo apreciar en la medida de lo justo.

Ver de esta manera las cataratas del Niágara equivale á no haberlas visto; las cataratas valen más que eso, y justo es dedicarles un día entero, para gozar de todos sus encantos y perspectivas.

Por eso, quise hacer una segunda visita más detenida, saboreada con calma, á conciencia, y con ansia de apreciar aquella maravilla, única en el mundo conocido, con todos sus perspectivas, sus colores, sus estremecimientos, sus furores y sus fuerzas colosales.

Estorba allí, cuanto constituye el marco de aquel cuadro colosal: estorban la población, los hoteles, las obras de arte, los silbidos y campaneos de los trenes que pasan, del tranvía que recorre la orilla izquierda del Niágara, en territorio del Canadá; que lo único á que aspira allí el hombre, es á quedarse solo con la naturaleza, para contemplar aquella escena, aquel fondo de valle, circo inmenso de rocas, acantilados terminados en arista, sobre que se despeña un mar airado, poderoso, inclemente, que ruge con iras de gigante, que echa espumas de agua pulverizada, humeante, como si el choque de las corrientes hubiera encendido intensa brasa en el fondo del cauce que las convirtiera rápidamente en vapor, después de haber servido de poderoso ariete que abre cada día cauce nuevo á las tumultuosas aguas del Niágara.

Vistas las caídas desde la orilla canadiense, la cascada norte-americana, cuando el sol se pone, aparece arrebolada con todos los colores del arco-iris, y si el viento azota las espumas levantadas por el choque sobre roca dura, donde rebotan las aguas perdiendo toda su fuerza para transformarse en trabajo mecánico perforante, los arco-iris formados cambian de posición, se multiplican, cortan la caída y la segmentan, complaciéndose la luz en adornar aquellas aguas que llevan en su seno todas las majestades y todos los esplendores de la materia inerte. Y como si la naturaleza hubiera querido mostrar reunidas la fuerza portentosa de quince millones de pies cúbicos de agua que se despeñan por minuto de una altura media de 160 pies, con la gracia y belleza de corrientes divididas por el Goat Island, islote colocado en medio del río, convertido en parque, proyectando una gran masa de aguas contra el territorio del Canadá, que cae en forma de herradura sobre el cauce, y allí remansan las aguas impelidas por la catarata americana, chocando las corrientes con furia espantosa, arremolinándose, cambiando de color, mezclando sus espumas y sus detritus, surge de aquella confusión espantosa, de aquel caos horrendo, la belleza apocalíptica que recuerda las convulsiones de los océanos del interior del globo terráqueo, cuyas sacudidas de gigante trazan sobre la tierra las pavorosas huellas del volcanismo.

Puente sobre el Niágara

Pero, no basta esta impresión de conjunto para saborear todas las bellezas del Niágara Falls: dejemos pronto la orilla izquierda del río, apartemos por un momento la vista del horseshoe, y de la caída americana, demos descanso al oído perturbado por el ruido mate, horrísono, de tantos metros cúbicos de agua que saltan vomitando espumas al fondo del lecho del Niágara, y pasemos á la orilla opuesta aprovechando un puente suspendido que es una maravilla de elegancia. El Suspension bridge, visto de lejos, parece una línea recta, un trazo de tinta china que cruza un horizonte blanquecino; de cerca, resulta pasarela graciosísima más digna de un pintor que de un ingeniero, que al dividir el hondo cauce del río, en dos partes, parece nota justa que corrige la obra de la naturaleza que resulta ser allí excesivamente monótona y descolorida.

Visto el cauce desde el Suspension bridge, la cabeza sufre el vértigo de las grandes alturas: si se miran las cataratas, píntanse sólo en la retina tumultos y nieblas que se levantan del fondo del río; si se mira á la parte opuesta, la vista descansa en un recodo que forma el valle, abrupto, casi cortado á pico y cubierto de vegetación vigorosa, de verde intenso, sobre el que se dibuja breve línea, de trazo negro que da paso á un ferrocarril; en el cauce, ruedan veloces las aguas formando espumoso oleaje; en las orillas, saltan pequeñas cascadas, signos de aprovechamientos industriales, y en la orilla derecha del puente, hállase la población sucia, fea, pueblo de mercaderes, plagado de bazares, de hoteles, de guías impertinentes, con toda la prosa de la vida, aumentada sin piedad en la tierra libre de América. Pasemos y pasemos aprisa, sigamos la calzada que guía al Prospect Park, dejémonos guiar por un plano inclinado que nos conducirá al cauce del Niágara, y aprovechemos el round trip, el viaje circular de un vaporcito The Maid of the Mist, La Doncella de la Niebla, que va á dar un paseo por las corrientes impetuosas del río y á colocarnos lo más cerca posible de las cataratas, vistas de abajo arriba para poder apreciar toda la belleza de aquella masa colosal de agua, que forma cabellera inmensa, extendida, matizada de mil colores, que se desploma de más de cincuenta metros de altura. Desde el pie del funicular á unos cincuenta pasos se halla el vaporcito en tensión, un marinero me ofrece un impermeable, unos pantalones y un capuchón de lona embreada, y con tan rara indumentaria, me coloco en sitio preferente, para aprovechar la excursión. Sale en breve el vapor, atraviesa el río, toca en la orilla del Canadá, y trazando al río una diagonal, se dirige rápidamente á la catarata norte-americana; al poco rato, el barco entra ya en la zona de los remolinos y de las aguas pulverizadas, cuya intensidad crece hasta cegar la vista. El impermeable chorrea por todas partes, el vapor sacudido por el oleaje y las corrientes, avanza cada vez más, el ruido aumenta, la catarata avanza y el espectáculo crece, se desenvuelve, se apodera de todo mi sér, me subyuga y bajo la acción fascinadora de aquella maravilla gigantesca, me siento aturdido y espantado de tanta grandeza. El vapor se para, el temporal de viento y lluvia arrecia, las gentes se ponen el pañuelo en la boca, no hay quien resista largo tiempo las sacudidas del viento y una impresión tan honda, y cuando el barco vira y vuelve la popa á la catarata norte-americana, aparece con toda su belleza la herradura del caballo, formando circo de espumas, levantando chorros imponentes de agua, y mientras La Doncella de la Niebla desanda el camino recorrido, y busca vados relativamente tranquilos, entre las corrientes espantosas de ambas cataratas que chocan con furias formidables, en el cauce del río, aquel cuadro va difuminándose, el ruido decreciendo, las aguas tranquilizándose y el espíritu del viajero descansando de una tensión en que se confunden el temor, el espanto, la admiración y el placer.

No terminan aquí las siluetas y las perspectivas que ofrece pródiga la naturaleza al viajero, en Niágara Falls; falta ver la cueva de los vientos—The Cave of the Winds—que exige la serenidad de una cabeza segura y una pierna sólida, donde halló trágica muerte, en 1892, un inexperto viajero; el parque Prospect, desde donde se ve toda la catarata de la orilla norte-americana, dominándola á vista de pájaro y pudiendo contemplar la línea ondulada y sinuosa, intersección del plano inclinado con el plano de caída que forman las aguas en aquella catarata; nos falta recorrer el Goat Island, el islote que parece una barca holandesa anclada en medio del río, y cuyos flancos dividen la corriente principal del Niágara; hemos de cruzar aún una serie de puentes y pasarelas, por cuya luz divagan corrientes de aguas bullidoras, para ver las islas llamadas tres hermanas, grupito de rocas, en cuyas grietas crece una vegetación vigorosa, acariciada constantemente por las brisas y rompientes de un cauce abrupto, y cuajado de piedras, y al llegar á la hermana más pequeña, gozar otra vez, y desde punto muy cercano, la perspectiva de toda la extensión mojada del río, la parte alta de la herradura del caballo, y el hermoso contraste que ofrece la tranquila acción de las aguas deslizándose sobre el cauce alto, con el impetuoso movimiento y choque en las caídas al desplomarse por los acantilados del abismo.

Todo este conjunto de cosas resulta pura y simplemente sublime; y por tanto, sería atrevimiento imperdonable pretender siquiera que pluma tan inexperta como la mía, pudiera dar idea aproximada de un espectáculo que la naturaleza, tan pródiga en América, ha adornado con todos los encantos y colores de su espléndida paleta.

No insisto, pues, ¡oh lector! en traducir lo que ha quedado grabado en mi imaginación con caracteres imborrables, porque cuanto mayor fuera el esfuerzo producido, resultaría mayor el contraste entre lo vivo y lo pintado; seguir, pues, camino del Far West, ha de parecer de buen sentido, y ya que tan suntuosos vehículos me ofrecen las compañías carrileras americanas, mientras sueño bajo dorados artesonados de maderas preciosas, iluminados con luz eléctrica, el espectáculo que acabo de apuntar, se aproxima la hora de llegar á Chicago á las diez de la noche del 29 de marzo de 1893; mientras cruzan por cuatro líneas paralelas que siguen las playas del Michigan, trenes que pasan con velocidades espantosas, brillantemente iluminados, yendo para mí hacia ignotas tierras y produciéndome calofríos la idea de que el descuido más insignificante puede terminar mi viaje de manera trágica, y á las puertas ya de Chicago, y de su celebérrima Exposición universal.


Vista de la Exposición