El reporterismo y la hospitalidad en California

Al llegar á San Francisco á las diez de la noche, se me proporcionó, media hora después, el placer de dar un shake-hands cordial á dos reporters del Chronicle y el Sun que me eran completamente desconocidos.

«Buenas noches, venimos á preguntarle quién es usted y á qué viene á San Francisco»; «pues miren ustedes, yo, vamos al decir, no soy nadie; hasta hace pocos días he sido Comisario de Industria de España en la Exposición de Chicago; ahora soy un caballero particular que viene por su cuenta y riesgo á estudiar la importancia y el desarrollo de la vinicultura en California. Ustedes comprenderán, si á esta distancia llegan, los clamores de los productores de mi país, que habiendo alcanzado la viticultura en España un desarrollo anormal, la competencia que ustedes», me refería mentalmente á los vinateros, «pueden hacernos en América tiene para nosotros un interés de primer orden, interés que mis compatriotas no han sabido ver, si es cierto, como se dice, que soy el primer español que ha venido á California con las expresadas miras.»

«Nuestras bodegas están llenas, nuestros caldos por los suelos, necesitamos exportar los vinos á todo trance, y como sospecho ¡valiente sospecha y sin fundamento! que los vinos de ustedes han de mezclarse con los europeos para ser potables, vengo á estudiar los medios de facilitar la importación de aquéllos á este país con ventaja de ambas naciones.»

«Ustedes entienden claramente lo que digo ¿verdad? porque mi inglés no va muy allá, y sentiría ser mal comprendido.» «Oh, yes», y en efecto, prescindiendo del cambio fundamental del importer por el exporter, la fraseología resultó exacta en la relación publicada textualmente al día siguiente en el Chronicle de San Francisco. Se despidieron y me acosté. A la mañana siguiente, al volver á casa, hallé un buen número de tarjetas de personas que deseaban visitarme y transmitirme sus opiniones acerca de la cuestión vinatera. La mayor parte me pareció gente de poco fuste; entre ellos, sin embargo, llamóme la atención el químico Mr. Hugh Frazier y el propietario de Napa Valley Mr. Shram, que mostraron deseos de acompañarme y hacerme ver lo más interesante de lo que puede estudiarse en vinicultura californiana. Esperábame el día siguiente en el embarcadero el químico Mr. Hugh y fuimos juntos á Santa Helena, capital del condado de Napa.

Atravesamos la bahía de San Francisco, llegamos á Oakland á las ocho de la mañana, tomamos el tren en seguida y á las diez y media nos apeamos en la estación más inmediata á Santa Helena, llamada Rutherford. El aspecto del valle no puede ser más risueño: extensos viñedos que pueblan llanos y montes en terrenos de grandísima fertilidad, teñidos fuertemente por el óxido de hierro y en donde pueden observarse, en los rodales de plantas desmedradas y sarmientos cortos, los efectos destructores de la filoxera, que alternan con tierras destinadas al cultivo del maíz, y caseríos alegres levantados á la sombra de árboles semitropicales corpulentos, que gozan de la temperatura constante de aquella latitud propia de una perpetua primavera.

Llegamos á la quinta del Capitán Gustave Niebaum y el químico ofrecióme en primer término las primicias de su trabajo, sintetizado en extensos encasillados de sus ensayos cualitativos y cuantitativos de los mostos, con el objeto de averiguar la época, deducida naturalmente de términos medios, de la maduración de la uva en las diferentes tierras y exposiciones de los viñedos de la finca. Enseñóme más tarde la finca entera, las bodegas repletas de vino y los lagares llenos de mosto en fermentación; visité el laboratorio, el mecanismo para separar el hollejo y las pepitas del mosto, los planos inclinados para el transporte de la pulpa, las cubas con los nombres de los vinos, la botillería, revelando todo una limpieza exquisita y una atención preferente á los fenómenos complicadísimos de una buena vinificación. Y me decía modestamente: «cuanto se refiere al cultivo de la vid y de los vinos es un problema para nosotros; no sabemos nada, cultivamos á tientas, y á pesar de cuanto hemos aprendido y adelantado en poco tiempo, no sabemos sacar partido de los recursos de la vid en relación con nuestro suelo y nuestro clima.»

«Tenemos aquí diferentes suelos y exposiciones variadísimas que son un rompecabezas; en este valle, cada propietario vendimia en época diferente y saca vinos esencialmente distintos, aun siendo igual la especie cultivada. Esta tarde iremos á ver las bodegas de Mr. Parrott, probará sus vinos y verá qué diferencias se hallan entre los de esta finca y los suyos, estando las propiedades contiguas, siendo iguales los cultivos y variando sólo la exposición.»

Fuimos á comer á Santa Helena y nos dirigimos después á la quinta de Mr. Parrott.

Díjome Mr. Hugh: «Creo que Mr. Parrott habla español, y seguro estoy que hallará usted en su casa una hospitalidad franca y agradable.»

Pasamos un puente al dejar un mal camino de travesía, y entramos en la finca por una senda adornada de árboles y arbustos floridos. Llegamos á una plazoleta sombreada por árboles frondosísimos y nos apeamos al pie de una suntuosa morada.

Nos recibió una china, pulcramente vestida, y nos anunció á Mr. Parrott.

Al saber que era español, me dijo con acento que envidiaría un castellano de la meseta central de España: «Usted desea marchar hoy mismo y esto no es posible; no tendría usted tiempo para ver lo que viene á estudiar»; «sí, pero...» «no admito excusas; no le faltará á usted cama, mesa y hospitalidad cordial; soy más español que usted y tengo interés en hacerle conocer nuestro valle».

«No tengo medios», contestéle, «para sentarme en su mesa, no digo yo de etiqueta, sino limpio y decentemente; pensaba regresar hoy á San Francisco y...» «los yankees hacemos poco caso de estas cosas... no admito escusas, y vamos á la bodega».

Con el amor que siente un padre por sus hijos predilectos, mostróme el señor Parrott la serie de vinos blancos, claretes y cognacs que fabrica con una maestría envidiable. Larga fué la lista de los vinos probados que escalonamos razonadamente, para que el paladar pudiera juzgarlos y apreciarlos en su justo valor.

Pasamos allí horas enteras; al anochecer, probados los vinos de Inglehook-vineyard y de la Villa de Parrott, tenía ya el convencimiento de que en California se producen vinos que pueden competir ventajosamente con los sauternes y los claretes del mediodía de Francia.

Los claretes no tienen, para mí, más defecto que el ser un poco ásperos, como si fueran hijos de uva cuyo hollejo, cargado de tanino y materias colorantes, diera al vino un sabor astringente en demasía y difícil de tragar. Pero los sauternes, con un poco más de bouquet, se venderían en Francia como si fueran criados en los mejores viñedos de su propio país.

Después de probar 30 ó 40 vinos, y preguntar si los mezclaban con caldos europeos, me convencí de que los vinos de California tienen los defectos de los nuestros, son excesivamente ricos en color y en alcohol y que sólo los vinos franceses, por su escasa graduación, pueden importarse á América para hacer el coupage con alguna ventaja. Mi sueño, pues, de exportación de vinos españoles á California quedaba desvanecido.

Regresamos á la quinta Parrott cuando anochecía; entramos en el drawing-room, donde hallé á Mrs. Parrott, su sobrina miss Theresa Shrieves y á unas cuantas señoras de las propiedades vecinas, lujosamente ataviadas, á que fuí presentado. Difícil es hallar en el campo un salón alhajado con más confort, ni que responda mejor al bello desorden, mezcla de cosas bonitas que la moda actual pregona como la última palabra del buen gusto.

Mesas y sillas primorosas, anaqueles llenos de bibelots y retratos, cuadros, panoplias, candelabros, todo rico y harmónico, aun en su desorden, búcaros llenos de crisantemas de riquísimos colores, cristales de color por donde penetra la luz tamizada del exterior entre el variado follaje de las orquídeas, los palmitos arborescentes y los almeces gigantescos, y en medio de la conversación sostenida en español, inglés y francés, la señora de la casa tocó «La Paloma» como obsequio al forastero español, y recuerdo de los tiempos juveniles pasados en Bilbao por el señor Parrott, que no se cansaba de preguntar con amor de hijo adoptivo por cuanto se relaciona con nuestra patria.

Otra señorita silbó, cantó y tocó con admirable perfección durante la velada, hasta que, llegada la hora de cenar, me invitaron á pasar á un comedor digno de cuanto hay en aquella morada rica y fastuosa.

Sirven la mesa un chino raquítico y feo y una chinita de labios prominentes que lleva unos aretes azules, que hace resaltar sobre su piel amarilla, la vivísima luz de los candelabros. Su traje limpio y blanco, su pelo arrebujado como el de nuestras campesinas, su voz estridente al contestar las preguntas que le hacía con bondad suma la señora de la casa, que parece tratarla como niña mimada, su risa á carcajadas cuando la miro con la curiosidad propia de mi ignorancia en la ciencia étnica, sus movimientos ligeros, impropios de toda china respetable, son detalles que avaloran aquella cena opípara, en mesa hospitalaria, donde las señoras tienen para mí tantas deferencias y los demás comensales tantas bondades, sin más merecimiento que el de ser un extranjero que llamó á su puerta pidiendo sólo noticias sueltas de sus trabajos, que halló sazonadas con mesa espléndida, cama y habitación dignas de un palacio, y conversación cordial y deleitosa.

A las doce de la noche, tras mucho hablar de España y recordar en el piano nuestros tangos, jotas y boleros, nos fuimos á la cama; y al despertar, entrando un sol espléndido por las ventanas, sol y ambiente que me recordaban, tras tan largo período en Chicago de cielos grises y pálidos tonos en el aire, el vívido color de la atmósfera patria, me faltó tiempo para gozar aquellas brisas y aquellos campos, plantados de vides y olivos, plantas europeas, alternando con las tropicales, arbustos aquí, árboles colosales en California, vivificados por aquel sol, por aquel clima, más suave y más dulce que el de las costas catalanas y andaluzas.

Al poco rato, y después de haber recorrido el jardín lleno de rosas, claveles, crisantemas y geranios, Mr. Parrott me invitó á visitar la quinta de Mr. Shram, situada ya en el fondo de Napa Valley. En una carretela tirada por un hermoso tronco y guiada por un cochero aragonés, van las señoras de la casa, que han llenado el coche de flores. Mr. Parrott va al vidrio y yo subo al pescante para gozar mejor las preciosas vistas del valle. Pasamos Santa Helena, seguimos una carretera polvorienta y mal trazada que me recuerda los caminos españoles de otros tiempos, contemplo ansioso la campiña llena de luz, de ambiente y color, y al entrar en un bosque frondoso donde apenas penetra el sol, en el fondo y dominando el valle aparece la pintoresca quinta de Mr. Shram, orgulloso con justo título de sus vinos, de sus bodegas, que contienen más de 200,000 galones de vino, y que me ofrece un almuerzo espléndido, que sazona la más amable y cariñosa hospitalidad.

Llega la hora de partir y regresar á San Francisco. Mientras monto al carruaje, el verandah se llena de señoras y caballeros, todos agitan los pañuelos, todos me desean, con un good bye expresivo, feliz viaje, y mientras anoto en mi corazón esos ricos testimonios de la hospitalidad californiana, apunto también en el haber de mi vida dos de los más hermosos días de mi existencia.