En la Habana
Quisiera rectificar mi primer juicio respecto á las condiciones de la capital de Cuba; pero, cuanto más conozco su vialidad é higiene, sus calles y paseos, sus edificios públicos y particulares, me afirmo más en el concepto que formé al apreciarla, en su conjunto, desde la bahía, y al recorrer algunas plazas y calles, yendo de la Aduana al hotel de Inglaterra.
Nótase, en primer término, durante el día falta de animación, lo mismo en el centro que en los barrios apartados de la ciudad, las calles del Obispo y O’Reilly, el Parque, el Prado, sitios un tanto apartados de los muelles, lo mismo que la Plaza de Armas en donde está la Capitanía general, y los alrededores de la misma, centros comerciales de importancia, la Universidad, las agencias de vapores, la Aduana, etc., etc., no consiguen mayor animación; las señoras salen muy poco y en carruaje, los hombres de negocios usan constantemente coches de alquiler, durante las horas de sol, y sólo en los mercados se nota movimiento durante las primeras horas de la mañana en la abigarrada multitud de razas, negros, mulatos, chinos, que van invadiendo la isla desde que los Estados Unidos pusieron cortapisas y reparos á la afluencia de celestes en las costas de California, criollos y blancos, gritando y empujándose en el continuo tráfico menudo necesario á la vida de una población extensísima que goza de confort y lujo, y se abastece de buenas carnes, excelente pesca y frutas sabrosísimas de perfume delicado y exquisito. Es un espectáculo original para los peninsulares, ver los puestos de frutas, en los mercados, producto de una Flora completamente distinta de la nuestra, con un perfume tan intenso que embriaga, dominando el olor del plátano, fruto que, en grandes racimos, de tamaños variados, forma manojos que recubren los bastidores de las mesas, los pies derechos de las cubiertas, colgando de todas partes como si fuera, y lo es realmente, artículo de consumo ilimitado; los cocos verdes cubiertos aún con su cáscara carnosa, recién cortados de los cocoteros para dar á beber la leche vegetal que contienen, refrescante, fresca, higiénica y deleitosa; las chirimoyas de pulpa de color de sangre, con su cáscara negruzca y forma elipsoidal, menos dulce que la generalidad de las frutas tropicales, pero de esencia delicadísima, pasta que se deshace en la boca y que da al paladar, sin fatigarle, un gusto exquisito é incomparable; la piña verde, cubierta con sus hojas florales, de tonos amarillos, con la acidez deleitosa que rellena su carne jugosa, tierna y llena de perfumes; los mangos que no he podido probar y que dicen ser excelentes, la... pero, ¿á qué continuar la lista interminable de aquella Flora espléndida, si no hay pluma que pueda describirla sin quitarle los perfumes de sus esencias y los colores brillantes con que se engalana, robando á la luz los matices y las gamas de sus innumerables tintas y delicados tonos?
Y al salir de los mercados, las calles porticadas de los alrededores mantienen aún la fisonomía de casas de venta, que tienen sus horas de vida agitada, prolongación de aquellos centros donde no penetra el sol, y apenas la luz, como si el aire libre hubiera de llevarse los colores brillantes de las flores, los perfumes de los frutos, los jugos de las carnes y la substancia toda del vientre de la Habana, que necesita reponer las fuerzas perdidas en un clima enervante, traidor, que fatiga y liquida la sangre, que ni fuerza tiene para teñir las pálidas mejillas de la raza criolla.
Por las noches, el Parque se llena de gente; la animación crece hasta las diez; los negritos que vocean los periódicos del día, los buhoneros con sus baratijas, los concurrentes á Tacón, Payret y Albisu que salen á respirar el aire fresco en la calle, los cafés Central y Tacón llenos de luz y consumidores, la banda militar animando el cuadro y tocando lo mejor de su repertorio, dan al centro de la Habana, durante las primeras horas de la noche, una animación extraordinaria.
Alguna gente circula por el Prado, centro aristocrático, iluminado con luz eléctrica que va del Parque al castillo de la Punta, sitio agradable, de buen caserío, donde se disfruta la brisa del Atlántico y la tranquilidad de sitio poco frecuentado por carruajes y gentes dedicadas al comercio al por menor.
De más tránsito y lucida concurrencia disfrutan, durante el anochecer, las calles de Empedrado, O’Reilly, Obispo y Teniente de Rey, casi paralelas entre sí y de ejes normales á la bahía, con sus tiendas profusamente iluminadas y aparadores bien surtidos, que pierden el aire de tristeza que tienen durante el día y les da la luz filtrada al través de toldos y cortinas de malla tupida, tendidos sobre calles estrechísimas que se defienden de los rayos caloríficos del sol y de su luz intensa y devoradora.
Más concurridas están aún las calles transversales á las mencionadas en el párrafo anterior, llenas de tabernas y de gente bulliciosa que busca el placer venal, ofrecido á manos llenas, tras balcones y ventanas enrejadas, por celestinas y mujeres de todas las castas y de todos los colores; desde el negro azabache al blanco del sajón, pasando por el tipo mulato que es la tentación y el peligro más grande de los hogares antillanos, según opinión de los que conocen á fondo las costumbres y las pasiones de nuestros hermanos de Cuba y Puerto Rico. La alegría, en aquellos barrios, muéstrase al exterior ruidosa y desvergonzada; vívese allí, poco menos que en la calle, y los escritores realistas hallarían con poco esfuerzo y poco gasto, materia sobrada, aunque poco decente, al correr de la pluma. Dicen las gentes del país que no se recorren aquellas calles sin peligro, que el vino y el amor son pendencieros, que es vario el humor de razas que junta sólo el placer breves instantes, y que la curiosidad tiene allí, algunas veces, castigo muy superior al pecado venial cometido, yendo tras el conocimiento de costumbres que sólo se distinguen en las diferentes latitudes del mundo por el escenario y la forma con que las decora la idiosincrasia especial de cada pueblo.
Y si de aquellos antros, donde se mueven figuras tan extrañas y tipos tan distintos, iluminados, en salas desmanteladas de mueblaje sucio y raído, por candilejas y velones, donde alternan la india mexicana de cara aplastada, ojos velados y tristes que recuerdan los rasgos fisionómicos de la raza amarilla y especialmente del pueblo chino, con negras de labios carnosos y caídos, mulatas de ojos avispados y labios rojos y concupiscentes, cuarteronas y blancas solicitando favores con las ansias de la miseria y el vicio, se pasa al teatro Tacón en días de beneficio, numerosísimos allí, que todos los motivos son buenos para ejercer actos de caridad ó filantropía en la sociedad culta y humanitaria de la capital de Cuba, nótase la sacudida de una transformación tan radical que el ánimo parece recrearse en aquella atmósfera tibia y perfumada, en aquella sala llena de luz y mujeres hermosas, lujosamente ataviadas, luciendo escotes soberbios, de aquellos que desafían á la maledicencia cuando duda si los esconde el pudor ó la fealdad.
Desde un palco platea á que me invita la cordial y ostentosa hospitalidad de un amigo, recreo la vista mirando la finísima traza de la platea, cómoda, holgada y elegante, los palcos quizá un tanto pequeños, especialmente los proscenios con relación á la capacidad del teatro, el adorno sobrio y bien entendido, la iluminación espléndida y bien repartida, el aire entrando por las aberturas cerradas sólo con persianas, pero, aun así, habiendo en la sala intenso calor, el teatro lleno, las partes altas con gente de color, mulatos especialmente, que aplauden de manera estruendosa un drama titulado «La mulata», en cuya trama romántica figura como heroína una mujer de color, víctima de blancos viciosos y criminales; en los palcos y platea señoras irreprochablemente vestidas, dominando las morenas, de ojos grandes, encantadores, y cabellos negros, tan negros como los tienen únicamente aquí los que usan ó abusan de la química, y caballeros con frac ó smoking, elegantes y atentos con las damas, á las cuales obsequian con dulces y flores.
A última hora y á la salida de los teatros, la buena sociedad cubana cena en los restaurants del Parque y calles anejas, cuyo servicio es esmerado, ó toma helados y chocolates en los cafés y cervecerías, hasta que los tranvías del Cerro y el Vedado y los carruajes de particulares, en hora avanzada de la noche, van desapareciendo del Parque, que recobra la tranquilidad perdida durante las últimas horas de la tarde y primeras de la noche.
Y ya que he citado el Cerro y el Vedado, centros de veraneo de los habaneros, algo he de apuntar aquí, aunque no tenga, especialmente el Cerro, fisonomía propia que lo distinga de otras calles excéntricas de la capital de Cuba, como no sea por su caserío más suntuoso y sus jardines tropicales, donde reside ó mejor residía la sociedad más selecta de aquella ciudad, y se daban fiestas brillantísimas, cuando el dinero abundaba y decía la gente que la Habana era una de las ciudades más ricas del mundo. Quizá la fisonomía borrosa de hoy, en calle no muy ancha, polvorienta y llena de baches, cuyo eje sigue un tranvía de coches reviejos y descoloridos, lanzando los vehículos que la cruzan oleadas de polvo que dan á las fachadas, ya descascarilladas, apariencias de pobreza y suciedad, presentaba entonces signos de mayor grandeza, grandeza que hoy se oculta en el fondo de las quintas y en los jardines verdaderamente espléndidos, en que la palmera real y el cocotero alzan sus troncos y sus palmas por encima de las azoteas, como muestra de la fecundidad asombrosa del suelo y el clima de la grande antilla española. Una visita hecha á una familia habanera distinguidísima que habita en el Cerro, me permitió echar una rápida ojeada al interior de aquellas casas.
Tiene la fachada fisonomía italiana, algo que recuerda las casas de Pompeya reconstruídas; breve pórtico facilita el paso á un vestíbulo grande, limpio, que sirve de entrada á las habitaciones y de cochera, que alineados están allí tres carruajes, cubiertos y enfundados. El criado, que va en mangas de camisa, me guía á una de las habitaciones que da al jardín, y como la señora no me espera ni me conoce, me da tiempo para escudriñar la estructura de la casa, de habitaciones espléndidas por su holgura y limpieza; techos elevadísimos que enseñan sin reparo sus cabrios desnudos de madera finísima, con sus bovedillas enlucidas como las paredes, blanco todo y reluciente, contrastando con el verde intenso de las persianas que cubren todas las aberturas, dejando al aire del jardín ancho espacio para circular por las habitaciones amuebladas con sillas y sillones de rejilla, cómodos, ligeros, apropiados al clima, adornadas las paredes con grandes cuadros de afamados pintores, abundando los muebles de maderas ricas, patrimonio de los bosques cubanos; cómodas, armarios, anaqueles, marcos ostentosos de espejos biselados, pero pegado todo á las paredes, sin consentir que el aire halle en las habitaciones obstáculos para circular libremente, y dando al conjunto una fisonomía un tanto fría para los que estamos acostumbrados á ver salones alfombrados, cuajados de muebles, con sillas y sillones tapizados, abundando los contornos suaves, redondos, blandos, que constituyen una base de confort completamente distinta de la indumentaria propia de los climas tropicales.
Terminada la visita, echo una rápida ojeada al barrio, y mientras espero el tranvía que me ha de conducir al hotel, por casualidad topo con una pareja de negros, un Tenorio y una Menegilda que sin preocuparse de mi venida, entablan el más interesante coloquio.
Es difícil dar con un negro más asqueroso: bajo, rechoncho, con la cara pustulosa; ella, fea también, sucia, mal vestida, con la cara sebosa y reluciente que adornan labios carnosos, violáceos y profundamente agrietados.
La chica se dolía de que se atreviera á pararla un hombre que no conocía; el negrito no parecía preocuparse de los lamentos de la joven y bastaron pocos segundos para desarrollar, con frase brevísima, su atrevido pensamiento. Ella no se dejaba convencer, la faltaba la presentación previa: «pero hombre, si yo no le conozco á usted... ¡usted qué se figura! ¿acaso me detengo yo con el primero que pase por la calle?... vaya usted á trabajar, hombre, vaya usted á trabajar...»; y él, apurado ya, respondió: «pero, mujer, ¿cómo es posible que no sienta usted lo que siento yo por usted, si me estoy muriendo por usted?» y los ojos del negrito relucían como carbones encendidos, sin poderse convencer de que las ansias que sentía no lograran vencer los rigores de aquella Venus que había inspirado pasión tan honda al atrevido mancebo. La negrita, contrariada, aguantaba á pie firme la rociada amorosa; el Tenorio no parecía haber agotado sus argumentos, y como el tranvía no había de esperar la terminación de aquella escena idílica para continuar su carrera, allí quedó mi pareja amartelada, terminando el prólogo de la comedia ó drama amoroso.
Tampoco deben buscarse, en la capital de Cuba, edificios arquitectónicos suntuosos, catedrales de traza holgada, iglesias ricamente decoradas, edificios públicos elegantes, jardines grandes y bien dispuestos, porque se perdería lastimosamente el tiempo.
La Habana no tiene la pretensión de ser una ciudad monumental; todo lo que hay en ella notable se ha de estudiar en su historia y en su trabajo, historia que es la de la patria española, como suyo es el desenvolvimiento de su riqueza que hemos arrancado con nuestros brazos y nuestra inteligencia del suelo cubano.
Pero hay en el recinto de la ciudad páginas tan hermosas de nuestra historia, que sería desdén criminal pasar por la Habana sin leerlas.
Descansan en su catedral las cenizas del hombre que escribió la página más gloriosa y más pura de la historia de la humanidad.
En modestísima plaza porticada, cuyo nombre no recuerdo, mirando á la calle de Empedrado, levántase, sobre breve escalinata, la catedral de la Habana. Su fachada gótico-latina de piedra sillar ennegrecida, en cuyos paramentos y entre columnas pareadas hanse abierto desnudas hornacinas; flanqueada por dos torres de escasa altura, con ancha y holgada puerta central y dos laterales más pequeñas y simétricas, dan al conjunto un aire de pobreza que recuerda las iglesias de los antiguos conventos españoles. No presentan mayor grandeza las naves en su traza y sus alzados; las líneas correctas de sus arcos y columnas resultan frías, los altares pobres, nada hay allí que distraiga la atención de un modesto mausoleo que lleva al pie esta leyenda:
«¡Oh restos é imagen del grande Colón!
Mil siglos durad guardados en la urna,
Y en la remembranza de nuestra Nación.»
mirando al altar mayor y á la izquierda del presbiterio, un retrato orlado sostenido por una especie de zócalo en que están esculpidos anclas, cables, y un reloj de arena en que se apoya la leyenda, es cuanto recuerda al viajero que allí, según dicen, descansan las cenizas del gran Almirante, cuya grandeza no cabe en el mundo.
Allí estuve largo tiempo contemplando aquella urna funeraria que guarda los despojos de nuestra gloria más pura, recordando nuestra larga historia colonial, nuestras conquistas, nuestros héroes, sombras y penumbras del pasado, manchas de un sol que no se apagará mientras el mundo exista, dejando en el espacio la estela luminosa de las leyendas españolas. Y ante aquellas cenizas venerandas, mi frente inclinóse reverente, que después de Cristo, no ha cabido á ningún sér humano más alto destino, ni misión más santa, que Colón trajo al mundo, en su cerebro, la semilla de nuevas civilizaciones cuyo desenvolvimiento vasto y fecundo no es capaz de abarcarlo, en su conjunto, el entendimiento humano. Y al ver allí una corona, que una augusta dama española dejó al pie de aquel mausoleo, y las banderas y estandartes de la flotilla de carabelas que vista de lejanos mundos debía parecer fantástico espejismo que reproducía, al cabo de cuatro siglos, aquella epopeya gloriosa de Colón y los Pinzones flotando aún sus imágenes imborrables sobre las olas del mar, yo no puedo pensar, sin desfallecimiento de espíritu, qué pecados de raza se cometieron en México, en Chile, en el Perú, en las Indias del Oeste para que nuestro dominio de aquellas inmensas tierras se convirtiera en causa primera de nuestra decadencia, mientras triunfan y prosperan pueblos que han aportado al Nuevo Mundo ideas de exterminio, de usurpación, que fusilan sin compasión al indígena, al que embrutecen primero, para herirlo con mano más segura después, persiguiéndolo á muerte hasta las praderas y los arenales más remotos de los desiertos americanos.
La ley de Indias que amparaba con cristiano anhelo al indígena, que respetaba sus tierras, sus mujeres y sus hijos, contra las demasías, las soberbias y las ambiciones del colono, no logró respetos de naciones que deberían inclinar su cabeza ante nuestra raza humana y colonizadora. Y cuando vi tanta gloria iluminada sólo por la luz filtrada por mezquino ventanal, y vino á mi memoria el Capitolio majestuoso de Washington, con sus cúpulas soberbias, y la tumba de Juárez, la catedral, y los palacios de México, y recordé las fiestas colombinas en que España, la patria del gran descubridor, hizo modestísimo papel, mi espíritu no supo hallar la razón de tantas tristezas, y mi corazón y mi sangre se rebelaron contra las injusticias de los hombres y las crueldades del destino.
De aquel vasto imperio colonial en América, no nos queda ya más que Cuba y Puerto-Rico, dos joyas valiosísimas de aquella corona ceñida durante tres siglos por los Reyes de España, y que no la tendrá ya igual ningún potentado de la tierra; y si por ley fatal de la suerte hemos de perderlas también, si no hemos de aprender jamás, ya que sabemos conquistarlas y civilizarlas, como se administran las colonias, no consintamos siquiera que los restos de Colón, si están allí realmente, se pierdan también para España, mostrando así al mundo que podemos perderlo todo menos el amor á la tradición y á las glorias de la patria.
Salí de la catedral con la pesadumbre de las grandezas extinguidas, de algo que vibra en el cerebro ardiente y poderoso, y se apaga inclemente en el frío del medio en que se habita cuando nada responde á los entusiasmos de la vida. Y al ir camino de la Plaza de Armas, al terminar la calle del Obispo, doy con un alegre square, lleno de flores, plantas y palmeras tropicales, rodeando una estatua de Fernando VII que distrae mi atención, harto entretenida con tristes recuerdos, y en él hallo el palacio del Gobernador general, vasto edificio de arquitectura moderna, con bajos porticados y arcos de medio punto, cuyos machones, adornados con pilastras rematadas con sencillísimos capiteles que sostienen larguísimo balcón que vuela sobre la plaza, y á su vez sirve de base á modestas columnas sobre las que va un friso sencillo rematado por un reloj de torre.
Frente al palacio un templete histórico atrae la vista del viajero, templete erigido á la memoria de Colón por ser el sitio donde se celebró por vez primera en la isla de Cuba el santo sacrificio de la misa.
En 1519 una ceiba arrogante ocupaba el sitio del templete, y á su sombra erigióse el primer altar á Dios, invocado por Colón al tomar posesión del continente americano. Su arquitectura nada recuerda. El autor de la obra no supo dar al monumento el sabor de la época y de la localidad; quizá más que un edificio mezquino habría sido natural perpetuar la ceiba, continuar la tradición, buscar algo en la arquitectura mexicana, en la choza india, ¿qué sé yo? algo que no fuera un edificio banal y pobre arrancado al arte europeo. Me limito, pues, á recordar el bronce que perpetúa fechas y crónicas de la historia del descubrimiento, cuya leyenda dice así:
«Reinando el Señor Don Fernando VII, siendo Presidente y Gobernador don Francisco Dionisio Vives.
La fidelísima Habana, religiosa y pacífica, erigió este sencillo monumento decorando el sitio donde el año 1519 se celebró la primera misa y cabildo; el Obispo don Juan José Díaz de Espada solemnizó el mismo Augusto Sacrificio el día 9 de marzo de 1598.»
Y al acabar de leer lo que acabo de apuntar, sin querer, me pregunto qué hacen allí los nombres del Rey don Fernando y del Gobernador don Francisco Dionisio Vives, personas muy respetables ciertamente, pero que quitan carácter de época al recuerdo y que nada tienen que ver con el descubrimiento de América, siendo verdaderamente sensible que haya personas que busquen notoriedad á la sombra augusta de la historia y que, las generaciones que las suceden, consientan este tormento á los que vamos á visitar lugares sagrados, llevando en el corazón el piadoso recuerdo de los azares, las luchas, las alegrías y las tristezas de la patria.
Y como el día no fué afortunado, hallando en todas partes motivos de tristeza, apunto aquí, para que todo responda á mi humor endiablado, recordando aquel bronce que da á la Habana el dictado de pacífica, los siguientes datos que me comunica un amigo, conocedor de las condiciones de la ciudad bajo el punto de vista de su seguridad y defensa.
Rodean la Habana una serie de fuertes, unos que protegen la entrada de la bahía, y son el castillo del Morro y el castillo de la Punta, que cruzan sus fuegos y hacen sumamente peligroso el paso de la boca del puerto á una flota enemiga. Defiende también la bahía el fuerte de La Cabaña, que puede estar guarnecido por cuatro mil hombres.
Las baterías de La Cabaña y La Pastora, con su batería de los Doce Apóstoles, están armadas con 245 cañones, emplazados á flor de tierra y con arreglo á las necesidades de la táctica moderna.
Al Este de la ciudad y á una milla de la misma está el fuerte núm. 4, y al sudoeste la Torre de Cogimar. Bastan, según opinión de los inteligentes, los 650 cañones emplazados en varios fuertes y especialmente en el del Morro, La Cabaña y los fuertes del Príncipe y de Santo Domingo de Atarés para arrasar la ciudad en muy pocas horas, mientras las baterías de la Pastora y la de los Doce Apóstoles mantendrían en respeto los fuegos de una flota enemiga. Los fuertes de San Nazario, de la Plaza, Santa Clara, La Chorrera y la Torre de Banes completan un circuito de hierro, que no responde á la idea de aquella lápida, y que recuerda, en cambio, revueltas pasadas, guerras civiles, odios de raza, ambiciones mal refrenadas, futuras complicaciones internacionales, un mundo de problemas que deberían madurar, con su estudio y resolución, nuestros hombres de Estado, infundiendo á nuestro pueblo ideales nuevos, conceptos claros del estado social y político en que vivimos, algo de la realidad obscurecida tras falaces políticas y derechos engañosos, enseñándole, á la vez que los derechos, el deber de ser justos, fuertes, sobrios y respetables. Si así lo hiciéramos, los cañones del castillo del Morro y La Cabaña serían sólo signos de soberanía, que la integridad de la patria estaría sólidamente asegurada con el amor á la Metrópoli de nuestros hermanos de Cuba.