EPÍLOGO
Habia trascurrido un año desde los últimos sucesos que hemos referido.
Juanito se consideraba el hombre más dichoso del mundo, y la verdad es que no tenia motivo para quejarse de su esposa.
Esta cumplia sus deberes con religiosa exactitud, y creemos que los cumpliria siempre, pues en realidad no era mala.
Tambien Juanito era un excelente esposo, que se parecia algo á su suegro.
Tenian un hijo, y esto lo consideraron una nueva felicidad, y además del hijo habian conseguido un ascenso, gracias á la proteccion de doña Robustiana del Peral.
Don Pascual Bonacha no habia vuelto á recuperar la alegría; su salud seguia quebrantándose, y parecia que habian trascurrido diez años, segun lo que se avejentaba. No debia vivir mucho, porque el tiempo no calmaba su dolor.
La herida que habia recibido era mortal, y forzosamente habia de sucumbir.
Su esposa estaba tranquila y gozaba, porque la bondad del marido de su hija permitió á la madre constituirse en jefe de todos. Ella disponia sin contradiccion, y no necesitaba más para encontrarse bien.
Lo único que le desagradaba era que sus amigos le preguntasen por su nieto, que era lo mismo que llamarle abuela.
La esposa de don Pascual, segun ya hemos visto, creíase todavía jóven, y si no tenia pretensiones de enamorar, parecíale que aún podia ser mirada con agrado.
Continuaban yendo á la tertulia de doña Robustiana, y esta presentaba siempre como modelo de esposos á Paquita y á Juanito.
No sucedia lo mismo con la desgraciada Adela, pues Eduardo habia dado fin al importe de todos los títulos de la deuda que tenia en su poder, y quiso luego que se vendiese la casa.
Era forzoso que esta situacion llegase, y llegó.
No hay que decir que en las casas de juego habia quedado la mayor parte de aquella fortuna, adquirida en fuerza de tanto trabajo, de tanta honradez y hasta de muchas privaciones.
Por de pronto, quiso el tahur justificar su conducta, diciendo que habia emprendido algunos negocios, y que en todos ellos habia sido desgraciado, ya porque las circunstancias no le favorecieron, ya porque habia sido víctima de la mala fe de criminales especuladores.
Empero siempre resultaba lo mismo, es decir, que habian desaparecido muchos miles de duros, que producian una renta respetable.
Les era preciso cambiar de sistema de vida á las dos pobres mujeres, suprimiendo criados y todo aquello que no era de absoluta necesidad, puesto que ya no contaban con más que con los catorce ó quince mil reales que la casa producia.
A pesar de todo esto, no se atrevió Adela á reconvenir á su marido.
La infeliz sufria y callaba.
Su madre perdió al fin la paciencia y tomó parte en el asunto, no solamente para decir lo que su hija callaba, sino para oponerse á que la casa se vendiese ó hipotecase.
Eduardo, con gran habilidad, hizo ver claramente que con el importe de la finca podian salvarse los negocios perdidos, recuperando el capital y mucho más aún; pero doña Cecilia replicó:
—No entiendo de negocios ni de cuentas.
—Pues como yo entiendo, los explico,—repuso el esposo de Adela.
—Todos los bienes que dejó mi marido los adquirió despues que nos casamos, y por consiguiente la mitad de la herencia es mia.
—Nadie lo niega.
—La casa representa ménos que esa mitad, y por consiguiente me la apropio, y si esto no te parece bien, puedes acudir á los tribunales.
—¡Yo acudir á los tribunales para una cuestion de dinero!... Me consideraria deshonrado.
—Pues, hijo, yo no me deshonro por guardar lo que es mio.
—Si pudiera usted comprender...
—Comprendo muy bien que estamos arruinadas, y no niego que tendrás un gran talento para los negocios; pero es lo cierto que muy bonitamente ha desaparecido un capital. Más valia que te hubieses ocupado en escribir versos como antes de casarte y en llevar á tu mujer á paseo.
—Señora, mi delicadeza no me permite seguir esta discusion.
—¡Y habla de delicadeza el que nos ha dejado poco ménos que sin recursos para comer!...
—Si nos colocamos en el terreno de las ofensas...
—Estoy resuelta á decir las verdades, á gritar, á escandalizar...
—Grite usted cuanto se le antoje.
—No tenia usted sobre qué caerse muerto.
—Pero yo soy un caballero, mientras ustedes...
—¡Caballero!... ¿Y el tio que estaba en Galicia?... Nos ha engañado usted, ha cometido un abuso, nos ha robado...
—Que mi paciencia se apura.
—Desde hoy mismo yo seré la dueña de la casa, y aquí nadie manejará el dinero más que yo, y no se obedecerán más órdenes que las mias, y si no le conviene á usted así, buscará usted otros tontos que se dejen engañar.
—Saldré de esta casa para no volver.
—No cometeremos la torpeza de ir á buscarlo.
—Esta bien, señora: ya que usted adopta una resolucion...
—Puede usted hacer lo que bien le parezca, que para tener semejante marido, mejor está mi hija sin ninguno.
Por de pronto aceptó Eduardo la nueva situacion, porque le quedaba el recurso de hacer uso del crédito que el dinero de su mujer le habia dado.
Tomó, pues, algunas cantidades de consideracion, que se disiparon lo mismo que todas.
Bien pronto lo acosaron los acreedores, y más de una vez le amenazaron graves peligros.
¿De dónde sacaria más dinero?
Se apoderó de algunas prendas de valor que en la casa habia, como eran cubiertos y otras alhajas, que es lo mismo que decir que se robó á sí mismo.
Doña Cecilia se puso hecha una fúria y adoptó las precauciones convenientes para que no se repitiesen estos abusos.
Eduardo llegó al período de la desesperacion, término inevitable de la vida de estos hombres.
No podia retroceder al punto de partida de su existencia, y sobre todo era insoportable el sufrimiento que lo agobiaba.
Nunca habia reconocido más ley que su capricho, y no era posible que se sometiese á su suegra.
La pobre Adela, á quien no le habian quedado más recursos que sus ruegos y sus lágrimas, lloró y suplicó, pero inútilmente.
Un vértigo arrastraba á Eduardo, y era imposible detenerlo.
¿Sufria como padre?
Decia que sí; pero su conducta desmentia sus palabras.
Le hablaban de la triste suerte que le esperaba á su hijo, y se conmovia profundamente; pero algunos minutos despues salia de su casa y se entregaba con furor á toda clase de desórdenes.
Cuando le faltó el dinero abandonó á Juana, ó más bien ella lo dejó por otro.
Manolo, comprendiendo al fin la verdad, volvió la espalda para siempre á la que habia querido tan de veras.
Acostumbrada á la holganza, ni siquiera volvió á pensar Juana en ponerse á servir.
No habia hecho ahorros, porque esta clase de mujeres gastan cuanto tienen.
Su segundo amante la dejó tambien.
Llegó para la jóven el espantoso dia de la miseria.
Vendió sus ropas y adornos.
Al fin no tuvo que vender.
Su belleza se habia marchitado.
Sintió los tormentos del hambre, y entonces aceptó las proposiciones de una amiga suya, hundiéndose para siempre en el lodazal de los más repugnantes vicios.
Su existencia debia concluir en el hospital.
Viendo Eduardo que no intimidaba á su suegra con amenazas, hizo indicaciones para que comprendiesen que intentaba quitarse la vida.
Tampoco este sistema le dió el resultado que deseaba.
—Cuando quieras,—le decia doña Cecilia,—puedes matarte; porque mi hija estará mucho mejor viuda que casada contigo.
—Se verá usted perseguida por mi sombra.
—Mejor es que me persiga una sombra que el hambre.
Eduardo se dedicó entonces á trazar planes, que es la ocupacion favorita de todos los desocupados.
Al fin decidió ir á buscar la fortuna en América.
En vano intentó su esposa disuadirlo de este propósito.
Necesitaba el tahur dinero para emprender el viaje; pero doña Cecilia le dijo:
—Búscalo.
El miserable se dijo un dia:
—Nada conseguiré de estas mujeres.
Y desapareció sin que pudiera averiguarse su paradero.
Entonces fué cuando Adela pensó que hubiera podido ser dichosa con un hombre trabajador y honrado como su padre.
¿Y Alfredo?
Se habia casado con la hija del conde.
Sus amigos decian:
—Está desconocido Saavedra.
Efectivamente, su carácter habia cambiado.
Semejante cambio lo atribuian todos al casamiento; pero se equivocaban.
Alfredo no era tan dichoso como pudo ser.
De vez en cuando lo atormentaba su conciencia.
Si por casualidad se encontraba alguna vez con Juanito, este levantaba la cabeza con mucho orgullo, mientras decia para sí:
—Ya está viendo esa gente que para nada necesito su proteccion.
¿Qué hubiera pensado si le dijesen que el pan que comia lo debia á su antiguo rival?
¿Y qué le hubiera sucedido al conocer los motivos que para protegerlo tenia el que le disputó el corazon de Paca?
La candidez de Juanito era verdaderamente lastimosa.
Doña Robustiana del Peral continuaba lo mismo que siempre, y tenia ya en proyecto otras tres bodas, que debian hacer felices ó desgraciadas á tres de las jóvenes que formaban su tertulia.
La extension de este libro no nos ha permitido dar á conocer á la gente cursi que hay en otras clases de la sociedad; pero ocasion tendremos para presentarlas, penetrando en su vida íntima y levantando el velo que cubre muchos misterios.
Pobres mujeres, para vosotras he escrito este libro: no olvideis las provechosas lecciones que encierra, y preferidlo todo antes que el ridículo, teniendo presente que cuando los pobres no olvidan la dignidad, son tan respetados como los ricos.
—FIN—