II
El día señalado y á la hora convenida, se hallaban en el locutorio de las Siervas de Jesús, el Padre Olano, la señora de Enríquez, la señorita de Pelayo y sor Florentina. La monja era una mujer como de treinta años, rechonchita, bella, graciosa y desenvuelta, con mucho trato de gentes y un ligero estrabismo en la mirada, que le caía muy bien. El locutorio daba al jardín. De fuera de los vidrios de las dos ventanas caían temblando vástagos tiernos de enredaderas. De un pasillo llegaba un vaho denso, olor á cera y á potaje, á pobreza y santidad.
Temblaban de expectación las cuatro personas. El Padre Olano estaba hundido en sí mismo, como si impetrase la ayuda del Todopoderoso, orando en silencio. Sor Florentina tenía los carrillitos arrebolados y bizqueaba más que de ordinario. Aurora y Maruja revolvíanse en las sillas, muy excitadas y poseídas de bélico ardor. Creíanse poco menos que Juanas de Arco, y la conquista que iban á emprender de más fuste que una cruzada. Al fin y al cabo, aparte de la gloria de Dios y la pureza de las costumbres, á ellas les importaba singularmente el buen éxito de la aventura, porque en casa de la Telva adivinaban un vago y grande peligro.
—¡Oh, si quisiera Su Divina Majestad que extirpásemos esta hedionda llaga que infesta á Regium...!—murmuró sor Florentina.
Pasaba el tiempo. Aurora y Marujina Pelayo se miraban con desaliento.
Por fin apareció la vieja celestina. Entró fingiendo gran timidez y desconcierto, como si no supiera qué hacerse, ni qué decir, ni á dónde mirar. Pero, con solamente examinarle la cara, llena de burla y desenfado, pudiera echarse de ver que era una redomadísima sinvergüenza y más dueña de la situación que quienes la recibían. Á favor del aturdimiento que le tenía cuenta aparentar, fuése derecha á abrazar al Padre Olano, sollozando más que diciendo:
—¡Ay, santo varón! ¿Cómo le voy á agradecer...? Yo no sé cómo decirle...
El Padre Olano hubo de recibir, por sorpresa, el primer abrazo de la infecta anciana. Pero, recobrándose pronto, la apartó de sí con tanta mansedumbre como energía, de manera que Telva abordó á Aurora, que era la que estaba más cercana, con idénticas muestras de agradecimiento y efusión. La señora de Enríquez dió un grito y retrocedió dos pasos. Marujina huía también, temblando, y fué á guarecerse detrás del jesuíta. La descarada vieja se detuvo entonces, y humillándose bajo un infinito abatimiento, balbuceó, con voz quebrantada:
—¡Ay, Dios! Es cierto... ¡Dispénsenme! ¡Ay, señoritas! ¿Cómo me van á saludar si yo soy una mala mujer, si estoy condenada, si para mí no hay salvación...?
—De eso se trata—añadió el Padre Olano—. Siéntese, buena mujer, y hablemos.
Sor Florentina miró asombrada al jesuíta, en oyendo aquello de buena mujer. La celestina replicó:
—¿Yo buena mujer? ¡Ay! No se burle, señor...
—Siéntese, siéntese y hablemos. Siéntense, hijas mías.
Sentáronse todos. Aurora y Marujina tiritaban de miedo y de asco. La alcahueta sacó un gran pañuelo tan cargado de esencia, que el Padre Olano creyó desmayarse. Hubo un largo silencio enojoso que sor Florentina interrumpió afirmando:
—La misericordia de Dios es infinita.
El jesuíta se agarró á este cabo y asegundó:
—La misericordia de Dios es infinita. No está usted condenada, mujer, ni se ha perdido para siempre; pero, ¡ay de usted si no escucha la voz de quien dispone en cielos y tierra y que en este momento suena en sus oídos! ¡Te llamé y me rechazaste! No olvide, hermana, que si la muerte, en todo caso llega de pronto y cuando menos se piensa, y troncha esperanzas y siega juventudes, en la edad de usted...
—¡Ay! señor; yo no soy tan vieja como parezco. Los malos tratos de aquel... Iba á decir una atrocidad. Usted ya me entiende. Estas señoritas, no; son unas palomas, las pobres. Treinta años, señor, viví con él, chupándome el dinero y cuanto había que chupar. Era un verdadero... bueno, usted ya me entiende.
—No, no la entiendo, ni falta que me hace—contestó el jesuíta, visiblemente malhumorado. Hizo una pausa y continuó:—Á lo que vamos. Confío en que no está usted por entero dejada de la mano de Dios y en que se ha de dejar mover á arrepentimiento por mis palabras. El oficio que usted sigue es el más aborrecible, porque ha de saber, hermana, que esto que hace es pecado mortal, pues se opone al sexto precepto de la ley de Dios; de manera que, después de matar, no hay pecado mayor contra el prójimo, como lo observará si se para un poco en el orden de los mandamientos. En el quinto se nos prohibe matar, y en el sexto, hacer cosas indecentes. (Las damas bajan la vista. Telva sigue al orador atentamente. Este ha ido levantándose poco á poco; ahora está en pie.) Por favorecer este pecado, hermana mía, por intervenir en sucios tratos zurciendo libidinosas voluntades, se ha hecho usted reo de las penas del infierno. Á fin de que conozca mejor la malicia de este pecado, me valdré de la razón natural. Ha de saber, hermana, que ha dado el Creador al hombre una inclinación tan fuerte á esas cosas, porque si el hombre fuese como estatua, dentro de poco ya se habría acabado el género humano. Mas viéndose impelidos los hombres á esto, toman el estado del matrimonio, se casan, y entonces pueden hacer lo que las leyes del matrimonio permiten, y pueden desahogar legítimamente su pasión, sin que de ello resulte ningún desorden, antes bien, es como las pesas de un reloj, que hacen andar con buen orden y concierto la propagación del género humano. Mas si usted, por antojo ó codicia hace gastarse al hombre, es ciertísimo que Dios nuestro Señor, estará muy agraviado de usted, que le gasta inútilmente y por antojo esa sustancia, medio de conservación y propagación del género humano, y que le impide, destruye y mata aquellos seres que con el tiempo existirían. Si usted toma una naranja y la estruja, ¿cómo queda? ¡Ay, Dios mío! Toda enjuta, árida, seca, y no es buena para nada. Pues lo mismo pasa con los hombres que usted toma entre sus manos, y los estruja de manera que no les quede blanca en los bolsillos, y los deja áridos y disipados de suerte que ellos mismos se abren la puerta á todas las enfermedades y al infierno. Considere cuánto cargo pesa sobre su conciencia, hermana, por favorecer y alentar este hediondo vicio que Séneca llama mal máximo, y Cicerón peste capital. Piense que si la misericordia de Dios es infinita, no lo es menos su justicia, y que las iniquidades que usted promueve van llenando la copa de la divina paciencia. Y entonces, ¡ay de usted y de sus infames asiladas! (Aquí la voz del Padre Olano se hace recia y tonante. Telva simula suspirar.) Se ha visto perecer á personas repentinamente en medio de los goces venéreos, y á una vieja de Alejandría que se ocupaba en prostituir mancebos y doncellas, como usted, la devoraron cierta noche los diablos en forma de feroces perros negros. (Telva se estremece. Sor Florentina hace guiños á sus amigas, dándolas á entender que tiene buenos presentimientos. El Padre Olano endulza el tono, lo hace confidencial.) Y bien, hermana: aparte de estas consideraciones que le he hecho, ¿no siente usted el espíritu fatigado con una existencia tan azarosa y triste? Digo triste, porque convienen respetables doctores en que siempre es triste el vicio, y más que ningún otro éste de que se trata y de que usted hace profesión. Omne animal post coitum tristatur. Lo propio que á las bestias les acontece á los hombres; como que en este caso no son sino bestias del peor linaje, y usted, hermana, puede sernos testigo de mayor excepción por las muchas bestialidades de que ha sido víctima y malos tratos que la han inferido. Pues, ¿y qué diremos del pecado de escándalo en que usted cae de lleno sustentando esa casa de mal vivir? ¡Ay, hermana! Retírese del vicio, cierre esa aduana de Satanás, y guíese por las personas que solamente su bien procuran, como somos nosotros, si quiere salvar el alma y hasta el cuerpo.
Telva escondió el rostro, abrujado y socarrón, entre los pliegues del pestífero pañuelo y rompió á llorar amarguísimamente. Como su llanto se prolongase con exceso, acudieron los presentes á consolarla, pensando para su sayo, «esto es hecho». Alentáronla con palabras amigas; le hacían ver los errores y peligros del pasado y cómo, de continuar al frente del burdel, la asesinaría cualquier día un libertino beodo; daban por sentado que tendría algún dinero con que vivir honestamente, alejada de tratos de tercería, y por si no lo tuviese la prometían favorecerla. En esto, Telva se levantó de su asiento, dispuesta á marcharse. Los otros cuatro la miraron, llenos de ansia, aguardando una contestación concreta. La vieja celestina enjugó sus ojos y arregló el mantón con mucha parsimonia.
—Vaya, yo me voy, que ustedes tendrán que hacer y mis mujeres andarán todas revueltas. ¡Ay, señor! ¡Ay, señoritas! Ustedes, ¡qué buenos son! ¡Qué santinos! ¿Cómo les voy á agradecer? ¡Qué razón tienen! ¡Qué razón tienen, en eso de los maltratos! Parece que los inspira Dios... ¡Si ustedes vieran...! Aquello no es vivir, es un infierno: tiene razón el señor cura. ¡Ay!—dirigiéndose á la señora de Enríquez—. Si todos fueran como el su marido. ¡Qué hombre tan formal, tan simpático! Allí llega todas las noches; tráenos dulces, siéntase en el comedor, y cuándo con la Portuguesa, cuándo con la Pepa, cuándo con Loreto... En fin, mejor no cabe. Ni un grito, ni una bofetada nunca. O como su padre de usté, el señor Pelayo—dirigiéndose á Marujina—. ¡Ay, qué señor! Es un bendito. Antes se seca el mar que él falte por las tardes. ¡Y qué cariñoso! Que pañuelos, que faldas, que blusas, que cadenas, que peinetas; á las niñas no les falta nada. ¡Lo queremos tanto...! Vaya, que será tarde. Adiós, señora. Adiós, señorita. Adiós hermana—á sor Florentina—, ya sabe dónde está su casa, Munuza, 5. Lo mismo le digo, señor cura, y no deje de ir para que concluyamos de hablar de estas cosas.
La proxeneta salió majestuosamente. No había llegado á la calle cuando caían en tierra, tomadas de sendos berrinches ó desmayos, sor Florentina, Aurora y Maruja. El Padre Olano estaba aterrado, maldiciendo la hora en que se le había ocurrido la liga para la supresión de la trata de blancas. Á sus pies, Aurora mostraba las piernas, macizas y gentiles, cuya blanquísima carne trasparecía por el punto de seda. El Padre Olano no pudo menos de considerar cuán bellas eran, y con esto sintió que el pecho se le aliviaba de la contrariedad sufrida.