V

Algunos niños refirieron á sus padres en la visita el caso misterioso del Padre Atienza. Del salón de visitas salió la noticia al mundo. Los amigos, admiradores é hijos de confesión del Padre Atienza hacíanse cruces y cábalas, con ocasión de tan insólito suceso; menudeaban los plañidos y las elegías sobre el triste sino del desventurado é ilustre jesuíta; se le comparaba con el Papa, prisionero en el Vaticano, y con el Padre Coloma, de quien se decía sufrir también idéntica adversidad que Atienza; en resolución, la voz corrió prestamente de hogar en hogar y de puebluco en puebluco, por la región.

Un periódico anticaciquil y anticlerical, El Pulpo, arremetió contra los jesuítas con inusitada violencia, acusándolos de mantener secuestrado contra su voluntad á un hombre insigne, y sobre todo opulento, que por serlo y no por otra cosa le retenían aherrojado en una celda mefítica, á pan y agua, sin que el infortunado hallara expediente hacedero con que transmitir sus quejas fuera de la clausura. El Pulpo requería á las autoridades, conjurándolas á que averiguaran y dieran fin inmediato al secuestro, baldón de nuestra hermosa villa. Recordaba al maestro de obras, Aurrecoechea, que había sumido en el deshonor á una hija de Regium. Y, por último, á vuelta de unas cuantas frases grandilocuentes, venía á llamar á los benditos Padres milanos y estupradores.

En vano el insidioso Benavides, director de La Reconquista, aquel periódico fundado por el Padre Cleto Cueto á poco de llegar á la localidad, intentó poner en entredicho las burdas ficciones y soeces apóstrofes de El Pulpo, asegurando que si el Padre Atienza guardaba un retiro casi absoluto era porque tenía en preparación cierta obra magna y había menester de soledad para darla gloriosa cima. Cundía el escándalo. Los buenos amigos de los jesuítas les aconsejaron que hallaran con urgencia el remedio de estancar tanta y tan grosera maledicencia. El Padre Arostegui recibía á los consejeros sin inmutarse, sin perder aquel gesto peculiar suyo, entre burlón y despectivo, con que acostumbraba á desconcertar á sus interlocutores. El Padre Olano, en un recreo, no pudo menos de exclamar:

—Ese jabato, dondequiera que está, destruye todas las siembras.

Entretanto, el Padre Atienza, de la parte de fuera del revuelo, sin conocerlo ni sospecharlo, continuaba su vida cenobítica y plácida.

Subía una tarde el Padre Ocaña á su celda, después de haber explicado la clase de Geometría, cuando se tropezó con el Padre Mur.

—¡Vaya con Dios!—le dijo, sin ánimo de detenerse.

Mas, el valido del Superior se le plantó delante.

—Á propósito, Padre Ocaña. Cuánto celebro haberme dado con usted á solas. ¿Tiene mucho que hacer? ¿Puede concederme unos minutos? ¿Á dónde iba? ¿Á su celda? Le acompañaré.

Continuaron en silencio hasta la puerta del cuarto.

—Pase, Padre Mur.

—¿Qué más tiene? Entre hermanos...—Y luego, riéndose—: Reliquias de la falsedad del mundo.

—¿Qué quiere, Padre Mur? Cuando no es falsedad, la educación no está mal, ni entre hermanos—. Aquella tarde se encontraban de malas pulgas.

—Bueno, bueno. Agradezco la lección. Sentémonos. ¿No sospecha de qué quiero hablarle?

—No se me ocurre...

—Ya sabe á qué punto ha llegado lo del Padre Atienza. Usted, como todos, estará consternado.

—Lo lamento; pero no me atrevo á cargar á nadie con la culpa.

—No se trata de eso. La Compañía pierde... Y en cuanto á culpa... No digo que la tenga el Padre Atienza...

—Desde luego.

—Claro está; pero... ¿que no gustaba de nuestro trato? Es triste para nosotros... Se mete en su cuarto, y acabado. No se tendría con todos la misma transigencia.

—Dicen que quiso salir de la Compañía.

—¡Bah! No lo creo. Bien. Ya está en su cuarto. Pero eso ¿impide que de vez en cuando salga á dar un paseo por la población? ¿Que se deje ver de las gentes?

—Usted ya sabe que nunca salía de paseo...

—Ahora debe salir. Es preciso aplastar las lenguas envenenadas.

—Acaso él no sepa lo que ocurre. Ningún Padre lo visita. No le digo ninguna novedad; pero temen no ser gratos al Padre Superior.

—¡Dulce Jesús! ¿Por qué? Le aseguro que me maravilla. Siempre creí que era porque no tenía amigos... El Padre Superior, tan bondadoso... Y por usted siente gran afecto, lo sé. Mire, Padre Ocaña, pienso que ganaría mucho en su favor si usted lograra sacar de paseo al Padre Atienza. Hágale ver que es en servicio de Dios, y los males que ya nos ha causado, inocentemente sí, ni que decir tiene. Yo iría, pero... No le soy simpático, ¿á qué me he de engañar? Le convence usted y salen los dos, por la población, claro está. Convendría evitar detenciones con madreselvas y curiosos. Bueno, ¿qué le voy á decir yo á usted? ¿Quedamos en eso, eh? Vaya, adiós.

—Adiós, Padre Mur. Lo haré como usted me lo indica.

Á los pocos minutos estaba el Padre Ocaña en el cuarto del Padre Atienza. Comenzó por referirle la historia del secuestro, del antro mefítico y del ayuno á pan y agua. Atienza se retorcía de risa.

—Pero ¿qué me dices, Ocañuela?

Ocaña continuó puntualizándole ce por be las patrañas y estolideces que se habían urdido.

—Se creían que yo soy un sandio y mal hostalero, un badulaque de tres al cuarto... Ya sabía yo que les iba á salir la burra mal capada...

—Por Dios, Padre Atienza; déjese de burras y... de lo otro. El trance es serio. La Compañía pierde.

—Naturalmente que pierde. ¿Crees tú que gana con otras cosas que se hacen?

—Si no es eso, Padre.

—¿Y yo qué le voy á hacer? ¿Quieres que envíe un comunicado á La Reconquista?

—¡Qué chanza!

Le explicó el plan de Mur, dándolo como propio.

—¡Cuerno! Pues tienes razón. El jueves por la tarde salimos, si te parece. Iremos al muelle, á ver el mar. Vamos, lo que más me ofende es que haya papanatas capaces de creer que á mí se me tiene á pan y agua. ¡Se necesitaría mucho ombligo!

Y con esto, se despidieron hasta el jueves.

El día convenido, y como á cosa de las cuatro de la tarde, los dos jesuítas salían del colegio, con rumbo á la villa.

—¿Querrás creer, Ocaña, que estoy nervioso? Bien sabe Dios el sacrificio que hago, porque el salir me revienta sobre toda ponderación.

—Así se lo agradece más. Y se lo agradecemos todos.

—¿Todos?

—Evidente.

—¡Puun! He dado un tropezón. Se me ha olvidado andar.

Entraron por el paseo público del Salvador. Á los veinte pasos mal contados ya tenían una beata delante de las narices.

—¡Ay! ¡Bendito sea Dios! ¿Cómo está, Padre Atienza? ¿Cómo está, santín? Si paez que está gordo y arrecachao...

—¿Pues cómo quiere que esté, doña Ramona, una persona que come bien y no se mueve del sillón, holgando, porque leer no es trabajar?

—Ya me lo parecía á mí. ¿Y los demás Padres?

—Tan gordos y tan arrecachaos, doña Ramona. Quede con Dios.

De que se apartaron de la beata, resolvieron encaminarse al muelle, siguiendo calles extraviadas. El objeto estaba conseguido; doña Ramona sería heraldo incansable y pregonera del buen estado y robustez de Atienza.

Llegados al puerto, avanzaron hasta el malecón más saliente, que en Regium llaman punta de Liquerica. Apoyados de bruces en el alto pretil de caliza, estuviéronse un tiempo con los ojos perdidos sobre el vasto y cantante mar.

—¿Qué te parece de subir al cerro de Santa Delfina? Allí podremos tumbarnos sobre la hierba...

—Muy bien, Padre Atienza.

Treparon á la montañuela, en cuya rocosa raíz yace de una parte el puerto, y más hacia el mar un fuerte. Desde allí dominaban la villa; la masa cuadrada y roja del colegio en las afueras, entre verde veronés de praderías. La villa, con sus casitas cucamente apiñadas, era como rompecabezas de niño; el colegio, una pieza inútil dejada de lado. Más allá del colegio, colinas, boscajes, que alejándose azuleaban; al fondo, una sierra azul; y el cielo, de un azul menos agrio que el serraniego, por encima. Volviendo el rostro, mar, mar... traineras de vuelta al seguro; humaredas tenues de invisibles buques; una gaviota, cerniéndose.

El Padre Atienza suspiraba. Despojóse de la teja y oró en silencio. Ocaña estaba conmovido. No hablaron. De vuelta al colegio, el joven atrevióse á decir:

—Padre Atienza, quiero consultarle. Yo tengo mis escrúpulos.

—Hábleme usted lo que guste, Ocaña. Poco vale mi consejo, mas...—Su voz era grave—. Volveremos rodeando, de manera que nos dé tiempo.

—Sí, Padre; tengo mis escrúpulos. Muchas veces intento recogerme dentro de mí mismo, verme tal como soy y en relación con lo que fuí. ¡Ay, qué tristeza! No veo sino neblina y tinieblas; pienso que es artificio de Satanás. Me parece que no vivo, que soy un tinglado sin alma en donde hacen y deshacen manos invisibles. Es algo así como si yo hubiera sido una esponja que estrujaran, estrujaran hasta echarle todo el jugo y luego la empaparan en un líquido turbio. El jugo es mi infancia, es mi pasado, era mi yo, como dicen los filósofos de ahora, y todo lo he perdido en mis años de noviciado. ¡Ah, el noviciado! Me pregunto: ¿son los caminos de Dios? ¡Las incertidumbres que hube de sufrir en Carrión y luego en Oña...! ¡Las noches de aridez y desconsuelo...! ¡Si viera usted con qué fervor, esto es, con qué crueldad, atormentaba mi carne á disciplinazos, así que el distributario apagaba la luz, como es de rigor! Oía el runrún de mis compañeros, y con el rumor mi brazo adquiría nuevos bríos. Al día siguiente, en los recreos, escuchaba á otros novicios con gran asombro, porque se jactaban de fingir los disciplinazos, que denominaban guitarreo. Y éstos precisamente son los que suben y son considerados y objeto de mimo y favor. Me refugié en los libros; estudié el latín, el griego, retórica y humanidades, y más tarde las ciencias y la filosofía de Perrone, con todo ahinco, y no por vanagloria, sino por anularme y quizá con un anhelo confuso de ser útil á la Compañía. Aquí estoy ya, en el magisterio, explicando geometría. Como le he dicho, me contemplo y no me conozco. Imaginé que nosotros, los maestrillos, éramos considerados como personas. No sé si algunos lo serán: yo no lo soy. No sé nada, no veo nada claro, no sé á dónde vamos, ando á tientas, entre zozobras y presentimientos de un no sé qué. ¿Ha de ser así para salvar el alma? ¿Por qué no habíamos de vivir en una fraternidad en donde todas las opiniones tuvieran su voz y todas las almas su peso en los destinos de la orden? Alma... ¡Cuántas veces temí que se me hubiera evaporado, derretido, Dios sabe dónde! Pero, con todo, ciego había de ser para no advertir un singular fenómeno, y es que aquellos de entre nosotros que descuellan, ya sea en ciencia, ya en virtud, se les persigue y acorrala, siendo así que ellos tan sólo dan lustre á la Compañía. He dicho persigue y no está bien, porque la persecución es algo visible, y propiamente no se puede asegurar que se les persiga á usted y á Sequeros, por ejemplo. No es eso. Ya está aquí la niebla, la turbiedad, que es lo que me enajena. ¿Qué seres ocultos conviven con nosotros y lo trastruecan todo á su antojo? ¿Es la voluntad de Dios?

—Es la voluntad de Dios, Ocaña, no lo dude usted. Nada mortal es perfecto; no puede pretenderse que lo sea la Compañía. Sin embargo, por las trazas, hay presunciones y hechos históricos que las fundamentan, de donde puede inferirse lógicamente que Dios ama con predilección á nuestro instituto. Dios no ha echado tantos vicios al mundo á humo de pajas, sino para que se entienda cómo hasta por caminos errados se puede alcanzar un buen fin. Observe que, vicio por vicio, todos ellos traen en pos, entre noventa y nueve malas, una consecuencia provechosa. El vicio de orgullo, por ejemplo, es por naturaleza de tal índole que contribuye como ningún otro á conservar y enaltecer en la consideración ajena tanto á los individuos, como á las comunidades y á los pueblos. Voltaire nos ha acusado á los jesuítas de orgullo, y al orgullo atribuía lo que él juzgó nuestra perdición. Al contrario, el orgullo nos salvó y nos sigue manteniendo en el candelero. El orgullo está repartido entre nuestros miembros á dosis iguales; pero no así los merecimientos en los cuales ha de arraigar y afirmarse; de donde deducirá usted que para justificar el orgullo se requiere, lo primero, dar gran aire y publicidad á quien tenga mérito ó brille con algún prestigio, al Padre A., que es un gran filósofo; al Padre B., que es un gran filólogo; al Padre C., que es un gran novelista; al Padre D., que es hijo de un duque con grandeza; pero, comprenderá usted que si se mantuviese siempre ante el juicio público á estos cuatro ó cinco privilegiados, de manera que fuera sencillo el contraste entre ellos y la masa de jesuítas, lo que ganaban los menos lo perdía con creces, y á riesgo del servicio de Dios, la Compañía, y su orgullo en tal caso sería risible, pues tan breve número de eminencias no es para gloriarse. Por el contrario, apenas se ha pasado la miel del arte, de la ciencia, de la virtud ó del nacimiento por el paladar público, sirviéndose de este ó de aquel Padre á guisa de hisopo, cuando se le retira al proviso de la circulación, de suerte que los de fuera no han tenido respiro para detenerse á pensar que el virtuoso ó el sabio era el padre Tal, sino un jesuíta, in genere. Añádase que si por azares de la maledicencia trascienden nuevas de que algunos de nosotros viven obscurecidos, no es raro que se discurra de esta suerte: «Cuando á ese que, según se reconoce de público, vale tanto, lo tratan con desdén y él se lo calla, ¿qué no valdrán los otros?» De donde, por uno que es astrónomo de fuste, todos pasamos por Pitágoras; porque otro escribió una novela mejor ó peor, todos le damos ciento y raya á Balzac y á Dickens; porque éste obró milagros, todos nos tratamos mano á mano con la Santísima Trinidad; porque aquél surgió del vientre de una marquesa, todos somos azules por la sangre, en el trato exquisitos y dechados de cortesanía y sutileza, aun cuando la mayor parte hayan nacido entre breñas en el monte, como terneros; y nos lo tomamos en serio, ya lo creo, como que todo el mundo lo toma. ¿Comprendes qué terrible fuerza es este orgullo? También te digo que si las cosas son así yo juraría que no hay conspiración, ni se hacen deliberadamente. Instinto, puro instinto, y es sorprendente lo certero que va. Yo veo la mano de Dios en esto. ¿No te ha ocurrido á ti descubrir con mayor transparencia á Dios á través de los animalucos y en los elementos naturales, es decir, en todo aquello que obra inconscientemente, que en el hombre? ¡Cuánta armonía! ¡Con cuánta justeza se acoplan causas y efectos! ¡Qué hermosura y bondad! ¿Qué ojos no se mojan, contemplando, ó qué corazón no se enternece? Pues en esas nieblas de que antes me hablabas y por donde vas á tientas, yo veo la mano de Dios. El día de mi tropezón, ya sabes, el santo de Anabitarte, resolví salir de la Compañía... ¡Figúrate! Después vi claro. Jesús quiso iluminarme. Ahora, hablando de otra cosa; lo que pasa con ese pobre Sequeros... Yo lo amo entrañablemente. Ten en cuenta que sumadas la viuda de Zancarro con la Villabella, son no sé cuántos millones. Para eso Sequeros se da un arte... Ya verás cómo, si se presenta otro caso parecido, echamos mano de Sequeros, porque cuando el trance apura no basta el orgullo; entonces, fuerza es servirse del mérito positivo. Pues bien, temo que la razón de Sequeros está en peligro. Su misticismo no me parece cosa natural; hasta incurre en idolatría. No extraño que se le haya alejado de los ministerios...

Caía la noche rápidamente. Entre la penumbra, destacaba anguloso el colegio.

—¿Nos habremos retrasado, Ocaña?

Y ya en el portal, por lo bajo:

—Sé bueno, Ocañita; sé siempre bueno. ¡Ese pobre Sequeros...!

Atravesaron el umbral santiguándose.