I
Una tarde de principios de Septiembre de 1905. Declinaba el estío mansamente. El inflamado crepúsculo hacía presentir el otoño y su melancolía de fruto conseguido.
Pilares, la decrépita ciudad, centenario asilo de monotonía y silencio, yacía al sol poniente, más callada y absorta que nunca. De vez en vez, la voz medioeval é imperecedera de las campanas, sacudía, como errante escalofrío, la modorra de aquel pétreo organismo. La ciudad parecía respirar un vaho rojizo y grave; sobre el monte Otero que le sirve de respaldar y la ampara contra los vientos del Norte, sobre las praderías y bosques en que está engastada, los ocres y amarillos otoñales imponían su nobleza al verde gayo y frívolo de primavera.
La calle de Jovellanos es una vía amplia, burguesa, flamante, presuntuosa. Está fuera de mano, lindando con la campiña, de manera que el escaso tráfico de Pilares no llega hasta allí. No hay en ella tiendas ó comercios. El habitual silencio de la población se profundiza por aquella parte. La mayoría de los vecinos están ausentes, veraneando en los puertos de mar. Las casas, con sus portales y balcones cerrados, tienen cierta tristeza impertinente. Tan sólo dos casas, contiguas, dan señales de existencia animada, en la ringla de huecos de los pisos principales. Los de una están entreabiertos; los de la otra, abiertos de par en par al aire puro, como sedientos de él. Á veces, flamea una cortina de damasco amarillo. Promediando los balcones hay columnas, y en lo alto del fuste, palmeras artificiales. Hasta la calle desciende activo rumor de hacendosidad doméstica; traqueteo de sillas, rasgueo de escobas, y provocadoras risas jóvenes. Una muchacha, con el pelo en desorden, el rostro encendido, la chambra entreabierta y los brazos desnudos, se asoma al último balcón, muy próximo á otro, entreabierto, de la casa vecina. Se encarama sobre los hierros, hasta sobresalir del barandal de caderas arriba, é inclinándose precavidamente, curiosea un momento el balcón de al lado.
—Manolo, Manolo —murmura, en voz baja é insinuante.
Como nadie le respondiera, se retiró y volvió á salir, un sacudidor de alfombras en la mano, con el cual dió discretos golpecitos en el balcón vecino. En esto, oyóse otra voz femenina:
—No pierdas el tiempo, Teresuca. De seguro está por la parte de atrás, en la galería.
Teresuca, saltando vivamente, se introdujo en la casa. Á su paso, una columna con su palmera simulada, comenzó á oscilar enérgicamente, dudando si caer á tierra ó recobrar el equilibrio erecto; al fin se decidió por la perpendicularidad decorativa.
Conforme á la tradición de la arquitectura pilarense, todas las casas tienen á la espalda una gran galería de vidrios. La de aquellas dos casas, daban á un gran espacio abierto; primero los jardines respectivos; luego, huertas, el trazado de algunas calles futuras, y al fondo la tupida hilera negruzca, envejecida, caprichosa, de las casas de la calle de la Madreselva, vistas por detrás.
Teresuca se asomó á la galería y llamó á Manolo, aplicando el procedimiento del sacudidor de alfombras, bien que hubiera sido ineficaz en el intento de la fachada. Ahora, el humilde artefacto manifestó virtudes de varita maravillosa en manos de un hada. Á su conjuro, levantóse pesadamente un ventanal de cristales, y del hueco emergió la faz monda y riente y el torso, en mangas de camisa, de un mozo que limpiaba unas botas de campo. Teresuca y Manolo se miraron largamente. Teresuca apretaba el hociquito. Manolo abría la bocaza; y la bota de monte, calzando su mano izquierda, adquiría un movimiento convulso. Pero ninguno de los dos rompía á hablar. Al fin, dijo Teresuca:
—Qué fato eres. Dame la mano.
Instintivamente, Manolo alargó una mano; con ella ofrecía un cepillo, embetunado y grasiento. Retiróla de pronto, al echar de ver su descuido, hijo de la emoción, y en su vez alargó la otra, oculta dentro de la bota. Y la volvió á retirar también sin saber cómo arreglárselas, en su aturdimiento é impaciencia, para desembarazarse de aquellos infamantes testimonios de su condición servil. Reíase Teresuca, y al mismo tiempo reía Manolo de su propia torpeza.
—Tíralos, hombre, tíralos.
Manolo sacudió, con desdeñosa brusquedad, los brazos: bota y cepillo cayeron al jardín. De ventana á ventana, se enlazaron de entrambas manos Manolo y Teresuca; se contemplaron deleitablemente y entablaron un coloquio entre amoroso é informativo. Eran novios desde hacía medio año. Teresuca, en unión de Camila, otra criada, había llegado por la tarde, adelantándose dos días á los señores, á fin de airear y adecentar la vivienda. Durante el verano se habían escrito, pero Teresuca se quejaba de que Manolo le contaba pocas cosas.
—Pocas cosas... Si te llenaba dos pliegos en cada carta, mujer...
—Sí, muchas filosofías que no entiendo. Como eres escritor... Pero á mí me gusta que me cuentes cosas, como en las novelas.
Porque, en efecto, Manolo era escritor. Había comenzado por tomar á hurtadillas libros de la biblioteca de su señorito; á solas los devoraba luego sin reposarse un segundo. Le atraían, de preferencia, los volúmenes doctrinales de filosofía, moral y sociología, porque los entendía menos, lo cual no era obstáculo para que los leyera de cabo á rabo varias veces y aprendiera de memoria las más laberínticas parrafadas. Una noche sintió revelársele su verdadera vocación; un ideal halagüeño y remoto se le ofreció en el espíritu como peldaño postrero de su vida. ¡Si llegara á ser concejal...!
Nunca en caletre de ayuda de cámara se habían albergado tan nobles ambiciones. Sus primeros ensayos literarios segregaban virus revolucionario. Quiso hacerse socialista; pero en el comité de Pilares le dijeron que ni los católicos ni los lacayos podían pertenecer al partido. Y luego, tendiéndole un cable: «Si usted quisiera abandonar su vida de servidumbre...» «Imposible», respondió Manolo. «Quiero mucho á mi señorito.» Cierto que profesaba afecto á su amo; pero más cierto aún que éste ponía en sus manos dinero abundante para los gastos de la casa, y que Manolo, administrándolo con una crecida comisión subrepticia, iba amasando rápidamente un caudal con que valerse por su cuenta y riesgo, lo cual no le impedía profesar ideas radicales, cultivar á su modo el intelecto, adquirir un vocabulario de palabras sesquipedales, como archisupercrematísticamente, asombrar á sus relaciones con el fárrago de su sabiduría, y enviar, bajo pseudónimo, á un periodicucho semanal de Pilares, artículos tremebundos, que comenzaban así, por ejemplo: «La contumelia de las circunstancias es la base más firme de la metempsícosis». Es decir, que era socialista frustrado y presunto capitalista. Misterios del humano sér, dentro del cual la lógica de los sentimientos y la de las ideas entablan con frecuencia abismáticos divorcios. La primera de estas dos lógicas hacía de Manolo un sér humilde con exceso, resignado y casi reptante, cuando se las había con un superior, sobre todo ante su señorito Alberto; y viceversa, una criatura olímpica y pomposa para con las personas que él consideraba en un rango inferior al suyo. Esta misma lógica le había arrastrado á una pasión voraz por Teresuca, la criada de los señores de Oliva. Teresuca era linda y pizpireta. Los señoritos de Pilares tenían puesto apretado cerco á su honestidad. No lo ignoraba Manolo, y por ello decía sufrir continuas inquietudes. Pero la muchacha le corroboraba de continuo su amor con tan dulces concesiones que el mancebo había llegado á rechazar toda hipótesis malévola sobre la conducta de su novia. Además, fuera porque los de Oliva la remunerasen abundantemente, fuera porque ella por sí misma se las industriase como Dios ó el diablo se lo diera á entender, es el hecho que la chica tenía amontonados unos miles de pesetas en la Caja de Ahorros. Esto enternecía á Manolo, porque le demostraba las dotes de previsión y modestia de Teresuca. Habían decidido casarse muy pronto. Físicamente, Manolo era un mozo de veinticinco años; rostro plano y sensual, y la frente muy angosta. Teresuca andaba por los veinte; sus ojos acerados, tan pronto suaves como hostiles, distraían la atención del resto de su cara y cuerpo: atraían y captaban como los de las serpientes. Excitaba una difusa sensación de agrado y de zozobra. Parecía ardiente y también fría, taimada.
Decía ahora á Manolo, suspirando y con un mohín duro de despego:
—Ay, Nolo; no sabes las ganas que tengo de dejar de servir... ¡Puaf, esta gentuza! ¡Qué aire, qué tono! No parece sino que los criados no somos hijos de madre. Te juro, Nolín, que cuando leo en los periódicos esos crímenes de una muchacha que mató al señorito, me lo explico perfectamente. ¿Qué dices?
Manolo, acaparado por la emoción, no atinaba á articular una de sus magnas sentencias. Oprimía, con viril tenacidad las manos de la novia, y sonreía embobado. De pronto, habló:
—Á propósito. Esta noche estáis solas en casa tú y Camila —y miraba la altura de la galería sobre el jardín.
—Calla, bobo, más que bobo; sinvergüenza —los ojos de la muchacha se entornaban, derritiéndose en una caricia. Después recobraron su expresión habitual. Preguntó:
—¿Y tu señorito?
—Durmiendo está una borrachera que trajo ayer.
—¡Arrea!
—Yo no lo sentí venir, pero esta mañana, cuando entré en su cuarto, estaba como un leño. En el suelo encontré una peineta, y paréceme que es de una cualquiera que la dejó olvidada. Además, la puerta de la calle estaba abierta. No sé lo que pasaría anoche.
Teresuca volvió á repetir:
—¡Arrea! Pues él parece bueno y simpático.
—Sí que lo es.
—¿Cuándo se casa?
—El diaño que lo acierte.
—Pues mira que así solo, siempre solo...
—Calla... —Manolo sumió la cabeza dentro de la casa. Sacóla á poco—. Suena el timbre. Adiós, vuelvo en seguida. Espérame.
Retiróse Manolo á recibir órdenes. Teresuca continuó recodada en la galería contemplando el crepúsculo. Sobre la tapia del jardín avanzaba, con pie insidioso y lomo elástico, un gato negro. En llegando frente á Teresuca, se detuvo y la miró.
—¡Calígula, Calígula! Bis, bis... —llamó la muchacha, chasqueando el dedo del corazón contra el pulgar.
El llamado Calígula no se dió por entendido. Tapia adelante continuó, moviéndose con elegante parsimonia.
Una vieja asomó junto á Teresuca.
—¿Con quién hablabas ahora?
—Con Calígula.
—¿Qué es eso?
—El gato del señorito Alberto: le puso este nombre.
—Me parece que ese señorito está algo tocao del queso —Camila hacía como si se barrenase una sien con el dedo índice.
Un perro setter, de rojas lanas, comenzó á ladrar y saltar en el jardín de Alberto.
—¡Sultán, bonito! —gritó Teresuca.
Y Camila:
—Vamos, ese es nombre de cristiano.