II
Meg, durante la comida de la noche, se mostró tan expansiva y risueña que sus padres, aun cuando no acostumbraban parar atención en los acontecimientos externos, hubieron de advertirlo.
—¿Qué te ocurre hoy, Meg? —interrogó Nancy, con un timbre triste que daba á entender que en aquella casa la alegría inocente era cosa indelicada y mortificante.
—Pero ¿es que aquí nadie puede estar contento, ó si lo está ha de disimularlo? —preguntó á su vez Meg, modulando las palabras con entonaciones halagüeñas, aterciopeladas.
—Meg, tus padres no desean otra cosa sino que estés contenta y seas feliz, ¿verdad? —habló Alberto. Bob y Nancy asintieron, con amarga sonrisa. Prosiguió—: Yo no veo que haya razón para que nadie esté triste en esta casa, y si acaso existe alguna ligera nube de tristeza hay que aventarla en seguida, en seguida. Es preciso que todos estemos alegres, y lo estaremos —afirmó con ardoroso optimismo.
Bob se dejó ganar por la cálida vehemencia del joven.
—Alberto dice bien —murmuró.
Nancy absorbió con ansia una colmada copa de Burdeos.
Alberto y Meg estaban fronteros, en la mesa. La muchacha vestía un corpiño de áspera seda ahuesada, ligeramente descotado, con recamos de oro muerto y torzales desvaídos. El relieve de las clavículas determinaba dos imprecisas sombras violáceas en la base del cuello, el cual, elástico y dúctil, se curvaba ó se contraía con caprichosa nerviosidad mostrando, á intervalos, tensos los músculos. Era un cuello de una gracia y de una vida maravillosas, que Alberto no se hartaba de admirar. El pelo, copioso y como líquido, se fusionaba en un tocado sin artificio, al desgaire, y era como una masa de oro fluido, en ebullición. Los bruñidos labios dijérase que habían sido cristalizados por la virtud de su diafanidad y que la luz de las lámparas los pasaba de claro. Alberto sufría, viéndolos, atropellados impulsos de acudir á mordisquearlos, con la certidumbre de que sus dientes resbalarían sobre ellos, como sobre una piedra preciosa.
—Apostaría que adivino lo que deseas, Alberto —susurró Meg. Alberto hizo un movimiento, como apresurándose á hablar, y Meg se llevó el dedo á la boca, con ademán equívoco que podía significar que le imponía silencio.
Como al medio día, de sobremesa, se presentó Ettore. Sobre el corazón de Alberto cayó una pesadumbre infinita. Involuntariamente, comenzó á trazar un parangón entre sí propio y el mozo, y dedujo que era absurdo que Meg se inclinase de su parte y no de la de Ettore.
—Vamos al Kursaal —dijo Bob malhumorado, poniéndose en pie.
—¿No toman ustedes café? —preguntó Nancy.
—Lo tomaremos allí.
—Pues si os marcháis yo me retiro á mi cuarto; anoche he dormido mal —declaró Meg con enorme desdén hacia el joven apolíneo, el cual estaba visiblemente azorado y dolido.
Alberto pensó: Está enamorado de Meg. Y luego: Meg quiere darle celos conmigo. La niña había venido del lado de Alberto y se apoyaba en su brazo.
—Eres muy egoísta, papá —dijo, con triste mohín—. Siempre te llevas á Alberto; lo quieres para ti solo.
—Ea, déjanos niña.
—Voy á despediros.
Salió con los dos hombres. Desde la puerta habló sin mirar:
—Hasta mañana, Ettore.
En el jardín retuvo á Alberto unos momentos, y cuando Bob se hubo adelantado, bisbiseó:
—Veo que eres celoso, y eso es ofenderme.
—Si no te amase tanto no lo sería.
—Más te amo yo y no soy celosa.
—¿Más? Te prometo no ser celoso, Meg.
—Pero ¿te vas sin darme un beso?
—Tu padre...
—Bah...; papá no ve, ni oye, ni entiende.
Se ocultaron detrás de una gran mata florida de rododendros y Meg aplicó á los labios de su amante uno de aquellos besos profundos y prolijos que había aprendido en sus padres. En Cassarate, Bob y Alberto tomaron un coche.
Los jardines y el café del Kursaal estaban desiertos. Alberto inquirió, de un mozo. Había función de variedades, en el teatro. Tomaron butacas de las primeras filas, y allí, ordenaron que les sirvieran el café. En el escenario, dos gimnastas, varón y hembra, con mallas color de lila, hacían ostentación de su animalidad. Á continuación aparecieron en el palco escénico tres acróbatas grotescos, vestidos, como ahora es uso, de manera desastrada y cochambrosa. Bob seguía el espectáculo con algún interés, olvidándose de sí propio y riéndose á veces. Por el contrario, Alberto estaba ensimismado, ebrio de una exaltación que no sabía si era venturosa ó aceda. Una sacudida de Bob le obligó á volver á la realidad.
—Vamos, vamos fuera de aquí. Esto es idiota.
—Pero ¿qué ocurre?
—Es un espectáculo idiota. No puedo aguantarlo —y salió tan deprisa como pudo.
Alberto le siguió y de pasada pudo ver que en escena había una cupletista, y oir el estribillo del cuplé repetido machaconamente: La gioventù non ritorna mai.
Subieron al gran salón de juego. Estaba vacío. Sentados frente á las dos concavidades de la enorme mesa verde, en forma de violón, cuatro croupiers hablaban lánguidamente, con aire de agotamiento y exangües rostros inexpresivos. En ocasiones, uno de ellos golpeaba distraído la pelota de caucho, la cual empezaba á rodar arbitrariamente sobre el mosaico de madera lustrada en donde están los números dentro de una circunferencia de caballitos que galopan en fila.
Los dos amigos penetraron en la sala de lectura. Bob pidió whisky. Hojeaba los periódicos y los arrojaba con despego, sin haberlos leído.
—¿Qué le ocurre á usted hoy, Alberto, que no habla nada?
—¿Eh? —Alberto tenía diluída sobre el rostro una sonrisa que era reflejo de una idea.
—¿Por qué se ríe usted?
—Me río de un recuerdo.
—¿Se puede saber?
—No, querido Bob, no se puede saber.
Se acordaba de los vaticinios de cierto crítico de teatros, el cual había asegurado que Alberto nunca sería un autor dramático, porque era un hombre incapaz de sentir ó comprender una pasión.
Alberto tenía un periódico alemán entre las manos. Huyendo la mirada interrogante de Bob, leyó lo primero que le cayó bajo los ojos. Decía: «Weissbach es el lugar favorito de todos aquellos que gustan de la soledad. Millares de personas amigas de la soledad acuden aquí constantemente desde las cuatro partes del mundo».
—Y ahora, ¿se puede saber de qué se ríe usted?
Alberto le pasó el periódico.
Sonaron los timbres, anunciando la hora del juego. Nutrido golpe de gente, de toda edad, nación y catadura, penetró en la gran sala y fué á poner cerco á la mesa verde. Resonaron las voces sacramentales:
—Marquez vos jeux, messieurs.
—À vos jeux.
—Les jeux sont faits?
—Rien ne va plus.
Bob se paseaba alrededor de la mesa. De vez en vez se detenía á mirar insolentemente á un viejo ó á una vieja cara á cara y con mueca de fruición sarcástica. Alberto estaba esperando que de un momento á otro ocurriera un incidente enojoso. Bob volvíase hacia su amigo, y decía, riendo con agrura:
—That skull had a tongue in it, and could sing once. ¡Ja, ja! Vaya, que al más grande hombre se le escapa una majadería: esta calavera tuvo dentro una lengua con que podía cantar. Bah; después de muerto, ¿qué hace haber ó no haber tenido? No, no es eso. Esa cara asquerosa y acartonada tuvo en un tiempo boca con que enardecer y ojos con que acariciar, y quizás fué hermosa y deseable. That is the question, sweet Shakespeare.
Su irritabilidad aquella noche era mayor que nunca.
Á un extremo de la mesa estaba sentado un joven alemán entre dos prostitutas de alto copete, alemanas también. El hombre ostentaba un cráneo pelirrojo y muy rapado, como una naranja gigantesca. Las mujeres eran dos bellezas atocinadas y bovinas, á la tudesca, de cuello chato y rollizo y terribles hombros desnudos, color de sebo. El joven las manoseaba con lujuria lenta y grave. Bob se les quedó mirando enconadamente.
—¡Ah, imbécil! ¿Qué haces? ¿No ves que estás sembrando el dolor del mañana? Mira al lado tuyo todas estas caras repugnantes que tuvieron labios y lengua y ojos... ¡Ah, imbécil!
Continuaba profiriendo desatinos y desvergüenzas, hasta que Alberto le atajó:
—Que pueden entender castellano...
—¿Y á mí qué me importa?
—Bueno; basta ya. Es demasiado. Se pone usted imposible.
Bob hizo un gesto de niño medroso á quien maltratan; parecía que iba á romper en llanto.
—No me riña, Alberto. No sé lo que digo, á veces. Tiene usted razón. Volvamos á casa. No puedo estar entre gente; me hace daño.
Antes de salir del salón, Bob se detuvo ante un espejo á mirarse con expresión lacrimosa y desolada. En el café ingurgitó otro whisky, y volvieron á la villa en coche. Á mitad de camino, dijo Bob:
—Una de las cosas que más grabadas se me han quedado aquí dentro —se golpeó la frente—, es algo que hace años le oí á usted, acerca de la amistad. Decía usted que la amistad es la virtud fundamental y necesaria para la vida, y que el hombre será tanto más feliz cuanto acierte á convertir sus afectos en amistad; que se puede vivir sin padres, sin hijos, sin amantes, pero no sin amigos; que el amor paternal, filial ó sexual no es duradero, ni satisfactorio, ni aquietante, á no ser que se le haya hecho derivar hacia un sentimiento de amistad estrecha; que hasta la misma afición á los seres irracionales y á las cosas inorgánicas ha de ennoblecerse con un carácter amistoso; que la amistad es el único género de afecto en el cual, el que ama, no abdica de su personalidad, ni tiende por ella á anularse, entregarse, destruirse; y que desgraciado de aquel que cuando ama á una mujer cae del lado de la pasión en lugar de orientarse á la amistad.
Bob hablaba con lentitud y esfuerzo, titubeando, cazando á sacudidas las palabras que se le escapaban; concluyó:
—¿Cree usted que la pasión es demasiado fuerte, ó está demasiado arraigada? ¿Que ese género de estrecha amistad es ya imposible? ¿Cree usted que es ya demasiado tarde?
Bob temblaba. Alberto, pensando en lo suyo, respondió sombriamente:
—Es ya tarde.