V
Durante el almuerzo, Meg se mantuvo en silencio, melancólica y como fatigada. Sus ojos, verde-remanso, yacían misteriosamente en la sombra violácea de las ojeras, y miraban, sin parpadear, con larga caricia á Alberto, el cual, aun cuando estaba muy determinado en hacerse el indiferente y muy seguro de sí propio, concluyó por entregarse á la fascinación de las acuosas pupilas, respondiendo á la asiduidad de sus miradas con otras, de su parte, no menos amorosas, y un sí es no es acarneradas. Entre tanto se decía: «¿acaso los pensamientos de esta mañana no eran sino sofismas sentimentales, provocados por la certidumbre de que Meg amaba á Ettore? ¿Es posible que no fueran sino ridículos y engañosos lenitivos que á mí mismo me aplicaba?» Bajo el hechizo de los ojos verdes Alberto no sabía qué pensar, pero estaba resuelto á romper con Meg, en la primera conversación que tuvieran.
Después de almorzar, así que Bob se adormeció en su acostumbrado butacón, Alberto descendió al bosquecillo de araucarias. Meg, tendida en la hamaca, leía. Alberto se adelantó con pie lento; su espíritu temblaba en un filo de enorme incertidumbre, como si la balanza de su porvenir estuviera en el fiel y en inminencia de doblarse para siempre: en un platillo, la liberación; en el otro, el amor delirante, fatídico, eterno por aquella mujer. De ella —un gesto, un ademán, una sonrisa, una palabra— quizá dependiese todo. Aquellos instantes ligeros, volando entre la penumbra perfumada del bosque, eran la conjunción suprema del pasado y el futuro.
—¿Por qué no te acercas á besarme? —preguntó Meg, con voz lenta y suplicante.
—Porque no he venido á besarte, sino á hablar contigo de asuntos serios —respondió Alberto severamente. Meg compuso una muequecita tan desolada, tan zalamera, tan inocente, que Alberto perdió la serenidad. Adelantóse un paso, y mordiendo las palabras, murmuró—: ¡No tienes vergüenza!
Meg no respondió; pero sus ojos se iluminaron de sutil alegría; por dominar la sonrisa, sus mejillas temblaban. Alberto, que lo advertía claramente, repitió:
—¡No tienes vergüenza! ¿Lo has oído?
Meg inclinó la cabeza en señal de asentimiento. Una lengüecilla de oro bajó desde la frente á besarle, trémula, los ojos. Con la mano blanquísima, que azuleaba en la penumbra, redujo el rizo á su lugar correspondiente, y como éste se obstinara en insubordinarse, Meg hizo un gesto de contrariedad como si el tocado fuera lo único que le preocupase en tales circunstancias. Domeñado el díscolo mechón, Meg se puso á mirar á Alberto con infantil insolencia. El hombre, cada vez con mayor desvarío, continuó:
—Pero ¿tú creías que á mí se me engañaba como á un pipi?
Meg sacó lindamente el hociquito, como diciendo: ¡Jesús, qué palabra!
Alberto, exasperándose progresivamente, no apartaba los ojos del rostro de la niña, descifrando su lenguaje mímico. Pero la respiración de Meg, rápida y anhelante, y el agitado movimiento del frágil torso eran cosas que no existían para él. El gesto de reprobación irónica con que Meg recibió la palabra pipi, aprendida por Alberto en las noches orgiásticas de la vida libertina madrileña, y pronunciada ahora involuntariamente, le enfureció más aún en su interior. Sin freno ya, refirió descaradamente su espionaje y el hallazgo de las cartas. En este punto de su discurso, hubiera sido un gran alivio para él, y así lo deseaba con toda vehemencia, que Meg replicara ofendida, echándole en cara la bajeza de su conducta. Pero Meg no desplegó los labios; sus ojos seguían bañados de alegría misteriosa y la piel de los pómulos estremecida. Entonces Alberto la oprimió un brazo, con bárbara violencia, á tiempo que, acuñando las sílabas, pronunciaba una palabra soez. Retrocedió, espantado de sí mismo, llevándose las manos al rostro. Meg rompió á llorar. Y lloraba de alegría. Entre las lágrimas suspiraba:
—¡Cómo me quieres! ¡Cómo te quiero!
—¿Eh? —interrogó Alberto, atónito, dejando caer las manos á los lados del cuerpo.
—¡Cómo me quieres! ¡Cómo te quiero!
Arrebatadamente, Alberto fué sobre Meg, la tomó por las sienes y aproximándose hasta casi unir las frentes, buceó en los ojos verdiclaros hasta desentrañar los últimos limbos de aquella profunda alma femenina.
—¿Te quiero? —preguntó Meg con desmayado soplo.
—Sí.
Oyóse la voz de Nancy:
—Meg; ven un momento.
Alberto quedó á solas. Su sér, convulso y descompuesto poco antes, había sufrido nueva trasmutación. Disipáronse, como por arte de encantamiento, la lumbrarada y humareda que le habían abrasado y desvanecido los últimos días. La balanza se había rendido del lado de la liberación. Había llegado prematuramente á una convicción, cuando su ímpetu sensual y su desconcierto espiritual no habían cuajado aún en sentimiento de raíces duraderas. Muerta la incertidumbre, muerta la zozobra, muerta la ansiedad, muerta la esperanza, muertas todas las potencias misteriosas que presiden al nacimiento del genuino amor. Ahora, sólo sentía por Meg un á manera de interés ético ó afecto maternal. La alegría de sentirse otra vez en imperio de sí propio, se acibaraba con la compasión que le inspiraba Meg. Accidentalmente, tomó el libro que la niña había dejado sobre la hamaca y lo hojeó al azar. Era una antología de poetas norteamericanos. Sus ojos fueron á posarse en un poema de J. G. Whittier[2]; Telling the Bees.
Here is the place; right over the hill
Runs the path I took;
You can see the gap in the old wall still,
And the stepping-stones in the shallow brook.
There is the house, with the gate red-barred,
And the poplars tall;
And the barn’s brown length, and the cattle-yard,
And the white horns tossing above the wall.
There are the beehives ranged in the sun;
And down by the brink
Of the brook are her poor flowers, weed —o’errun—,
Pansy and daffodil, rose and pink.
¿No era la casa de Fina en Villaclara? En aquellos mismos instantes ¿no estaría Fina esperándole, cantando, por alimentar la confianza, á la vera de la ringla de colmenas? ¿No era Fina el escudo contra el peligro de toda loca pasión futura, y corona de rosas para una frente serena? ¿No le unía aún á Fina un amor hecho amistad estrecha, incorruptible como un diamante?
Formulaba Alberto en su pensamiento estas que no eran preguntas sino en la forma retórica, que en sustancia eran afirmaciones, cuando retornó Meg. Se agazapó al flanco de Alberto, como buscando protección para su alma quebradiza y caprichosa. Era en aquel punto una criatura toda humildad, solicitud y renunciamiento. Dijo:
—Lo que tú sabes mejor que yo, no tengo para qué contártelo. Yo me hubiera alegrado de que nunca lo hubieras sabido, pero me doy por satisfecha al ver que de un mal puede venir un bien tan grande como el que ahora siento. Es verdad que fuí una loca, que fuí muy mala, muy mala. Yo quiero ser siempre buena, pero no sé cómo, á veces hay una fuerza extraña que no sé de dónde viene, y me obliga á hacer maldades. ¡Si supieras cuánto he llorado, desesperada de no ser nunca dueña de mí misma! Llegué á atribuirlo á la influencia de mi casa, á esa desesperación sorda y continua que hay siempre en mi casa; á esa tristeza que no es una tristeza tranquila como otras tristezas, sino una tristeza agria que le envenena á una. Y entonces, fuera como fuera, aun cometiendo una falta para toda la vida, decidí escaparme de casa, y estaba segura de que en huyendo iba á llegar á ser buena. Yo no sé si me explico, ó si tú me entiendes. Te juro que digo la verdad. Lo de Ettore... ¡Yo qué sé! Quiero llorar... ¿Ves? Una de tantas cosas como hago sin saber cómo, arrastrada, sufriendo. Pero ahora me parece que comienza una nueva vida. Nunca me he sentido tan buena como hoy, ni tan segura, y es que me parece que me apoyo en tu corazón. (Una pausa.) Ahora te digo; puedes pedir mi mano á papá.
—Meg, niñita mía, ¿eres realmente buena?
Meg levantó sus ojos con dulce desolación infantil, como preguntando: ¿es posible que lo dudes?
—Vamos á probarlo ahora. Si estás segura de ti misma como dices, y sientes que comienza una nueva vida, prepárate á oirme con entereza. No puedo pedir tu mano á tu padre, porque sería una locura. Olvida todo lo pasado. Yo no puedo ser tu novio, menos aún tu marido. Te quiero, sí, como un hermano mayor, quizá como un padre.
Meg atribuyó estas frases á un deseo de chancear, pero al ver el rostro de Alberto y su severidad noble, comprendió que todo se había perdido para ella.
—¿Por qué me has engañado?
—No te he engañado, Meg. Yo era el engañado, no porque tú me engañases, que yo á mí mismo me engañaba.
—Sí, sí, lo comprendo. He llegado á quererte demasiado, y demasiado pronto. Lo comprendo.
—Quizá sí.
—¿Y qué piensas hacer?
—Marcharme mañana mismo en el vapor de las siete.
—¿Y sabes que tu marcha puede ser la muerte de papá... y la mía?
—La muerte, para tu padre, será una solución. ¿La tuya? ¿No me acabas de asegurar que te consideras fuerte y tranquila?
—Creo que te he escuchado y respondido con perfecta tranquilidad.
—Pues yo te digo que la vida es buena, siempre que sepamos nosotros conducirla bien. Y yo te digo, además, que debes ser feliz y que serás feliz.
—¡Feliz...! No sé cómo.
—Meg, niñita mía —la besó en la frente—; espera y confía.
—¿Qué vas á decir á papá?
—Nada. Marcharé sin que él lo sospeche.
—¿Quieres que baje á despedirte al jardín, mañana?
—Lo quisiera, pero creo que es mejor que no bajes. Adiós.
—¿No me das otro beso?
Alberto quiso besarla en la frente, pero Meg echó la cabeza hacia atrás y recibió el beso en la boca.
—Adiós, Alberto, y mira si soy fuerte que no lloro —pero cada palabra se desprendía de sus labios temblando como una lágrima.