XIII
La estación del tranvía ocupaba un ángulo de los jardines de San Agustín, parque público de Villaclara. Una banda de música, compuesta de doce individuos barbudos, llamados en el pueblo los doce apóstoles, cada cual con un instrumento abollado, bronco y apocalíptico, lanzaba desde un quiosco japonés incongruentes trompetazos. El órgano Limonaire, gigantesco, de un cinematógrafo mezclaba su gangueo á los baladros de la charanga.
En la avenida principal del parque, bajo la luz de los arcos voltaicos, paseaban en círculo las señoritas del pueblo y las veraneantes.
—Daremos una vuelta á ver las caras bonitas que hay. ¿No le parece, Alberto? Luego iremos al cinematógrafo. Le tengo preparada una sorpresa.
—Nada de vueltas.
—Pues al cinematógrafo.
Alberto se resignó. El frente del tendejón estaba deslumbrante. Agrio era el berrear del órgano, y agria su estructura; columnas salomónicas que tornilleaban y mareaban; complicados adornos, dorados, rojos, azules, amarillos; figuras pastoriles, dando vueltas en un afectado paso de danza. Una mujer de enorme sombrero con enormes plumas, enormes solitarios en las orejas, cejas enormes y enorme bigote, despachaba los billetes, muy erguida detrás de una mesa cubierta de terciopelo rojo. Á la derecha de la fachada pendía un gran hule negro, y en él letras colosales, dibujadas con tiza que rezaban ¡LA BELLA TOÑITA! Primera estrella de los Music-Halls. Luego el programa de las películas.
Alberto se adelantó á tomar dos asientos de preferencia.
—De ninguna manera —rectificó Hurtado, hablando con la dama de los ricos pendientes y la rica vegetación capilar—. Dos entradas generales —y volviéndose hacia Alberto—. Hay que ver á Antoñita de cerca. Es una monada. Amiga mía: se la presentaré —entornaba los ojos, con orgullosa voluptuosidad.
Entraron y avanzaron hasta los primeros tablones, á manera de bancos, al pie de la pantalla blanca. De aquella parte había buen golpe de mozalbetes de la clase media, expectorando supuestas gracias y agudezas que les diesen, en opinión de las señoritas sentadas en preferencia, fama de libertinos. Así que el salón quedó á oscuras, simularon detonantes besos, aplicados sobre el dorso de la mano, que acompañaban de fingidos gritos femeninos; y esto les hacía reventar de risa. Para cada lance de las películas tenían un comentario de segunda intención, una picardía, cuando no una obscenidad desvergonzada. Alberto estaba asqueado.
Un pianista ejecutó un pasadoble torero. Los jovencitos hicieron coro. Se levantó la pantalla, descubriendo un pequeño escenario, vacío. Se oyeron unas pataditas, seguidas de cerca por el rugido de los mozalbetes. Á seguida salió á escena una mujer. Se envolvía á lo torero en un mantón de Manila, verde gayo y amarillo cromo. Bajo los flecos desmayados, como ramas de sauce, asomaba, con la gracia rígida de un cáliz invertido de azucena, una falda de seda blanco-mate, adornada con vidrios. Las medias, de seda blanca, muy sutiles, dejaban transparecer la carne, coloreándose de tenue iris rosa. Los zapatos, de raso blanco. El brazo derecho, delicado ó infantil, lo llevaba en alto, y en la mano un sombrero calañés de beludillo azul turquí. Inclinaba la cabeza hacia delante, evitando el brillo crudo de la luz, de suerte que Alberto, en un principio, no pudo saber si era bonita ó fea. Acompasando el aire jacarero del pasacalle, piafaba, levantando con mucho donaire las piernas y sin moverse del sitio; de pronto arremetía á andar, con pasos menuditos, agitando el sombrero en el aire, sacudiendo la cabeza y guiñando un ojo. Su falta de soltura y desparpajo la delataba como novicia en las lides coreográficas. Una faz abotagada y obtusa asomaba por los bastidores de la derecha; después de examinar lo que alcanzaba del público, se volvió á la artista, jaleándola con acento desgarrado: ¡Anda niña! Era la madre de la bella Toñita.
Terminado el pasodoble, Toñita arrojó el sombrero y el mantón, en un rebujo, del lado donde asomaba el estulto y celestinesco cráneo de la madre; sacudió los hombros, para arreglar á su gusto los tirantes del vestido, y se adelantó hacia las candilejas, cohibida y sin saber qué hacerse de las manos. Parecía muy niña, de dieciséis años á lo sumo. La candidez del traje, y los reflejos acuosos de los avalorios de vidrios añadían inocencia á sus formas incipientes, apenas púberes. Intentaba sonreir, pero no pasaba de ese gesto delicioso y bobalicón que el niño, sorprendido á raíz de un pecadillo, compone por disimularlo. Cantó el cuplé del grillo. Los mozalbetes entraban á hacer coro en el estribillo:
Crí, crí,
Crí, crí, crí.
Las familias honestas salieron del salón. Toñita parecía perder por entero su serenidad viéndose desairada del público burgués. Pero la faz congestiva y canallesca de su madre emergía de los bastidores infundiéndole bríos: Anda y que les den morcilla. Duro, preciosa. Siguieron otros cuplés, tan necios y sucios como el del grillo. Luego los mozalbetes solicitaron un tango. Toñita se excusaba, pero sus admiradores insistieron, dando palmadas y lanzando vociferaciones semisalvajes. La niña hubo de acceder. Salió al sesgo, trenzando los pies y moviendo mucho las caderas; el vestido arregazado hacia los riñones y asido con la mano izquierda; en la cabeza un sombrero flexible que sostenía con la derecha, en actitud convencional, alta la muñeca y el dedo meñique erecto. Los mozalbetes sembraron el escenario de sombreros y flores: ¡Ay, mi vida! ¡Tu sangre! gritaban, con enardecimiento ficticio. Y la niña, embriagada por las aclamaciones y aturdida por haber perdido el compás, se descoyuntaba de un vértigo de movimientos incomprensibles, pataleaba furiosa, echaba á volar los brazos y á rodar el menudo vientre, virginal aún, daba volteretas y hacía cabriolas, hasta que un minuto después de terminar la música se arrodilló, levantando en alto el sombrero, como los tenores cuando cantan un brindis. Un éxito estentóreo coronó los esfuerzos musculares de Toñita.
Alberto, en tanto la niña se hacía la ilusión de bailar, contemplaba sus piernas, de una línea incomparable; el tobillo endeble, la pantorrilla moderada y prieta, el muslo fino y acerado sobre el cual se adherían las delgadas batistas blancas, algo humedecidas por la transpiración. En algunos giros raudos, volaba de debajo de las faldas de Toñita olor á heliotropo y un vaho cálido de cuerpo sudado.
—¿Qué le parece á usted?
—Un prodigio.
—Usted se burla. La pobrecita baila como una gata histérica.
—Digo las piernas. Nunca he visto nada tan clásicamente gracioso. ¿Nos vamos ya?
—Ahora entraremos á saludarla. Muy buena muchacha. Le advierto que es doncellita todavía. Parece que Alfonso del Mármol pretende... Por dinero no quedará, pero la madre es una lagarta... Ea; ya estamos en el camerino, llamémoslo así. ¿Se puede, doña Consuelo?
—Adelante. Siéntense ustedes aquí, encima de este baúl. Es tan estrecho esto, rediez.
La doña Consuelo, fluctuando como un álamo bajo el huracán, á causa de su cojera, retiró algunas ropas de encima del baúl mundo.
Hurtado hizo las presentaciones. Estaban en un departamento angostísimo delimitado por cortinas de percalina roja. En un ángulo, permanecía silenciosamente Alfonso del Mármol. Tenía las delgadas piernas y los brazos cruzados, los lomos ceñidos al respaldar de la silla, la cabeza echada hacia atrás y un gigantesco cigarro habano entre los dientes. Su cara era aguileña, larga y enjuta; saliente y cortante la nariz, y de leve arrebol en la extremidad; la barba, de un rubio de maíz; la tez de marfil blanquísimo; las cejas, sutiles y altas; los ojos, pequeñuelos y desdeñosos, el párpado, enorme y flaco, distribuído en innumerables pliegues, caía sobre los ojos en razón de la postura erguida de la cabeza. Daba la impresión de un águila enjaulada, consumida por el tedio, é infundía á las gentes una gran inquietud. Al ver á Alberto, se puso en pie y le estrechó la mano cordialmente.
—¿Ha venido usted á ver á su novia?
—Sí. ¿Y usted?
—Al concurso hípico —solemnemente extrajo del bolsillo interior de la chaqueta un tarjetero de oro y se lo alargó á Alberto—. El premio del Conde de Bongrado. No hay en el mundo un animal como mi yegua Nena —dijo con frialdad, vomitando humo, como si hablase consigo mismo y sin prestar la más leve atención á la niña á quien trataba de seducir, ni á la madre, con la cual andaba en tantos y cuantos de dinero, ni al oliváceo Hurtado. Tan sólo Alberto, al parecer, era digno de aquilatar la hazaña. Alberto celebraba siempre las simpáticas petulancias infantiles de Mármol.
—Á ver, á ver —exclamó Toñita. Estaba en pantalones y con una camisilla liviana; descubierta la parte alta de los pechos, de una carne mate, blanco-magnolia, que amenazaba ajarse al tacto—. ¡Para mí, para mí! —gritaba Antoñita, saltando delante de Alfonso. Éste se había vuelto á sentar, y, con la cara hacia la techumbre y expresión distraída, presentaba la mano á Antoñita aguardando la devolución de su presea.
—¿No me lo da usted?
Alfonso continuó fumando, con la mano extendida.
—¿Será de oro? —inquirió Antoñita.
—Oro es, y bueno —afirmó Hurtado.
—Vamos, don Alfonso; dé usted gusto á la pitusa, que ya verá usted cómo se lo merece —rogó doña Consuelo, apoyándose en la pierna sana y con la otra pendulando dentro del faldatorio, á manera de badajo de campana.
Intervino Alberto:
—Quédese usted con ello. Alfonso no desea otra cosa que regalárselo.
—Sí, se lo doy... —comenzó á decir Mármol. Antoñita se apresuró á esconderlo en el seno—. Se lo doy á condición de guardárselo yo mismo donde ella se lo quiere guardar.
—Vaya si es pelma el señorito —murmuró Antoñita, con un mohín de disgusto.
—La que eres pelma eres tú. Mira qué de particular tiene. Ande usted, don Alfonso, verá usted que la muchacha se merece cualquiera cosa.
Alfonso se puso en pie, y con solemnidad distraída de sacerdote que celebra por rutina sus oficios, introdujo en el seno de Antoñita el tarjetero de oro. Antoñita adelantaba por instinto los brazos, como apercibiéndose á la defensa si llegase el caso, y dejaba obrar á Alfonso, sin poder reprimir un fruncimiento angustioso de las cejas. Cuando Mármol concluyó, la niña dijo suspirando:
—No ha abusado usted. Es usted muy bueno —y le tiró con inocente alocamiento de las barbas.
—Basta ya, niña. Á terminar de vestirse.
En tanto duró esta operación, en la cual la madre sirvió de azafata, deleitábase Alberto en la contemplación de Antoñita.
Pensaba: «las adolescentes, aparte de su incentivo voluptuoso y de la sugestión artística, poseen un encanto particular, un algo zoológico, que es aquietante y grato para quienes vivimos exageradamente recogidos dentro de nosotros mismos. El perro que dormita y de improviso yergue la cabeza, da una dentellada al aire y sigue durmiendo, ó que, sin razón aparente y fuera de propósito, piruetea y late con júbilo, nos sorprende, nos hace sonreir, y al cabo nos distrae de nuestras cavilaciones. ¿Á qué motivos poderosos obedece su conducta incongruente? ¿Quién sabe? Quizás un pobre mosquito invisible que fué cazado al paso, ó un tenue aroma de canina feminidad que nuestro olfato no percibe». De la propia suerte, á Alberto se le figuraba que las ideas, ó lo que por tales podían pasar, no se albergaban dentro de la cabeza de Antonia, sino que andaban revoloteando en torno, como los mosquitos en derredor de la cabeza del perro. Comprendía que el primer móvil de las acciones de la niña, como de sus alados movimientos y palabras sin nexo, era algo misterioso y externo, sutilmente diluído en el aire. Y así, Antoñita, distrayéndole, le inspiraba un gran interés, el interés del juego, de las cosas arbitrarias y sin finalidad, y le aplacía muellemente, como el agua que canta y murmura.
Alberto continuaba pensando: «Y esta apacible y atractiva sensación zoológica de la adolescencia incipiente, ¿qué es?» Y se respondía, iluminado de pronto: «La expresión de castidad, de inocencia». En efecto, figurándose plásticamente en su imaginación de artista la expresión de diversos animales, observaba que podían servir como representación simbólica y satírica de diversos vicios del hombre: la soberbia, la gula, la astucia, la crueldad, la traición, hasta la envidia; pero no recordaba ningún animal de expresión lasciva. Se acordó de un caballo y de un toro que había visto en celo, á punto de lanzarse sobre la hembra; no eran lascivos, sino gallardos, poderosos, y pudiera decirse que honestos.
La boca, los ojos y la frente de Antoñita, á pesar del inmundo adoctrinamiento de su madre, eran aún castos é inocentes. De otra parte, los rasgos de su rostro eran también reminiscencias zoológicas. La vibratilidad de la sonrosada naricilla y lo cerca que salía de sobre la boca, la manera con que jugaba los labios, comprimiendo los hoyuelos de las comisuras, y la paridad minúscula de los dientes, todos ellos eran perfiles que daban á su cara sorprendente semejanza á la de un conejito blanco. Sus ojos, redondos y cristalinos, dulces y temerosos, parecían ojos de liebre.
—¿Cuándo se casa usted? —tartajeó Mármol, apretando el cigarro entre los dientes.
Alberto sabía que él era el interpelado. Respondió:
—¿Me aconseja usted que me case?
—Claro que sí.
—Miren el libertino...
—Si tocaran á descasarse —habló Mármol, con la cabeza derribada hacia la espinal dorsal, y como si hablase por rutina, tal era su frialdad— y luego á casarse otra vez, yo volvía á casarme al punto con mi mujer. Pocos maridos podrán decir eso. Pues bien, su novia es como mi Amparo; acuérdese de que se lo digo. Todas las mujeres juntas en un piño, no valen lo que ellas dos.
Antoñita miró asombrada á Mármol. Este insinuó una sonrisa cauta y aguda.
—¿Se ríe usted de la gracia? —inquirió doña Consuelo.
—Me río de otra cosa. ¿Cuándo lo meten á usted en la cárcel?
—¿En la cárcel? —exclamó Antoñita, dejando de limpiarse el minio de los labios.
—Sí, en la cárcel. Me refiero á Alberto —y dejó en libertad una risa continuada y uniforme, de carretilla.
—¡Vamos...! —doña Dolores se dejó caer sobre la pierna coja; revolvía los ojos dubitativamente.
—Sé por qué se ríe usted —dijo Alberto con naturalidad.
—¡Quiá!
—Que sí.
—Dígamelo al oído. Si acierta se lo digo —sonriéndose.
—Cuando le digo que lo sé... —se puso en pie y dijo en voz baja á Mármol—: Usted conoce el escondite de Rosina. Es más; usted mismo es quien la tiene escondida.
Mármol continuaba sonriendo fríamente, como si nada hubiera oído.
Levantóse la cortina de entrada y apareció un mancebo, como de dieciocho años, extremadamente afeminado, y vestido á lo señorito chulesco. Dió las buenas noches y fué á situarse entre Antoñita y doña Consuelo. Destapó un frasquito de perfume que la muchacha tenía en su tocador y se esenció las solapas de la chaqueta y el pañuelo de bolsillo. Después se apoderó de un polissoir y comenzó á sacarse lustre á las uñas.
—¿Pero te crees que mis cosas están para que te compongas, divinidad? —dijo malhumorada Antoñita, y arrebató el lustrador de manos del joven.
—Deja á Lirio, Toñita. ¿Qué más importa eso, rediez? No parecéis hermanos.
Mármol se inclinó á mirar, con gélido continente, á Lirio y Toñita.
—No parecen hermanos; parecen hermanas —dijo como si pensase en alta voz.
Antoñita rompió á reir. Lirio puso una cara suplicante y desolada. Luego se volvió á la coja:
—Dame dinero, mamá.
—No tengo suelto, hijo. ¿Tiene usted un duro, don Alfonso?
Mármol presentó un duro en la mano, sin dárselo á nadie determinadamente. Doña Consuelo se apoderó de él y lo trasladó al bolsillo de Lirio, el cual salió dando las buenas noches.
Antoñita estaba ya vestida; un traje, á la inglesa, de paño azul forrado de gros blanco y un sombrero descomunal, cargado de adornos. Doña Consuelo se arrebozó en una mantilla. Todos se pusieron en pie.
Á la puerta del cinematógrafo, esperaba el automóvil de Alfonso.
—¿Adónde van ustedes? —preguntó Hurtado á doña Consuelo.
—Adonde nos lleve Alfonso.
El coche partió raudamente. Telesforo y Alberto quedaron solos.
—¿Qué nos hacemos, Alberto?
—No sé —estaba nervioso y angustiado.
Los jardines de San Agustín yacían, silenciosos, en sombra. Después de cruzarlos, Telesforo y Alberto se encontraron en una plazoleta espaciosa é irregular. Dos hombres, sentados ante un velador, á la puerta de un café hablaban á gritos, acerca de las condiciones de la nueva dársena. Dentro del café, los mozos colocaban las sillas encima de las mesas.
—¿Quiere usted que bebamos una botella de cerveza?
—Pasearemos un momento por las calles y luego nos retiraremos, ¿no le parece, Telesforo?
Una de las calles afluentes á la plazoleta tenía porches á entrambos costados. Alberto se encaminó distraído hacia ella. En la oscuridad del atrio las pisadas repercutían con fúnebre sonoridad. Al pie de una columna se levantaba una pirámide de cestos. Un gato salió huído. Olía intensamente á pescado.
Á la memoria de Alberto volvían las palabras de Mármol: «Fina es como mi Amparo. Las demás mujeres, en un piño, no valen lo que ellas dos. Si tocaran á descasarse...»
En la techumbre del soportal, á plomo sobre Alberto, se oyó un ruido que provenía del interior de la vivienda. Y de pronto, la ciudad inerte y silenciosa se manifestó á la imaginación de Alberto en su arcana fecundidad. Las casas no eran moles negras y frías, sino cálida envoltura de infinitos hogares en donde se cumplían misteriosas actividades conyugales, en aquellos mismos momentos. ¡El hogar...! Alberto no había conocido un hogar.
—Home, sweet home —suspiró en voz alta.
—¿Qué dice usted?
Alberto no oyó la pregunta de Telesforo. Al fondo de la calle, á través de un arco, se veían las estrellas. Dos de ellas, particularmente fúlgidas y temblorosas, atrajeron las miradas y los pensamientos de Alberto. Muchas veces se había derretido en la contemplación de la noche estrellada. Ahora, más sublime y conmovedor que el cielo espolvoreado de orbes muertos le parecía aquel hacinamiento de hogares, poblado de pequeños universos vivos. Los ángeles habían descendido de las altas regiones inmóviles á las oscuras moradas de los hombres. Y Alberto se imaginaba innumerables cabecitas de niño, reposando en su cuna. ¡Un hijo...! Pensó en la casa de don Medardo, en Josefina, virginal, confiada, sumisa, aguardando las palabras de la anunciación... En esto, Telesforo le tiró de la manga:
—Pero hombre; parece usted un sonámbulo.
Estaban junto á un portal abierto. En lo más profundo de él se recortaba un ventano iluminado; sobre él dos barrotes de hierro, en cruz.
—¿Subimos?
Alberto, sin saber lo que hacía, siguió á Telesforo. Al volver por entero en sus sentidos, encontróse hundido en un sillón de yute. Una mujer, sentada al sesgo sobre un brazo del sillón, se apoyaba sobre Alberto, enlazándole el cuello con un brazo, y acariciándole con la mano libre. Le acometió una gran repugnancia é intentó ponerse en pie, pero la mujer le retuvo, le acercó la boca al oído y cosquilleándole con el aliento caliente, suplicó:
—Quédate. No seas malo, neñín.
Por la manera de pronunciar la palabra neñín se advertía que no era de la tierra y que la empleaba creyendo añadir dulzura al ruego. Su cuerpo era endeble, sus ojos negros y cansados, fresca la tez, sin adobos ni tintes. Llevaba el pelo cortado, cayendo en dos alborotadas porciones á los lados de la cabeza. Parecía triste, afectuosa y poco pervertida.
Telesforo, en otro sillón, ostentaba dos mujerzuelas, sentadas en sus muslos. Se le veía orgulloso y satisfecho; Alberto no podía presumir de qué.
Una mujer voluminosa, anquiboyuna y mal vestida, penetró en la habitación. Plantada entre Alberto y Telesforo, con las manos reposando sobre el vientre, preguntó:
—¿No tomáis nada?
—Que traigan cerveza —respondió Telesforo.
Alberto intentó nuevamente ponerse en pie.
—No, no, no te dejo.
—Si es para ver ese libro que hay sobre la mesa.
—Yo te lo daré —y sin soltar á Alberto, se estiró hasta alcanzar el libro—. Tómalo.
Alberto leyó la portada: Genio y Figura, por Juan Valera.
—¿Quién lee esto aquí?
—Yo.
Alberto sonrió de dientes afuera, desdeñosamente.
—Sí, yo lo leo, y me gusta mucho. —Y luego, al oído de Alberto—: Me llamo Magdalena: he sido institutriz. Sé tocar el piano y algo de francés. ¿Quieres que te diga un verso?
Laissons à la belle jeunesse
ses folâtres emportements;
nous ne vivons que deux moments;
qu’il en soit un pour la sagesse.
—Me parece que la cita no es muy oportuna...
—Habla bajo —se apresuró á decir la institutriz—. Luego se ríen de mí.
Alberto permaneció pensativo un lapso de tiempo. Magdalena le inspiraba repulsión y simpatía juntamente.
—Ea, me voy —decidió con violencia.
—No, no —y se abrazó á él, presentándole muy próximo el rostro, con las cejas angustiadas y la boca entreabierta.
—¡No sea usted ridículo! —Telesforo adoptó un tono inconcuso.
—Vete de una vez, piñones, y que te lleven á las Ursulinas —eyaculó una de las damas adheridas á los muslos de Hurtado.
Alberto se puso rojo.
—No la hagas caso —aconsejó por lo bajo Magdalena—. Es una ordinaria.
Alberto bebió dos vasos de cerveza seguidos. Se encontraba en ridículo, y avergonzado de su pusilanimidad. Quería salvarse de aquel trance grosero, pero no se atrevía. Se despreciaba interiormente.
Hurtado se retiró, acompañado de las dos mujerzuelas. Ambas fumaban sendos cigarrillos, con deleitación. Desde la puerta dijo:
—Buenas noches, Alberto. Hasta mañana, y si usted se marcha, buen viaje. Ya ve usted cómo si Mármol nos quita una, no falta dónde escoger dos. Y, á propósito; me revienta el señor Mármol.
Alberto no contestó. Hurtado se dió un golpe en la frente.
—¡Qué memoria la mía! ¿Tiene usted ahí el resguardo? En dos minutos hacemos el endoso.
Alberto hojeó la cartera:
—Me parece que es éste.
—Este mismo.
Hurtado escribió ágilmente, sobre la mesa donde estaban botellas y vasos.
—Ya está. Usted firma aquí —Alberto obedeció—. Ahora el recibo. Tome usted. Para lo demás, como cuando los valores estaban en casa de los Meumiret. Adiós.
En estando solos, Magdalena se agazapó sobre las piernas de Alberto y apoyó la cabeza sobre su pecho. Lánguidamente murmuraba palabras de seducción. Poco después, los dos desaparecían detrás de una puerta de cristales, con visillos de cretona amarilla. Á los diez minutos salía Alberto, desencajado, con el cabello en desorden y la pupila desvariada. Corrió escaleras abajo, sin atender á las voces de Magdalena: «espera que te vaya á despedir. Cómo eres...» Cerró la puerta, de un portazo furioso, haciendo gruñir á la encargada: «Demonio con el señorito. Ni una perra de propina.»
Se encontró en la calle, sin saber qué camino tomar. Miró estúpidamente á la luna, oronda é inexpresiva, y sintió un escalofrío, adivinando no sé qué tristes augurios en su luz refleja, pálida. Llamó á gritos al sereno, el cual surgió de los porches á poca distancia. Era un hombre locuaz y confianzudo. Se adelantó á decir con socarronería:
—Conque ¿de juerga, eh?
Alberto se enarcó en un movimiento de iracundia. Recobróse pronto, y habló:
—¿Por dónde se sale á la venta del Pino?
El sereno le informó menudamente. Gratificóle Alberto con unas monedas de cobre, y salió á buen paso. Su corazón estaba saturado de dolor.
El sereno profirió una especie de lamento, en altibajos quejumbrosos:
—La una... la una...