XIX

Oscurecido ya, Alberto ingresó en la fortaleza de Pilares. Era una noche lluviosa de invierno.

El alcaide, un hombre descolorido y fatigado, con chaquet de esterillas deshiladas y pantuflas de orillo, le recibió cortésmente. Le preguntó si deseaba celda especial, á lo cual Alberto respondió que quería estar como todos.

Los presos no habían sido retirados aún á sus apartijos. Era hora de recreación.

Alberto fué conducido á una sala angosta y alongada, penumbrosa. De un lado había ventanas con barrotes de hierro que daban á la calle de Adosinda, y en cada una de ellas encaramado un hombre como una araña en su tela, y hablaban á gritos hacia el exterior. La estancia estaba desguarnecida de muebles. Los reclusos hacían ruedas de conversación, encuclillados. Algunos canturreaban solitariamente apoyando la espalda en las paredes denegridas y tatuadas de prolijas inscripciones y dibujos. Un joven trajeado de limpio, en pie bajo una de las mortecinas bombillas, esforzábase en aprovechar la mezquina luz leyendo un libro.

Uno de los hombres encaramados en los barrotes, profirió un grito desgarrador, en falsete, al cual respondió otro grito semejante, femenino, á lo lejos.

—¡Eh, Ñeru! —amonestó el alcaide.

Un celador que estaba cerca aplicó dos zurriagazos en las nalgas del Ñeru.

—¿Cuántas veces te he de decir que te guardes el xiblato en el c..., cacho de cabra? —le preguntó encolerizado el celador.

El alcaide le explicó á Alberto:

—Es un ratero que hace sus robos en combinación con una golfa. No hay vez que esté uno preso que no lo esté la otra también. Y como la galera de mujeres está aquí al lado se entienden por ese procedimiento de los gritos, que parece que cantan tirolesas.

Alberto pudo advertir que, evidentemente, en uno de los dos grupos, el más nutrido, todos los que á la redonda estaban sentados reconocían y reverenciaban, como de superior linaje ó condición, á un hombre membrudo, cetrino y muy barbado, con barbas que le brotaban impetuosamente desde lo alto de las mandíbulas y las sustentaban la base del rostro, á la manera de una valona tallada en ébano. Daba á entender con la solemnidad de los ademanes y la avaricia en el hablar que estaba poseído de su importancia. Sobre sus muslos reposaba, apoyándose lánguidamente, un mozo endeble, alombrizado y amarillo.

—¿Qué mira usted? —inquirió de Alberto el alcaide—. Es curioso, ¿verdad? Es el Morillo. Ya habrá usted oído hablar de él. Es quien mató al cura de Celorio, á tiros de carabina, cuando estaba celebrando misa. Dos meses escasos le quedan de vida, porque el que viene lo ahorcarán. Y para éste no hay remisión; bueno es el clero para consentir que se le indulte.

—¿Y el jovencito?

—Es la Fresa. Le pusieron ese mote porque, al parecer, antes era muy coloradito. Es un ratero. Vive constantemente en la cárcel. El mismo día que cumple vuelve á reincidir, porque lo aprisionen de nuevo. Algunos lo llaman la novia. No necesito enterarle de que se trata de un marica pasivo. Los presos se lo disputan, casi siempre á golpes. Ha habido verdaderas batallas campales á causa de él.

—Vamos, es la Helena de esta Troya.

—Algo de lo que usted dice —prosiguió el alcaide, que no sabía de mitologías—. El más fuerte se lo acapara, como en el mundo de los animales; sólo que los animales no acostumbran cometer infidelidad, y este desgraciado se goza en sentirse disputado y anda siempre encelando al amante de turno y encendiendo á los demás. Mire usted bien y verá que tiene un ojo casi pocho; de un puñetazo del Morillo. Todo esto es asqueroso y está prohibido severamente, pero es imposible de evitar. Por lo que á mí toca, parece natural que con el tiempo, y no viviendo sino entre estas gentes, se haga uno duro é insensible, y no es así. Cada día soy más tolerante, y hasta llego á creer que la responsabilidad es algo confuso que comienza de rejas afuera.

Las frases del alcaide iban inscribiéndose en la mente de Alberto como sentencias religiosas sobre tablas de bronce. Después de una pausa, añadió el alcaide:

—Puede usted quedarse aquí, si quiere. No se lo aconsejo. Mejor es que se venga usted á mi despacho; el reglamento lo consiente.

—Me gustaría hablar con ellos, preguntarles, saber...

—No sacará nada en limpio por ahora.

—¿Y si los convidase á algo?

—Pss. Pronto es la hora de la cena.

—Un rancho extraordinario quizá...

—Es ya tarde. Lo que puede hacerse es traer sidra.

—Sí, y cigarros para todos.

El alcaide anunció en voz alta que aquel señorito, compañero circunstancial de los presos, les brindaba con sidra y cigarros. Se oyó un rumor sordo, indefinido. Una voz dijo: ¡Olé! y otra: Calla tú cabrito. Se lo puede ofrecer á su señora madre.

Y el alcaide:

—Si á ti no te parece bien, Mellao, puedes dejar de beber y de fumar.

—Y aun cuando le parezca bien, también se quedará para que aprenda —afirmó el celador.

—Eso no —dijo Alberto—. Yo lo ofrezco con buena voluntad. Si alguno me desaira nada puedo hacer. Pero que sea siempre por su gusto, no por imposición.

Después de haber entregado dinero al celador, el alcaide y Alberto descendieron al despacho, de muebles desvencijados y mugrientos. Alberto se sentó en un diván al estilo Luis Felipe, de armadura de caoba y muelles vencidos del uso. Frente á él colgaba del muro un mapa con las cárceles y presidios, señalados en tinta roja.

—Supongo que esta sea la única noche que le tengamos en nuestra compañía.

—¿Por qué?

—Porque mañana depositará usted su fianza, le pondrán en libertad provisional, y luego, lo del juicio oral no será difícil arreglarlo con las relaciones que usted tiene. Según mis noticias, hay en contra suya indicios graves; pero á pocos se les condena por indicios.

Alberto sonrió tristemente.

—No se preocupe usted. Figúrese si yo sabré lo que son estas cosas... —explicó el alcaide, pretendiendo paliar supuestas amarguras de Alberto.

—No me preocupo por lo que usted supone. Ya se enterará usted pronto de que eso del juicio oral me tiene sin cuidado.

—Lo creo. La justicia... sobre todo en este país. Pero además, ¿quién es un hombre para juzgar á otro?

En esto, entró al despacho, saltando, una niña, un arrapiezo de siete años, aseada y pobremente vestida, paliducha, negros y vivos los ojos, y una melenilla corta de lacios cabellos oscuros. Corrió á besar al alcaide, el cual la acarició lentamente.

—Dale un beso á ese señor.

—¿Cómo te llamas? —preguntó Alberto reteniéndola entre sus rodillas.

—María de la Luz Arizona y González, para servir á Dios y á usted.

—Luz; muy bonito nombre. Toma, para que compres un juguete, y te acuerdes de este señor que te lo da.

—De ninguna manera. Luz, almita, devuélvele ese duro.

—No faltaba más. Consiéntame usted, señor alcaide. Guárdatelo, nenita guapa —la besó repetidas veces, transido de una extraña ternura.

—Pero si es un disparate. Con una perra gorda tiene bastante.

Alberto había colocado la moneda en la palma de la niña; luego le había cerrado la manecita, y con la suya se la oprimía dulcemente.

—Así; porque yo quiero que Luz se acuerde de mí.

—Sea —manifestó el alcaide con muestras evidentes de reconocimiento—. Para todos los hermanos, ¿lo oyes, almita?

La niña salió, y asomó otra vez al poco tiempo.

—Se me había olvidado. Que ya está la cena.

—Dile á mamá que ceno en el despacho; que traigan dos cubiertos —Alberto se resistía—. Ahora soy yo quien dice: Consiéntame usted —y en saliendo la niña—: La de en medio; tres, delante; tres, detrás; los siete Dolores; y siete mil reales de sueldo —apoyó un codo sobre la mesa y la cabeza en el puño.

Entreveraron la comida con escasas palabras. El alcaide se esforzaba en distraer al comensal de su ensimismamiento, pero renunció pronto, considerando imposible la empresa.

La cena terminada, el alcaide asegundó la pregunta que al recibir á Alberto le hizo:

—Entonces ¿ordeno que dispongan una celda de pago?

—No, no; como todos. Es un antojo.

—Repare que son imposibles.

—Estoy ya hecho á dormir de mala manera.

—No lo dudo, pero por gusto; en cacerías, tal vez. Una cosa es hacer las cosas enojosas por gusto, y otra muy distinta hacer, aun las halagüeñas, por obligación.

Alberto repitió maquinalmente:

—¡Por obligación!... En este caso también es por gusto —añadió:

—La elección de celda, sí; pero la celda es obligatoria, al menos esta noche.

Sonaron unas campanadas. Luego un violín.

—Con su permiso. Vuelvo al instante.

El alcaide se ausentó por unos instantes.

—¿Ese violín? —interrogó Alberto, así que retornó el alcaide.

—Es mi Aurora, la mayor. Ella hubiera querido tocar el piano. Ya, ya... No nos podemos permitir esos gustos ni esos gastos.

—Desde las celdas de los presos, ¿se oye el violín?

—Ya lo creo, como lo oímos nosotros.

—Debe de ser triste para ellos.

Pausa. Y el alcaide:

—Nunca había pensado en ello.

Guardaron silencio. Alberto comenzó á pasear por la habitación. Oyóse el rodar de un coche, los muebles retemblaron.

—Un coche —murmuró Alberto.

—Sí, un coche —repitió el alcaide.

Tornaron las cosas al reposo. Y Alberto:

—¡Cuánta paz!

—Sí, cuánta paz —hizo eco el alcaide.

—¿Me consiente usted que me retire? Estoy fatigado.

—Usted me ordena. Le acompañaré hasta la celda. ¿Quiere usted algo para la noche: leche, agua azucarada...?

—Gracias. Agua simplemente.

—Ya tiene usted un cacharro allí.

Llegaron á la celda. El alcaide encendió un velón. Era un zaquizamí pardusco; un ventanillo enrejado, muy cerca de la techumbre. El ajuar: una mesuca, un taburete de madera y un catre con ropa limpia.

—Veo que viola usted el reglamento en honor mío —manifestó Alberto, sonriendo.

—No; de ninguna manera. Esto es lícito. Ea, adiós y que descanse. Y usted perdone que le encierre, para que vea que me atengo al reglamento.

Las paredes estaban surcadas de rasguños epigráficos. Alberto leyó:

Josefa, mi Josefa

mi tesoro.

Eres una cenefa

de oro.

Yo te adoro.

Luego obscenidades, blasfemias, toscos dibujos semejantes á los del arte cavernario.

Desnudóse Alberto, y en apagando el velón fuese á tientas al catre. Josefa, mi Josefa, se decía interiormente sin saber por qué. No acertaba á pensar con orden. Andaba á punto de adormecerse y se incorporó sobresaltado. Había creído oir una voz que susurraba: Anda; haz ahora humorismo.